La apertura Slagar – Reed.

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Por Alfredo Álamo y Santiago Eximeno

Relato ganador de los Premios Ignotus 2008

 

Las aperturas te enseñan aperturas.
Los finales te enseñan ajedrez.

Stephan Gerzadowicz

Siempre es mucho mejor sacrificar las piezas de tu oponente.

Savielly Tartakover

 

***Apertura***

—¡Fíjese, inspector! —exclamó el detective Miralles— ¡Excrementos!

Los guantes del inspector examinaron la masa blancuzca que el detective había señalado. No se encontraban a demasiada distancia del lugar del crimen, así que era probable que se tratara de un slagar.

—Todavía están calientes —observó el inspector, rebuscando entre los restos—. ¡Maldita sea! —exclamó, y extrajo la figurilla negra de un caballo de ajedrez— ¡Varias de las piezas están aquí!

—Sí, señor —apuntó Miralles, iluminando con la linterna—. Allí hay un alfil blanco y un par de peones.

El inspector se levantó y tiró sus guantes. Los de científica harían el resto del trabajo sucio, ahora tenían que atrapar al slagar antes de que sembrara el pánico. Hizo una seña al detective y ambos volvieron a la escena del crimen, una de las mesas al aire libre que utilizaban en el Parque de Cabecera; los dos contendientes estaban horriblemente mutilados. Sin embargo, las piezas de la partida seguían en pie, formando una extraña configuración.

—La Apertura Slagar -masculló el inspector.

—¿Qué? —preguntó el detective.

—Cuando un slagar termina de alimentarse —explicó el inspector, acercándose al tablero—, siempre dispone la misma jugada sobre el tablero. Las razones que lo impulsan, tanto a matar ajedrecistas, como a mover las piezas, son todo un misterio.

—¿Y cómo es un slagar?

La imagen de un enorme ser de pelaje gris, con orejas puntiagudas y garras afiladas volvió a la memoria del inspector. No había vuelto a ver uno desde las semifinales del veintiuno; la doble hilera de dientes retráctiles que utilizaban los slagar había arrancado el brazo derecho del maestro Kordizov. Ahora le llamaban “el campeón zurdo”.

—Cuando vea uno, lo sabrá.

El flash de una cámara inmortalizó, una vez más, las piezas de la Apertura Slagar. El inspector ordenó una búsqueda por círculos, tenían que cercar los alrededores del parque. Una decena de agentes k-9 rastrearon la zona pero los perros se mostraron inquietos, incapaces de encontrar el rastro. El amanecer se dio prisa en llegar; el slagar había escapado.

***Medio juego***

El despacho del inspector Blanquer parecía infestado por una plaga de fotos, carpetas marrones y notas en papeles con colores brillantes; un número indeterminado de vasos de café se arremolinaba junto a varios ceniceros repletos de colillas. El timbre del teléfono retumbó en la habitación, despertando al inspector de un incómodo sueño.

—Blanquer —dijo con voz ronca.

—¿Inspector? Soy Valls —el jodido alcalde, cómo confundirlo, con su insoportable tono chillón—. El comisario Ventrell me ha informado de su ineficacia en el asunto del slagar.

—Estamos trabajando en ello, señor alcalde. Pero por el momento creemos que es necesario que la gente tome ciertas medidas…

—¿Qué? ¡Medidas! ¿Espera usted que la gente piense que no vive en una ciudad segura? ¿Es que quiere acabar con el ajedrez aficionado?

—Sólo es una propuesta, señor. ¿Tanto costaría prohibir el ajedrez callejero?

—¿En época de elecciones? —chilló el alcalde— Encuentre a ese slagar, inspector. O su carrera habrá terminado.

El alcalde colgó con fuerza. Ojalá se dislocara la muñeca, pensó el inspector, buscando un paquete de cigarrillos entre el caos de su mesa. Encontró un pitillo bajo las declaraciones de varios testigos falsos, ahora sólo faltaba el mechero.

—Señor —dijo el detective Miralles, tras llamar a la puerta—. Han traído al doctor Vassinov, ¿lo hago pasar?

—¿Quién? —gruñó, apartando dos carpetas.

—Vassinov… señor —Miralles repitió el nombre, sorprendido.

—Sí, sí. Hágale pasar, le estaba esperando.

El detective terminó de abrir la puerta y se hizo a un lado; un hombre bajito, vestido con un mono naranja de presidiario, entró en el despacho, mirando con gesto de disgusto el desorden reinante. El inspector Blanquer apenas lo reconoció con ese aspecto; la última vez que le vio iba ataviado con un esmoquin inmaculado en la final del ochenta. Claro que aquello sucedió mucho antes de los asesinatos por los que cumplía condena.

Miralles dejó sobre la mesa una carpeta con su nombre. Era la documentación que Vassinov había acumulado durante años. Los slagar eran una de sus obsesiones.

—No me extraña que no encuentre al slagar —dijo, buscando un hueco libre en el que sentarse—, éste caos no es más que el reflejo de una mente poco disciplinada.

Blanquer encontró finalmente el mechero y encendió el cigarro, disimulando su malestar. ¡Expertos en ajedrez! Se creían en la cima del mundo y trataban a los aficionados como peones, aunque estuvieran condenados a perpetua.

—Gracias por su opinión, doctor —resopló a través de una bocanada de humo—. Supongo que le habrán puesto al corriente de la situación, ¿cierto?

—Así es, ésta mañana recibí el informe completo. Por lo visto no han avanzado demasiado.

—No se ponga difícil conmigo, doctor. Tiene usted la posibilidad de demostrar su teoría acerca de la Apertura Slagar, le conviene colaborar con nosotros. Puede que le consiga un par de partidas más al mes.

El experto en ajedrez meditó su próximo movimiento.

—En realidad no es una apertura —dijo, señalando la carpeta sobre la mesa. Blanquer extrajo de ella unas fotos y las observó con detenimiento—. Como puede observar, pertenecen a una partida ya iniciada, casi terminada.

Los ojos del inspector no demostraron sorpresa alguna.

—Gracias doctor, pero todos hemos estudiado teoría del ajedrez en la escuela de policía. Dígame algo que no sepa.

—Claro, claro —añadió el experto, mientras colocaba las fotos con extremo cuidado sobre el abarrotado escritorio del inspector—. He estudiado miles de partidas en los últimos diez años tratando de encontrar un referente que nos diera ésta posición en concreto. Como se habrá dado cuenta, parece que las blancas están en minoría y que las negras tienen una clara ventaja… pero lo interesante es cómo se ha llegado a esta posición. ¡Es casi imposible que dos maestros acaben con las piezas así!

El inspector volvió a asentir.

—Por ahora estamos en el mismo sitio, doctor.

—Pero atienda, ¿y si no fuera una jugada? ¿Y si fuera un mensaje?

—No entiendo lo que…

—Espere y escuche lo que le digo —le interrumpió el experto—. Siempre hemos dado por hecho que, al tratarse de un tablero de ajedrez, esta peculiar configuración debía corresponder, obligatoriamente, a una posición de una determinada partida. Pero, ¿y si no lo fuera? ¿Y si la disposición de las piezas sobre el tablero obedeciera a un objetivo distinto?

El inspector se pasó la mano por el pelo. Lo que comentaba aquel tipo engreído podía dar un vuelco completo a la investigación. Nunca hubiera imaginado que alguien pudiera emplear un tablero de ajedrez para alguna otra cosa distinta del juego. Sólo pensarlo le revolvía el estómago. ¿Qué pensaría Capablanca de semejante aberración? Aunque, claro, no era extraño que una criatura demoníaca como el slagar hiciera algo así. No se podía presuponer nada de un slagar, ni siquiera un mínimo respeto por el arte.

—Así que ese bicho asqueroso quiere decirnos algo —dijo el inspector, pero el experto meneó la cabeza, desconcertándole.

—No, creo que no me ha entendido —dijo.

El inspector sintió que las palabras de aquel hombre encerraban una celada, pero maldita sea si podía descubrirla. Tragándose su orgullo, dio otra calada de su cigarrillo, lo apagó en el cenicero y apoyó las dos manos sobre la mesa.

—Dígame entonces.

—Siempre hemos supuesto que la disposición de las piezas es cosa del slagar. Lo que yo afirmo, inspector, es que la disposición de las piezas es cosa de los jugadores. Y al colocar en esa posición las piezas, crean un mensaje.

—¿Un mensaje? —preguntó el inspector— ¿Qué mensaje?

—Un mensaje para el slagar. Un mensaje para traerlo hasta aquí.

El inspector abrió la boca, la cerró. Miró al experto con desconcierto.

—¿Y por qué demonios alguien querría traer un slagar aquí? ¿Para qué querría alguien ser torturado de esa forma?

El experto mostró una sonrisa.

—El sacrificio. ¿Conoce usted acaso un movimiento más hermoso?

***Final***

Habíamos dado demasiadas cosas por hecho, como demostró la investigación posterior. Las huellas del slagar en las piezas del tablero nos habían conducido por una variante errónea. La criatura las había tocado, cierto, pero la colocación sobre el tablero era obra de los jugadores. Todo cobraba un sentido cuando comprendías que aquellos hombres habían convocado a la criatura. ¿Qué sentido tenía la presencia de un slagar en nuestra ciudad, si no era porque le habían convocado?

Acudimos a la casa de Kordizov armados hasta los dientes. Tras perder la corona y malvivir como jugador de simultáneas en bares de mala muerte, con borrachos y prostitutas como público no invitado, había reunido un poco de dinero y había comprado un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, un discreto refugio para un peón que fue rey. Dos agentes vestidos con ropas negras y pasamontañas derribaron la puerta; otros dos entraron y le detuvieron. Le pillamos jugando una partida contra una computadora. Cierto, era algo sucio, pervertido, algo reprobable desde todos los puntos de vista, pero no habíamos ido en su busca para curarle aquella asquerosa adicción. Lo que queríamos era hablar del slagar.

—Todos esos sacrificios meditados… —dijo cuando le interrogamos—. No tienen sentido. El sacrificio es en sí mismo un riesgo, una aventura. Si no existe cierto… azar, la maniobra no puede denominarse sacrificio. Invocar a un slagar… oh, amigo mío, cuánta belleza encierra ese movimiento.

Me sentí tentado de abofetearle, pero uno de mis hombres se adelantó. Lo hizo varias veces, mientras otro de ellos pisoteaba la computadora. Maldito pervertido. Le acercamos unas planillas para que nos transcribiera la apertura. Al principio se negó, hasta que le pusimos delante un reloj y le dimos diez segundos para hacerlo, si no quería que a partir de ese día le conocieran como “el campeón castrado”. Valoró durante unos segundos la posición en la que se encontraba, después simplemente se encogió de hombros y cogió un bolígrafo.

El maldito cabrón se la sabía de memoria.

Al salir de allí recibí una llamada del alcalde.

—¡Blanquer! Desde la Federación me están presionando. ¡Tiene hasta la noche para solucionar este tema! Si no lo hace, ¡vaya buscando otro trabajo!

—Váyase al carajo, alcalde. Váyase al carajo —dije en voz alta, delante de mis agentes, una vez hubo colgado.

¿Qué le podía decir? ¿Que estábamos en el buen camino? No, tendríamos que resolverlo y después tratar de arreglar las cosas. Salimos de allí con cierta alegría, la que proporciona la certeza de estar haciendo lo correcto. Abajo nos esperaba Vassinov.

—Tenía usted razón —le dije.

Los ojos del hombre se iluminaron.

—¡Lo sabía! ¿Tienen la apertura, la tienen? —dijo, extendiendo las manos—. Necesito… me gustaría verla.

—Claro —respondí mientras uno de mis hombres le colocaba las esposas, doblándole dolorosamente los brazos a la espalda—. Le mandaré una copia.

Me subí a uno de los coches negros que nos esperaban. Nos pusimos en marcha, una caravana fúnebre recorriendo las calles, buscando la circunvalación. Tardamos apenas media hora en llegar al Parque de Cabecera. Durante varias horas le había estado dando vueltas al lugar idóneo para convocar al slagar. Un lugar recóndito, alejado de todo y de todos, había gritado mi cordura. Yo no solía escuchar a mi cordura, así que opté por el parque. Además, el slagar ya había estado allí, no sospecharía.

Cuando me bajé del coche vi el centenar de pequeñas mesas, todas ellas ocupadas. Hombres, mujeres y niños jugando al ajedrez, creando efímeras obras de arte con los delicados movimientos de sus piezas Staunton. Alrededor de las mesas se amontonaban jugadores a la espera, curiosos, aficionados y todo tipo de individuos a los que, normalmente, no invitarías a casa a cenar. Evidentemente no les preocupaba que un slagar hubiera acabado con la vida de un par de hombres la noche anterior. Sí, aquel era el sitio perfecto para convocar a la criatura. Si las cosas salían mal, al menos nos divertiríamos.

—Están en la cuarenta y siete —me dijo un agente, señalando más allá de las primeras mesas, a un lugar perdido entre los árboles, alejado de los lugares más concurridos.

—Muy bien. Permaneced alerta, todo ocurrirá muy rápido.

Encendí un cigarrillo y eché a andar sobre la hierba. La suela de mis zapatos resbalaba sobre el césped húmedo. En el cielo las nubes se amontonaban, amenazando tormenta. A pesar de ello, el parque estaba a rebosar. Vi la mesa cuarenta y siete, junto al tronco de un árbol viejo, ennegrecido por el paso del tiempo, con sus ramas quebradas colgando flácidas hasta casi rozar el suelo. Dos agentes esperaban, sentados en los bancos, frente al tablero. Ya habían colocado las piezas sobre él, ordenadas y dispuestas. Un par de ancianos se habían acercado hasta allí, atraídos por los uniformes.

—Lárguense, aquí no hay nada que ver —les dije mostrándoles la placa. Obedecieron.

Uno de los agentes se incorporó al verme llegar y me ofreció la mano.

—Señor —dijo, mientras la estrechaba.

Con un gesto impedí que el otro hombre se levantara. Por su mirada y el movimiento de sus manos, supe que estaba algo más que nervioso.

—Tengan —dije, y les entregué las planillas.

—Fischer —susurró el nervioso, sosteniéndolas frente a él—. Esto es… esto es…

—Esto es lo que tenemos. La apertura. Deben reproducirla tal y como se indica en las planillas, sin dudar en ningún momento. Como ven, el maestro ha escrito los movimientos correspondientes a blancas y negras en planillas separadas. Al parecer pocas personas conocen ambos movimientos, y el maestro era uno de ellos.

—¿Era? —preguntó uno de los agentes.

—Era —dije yo—. Ha accedido amablemente a olvidarlos.

El agente asintió y dejó la plantilla a un lado, frente a él. Sudaba. El otro hombre, sin embargo, permanecía impasible.

—Les sugiero que no intenten memorizar la partida. Por el bien de todos… por el suyo propio. Una vez hayamos terminado, quemaremos esas hojas y nos olvidaremos de todo.

Los agentes asintieron. El nervioso, que llevaba las blancas, miró su planilla y tomó el peón de rey entre sus dedos temblorosos. Me miró.

—¿Ya?

—Deme un minuto para ocultarme tras el árbol —respondí.

Retrocedí unos pasos hasta llegar al árbol. El agente sostenía el peón sobre el tablero, sin dejar de mirarme. El otro hombre apoyaba la barbilla entre las palmas de sus manos, a la espera. Desde donde nos encontrábamos nos llegaba el murmullo de la multitud, ocasionales aplausos, algunas risas. Apoyé mi espalda contra el tronco del árbol. Descubrí a varios agentes especiales apostados a mi alrededor, las armas dispuestas. Habíamos tendido una hermosa celada al slagar, sólo restaba esperar. Miré al agente. El sudor resbalaba por su frente, empapaba su rostro. El peón seguía en el aire, esperando el momento exacto para caer sobre el tablero.

—En fin, la suerte está echada —murmuré, y le indiqué con un gesto que comenzara la partida.

Los movimientos se sucedieron con rapidez. Los peones blancos avanzaron, dominando pronto la parte central del tablero. Las piezas negras, con su línea de peones replegada, se mostraron tímidamente antes del enroque. Entonces llegó el primer sacrificio, un inconcebible movimiento del alfil blanco, que fue aceptado por el jugador negro, quien a su vez sacrificó su caballo. Las blancas aceptaron el sacrificio, abrieron sus líneas. Un intercambio de torres precedió a un nuevo sacrificio: esta vez un caballo blanco se entregaba al enemigo. El jugador que llevaba las negras aceptó, en un ritmo frenético de movimientos de piezas y recogida de bajas que, como si de una fosa común se tratara, acababan en una pequeña caja de madera. Comprendí que se acercaban a la posición final, al cuadro que representaba la Apertura Slagar, cuando sentí cómo se me erizaba el vello de la nuca. Además un profundo olor a excrementos se deslizó bajo mis fosas nasales.

—Ya está aquí —murmuré—. Ya viene.

En ese instante las piezas blancas realizaron su último movimiento, ofreciendo simultáneamente en sacrificio a la reina y a la torre en una posición que, tras concienzudos análisis de los expertos, no conducía a ninguna parte, y ofrecía una ventaja desestabilizadora a las negras. Pero ese movimiento no se realizaba para ganar una partida, como ahora sabíamos. Ese movimiento final convocaba al slagar.

Sentí un movimiento a mi espalda y me eché al suelo mientras desenfundaba el arma. El slagar saltó por encima de mí y corrió hacia los agentes, la mandíbula desencajada, la saliva resbalando de su hocico, las garras afiladas de sus extremidades rasgando el aire con un silbido dantesco. Mis hombres ni siquiera tuvieron tiempo de defenderse. Cayó sobre ellos mordiendo, cortando, desgarrando. Los agentes especiales apostados en el claro dispararon a la bestia dardos tranquilizantes, y el slagar se revolvió y aulló y golpeó su cabeza contra el tronco de un árbol antes de caer al suelo, inconsciente.

—¡Rápido! ¡Antes de que huya! —grité, y lanzaron sobre su cuerpo una red de contención para evitar que abandonara nuestra dimensión.

Llegué hasta donde descansaban mis hombres. Todo había terminado. El equipo médico se afanaba con una fea herida en el brazo del hombre nervioso, por lo demás parecía estar bien. El otro agente sangraba por multitud de pequeños cortes, pero sonreía para tranquilizarnos. Los curiosos del parque habían abandonado las partidas y se congregaban a nuestro alrededor, mirándonos como hienas hambrientas, tratando de abrirse hueco entre la multitud para ver mejor lo ocurrido.

—Dispérselos —le dije a uno de mis hombres—. Odio las multitudes.

Llamé al alcalde.

—¡Blanquer! —dijo.

—Todo solucionado, señor. Tenemos al slagar.

—¡Perfecto! —dijo el alcalde—. Eso merece que lo celebremos. ¿Una partidita esta noche en mi casa? ¿Blancas o negras?

Sostuve el auricular unos segundos contra mi oreja, dudé. Tantos años en el cuerpo para esto. Tantos años perdiendo partidas para celebrarlo jugando otra más. No, el slagar me había hecho ver la verdad, había resquebrajado mi fe en Fischer y Capablanca. Había llegado la hora de dejarlo todo y empezar de nuevo.

—Señor, me temo que hoy no podré jugar —dije.

—¿Mañana tal vez?

—No, señor, me temo que lo dejo —dije—. A partir de ahora, sólo pienso jugar algo.

El alcalde maldijo y me insultó un par de veces, pero no me importó. Caminé hasta el coche y me senté en el asiento de atrás. Del bolsillo de mi chaqueta extraje las planillas que había recogido del tablero. Estaban manchadas de sangre, de saliva de la criatura. Terrible en verdad, sin duda alguna.

Habría que quemarlas, claro. Esa era la idea.

Me pregunté qué movimiento haría un gran maestro en mi posición.

© Copyright de Alfredo Álamo y Santiago Eximeno para NGC 3660, Julio 2016