La residencia

 

Por Sergio Borao Llop

Desde fuera, el edificio no se diferencia de cualquier otro del entorno. Es de ladrillo rojo mate, con breves tramos grises entre ventana y ventana. A simple vista, es el más alto de la plaza. Nunca me había parado a contar los pisos, pero deben ser unos veinte.

Justo en la última planta (así lo creo) es donde se halla la residencia en la que está internada mi tía Elena (o Helena, como yo la llamo por razones puramente estéticas).

Aunque esta afirmación es más bien atrevida. En realidad, no puedo precisar de forma tajante en qué planta se halla la institución. Ni me hubiera planteado esta duda, a no ser por la escena que mis propios ojos han contemplado esta misma tarde, durante mi visita. Pero ese suceso (o visión, difícil estar seguro) ha conseguido despertar mi desconfianza y por eso estoy ahora de pie, aquí plantado, en el centro de la plaza, mirando con insistencia hacia la última planta del edificio en cuestión y tratando —infructuosamente— de establecer el número de pisos.

Mi tía Elena fue internada hace dos años en la residencia. Sin hijos, y con la salud demasiado delicada para que pudiera seguir viviendo sola, decidimos (sus escasos familiares) que esta sería la mejor solución. Desde entonces, he venido visitándola regularmente una o dos veces al mes. Según he sabido por los celadores, soy el único pariente que se acerca por aquí de vez en cuando. Es terrible la soledad de la vejez. Y deploro no poder hacer otra cosa que venir de visita tan espaciadamente, pero mis obligaciones me impiden disponer de más tiempo para estos encuentros, a pesar del cariño que siempre he sentido por mi tía.

Cada vez repito la misma rutina: Dejo el auto en el parking, cruzo la plaza y entro en el edificio. Luego subo en el ascensor hasta la planta diecinueve y… ahí hay como un vacío en mi memoria (hecho que me sucede con frecuencia; de ahí que nunca me haya preocupado por este detalle, que juzgaba insignificante). Lo siguiente es estar caminando por un corredor escasamente iluminado, en dirección al cuarto de mi tía, acompañado por uno de los celadores.

Cuando me ve, su rostro se ilumina. Luego me cuenta con detalle las novedades de su vida, reducida a las cuatro paredes de su habitación, a la blancura horizontal de las sábanas y al escaso fragmento de mundo visible desde su ventana.

Después, cuando hemos terminado de revisar los acontecimientos de nuestras respectivas realidades, empieza a hablar de las otras cosas.

 

Al marcharme —siempre con una indefinible nostalgia— se repite, inversamente, la escena relatada un poco más arriba: El celador acompañándome, el pasillo en penumbra y de repente estoy en el ascensor, bajando. Luego salgo a la calle, respiro, constatando por contraste la sensación de opresión sufrida momentos antes. Pero, como dije, soy proclive a tales episodios de ausencia. Que estos coincidan regularmente con mi llegada y mi partida es algo que debería haberme preocupado antes, sin duda, mas no fue así. Solo hoy he caído en la cuenta. Y ese descubrimiento, por así llamarlo, me ha hecho pensar en la necesidad de hacer algo. Todavía no sé qué.

 

Las otras cosas son inverosímiles. Cuando me habla de ellas, yo la miro con cariño y cierta condescendencia. A su edad, la imaginación juega malas pasadas. No podría explicar de otra forma las escenas que describe, a veces con tanto detalle que resulta difícil no creerla. Con la voz entrecortada, me habla del miedo, de la angustia, del insomnio, y yo solo acierto a sentirme levemente incómodo y, en algún momento, apartar la mirada de sus ojos acuosos, que hieren. Me cuenta de las paredes borboteantes, las lanzas, el insufrible calor, los encapuchados, la fetidez, y yo solo la miro sin creerla y siento que esa incredulidad es como una traición que me desgarra por dentro.

Luego vienen las dos o tres semanas de normalidad, en que me ocupo de mis asuntos y llego a olvidar el rostro suplicante de mi tía, rogándome sin palabras que me la lleve a cualquier parte, lejos de ese sitio que tanto la aterroriza.

Pero hoy, durante un segundo, yo también he visto esos perros incandescentes al pie de su cama, en actitud amenazadora. Al parpadear ya no estaban, pero una profunda consternación se ha adueñado de mí. Sin embargo, dejé que la parte más racional de mi personalidad me indicase cómo actuar; es decir: no hice nada. Luego la escuché durante un rato y terminé por marcharme, levemente avergonzado.

Ya en la calle, me senté en un banco de la plaza, tratando de ordenar mis ideas. Luego me encogí de hombros y me fui a casa. Mas no me fue posible dormir. La escena de esa tarde cobraba cada vez más solidez conforme se iba alejando en el tiempo. Una intranquilidad creciente me iba ganando. Sentí que no podía dejar allí a la tía Helena ni un minuto más. Sin saber muy bien qué hacer todavía, me vestí a toda prisa, bajé por la escalera, me metí en el auto, conduje casi automáticamente hasta la plaza, aparqué y salí del coche, aspirando con fuerza el aire fresco de la noche.

Ahora, ya lo dije, estoy aquí, en el centro de la plaza, mirando hacia arriba y tratando de tomar una decisión. No me arredra el peligro, si es que en verdad lo hay; solo temo equivocarme. Pero no hay vuelta atrás: Respiro profundamente y me dirijo con decisión hacia el edificio donde está la residencia.

 

Nadie en la entrada. Nadie en el hall. Nadie en el ascensor. Solo el ruido apagado del artefacto ascendente. Como las otras veces, llego al piso diecinueve y de pronto me encuentro en el interior de la institución. Sin embargo, esta vez estoy solo, nadie me acompaña, lo cual es indudablemente mejor para llevar a cabo mi empresa. Me dirijo con sigilo hacia el cuarto de mi tía, donde llego en unos segundos. Entro sin llamar. Ella está despierta y mirándome. Una expresión grave se refleja en sus ojos. La habitación desprende un olor extraño. Pregunta qué hago allí. Yo le explico. Me acusa de temeridad imprudente. Dice que ahora yo también estoy en peligro. Yo le digo que no se preocupe, que todo va a ir bien. Le hago vestirse. Luego agarra su bolso y salimos al corredor. Nuestros pasos apenas levantan un suave eco, pero siento como si eso fuese suficiente para despertar a todo el mundo. Sin embargo, nadie parece haberse percatado de nada. Avanzamos con lentitud por el pasillo, hacia el fondo oscuro del mismo. Una pesada puerta de madera nos cierra el paso. Sujeto a mi tía firmemente junto a mí, giro el pomo y empujo. La puerta se abre con un leve chirrido.

© Copyright de Sergio Borao Llop para NGC 3660, Abril 2018

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