El sexto diletante – Reed.

 

Por Josep Ruiz Hierro

Para Pily B. ¿Dónde iba a estar mejor un androide que en la web de NGC?

 

—Eres un pesado, Carpenter. Te he contado la dichosa historia de los cids un centenar de veces.

Carpenter ríe, con su dentadura rala y franca. Sabe que me satisface relatar mis experiencias. De todas formas, mientras él esté manipulando mi organismo, no tengo escapatoria.

La temperatura cada día es más alta en este taller. Gotas de sudor brotan del negro rostro de mi mecánico. Bebe a sorbos su bebida isotónica y continúa limpiando y sustituyendo piezas de mi abdomen.

Se pasa prácticamente todo el día aquí. Puede decirse que la existencia de Carpenter se consume en este lúgubre e insalubre departamento técnico del F.B.I.  Se pasea con el torso desnudo y con un raído pantalón corto, con el emblema federal.  Aquí come sus preparados de talofitas, en el destripado sofá del vestíbulo se echa a descansar y a soñar probablemente con que algún día conseguirá repararme. Y algunas tardes, en el cuarto de baño, se encierra con la joven agente especial Gillis. Yo siempre le pregunto irónicamente si se reúnen para platicar, pero él me responde que no; que se reúnen para practicar. Y me quejo de que ella es muy escandalosa e impide que pueda ejercitar mis memorias leyendo.

—¿Sabes qué voy a hacer? Voy a grabarte la historia en un microdisco y así podrás escucharla tantas veces como quieras.

Se parte de risa. Si supiese envidiar envidiaría su risa. No estoy dotado para reír, pero por lo menos, quien me diseñó pensó en regalarme el sentido del humor. Es un alivio en los tiempos que corren.

Carpenter se esfuerza en comprobar el estado de mi nuevo estómago artificial. Durante siete días me ha tenido que administrar periódicamente veinte miligramos de nuf; un compuesto energético básico. Y no ha habido vez que no escuchara sus quejas. Se alegrará tanto como yo si mi aparato digestivo es capaz de tolerar los nutrientes que consumen los androides de mi generación.

Creo en Carpenter. Es un buen especialista, aunque sea en extremo desordenado. Estuvo presente el día de mi nacimiento y el día de mi resurrección. Siempre le estaré agradecido porque me rescató de la tumba en la que permanecí dieciocho años. Seis mil seiscientos cinco días de vacío.

Una inmensa laguna en mi memoria tras el atentado.

Cuando Carpenter llegó, hace cinco años, el Departamento Técnico contaba con tres empleados. Al poco tiempo uno de ellos murió y los otros dos consiguieron plaza en el Centro de Investigaciones Científicas. La escasez de proyectos hizo que Carpenter, que había pertenecido al Proyecto Diletante y había seguido con interés el caso de los cids, solicitara la cesión de mis restos. El permiso fue concedido con bastante celeridad porque el asunto estaba en manos de la Comisión Federal y porque el Centro de Investigaciones Científicas hacía años que había desestimado la posibilidad de recomponer mi cuerpo.

Parte de mi electrónica permanecía incólume, como el Procesador Fowler, buena parte de mis memorias y algunos elementos de mi sistema motriz. Carpenter recuperó lo que pudo y el Centro de Investigaciones Científicas le facilitó los recambios necesarios, así como mi expediente de diseño.  Para mí, aquel dossier magenta era mi partida de nacimiento.

Gracias a la documentación, Carpenter fabricó un armazón de baquelita reforzada que habría de ser mi esqueleto. Más tarde se dedicó al montaje de los más de seiscientos músculos sintéticos que ponen en funcionamiento mi resistente sistema motriz Baldrum. Aunque los androides no sentimos dolor, la ardua tarea de ejercitar la musculatura aún me deja extenuado.

Desde que estoy en este taller, tumbado sobre el banco de trabajo, progreso día a día. No soy capaz de recordar nada de mi estancia en el Depósito Almacén al que fui llevado, porque todo ese tiempo mis memorias estuvieron inactivas, pero soy consciente de que mi organismo empieza a funcionar como antaño.

—Ahora tu dicción es mejor —susurra Carpenter—. Hice bien sustituyendo las membranas de tu órgano de fonación. Dime ¿realmente me vas a grabar tus cuentos?

—Si quieres que ejercite mis facultades, lo que no debes hacer es interrumpirme.

Por desventura él no puede leer el sarcasmo en mi mirada, porque en vez de los ojos humanos dispongo de un visor óptico ultrasensible, que me confiere una peculiar imagen de cíclope.

Me gusta sentir que mi Procesador Fowler funciona correctamente, aunque Carpenter diga que aún no rinde al cien por cien. Hacer trabajar mis memorias me reconforta…

 

Mi nombre es Glaben. Serie D-500/454 y soy el sexto androide de la llamada Generación Diletante. No me costará nada resumir el caso de los cids. Será un entretenimiento y un modo de ejercitar mis circuitos.

Aunque fue un equipo de doce científicos quien llevó a cabo el Proyecto Diletante, la idea original partió, hace veintitrés años, del profesor McKinley, uno de los responsables del Centro de Investigaciones Científicas.

El Proyecto Diletante consistía en crear unos androides autónomos, dotados de toda la información necesaria para realizar indagaciones específicas.

McKinley, expuso la idea a la Administración apuntando las ventajas que ofrecía el innovador sistema motriz Baldrum, presentado hacía unos meses en Nueva York, y el potente Procesador Fowler. La propuesta llegó en un momento propicio, porque el F.B.I la entendió como una ayuda complementaria para resolver asuntos tan alarmantes como el alto nivel de delincuencia, el tráfico de cadáveres y la adulteración de alimentos.  Estos problemas suscitaban desde hacía tiempo la indignación de la opinión pública.  El Centro recibió los fondos y se dio luz verde al proyecto.

Durante dos años y medio, veinticuatro horas al día, se trabajó en la concepción de Argemider; el Primer Diletante. Una plantilla de cincuenta operadores fue la encargada de nutrir de información la memoria virgen de Argemider.  Por lo general tardaba 45 décimas de segundo en responder cualquier pregunta. Si se le pedían pronósticos su respuesta era menos rápida y lógicamente no siempre acertada.

Con la llegada de Argemider, se formó una Comisión Federal con el objeto de controlar las pesquisas y colaborar con el Centro de Investigaciones Científicas.

En aquel tiempo el gobierno estaba siendo duramente castigado por los medios de comunicación, por su prolongado fracaso en el asunto del tráfico de cadáveres, de modo que la Comisión Federal ordenó incorporar a Argemider a la investigación.

Tres semanas después Argemider realizó un informe de solo veinte líneas. Con aquel documento los agentes federales llevaron a juicio a quince personas acusadas de secuestro y asesinato.

El éxito del Primer Diletante se reflejó de forma satisfactoria en la sociedad de humanos. A los pocos días aparecieron los cómics de Argemider, poco después se estrenó la serie en el popular canal EM y nos sirvió a los otros androides como paradigma.

Argemider estaba capacitado para dar un alto rendimiento, pero era insuficiente para todos los casos en los que el F.B.I. precisaba ayuda. Los androides de la Generación Diletante fueron concebidos para investigar casos concretos, por lo que en según qué campos éramos unos completos ignorantes.  Mis conocimientos sobre literatura y deportes, por ejemplo, están aún hoy a nivel preescolar.

El Diletante Nº 2, Brunny, vio la luz un año después del éxito de Argemider. A Brunny se le encargó el asunto de los alimentos adulterados. Más tarde el Nº 3, Clapton, realizó investigaciones referentes a crímenes sin resolver. Ambos lograron éxitos destacables. Luego vendrían mis otros dos hermanos mayores; Diomedes y Emden. A ellos se les encomendaron estudios astrológicos, y el seguimiento y análisis de los seres vivos que pueblan el planeta.

Luego vendría mi turno.

Mi primera visión fue la de los doce científicos, brotando de la más absoluta oscuridad. Más tarde percibí los suaves tonos de todo cuanto me rodeaba, y con el tiempo aprendería a ver las cosas del color que quisiera, jugar con las formas, digitalizar imágenes e incluso a distinguir cuerpos en la oscuridad.

Conservo vivo en mis memorias el día en el que Olsson, jefe de la Comisión Federal, me informó en su despacho que el número de cids concebidos resultaba alarmante.

Sabía cuanto había que saber sobre aquellos extraños seres. Antes de su extinción, los cids eran producto de una clonación humana fallida. Intelectualmente eran entes deficientes y su longevidad no solía alcanzar los quince años. Se caracterizaban por crecer y envejecer cinco veces más rápido que los humanos.

Desde la invención del Procedimiento Artificial de Alumbramiento, consistente en la fecundación, gravidez y concepción de un ser clonado, mediante el uso de un útero artificial, el período de gestación era de cuatro meses y medio.

Los cids eran extremadamente obedientes, introvertidos y, aunque estaban dotados de órganos genitales, carecían de instinto sexual. El empleo de cids por parte de las empresas tenía numerosas ventajas; ya que se beneficiaban de descuentos fiscales, se pagaban salarios más bajos, eran trabajadores infatigables en tareas monótonas y, a diferencia de los humanos, no eran seres conflictivos.

Mis primeros pasos los encaminé hacia los laboratorios y centros clínicos autorizados para la práctica de la clonación humana. El número de cids declarados por los centros era muy inferior a la población existente.  Según los datos que me habían sido facilitados, el porcentaje de fracasos, de clones con minusvalías psíquicas y malformaciones, era equiparable al del siglo pasado con los ratones.  Mi objetivo era averiguar si la desmesurada población de cids era inevitable o si, por el contrario, se planificaba premeditadamente

En los centros no observé irregularidades graves, aunque la mayor parte de ellos eran susceptibles de sanción por falta de higiene. Ninguno cumplía al pie de la letra la normativa vigente. Todos contaban con empleados cids para las funciones de limpieza y de vigilancia, pero su número no era desorbitado; oscilaba entre el 5 y el 10 % del total de la plantilla no facultativa.

Con las primeras visitas realicé un informe. Recordé el éxito de las famosas veinte líneas de Argemider y traté de emularlo. Olsson me felicitó por el sucinto resumen, pero me animó a continuar investigando.

En el Centro Hodges de Washton Norte me entrevisté con el veterano doctor John F. Greenaway. Tenía grabado en mi procesador todo su historial, intachable por otra parte, de modo que mis preguntas fueron dirigidas a su opinión sobre el asunto de los cids. Ensalzó la función de su clínica, del escaso número de fracasos y expuso algunos datos que me eran desconocidos. Declaró que, con los progresos de los últimos veinte años en el campo de la clonación, cosechar un porcentaje tan alto de cids solo era posible en manos de curanderos o de médicos sin escrúpulos, a los que aquel fenómeno podía reportar intereses económicos. Greenaway solía viajar a menudo, conocía todos y cada uno de los centros especializados en clonación humana del país, y me habló desfavorablemente de la Clínica Deemayer, de Chicago. Yo tenía referencias de aquel centro, pero me di cuenta de que mi base de datos estaba algo anticuada. Los operadores que introdujeron los datos en mis memorias no habían revisado la información de aquel centro desde hacía trece años. Pedí permiso a Olsson para desplazarme a Illinois y la Comisión me lo concedió. Los dos agentes del F.B.I. que siempre me acompañaban, Angus y Riley, continuarían siendo mis escoltas.

El doctor Lorenzo Wyler era el responsable de la clínica Deemayer. Era un joven robusto, de tez morena y ojos verdes.  Llevaba una bata gris perla de manga raglán. Las marcas de su rostro indudablemente eran del virus de Kow. Por la ionona que percibió mi sensor de emanaciones, supe que al doctor Wyler le gustaba el perfume de violetas.

El caso es que me sentí incómodo porque tenía su historial en blanco, pero mis sentidos —si se pueden llamar así— empezaban a obtener los primeros datos sobre aquel desconocido. Extraje de mi dispensador de documentos la foto de una persona anónima y la dejé sobre la mesa. Le pregunté si había visto a aquel hombre alguna vez. Él tomó el retrato y lo examinó con detenimiento. Respondió que jamás lo había visto y quiso saber si se trataba de un clon. Le dije que no, que era un humano y me inventé nombre y apellidos. Me devolvió la foto; con aquel elemental ardid había obtenido sus huellas dactilares.

Al término de los cuarenta y cinco minutos de reunión repetí tres de las setenta y cuatro preguntas formuladas, y le informé de que lo hacía porque las respuestas a aquellas preguntas habían sido imprecisas. En realidad, debería haberlas calificado de embustes. Le afloró el rubor a la cara y leí la rabia en sus ojos, porque un pobre androide creado con retales industriales y microprocesadores electrónicos pretendía dejarlo en ridículo. De no tener cerca a mis cuidadores federales seguro que el doctor Wyler me hubiese sacado a patadas de su despacho. Respondió como pudo, con una sonrisa apretada, a aquellas tres preguntas, pero nuevamente mi procesador diagnosticó que en su declaración algunas piezas no acababan de encajar.

Según Wyler, el porcentaje de éxito en la clonación humana alcanzaba el 98 %, lo que significaba que el 2 % se debía repartir entre cids y clones fenecidos antes de haber sido dados de alta. Wyler manifestó orgulloso contar con los mejores especialistas, sin embargo, mentía. Durante nuestra conversación comprobé los nombres del personal facultativo con los historiales de mi banco de datos interno. Ninguno de los doctores había destacado especialmente en el campo de la clonación. Dos de ellos incluso habían sido denunciados, años atrás en otra clínica, por negligencia. Del extracto de la entrevista con el doctor del Centro Hodges, el nivel de fracasos en la clonación se situaba a nivel nacional en un 10 % y según él, un gran número de cids del Medio Este procedía del Centro Deemayer.

Pedí a Wyler que me facilitase el Libro de Altas. Observé divertido su expresión de espanto cuando empecé a hojear el libro escaneando con mi óptica, página por página. Almacené toda aquella información. Wyler se mostró incómodo ante mi petición de examinar las Salas de Gravidez. Entre tanto, mi procesador me informaba que el Libro de Altas no presentaba ninguna irregularidad.

La clínica Deemayer contaba, según Wyler, con cuatro salas activas y otras cuatro inactivas. Todas ellas dotadas con instrumental avanzado. Pasé de largo de las salas activas, pues supuse que estarían tan en regla como lo estaban los libros, y pedí echar un vistazo a una de las salas inactivas. 

No imaginé que iba a entrar en un recinto tan descomunal. Conté ciento veinte úteros artificiales y no pude por menos que asombrarme de la ingente cantidad de aparatos de diagnosis.      

Tras una ligera inspección, advertí que los úteros artificiales, entonces inertes, habían estado funcionando hasta hacía poco.  La primera pista llegó con la ausencia de sedimentos en los tambores térmicos y luego pude confirmarlo cuando, después de pasar el índice por el seno de la cápsula, me llevé a la boca los restos de una sustancia. Mediante el analizador químico que llevo incorporado en la zona palatal, supe que aquella materia tenía la composición del líquido amniótico que protege a los clones durante la gestación.

Tenía suficiente información para saber que, desde hacía varios años, la clínica Deemayer utilizaba, como otros centros, el Procedimiento Artificial de Alumbramiento. Con aquel avance se había reducido a la mitad la fase de gravidez. Sin embargo, antes de irme, pedí a Wyler que me facilitase la lista de mujeres que ingresaron en el centro para ser inseminadas según el antiguo método Wilmut, es decir mediante el proceso de implantar un óvulo, al que previamente se había sustituido el núcleo por el de una célula adulta.

Los ojos oliváceos de Wyler brillaron de nuevo. Accionó un sensor de su mesa y dio la orden de que la lista me fuese entregada a la salida. Capté la indirecta.

Según el informe que realicé días después, extraído de las conversaciones con las madres de alquiler, la clonación había resultado satisfactoria en un porcentaje muy alto. Era evidente que el nacimiento de cids se había producido con posterioridad; con la llegada del Procedimiento Artificial de Alumbramiento, que facilitaba la clonación de humanos de forma incontrolada, aunque fueran ilegales las clonaciones no reguladas por la Administración. 

Una segunda visita a la clínica Deemayer me proporcionó nuevos datos. El doctor Wyler había salido de viaje a las Islas Barbados la mañana siguiente de mi visita. Me atendió el doctor Moore; un destacable biólogo, pero un absoluto ignorante en tareas administrativas. La entrevista duró un minuto y cuarenta y seis segundos.

Entregué a Angus y Riley el informe obtenido de mi anterior entrevista con Wyler, adjunté una copia impresa de sus huellas dactilares y les pedí que investigaran por su cuenta. Me interesaba conocer la evaluación de las propiedades del director de la clínica Deemayer, así como los números y los saldos de las cuentas bancarias.

Al día siguiente Riley me dio a conocer los resultados. El examen del valor de los bienes de Wyler resultó decepcionante. En ninguna parte se reflejaban cifras millonarias, atribuibles al flagrante tráfico de cids. 

Riley no dio tiempo a que mi procesador empezase a analizar el caso; adiviné que detrás de su sonrisa se escondía la revelación de buenas noticias. No me equivoqué.

En Bridgetown, Barbados, Wyler se hacía llamar Derek P.Williams, y con ese nombre era propietario de una clínica, por la que rara vez aparecía. Había invertido un dineral en una cadena de hoteles de los que era accionista mayoritario, residía en una mansión a todo lujo y solía recibir visitas de algunos destacados industriales.

Veinticuatro horas más tarde Wyler fue detenido y llevado a Washton acusado, en principio, de cuatro cargos federales. Aquella misma semana fueron llamados a declarar cinco empresarios de firmas multinacionales, en las que existía un número muy elevado de cids. Los medios de comunicación, sin embargo, no prestaron mucha atención a lo sucedido hasta que no estalló el escándalo.

Dos agentes federales se personaron en la mansión del anciano Secretario de Estado Alec S. Verhamer.  Verhamer llevaba ocho semanas encerrado en su residencia de Gloxinia, reponiéndose de una enfermedad cuya naturaleza no se había desvelado. Conversaba a diario con sus colaboradores vía Internet, pero era sabido que había autorizado al Sub Secretario a tomar decisiones.

Los agentes pensaban formularle una serie de preguntas, pero Verhamer les atajó anunciando estar al corriente del fraude de los cids, del cual se declaraba máximo responsable. Se levantó de la mullida butaca con enorme esfuerzo, para acercarse a una mesa del despacho perfectamente ordenada. De una carpeta gris extrajo un sobre oficial que entregó a uno de los agentes. Dijo ser su confesión. Se evitó de este modo responder preguntas desagradables.

De pronto dos lágrimas surcaron el macilento rostro de Verhamer. Con un hilo de voz dijo que se encontraba mal. Los agentes lo acompañaron al baño. El Secretario de Estado cerró la puerta y tres segundos después atronó un disparo que hizo que los pies de los agentes se despegaran del suelo. Los federales echaron la puerta abajo. Un guiñapo con el cráneo reventado yacía en el suelo.

La inmolación de Verhamer podía tener otras lecturas, pero después de analizar los datos de su personalidad y su trayectoria profesional, la entendí como una forma de encubrir a otros implicados y no como resultado de su remordimiento.

Regresé a la oficina de la Comisión Federal en Washton y continué investigando. Entonces ocurrió algo inesperado.

Aunque en mis memorias tenía cargado un extenso historial de Verhamer, había acordado con el Departamento «Z»  del F.B.I. que me serían transferidos, a través del canal oficial de Internet, nuevos datos del caso. Aquel día un inoportuno hacker dejó en ridículo los sistemas de protección informática del F.B.I.; el programa G.I. Dates fue saboteado y la mayor base de datos del mundo quedó temporalmente inoperante.

Declaré a Olsson que el atentado informático tenía que estar relacionado con el caso Verhamer. En el último año se habían contabilizado cuarenta y dos intentos de sabotaje por parte de hackers. Ninguno de ellos causó lesión alguna en los sistemas, ya que el Departamento «Z» cuenta con un equipo de especialistas que trabajan a diario para proteger los programas en la red. El éxito del anónimo hacker, al que entonces llamamos Demons, se debió a que un agente del Departamento «Z» dejó deliberadamente una puerta abierta en el sistema.

Olsson me ordenó interrogar a todos y cada uno de los agentes del Departamento «Z». La tarea resultó simple. En mi informe anuncié, sin temor a equivocarme, que el agente John Moss había sido el culpable. 

Para llegar a aquella conclusión utilicé el mismo sistema que el empleado con el Dr.Wyler. Después de tres horas de preguntas, le expliqué que había mentido en nueve ocasiones. No obstante, resistió con entereza durante más de hora y media. Sabía que iba a confesar, así que le pedí que me entregara su arma reglamentaria.

Fui tirando del hilo. Moss inculpó al hijo del Secretario de Estado Verhamer.

Grant Verhamer era propietario de la firma líder en el mundo de la telemática. Millonario, ambicioso y brillante empresario, multiplicaba cada año sus locales de venta y se había ido haciendo con las empresas de sus competidores. A los directivos les recompensaba generosamente y la mayor parte de trabajadores humanos pasaba a formar parte de las listas de desempleados. Empleaba cids que cobraban mucho menos y trabajaban muchas más horas. Furtivamente, las empresas de Verhamer Jr. funcionaban veinticuatro horas al día. 

Verhamer Jr. se sentía protegido por su padre, pero no contó con que este se vendría abajo. Olsson nos entregó una orden firmada por el juez para detener al magnate y nos dijo que llevásemos refuerzos.

En la zona de aparcamiento dos coches oficiales nos aguardaban. Yo había cobrado una ligera ventaja y grité a Riley que iba a buscar el auto. 

Cuando accioné el contacto todo terminó para mí.

La explosión fue lo último que grabaron mis memorias. No sentí dolor porque desconozco esa sensación y mucho menos sentí angustia, porque no hubo tiempo para ello. Lo único que sentí fue que la bomba parecía estallar desde el interior de mi cráneo.

En aquel momento dejé de funcionar y no recuerdo nada más.

De no ser por Carpenter, hubiese dejado de existir. Él me contó el final del caso y yo renové la información de mis memorias.

Las diferentes partes de mi cuerpo fueron llevadas al Depósito Almacén del F.B.I., a la espera de que la Comisión Federal tomase una decisión. Después de ver el estado en el que había quedado mi cuerpo, el Centro de Investigaciones Científicas realizó un informe para la Comisión Federal. Ambos determinaron que el coste de mi reparación era demasiado elevado.

Riley y Angus detuvieron a Verhamer Jr., que fue procesado y condenado. Aún hoy continúa en el Campo Penitenciario de Washton Alameda. El F.B.I. me rindió homenaje en una ceremonia que sirvió para que los medios de comunicación difundiesen el valor de los androides de la Generación Diletante.

Desde su génesis; tres de los seis continuaban en activo. Argemider fue retirado en el momento en que sus memorias comenzaron a fallar. Desde que reposa en el Nuevo Salón de Robótica de Washton, este museo es el más visitado del Estado. El cuerpo de Clapton fue encontrado exangüe bajo las aguas del río Columbia, a su paso por Skamokawa, cuando investigaba la extraña desaparición del político Joseph Crane.

 

—Zumbas cuando terminas de grabar. Eso te delata —advierte Carpenter.

—Fueron tus manos quienes instalaron el equipo, amigo. Por otra parte, considero normal que un androide emita ciertos ruidos.

—Eres un escandaloso —ríe Carpenter—. Y un caso perdido… si me decidí a reconstruirte fue porque espero sacar una pasta exhibiéndote como héroe del F.B.I.

—Pecas de optimista. Nadie se acuerda del caso de los cids. Ya ni tan siquiera quedan cids.

—Bueno, bueno… tal vez eso no sea tan importante. Para la sociedad, los héroes siempre son modelos llamativos.

—¿Llamativos? ¿Lo dices por el espantoso color cobalto con el que has pintado mi cuerpo?

Vuelve a reír. Apura las últimas gotas de su refresco y levanta la cabeza para mirar el reloj digital de la pared.

—Toma el microdisco —le digo en tanto lo extraigo de la ranura situada en mi zona occipital—. ¿Esperas a alguien?

—¿Qué te hace suponer que espero a alguien?

—No tienes una hora concreta de salida. Nunca consultas la hora para marcharte a casa. Si lo haces es porque la agente Gillis está al caer.

—¿Te sientes fatigado? —ignora mi observación y acerca un medidor de temperatura a mi cráneo.

—Un poco.

—Mañana echaré un vistazo a las dos memorias del parietal derecho. La refrigeración no funciona debidamente.

 

Se abre la puerta. Entra la agente Gillis. Destaca el brillo de las insignias sobre el negro uniforme. Me gusta su forma de andar. Más de cerca resalta su limpia mirada en su oscura piel. Carpenter se gira y sonríen sus ojos más que su boca. Se seca el sudor del rostro con un trapo que usa solo a tal efecto. La mujer toma mi mano y me pregunta cómo sigo.

—Este tipo no deja de torturarme, agente —bromeo escogiendo la pronunciación más sensual de mi repertorio.

—Es un canalla —manifiesta Carpenter con su sibilante e inalterable voz.

Ella sonríe con dulzura. El cansancio se refleja en unas ojeras color añil. Trabaja doce horas diarias. El horario de Carpenter es más flexible, pero debe sumar sesenta horas semanales si no quiere tener problemas. Sabe que apenas se dedican fondos para mantener este Departamento Técnico, y que si no lo han echado a la calle es porque el reglamento interno contempla la necesidad de que el F.B.I. disponga de una división dedicada a la reparación y mantenimiento de equipos electromecánicos.

—En el frigorífico hay refrescos —invita Carpenter a Gillis.

La muchacha dice que ya tomó un ipson en la oficina. Se deja caer sobre la silla y exhala agradecida, por poder descansar sus piernas. Lleva en la mano un disco de película virtual y se lo muestra a Carpenter, que está terminando de fijar las placas que cubren la parte inferior de mi tronco.

—Es nueva ¿no? —pregunta el mecánico.

—Sí. ¿Te apetece jugar esta noche?

 La intención de la pregunta me hace vacilar.  Carpenter, menos agudo, interpreta que ella se refiere al juego de la película virtual.

— Sí. ¿De qué va?

—Se trata de una aventura en el siglo XX. Durante una guerra. He leído la historia y he decidido escoger el personaje llamado Alexia. Una espía americana.

—Interesante.

 

Interrumpo la conversación para decir que también yo querría jugar, pero Carpenter frunce el ceño, me dice que no y esgrime la razón de que mis memorias necesitan descansar. En realidad, creo que no soporta que siempre gane en este tipo de juegos. O tal vez sea porque prefiere estar a solas con Gillis. Lo comprendo. Me reconforta comprobar que cada día comprendo mejor las cosas.

© Copyright de Josep Ruiz Hierro para NGC 3660, Febrero 2018

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2 respuestas a El sexto diletante – Reed.

  1. Nuevamente, mil gracias Pily, por recuperar un relato mío. Esta aventura intimista y de género negro fue una de mis primeras incursiones en la C.F., animado por el buen hacer de mi buen amigo y apasionado del género, Joan Antoni Fernández.

  2. NGC 3660 dijo:

    Gracias a ti, Josep, es un honor volver a publicar este relato. Es una muy buena historia. 😉

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