Splice: Mejor que el suspense y mejor que el terror

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| Título original: Splice | Dirección: Vicenzo Natili | Canadá | 2009 | 104′ | CF/Terror |
| Guión: Vicenzo Natali, Antoinette Terry Bryant, Doug Taylor | Fotografía: Tetsuo Nagata |

Por Alicia Pérez Gil

Cartel Splice

Cuando no lees más que el título, buscas asquete y confundes Splice con Species, que me acaban de decir que tampoco es de mucho asco, primero te sorprende y luego, sin que sepas muy bien cómo ha sucedido, te atrapa.

La cuestión es que esta película comienza como un thriller científico. Si echáis un vistazo al tráiler oficial, lo que veréis es el principio de la historia. Quizá lo peor sea que no se deshace, en la hora y media que dura, de ese filtro verde tan La mosca, que no le hace ningún favor. Desventajas de serle fiel al género, supongo.

Pues eso, que una pareja de científicos, niños mimados de la farmacéutica para la que trabajan, han diseñado una pareja de una nueva especie. Los llaman Ginger y Fred. El experimento es un éxito y la farmacéutica quiere que sinteticen una proteína para fabricar productos de uso en ganadería. Los científicos por su parte quieren salvar el mundo y experimentar con ADN humano para curar el Parkinson, el Alzheimer y algún tipo de cáncer, ya que estamos. Como los que mandan son los criterios económicos, gana la empresa. Como los científicos han nacido para romper límites, se ponen a hacer lo suyo por su cuenta y ahí es donde se monta la de Dios es Cristo.

Que si gestamos al bicho nuevo pero no lo llevamos a término, que si el proceso se acelera, que si una cosa, que si la otra. Al final nace un bichito la mar de repelente con pinta de pollo-ardilla, sin pelo y con el cráneo partido en dos. Como lo han creado con material genético de todo tipo, ni se sabe muy bien qué es, ni cómo va a evolucionar. Y de aquí nace la trama de suspense y terror que no deja de ser muy deudora del Octavo pasajero, Parque Jurásico, la propia mosca ya mencionada y, en fin, todas las películas de terror científico que mezclan ADN y egos desmedidos. Seguro que todos conocéis muchas más que yo.

¿Dónde supera Splice a las demás? Y conste que me gusta Cronenberg y que valoro los méritos de Spielberg y los de Scott (Evans, Wilson, Bowers y Oates). Pues existe una subtrama apuntada que le da a la película una tensión dramática de la que carecen las otras. Y no hablo ya de los aspectos morales relativos a la clonación humana y bla, bla, bla. Yo soy muchísimos más básica. A mí lo que me interesan son las relaciones humanas, en especial las relaciones familiares y, mucho más concretamente las relaciones madre-hija.

Splice deja ver que la científica tuvo una infancia y una adolescencia muy difíciles, presididas ambas por la presencia de una madre poco menos que maltratadora, de la que no guarda ningún recuerdo feliz. Apenas una foto arrugada en tonos sepia. De hecho, esta mujer sólo se refiere a su madre en una ocasión en los 90 minutos y lo hace como ella.  A su vez, es esta mujer la primera que establece una relación maternofilial con el bichopollo. Incluso la bautiza. Lo que me permite dejar de llamarla bichopollo para referirme a ella con su nombre: Dren.

Es una pena que la película pase por esta relación de un modo tan superficial. Al final, los episodios mediante los que se establece la relación de Dren con el «padre» y con la «madre» son sólo un vehículo para llegar al final trágico de la historia. Y podéis creerme, esto no es un spoiler. Desde el principio se sabe que la cosa no puede acabar bien.

De todas maneras, el director se las apaña para que la pobre espectadora; o sea, yo, no sepa muy bien de qué va la cosa. Y lo bueno es que, con la premisa de que el ciclo evolutivo de la criatura es muy rápido (envejece días en cuestión de minutos), todo se hace extrañamente verosímil. Los cambios de percepción de Dren, la transformación que sufren los demás personajes en función de sus cambios de conducta, el deterioro de la relación de los científicos… Todo.

No, no quiero decir que sea una obra maestra. No lo es. Está todo demasiado traído por los pelos. Sin embargo, tiene algo muy muy bueno. Además de mantener la tensión, además de manipular(me) sin compasión y sin que yo me enfadara por la manipulación; hay un momento en que los «padres», el padre en realidad, convencen a Dren de que no les abandone. Ella se quiere ir. Es un animal y es humana. Lleva toda la vida —apenas unos días que para ella son años— encerrada y quiere salir. Una noche le crecen alas (justificadísimas: viene sufriendo mutaciones desde el minuto quince), puede volar en la oscuridad, puede liberarse. Pero él le dice que la quieren. Es la primera vez que le dice que la quieren. Entonces ella, la criatura que sospechamos que tarde o temprano morirá matando, se da la vuelta en lo alto del tejado y, conmovida, le abraza. La cámara nos muestra el rostro de la madre, un gesto de desconfianza y animadversión.

Yo no he podido evitar unas lágrimas anticipatorias. Con razón. A partir de ese momento todo se desmorona: la madre, en parte por celos y en parte por culpa de su propia infancia, entra en un bucle de crueldad injustificada. El padre se convierte en el poli bueno. Llega la madurez sexual, se traspasan todas las líneas, se cruzan todas las fronteras y en lo único en lo que yo podía pensar era que esos dos seres humanos habían creado un ser vivo, sensible; que le habían privado de la vida que le habían concedido, de la libertad, de todo lo que cualquier ser vivo necesita excepto de aire para respirar; y que terminarían privándole de la propia vida porque se había quedado con ellos por amor.

A mí me ha dejado un poco revuelta, la película. Y por eso la recomiendo. Quizá sea más sencillo ver cómo funcionan los mecanismos familiares cuando no se trata de una familia real. Por supuesto, todo es mucho más amable de lo que un europeo habría filmado. Hay cotas de dureza que los americanos no se pueden permitir. Aun así, merece una mirada.

Ya me contaréis.

© Copyright de Alicia García Gil para NGC 3660, Abril 2017

| Intérpretes: Adrien Brody,  Sarah Polley,  Brandon McGibbon,  David Hewlett |
|  Abigail Chu, Delphine Chanéac,  Amanda Brugel,  Stephanie Baird |