Bajan de las montañas V

 

Por David Calleja

Justo lo que yo dije. Palabra por palabra. Los medios de comunicación reproducen las declaraciones de los cinco supervivientes de un modo machacón, casi sensacionalista. Los vídeos circulan sin control por las redes sociales.

—Deja de ver esa basura o acabarás creyéndotela —digo de mal humor.

Agurtzane lleva días pegada al televisor. Encerrada en casa. Sin lavarse y comiendo poco. Cada vez me cuesta más reconocer a la chica de la que me enamoré.

—Es una exclusiva —su voz suena pastosa, quizá por el efecto de las pastillas.

—Ya. Te refieres a otra historia inventada para mantener la expectación.

Los periodistas llevan un par de semanas hablando de lo mismo: cinco personas estuvieron a punto de suicidarse ante las cámaras, en diferentes cornisas de diferentes lugares del mundo. Se salvaron porque los invasores cancelaron la orden en el último momento.

Cuando la prensa las entrevistó, todas aseguraron haber comprendido con claridad las intenciones de las voces. Nos matan para hacernos resucitar más fuertes, con una capacidad prodigiosa de regeneración. Solo así podremos afrontar como especie los cataclismos que se sucederán tras la mayor tormenta solar de la historia.

El mismo mensaje que recibí yo, con la única diferencia de que a mi lado había alguien capaz de hacerme comprender la mentira: una escaladora con sentido común y carácter, que ya no existe.

—Están hablando de Rieko Aoki, la chica de Okinawa —prosigue  Agurtzane—. Se acaba de tirar desde la azotea de un centro comercial. La Policía ha encontrado una nota en la que repite que es la única manera que tenemos de salvarnos.

—Mierda —exclamo—. Va a conseguir que se suicide más gente.

Durante estos días han sido muchas las personas que han creído el mensaje de las voces y han saltado al vacío por voluntad propia. La muerte de Aoki solo puede servir para acrecentar el problema.

—¿Por qué no apagas la tele y vienes conmigo a la calle?

Mi mujer no responde. Puede que me haya oído, puede que no. Puede que los sedantes la estén dejando ya grogui. Vuelve a estar abducida por las luces de la pantalla.

Intento decir algo más. Quiero insistir y dedicarle unas palabras bonitas. Pero no soy capaz. El tufo a desesperación que impregna la casa también asfixia mi amor. Me doy la vuelta y bajo sin dar explicaciones  al bar de la esquina, derrotado y cobarde.

—Es pronto para cerrar —le digo a Jagoba, que acaba de salir a echar la persiana.

—Y qué quieres —da unos golpecitos con el índice a su reloj—. Que aún estamos a martes.

Nos conocemos desde hace tiempo. Hemos sido niños del mismo barrio. Al ver la cara que traigo decide ser considerado conmigo.

—Cinco minutos —acompaña su invitación con un gesto de la cabeza.

El establecimiento está vacío, las sillas sobre las mesas y el suelo a medio barrer. La televisión sigue encendida.

—No me digas que tú también estás viendo ese circo.

—Claro, como para no hacerlo —dice mientras traslada su corpachón al otro lado de la barra—. Acaba de suicidarse el colombiano.

—La japonesa.

—Sí, esa también, hace treinta minutos. Ahora acaba de saltar Gómez.

Los dos miramos con indiferencia el chorro de cerveza que cae del escanciador al vaso. Resulta cruel, inhumano, dejar de sentir tristeza ante la tragedia ajena. Pero es así. Las voces se han convertido en la primera causa de mortalidad en todo el mundo. Mientras no nos toquen muy de cerca, estamos acostumbrados a sus fechorías.

—¿Y a ti qué te parece? —pregunto después de un largo silencio, antes de dar el primer sorbo a la bebida.

—Que las visiones que tuvieron debieron de ser muy reales. Se salvaron una vez. En lugar de esconderse en un sótano, han subido las escaleras y se han tirado por iniciativa propia. Lo malo es que se conviertan en un ejemplo. Mucha gente creía en lo que decían.

Tanto Aoki como Gómez eran personas carismáticas, con gran influencia en las redes. En cierto modo, no me extrañaría que les salieran imitadores. Sin embargo, me resisto a aceptar esa posibilidad ante Jagoba.

—Menuda tontería —obvio el hecho de que tuve las mismas revelaciones y estuve a punto de acabar como ellos—. No hay quien se trague eso de la resurrección de los muertos. Dos amigos míos cayeron a un barranco en Salamanca y ahí siguen, bien quietos, si no se los han comido ya los buitres. Iker y Santi. ¿Te acuerdas?

El barman no responde. Me observa de hito en hito. De fondo de oye a la enviada especial en Sudamérica contando algo sobre manifestaciones espontáneas de la población.

—Anda —le animo—, suelta de una vez lo que estás pensando.

—Nada. Solo en lo que algunos comentan por ahí. Que los cuerpos de aquellos vagabundos que diseccionaron siguen incorruptos en el tanatorio.

De pronto me siento muy cansado. Del miedo. De la estupidez humana. Apuro el vaso, rebusco en mi cartera y dejo unas cuantas monedas sobre el mostrador.

—Creo que está justo.

Él asiente y guarda el dinero. Luego se acerca al fondo del bar, echa mano de la escoba apoyada contra la pared y empieza a barrer con energía.

—No hagas nada de lo que pueda lamentarse tu familia —digo antes de salir—. Recuerda que hay personas que disfrutan alimentando bulos como ese. Y que las voces no han venido a hacernos ningún favor.

Cruzo la calle con rapidez, conteniendo el aliento para percibir lo menos posible el olor a purines. El Ayuntamiento ha plantado hierbabuena y tomillo en los maceteros de toda la ciudad. Como no tienen un efecto definitivo, también ha prometido repartir mascarillas con filtro entre niños y ancianos.

Mientras giro la llave del portal me pregunto si habrá algún lugar en el mundo que esté libre de la plaga. Las autoridades no dicen nada al respecto. Dejan que los tertulianos y los foreros saquen sus propias conclusiones y popularicen historias como la de la neuróloga danesa que registró la actividad de los invasores con un electroencefalógrafo modificado. Según esta mujer, las voces serían algo parecido a ondas cerebrales, invisibles para el ojo humano, intangibles y con capacidad de provocar interferencias en nuestros pensamientos. Lo que no explica es por qué solo nos hacen suicidarnos de una manera… ni cómo se las arregló para colocarles los sensores.

Suspiro frente a la puerta de casa, envuelto por la oscuridad del descansillo. Sean lo que sean, actúen como actúen, está claro que no pueden estar en todas partes. Al principio se aposentaron en las cumbres más escarpadas y fueron bajando poco a poco hasta los pueblos y las ciudades, lo cual quiere decir que…

—¡Joder! —exclamo— Ya no están en las montañas.

Por primera vez en mucho tiempo siento que la esperanza se abre camino en mi corazón.

Capítulo IV

Capítulo VI

© Copyright de David Calleja para NGC 3660, Abril 2018

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