John Harper: Fuego

| J.E. Álamo | Versatil Ediciones | Sello: Off Versatil | 15,90€2019 |
| ISBN: 978-84-17451-51-6  Novela negra/fantasía urbana | 240 págs. |

Por Pily Barba

Portada John Harper: Fuego

Cómo odio tener que tirar de tópicos, ¿eh?, pero como hay ocasiones en las que no dejan de ser ciertos, si se trata de ser sincera, no me queda otra. Así que allá voy: J. E. Álamo lo ha vuelto a hacer. No, no, un momento, que encima voy y me embalo. Ese no era. Es otro igual de cansino y casi tanto o más empalagoso; es en el que resumo, y me quedo tan ancha, diciendo que J. E. Álamo o Joe Álamo (marca la casilla que más te agrade) se ha superado y con creces. Asqueroso, ¿verdad? Pero ya dije que cuando hay algo realmente bueno y he de ser honesta, siempre termino poniendo esta clase de porquerías.

Pero antes de seguir configurando una reseña con más tópicos y obviedades (al menos para aquellos que ya saben cómo se las gasta nuestro querido autor), recargada de chorradas acerca de lo bien que lo ha hecho; lo apetitoso y atractivo de este nuevo universo, sus atrayentes escenarios, la acción (que la hay, y a porrillos), o la impactante presencia y personalidad de ciertos personajes, en fin, insisto, por no volver a repetirme y porque, en el fondo, a estas alturas ya me agota componer verborreicos comentarios si no es cara a cara y delante de un café (¡ja!), he decidido permitirme el lujo de volver a leer la reseña que escribí de su anterior trabajo (café mediante, que eso sí que no lo perdono), entre otras cosas, para ir a lo fácil y ver cómo puedo montármelo con esta. Y es que, no es por nada, pero me quedó tan linda (si tienes curiosidad, apunta justoAQUÍ), y eso que solo me limité a hablar de lo que hay y punto (exactamente igual que pienso hacer con John Harper: Fuego). Así que a ver ahora cómo me supero: ¿seré capaz de igualar al menos ese final tan emotivo y… divertido? Porque sí, ahora que lo pienso, pedía un milagro y resulta que ha llegado antes de lo esperado. Así que he de admitir que, efectivamente, esto tiene su gracia.

Me explico: Joe venía de crear un universo y a un personaje que se lo había comido vivo (aunque la mujer que lo acompañaba también lo hizo en gran medida). Con esto quiero decir que, a lo largo de su anterior trilogía, Don Álamo terminó siendo manipulado por un personaje que, de alguna forma, lo subyugaba para poder continuar «viviendo» a golpe de cancionaca Beatle dándole título a cada una de sus aventuras (había sido algo así como lo que le ocurrió a Doyle con Holmes, pero a lo zombi, con más cachondeo y con menos historias en su haber). Pero, tras llegar a su fin, estoy casi segura de que tanto él como sus seguidores, todos, nos preguntamos: ¿y ahora qué? ¿Qué va a ser lo siguiente? E independientemente de las dudas, o precisamente por estas, no sé él, pero el resto nos sentimos repentinamente huérfanos.

Pero como las comparaciones son odiosas, y me niego a emborronar el nombre de Harper hablando de Tom, aclararé que el uno se parece al otro en lo justo, y aunque al principio sí es cierto que John puede recordar al zeta, rápidamente el elemental fuego se hace con el control de la situación y empieza a ganar enteros a una velocidad que… bueno, a mí me estalló la cabeza, porque no había pasado una semana cuando volví a leer la novela. ¿Qué? ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo? (Efectivamente, tuve la inmensa suerte de formar parte de ese pequeño grupo lector beta al que Joe pidió una primera impresión nada más finiquitar su trabajo).

Y ahora bien, ¿de qué va John Harper: Fuego? ¿Por dónde empiezo? Veamos, lo primero que nos encontramos es una sociedad de lo más desalentadora, al menos para los individuos que no solo visten piel humana, sino que la usan, y además lo hacen con alguna ligera ¿mejora? Vaya, dejémoslo en algún tipo de ¿mutación? Podría ser, sin embargo, qué lío, porque yo lo veo más bien como una evolución, aunque… depende, si tenemos en cuenta que ya sea un elemental fuego, agua, tierra, o aire (¿no suena esto un poco a horóscopo?), cualquiera de ellos no podrá utilizar sus dones casi bajo ningún concepto, ventajas, lo que se dice ventajas, la cosa tiene más bien pocas. De hecho, y bien mirado, de cara a esta sociedad terrible de la que hablaba, casi que es una lata ser un elemental, puesto que los hándicaps terminan siendo numerosos y tremebundos. Pero, ojo, que no voy a desvelar nada más en lo que concierne a los castigos que pueden sufrir los aberras, que es como los califica esa gran mayoría de naturales (es decir, nosotros, los listillos, los que nacimos con lo puesto y aunque nuestra mayor habilidad es la de dejarnos llevar como auténticos borregos —mientras no dejamos de criticar el ombligo ajeno—, todavía nos permitimos el lujo de decidir quién es el bueno y quién es el malo; quiénes son los ciudadanos de primera, o los normales, y quienes, como decía, las aberraciones); repito, todo lo que tiene que ver con las humillaciones, manipulaciones, y cosas peores, lo dejo para que lo descubras cuando quieras, ¿de acuerdo? Entre otras cosas, porque yo todavía tengo tela que cortar…

Veamos, respecto al elemental fuego que nos incumbe, John, aunque sé de buena tinta que antes se llamó Jack (es más, aún se llamaba así cuando Joe Álamo me preguntó si quería disfrutar de su última locura), al igual que le ocurre al resto de los elementales, sean del «signo» que sean, es un triple hélice, lo que significa que ya cuando nació estaba bien jodido. Eso sí, en su caso tal vez algo menos, puesto que la mayor parte de su vida se dedicó a patrullar Ciudad Capital (la Gotam particular de Álamo), y aunque la policía no debe abusar de sus dotes, mientras estén de servicio, y si no les queda más remedio… Tú ya me entiendes, ¿verdad? Eso sí, una vez se jubilan, ¡ay, una vez se jubilan!, que es el caso de nuestro querido John, entonces, y a pesar de que él se dedica a la investigación privada (hablamos de novela negra, ¿recuerdas? Y tal vez de la más clásica en este sentido) se acabó para siempre lo de tener el mínimo despiste: él, al igual que todo hijo de vecino (léase sufridor de ese no deseado efecto mutante), tendrá que acogerse a las dichosas Leyes del Acta de Convivencia (algo así como las leyes de la robótica, pero para mutados). Por último, ¿qué decir de su forma de ser? Veamos, el menda es socarrón hasta decir basta, ¿de acuerdo? Chistoso a su manera, un tanto cabroncete y otro tanto borde, bebedor, fumador empedernido, pero también noble y con principios; tierno de alguna forma… es, del derecho y del revés, un espécimen curioso, rallante, encantador: un auténtico imán.

Del resto de los personajes, me refiero a los de más relevancia, los hay de verdad brillantes, algunos incluso deslumbrantes, y lo bueno es que su luz es auténtica y emitida de una manera muy personal. Con esto también quiero decir que ninguno se parece al otro, puesto que están configurados a base de experiencias (muy dispares) de vida y, sobre todo, con una gran selección de golpes. Así, los hay cándidos, peligrosos, sexis, inteligentes… pero de entre todos ellos, los que harán conexión directa con cada una de tus neuronas, y muy posiblemente con tu corazón, son los más próximos a John. Por ejemplo, Megan, aquella que termina proporcionándonos EL CASO; aparentemente cándida, humana, sensible, pero dispuesta a ir hasta el final. Y con todas las consecuencias. También tenemos a Lola, un torbellino de mujer, atractiva y atrayente, una especie de ¿medio bruja?, lo que sea, pero que le da tintes muy diversos a la trama. Por último, está el gran personaje, dejando a John Harper a un lado. Me refiero a Jimmy, dueño de cierto garito. Jimmy es un tipo sincero, sabio, meditativo, de los que se limitan a decir lo que tienes que oír y no lo que quieres oír. El carisma hecho personaje, vaya… Y luego están esas otras figuras que en cualquier otra narración son poco más que meros monigotes; sencillos vehículos que llevan al lector de A a B, sin demasiada pretensión o compromiso por su parte, pero que en el caso que nos atañe, cobran un agradable protagonismo en el momento en que John asoma las narices dentro de su reducida parcela, y los deja realizar su pequeño baile.

Después tenemos música, claro, componente imprescindible en las últimas obras de Joe, y por supuesto esos magníficos lugares que han de acompañarla, como es el caso del entrañable y aparentemente acogedor garito de jazz, al que creo que cualquiera estaría loco por ir (te guste o no dicho estilo de música), para poder empaparte de su ambiente, de sus notas, o de ese mágico calor que el autor tan bien transmite.

Respecto a la línea argumental, esta tiene su GRAN AQUEL, y no porque sea rematadamente complicada, sino porque juega muy bien al despiste, llegando a convertirse, al mismo tiempo, en una sucesión de acontecimientos totalmente creíbles y cercanos. En pocas palabras: la historia de John Harper es sorprendentemente orgánica, y lo es porque Álamo nos ofrece algo lógico, auténtico, y sin trampas ruines ni artimañas que cabreen al lector, mientras la cosa se lía entre los esperados clichés de toda novela negra que se precie, con sus momentos de acción palpitante (me repito, lo sé), diálogos descarnados, inteligentes, descacharrantes… y misterio, y peligro, y canalladas, y traiciones, y un maravilloso homenaje que no deja de ser el momento mártir por excelencia. Y muerte. Y tanto más, porque también nos habla del amor, y no solo del de pareja o del familiar, sino de ese otro que no tiene nada que ver con los lazos sanguíneos, pero que tal vez sea el más auténtico: el de aquella familia que te proporciona la vida, merced a sus reveses y circunstancias.

Bien, y creo que ha llegado el momento de decir aquello de que esta novela, además de todo lo que he dicho y, por supuesto, de su componente negra y fantástica, tiene otros muchos puntos a su favor que no resultan menos atractivos. Por ejemplo, los momentos que apelan a los derechos humanos y a esa necesaria vuelta a la humanidad (suena parecido, sí, pero solo la segunda ayudará a que mejore la primera); a la necesidad de convivir en armonía volviendo a poner en práctica el uso del respeto, que nunca viene mal. ¿Al final estoy hablando de racismo? Ah, pues sí. Pero también habrá espacio para situaciones que tienen que ver con los malos tratos, el abuso de poder (cómo no) o la intolerancia en general. Y es que John Harper: Fuego, al final, no se queda solo en el entretenimiento, los chistes fáciles o la acción. No, no es solo esa fórmula que funciona y queda bonita. Aunque pueda parecerlo, John Harper: Fuego no es una novela ligera, a pesar de que su lectura sí lo es. Esta tiene el coraje de sacar ciertos trapos sucios y sacudirlos delante de nuestras narices para ver si así el tufillo que despiden sirve de algo, y si no lo hace, al menos procura recordarnos que tenemos pendientes ciertos problemillas que hemos de superar, como es el esfuerzo inútil que nos supone, como sociedad, el intentar tener un trato sano y fructífero con individuos distintos a nosotros, por mucho que, como masa, vayamos de «buen rollistas» y «humanos progres».

Tal vez me he extralimitado diciendo sin decir nada a cerca de John Harper: Fuego, ¿no es cierto? Si es así, usted perdone, querido lector, o querida lectora, aunque no me crea, lo he hecho por su bien (sí, cambio el trato porque hablo totalmente en serio); no veía el modo de hacerle llegar, aunque solo fueran unas pocas y variadas pinceladas, de esta nueva genialidad que surgió de un sueño seguramente loco, oscuro, ardiente y obstinado, y que tuvo a su autor en desvelo durante dos meses: justo los dos que tardó en ponerse manos a la obra y parirlo. ¡Dos meses! ¿Verdad que es un tío odioso? Ya contesto yo: lo es. Y no solo por esta proeza, lo digo porque a mí, personalmente, ha vuelto a engatusarme: me ofreció el manuscrito haciéndose el despistado, pero sabía perfectamente que me estaba entregando una bomba de relojería; un nuevo escenario que volvería a despertar mi fervor como ya lo hizo con aquel otro tan negro y zombi. Este se ha vuelto a apoderar de mi imaginación, mientras nutría, sin piedad, mi ansia lectora, mi vena mitómana, mi amor y, sobre todo, mi ilusión… porque John Harper ha de regresar, ¡tiene que hacerlo!, es demasiado elemental y ha de seguir propagándose. Así pues, permítame darlo por hecho, y añadir aquello de: larga vida a John Harper. Larga vida a los elementales.

© Copyright de Pily Barba para NGC 3660, Abril 2019

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