Xenorgasmo


Por José Carlos Canalda

Es un hecho constatado que, desde que el mundo es mundo, el hombre siempre ha gustado de implantar prohibiciones a sus semejantes para, de forma inmediata, disfrutar acto seguido vulnerándolas… es posible que esta curiosa paradoja sea algo consustancial a la especie humana, o puede también que no sea así; en cualquier caso, tanto si se debe a un impulso irrefrenable como a una simple casualidad, lo cierto es que ejemplos de ello los hay a miles a lo largo de la historia, sin que se aprecien diferencias significativas entre unas y otras culturas, ni entre las diferentes épocas.

Claro está que lo que sí ha variado con el tiempo, evolucionando a la par que la civilización, ha sido la panoplia de todos los posibles placeres prohibidos, cada vez más amplia y sofisticada conforme se desarrollaban los conocimientos y la tecnología y, por ende, se multiplicaban las posibilidades de elección.

Así, no es de extrañar que la revolución que supuso el acceso de la humanidad al cosmos, con la consiguiente ruptura del aislamiento secular al que había estado sometida hasta entonces, influyera de forma decisiva en la oferta de posibles pecados, al igual que lo hizo en otros muchos campos menos controvertidos. El contacto repentino con la infinidad de razas alienígenas que poblaban el universo provocó ciertamente la ruptura de muchos esquemas sociales, e incluso mentales, por los que se había venido rigiendo el hombre desde tiempos inmemoriales; y si bien se abrieron ante él infinidad de opciones hasta entonces no solo desconocidas, sino en muchos casos también insospechadas, no tardaron en aparecer un sinnúmero de prohibiciones y anatemas de toda índole, desde religiosas hasta legales y morales, las cuales por cierto no tardarían mucho, cómo no, en ser burladas.

Fueron muchos los tabúes, más o menos justificados, que defendieron a ultranza los fervorosos exégetas de la tradición y la moral, pero sin duda uno de los más controvertidos fue el de las relaciones sexuales con individuos no humanos, lo que se acabaría denominando alienfilia por sus detractores y xenosexo por sus practicantes. Huelga decir que la mayor parte de las religiones, por no decir la totalidad de las mismas a excepción de alguna que otra insignificante y atípica secta, se apresuraron a condenar sin paliativos lo que consideraban una aberración abyecta a la par que pecado nefando; y tampoco faltaron quienes, al margen de las iglesias y con el único amparo de argumentos estrictamente laicos, manifestaron asimismo su rotundo rechazo… y si lo primero era de esperar, ya que qué sería de una religión que no estuviera basada en los sólidos e inconmovibles cimientos de la tradición y que no reprimiera por sistema a sus adeptos, lo segundo ya no lo era tanto, hasta el punto de que sus defensores llegaron a ser acusados de estar movidos tan solo por el miedo a lo desconocido.

Esta oposición no arredró en modo alguno a los desinhibidos defensores del xenosexo, los cuales argumentaban no sin razón que, siendo de todo punto imposible cualquier tipo de hibridación genética entre especies dispares, y quedando también excluido un hipotético contagio de enfermedades venéreas o de cualquier otro tipo, por qué no dejarse de escrúpulos tontos y a disfrutar, que son dos días…

En honor a la verdad, es preciso reconocer que había que tener tragaderas para hacérselo con un pulpo dodecápodo, un ameboide tentacular o un seudoartópodo quitinoso, eso por citar tan solo aquellas razas alienígenas cuya morfología guardaba alguna similitud, siquiera remota, con la familiar fauna terrestre… porque las había todavía más exóticas, aunque en estos casos lo normal era que los acoplamientos físicos necesarios para llevar a cabo la relación resultaran complicados a causa de las diferentes conformaciones anatómicas de los practicantes, y eso siempre y cuando no existieran dificultades insolubles a causa de que los partenaires respiraran atmósferas halogenadas, pesaran varias toneladas o encontraran confortable una temperatura de quinientos grados centígrados, entre otras posibles incompatibilidades.

A pesar de todos los obstáculos la imaginación humana, considerada por muchos como simple depravación, supo apañárselas para conseguir que fueran posibles las relaciones sexuales —o su equivalente— con un buen puñado de razas alienígenas no demasiado dispares, es decir, con todas aquellas con las que resultara posible algún tipo de contacto corporal lo suficientemente íntimo. En descargo de sus practicantes hay que reconocer que las relaciones xenosexuales siempre habían sido una práctica habitual en el seno de la comunidad galáctica, y solo algunas de las razas más puritanas —conforme a sus particulares y no siempre comprensibles creencias— o también las más xenófobas, las rechazaban de plano… pero el universo era muy grande, y a lo largo y ancho del mismo abundaban los lugares sujetos a leyes lo suficientemente laxas —o carentes de ellas— como para permitirlas… o cuando menos, para tolerarlas.

Así pues, aunque en la Tierra, tras una larga y agria polémica, los sectores más puritanos acabaron consiguiendo que estas prácticas fueran prohibidas, nadie podía impedir que los terrestres xenófilos dieran rienda suelta a sus instintos fuera de la jurisdicción terrestre, que no iba más allá de los límites marcados por la nube de Oort. Y como los sistemas planetarios vecinos se encontraban a demasiada distancia, no tardaron en florecer, justo en el exterior de nuestras fronteras, multitud de Casas de Placer —eufemismo bajo el cual se camuflaban los xenoprostíbulos— cobijados en el interior de antiguos hábitats orbitales en desuso… y a fe cierta que jamás les faltó la clientela, por más que tales placeres tan solo pudieran estar al alcance de los más pudientes.

Diferente era el caso de los astronautas, tanto civiles como militares, que en razón a su oficio tenían a su alcance, y a precios normales de mercado, hasta los más recónditos garitos de la galaxia… y los utilizaban, como siempre habían hecho sus más directos antecesores, los marinos de la antigua Tierra. Este era el caso de George B., un modesto mecánico embarcado en el Marco Polo, un carguero que cubría la ruta entre la Tierra y el Sector Trífido, situado a unos trescientos años luz de distancia de nuestro planeta, transportando mercancías diversas, principalmente metales y minerales de los que el Sistema Solar era un gran exportador, importando a cambio diverso material tecnológico… sin que sus armadores hicieran tampoco ascos a lo que eufemísticamente denominaban fletes atípicos, léase contrabando.

Como cabe suponer los negocios de los propietarios del Marco Polo no eran algo que afectara en demasía al bueno de George, cuyos únicos ingresos eran su modesta soldada así como algún que otro pequeño trapicheo sin la mayor importancia, los cuales acostumbraba a dilapidar —carecía de vínculos familiares y de raíces de ningún tipo— en cualquiera de las escalas del buque. Como buen navegante George no tenía demasiados escrúpulos a la hora de dar rienda suelta a sus vicios, sin más limitaciones que las impuestas por su metabolismo —no era cuestión de intentar emborracharse con licores cuya base principal fuera el ácido sulfúrico— o por su magro bolsillo. Y por supuesto George era un practicante asiduo del xenosexo, jactándose de no repetir jamás con hembras —o lo que fueran— de cualquier especie razonablemente inteligente.

De hecho, George y sus compañeros acostumbraban a hacer apuestas en las que el ganador sería aquel que pudiera esgrimir la relación sexual más exótica, lo cual daba pie a auténticos maratones de las más extravagantes acrobacias eróticas. George, al igual que sus desinhibidos camaradas, podía presumir de contar en su haber con multitud de proezas sexuales capaces de escandalizar al más templado, pero pese a ello distaba mucho de estar satisfecho ya que, desde hacía demasiado tiempo, era derrotado sistemáticamente en las competiciones, lo que le había convertido en la mofa y befa de la marinería del buque. Y George tenía su dignidad…

Por esta razón, estaba dispuesto a hacer lo que fuera por resarcirse en la escala que el Marco Polo realizó en Gomorra, un sistema planetario situado a mitad de camino entre la Tierra y Terminus, el planeta principal del Sector Trífido. Evidentemente Gomorra no se llamaba así, pero el planeta fue apodado con esa denominación bíblica por los primeros exploradores terrestres que lo visitaron —conviene puntualizar que se trataba de puritanos anglosajones— mitad por la imposibilidad de que una garganta humana pudiera pronunciar su nombre local, mitad por las desinhibidas costumbres de su abigarrada población… y como Gomorra quedó.

Gomorra, cosmopolita y abierta a todas las razas del universo, presumía orgullosa de ser capaz de ofrecer lo más exótico de la galaxia a todo aquel que pudiera y quisiera pagarlo, una oportunidad única que George B. no estaba dispuesto a dejar pasar por alto, máxime cuando este planeta no solía estar incluido en las rutas habituales del Marco Polo.

George B. sabía a donde dirigirse, no en vano había planeado con todo detalle lo que pretendía que fuera un triunfo clamoroso. Tras escabullirse con sigilo de sus compañeros, no fuera a ser que alguno de ellos, tras espiarle, le pisara el terreno, se dirigió a un suburbio apartado del bullicio de la ciudad sin preocuparle la sordidez del mismo, que no hacía presagiar nada bueno; a buen seguro la vida allí no valía un céntimo, pero él sabía moverse por esos andurriales sin correr demasiado peligro, no en vano había nacido y crecido en un lugar no demasiado diferente allá en la lejana Tierra.

El astronauta no andaba a ciegas. Sus fuentes de información eran fiables, y sabía que allí, a diferencia de los barrios más céntricos, se daba cita la hez de media galaxia, una circunstancia eficaz para mantener alejados a sus rivales, desconocedores de que solo en ese lugar era posible encontrar prostitutas de razas desconocidas procedentes de mundos remotos situados en los confines de la galaxia y, por este motivo, prácticamente desconocidas en la mayor parte del orbe. Pero él no se conformaba tan solo con una hetaira exótica; eso ya estaba demasiado visto. Lo que pretendía era poder presumir de haber mantenido la relación sexual más original posible, para envidia de todos sus amigos.

Su destino era el garito de Joe Malaspulgas, situado en el mismo corazón del albañal; allí se jugaba a todo lo jugable, se bebían brebajes procedentes de varias docenas de mundos distintos, se consumía todo tipo de drogas… y se ejercía el oficio más antiguo de la galaxia en todas sus posibles versiones. Gracias a un chivatazo que le dieron en Cigalia, un planeta habitado por artrópodos donde había hecho escala el Marco Polo antes de recalar en Gomorra, y a una posterior llamada intergaláctica para confirmarlo que le dejó poco menos que tiritando el saldo de su cuenta corriente, George sabía que allí se hallaba lo que él andaba buscando, una alienígena procedente del Borde de Ymir, un sector de la galaxia recientemente explorado y todavía en cuarentena, razón por la cual a los civiles les estaba tajantemente prohibido viajar allí y, todavía con más razón, a sus habitantes abandonarlo. La presencia en Gomorra de este espécimen era, pues, de todo punto irregular, lo que añadía valor a su proeza.

Por supuesto, se había asegurado previamente de que tanto el metabolismo como la fisiología de la ymiriana fueran compatibles con los suyos, pero el taimado Malaspulgas se había negado en redondo a darle más explicaciones, asegurándole que tendría el privilegio único de disfrutar de un placer excepcional, ya que, auguraba, una vez que el Borde de Ymir se abriera a la navegación sus nativas iban a arrasar en todo el universo conocido.

Pese a tan triunfalistas afirmaciones, George no acababa de tenerlas todas consigo. La honradez era un valor poco cotizado por esos pagos, y desde luego no existía la posibilidad de pedir el libro de reclamaciones si uno no quedaba satisfecho con el servicio prestado. Además la broma le iba a salir cara, demasiado cara para sus modestos ingresos, de manera que no tendría más remedio que hacerlo de fiado a cuenta del montante de la apuesta que pretendía ganarles a sus compañeros; de no conseguirlo se vería metido en un buen lío para pagar a Malaspulgas, y ni siquiera poniendo por medio varios sistemas planetarios lograría librarse de la visita de sus eficaces recaudadores.

Evidentemente Malaspulgas no era el verdadero nombre del proxeneta, pero así era como le conocían sus clientes humanos; y ciertamente hacía honor al mismo, puesto que su carácter irascible era conocido en toda Gomorra. Malaspulgas era un humanoide procedente del Mundo de Smith, y si hubiera que describirle físicamente podría hacerse comparándolo con el Enanito Gruñón de Blancanieves… eso sí, con una piel escamosa de color verde grisáceo, dos pares de ojos facetados —delanteros y traseros— y unos brazos adicionales rematados en unas afiladas pinzas provistas de colmillos venenosos, los cuales no vacilaba en usar en caso necesario. Añádase a todo ello una agilidad felina —el Mundo de Smith era un planeta de alta gravedad, a diferencia de los escasos 0,85 g de Gomorra— y una mente fría como un témpano, y así se podrá contar con una cabal idea del propietario del garito; el cual, por cierto, no toleraba la menor chanza acerca de lo menguado de su estatura, aunque aceptaba complacido su apodo terrestre.

Claro está que, cuando le interesaba, Malaspulgas sabía ser simpático, e incluso zalamero; todo dependía del dinero que hubiera en juego. A su pupila ymiriana le había asignado la tarifa especial plus, la más cara de todas, lo que quería decir que a cualquiera que se encaprichara de ella el antojo le saldría por un buen pellizco. Así pues, no es de extrañar que recibiera al cohibido George B. con los brazos abiertos… con los prensiles, evidentemente, no con los quelicerados. Y como tampoco se opuso a que este le firmara un pagaré, seguro como estaba de que lo acabaría cobrando, pasó a cantarle las excelencias de su empleada.

—Serr marravillosa, efendi —a todos los terrestres les otorgaba Malaspulgas ese tratamiento, quizá porque el primero que conociera debió de pertenecer a la religión musulmana—. Auténticamente ma-rra-vi-llo-sa —enfatizó—. Su acento era sibilante y rasposo, debido quizá a un funcionamiento incorrecto del traductor automático, o puede que a causa del propio sintetizador de voz; a los alienígenas les solía resultar tan dificultoso imitar las sutilezas de la garganta humana, como a los terrestres hacer lo propio con sus extraños mecanismos fonadores.

—Sí, le creo —respondió el nervioso astronauta—, pero ya le he dicho que necesito ganar la apuesta, y para ello es preciso tener la certeza de que ninguno de los golfos de mis compañeros pueda encontrar una… chica tan exótica como la mía.

—¡Oh, osted perrderr cuidado, efendi! —le tranquilizó el pequeño gnomo—. No haberr más ymirrianas en mochos años luz de distansia… yo correrr grrande rriesgo, y gastarr mocho, mocho dinerro en trraerrla aquí. ¡Serr única en todo sector Gomorra! —concluyó exultante.

—Ya, pero por este planeta pasan muchos terrestres… —objetó el astronauta, que seguía sin tenerlas todas consigo.

—No prreocoparr, efendi, no prreocoparr… no prroblemo. ¡Osted serr prrimerr homano en conocerrla…! ¡Prrimerr homano! Securo. Osted ganarr aposta. Osted rrico.

Y espero seguirlo siendo, al menos hasta que zarpe el Marco Polo, pensó su interlocutor, estremeciéndose ante la idea de que a alguno de sus compañeros le diera por dejarse caer por allí; en lo tocante a los negocios, Malaspulgas no tenía amigos.

—Está bien —suspiró—. Le creo. Pero dígame, ¿las ymirianas son humanoides? No es que tenga prejuicios al respecto, pero…

—Serrlo, perro no serrlo —fue la desconcertante respuesta—. O mejorr, no serrlo, perro serrlo.

—¿Cómo? —preguntó el astronauta, completamente perplejo ante tamaño galimatías; su capacidad intelectual no daba para tanto.

—Serr simple cosa. Chica no serr humanoide. Perro poderr serrlo si ella querrerr.

—Cada vez lo entiendo menos —gruñó.

—Serr fásil mocho entenderr. Ymirrianos serr rraza multiforrme. Caso solo ellos en toda completa galaxia. No tenerr forrma prropia, perro poderr adoptarr cualquierra que ellos desearr. Simple. —concluyó el alienígena, esbozando la mueca que para los de su raza equivalía a una sonrisa.

—¡Me parece que esto empieza a ponerse interesante! —a George B. se le habían abierto los ojos como platos— ¿Podría esta chica elegir el cuerpo que yo prefiriera?

—Porr soposto, porr soposto… —aseveró el smithiano— No cualquierr hembrra homana, no. La mejorr hembrra homana. Ella serr capas, sí, imitarr hurríes —era evidente que Malaspulgas había tenido más de un trato con musulmanes.

—¡Vaya, vaya! —al terrestre la boca, y lo que no era la boca, empezaba a hacérsele agua. Mas de repente frunció el ceño, cayendo en la cuenta de que algo no acababa de encajar del todo.

—¡Oye, amigo! ¿No me estarás engañando? Si como dices esta ymiriana jamás en su vida ha visto a un humano, ¿cómo demonios va a poder adoptar el cuerpo adecuado?

—¡Oh! Fasil, mocho fasil. Ymirrianos serr telépatas. Leerr mente tuya, sí. Ella adivinarr tus deseos, y cumplirrlos. Cumplirrlos mocho bien, sí. Tú contento, mocho contento. Segurro.

—Bueno, eso cambia bastante las cosas. —se relajó.

—No todo aún, no todo aún —insistió el hombrecillo verde—. Haberr todavía mejorr. Ymirriana emitirr ferromonas. Mocho bueno serr ferromonas. Afrrodisíacos naturrales perrfectos, espesiales parra ti. Tú disfrrutarr como nunca tuya vida. Tú éxtasis, sí.

—¿Dónde está esa maravilla? —las hormonas de George B. estaban a punto de entrar en ebullición.

—Serrca, mocho serrca estarr aquí. Perro tú antes pagarré firrmarrme… —concluyó el alienígena al tiempo que le extendía un genodocumento homologado.

George no dudó un solo instante en firmarlo con su ADN.

***

La realidad desbordó con creces todas sus expectativas. Tras aguardar unos minutos, reprimiendo su impaciencia, en una pequeña sala aneja al dormitorio donde aguardaba la ymiriana —según Malaspulgas esta necesitaba algún tiempo para leer su mente y metamorfosearse convenientemente, no era cuestión de verla en su forma o, mejor dicho, su no—forma original—, George B. alcanzó el paraíso. Mucho más que el paraíso, puesto que jamás humano alguno pudo soñar siquiera poder disfrutar con la mujer —o el hombre— de sus sueños… porque la ymiriana, que dijo llamarse Marilyn —el nombre favorito, huelga decirlo, del astronauta—, era literalmente su mujer ideal, esa mujer con la que siempre había soñado y jamás había logrado encontrar.

Las habilidades amatorias de Marilyn no solo eran excepcionales, sino asimismo únicas. Aunque su cliente no fuera consciente de ello, no se había limitado a leer en su mente los pensamientos conscientes, sino que también lo había hecho con todo el substrato del inconsciente que controlaba las funciones más profundas y primitivas de su organismo, incluyendo evidentemente el instinto sexual, llegando hasta la misma base bioquímica de su cerebro. Dicho con otras palabras, la alienígena había sido capaz de descifrar, mimetizándolas a la perfección, las pautas de conducta más básicas e instintivas del humano que tenía entre sus falsos —pero no por ello menos reales— y bien torneados brazos.

Asimismo, atendió con un celo exquisito todas y cada una de las fantasías sexuales del embobado astronauta, incluyendo aquellas de las que este ni tan siquiera era consciente de su existencia. El resultado, como cabe suponer, fue tan demoledor como la explosión de una supernova.

George B. se derretía literalmente de placer. Extasiado como nunca en su vida lo había estado —Malaspulgas no había mentido—, sintiendo vibrar todas y cada una de las células de su cuerpo al compás que marcaba su infatigable compañera, se sentía en el culmen mismo de la excitación sexual. Aun en el improbable caso de que no ganara la apuesta, la experiencia habría merecido la pena.

En contra de lo que determina la fisiología masculina su orgasmo, lejos de apagarse tras su efímera erupción, perseveraba incólume pareciendo no tener fin. De dónde extraía su cuerpo esas inagotables energías era una auténtica incógnita, ya que el astronauta había dejado tiempo atrás su juventud, pero su ímpetu y fogosidad habrían dejado boquiabierto al más pintado… incluyéndole a él, de haber estado en situación de poder analizar el insólito comportamiento de su cuerpo.

Pero no era consciente de ello… ni le importaba lo más mínimo, volcado como estaba en gozar sin límites del inenarrable placer que lo embargaba. No hablaba, ni siquiera pensaba… ¿para qué distraerse con esas nimiedades? Tan solo sentía, y ya era bastante.

Pero la ymiriana sí mantenía el control de sus actos. Y en su afán por emular lo mejor posible a las humanas que estaba suplantando —al fin y al cabo ella era una profesional, y pretendía comportarse como tal—, decidió recurrir a esas frases tópicas, que, gracias a la mente de su cliente, pudo saber que se solían intercambiar los humanos durante sus encuentros amorosos.

—¿Gozas, mi amor? —le preguntó con voz sensual a su electrizado compañero.

—¡S…í! ¡Mu… mucho! —respondió este entre jadeos.

—¿Qué deseas que te haga ahora? —de sobra lo sabía, incluso mejor que él mismo, pero estimó que un poco de teatro añadiría sal a su trabajo.

—Yo… —el bueno de George a duras penas podía articular palabras— Yo… quisiera… me encantaría… fundirme… contigo… y… ser… los dos… un… solo… cuerpo… y un… solo… espíritu… mi… amor…

No dejaba de ser una inocente frase retórica que acostumbraba a emplear para fascinar a las mercenarias del amor; al fin y al cabo, a él también le gustaba quedar bien. Pero en esta ocasión fue muy distinto para desgracia suya, puesto que estas palabras actuaron como una espoleta desencadenando la catástrofe.

***

—Lo siento, capitán López, pero sigo insistiendo en que mi compañía tiene buenas razones para negarse a cubrir el deceso de su empleado; y por mucho que se empeñe, la ley nos da la razón.

Bonifacio López, armador del Marco Polo y capitán del mismo, comenzó a dar vueltas en torno a su minúsculo despacho como un león enjaulado, haciendo que su interlocutor, un hombrecillo de aspecto insignificante, se sintiera cohibido.

—¿Cómo que no quieren hacerse cargo de la muerte de mi tripulante? —bramó al representante de la aseguradora, quien se encogió todavía más en su asiento—. Escuche, llevo un buen puñado de años pagándoles religiosamente y jamás he regateado un solo céntimo a pesar de que las sanguijuelas de sus jefes cada vez me sangran más. ¡Por eso les exijo que asuman sus compromisos! George B. murió en el transcurso de un viaje, estaba enrolado legalmente en mi buque y por lo tanto le cubría la maldita póliza que tengo suscrita con ustedes.

—Permítame que le recuerde que no se trató de un accidente laboral, puesto que el fallecimiento tuvo lugar cuando el finado estaba franco de servicio y en el exterior del carguero… —se defendió el corredor, pasando inmediatamente al ataque—. Además, el percance ocurrió en un lugar, digamos, bastante poco recomendable.

—¡Escúcheme, leguleyo del demonio! Usted no es quien para darnos lecciones de moral a mí o a mis hombres. Limítese a ceñirse a los términos del contrato, sin hacer juicios de valor baratos. En la póliza dice claramente que durante las escalas técnicas del buque, y en Gomorra paramos tan solo el tiempo justo para cargar combustible y entregar algunos portes, se considerará que todos los miembros de la tripulación se encuentran in itinere aunque estén francos de servicio y hayan abandonado temporalmente el buque, razón por la cual en caso de accidente gozarán de la misma cobertura que si se encontraran trabajando en ese momento. ¿Qué me dice usted a esto, tío listillo?

—Le aseguro que conozco de sobra las cláusulas de su póliza, puesto que estoy harto de manejar otras muchas idénticas; quien no parece haberlas estudiado a fondo, lamento tener que decírselo, es usted —respondió con aplomo el hombrecillo—. Si lo hubiera hecho, habría descubierto que existe un supuesto en el que mi compañía se exime de toda responsabilidad, concretamente en el caso de que exista presunción de imprudencia grave por parte del tomador del seguro o, como es el caso que nos ocupa, de alguna de las personas acogidas a su cobertura colectiva.

Baldomero López se quedó literalmente con la boca abierta.

—¿Qué insinúa? Mi tripulante no hizo nada diferente de lo que hacen la mayor parte de los astronautas cuando llegan a puerto… tan solo pretendía divertirse un poco y lo que ocurrió era de todo punto imprevisible. Y si a usted no le gusta esto, le sugiero que cambie de oficio y se meta a sacerdote de la religión que más le agrade. Pero una compañía de seguros no tiene por qué entrometerse en la vida privada de sus asegurados.

—Por supuesto que no, siempre y cuando esto no contravenga ni la letra del contrato ni la presunción de buena fe —porfió impertérrito su interlocutor—. Suscribir un seguro de vida no le da derecho a jugar a la ruleta rusa y luego reclamar una indemnización si se salta la tapa de los sesos, pongo por ejemplo… y en este caso nos encontramos con una situación similar.

—Eso es falso —gruñó el astronauta—. Me consta que George B. no era ningún suicida, y desde luego no pensaba en modo alguno que su… ¡hum! aventura pudiera tener un final tan trágico. Pregúntele al dueño del local, este tampoco esperaba que fuera a ocurrir este desastre, y desde luego de haberlo sabido no habría corrido el menor riesgo.

—Ya hemos hablado con el señor… dejémoslo en Malaspulgas; aunque su nombre real figura en la copia del atestado policial, le juro que soy incapaz siquiera de deletrearlo.

—¿Y?

—Desde luego insiste en que la muerte de su tripulante fue meramente accidental, cómo va a decir otra cosa… pero eso no significa que nosotros aceptemos esta versión de los hechos.

—¿Qué otra versión hay?

—La de la policía gomorrita, por supuesto —el agente de seguros revolvió en su portafolios buscando una copia impresa del atestado policial, que esgrimió triunfante ante su anfitrión—. ¿Sabía usted que la alienígena que… devoró a su tripulante procedía de un sector galáctico cerrado y que su presencia en el planeta era totalmente ilegal?

—¿Y eso qué tiene que ver? —objetó el capitán López derrumbándose en su sillón— Eso es un problema del proxeneta, no nuestro…

—Lamento contradecirle, pero también es problema suyo, puesto que su tripulante conocía esta circunstancia previamente a la contratación del servicio; de hecho, fue él quien la exigió aduciendo algún tipo de apuesta que había cruzado con varios compañeros suyos. Si lo desea, podríamos interrogarlos…

—No creo que sea necesario —bufó el propietario del Marco Polo—. Supongo que eso ya lo habrán hecho los policías y lo habrán incluido en el atestado. En cualquier caso, al desgraciado George B. solo se le podría acusar de haber sido cómplice en un delito de inmigración ilegal, y desde mi punto de vista esto no altera el sentido de nuestra reclamación. Legal o ilegal, se trató de un accidente impredecible.

—No tan impredecible —rebatió el visitante—. Si el propietario del lupanar, o el propio finado, se hubieran molestado en estudiar siquiera un poco los hábitos sexuales de los ymirianos, habrían contado con los suficientes indicios como para pensárselo dos veces.

—¡Vaya! Ahí sí que me pilla de nuevas —confesó Bonifacio—. En cualquier caso, no le veo la relación…

—Pues la tiene, le aseguro a usted que la tiene. ¿Ha oído hablar de cómo son los coitos de algunos invertebrados terrestres, tales como las mantis religiosas o varias especies de arañas?

—No, la verdad es que no… yo soy astronauta, no científico.

—Es simple cultura general —ironizó su interlocutor—. Pero no importa. Por decirlo en dos palabras, una vez inseminada la hembra, esta devora al macho… siempre y cuando el infeliz no consiga escabullirse a tiempo. Dicen que se debe a que, una vez que ha aportado su carga genética, este ya es innecesario para la perpetuación de la especie, por lo cual, y en beneficio de la misma, la hembra aprovecha sus proteínas, que de otro modo acabarían perdiéndose. Si se mira bien, es algo tremendamente lógico.

—¿No pretenderá decirme que…?

—¿Qué los ymirianos son como las mantis? Pues según cómo se mire. A los ojos de los humanos, sí, desde luego, pero ellos sostienen una versión muy diferente. Afirman, y no les falta razón, que al tratarse de una raza morfológicamente indiferenciada su reproducción no puede seguir las pautas habituales en otras especies, y que en realidad la hembra no devora al macho, sino que ambos se funden en una única entidad simbiótica la cual les permite intercambiar sus respectivos cromosomas, o lo que tengan equivalente. Algún tiempo después los hijos brotan en forma de yemas y se escinden de la madre como si fueran esquejes. En realidad es algo parecido a los mecanismos reproductores de nuestros organismos unicelulares… —y como vio que el ceño fruncido del capitán daba muestras de que este no había entendido lo más mínimo, se explicó— En resumen, que la hembra absorbe literalmente al macho y escupe luego a sus hijos. Pero ellos lo consideran normal y es su forma natural de reproducción.

—Pero George no era uno de los suyos… dudo mucho que pudiera reproducirse con él.

—No, por supuesto que no; ni siquiera lo pretendía. Según ha declarado a la policía, todo se debió a un desgraciado accidente. De hecho, la ymiriana llevaba algún tiempo acostándose con clientes de diferentes especies completamente dispares entre sí, y jamás había tenido el menor problema con ninguno de ellos. Por esta razón, ni ella ni su patrón sospecharon siquiera la posibilidad de que la alienígena pudiera tomar por congénere suyo al desdichado George B. y obrara en consecuencia conforme a los dictados de sus instintos reproductores.

—¡Un momento! —exclamó Baldomero presa de una repentina excitación— Usted acaba de reconocer que se trató de algo accidental…

—Yo no he reconocido nada —zanjó de forma tajante el interpelado, replegando precipitadamente velas—. Tan solo me he limitado a comunicarle lo que declararon los dos imputados a las autoridades locales, sin hacer el menor juicio de valor al respecto. Por otro lado, insisto en recordarle que la conducta imprudente es causa sobrada para eximirnos de cualquier tipo de responsabilidad económica. Y desde luego, resulta evidente que imprudencia hubo, y grave, por parte del fallecido, que además incurrió en una ilegalidad flagrante. En cuanto a las posibles responsabilidades, tanto civiles como penales, que puedan derivar del caso, se trata de algo que escapa por completo a nuestras competencias.

—¡Ah, ya! —se derrumbó el astronauta— Está claro que ustedes siempre procuran tener agarrada la sartén por el mango. Pero dígame, ya a título de curiosidad, si anteriormente no había pasado nada, ¿por qué ocurrió con mi subordinado? ¿Qué tenía de especial?

—En principio, nada. Pero según dijo la propia ymiriana, su tripulante logró excitarla como ningún otro cliente anterior lo había hecho, haciéndole perder su autocontrol; y cuando él dijo que le gustaría fundirse con ella, pues… pasó lo que pasó. Evidentemente el desdichado hablaba en sentido figurado, pero ella lo interpretó de forma literal y obró en consecuencia, fagocitándolo tal como habría hecho con un macho de su especie. Aunque se dio cuenta de forma inmediata del error que había cometido, ya era demasiado tarde; cuando quiso escupir a su víctima, de esta quedaba tan poco que sus restos cupieron en una caja de zapatos.

—No necesito que me dé detalles —masculló el capitán—; vi los restos. Y le aseguro que no resultó agradable. Ni siquiera pudimos hacerle un entierro decente. En fin —suspiró—, está visto que es inútil seguir insistiendo, puesto que ustedes se niegan en redondo a pagar la indemnización por el fallecimiento de George B.

—Ya se lo he dicho, señor López, nos limitamos a acogernos a las cláusulas del contrato; es algo completamente legal y estamos obligados a velar por los intereses de nuestros accionistas. Por otro lado, no acabo de entender por qué tiene usted tanto interés en cobrar ese dinero; el fallecido era soltero y carecía de herederos conocidos, con lo cual el beneficiario…

—Sería la tripulación del Marco Polo, excluida la oficialidad —le interrumpió este—; así figura en la póliza, debería haberlo leído también. Aunque en realidad, según un acuerdo interno, pasaría a engrosar una bolsa común que tenemos reservada para emergencias. Ya sabe, a veces alguien necesita dinero para salir de un apuro…

—Eso no cambia las cosas. Encuentro loable su interés, por supuesto, pero lamento decirle que mi compañía no se puede permitir el lujo de incurrir en sentimentalismos.

—Como usted quiera. El caso es que necesitamos ese dinero ahora para resolver un problema… permítame que se lo explique en un momento —la cara de circunstancias del visitante era expresiva, pero al capitán no le importó—. Verá, el desgraciado incidente que se saldó con la muerte de mi tripulante ha provocado una serie de desagradables secuelas que aún colean. Malaspulgas está muy cabreado, ya que las autoridades locales de Gomorra le han clausurado el garito y amenazan con imponerle una fuerte multa; no por la muerte de George, está claro que ahí no hubo intencionalidad alguna, sino por tener contratada ilegalmente a una nativa procedente de un mundo cerrado y tutelado por la Federación Galáctica. En realidad los gobernantes gomorritas suelen tener una manga bastante ancha para estas cosas, y si por ellos fuera no habría habido mayor inconveniente en echar tierra al asunto; lo malo es que la noticia llegó a oídos del delegado de la Federación, y esto sí les puede traer quebraderos de cabeza…

—Ya le he dicho que eso no es asunto nuestro —respondió el agente poniendo cara de póker.

—Yo diría que sí; si ustedes se hubieran limitado a entregar el dinero sin remover nada, no habríamos tenido ningún problema; ni nosotros, ni Malaspulgas, ni el gobierno local teníamos el menor interés en que la cosa trascendiera. Pero ustedes, en su afán por rapiñar hasta el último céntimo, entraron como un elefante en una cacharrería provocando que el asunto llegara a conocimiento de los federatas

—Estábamos en nuestro derecho.

—No lo niego, pero entonces tendrán que asumir las consecuencias.

—¿Nos está amenazando?

—No, en absoluto —Baldomero comenzaba a disfrutar jugando al ratón y al gato—; simplemente le estoy informando de la situación en que todos, ustedes incluidos, nos encontramos. Malaspulgas ha hecho un cálculo, por cierto lo tengo aquí por si quiere echarle un vistazo, de las pérdidas económicas que le va a ocasionar la repatriación de la ymiriana (la volverá a traer de nuevo, por supuesto, pero llevará su tiempo), el cierre temporal de su local, la multa que le van a imponer los federatas y los correspondientes sobornos que tendrá que pagar para conseguir que las aguas vuelvan a su cauce lo antes posible; y da la casualidad de que esta cifra viene a coincidir más o menos con el importe de la indemnización que ustedes se niegan a entregar.

—Pero…

—En realidad la cantidad que reclama es mayor, pero se siente generoso y está dispuesto a renunciar al resto en aras de alcanzar un acuerdo amistoso. Mis chicos están conformes en renunciar a la parte que les correspondería, pero claro está que ni ellos ni yo podríamos asumir el pago de esa cantidad. Además, Malaspulgas lo entiende perfectamente y no siente ningún tipo de animadversión hacia nosotros ni, por supuesto, nos ha amenazado aunque, eso sí, me solicitó que intercediera ante ustedes ya que él, lógicamente, no puede hacerlo.

—Esto es irregular… —estalló el hombrecillo, con el rostro rojo como la grana—. Es una vulgar extorsión.

—Llámelo como quiera, pero es lo que hay. La vida en el cosmos es dura, y mientras ustedes descansan sus gordos culos —la metáfora no dejaba de ser chocante, puesto que el agente de seguros no tenía gorda ninguna parte de su cuerpo, pero eso al capitán López le daba igual— en los mullidos sillones de sus confortables despachos, nosotros nos jugamos el pellejo cada vez que este cacharro da un salto hiperlumínico. ¿Sabía que no puedo ponerle motores nuevos a esta cafetera porque un sinfín de garrapatas como ustedes nos arrebatan sin el menor esfuerzo buena parte de las ganancias?

—Señor mío, esto es intolerable. No estoy dispuesto a consentir que me insulte de esta manera. —exclamó el hombrecillo levantándose por vez primera de su asiento.

—Como quiera; ya sabe dónde está la salida. Pero le advierto una cosa: Malaspulgas no es alguien que acostumbre a recurrir a los tribunales, pero cuenta con sus propios medios para alcanzar sus propósitos al margen de las leyes federales. Y le puedo asegurar que son eficaces, incluso en la misma Tierra. Si quiere un consejo, yo que ustedes procuraría no tenerlo como enemigo.

—Yo carezco de poder de decisión —balbuceó el visitante con un hilo de voz, al tiempo que se dirigía apresuradamente a la puerta—. Lo único que puedo hacer es poner en conocimiento de mis superiores todo esto que usted me ha comunicado de forma no oficial.

—Hágalo —Baldomero exhibió una sonrisa lobuna al tiempo que veía escabullirse al hombrecillo—. Por su propio bien.

***

Tres días después la compañía de seguros, sin ningún tipo de explicaciones, ingresaba en la cuenta bancaria del Marco Polo la indemnización correspondiente al fallecimiento accidental de George B. De todos modos, y por si acaso, a partir de ese momento el capitán del carguero prefirió buscar otras escalas alternativas en sus viajes al Sector Trífido.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Julio 2019

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