Resurrección fallida


Por José Carlos Canalda

Siendo fieles a la verdad, es forzoso convenir que a Auspicio Fuentelhaba no le había sonreído la vida. Para empezar estaba su pintoresco nombre, del que era único responsable su padre; del apellido por su herencia, y del nombre por su empeño en bautizarle con el nombre del santo del día de su nacimiento. Y si bien no era el homónimo obispo de Tréveris el único santo que la Iglesia veneraba el 8 de julio, dadas las otras posibles alternativas de Abdas, Abundio, Agresto, Alicio, Ampelio, Apolonio, Aquila o Colomano —su padre desdeñaba los nombres vulgares como Adrián o Alberto—, casi podía darse por contento por la elección paterna.

Pero no era éste el mayor de sus problemas. Auspicio era… digámoslo con delicadeza, poco agraciado. O, con mayor sinceridad, rematadamente feo. Tanto, que en lugar de tener que ir describiendo uno por uno sus atributos físicos, bastará con decir que encajaba a la perfección con el Quasimodo descrito por Víctor Hugo en su celebérrima novela Nuestra Señora de París, y aun sería probable que venciera en fealdad al desdichado campanero.

Y como tampoco era rico, sino más bien lo contrario, ni siquiera le quedaba el consuelo de intentar compensar con dinero lo que la naturaleza y su padre le habían negado.

Esto no quiere decir que no intentara sacarle cuanto provecho pudo a la vida, lo cual, en sus circunstancias, no dejaba de ser un loable mérito. Para su suerte —o su desgracia— su inteligencia era aguda, lo que le permitió buscarse un hueco en la sociedad, si no cómodo, cuanto menos aceptable.

Asimismo era un ferviente creyente, lo cual resultaba una innegable ayuda dado que la fe en la vida futura le permitía esperar que ésta fuera, en compensación, más satisfactoria que la terrena; al fin y al cabo eran las propias Escrituras las que consideraban bienaventurados a los que lloraban, porque ellos recibirían consuelo.

Así pues, suspiró mansamente en este valle de lágrimas hasta que llegó su hora, en circunstancias que no es necesario reflejar aquí. Lo que sí resulta importante es resaltar que exhaló su último suspiro convencido de encontrarse en el Más Allá con esas oportunidades de las que no había podido disfrutar en el más acá.

Y despertó, sintiéndose mejor que se hubiera sentido nunca… cosa que era de esperar puesto que, según había leído, la resurrección de los muertos abarcaría no sólo a las almas sino también a los cuerpos, idénticos en todo a sus desaparecidas envolturas carnales aunque modelados en un material incorruptible destinado a perdurar por toda la eternidad.

Mirando curioso a su alrededor, pudo comprobar que se encontraba en un lugar indefinible, aunque plácido y luminoso, y que se encontraba solo. Se incorporó sin esfuerzo y sin acordarse del contumaz reuma que tanto le agobiara en sus últimos años… y de repente tuvo la sensación de que algo andaba mal.

Sí, ciertamente habían desaparecido por completo todos aquellos achaques con los que se había acostumbrado mal que bien a convivir, y se sentía mejor que nunca… pero para su sorpresa, estas innegables mejoras no se habían extendido a su aspecto físico. Porque, aunque ni allí había un espejo ni nada que pudiera servir como tal, le bastó con echar una mirada a su tronchado cuerpo y a palparse allá donde la vista no alcanzaba, para descubrir que seguía estando tan deforme como antes. De hecho, ni siquiera habían tenido el detalle de reponerle los dientes que le faltaban, por no hablar ya de la joroba ni de las piernas torcidas.

Sintiendo en su interior una mezcla indefinible de sorpresa e indignación, miró hacia un lado y otro en busca de alguien en quien verter su ira… descubriendo la figura de un ángel que, juraría, un instante antes no estaba allí. Bien, supuso que sería un ángel, ya que aunque éste carecía de alas, de túnica blanca y de cabellera dorada, era sin lugar a dudas un ser de naturaleza sobrenatural cuyos extraños, pero tranquilizadores rasgos, aparecían envueltos en un aura de triunfante luminosidad.

—¿Eres un arcángel? —le espetó a modo de saludo.

—¡Oh, no! —respondió el interpelado con un melodioso tono de voz—. Tal sólo soy un ángel de tercera clase; pero bueno, soy joven y tengo toda una carrera por delante. Me llamo Chapardiel, mi número de licencia es 17.405 × 1047 e42, y estoy aquí para darte la bienvenida al Paraíso e informarte sobre los principales detalles de tu nueva residencia. Si me lo permites…

Y empezó a recitar en tono monótono una serie de datos, en su mayor parte completamente incomprensibles, que recordaban al ritual de las azafatas en el interior de los aviones antes de que éstos despeguen.

Pero Auspicio le interrumpió con un gesto de impaciencia que provocó a su vez un nada angelical fruncimiento de ceño en el rubicundo rostro de su interlocutor.

—¡Escucha! —gimió—. Estoy muy contento de estar aquí, te lo aseguro; pero…

—¿Pero qué? —fue la adusta respuesta del etéreo visitante; la amabilidad del serafín, o querubín, el bueno de Auspicio no estaba demasiado ducho en estos detalles, había desaparecido como por ensalmo.

—Yo… os agradezco mucho, por supuesto, que además de resucitarme me hayáis proporcionado un nuevo cuerpo libre de todos los achaques y enfermedades que el viejo tenía; pero ya puestos, no os hubiera costado demasiado esfuerzo haber seguido un poquito más lejos… —concluyó con un hilo de voz.

—¿A qué te refieres? —preguntó de nuevo Chapardiel, en tono un tanto suspicaz—. ¿Qué tiene de malo éste? Están elaborados con materiales de la mejor calidad, y antes de entregarlos se comprueba que no tengan ningún defecto.

—No, si de eso no tengo la menor queja, pero… —al resurrecto le estaba costando un ímprobo esfuerzo encontrar las palabras más adecuadas—. Ya que me arreglabais el reuma, el enfisema, la próstata y ese dolorcillo del costado que no se me quitaba nunca, quizá también podríais haber aprovechado para mejorar un poquito mi aspecto físico, cuanto menos la joroba…

—¡Ah, es eso! —exclamó despreocupadamente el ángel mirándole de arriba a abajo—. Sí, supongo que se te aplicaría el protocolo 37.4-55A, que es el que se suele usar por defecto… déjame un momento que lo mire.

Ante el rostro de Chapardiel surgió de la nada una intrincada filigrana luminosa, evidentemente algún tipo de registro de inextricable significado. Tras unos segundos de atenta lectura, el ángel hizo un leve gesto con la mano y el ideograma, o lo que fuese, desapareció de forma tan súbita como había aparecido.

—En efecto —le explicó—. Se te ha aplicado el protocolo 37.4-55A, que no contempla modificaciones estéticas, en lugar del 37.4-55B como hubiera sido más adecuado en tu caso… como la mayor parte de la gente suele preferir mantener el aspecto que tuvo en vida, salvo un discreto rejuvenecimiento, solemos aplicar el otro sólo en los casos en los que una mejora externa está justificada.

Y contemplándole con esa candorosa mirada que sólo son capaces de exhibir los seres angelicales, añadió:

—Es evidente que se ha tratado de un error, por el cual te ruego que aceptes mis disculpas; pero con todo este follón de la Parusía estamos completamente desbordados de trabajo, y entre tantos miles de millones de resurrectos que nos vemos obligados a atender resulta inevitable que hasta a nosotros se nos acabe colando algún que otro fallo.

—Está bien, lo comprendo —respondió Auspicio en tono conciliador—; esto es algo que le puede pasar a cualquiera. Pero supongo que habrá alguna manera de arreglarlo, pienso que no debería ser demasiado complicado…

—En condiciones normales no, por supuesto —suspiró, o su equivalente angélico, el ser sobrenatural—. Bastaría con ir al Servicio de Atención a las Almas, rellenar un impreso y esperar a ser llamado para reemplazar el cuerpo equivocado por el correcto… no hubiera llevado más de unas cuantas décadas, apenas nada teniendo en cuenta que tienes por delante toda una eternidad.

—Pero eso podré hacerlo también ahora… —insinuó Auspicio con la mosca detrás de la oreja.

—Como te he dicho estamos en plena Parusía, lo que supone una sobrecarga brutal de trabajo incluso para unos seres tan versátiles como nosotros; de hecho, además de a ti ahora mismo estoy atendiendo a otros trescientos cuarenta y dos mil ochocientos diecisiete nuevos resurrectos. Y no será porque los sindicatos no se hayan desgañitado pidiendo un aumento de plantilla; pero chico, ni por esas. Créeme que, por mucho que nos esforcemos, no podemos hacer más.

—Supongo que ese servicio de atención seguirá estando abierto.

—Estar, lo que se dice estar, sí que sigue estando abierto… pero como hemos tenido que recurrir a todos los funcionarios de ésta y de otras secciones con competencias menos prioritarias para que nos echen una mano, tan sólo ha quedado a su cargo un subángel conserje encargado de recoger las instancias; pero hasta que no se normalice todo, no podrá empezarse a tramitarlas. Lo siento, pero me temo que tendrás que armarte de paciencia.

—En fin, qué se le va a hacer… —se resignó el bueno de Fuentelhaba—. Llevo tanto tiempo con estos adornos —señaló a su chepa—, que no creo que me vaya a resultar demasiado insoportable.

—Me alegra que lo veas así —sonrió el ángel—. Además, no creo que se tarde mucho en solucionar el atasco, apenas uno o dos eones, y estoy seguro de que se atenderá tu solicitud ya que si una cosa gusta aquí, es la belleza. Y ahora —añadió sin dejar hablar—, te pido que me disculpes, pero mientras he estado hablando contigo el número de almas en espera de ser atendidas se ha incrementado en treinta y cinco mil setecientas cuarenta y siete, y como se entere el supervisor me va a caer una buena bronca. Amor y paz, querido Auspicio.

Y desapareció, dejándole con la boca abierta.

—¡Será ca…! —exclamó, interrumpiendo el exabrupto en consideración al lugar en el que se hallaba—. ¡Si se ha ido el muy… sin llegar a decirme qué demonios tengo que hacer ahora!

Y tras mirar en todas direcciones sin encontrar nada que le pudiera servir de referencia, se respondió a sí mismo encogiéndose de hombros:

—Bueno, será cuestión de empezar a andar; tarde o temprano encontraré a alguien a quien poder preguntar. Total, si algo me sobra es tiempo.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Octubre 2017

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