Bajan de las montañas IV

 

Por David Calleja

Me levanto dolorido pero entero, sacudiéndome el pánico tenaz, que insiste en quedarse pegado a los pensamientos. El incendio se ha vuelto tan virulento que a pesar de la distancia noto el calor de las llamas. Para mí es una buena señal porque significa que sigo vivo. Al fin y al cabo, no había tanta gente alrededor como para morir aplastado.

La niña a la que acabo de proteger llora sin consuelo. Tan alto que ahoga los lamentos de los heridos. No sé qué hacer para calmarla, no estoy acostumbrado a tratar con críos. Suerte que llega la madre, la aúpa y se la lleva, sin una palabra hacia mí —son todas para su hija— pero con una mirada que expresa claramente su agradecimiento.

El panorama alrededor es desolador. Calculo una veintena de cadáveres diseminados solo en este tramo de la calle. Sus rostros iluminados de modo intermitente por las sirenas y el fuego, como si las sombras bailaran sobre ellos. Supongo que existen escenas peores, pero la impresión que esta me provoca es grande. Algo se ha quebrado sin remedio en mi interior. Nada volverá a ser como antes.

Por la emisora de emergencias suena una voz mezclada con estática. Un sargento de bomberos acude a responderla, informa de la situación y pide refuerzos. Parece un hombre con temple. Reparte instrucciones entre los miembros de su equipo que aún están vivos. Su prioridad vuelve a ser el incendio. Los policías y los sanitarios, dice, que se ocupen de lo demás.

Ayudo en lo que puedo pero los profesionales enseguida me piden que me marche. Vago por la ciudad, magullado y con restos de sangre, hasta que se me ocurre pensar en el futuro. Lo primero que hago es mandar un mensaje a mis contactos, advirtiéndoles de que no se acerquen a las ventanas más que para bajar las persianas. Después corro hasta casa, compruebo que Agurtzane sigue dormida, le dejo una nota y bajo al garaje a por la furgoneta.

Los humanos somos predecibles: en casos de estrés solemos tomar decisiones parecidas. Suerte que hoy tengo la posibilidad de adelantarme a la mayoría.

Lleno el depósito en la gasolinera más cercana y compro algo de comida. El caos se va a cebar con nuestra sociedad cuando la gente se entere de lo que ha pasado. O no, qué sé yo. A lo mejor he visto demasiadas series apocalípticas. Puede que la policía y el ejército consigan que nos comportemos como seres civilizados.

Según mi móvil son las cuatro de la madrugada. Aún quedan cinco horas hasta que abran los supermercados. Conduzco hasta una gran superficie y espero en el aparcamiento con la radio encendida, sin conseguir escuchar noticia alguna sobre el incendio y los suicidios. Solo música y palabras pausadas.

Ahora que me relajo es cuando empiezo a sentirme molido de verdad por las patadas de la turba. Y así es como me tumbo en el asiento de atrás, solo un ratito, estiro la espalda y me quedo profundamente dormido.

Me despiertan un bocinazo y unos insultos. Al otro lado de la ventanilla el estacionamiento está repleto de coches. Un hombre y una mujer discuten por la única plaza que parece quedar libre. Tardo un poco en comprender. Como el cielo está cubierto de nubes negras, parece más pronto de los que en realidad es. Miro el reloj: ¡joder, las once de la mañana!

Agurtzane no responde a mis llamadas. Por un instante dudo en volver a buscarla. Luego lo pienso mejor. Ya que estoy aquí, aprovecho y entro en el supermercado. Enseguida me doy cuenta de que hay tensión en el ambiente. La gente ha debido de enterarse ya de que las voces campan a sus anchas. Al menos por Bilbao, a diecinueve metros de altitud.

Cojo lo que puedo de las estanterías, que empiezan a estar medio vacías. Pasta, arroz, garrafas de agua, unas bandejas de carne… Todos los que andamos por aquí, sin excepción, somos buitres rapiñando lo que queda. Intento ser práctico y veloz. Renuncio a enzarzarme en discusiones bobas.

En la línea de cajas hay un tipo al que le pueden las prisas. Intenta marcharse sin pagar pero el vigilante lo intercepta. Hay un momento de bronca y forcejeo en el que cualquier cosa puede pasar. Si alguien más se anima a seguir su ejemplo, esto puede convertirse en una desbandada colectiva.

El personal del establecimiento controla la situación. Nuestro mundo todavía no se ha desmoronado. Pago, vuelvo a la furgoneta y cargo las compras. Agurtzane sigue sin responder a mis llamadas. Caen unas primeras gotas gordas sobre el parabrisas.

Mientras conduzco hacia la salida del aparcamiento veo a un ejecutivo un puñado de parcelas más adelante. Cuarenta y pico años, bien vestido, poca cosa. Carga directamente sus bolsas desde el carro al maletero. Antes de darse cuenta está siendo zarandeado por una pareja de aspecto ordinario, que acaba de cruzar por delante de mi furgoneta. Quieren su comida y él, aunque se resiste, no tiene fuerza o rabia suficiente para evitarlo.

Continúo avanzando. Nunca he echado en falta que me partan la cara por intentar ser un héroe. Cuando llego a su altura ya le han tirado al suelo. Y justo cuando acelero para escapar de la escena vislumbro dos siluetas que se agitan nerviosas en el interior del coche. Son niños. Son los malditos vástagos del hombre de las bolsas.

Algo se remueve en mi interior. Un trauma que arrastro desde hace un montón de años. Mi padre siempre sonriente, incluso después de haber sido humillado por su jefe, por su hermano, por su segunda mujer. Tan bueno y tan incapaz que casi agradezco que esté muerto. El dolor que me causa su recuerdo no es tan grande como el de su presencia.

A nadie le importa que pateen a un tío sobre el pavimento mojado. Pero hay que ser muy ruin para permitir que sus hijos sean testigos. Freno en seco, agarro la barra antirrobo del volante y bajo del vehículo como una exhalación. Grito y golpeo el poste de una farola para llamar la atención.

—Si no lo dejáis en paz, os parto las piernas.

No sé de qué película de los noventa he sacado la frase pero funciona. La pareja se lo piensa un instante y se marcha con el rabo entre las piernas. Casi no me lo puedo creer. Habrá sido mi actitud, mi inconsciencia, mis pintas de guarro después de pasar media noche en la furgoneta… y el hecho evidente de que no estaban lo suficientemente desesperados.

El hombre se incorpora y me da las gracias. Parece una persona amable, como mi padre. Seguramente le gustaría presentarse y charlar un rato pero, en lugar de eso, continúa recogiendo sus bolsas.

Me vuelvo al escuchar el timbre de mi móvil. Está en la furgo. Con la emoción me he dejado la puerta abierta y las llaves puestas. Suerte que todo sigue en su sitio.

—Estaba preocupado —respondo—. ¿Todo bien por ahí?

—Tenías razón —la voz de Agurtzane se abre camino entre sollozos—. Lo están anunciando ahora mismo en la televisión. Justo lo que tú dijiste.

Su desconsuelo me recuerda al de la niña que he protegido de madrugada. A pesar de que insisto, no es capaz de darme más información.

—Enseguida llego a casa. No te acerques a las ventanas.

Conduzco de prisa, adelantando a otros vehículos y saltándome los semáforos cuando la situación lo permite. Siento la cabeza embotada. Estoy demasiado cansado como para recordar cuál de las cosas que alguna vez he dicho puede ser tan terrible.

Capítulo III                                                                                                                              

Capítulo V

© Copyright de David Calleja para NGC 3660, Febrero 2018

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