La última flecha – Reed.

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Por Néstor Darío Figueiras

La noche ya se abatía sobre Lotrán, la Ciudad de Piedra. Mientras los techos y los muros enrojecían bajo la luz del poniente, los Celadores se preparaban para hacer las rondas de vigilancia: los drugos, las criaturas que servían a los lívaros, solían penetrar en los suburbios al amparo de la oscuridad para robar niños.

Una figura recorría las calles sombrías. Era Mardeluz, quien, durante toda la tarde, había buscado a Flecha Certera a lo largo de las calzadas adoquinadas. No podía dejar que él se fuera así, como si nada. Lo amaba, y una Mujer que ama hasta sentir que el alma se le va subida a la aljaba de su amado no debe renunciar a él.

Con sólo dieciséis años, Mardeluz había sido nombrada Mujer por los siete Ancianos que se marchitan bajo la Cúpula, el negro domo que se alza en el centro de Lotrán. Desde entonces tuvo permiso para merodear a su antojo, comerciar con sus artesanías, y —lo más importante— tomar esposo y parir niños y niñas. Mardeluz ya era una Mujer hecha y derecha.

—Si Flecha Certera te abandona, y tu alma sube a su aljaba, puede que la primera flecha no, tal vez la segunda tampoco, y con suerte tampoco la tercera, pero tarde o temprano una de sus flechas hendirá el aire velozmente llevándose tu alma enredada en las plumas de la cola. Cuando la punta de pedernal se hunda en el flanco de un venado tripa, o se clave entre los ojos de un shylanuga almizclero, tu alma ensangrentada permanecerá por siempre atada a dos muertes: la de la presa y la del amor que sentías.

Esto le habían dicho las comadres reunidas en torno de la hoguera. Las viejas desdentadas conocen a fondo las cuestiones del amor y de la muerte.

—Una Mujer sin alma es una cáscara vacía: su belleza se desperdicia sin remedio y su inteligencia deja de apreciarse. Sólo un destino le es adecuado: entregarse a la brujería. Cuando una Mujer se consagra a sus caminos, el oscuro arte de los lívaros le brinda un atractivo irresistible y una gran astucia. Si una flecha te arranca el alma, sólo volviéndote hechicera podrás evitar que tu hermosura y tu agudeza se echen a perder.

Las comadres le dijeron que enamorarse de un Cazador tenía sus desventajas: de tanto en tanto, los dioses encargaban a los Cazadores algunas tareas que requerían de virtudes heroicas y terminaban convirtiéndose en misiones suicidas. Las perezosas divinidades que poblaban el Pico Mayor siempre habían necesitado ejecutores y sicarios.

—Si Flecha Certera fuese convocado por los dioses, es probable que no lo veas más. ¿Recuerdas a Uzannur? Él nunca regresó.

Así la reconvenían, insistiendo en que no permitiera que su Hombre se marchara.

Pero él se había despedido de los suyos esa mañana. Y el día, claro y brillante como los ojos de un niño, prosiguió su camino a través de la curvatura del cielo, indiferente a la angustia de Mardeluz.

Ella meditó en las palabras de las comadres y corrió tras el joven. Preguntó por su amado al alfarero, a los domesticadores de búhos de hojalata y a las nodrizas que cuidaban a los niños en la Plaza de las Urnas. Pero sólo el viejo tañedor —el heresiarca que anuncia profecías ilícitas rasgueando una lira de luz— le dio algún dato valioso por medio de su cántico:

 

Flecha Certera va hacia las montañas

Y la sombra del peligro lo acecha

Pero él no conoce de los dioses la maña

Y la senda de escape es estrecha.

 

Como riachos que empujan la escoria

Amor y muerte confluyen en el mismo mar

Pero en el final de esta amarga historia

Algo peor que la muerte les depara el azar.

 

El canto del hereje confirmaba que su amado había sido citado por los dioses.

Mardeluz corrió por las calles empedradas hasta que los pies le dolieron. Y cuando la luz cobriza del ocaso desgarraba el cielo, sintió que desfallecía.

Los cosecheros, que regresaban trayendo una fabulosa recolección de naranjas de Livaria, perdieron su júbilo al cruzarse con ella. Algunos, al ver su desesperación, se apiadaron y pusieron en su alforja unas cuantas naranjas, cuyo zumo mágico prolonga la vida.

Finalmente, Mardeluz reunió fuerzas para dejar atrás los suburbios y se internó en el campo. Desoyó las advertencias de los Celadores y caminó hasta llegar al pie de las montañas. Se detuvo y miró hacia las cumbres, que se perdían en la oscuridad. En su mente, la música del tañedor se repetía sin cesar, un estribillo que pulsaba al son de sus latidos:

 

Flecha Certera va hacia las montañas

Y la sombra del peligro lo acecha.

 

Anocheció. El viento que soplaba cuesta abajo la hizo tiritar. Estaba ingresando en un territorio prohibido. Sabía que sólo los Cazadores podían visitar las montañas, que ella era una intrusa allí. Sentía que cada paso que daba hacia la cima era resistido, pero de todos modos comenzó a escalar el sendero empinado, y su determinación hizo que el viento se transformara en un vendaval.

Flecha Certera, guarecido en la hendidura de un peñón, adivinó que aquella forma que trataba de avanzar por la pendiente sumida en tinieblas era Mardeluz.

—¿Por qué viniste? ¡No subas más!

Ella pudo distinguir su voz en medio del aullido del viento. ¡El tañedor conocía el torrente de la Previsión! La esperanza le dio nuevas fuerzas.

—¿Dónde estás?

—¡No te acerques!

—¡No me iré sin ti!

—¡Vuelve!

Pero ella, que ya había reconocido el lugar de donde provenían los gritos de su Hombre, apresuró la marcha. Entonces descubrió al águila camaleón. El monstruo revoloteaba sobre las rocas, desplegando sus alas contra la ventisca. Mardeluz avanzó aferrándose a las salientes, hasta que llegó a la grieta en la que se refugiaba Flecha Certera. Cuando la alcanzó, vio con horror que el muslo izquierdo de su amado estaba desgarrado. Inmediatamente, se abalanzó sobre su cuerpo fatigado y sangrante, resguardándose dentro del improvisado refugio.

Cada vez que la tormenta se lo permitía, el feroz pájaro descendía e intentaba alcanzar a la pareja con sus garras, filosas como dagas. La estrechez de la hendidura impedía que el águila pudiera arremeter de lleno, pero ambos intuyeron que tenían muy pocas posibilidades de salvarse.

—Mi amor —dijo ella, sollozando, y lo besó—. Pensé que me habías abandonado a causa de mi juventud. Que no te bastaba con que los Ancianos me hubieran nombrado Mujer.

—Ninguna Mujer es como tú para mí. Pero desde que los Ancianos me bautizaron en la Cúpula, mi kishaf estuvo marcado. Ser Cazador siempre fue mi destino. Que llegara el día en el cual los dioses me encargaran alguno de sus trabajos sucios sólo era cuestión de tiempo. Hoy es ese día, un día que amaneció claro y brillante como los ojos de un niño.

Y él le contó cómo había subido hasta el Pico Mayor para decirles a los dioses que se negaba a tensar el arco y matar en su nombre. Les dio la espalda. Y ellos soltaron al águila camaleón. La bestia lo persiguió, invisible, disfrazándose de nube y de cielo. Cuando finalmente había podido verla, era tarde: el ave se había lanzado sobre él y lo había herido en el muslo.

Cojeando, logró alcanzar la grieta. Entonces probó lanzar una flecha contra el monstruo. Pero fue inútil: el dolor le impedía apuntar con precisión. Y cuando comenzó la tormenta, los dos disparos siguientes resultaron tan débiles que fueron desviados por el viento. Mientras, la bestia tomaba impulso una y otra vez, y estrellaba el pico ganchudo contra las rocas para ensanchar la abertura de la guarida.

—Me despedí de ti esta mañana porque decidí rebelarme, y sabía que los dioses no me dejarían escapar tan fácilmente. Al irme sin darte explicaciones, pensé como un Cazador, que cree que reprimir los sentimientos es el único camino. Supuse que sería lo mejor para ti.

Él, lleno de culpa, no había notado que las lágrimas que ella derramaba eran causadas por una inmensa ternura.

Una sonrisa iluminó el rostro de Mardeluz, tironeando de su piel salada.

—Tú trajiste al águila, yo traje el viento. Los dioses no nos aprecian.

Entonces ella recordó que llevaba naranjas en su alforja. Tomó una y le arrancó el verde cabo con los dientes. Ahondó el orificio con el dedo y dio de beber el milagroso jugo al Cazador.

—No te resistas, traga. Son naranjas de Livaria: prolongarán tu vida.

Él sorbió hasta que la naranja se asemejó al pómulo de un anciano, y después devoró la pulpa con avidez.

—Mataré al águila y volveremos a la ciudad —afirmó Flecha Certera mientras se ponía en pie, recostándose sobre la pared pétrea. Tomó la última flecha de su aljaba y tensó el arco. Buscó con sus ojos una sombra más negra que la noche.

La flecha ya rasgaba el aire cuando las sentencias de las comadres resonaron en la memoria de Mardeluz. Y esta vez el viento no pudo desviarla. Terminó su carrera al clavarse en uno de los ojos del águila camaleón. Luego de revolotear erráticamente por unos segundos, el feroz pájaro cayó sobre las rocas, sin emitir sonido.

El Cazador, lleno de alegría, se volvió hacia Mardeluz para celebrar su buena puntería.

—¡Somos libres, mi amor!

La muchacha tenía la vista perdida.

—Mardeluz…

Pero ella no respondía, por más que le gritara y sacudiera sus hombros brutalmente. En ese momento cesó el temporal y la noche se aquietó.

El Cazador supo que habría sido mejor que el pájaro hubiera destrozado sus dos muslos, y sus brazos, y que hubiera roto su pecho y vaciado sus cuencas a picotazos, y que luego hubiera llevado su cuerpo sin vida a la cima del Pico Mayor, como ofrenda y testimonio ejemplar.

En medio de la noche cerrada, lejos de la montaña, los candiles de los Celadores destellaban como luciérnagas al borde de la Ciudad de Piedra.

Con el paso del tiempo, el canto del heresiarca se hizo popular. Hoy es común escuchar que los niños lo entonan mientras juegan en la Plaza de las Urnas.

Y las comadres cuentan nuevas historias: la del joven Cazador que nunca regresó del Pico Mayor, al igual que Uzannur; y la de una terrible bruja, quien juró por su alma ensangrentada que usaría todas las artes oscuras de los lívaros para destruir a los dioses.

© Copyright de Néstor Darío Figueiras para NGC 3660, Mayo 2017

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Una respuesta a La última flecha – Reed.

  1. Excelente combinación de romanticismo y fantasía. Felicitaciones.

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