La última esperanza


Por José Carlos Canalda

—Y Aníbal, al que su padre de niño le había hecho jurar odio eterno a los romanos, cruzó los Alpes con un gran ejército y con elefantes buscando conquistar Roma y destruir el poderío de sus enemigos.

—¿Qué son los Alpes?

—¿Cómo eran los elefantes?

—¿Dónde está Roma?

Ante tal avalancha de preguntas lanzada por su infantil auditorio, el anciano se interrumpió impotente sin saber cómo seguir adelante. El problema no era nuevo sino, muy al contrario, completamente habitual; pero a pesar de ello, jamás había conseguido adaptarse a tan incómoda situación temiéndose además, no sin razón, que tal inconveniente no tuviera la menor solución.

Empero no era este el problema principal sino el que acto seguido asomó puntualmente en el tabuco en la figura de la irritada persona de Ramón, su quisquilloso vecino que ejercía las funciones de jefe de barrio por mandato del consejo del poblado.

—¿Ya estás distrayendo otra vez a los chicos con tus tonterías? —Fue el avinagrado saludo—. ¿Cuántas veces te he dicho que dediques tu tiempo en cosas más útiles para la comunidad?

—Te he repetido mil veces que la cultura es tan importante como cualquier otra cosa de esas que a ti tanto te gustan —respondió con dignidad al tiempo que veía cómo sus discípulos se escabullían alborotadamente huyendo de un más que probable castigo—. Aún más, te diría que la cultura es fundamental para la recuperación de la que tanto hablas, por mucho que a ti te disguste.

—Bobadas —gruñó el energúmeno—. Estupideces que distraen a los muchachos llenándoles la cabeza de cosas inútiles al tiempo que olvidan las tareas necesarias para ellos y para todos.

—Tú no eres quién para opinar sobre este tema. De todos es sabido que…

—Me importa un comino todo aquello que no sirva para el bien común. —Le interrumpió el censor—. Es precisamente para defender esto por lo que el consejo me eligió jefe de barrio; y te aseguro que lo voy a hacer te guste o no —concluyó amenazadoramente.

—¿Cómo te vas a arreglar para impedirlo? —La lucha estaba ya más que asegurada.

—Prohibiéndote terminantemente que vuelvas a molestar a los muchachos. Bastante tenemos con mantener a un charlatán improductivo como tú para que además consintamos que vayas haciendo vagos por ahí.

Ante tan descarnado insulto, el anciano enrojeció vivamente más por la indignación que por la vergüenza que hubiera podido sentir. Sin embargo, era plenamente consciente de lo inseguro de su posición, por lo que optó por bajar la vista al suelo callando una vez más.

—Recuérdalo —le amenazó ominosamente su rival antes de desaparecer por el orificio que hacía las funciones de puerta—; si sigues insistiendo en tus tonterías, acabarás teniendo problemas.

La tormenta había amainado momentáneamente, pero el peligro se mantenía latente a modo de espada de Damocles presta a caer sobre su indefensa cabeza. Él lo sabía, y le preocupaba, mas no lo temía; al menos, no demasiado. Encogiéndose filosóficamente de hombros, hurgó en su morral sacando del interior del mismo la tosca flauta que tanto trabajo le costara tallar y que ahora constituía una de sus más preciadas pertenencias; y, tras respirar profundamente en un intento de calmar el desbocado ritmo de su alterado corazón, se llevó finalmente el instrumento a los labios comenzando a tañer una olvidada melodía cuyos melancólicos acordes compusiera hacía ya muchos años el asimismo olvidado Sibelius. La música, uno de los pocos placeres que todavía le quedaban, tenía la virtud de tranquilizarle y esto era precisamente de lo que más necesitado estaba en ese preciso momento.

Había perdido completamente la noción del tiempo, enfrascado como estaba en su música, cuando un movimiento fugaz en el límite de su campo visual le hizo interrumpir bruscamente la melodía.

El responsable de la alteración, por su parte, optó por escaparse de la manera más sigilosa posible, mas no sin que antes él pudiera identificarlo rápidamente.

—¡Andrés! —gritó— ¡Ven aquí!

El tono de su voz era imperioso, pero al mismo tiempo rebosaba emoción y así debió de entenderlo el aludido ya que, habiendo desaparecido en el corredor, se volvió sobre sus pasos retornando con timidez, pero resueltamente, al cuartucho donde el anciano músico tenía su humilde morada. Era Andrés un muchacho de alrededor de trece o catorce años, de complexión frágil y enfermiza y una expresión ausente en su mirada que denotaba bien a las claras las penalidades que a pesar de lo corto de su edad se había visto forzado a sufrir, circunstancia esta por lo demás muy común en aquellos tristes años en los que un pequeño puñado de desamparados supervivientes intentaba salir adelante entre las cenizas y las ruinas del torturado y moribundo planeta. Era también Andrés su principal discípulo —hermosa palabra esta, carente ya prácticamente de sentido en la nueva sociedad— merced en parte a su desbordado afán de conocimientos, en parte porque su procedencia le había impedido integrarse de una manera plena en la cerrada sociedad de la que formaba parte.

Y es que Andrés, recogido casi un año antes tras haber huido de una comunidad vecina y rival, continuaba siendo un extraño mitad a causa de su origen, mitad debido a su carácter huidizo y retraído. Puesto que además la debilidad de su cuerpo le incapacitaba en la práctica para realizar la mayor parte de los trabajos comunes del poblado, Andrés pasaba por ser, para la mayor parte de sus compañeros y en especial para los muchachos de su edad, únicamente un inútil mantenido tan solo por caridad, cuestión esta realmente grave en el seno de una sociedad cuya principal tarea cotidiana no era otra que la pura y simple lucha por la supervivencia.

«Un inútil —pensó tristemente el anciano—. Exactamente igual que yo».

—¿Qué quieres, Andrés? —preguntó tiernamente al rapazuelo.

—Disculpa, maestro —se excusó este mirando sumisamente al suelo—. Oí la música y me acerqué para poder escucharla mejor. Lamento mucho haberte interrumpido.

—No te preocupes, hijo. —Le sonrió con amargura—. Me alegra que te guste la música; desgraciadamente, no se trata de una afición que esté muy extendida en nuestros días.

—Dime maestro, ¿qué era lo que tocabas? —Desaparecida su inicial timidez, el niño mostraba ahora una faz radiante que hubiera sorprendido enormemente a todos aquellos que estuvieran acostumbrados a contemplar su habitualmente taciturna expresión.

—Oh, muchacho, ¿qué importancia tiene eso? Los músicos están todos muertos y la música que compusieron está también muerta en estos tiempos malditos. Nada queda ya de todo ello, sino el pálido recuerdo de unos pocos viejos cercanos ya al fin de sus días.

—Pero no está muerta del todo, puesto que tú la tocas.

—Yo… —balbuceó sintiendo desgarrarse algo en su interior—. Yo solo soy capaz de esbozar una mísera sombra de todas estas maravillas perdidas.

—Pero maestro —protestó Andrés sentándose a su vera—; tú sabes que a mí me gusta oír tus historias. ¡Cuéntamelas! —imploró.

—Está bien —accedió al fin—. Era un fragmento de la segunda sinfonía de Sibelius, un músico finlandés que murió hace ya muchos años.

—¿Finlandés?

—Sí, de Finlandia; un antiguo país muy lejano situado cerca del polo norte, un país de hielos y nieves, de bosques y lagos. Pero esto carece ya de importancia.

—¿Por qué no tocas de nuevo? —insistió el joven viendo satisfecha su curiosidad—. Me gusta oírte tocar.

—Como quieras —concedió el anciano—. ¿Qué quieres escuchar?

—Lo que tú prefieras; ya sabes que me gusta todo.

—Sonriendo de nuevo se acercó la flauta a los labios comenzando a desgranar, tras un leve titubeo, las lánguidas notas del otrora famoso adagio del concierto para oboe de Marcello, una obra ciertamente apropiada para el estado de ánimo que le embargaba. Andrés, por su parte, escuchaba absorto y con la mirada perdida mientras el suave sol del ocaso arrancaba cárdenos destellos a los cristales que protegían la solitaria ventana. Un día más, triste y amargo como todos, se extinguía mansamente en aquella tierra maldita.

 

***

La luz del sol, penetrando con impudicia en su modesto refugio, le arrancó del sueño devolviéndole de nuevo a la dura realidad cotidiana. Una vez salvados los momentos de estupor que acompañan al despertar, recordó bruscamente que la noche anterior no se había acostado… Lo que pudo comprobar sin más que mirar a su entorno. Efectivamente, no se había retirado a la alcoba que constituía la otra pieza de su pequeño habitáculo sino que, sin darse cuenta, se había quedado dormido mientras tocaba y charlaba con su pequeño amigo, el cual dormía como un bendito hecho un ovillo a sus pies.

Ahora recordaba cómo ambos habían rehusado retirarse a dormir prefiriendo compartir las tristes migajas que el anciano era capaz de rememorar de la esplendorosa cultura que había desaparecido para siempre; y recordaba también cómo su tosca flauta había recreado para el absorto muchacho toda una serie de melodías olvidadas que al pobre Andrés tenían por fuerza que sonarle a música celestial. Habían hablado también, y mucho además, aprovechando los intervalos de descanso que sus fatigados pulmones imponían al anciano, merced a los cuales volvieron a resurgir, siquiera fugazmente, las glorias pasadas de extintos imperios así como las hazañas marchitas de los grandes artistas, los esforzados científicos o los poderosos gobernantes.

Por su boca había sabido Andrés, al igual que lo hiciera en anteriores ocasiones, cómo el hombre había conquistado la Luna, vencido a las enfermedades y explorado los rincones más recónditos del planeta; gracias a él tuvo noticia el muchacho de guerras pavorosas y de increíbles maravillas científicas, mientras las minuciosas descripciones de cuadros, estatuas o edificios convertidos en polvo impalpable o en ruinas informes alternaban con los relatos de astronomía, zoología, historia o mitología. Era este todo un mundo para Andrés, fascinante e irreal por cuanto tenía de inalcanzable, pero sin ningún género de dudas infinitamente más subyugador que la prosaica y hostil realidad cotidiana.

Mas si bien sus espíritus podían aspirar a ser infatigables, no ocurría lo mismo con sus debilitados organismos que, mucho menos resistentes, acabaron reclamando inflexiblemente sus derechos; y así, por mucho que el anciano ansiara comunicar a alguien sus marchitos conocimientos, y por mucho que la mente infantil se mostrara ávida por recibirlos, la naturaleza acabó imponiendo finalmente sus tiránicas leyes haciéndoles caer rendidos en ese sueño contra el que ambos lucharon pero que resultó pese a todo imprescindible para sus fatigados cuerpos.

Una sombra de temor cruzó fugazmente por su mente cuando unos discretos golpes en la desvencijada puerta le trajeron a la memoria la ominosa figura del energúmeno y su explícita amenaza; pero la calma volvió a anidar en su cuerpo cuando recordó que el zafio Ramón jamás se hubiera molestado en llamar de esta forma. Se trataba, pues, de algún otro visitante sin duda animado de intenciones menos belicosas o, tan siquiera, más civilizadas; no obstante la experiencia le recomendaba ser prudente, por lo que procedió a despertar suavemente al adormilado muchacho recomendándole silencio al tiempo que le conducía a la habitación interior de la casa, cuya puerta cerró con cuidado antes de abrir finalmente a su inesperado visitante.

Este era un anciano de aproximadamente su misma edad y expresión franca y bonachona que contrastaba vivamente con su digna y distante porte; una persona, en suma, que inspiraba confianza a primera vista. Se trataba de José, uno de los miembros del consejo de ancianos y uno de los pocos adultos de la comunidad que podía ser considerado, si no como amigo suyo, que de estos no tenía ninguno, sí cuanto menos respetuoso con su postura. Y, cuanto menos, ambos se apreciaban mutuamente, lo que no era ya poco.

—Hola, José —saludó—. ¿Qué te trae por aquí?

—Vengo a hablar contigo —respondió plácidamente su interlocutor sin dejar entrever los motivos de la inesperada visita—. ¿Puedo pasar?

—Oh, sí, por supuesto —respondió turbado el anciano—. Ven y siéntate conmigo.

—¿Estás solo? —preguntó el visitante recorriendo con la mirada la pequeña estancia—. ¿Completamente solo?

—Sí, claro. —Su turbación era ya palpable—. ¿Con quién iba a estar a estas horas de la mañana, cuando me acabo de levantar y estoy todavía en ayunas?

—¿Seguro? —insistió con sorna su inquisidor vivamente interesado, al parecer, en las arrugadas ropas y el desaseado aspecto del propietario de la vivienda—. ¿No tendrás algún rapazuelo escondido en el dormitorio?

—Bueno, yo… —balbució.

—Anda, no me engañes —le tranquilizó con una amplia sonrisa—; yo no soy el animal de Ramón, y no voy a tirar a nadie de las orejas. Pero, eso sí —y aquí su expresión se tornó seria—, necesito hablar contigo sin testigos de ningún tipo, y menos aún si estos son los muchachos que habitualmente te acompañan.

—Está bien —suspiró derrotado—. Andrés, ya puedes salir; el señor José es amigo nuestro y no va a decir a nadie que te ha visto aquí.

Ante tales garantías dadas por partida doble, el chaval, que sin duda había estado escuchando detrás de la puerta, asomó primero la cabeza y después el resto de su delgado cuerpo para, tras mascullar un ininteligible saludo, desaparecer rápidamente de la vivienda. Una vez solos ambos ancianos, el visitante se cercioró de que efectivamente no había nadie en los aledaños de la entrada para, finalmente, cerrar con cuidado la puerta sentándose en el lugar que anteriormente le ofreciera su anfitrión. Evidentemente, lo que venía a tratar debía de ser algo serio a juzgar por las precauciones que tomaba.

—Bien, tú dirás qué es lo que quieres —exclamó al fin este último rompiendo el silencio en el que ambos se habían sumido.

—Yo, bueno, vengo comisionado por el consejo de ancianos para decirte que…

—Que deje de molestar a los chicos de la aldea, ¿no es así? ¿Os ha dado el chivatazo el energúmeno de vuestro espía?

—No, no puedo decir que no. —Titubeó por vez primera el emisario—. Ayer por la tarde, concretamente; creo que poco antes había tenido un altercado contigo. Claro está que no tienes por qué darle demasiada importancia; Ramón nos ha estado mareando con esta cuestión infinidad de veces desde hace varios años, y tú sabes perfectamente que nunca le hemos hecho caso.

—Ni le habéis ordenado en ningún momento que me dejara en paz, lo cual entraba también dentro de vuestras atribuciones.

—Compréndelo, Ramón, dentro de su bestialidad es un subordinado eficiente y, a su manera, suele actuar con una lógica implacable. Los tiempos que corren son muy duros y, nos guste o no, no tenemos otra solución que la de adaptarnos a ellos.

—Lo comprendo perfectamente —sonrió con amargura—. Y, aún más, soy también consciente de que tan solo represento un lastre para la marcha de la comunidad.

—No, no es eso —se apresuró a apaciguarle José—. Puedes estar seguro de que el consejo está muy satisfecho de que una persona tan… culta como tú forme parte de nuestra pequeña comunidad. Pero la vida es difícil y, créeme, por el bien de la disciplina común sería contraproducente desautorizar a Ramón en lo que respecta a su fobia contigo; es por ello por lo que optamos por no decirle nada aunque, al mismo tiempo, tampoco prestábamos la menor atención a sus repetidas quejas.

—Una decisión ciertamente salomónica —ironizó—. Pero mucho me temo que finalmente habéis debido de cambiar de opinión. ¿Me equivoco?

—No exactamente… Aunque no te puedo negar que algo de eso hay —concluyó José con un hilo de voz.

—Desembucha —le espetó con brusquedad—. No, no te preocupes; esperaba esto desde hace mucho tiempo. No me pilla, pues, de sorpresa.

—Como quieras. Además, a mí me gusta la franqueza. Bien, vengo para decirte que las cosas no pueden continuar así durante más tiempo.

—¿Os ha convencido finalmente vuestro sabueso?

—Te vuelvo a repetir que no; el problema es que no es únicamente Ramón el que se queja de que distraes a los muchachos, sino una parte cada vez mayor de la aldea. A Ramón le podíamos ignorar, y así lo hemos hecho durante mucho tiempo; pero nos resulta muy difícil eximirte de la disciplina que obligamos a cumplir sin excusas de ningún tipo al resto de la población, máxime si tenemos en cuenta que tú no realizas ningún trabajo productivo. Sí, ya sé lo que me vas a decir —continuó, impidiendo hablar a su airado interlocutor—; y tú también puedes imaginarte la contestación: Yo no te considero un inútil, y el consejo tampoco. Pero la gente común no piensa así, y desde su punto de vista no les falta razón.

—Tengo cerca de ochenta años y apenas sí me puedo mover sin ayuda. ¿Pretendéis acaso que me ponga a cortar leña, que me haga pastor o que me dé de alta en la milicia? Sería muy divertido y, al menos, el bestia de Ramón me dejaría en paz.

—No te hagas el gracioso. Sabes perfectamente que si no formas parte del consejo es porque siempre te has negado a pesar de todos nuestros requerimientos, igual que has hecho siempre que se te ha pedido que ayudaras a los maestros.

—Y tú sabes también que nunca he servido para gobernar a nadie que no fuera yo mismo; en mis tiempos simpaticé con el anarquismo, y ya dice el refrán que genio y figura hasta la sepultura.

—Se respetó tu decisión, a pesar de todo; pero en cuanto a lo otro…

—Me hubiera encantado hacerlo de no mediar una circunstancia: en vuestra escuela —escupió la palabra— tan solo se enseñan cosas tales como carpintería, agricultura o tácticas militares… Cosas útiles, como vosotros decís, de las cuales yo nunca he sabido hacer nada.

—Y a leer y a escribir, y a hacer cuentas, que eso sí lo sabes, y bastante bien por cierto.

—¿Se puede dar una única gota de agua a aquel que se está muriendo de sed? ¿Se puede dejar leer una sola página de un libro a quien está ansiando aprender a leer? ¿Acaso podía hacer yo algo diferente a negarme a enseñar la comida al hambriento para alejarle acto seguido de ella?

—Esa es una interpretación muy personal.

—¡Es la única válida, digáis lo que digáis! —estalló—. Somos apenas un puñado de supervivientes en una Tierra moribunda, hemos perdido para siempre prácticamente todo el patrimonio cultural que acumularon nuestros antepasados a lo largo de miles de años, apenas si queda la tradición oral de unos cuantos viejos que estamos a las puertas mismas de la muerte, ¡y me pides que contribuya a dejar perder las últimas migajas que nos quedan! Esto no es una incongruencia; esto es un crimen de lesa humanidad que estamos cometiendo contra nuestros descendientes al privarlos de absolutamente toda su herencia. Participad vosotros, si es que así lo queréis, en este asesinato cultural; yo me niego.

—Escúchame —le contestó José con dulzura—. Yo también recuerdo los tiempos antiguos, los de antes de la Gran Catástrofe. Entonces era un simple camionero prácticamente sin cultura y —sonrió avergonzado— sin la menor inquietud por tenerla. No obstante, yo respetaba a todos aquellos que sí la tenían y, en el fondo, me sentía avergonzado al compararme con ellos. Y, por supuesto, no se me ocurría decir que la cultura no servía para nada; era bastante burro, por supuesto, pero no tanto.

»Llegó la Gran Catástrofe y, por suerte o por desgracia, me convertí en uno de los escasos supervivientes. De todo lo que sucedió inmediatamente después no tengo que hablarte puesto que lo conoces tan bien como yo; pero lo que sí te digo es que, si después de tantos y tantos años de luchar contra la barbarie que nos rodea hemos conseguido crear un mínimo remanso de civilización, merece la pena luchar con todas nuestras fuerzas por mantenerlo aún cuando sea a costa de perder todo ese patrimonio cultural del que tú te lamentas.

—Esto no es incompatible con lo que yo propugno —protestó airadamente el rebelde.

—Ojalá no lo fuese; pero, desgraciadamente, así lo es. En la situación en la que estamos, un pastor es infinitamente más útil que un músico, y un carpintero más necesario que un poeta.

—Pero…

—No hay alternativa, ni para eso ni para otras muchas cosas que también nos resultarían enormemente útiles. Antes te dije que yo era camionero; ahora no hay ni camiones ni ningún otro tipo de vehículos de motor, por no haber no hay ni carreteras, y únicamente contamos con las pocas bestias de tiro que pudimos salvar del desastre. ¿Crees que no me hubiera gustado poder enseñar a conducir a los muchachos? También era un mecánico bastante bueno; ¿verías bien que enseñara a la gente a construir y a reparar motores de explosión? ¿Serías capaz de proporcionarme las herramientas, el acero, la gasolina, el caucho de los neumáticos? ¿Me construirías carreteras para que nuestros vehículos pudieran correr por ellas?

—Me rindo —expresó desalentado el pobre viejo—. Está claro que en ningún caso tendría nada que hacer.

—Todos tenemos mucho que hacer —le respondió con dulzura el consejero—. Yo no puedo conducir vehículos, pero colaboro en el gobierno de la comunidad. Luis, uno de mis compañeros, era médico, y ahora solo dispone de un pequeño puñado de plantas medicinales. Miguel, químico antes del desastre, se limita a fabricar pólvora. Alberto, que fue un excelente arquitecto, lo más que puede hacer es dirigir la construcción de una cabaña… ¿Continúo con la lista?

—No es necesario; me has convencido. La Providencia ha querido que la civilización se extinga, y tenemos que aceptarlo con resignación.

—La civilización no, la cultura —le corrigió su compañero—. Pero tras esta edad oscura vendrá un nuevo renacimiento, y finalmente el hombre podrá volver a sentirse orgulloso de su estirpe.

—Entonces ya será tarde porque los conocimientos no estarán olvidados, sino perdidos.

—Es por eso por lo que nuestra obligación es salvar cuanto podamos mientras que esta actividad no perjudique a las tareas fundamentales de la comunidad.

—No te comprendo. Tú acabas de decir…

—Que hoy en día no nos hacen falta escritores, sino boyeros. Pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada por salvar cuanto se pueda. ¿Recuerdas cuál fue la principal responsabilidad de los monasterios medievales? Sí, supongo que sí —bromeó José—; al fin y al cabo, tú eres el intelectual.

—¿Quieres decir que?

—Que queremos conservar tus conocimientos, aunque no podemos consentir que nos distraigas a la mitad de los chicos, como bien decía Ramón; ahora bien, es decisión del consejo que escojas a un discípulo (uno solo, ya que no podemos permitirnos más lujos) de forma que este pueda conservar tus conocimientos para cuando tú ya no estés. Asimismo te proporcionaremos la suficiente cantidad de papel como necesites para dejar escritos tus recuerdos; y te aseguro que este papel nos va a costar realmente caro.

»Eso es lo que venía a decirte; y si te queda tiempo, podrías incluso ayudarnos a los demás a hacer lo propio. Al fin y al cabo, tampoco estaría mal que nuestros descendientes contaran con los planos de un motor diesel o una dínamo eléctrica, pongo por caso; ¡qué caramba! no todo va a ser literatura o historia.

Aquellos dos ancianos, postreros supervivientes de unos tiempos mejores desaparecidos ya para siempre, se abrazaron emocionados hermanando unas lágrimas vertidas por un futuro próspero que ellos nunca alcanzarían a conocer. Pero no importaba; si se había perdido mucho sería bastante lo que se salvara y, por encima de todo, se mantendría encendida la llama que recordaría a la humanidad que era capaz de alcanzar las más altas metas aun cuando partiera del más profundo de los pozos. Y el hombre, cual nueva ave fénix, resurgiría de sus cenizas una vez más para recoger la herencia cuidadosamente guardada.

Poco después el Maestro —ya con mayúscula— se quedaba solo mientras su compañero y amigo retornaba para comunicar la buena nueva al consejo; levantándose trabajosamente se encaminó hasta la puerta asomándose gozoso al exterior. En la esquina de la cabaña más próxima, tal como esperaba, atisbó la escuálida figura de Andrés acechando sin atreverse a dar un solo paso adelante o atrás; había visto partir al consejero, pero ignoraba qué era lo que se había hablado en la casa y, probablemente, se temía lo peor.

«Ahí está el futuro». Pensó para sí el Maestro; porque su elección estaba ya hecha y no temía en absoluto equivocarse. Andrés era prácticamente inútil para los trabajos de la comunidad y, por el contrario, aceptaría con entusiasmo la tarea que le estaba designada. No, no se equivocaría.

—¡Andrés, ven! —exclamó.

Y Andrés acudió.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Junio 2019

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