La tregua

Por Javier Quevedo Puchal

Y a medianoche, de repente, ocurrió algo inaudito: el flujo del dolor se solidificó y se detuvo, como si las arenas del mal se hubieran apelmazado. El violador experimentó un sentimiento de fraternidad hasta entonces desconocido para él y dejó escapar a la joven. El asesino, sintiéndose inmensamente conmovido por la mirada de horror de su víctima, notó cómo el brazo se le quedaba congelado en el aire y el mango del cuchillo se le escurría entre los dedos. Al mismo tiempo, bajo un abeto sembrado de regalos, un padre se sorprendió reflejado en una de las bolas de adorno y no le gustó nada lo que vio, así que volvió a subirse los pantalones y permitió que su hijo saliera de debajo. Apenas dos calles más arriba, una madre volvió a enroscar el tapón del aguarrás y decidió servir la sopa sin el aditivo letal con que estaba matando poco a poco a su hija. Mientras, justo al otro extremo de la ciudad, una anciana se detuvo en lo alto de las escaleras en el momento exacto en que iba a empujar a su marido en la silla de ruedas. Y de este modo, siempre en aquel mismo instante, un grupo de siete hombres abrió el círculo que había formado para acorralar a una pareja de gays delante de su casa y, simplemente, se dispersó.

La nieve comenzó a caer y, tal y como ya sucedió en la Navidad de 1914, volvió a ocurrir algo inaudito. Por una noche, la irracionalidad humana dio un respiro al mundo. Todos los demonios disfrazados de personas se batieron en retirada, aunque fuera por una noche. Y es que, desde luego, mañana sería otro día. Un día en el que los demonios volverían a enfundarse sus pieles de persona, recogerían los cuchillos abandonados, desabrocharían sus cremalleras y harían crujir los nudillos de las manos. Mañana, en definitiva, sería el mismo día de siempre. Pero aquella noche, quién podría atreverse a negarlo, el mundo entero respiró paz y amor.

© Copyright de Javier Quevedo Puchal para NGC 3660, Junio 2017

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