El último tren – Reed.

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Por José Carlos Canalda

Tan inflexible y cruel como siempre, el despertador comenzó a aullar arrancándole violentamente del nebuloso mundo de los sueños. Siempre le había desagradado sobremanera tan brusca forma de ser despertado, pero en esta ocasión la molestia fue aún mayor dado que se había acostado tarde y además, cosa rara en él, había dormido francamente mal.

Intentó luchar contra las últimas brumas que inundaban su mente, aunque sin demasiado éxito: el sueño le atenazaba con tesón al tiempo que le impedía escalar el profundo y oscuro pozo que le separaba de las luces de la vigilia. No podía, ni tampoco en el fondo quería, acabar de despertar, lo que añadió un nuevo punto de desagrado a su ya incipiente malestar.

Al fin lo consiguió, como todas las mañanas; pero a costa de invertir cerca de diez minutos más del tiempo que se tenía auto asignado como colchón. Consciente al fin de que iba con la hora muy justa, se tiró de la cama y realizó a toda prisa el ritual matuti­no, para salir por fin a la calle con el fundado temor a perder el tren que tomaba habitualmente rumbo a la gran metrópoli, lugar en el que desarrollaba bien a su pesar su cotidiano trabajo.

La noche era oscura y cerrada, y una espesa niebla contribuía aún más a investirla de un fantasmagórico aspecto. En contrapartida no había helado, por lo que el frío era mucho más sopor­table que en mañanas anteriores. De todas maneras la estación estaba cercana, apenas a diez o quince minutos a paso normal, por lo que el trayecto era siempre corto y tranquilo a pesar de lo espeso de la oscuridad que le envolvía por todos lados.

Aunque no le gustaba correr, y menos a horas tan intem­pestivas como aquéllas, le molestaba no obstante perder el tren; nada le ocurriría, por supuesto, por llegar al trabajo unos minutos más tarde, amén de que la frecuencia de trenes era muy alta y el retraso, por lo tanto, nunca sería demasiado grande; pero no le agradaba ver alterados sus hábitos, amén de que el siguiente tren era uno de los nuevos, a los cuales aborrecía a causa de su incomodidad.

Apretó, pues, el paso con la esperanza de llegar a coger el suyo aunque fuera por los pelos; llegó al fin a la estación, la cruzó como una exhalación sin detenerse siquiera a comprar el periódico al comprobar que el tren estaba ya detenido en el andén, atravesó el paso subterráneo maldiciendo mentalmente a los torpes viajeros con los que se tropezó en su camino (¡ellos no tenían prisa, él sí!) y salió finalmente al andén justo cuando el tren cerraba sus puertas e iniciaba la marcha.

Volvió malhumorado a la estación; en el andén hacía frío, y además quería comprar el periódico. Bien, al fin y al cabo el problema no era tan grave; todo quedaría en cinco o diez minutos de retraso y en un viaje algo más incómodo en un maldito vagón diseñado por alguien que evidentemente no era usuario habitual del mismo.

Compró el periódico, sin prisas por una vez (¡era tan lento el dichoso quiosquero!), y comenzó a hojearlo distraídamente. Las noticias no tenían nada de particular, eran las mismas de siempre: Los tradicionales conflictos bélicos ya enquistados, la preocupación de todos por la crisis económica, los chismorreos políticos…

Terminó de hojearlo con una imprecisa sensación de desagrado. ¿Qué era lo que pasaba? De pronto se dio cuenta: Habían pasado ya cerca de diez minutos y el tren no sólo no había llegado aún, sino que ni tan siquiera había sido anunciado por megafonía. Desgraciadamente los retrasos no eran nada excepcional, pero siempre resultaban molestos. Esperó, pues, unos minutos más hasta completar los quince: El tren seguía sin ser anunciado. Evidentemente, algo extraño pasaba.

Inquieto y enfurruñado se dirigió a la cabina del jefe de estación para preguntarle cuándo vendría de una dichosa vez el siguiente tren; que él supiera no había convocada huelga alguna, por lo que de haber retraso éste habría de deberse a cualquier imponderable… Circunstancia ésta, por cierto, desagradablemente frecuente.

Entró, pues, en la cabina y realizó su pregunta. El jefe de estación le miró con extrañeza respondiéndole a su vez con otra.

—¿El próximo tren? ¿Es que usted no sabía que el que se acaba de ir era el último? Ya no hay más trenes.

—¿Cómo no va a haber más trenes? —preguntó irritado— ¿Es que se han vuelto a sacar de la manga otra huelga sorpresa?

—¿Huelga? —el jefe de estación no captó, o no quiso captar, su ironía— Claro que no. ¿Por qué iba a haber huelga un día como hoy? Simplemente, el tren anterior era el último, ya se lo he dicho.

—¿El último? —insistió— ¿Cómo va a ser el último si apenas ha empezado la mañana? Es absurdo.

—Lo absurdo sería que no lo fuera. —Le contestó seca­mente su interlocutor— ¿Acaso hay algo en el mundo que no tenga nunca una última vez?

Y le cerró la puerta. Maldiciendo a todo el gremio de ferrocarriles y asimilados al tiempo que sopesaba la idea de interpo­nerles una nueva denuncia (aunque, se decía, ¿para qué?), abandonó airadamente la estación; al fin y al cabo siempre le quedaba la opción de viajar en autobús, cuya estación no quedaba demasiado lejana.

Nunca lo hubiera hecho. La niebla era ahora infinita­mente más espesa. Diríase, casi, que se podría cortar con un cuchillo, y la luz desprendida por las farolas apenas si podía esbozar un pálido borrón de difusa claridad extinta mucho antes de llegar al suelo. Poco más allá —calculaba que no habría caminado más de unos cincuenta metros— la oscuridad era ya tan absoluta que tuvo que detenerse ante el peligro cierto de tropezar con cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

Precipitadamente, tan deprisa como pudo teniendo en cuenta que se vio obligado a tantear las paredes, retornó al refugio familiar brindado por la estación. Sin embargo, él no quería quedarse allí; así que, armándose de valor, se asomó por la otra puerta en un intento de volver a su casa.

Como cabía esperar, este nuevo intento de huida resultó tan infructuoso como el anterior; de hecho, no consiguió llegar a trasponer siquiera el umbral de la puerta al comprobar el manto de oscuridad absoluta —tan absoluta como jamás en su vida había tenido ocasión de contemplar— que se cernía como un grueso y opaco telón ante sus ojos. Nada podía hacer, pues, salvo guarecerse en el inmediato vestíbulo.

Esto no era normal, se dijo para tranquilizarse; esto no podía ser, se repitió. Así que, en un denodado esfuerzo por auto­controlarse, se volvió sobre sus pasos firmemente decidido a esperar que la pesadilla desapareciera. Al fin y al cabo estaba a punto de amanecer, y con la luz del sol acabaría este absurdo problema.

Se sentó, pues, y esperó pacientemente intentando leer, sin demasiado resultado, el inútil periódico. De pronto, una indes­criptible sensación sacudió su cuerpo. Tenía la instintiva impresión de que allí dentro estaba pasando algo raro, aunque no acababa de saber de qué se trataba. Repentinamente la luz se hizo en su mente, y le bastó apenas un rápido vistazo para constatarlo: Él era el único ocupante del amplio vestíbulo, que se mostraba ante sus ojos absurdamente vacío y silencioso. Teniendo en cuenta el continuo trasiego de viajeros que habitualmente solía tener lugar a esas horas, el hecho no podía ser más insólito a la par que extraño e incómodo.

Nerviosamente miró a su alrededor buscando las figuras familiares en ese entorno: Los taquilleros charlaban relajadamente detrás de su parapeto de cristal mientras el quiosquero se afanaba en manipular unos paquetes de periódicos. El estanco, por contra, perma­necía cerrado, aunque en esto no había nada de excepcional, puesto que siempre se encontraba así cuando llegaba por las mañanas.

Levantándose de su asiento se asomó a la vecina canti­na; privada asimismo por completo de usuarios, los cantineros se afanaban en esas imprecisas tareas que suelen desempeñar todos los camareros del mundo cuando carecen momentánea­mente de clientes.

Todo parecía tan normal… Y a la vez tan anormal. Volvió una vez más al vestíbulo y, sin detenerse, salió de nuevo a los andenes o, al menos, al lugar donde deberían estar los andenes, ya que la oscuridad era tan completa que había hecho desaparecer todos los puntos de luz, no pudiéndose ver absolutamente nada a menos de un metro de distancia.

La situación no podía ser más absurda. De repente recordó algo y miró precipitadamente su reloj: eran casi las ocho y media, tiempo sobrado para que hubiese ya amanecido. La claridad debería ser la suficiente para ver con claridad aun sin la ayuda de las farolas, y sin embargo la negrura no podía ser más absoluta. Además, ¿qué era lo que había pasado con el alumbrado exterior de los andenes? Aunque por alguna extraña circunstancia no hubiera aparecido aún la luz natural, al menos debería brillar la artificial… Cosa que no ocurría en absoluto.

Alarmado, si no aterrado ante lo insólito de tan extra­ño fenómeno, retornó una vez más al interior de la estación, único lugar en el que aún se sentía medianamente protegido, derrumbándose sobre uno de los bancos. Algo muy extraño estaba ocurriendo, algo que se escapaba por completo a cualquier explicación racional pero que no obstante era tan tangible como la pavorosa oscuridad que envolvía su frágil refugio. Desplomado su intelecto tan sólo quedaban en él los instintos puramente animales, y éstos le infundían exclusivamente un pánico cerval ante lo desconocido que se cernía sin fisuras en torno suyo.

Armándose de valor abandonó su asiento asomándose de nuevo a la puerta que le separaba de la cantina, sólo para comprobar que ésta había desaparecido engullida por la oscuridad junto con los camareros indolentes que tan sólo unos minutos antes mataran el tiempo lustrando impolutos vasos. Sintiendo cómo le flaqueaban las piernas volvió renqueado hasta el acogedor banco para no levantarse ya de él; ahora intuía qué era lo que el jefe de estación le había querido decir al asegurarle que ése había sido el último tren… El último de ver­dad.

Sabía qué era lo que iba a seguir, y por eso no se extrañó cuando comprobó que tras el cristal de las taquillas se exten­día el opaco cendal de oscuridad. El quiosco de periódicos tardó algo más, pero también acabó siendo engullido por la nada. Su mundo se iba estrechando cada vez más, y poco después —ignoraba cuánto tiempo había transcurrido, pero eso ya no importaba lo más mínimo— había quedado reducido al limitado universo del banco en el que estaba convulsamente sentado… Ni el mismo suelo veía ya, ni por supuesto tampoco el techo, lo que no impedía que su mínima burbuja de luz continuara alumbrada normalmente aun cuando no pudiera discernir de dónde proce­día ésta. Él, el banco… Y nada más, salvo la espesa negrura que le envolvía tan estrechamente por todos lados.

Su instinto animal, lo único de su mente que continuaba vivo todavía, le hizo aferrarse de forma convulsa a la mínima superfi­cie que aún se le ofrecía tangible y familiar; era como un náufrago asido a su frágil balsa mientras el embravecido océano le agitaba por doquier; aquí la oscuridad, por el contrario, no podía ser más inerte, pero precisamente eso era lo que le hacía parecer aún más pavorosa.

El resto fue rápido, para fortuna suya. El muro de oscuridad se fue cerrando inexorablemente sobre su cabeza, al parecer el epicentro de la burbuja vital, dejando fuera las piernas, el cuerpo, los brazos. Colapsando finalmente en el momento del triunfo defi­nitivo de las tinieblas sobre la extinta luz… Para siempre.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Mayo 2017

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