Un problema teológico

 

Por José Carlos Canalda

La expansión del hombre por el universo originó todo tipo de situaciones inesperadas que fue necesario resolver sobre la marcha, a veces con unos resultados que habrían resultado insospechados apenas unas décadas atrás.

Como cabe suponer, una de las más importantes fue el descubrimiento de especies inteligentes en algunos de los planetas explorados por los inquietos viajeros terrestres. En general la mayoría de estos contactos fueron pacíficos y, si no beneficiosos, al menos tampoco resultaron dañinos para ninguna de las dos partes, quizá porque los humanos, escarmentados en cabeza propia, procuraron obrar siempre con prudencia, quizá porque la totalidad de las civilizaciones encontradas estaban tecnológica —y por lo tanto también militarmente— más atrasadas que la nuestra, a la par que ninguna de ellas resultó ser especialmente agresiva.

De la totalidad de las culturas alienígenas contactadas una de las que más interés despertó fue la de los sigures. Estos seres, situados en un estadio cultural equivalente al de nuestra prerrevolución industrial, fueron clasificados como humanoides, entendiendo como tal unos bípedos de simetría bilateral con la cabeza en la parte superior del tronco, dos brazos y dos piernas, y una estatura media ligeramente superior a la humana. Asimismo eran homeotermos y vivíparos, aunque aquí se acababa toda posible comparación con los mamíferos… y con cualquier otra rama de la taxonomía terrestre, aunque su ADN, al igual que el del resto de la fauna y la flora de su planeta, resultó ser muy similar al nuestro en una clara demostración de la otrora denostada teoría de la panspermia.

Los sigures resultaron ser interesantes no sólo para los exobiólogos sino también para los xenólogos, fascinados por una sociedad que había sido aparentemente capaz de evolucionar hasta alcanzar unos notables grados de sofisticación sin haber conocido nada parecido a las guerras y los comportamientos violentos que tanto daño habían hecho a lo largo de la historia de la humanidad.

No obstante, había otro rasgo de la cultura sigur que llamó poderosamente la atención a todos los científicos sociales que abordaron su estudio: en ella no existía el menor concepto de religión, y los sigures afirmaban que jamás habían profesado ningún culto a lo sobrenatural al menos desde que existían registros de su historia. Y, aunque hubo quien maliciosamente pretendió vincular este ateísmo global con la ausencia de guerras, en general la mayoría de sus colegas fueron más circunspectos a la hora de establecer conclusiones al respecto.

La carencia de religión entre los sigures era una singularidad que desconcertó por completo a los xenólogos, dado que no sólo no se conocía ninguna cultura humana que no hubiera alentado algún tipo de culto, sino que todas las demás razas alienígenas conocidas sí contaban con algo que era posible definir como tal, por mucho que su naturaleza difiriera mucho de las religiones conocidas.

La perplejidad de los humanos frente al desconocimiento de la religión por parte de los sigures no fue menor que la de éstos cuando les fue explicada su naturaleza. Y si bien en un principio les costó bastante trabajo entender su significado, no sólo acabaron comprendiéndolo sino que además mostraron un vivo interés por ella. Tanto, que pronto fue necesario enviar a Sigur, no sin protestas por parte de los comúnmente descreídos científicos, a varios teólogos tanto cristianos como de otras de las principales religiones, ya que la neófita avidez de los nativos había agotado con creces los no demasiado profundos conocimientos religiosos de éstos.

Los teólogos —por precaución se había evitado invitar a representantes de sectas potencialmente problemáticas— se mostraron por lo general cautos y comedidos, aunque sin poder disimular su satisfacción ante el fértil campo con el que habían topado. Claro está que, cuando algunos de los sigures manifestaron su deseo de ingresar en las religiones que más de su agrado les habían resultado, surgieron varios problemas teológicos de envergadura encabezados por la nada baladí cuestión de si unos extraterrestres podían tener o no alma y, en el caso del cristianismo, si estaban libres o no del Pecado Original.

Las discusiones en el seno de cada religión —los contactos entre ellas fueron menguando en cuanto los antiguos colegas comenzaron a perfilarse como potenciales competidores— fueron como cabe suponer encendidas, ya que las opiniones solían resultar dispares a la par que buscaban barrer para adentro. No obstante al final acabaría imponiéndose el pragmatismo, a la par que el deseo de no verse rebasados por la competencia; al fin y al cabo, como dijo un enviado de la Santa Sede, en el pasado la Iglesia había enmendado su error inicial de negar la existencia del alma a colectivos tales como las mujeres o las culturas primitivas paganas, aplicando el criterio de que todos éramos hijos de Dios. Así pues, ¿por qué no extrapolarlo a seres tan angelicales y tan interesados en gozar de los beneficios de la religión como eran los sigures? Nada importaba que su constitución física fuera distinta de la nuestra, dado que lo único que importaba era su alma inmortal.

Puesto que el resto de las principales religiones llegaron a conclusiones similares, no tardó en abrirse la veda de las conversiones de los sigures, respetándose eso sí su libre elección aunque, justo es decirlo, aquéllas que contaban con una larga tradición proselitista partieron con ventaja respecto a aquellas otras que no habían dado tanta importancia a incrementar su grey. Y aunque no pudiera hablarse en sentido estricto de una competición entre todas ellas por arrebatarles fieles, sí es cierto que la mayoría intentaron hacer todo lo posible por no quedarse atrás.

Fue entonces cuando surgió un problema no esperado que, aunque de índole biológica, acabó teniendo importantes repercusiones teológicas. Los sigures, como todas las especies desarrolladas del universo conocido, eran sexuados; pero a diferencia de la fórmula habitual vigente en la Tierra y en otros planetas, contaban con tres sexos diferenciados. Dos de ellos eran equiparables a los machos y a las hembras terrestres, ya que aportaban respectivamente los espermatozoides y los óvulos que conformaban el embrión del nuevo ser. Pero el útero de las hembras sigures era rudimentario y, al igual que sucede en los marsupiales, éstas eran incapaces de gestar en su interior al embrión hasta el momento de su nacimiento. La solución encontrada por la evolución en Sigur era, no obstante, distinta por completo de la bolsa marsupial: una vez que el embrión había llegado al límite de su maduración, la hembra lo transfería mediante un órgano especializado al útero de un miembro del tercer sexo, en el cual tenía lugar la gestación. Este tercer sexo, a su vez, carecía de unos innecesarios ovarios.

Dicho con otras palabras, la tarea reproductiva de las hembras terrestres quedaba repartida en Sigur entre los dos sexos a los que los xenobiólogos denominaron hembras reproductoras y hembras gestantes o, simplemente, hembras-r y hembras-g. Por lo tanto, el equivalente a los matrimonios, o a las parejas en los animales, estaba constituido por un trío, al menos en lo que se refería a la modalidad reproductiva de las relaciones sexuales sigures.

Huelga decir que, al igual que nosotros, los sigures no limitaban su sexualidad a las tareas reproductoras sino que, por el contrario, muchos de ellos le echaban grandes dosis de imaginación, lo que conducía a un amplio abanico de conductas sexuales, algunas inimaginables hasta para los más desinhibidos humanos, capaces de escandalizar por igual a los puritanos y mojigatos de cualquier pelaje, razón por la que a los catecúmenos de las diferentes confesiones se les exigió, al menos sobre el papel, la renuncia a todo tipo de comportamientos indecorosos.

Pese a resultar obvio que era de todo punto imprescindible la colaboración de los tres sexos para perpetuar la especie, esta variante de la pareja tradicional fue contemplada inicialmente con grandes reticencias por parte de las religiones que de forma tradicional habían considerado al conjunto hombre-mujer como la única opción aceptable, para regocijo de aquellas otras que, por el contrario, toleraban la poligamia; máxime teniendo en cuenta que el rol masculino, al menos desde el punto de vista fisiológico, al seguir siendo único les permitía extrapolar a la sociedad sigur su modelo social machista.

Sin embargo, no fue la cuestión de los tríos reproductores el principal escollo teológico con el que tropezaron los nuevos misioneros. Al fin y al cabo, si se quería obedecer el mandato bíblico de «creced y multiplicaos» no había más remedio que aceptar las peculiaridades fisiológicas que la evolución había implantado en toda la fauna superior del planeta Sigur, y así lo acabaron entendiendo al menos las religiones principales.

El problema principal fue mucho más prosaico, y afectó exclusivamente a aquellas confesiones que imponían la circuncisión a sus miembros masculinos; porque si bien los sigures machos, o inseminadores según la terminología xenobiológica, disponían de un órgano fecundador equivalente al pene, éste carecía de cualquier tipo de revestimiento natural comparable al prepucio, por lo cual resultaba imposible realizarle una circuncisión sin dañarlo de forma irreversible. Y aunque lo más pragmático hubiera sido aceptar esta circunstancia tal como se aceptaron los tríos matrimoniales, en el momento de escribir estas líneas sesudos teólogos de las religiones involucradas continúan discutiendo sin llegar a ningún consenso sobre la posibilidad de eximir de este trámite a los postulantes nativos. Los de las otras, por el contrario, sonríen con disimulo.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Julio 2017

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