Yo, el diablo – Reed.


Por José Carlos Canalda

Antes de nada, permítanme que me presente. Soy Lucifer, el portador de la luz, aunque ustedes también me conocerán probablemente como Satán o Satanás, el Demonio, el Diablo, e incluso por otros calificativos menos afortunados como el Maligno, el Gran Cabrón o, incluso, el chusco nombre de Pedro Botero.

Quizá se preguntarán la razón por la que me dirijo a ustedes de esta manera, sobre todo si tenemos en cuenta la mala fama que secularmente me han atribuido los servidores terrenales de la Otra Parte… Pero les aseguro que la realidad de Allí Arriba es mucho más compleja que esa absurda distinción entre el Bueno (ya saben quién) y el Malo, es decir, yo. Lo cierto es que a cada uno de nosotros le correspondió en su día una responsabilidad que todos asumimos con total profesionalidad independientemente de que a algunos nos cayera en suerte desempeñar frente a los humanos un papel ciertamente poco lucido; lo importante es que yo siempre he estado satisfecho de mi trabajo, y así me lo han reconocido en todo momento la totalidad de mis compañeros empezando por el propio Director de Allí Arriba… Y discúlpenme si no cito su nombre, pero tienen que comprender que, después de tantos milenios, los hábitos resultan bastante difíciles de desarraigar.

Todo empezó hace algún tiempo. Yo me encontraba trabajando tranquilamente en mi oficina… Bueno, no vayan a creer que yo me siento delante de una mesa como si fuera un simple humano; pero el símil resulta válido y no altera en absoluto el sentido de la narración. Tan so lo tenía que resolver algunos pocos asuntos de trámite tales como antiguas y ya casi olvidadas ventas de almas y una o dos misas negras de las que ya había responsabilizado a mis ayudantes inferiores.

La jornada, pues, se presentaba tranquila y plácida tal y como acostumbraba a ser habitualmente en mi sección desde hacía ya mucho. Me encontraba enfrascado en la resolución de un curioso sofisma que me había planteado mi buen amigo Vishnú, cuando me apercibí de la llegada de la pequeña Iris, la encargada de nuestro servicio de correo interno. Puesto que no suelo recibir demasiada correspondencia (hablando con más propiedad, no me llega prácticamente ninguna), no dejó de sorprenderme que me entregara una misiva que, por el sobre (tampoco era un sobre, pero dejémoslo así), pude deducir que se trataba de una circular de los servicios centrales de la Administración Sobrenatural.

Esto me intrigó. Normalmente nuestros negociados gozaban de una amplia autonomía interna, por lo que resultaba excepcional que los de Arriba del Todo se inmiscuyeran en nuestros asuntos. En lo que a mí respecta jamás se me había dado esta circunstancia, lo que hacía aún más extraña la situación.

Tardé muy poco en salir de dudas. En la circular se me comunicaba, con el frío e impersonal lenguaje de la burocracia, que a partir de ese momento quedaba relevado de todas mis responsabilidades al frente del Negociado Infernal para pasar, en calidad de funcionario jubilado, al colectivo de las Clases Pasivas. Firmaba la orden el propio Jefe Supremo, y el documento estaba plagado de toda esa caterva de sellos y rúbricas que tanto encantan a la plaga de los burócratas.

Mi primera reacción fue de estupor inmediatamente seguido de una sorda indignación. Puesto que todos nosotros somos inmortales, hubiera resultado completamente absurdo establecer nuestra jubilación en función de una edad en la que empezáramos a declinar física y mentalmente tal y como ocurre con ustedes los mortales. Sin embargo, sí contamos con un equivalente a la decrepitud corporal: Todo nuestro colectivo depende en definitiva de que algunos (o muchos) de ustedes crean en nosotros y nos adoren o nos teman, que para el caso viene a ser lo mismo. Y así, cuando alguien tiene la desgracia de perder al último de sus fieles, es clasificado automáticamente como jubilado siendo relevado de sus responsabilidades y enviado al equivalente a uno de sus asilos. Eso era precisamente lo que me acababa de ocurrir.

Como es natural, me dirigí lo más rápido que pude a la Sección de Personal con objeto de clarificar lo que yo suponía que era un error. ¡Jubilarme a mí, que era uno de los seres más temidos y por ello más reverenciados de toda la historia de la Cristiandad! Era ciertamente indignante, y no estaba en absoluto dispuesto a consentirlo.

Me recibió el propio Miguel en persona (o, por hablar con más propiedad, el arcángel); era este el responsable máximo de la Sección de Personal y, por lo tanto, el culpable en definitiva de mi desairada situación. No, no crean que Miguel y yo somos enemigos irreconciliables a pesar de la batallita que nos vimos obligados a perder los diablos por culpa de las exigencias del guion; una cosa es el trabajo y otra las relaciones personales entre nosotros. Miguel no es un mal chico y yo ciertamente le aprecio aunque en ocasiones llega a disgustarme su burocratismo exagerado.

Miguel me atendió con toda amabilidad, pero se mostró inflexible en su decisión avalada ciertamente por El de Arriba. Hoy, me dijo, nadie creía ya en el infierno, por lo que se me «invitaba» amablemente a retirarme a una cómoda residencia que era, en realidad, nuestro propio y particular cementerio de elefantes. De nada me sirvió protestar arguyendo que la gente seguía creyendo en mí y en mis artes maléficas; lo cierto era (y yo lo sabía, al igual que ellos) que los ritos infernales habían degenerado en unas simples manifestaciones folklóricas mientras que los propios soldados terrenales del Enemigo amenazaban con mi existencia solo con la boca pequeña convencidos en el fondo de que mi persona era tan solo un espantajo válido únicamente para asustar a los niños.

En cuanto a mi sección, esta iba a ser suprimida del organigrama siendo mis subordinados (bien pocos ya, por cierto) trasladados a los infiernos de otras religiones que, por ahora, continuaban manteniendo su vigencia. Nada tenía pues que hacer salvo recoger mis objetos personales y dirigirme al club de jubilados, donde ya me aguardaban y me habían reservado una plaza.

Huelga decir que me retiré de allí sumido en la más negra de las depresiones. Tras de tantos milenios de trabajo abnegado y reconocido por todos mis superiores, despedirme de esta manera era la mayor infamia que me podían hacer. Pero no me quedaba otra solución que la de acatar las órdenes, por lo que me dirigí por última vez a mi despacho y, recogiendo mis escasos recuerdos de toda una vida de dedicación, me marché silencioso para no volver a pisarlo más. Los dos o tres diablos menores que allí se encontraban debían de conocer ya la noticia, puesto que esquivaron mi mirada al tiempo que cuchicheaban entre ellos algo que no pude entender, pero que no resultaba demasiado difícil de adivinar. Bien, ellos al menos habían tenido suerte; pero mi carrera estaba ya acabada. En aquel instante los odié.

Puesto que nada ganaba con retrasar la partida me encaminé directamente hacia la residencia de jubilados. Se trataba de un vasto recinto de aspecto aséptico, no precisamente deprimente, pero tampoco demasiado alentador. Bien, por supuesto que no era un edificio, no podía serlo puesto que nada material existe en nuestro mundo; pero sin duda podría equipararse a uno de esos fríos y funcionales edificios en los que ustedes los mortales acostumbran a aparcar a sus viejos con el pretexto de que allí estarán mejor tratados. Un gueto, en definitiva, donde arrinconar a todos aquellos que ya no éramos útiles.

Para sorpresa mía, yo no era el único recién llegado allí. En recepción me encontré con otros dos jubilados, un dios tribal de un valle de Nueva Guinea sustituido en la fe de sus adoradores por el culto a la Coca—Cola, y un antiguo mártir de tiempos del emperador Decio que, patrono secular de un pueblecito soriano, había visto fallecer recientemente al último de los lugareños de la aldea sometida a su protección.

Es fácil imaginar que los tres comenzáramos a relatarnos nuestras respectivas y similares cuitas sin que la disparidad aparente de nuestros orígenes lograra triunfar sobre la desgracia común que a todos nosotros afligía. A poco, vino a recibirnos el viejo Caronte ahora encargado de la portería de la residencia una vez que la ancestral laguna Estigia dejó de tener el menor significado para la humanidad que otrora la reverenciara.

Como yo suponía, los tres éramos esperados. Rápidamente se nos asignaron nuestras respectivas habitaciones (es un decir) y, una vez avisados de la rutina del lugar, fuimos invitados a pasar a las salas comunes donde podríamos trabar relación con el resto de los residentes. Se buscaba, claramente, que dejáramos atrás nuestra por otro lado lógica depresión integrándonos en la vida del colectivo… Un colectivo, por cierto, francamente numeroso como producto que era de la veleidad de unos seres humanos incapaces de no creer en nada pero gustosos de abandonar una y otra vez a los que antaño fueran sus antiguos dioses.

Allí estaba el panteón grecorromano en pleno a excepción de la grácil Iris, que había sido reconvertida como ya comenté, pasando a ocupar la jefatura del servicio de correos interno que funcionaba en nuestra administración. Flemáticos y educados a excepción de algunas ovejas negras tales como el incorregible Baco, los dioses y héroes olímpicos contrastaban fuertemente con sus rudos y groseros colegas germánicos empeñados al parecer en una interminable orgía. También se veían por allí los antiguos y olvidados dioses de las primeras civilizaciones mediterráneas desde hace milenios extinguidas, dioses que en su día fueron reverenciados por asirios, babilonios, hititas o fenicios y que hoy daban la más patética imagen del abandono. Los egipcios, hieráticos y discretos, mostraban por su parte la prestancia de los aristócratas venidos a menos al tiempo que comentaban entre ellos los ya desaparecidos días felices.

La nota de color y exotismo la daban los dioses precolombinos y africanos así como los para mí desconocidos dioses ancestrales de las culturas prehistóricas, mientras que la aportación de los países asiáticos y orientales era más bien escasa a causa, sin duda, del mayor apego a la tradición de estos pueblos. Todos sin excepción nos acogieron con hospitalidad y simpatía, pero, aunque nos afirmaban que en ese lugar se vivía bien, no dejaba por ello de traslucir en su mirada una remota añoranza de los privilegios perdidos. Porque, en definitiva, en este lugar se tenía de todo menos alegría.

Pasó el tiempo. Poco a poco me iba habituando a mi nueva situación, aunque me resultaba de todo punto imposible evitar los recuerdos de cuando yo era temido y poderoso. Rápidamente había hecho migas con gran parte de mis compañeros, en especial con los educados y sofisticados griegos muy superiores en todo a las deidades de otras civilizaciones inferiores, pero entre todos ellos era con Hades—Plutón con quien más me relacionaba, sin duda debido a la similitud de nuestros antiguos quehaceres, y era también a él a quien solía confiar mis frecuentes lamentos sobre el paraíso perdido.

—¿Por qué no solicitas una reválida? —me dijo un día en el que yo me había mostrado especialmente llorón—. En todo caso, nada tendrías que perder.

—¿Reválida? —le pregunté extrañado—. No sabía que existiera esa posibilidad.

—Bien, la verdad es que no le dan demasiada publicidad; ya sabes cómo son por allá arriba —me respondió visiblemente turbado—. Tanto es así, que desde el triunfo del cristianismo es un recurso al que se ha apelado en muy contadas ocasiones. Pero que yo sepa, esta disposición no se ha derogado aún, por lo que continúa vigente por mucho que no les agrade a los chupatintas de la Sección Central de Personal.

—Y yo, ¿podría?… —exclamé sintiendo que una emoción me embargaba el cuerpo.

—Sí, por supuesto; nunca podrían negártelo. Y que triunfaras o no en el empeño, eso sería ya una cuestión exclusivamente tuya.

—¿Qué hay que hacer?

—¡Oh, es fácil! Bastará con que hables con el administrador que, precisamente, es mi buen amigo Ulises. Se trata de alguien sumamente versado tanto en leyes como en trapacerías legales, y sin duda te sabrá orientar convenientemente.

—Una última pregunta. ¿Por qué vosotros no lo habéis intentado?

—Lo intentamos, amigo, lo intentamos. —Sonrió tristemente el buen Plutón—. ¿O es que no recuerdas que nuestra lucha contra el cristianismo fue feroz durante los últimos años del imperio romano? Pero perdimos, y hoy en día sería absurdo pretender que los hombres volvieran a adorarnos. Tú, sin embargo, lo tienes mucho más fácil; y espero, sinceramente, que tengas suerte en tu empeño.

 

***

 

Plutón tenía razón. No me podían negar mi derecho, ni tampoco intentaron hacerlo. Pero nada impedía que me lo pusieran difícil, y a fe mía que lo hicieron a conciencia. Resumiendo, les diré que las condiciones que me impusieron fueron las siguientes: Debía trasladarme físicamente a la Tierra (bueno, todo lo físicamente que pueda hacerlo un espíritu inmaterial como yo) y en un plazo de tiempo determinado e improrrogable tendría que conseguir crear un núcleo de adoradores capaz de perpetuarse en el tiempo… Porque quedaba bien entendido que, de no conseguirlo o bien a causa de la extinción posterior de mi secta, iría a parar de nuevo de cabeza a la acogedora residencia que ya conocía.

Si todo se hubiera quedado tan solo en estas cortapisas, por lo demás bastante lógicas, no me habría resultado nada difícil lograr mis objetivos. Pero, ¡ay!, mis enemigos eran mucho más pérfidos y sutiles y urdieron una felonía capaz por sí sola de hundir todas mis esperanzas condenándome de una manera prácticamente irreversible al fracaso: Se me prohibía terminantemente recurrir a mis poderes sobrenaturales viéndome obligado a encarnarme en una envoltura mortal desde la cual debería intentar convencer a los humanos con los recursos propios (y, huelga decirlo, harto limitados) de los mismos. Dicho con otras palabras, tendría que pasar por uno de ellos sin poder desvelar en ningún momento mi verdadera naturaleza. Lo demás, (¡vaya ironía!) corría exclusivamente de mi cuenta.

La suerte ya estaba echada, y no podía decirse que hubiera sido precisamente benigna conmigo. Pero, puesto que nada conseguía lamentándome, me apresté a intentar lo imposible confiando en la remota posibilidad que aún me quedaba de poder llegar felizmente a puerto. El problema, y no precisamente pequeño, estribaba en mi falta de práctica en corromper las almas de los humanos, cosa por otro lado fácil de esperar al haber pasado ya mucho tiempo desde que decidiera dejar de ocuparme personalmente de estos temas a la par que delegaba esta responsabilidad en mis subordinados; necesitaba, pues, un período de entrenamiento que me permitiera recuperar mis anquilosadas facultades, y a ello me entregué con ahínco como primera y necesaria fase de mi personal y doloroso avatar.

Y así, recordando uno de los trucos que tradicionalmente me diera mejores resultados, decidí recurrir a las trasnochadas teorías del buen chiflado de san Jerónimo buscando la fácil estimulación de la lujuria humana. Pero, puesto que hasta la utilización de súcubos me había sido vedada, me tuve que ver sometido a la humillación de soportar ¡en persona! la repugnante lascivia de unos sacos de instintos que poco más tenían de seres racionales que estrictamente su propio nombre.

Me resultó extremadamente fácil corromper a los pocos que, previamente, no lo habían hecho ya por sus propios medios; pero esto no era suficiente ya que no bastaba con apartarlos de la senda de la virtud sino que precisaba además que se convirtieran en adoradores convencidos del Mal con mayúsculas. Y ahí, justo es decirlo, fracasé estrepitosamente a causa del acendrado materialismo que en el transcurso de los siglos había arraigado en la coriácea alma de los acomodaticios humanos.

En contra de todo lo afirmado secularmente por los representantes del Otro Lado en la Tierra, para servir al Mal y al igual que para adorar al Bien es preciso renunciar por completo a los placeres materiales comprometiéndote a seguir en todo momento un camino largo y penoso que, en el caso que nos ocupa, conduce a la perfección de la Extrema Maldad. Y, si algo estaba meridianamente claro, era que ninguno de los hombres con los que tuve ocasión de tratar tenía el más mínimo interés en renunciar a sus muelles placeres terrenales.

Puesto que ningún resultado práctico había podido conseguir con los varones, decidí adoptar forma de íncubo y probar suerte con las mujeres, mucho más dadas que ellos (o al menos eso creía yo ingenuamente) a las cuestiones espirituales… Y mi sorpresa, para que negarlo, fue mayúscula. Mucho habían cambiado realmente las cosas desde la última vez que me había dejado caer por aquí, y mucho tendría yo que adaptarme a los nuevos vientos que soplaban por el viejo solar de la humanidad si no quería verme abocado al más espantoso de los fracasos.

Resolví, pues, ceñirme a la nueva situación que se vivía en el planeta y, tras estudiar minuciosamente los vicios principales de esta degenerada y materialista humanidad, me dediqué con ahínco a la dura tarea de crear prosélitos. Durante un tiempo largo para los criterios humanos pero breve para un inmortal como yo, trafiqué con armas, estimulé el consumo de drogas, originé varios escándalos financieros y tomé parte activa en un buen puñado de conflictos bélicos más o menos sangrientos. Corrompí gobiernos, arruiné vidas, hundí en la miseria a ricos y elevé al poder a los más abyectos representantes de la estirpe humana… Y todo ello sin recurrir a mis artes diabólicas, simplemente comportándome como un humano más, aunque, eso sí, disponiendo de toda mi astucia infernal.

Mi labor fue sin duda brillante, pero resultó completamente inútil de cara a los objetivos que me había marcado. Y es que, aunque conseguí formar un enorme número de degenerados, no por eso pude crear ni un solo virtuoso del mal que era, en definitiva, lo que yo buscaba. Una vez más se confirmaban mis sospechas respecto a la verdadera naturaleza de la humanidad, ni buena ni mala sino sencillamente repugnante. Así, señores, no podía hacer absolutamente nada.

Lo reconozco, estuve a punto de tirar la toalla. Prefería estar en el cómodo olvido del asilo antes que seguir desesperándome con tan estúpidos individuos. Sin embargo, antes de adoptar tan drástica decisión resolví realizar el esfuerzo postrero razón por la cual, queridos lectores, me estoy dirigiendo en estos momentos a ustedes. La idea era atrevida, y bordeaba peligrosamente las limitaciones impuestas a mi labor. Por ello, no me atreví a ponerla en práctica sin consultar antes con mis censores, los cuales acabaron accediendo a regañadientes no sin insistir una y otra vez en su amenaza de descalificarme si rebasaba en un solo ápice aquello que me era vedado.

Mi iniciativa era audaz, pero de triunfar en el empeño alcanzaría no solo la rehabilitación sino también la gloria. Mi planteamiento era el siguiente: Si el hijo del Jefe había descendido a la tierra para crear el germen de una de las religiones mayoritarias del planeta, ¿por qué no podía hacer yo lo mismo revelando mi identidad aunque sin abandonar mi envoltura carnal? Él había realizado milagros, yo renunciaba a hacerlos confiando exclusivamente en mi poder de convicción.

Una vez aceptada mi propuesta con las cortapisas anteriormente reseñadas, me puse inmediatamente manos a la obra intentando imitar la labor de este gran pastor (lo cortés no quita lo valiente) adaptándola, claro está, a las circunstancias actuales. Él había predicado en una de las más remotas y atrasadas regiones del planeta, yo por el contrario tenía que dirigirme a una sociedad tecnificada y decadente tan amante de la buena vida como enemiga de los sacrificios. Y, si esto me planteaba ciertos inconvenientes de importancia, también me facilitaba mi labor al poder disponer de los sofisticados medios de comunicación existentes en la misma. Pero, ¡ay!, no es tan fácil llegar al director de una emisora de televisión o de un gran periódico y decirle: «Oiga, soy el Diablo y quería disponer de un espacio para poder exponer mis ideas a sus espectadores/lectores». No, no resultaba porque la gente, por mucho que me avergüence decirlo, ya no cree efectivamente en mí.

Tan solo me quedaba una salida en la literatura, y concretamente en la literatura de ficción. Aquí sí que se admiten todo tipo de ideas por muy reñidas que estén con la presunta razón, pero hay que contar también con la servidumbre de la falta de verosimilitud con la que la gente acoge este tipo de obras. Y, puesto que no tenía otra elección, opté por escribir este relato y presentárselo a un editor de literatura fantástica con la esperanza de verlo al fin publicado. Pero le aseguro, amigo lector, que lo que tiene en estos momentos en sus manos es un relato verídico escrito por el Príncipe de las Tinieblas en un desesperado intento de restablecer su maltrecha reputación. No confío en que mi llamada sea atendida más que por un limitado número de verdaderos creyentes, y a estos, mis adoradores, les garantizo una vida plena de satisfacciones (entiéndase, espirituales y no materiales) siempre y cuando se consagren en la búsqueda de la Suprema Maldad.

Os espero, hijos míos, con los brazos abiertos y el corazón inflamado de amor paternal. Buscadme y me encontraréis: Os lo aseguro.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Mayo 2019

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