La segunda luna


Por José Carlos Canalda

La noche era oscura, apenas iluminada por los retazos de luz que, procedentes de las dos lunas, conseguían atravesar a duras penas los breves resquicios del denso mar de nubes. Y él corría, corría con la desesperación de quien le va la vida en ello, sabedor de que sus feroces perseguidores venían pisándole los talones.

Repentinamente se abrió un claro en el cielo y ambas luminarias nocturnas concentraron el brillo de sus respectivas fases llenas para desvelar el terreno que se extendía ante sus pies… con tiempo insuficiente para permitirle esquivar el precipicio sobre el que se abalanzó sin poderlo evitar.

Y cayó, cayó eternamente por el pozo sin fin mientras sus perseguidores reían inmisericordemente allá arriba.

***

Se despertó sudoroso y sobresaltado. La pesadilla había sido tan vívida, que todavía sufría escalofríos tan solo con recordarla. Pero con todo, lo que mayor impacto le había causado eran las dos lunas del cielo. Una de ellas, la mayor, era evidentemente la familiar Luna, de ello no le cabía la menor duda. Pero, ¿y la otra?

Sacudiendo la cabeza para despejarse, intentó olvidarlo. Los sueños eran absurdos por definición, así que poco importaba que sus fantasías oníricas recrearan una persecución angustiosa o que se inventaran astros imaginarios que jamás habían existido.

Enfrascado en sus quehaceres matutinos —el abrupto final de su sueño había venido a coincidir casi con la hora a la que sonaba el despertador— logró desentenderse momentáneamente de la pesadilla, pero cuando tiempo después viajaba en el atestado vagón ensimismado en sus pensamientos, los recuerdos afloraron con fuerza. En especial, el de la segunda luna.

Porque, ahora era consciente de ello, no había sido la primera vez que soñaba con el enigmático satélite. Al contrario, últimamente solía ser un elemento recurrente en sus sueños, con independencia de la naturaleza de los mismos; en realidad, la dichosa luna era lo único que tenían en común todos ellos.

La rutina diaria pronto le absorbió obligándole a olvidarse de nuevo del tema, pero al llegar la noche el recuerdo volvió a rebrotar todavía con mayor fuerza. Y por si fuera poco, volvió a soñar con el escurridizo astro; aunque en esta ocasión, por fortuna, se trató de un sueño plácido y tranquilo.

Pasado un tiempo no podía decirse que estuviera preocupado, pero sí intrigado. Y bastante, además. Porque, hasta donde él conocía, no era normal que ese elemento común de sus sueños se viniera repitiendo de forma tan machacona hasta convertirse en algo habitual.

Claro está que él nunca había creído en esas paparruchas de la interpretación de los sueños, ni por supuesto se fiaba lo más mínimo de los embaucadores que pretendían convencerle de que estaban en posesión de la clave de los mismos; pero por otro lado, deseaba saber.

La solución vino de manos de un amigo, que a su vez conocía a alguien que, según sus propias palabras, era un estudioso del tema. Estudioso, recalcó con insistencia, y no un vulgar oportunista dispuesto a aprovecharse de la ingenuidad de la gente. De hecho, no pasaba consulta ni nada parecido; sus únicas fuentes de información eran los libros y los documentos, no las personas, y tampoco pretendía sacar beneficio alguno de sus conocimientos salvo la mera satisfacción personal.

De hecho, tardó bastante en aceptar su visita, y tan solo accedió a hacerlo tras tener la certeza de que no se trataba de ningún iluminado deseoso de que se le adivinara el futuro.

La entrevista fue inicialmente tensa. Pese a todas las garantías recibidas él desconfiaba de su interlocutor, y éste era consciente de ello. Así pues, ambos se enfrentaron con la guardia levantada.

Fue la amabilidad del experto, más que la del visitante, la que logró abrir un resquicio en el férreo muro de prejuicios mutuos que se alzaba entre ambos. Y poco a poco, según conseguía irse relajando, comenzó a confiarle sus dudas y sus temores.

Para sorpresa suya, su relato de la segunda luna no fue recibido ni con escepticismo ni con burla, sino con un evidente interés. Ahora que había demostrado que él no era ningún farsante, ni ningún lunático, la comunicación comenzó a fluir generosa en ambos sentidos… lo cual le resultó un verdadero bálsamo.

—Los sueños recurrentes no tienen nada de excepcional —le explicaba su anfitrión—. Ahí están los estudios clásicos de Freud para demostrarlo… aunque, si me permite la herejía, le confesaré que yo disto mucho de comulgar con las teorías del insigne profesor, al menos en lo que a la interpretación de los sueños se refiere; pienso que no es necesario en modo alguno atribuir unas interpretaciones tan rebuscadas a las cosas. Estoy convencido de que, en general, detrás de un sueño recurrente no tiene por qué haber nada traumático ni excepcional.

—En eso estoy de acuerdo con usted —respondió el visitante—. Pero me intriga tamaña persistencia. En realidad no se trata de un sueño recurrente, ya que estos varían de noche en noche, sino de un elemento común en todos ellos. Esto es lo más extraño de todo.

—Tampoco es nada extraño. ¿Ha oído usted hablar del inconsciente colectivo de Jung?

—Muy por encima… ¿a qué se refiere?

—Bueno, sería un conjunto de arquetipos comunes para todos los humanos, una especie de memoria colectiva heredada que nos provocaría una serie de reacciones atávicas frente a estímulos de los que carecemos de experiencia previa… la aversión a las serpientes, o a las ratas, por poner tan sólo un ejemplo.

—¿Y qué tiene que ver eso con mis sueños?

—Puede que más de lo que usted crea. Muchos de estos atavismos aflorarían entremezclados en los sueños, justo cuando el yo consciente ha bajado lo suficiente la guardia.

—Pero yo no veo —objetó— qué atavismo puede haber en el dichoso sueño de las dos lunas, cuando eso es algo que jamás ha existido y que, por lo tanto, difícilmente ha podido influir en las mentes de nuestros antepasados.

—Se equivoca usted al prensar que el inconsciente colectivo se nutre tan sólo de recuerdos remotos de unos eventos reales, como por ejemplo el miedo del hombre primitivo a los lobos, o a la oscuridad… también puede surgir a partir de premisas inexistentes, al fin y al cabo este y no otro es el origen de todas las religiones primitivas… y de muchas de las no primitivas, supongo que sabrá que bastantes de los elementos rituales del cristianismo, por poner un ejemplo próximo, proceden en realidad de cultos precristianos asimilados por este. Si se fija con cuidado, verá que en el fondo todas ellas comparten sus esquemas básicos pese a haber tenido su origen en pueblos sin la menor relación común.

—Entonces, usted está sugiriendo que…

—En efecto, mi querido amigo. Su sueño de las dos lunas no es, a mi modo de ver, sino el reflejo de un atavismo olvidado que, por la razón que sea, ha aflorado en su subconsciente, aunque seguramente estará presente en las profundidades de las mentes de todos nosotros.

—Un momento… —pese a su afán por creer, el visitante dudaba— siempre me ha interesado mucho la mitología, y le aseguro que no recuerdo ninguna leyenda que hable de dos lunas.

—Es que no la hay, al menos en lo que respecta a las mitologías clásicas, Pero existen algunas culturas, digamos… primitivas, en las que la tradición oral de un mundo con dos lunas está muy arraigada. No obstante, —continuó— esto es algo que aflora un poco por aquí y por allá a poco que lo busquemos; en diferentes lugares y en diferentes tiempos, sin alcanzar nunca una especial relevancia pero presentando siempre unas características comunes pese a que las diferentes fuentes se desconocían mutuamente sin que pueda hablarse por ello de una influencia mutua.

—A mí no me suena de nada en nuestro entorno cultural…

—Pues existe, aunque no resulte especialmente fácil de encontrar. De hecho, habrá que ir a buscarlo a ámbitos tan poco académicos como la cábala o la astrología. ¡Por favor, no me interprete mal! —se interrumpió al contemplar el gesto de desagrado de su interlocutor— Le aseguro que yo no doy el menor crédito a semejantes sandeces. Pero se trata de tradiciones milenarias, eso es innegable, y sabiendo dónde buscar siempre podremos hallar vestigios de interés entre tan ingente cantidad de ganga y porquería. ¿Ha oído hablar alguna vez de Lilith, la Luna Negra?

—No…

—Se trata de una tradición esotérica que gozó de amplio predicamento entre los astrólogos de finales del siglo XIX y principios del XX, aunque sus raíces se hunden muy atrás en el tiempo y tienen su origen en el Talmud hebreo. Lilith fue la primera esposa de Adán, anterior a Eva, y viene a ser la encarnación de la lujuria incontrolada y la perversidad femenina. Por esta razón se bautizó con su nombre a una hipotética segunda luna de la Tierra, invisible desde nuestro planeta y conocida por esta razón como la Luna Negra, un astro que ejercería una influencia maléfica sobre la humanidad.

—¿No le parece a usted algo cogido por los pelos? En mis sueños esa segunda luna es completamente normal y brilla como la otra, solo que es más pequeña…

—Le aseguro que nunca he pretendido establecer una equiparación entre la leyenda de la Luna Negra y sus sueños; tan solo he intentado demostrarle que el atavismo de la segunda luna existe más allá de sus recreaciones oníricas. Que se manifieste de una u otra manera, es algo secundario.

—Bien —suspiró el visitante—. Supongo que tendré que aceptarlo tal como usted lo presenta. Y ahora, ¿qué?

—Desde el punto de vista práctico, yo no me preocuparía demasiado; salvo su natural desconcierto no parece crearle el menor problema, y cabe suponer que acabe marchándose tal como llegó.

—Sí, supongo que tendrá usted razón, pero la sensación es tan vívida… en fin, creo que ya le he molestado bastante —e hizo ademán de levantarse.

—¡Espere un momento! —le interrumpió el investigador incorporándose a su vez— Antes de que se marche, me gustaría que viera una cosa curiosa.

Y abandonando el despacho pasó a la biblioteca contigua, donde se puso a rebuscar entre el caótico amontonamiento de libros allí existente.

—¡Aquí está! —exclamó triunfante blandiendo un libro que mostró al sorprendido cliente.

Éste era un tomo en cuarto con una ajada encuadernación en piel y aspecto antiguo. Según pudo apreciar por el título grabado en el lomo, estaba escrito en alemán.

—Lo siento, no lo entiendo…

—No se preocupe, yo se lo explicaré. Es un tratado muy curioso de finales del siglo XIX; ya sabe usted, fue la época de auge de la teosofía y de todos esos movimientos esotéricos que causaron furor entonces. Este libro, en concreto, estudia minuciosamente toda una serie de fenómenos que hoy llamaríamos paranormales, incluyendo algo tan curioso como los astros imaginarios e hipotéticos; ya sabe, Faetón, Vulcano, Lilith…

Y le mostró el libro abierto por un capítulo dedicado al parecer, según pudo deducir por las ilustraciones, a la enigmática Luna Negra.

—En contra de lo que se pudiera pensar, este libro no tiene nada que ver con la astrología ni con ningún otro tipo de presuntas artes adivinatorias; aunque no lo crea, pretende ser un estudio serio. Es una lástima que no entienda el alemán, porque es realmente interesante.

—Curioso… —musitó.

—Le puedo asegurar que el autor trabajó a fondo. En este capítulo están recogidas todas esas tradiciones y leyendas sobre la segunda luna de las que le hablé, por supuesto perfectamente sistematizadas. Por cierto, ¿cómo recuerda usted a esa luna? A la segunda, quiero decir.

—Pues… no sabría decirlo. Era más pequeña que la otra, por supuesto, pero su aspecto era parecido al de esta.

—¿Quizá como de la mitad de tamaño?

—Sí, yo diría que sí… ¿por qué me lo pregunta?

—El autor del libro no se limitó a recopilar los datos, sino que también se molestó en realizar cálculos rigurosos a partir de estos. Así, pudo asignarle unos parámetros físicos concretos: en el cielo aparecería, mostrando siempre la misma cara, con un tamaño aparente de aproximadamente la mitad del lunar, y completaría una traslación en torno a la Tierra en unos seis días y medio. Unos simples cálculos matemáticos permiten estimar su distancia en alrededor de 150.000 kilómetros, algo menos de la mitad de la que nos separa de la Luna, y un diámetro que rondaría los mil kilómetros.

Su sorpresa era real. Él, que había venido a regañadientes convencido de que lo suyo era algo sin la menor importancia, se encontraba con que había sido muchos los que, antes de él, habían compartido de alguna manera su peculiar experiencia.

—Pero… —objetó— tamaño cúmulo de coincidencias no puede ser atribuido a la casualidad, máxime considerando la existencia de unos detalles tan precisos. Tiene que haber forzosamente algún nexo común.

—Tiene usted toda la razón. —reconoció su interlocutor— Con independencia de lo deleznable que pueda resultar el vehículo mediante el cual haya llegado hasta nosotros, la razón indica que algo real ha de existir en el tema de la segunda luna; no puede ser de otra manera.

—Y… —titubeó— ¿ha encontrado usted ese nexo?

—Quizás. O al menos, eso creo.

Pasó entonces a explicarle una compleja teoría sobre la existencia de infinitos universos paralelos y de cómo estos, pese a ser en un principio mutuamente estancos entre sí, podrían experimentar, de forma esporádica, algunos pequeños cortocircuitos capaces de provocar intercambios mutuos entre universos contiguos. El estudioso opinaba que estos traslados súbitos de un universo a otro similar, pero no idéntico, podrían estar detrás de muchos fenómenos misteriosos de la historia de la humanidad, y en concreto del mito redundante de la segunda luna… que existiría realmente girando en torno a alguna otra Tierra.

Lo que no acababa de encajar en su esquema, confesó, eran los sueños del visitante, ya que aquí no se trataba de antiquísimas leyendas transmitidas por tradición oral, sino de algo que se repetía con machacona intensidad noche tras noche en el interior de su mente afectándole solo a él.

Ahí, confesaba el experto, no podía hacer nada más de lo que ya había hecho, explicarle su teoría sobre el posible origen del mito. Por supuesto tampoco era capaz de ofrecerle ninguna solución —él era un científico, no un charlatán de feria—, salvo insistir en su recomendación de que no le diera mayor importancia. Lamentándolo mucho, no podía hacer más por él.

Decepcionado y tan sólo parcialmente satisfecho, volvió a su rutina; una rutina en la cual los sueños sobre la segunda luna habían adquirido carta de naturaleza propia. Estos ya no le alarmaban ni le preocupaban, aunque sí continuaban intrigándole. Pero procuró seguir el consejo.

***

Hasta que un día… o, mejor dicho, una noche. Había tenido unos sueños agitados y, tras despertar, se había desvelado sin poder conciliar el sueño de nuevo. Se incorporó del lecho y, encaminándose a la ventana, la abrió de par en par respirando con placer el fragante aroma nocturno. Era verano, y el firmamento lucía en todo su esplendor. Allá abajo, iluminadas por la suave luz conjunta de la Luna y Lilith, se perfilaban las siluetas de las mil torres de Asgar, la ciudad dorada de la que él era soberano supremo.

De repente un tropel de sensaciones extrañas le invadieron la mente. ¿De dónde había surgido esa estupidez de que él era un vulgar villano que tenía que ganarse la vida con su propio trabajo? Sin duda había sido un simple sueño, pero ¿por qué lo recordaba ahora con la intensidad propia con que se recuerdan los hechos reales?

Agitando la cabeza volvió a abarcar con la mirada sus dominios, para alzar la vista a la dulce Lilith, su luna favorita que, risueña, parecía sonreírle desde allá arriba. Los recuerdos volvieron de nuevo, tan absurdos como los anteriores. ¿A qué venía ese absurdo creer de que Lilith sobraba, que tan solo la Luna, su hermana mayor, tenía existencia real? Lilith había estado ahí desde siempre, eso lo sabía hasta el más obtuso, y seguiría estando a decir de los sabios hasta mucho después de que sus huesos se hubieran convertido en intangible polvo.

Lo consultaría con su astrólogo, ya que no le parecía normal que esos sueños extraños se repitieran noche tras noche dejando tras de sí esa desagradable sensación de veracidad. Pero ahora necesitaba dormir; que el día se presentaría agitado, con la recepción de embajadores y el posterior consejo con sus ministros forzado por la delicada situación diplomática a la que se enfrentaban con el vecino reino de Thyrm.

Era importante, pues, que por la mañana se encontrara descansado, así que decidió ordenar a su ayuda de cámara que le prepararan una tisana que le ayudara a dormir.

Un mundo en el que no existía Lilith… valiente extravagancia, se dijo, mientras tiraba con firmeza del cordón de la campanilla.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Abril 2018

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