Reparaciones

 

Por Alicia Pérez Gil

«SE DECLARA EL ESTADO DE ALARMA

La ola de frío glacial que asola el centro de la península ha obligado a declarar el estado de alarma. Se espera que las temperaturas desciendan este fin de semana hasta unos mínimos de 30 grados bajo cero. El centro estatal de meteorología prevé que la situación se mantenga durante los próximos días, por lo que las escuelas y centros públicos permanecerán cerrados.

Hasta el momento el temporal arroja el trágico saldo de quince muertes por congelación. Catorce de las víctimas pertenecían a colectivos en riesgo de exclusión social.

Debido a la orden de que ningún indigente permanezca en las calles hasta que las condiciones meteorológicas retornen a lo habitual, los albergues y refugios se encuentran a más del doble de su capacidad. Fuentes policiales informan de que la mayor parte de los sin techo han sido alojados de manera conveniente. Para ello se ha activado un dispositivo especial».

 

«OPINIÓN: LA OBLIGACIÓN DE VIVIR

Hemos asistido en las últimas horas a un inusitado despliegue policial. Inusitado tanto por el número de efectivos movilizados como por el objetivo de dicha movilización: los cuerpos de seguridad del estado han dedicado toda su atención a limpiar las calles de vagabundos. Las mismas personas sin hogar que este gobierno se complace en ignorar a diario han sido obligadas a abandonar las calles.

La mayor parte de los lectores coincidirá en que esos pobres hombres y mujeres deberían estar agradecidos. Sin embargo, yo me pregunto si de verdad tenemos derecho a tomar sus decisiones. Nosotros, que pulsamos un botón o giramos una rueda y sentimos aumentar la temperatura de nuestras salas de estar; nosotros, que acallamos nuestras conciencias dejando caer en sus sombreros la calderilla que nos sobra, a menudo sin mirarles a la cara. Me pregunto quién nos ha dado licencia para obligarles a vivir.

Porque alguno habrá que vea en este infierno helado la vía de escape a una vida de desdichas. Para ese hombre, para esa mujer, el invierno implacable que sufrimos quizá fuera su última esperanza y nosotros, desde nuestros sillones más mullidos, se la hemos robado».

 

«ALBERGUES DESBORDADOS

Todos los empleados, trabajadores sociales, educadores, vigilantes de seguridad y voluntarios preguntados aseguran que la situación en los albergues de la capital es insostenible. Algunos de ellos hablan de «auténtico caos» o «batalla campal» cuando se refieren a las condiciones en las que se encuentran los indigentes sacados de la calle. La opinión general de los profesionales del medio es que la ciudad carece de las infraestructuras necesarias para atender a toda la población de mendigos y reclaman medidas auxiliares para paliar el desastre. Ninguno de los directores de dichas instituciones ha aceptado entrevistarse con este periódico, pero los trabajadores de base abogan por el acondicionamiento de polideportivos o colegios. «No es un problema de mano de obra. Nosotros estamos dispuestos a ir donde haga falta; pero aquí la gente está hacinada. En estos casos lo normal es que ocurra lo normal, o sea, que salten disputas. Pero con la nueva orden ya no podemos expulsar a los infractores, así que estamos de manos atadas. Esto es un polvorín y es peligroso tanto para nosotros como para ellos mismos», dice un educador. «La mayoría son buena gente con mala suerte, pero algunos son irrecuperables y peligrosos» añade  un voluntario que prefiere no identificarse. «Si no hacemos algo, pronto morirán más aquí dentro que en la calle»».

Su asistente personal había recortado todos los artículos de prensa que hablaban del frío y los albergues. Catalina dirigía uno de ellos desde hacía años y, aunque no le hacía ninguna gracia que sus trabajadores pusieran en evidencia las carencias de San Froilán, sólo podía coincidir con ellos. El edificio contaba con dos dormitorios comunes y capacidad para cuarenta camas. En el comedor se alimentaba a diario a más de doscientas personas tres veces al día y las cuentas salían porque para eso estaba ella al frente. Pero ahora sesenta catres se amontonaban entre pared y pared, los retretes se atascaban y nada funcionaba como era debido. La única buena noticia era que, por una vez, disponía del apoyo de su hermana. Se miró en la superficie pulida de la mesa: dos centímetros de manga blanca bajo el puño de la chaqueta verde oliva, la segunda vuelta del collar de perlas justo sobre el tercer botón de la blusa y el pelo sometido, sin un ápice de rebeldía en él. Un espejo podría mostrarse menos clemente con su rostro. Por eso no había espejos en su despacho.

Habría dejado de leer los periódicos si con eso hubiera borrado las noticias, pero tampoco tenía nada más que hacer hasta que llegase su cita de las diez, que ya se retrasaba media hora.

***

Si se hubiera mirado en los escaparates, no se habría reconocido. Trataba de mantenerse tan limpio como era posible, pero no siempre lo conseguía, así que el sudor se le agriaba en las axilas, las manchas se le eternizaban en la ropa y la barba acumulaba restos de comida. Madrugar para los turnos de lavandería no se le daba bien; sobre todo si había bebido la noche anterior. Desde luego, la tarea se hacía imposible cuando uno dormía en la calle en lugar de en uno de esos cómodos albergues llenos de chinches y de chinchorreros. Pero debía evitar los refugios. Debía evitarlos a toda costa. Aunque significara más mugre bajo las uñas, en los pliegues de la ropa y hasta en las pestañas.

Con la suciedad llegaban la niebla verde y la nube de insectos voladores. La niebla se movía con él, por delante de él; le precedía adondequiera que fuese y mantenía el camino libre de obstáculos. La nube de bichos era otra cosa. Mosquitos de patas kilométricas, escarabajos brillantes, hormigas que entrechocaban las antenas clap, clap, clap como pequeños taladros que bailasen claqué dentro de los cráneos de la gente. A veces Jero creía que se les metían en el cerebro y que sólo él distinguía a los poseídos.

Con todo, niebla y bichos se soportaban mejor que los albergues, esos lugares donde las personas daban las gracias con mayor efusividad cuanto menos quedaba de ellas.

Jero no tenía muchas opciones. Podía morirse de frío en la calle o saltarse su regla de oro y pedir ayuda a su ex mujer. Optó por la segunda porque contaba con que Martina nunca se había parecido a los demás; fue la última en soltar lastre y a veces creía verla en lugares en los que no tenía por qué estar. Cuando aparecía cambiaba la tonalidad de la luz y la ciudad se volvía un poco más amable, la niebla y los bichos con alas se esfumaban ante su figura plana, sin pechos ni caderas prominentes. Un cuerpo sobrio, indefinido. Un año antes Jero había firmado, agradecido, los papeles del divorcio. Por fin podía liberarla del espectro de sí mismo en que lo habían convertido. Ella sí que parecía triste tras la barrera de pelo lacio que le caía ante los ojos en el momento de la firma.

—Te dije mil veces que dejaras el maldito reportaje.

Esa fue su despedida.

Temía que la niebla verde se infiltrase en el piso de Martina antes de que él consiguiera franquear el portero automático. Al final se trataba de ser más rápido que los jirones de nubes espesas. Solo necesitaba unos segundos para que Martina le escuchase antes de que el terror que paralizaba a todos los demás hiciese presa en ella. Él conjuraría ese temor con palabras porque aún era bueno en eso y porque Martina era diferente aunque él apenas recordaba la palidez de su rostro cuadrado.

Diferente o no, lo esperaba en el descansillo de la escalera. Llevaba un peinado distinto, más corto, como de alguien que no tuviera nada que ocultar. La luz que irradiaba se había vuelto más intensa, tanto que la niebla verde se paró. Por lo general Jero no la veía, pero en esa ocasión una especie de fuego fatuo relució un instante y enseguida se apagó. Lo achacó a la presencia sanadora de Martina.

—Sí que has tardado.

La miró con precaución, a los ojos; pero no había ni rastro de los insectos voladores.

—Estás muy guapa.

—No sé qué me vas a pedir y no sé si te lo voy a dar, pero ya puedes ir derecho al baño a quitarte esa mugre.

Eso sí lo recordaba. Nada de pelos en la lengua, ni siquiera para hacer más cómoda la situación tras tantos meses sin noticias. Estaba bien así.

—Como soy una gilipollas he guardado ropa tuya; la buena, así que vas a ser el mendigo mejor vestido del cementerio —le echó una mirada de inspección—. Claro, que más gilipollas eres tú, o no te habrías divorciado. Te va a quedar todo grande, pero al menos irás limpio. Venga.

El piso había cambiado tan poco como Martina. Apenas en lo superficial: no encontró ninguna foto de los dos juntos. Tampoco de ella con otro tío. El marrón jaspeado del sofá había mutado en rojo brillante, las alfombras parecían nuevas y encontró adornos desconocidos, pero lo esencial permanecía como lo recordaba. Eso le sentó bien. Casi mejor que el chorro de agua hirviendo y los restregones con la esponja de crin. Se dio champú tres veces antes de obtener una cantidad de espuma que indicase que el pelo estaba limpio al fin. Se enjuagó la barba con la misma meticulosidad. Olía a polvos rápidos en la ducha, a caricias húmedas, a vida pasada. Más pasada a medida que las burbujas borboteaban por el desagüe.

Cuando dio un manotazo al espejo para eliminar el vaho, el gesto automático que había seguido siempre a una buena ducha, se miró por fin. Desde la bruma salpicada de gotas le saludaban el hambre que marcaba sus costillas, el vino con el que habían explotado los capilares de su nariz y la avidez de una mirada huidiza que no reconocía como propia. Lloró cuando vio que Martina había dejado los aperos de afeitar.

—Puedo afeitarte yo o ponerte una copa y te afeitas solo— dijo desde el otro lado de la puerta. Sus tempos aún se adaptaban.

***

Teresa guardaba las manos en los amplios bolsillos del hábito. Se frotaba los nudillos con los pulgares, empleando para ello tanta fuerza como era capaz. Notaba los dedos de las manos medio muertos de entumecimiento en lugar de ágiles, como los necesitaba. Lo mismo que los pies helados. Había escogido sus botas más gruesas, pero el Señor había enviado un invierno inclemente que no se detenía ante nada. Lo mismo que ella. Si Él mandaba frío, Teresa lo soportaría del mismo modo que había soportado todas Sus pruebas.

Aterida como estaba, esperando que Jerónimo Manglar regresase a las calles de las que ella lo sacaría para siempre, hizo un pequeño acto de contrición. No sería ella quien obrase el pequeño milagro, sino Dios quien la usaría como vehículo de Su voluntad. Así lo había comprendido meses antes y así sería. Cerró los ojos mientras murmuraba una plegaria de arrepentimiento por su soberbia. Cuando los abrió, un hombre delgado, muy aseado, doblaba ya la esquina del edificio que espiaba. Un suspiro de desaliento condensó el aire bajo su nariz justo antes de que se diera cuenta.

El cambio de aspecto de Jerónimo había estado a punto de despistarla. Se remangó el hábito con una mano. Con la otra se aseguró de que el equipo básico que llevaba en la bandolera de lona no sufriese con el traqueteo. El trote no le calentó los pies, que le devolvieron cuchilladas en los talones, como a la Sirenita. Se recordó que el Señor había sufrido mucho más en la Cruz y que el descanso eterno de uno de sus elegidos bien valía unas pocas punzadas. Aminoró el paso cuando estableció de nuevo contacto visual. El hombre  arrastraba los pies encogido dentro del anorak.

Cuando lo conoció en el albergue pesaba más, tenía más cuerpo, otro porte. En su ficha de inscripción constaba un despido reciente. Debieron darse cuenta de que no era cierto porque los pobres de verdad humillaban los ojos y caminaban encorvados. Incluso cuando se erguían en un gesto de dignidad parecían inclinarse. Eso a Teresa le partía el alma y trataba de consolarlos, los escuchaba, les sonreía, pero no encontraba en sus gestos más que pena y humillación. Por las noches rezaba hasta que se le despellejaban las rodillas. Pedía por ellos, por una solución. Rogaba a  Dios que se apiadase de sus hijos. Dios, por su parte, había atendido las plegarias de Teresa, pero ella no le había comprendido. Por eso no supo ver la perspicacia de Jerónimo, la resolución, la doble intención de sus preguntas. Entonces se había dejado engañar por su imitación de hombre empobrecido y ahora casi la había confundido su aspecto de hombre corriente.

Cuando Teresa comprendió por fin, aquella primera vez, que las amables cuestiones que el huésped le planteaba formaban parte de un reportaje de investigación, la fotografía de Catalina de Mieres, la directora del albergue, ocupaba la primera plana de uno de los suplementos semanales más leídos del país. Se la veía satisfecha detrás de su mandil con el nombre de San Froilán serigrafiado.

No fue el texto revelador del periodista lo que le abrió los ojos, sino la sonrisa del huésped. Lo había dicho el Señor: el que tenga ojos para ver que vea. Y ella había visto, por fin, impresa, ineludible, la expresión vacía tras los labios estirados. La misma que había confundido hasta entonces con gratitud cada vez que Doña Catalina los trataba como a niños pequeños o retrasados mentales.

—¿Qué harías sin nosotros? ¿Eh, Javier?

Y Javier, o Tomás, o Pedro, o Carlos, o Santiago, componía un gesto de conformidad. No podían salir a la calle porque llevaban ropa prestada del centro mientras hacían la colada y salir con ropa propiedad de San Froilán estaba prohibido. Incumplir una prohibición significaba ser expulsado y ser expulsado dormir en la calle. Dormir en la calle significaba no llegar a la lavandería y la ropa sucia impedía sentarse a tomar el desayuno.

—Las normas están para el logro de una convivencia óptima. Si permitiésemos que estos pobres muchachos entrasen y saliesen de cualquier manera, pronto dejaríamos de poder ayudarles. Necesitan reaprender cómo funciona el mundo civilizado.

Teresa creía en la necesidad de límites y normas. Creía en la buena intención de Catalina de  Mieres y deseaba, por encima de todas las cosas, amar al prójimo más que a ella misma, como Dios amaba. Pero, tras leer el reportaje de Jerónimo Manglar, entendió la maldad de la directora; el modo en que se servía de aquella pobre gente para sentirse mejor. Con esa comprensión apenas estrenada buscó las señas de la redacción y se fue a buscar al periodista. Le contaría mucho más ahora que lo veía todo con una nueva perspectiva: le hablaría de las normas aleatorias. Todo iba mucho más allá de la doble vara de medir según la cual un insulto a un huésped se consideraba una falta leve pero si el insultado era un trabajador la falta se transformaba en muy grave. Había muchas pruebas de que Doña Catalina había convertido a los más desfavorecidos en una casta inferior y el mundo debía saberlo. Debían saber que las sanciones por hablar por teléfono a deshora iban desde la pérdida del privilegio de darse una ducha hasta la expulsión durante dos o más días. Debían saber lo de Fabián, el hombre de la neumonía al que habían expulsado durante una semana porque su respiración ronca y su tos continua molestaban el sueño de una voluntaria; lo de Gerardo, al que no dejaban usar el comedor porque tenía un sarpullido inofensivo, sí, pero muy desagradable.

Apuntaba el otoño anterior cuando llegó a la puerta del periódico. Jerónimo se despedía de algunos compañeros que echaban miradas asustadas a las ventanas del edificio.

—Son unos vendidos de mierda.

—Unos hijos de puta.

—El de Mieres les ha obligado. Si el albergue no lo dirigiera su mujer…

—Si no fueran grandes del país…

—Ahora desaparece una temporada. Las cosas se calmarán. Verás.

Incluso la propia Teresa, que se había detenido a unos metros del corro, se dio cuenta de que aquella última frase tenía el mismo tono que todas las mentiras piadosas: «todo saldrá bien», «seguro que es para mejor», «no te preocupes». Pero no era cierto. Jerónimo Manglar no volvería a trabajar para un periódico en aquel país porque nadie ensuciaba la reputación de la familia Mieres. No sin consecuencias.

***

Catalina de Mieres no se levantó a saludar a su cita, pero ello no se debió al retraso con que se presentó. Cuando los vio supo que había estado esperando que al menos uno de ellos fuese una mujer. La decepción de ver a dos hombres consiguió en un instante lo que no había logrado el mal tiempo: sintió un frío repentino que se extendió hasta su última célula.

Como tampoco les ofreció asiento, los dos policías permanecieron en pie sin saber muy bien cómo comportarse. La directora de San Froilán fingía ordenar la correspondencia mientras dejaba que una indignación ácida como el vómito se le instalase en la caja torácica.

—Imagino —dijo, al fin— que han venido con algún propósito.

Aliviados a pesar de la inquina del comentario, los agentes se relajaron. Uno de ellos llevaba una carpeta de documentos. El otro ocupaba las manos vacías haciendo y deshaciendo nudos con los flecos de una bufanda. Parecían extrañas copias imperfectas sacadas del mismo patrón: trajes oscuros bajo chambergos sintéticos, botas con punta reforzada y suela gruesa, guantes de piel barata, afeitado de maquinilla eléctrica. Catalina ahogó el juicio de valor que sabía igual al que habrían emitido su padre o su marido.

—Es por los vagabundos —adelantó el de los documentos.

Catalina no ocultó una mueca de profundo desprecio.

—Los indigentes a los que acogemos dejan de ser vagabundos. Nos gusta llamarlos huéspedes. Esos hombres tienen aquí un refugio y una puerta de entrada al mundo del que fueron expulsados. O lo tenían hasta que nos obligaron a acoger a muchos más de los que somos capaces de atender con eficiencia. Le rogaría un poco de respeto.

El de la bufanda habló sin separar la vista de los flecos, pero sonó más firme y articulado que su compañero.

—Como quizá sepa, no todo lo que dicen los periódicos es la verdad absoluta. — El otro agente dio un respingo.

—Puedo asegurarle que las noticias respecto al hacinamiento en los albergues son de una precisión milimétrica.

—Los sin techo están muriendo. Por eso se ha recomendado su internamiento temporal. Pero la prensa no dice que la causa de la muerte de muchos de ellos no es el frío. Hay un asesino en las calles.

Catalina no se inmutó. La imperturbabilidad llegaba tras años de educación estricta y castigos severos impuestos por otros o por ella misma. Servía para mantenerse por encima de los demás y para desconcertarlos.

—¿Y por qué lo buscan aquí?

En realidad la imaginación de Catalina volaba sin encontrar una razón, por peregrina que fuera, que justificase la presencia de dos policías en su centro. De hecho solo sabía una cosa, que debían desaparecer de allí cuanto antes. No podía permitirse otra intervención de su marido. Hacía poco más de un año del escándalo de Manglar.

—Hace unos días un agente presenció un forcejeo entre un indigente y una monja. Sin dudarlo, nuestro compañero corrió a auxiliarla. No quedan muchos desahuciados a la intemperie y sabemos que los que siguen fuera son los peores, por decirlo de algún modo. Gente con problemas que no se solucionan con una ducha rápida y una colada. Ahora mismo ahí fuera sólo están los más inofensivos y los más peligrosos.

—Demuestra usted una ignorancia muy atrevida acerca de la vida en la calle.

—Lo que usted diga. La cuestión es que el agente corrió, dispuesto a ayudar a la hermana en apuros y lo que encontró fue a un pobre hombre que trataba de quitársela de encima. Llevaba una jeringuilla colgando del brazo.

—Supongo que, según su código, los drogadictos son los peligrosos.

—No me ha entendido. El mendigo no se había inyectado nada: era la monja quien trataba de pincharle.

—¿Y puedo saber por qué me cuentan todo esto?

—Bueno, el agente no alcanzó a la monja, pero sí recuperó su bolso. Dentro encontramos varias jeringuillas, morfina, lidocaína, un diario y su documentación. Se trataba de Teresa Ruta.

Por primera vez Catalina miró a los dos policías con un atisbo de interés.

—Trabajó aquí, pero no recuerdo que fuese monja. Al menos aquí siempre vistió de seglar.

—En realidad su diario explica más o menos todo lo que necesitamos saber sobre ella. A quien buscamos es a su próxima víctima: Jerónimo Manglar.

Ni todo el autocontrol de Catalina pudo evitar que enrojeciera. Hizo un esfuerzo para no agarrarse a los brazos de la silla y tomó aire antes de contestar.

—Imagino que este es su último recurso.

Los policías asintieron sin hacer más preguntas. Una lengua de ira hirviendo tiñó sus recuerdos de rojo: su marido con el ejemplar del diario junto a las pastas, sobre la bandeja de plata del café; la expresión avergonzada de su padre que por fin parecía relajado, como si la vergüenza de su hija lo relevase de la presión de haberse enorgullecido de ella. Ambos la esperaban en el saloncito, sentados con las piernas cruzadas, la raya perfecta de los pantalones, los calcetines ejecutivos impecables, los zapatos relucientes, el pelo engominado sobre sus frentes despejadas, el rictus de quien había estado esperando el momento. Ambos le dirigieron palabras casi idénticas de reconvención paternalista: Jerónimo Manglar sería desmentido y despedido. Catalina, por su parte, mantendría en adelante un perfil bajo. No la culparon. Asumieron la responsabilidad por haber dejado que jugara con los juguetes de los mayores. Lo mismo que le había sucedido a su hermana, aunque los motivos fueran otros.

—Lo hemos buscado en todas partes, pero no ha habido suerte.

—Aquí no se ha registrado.

—¿Está segura?

A Catalina de Mieres la salvó la campana. Así sonaba el tono de móvil que sobresaltó a los tres e hizo que los dos agentes abandonasen su despacho sin esperar una respuesta.

***

El tacto de su antigua ropa se le hacía nuevo. No recordaba la suavidad de la lana de calidad, el calor de las plumas de pato recubiertas de tejido impermeable ni mucho menos el olor del suavizante. Martina no le dejó pasar allí la noche. Fue ella, y no los insectos, quien tomó la decisión. Mientras estuvo en el piso no hubo ni rastro de la niebla verde; sólo la luz cálida de su ex mujer, que no sentía miedo de él.

—Tú y yo no nos engañamos, Jero. Ya te lo dije antes de casarnos: aquí sólo duermen los que van a quedarse y no creo que tú te vayas a quedar.

Quería. Si había algo que Jerónimo quisiera en el mundo era justo eso: quedarse con Martina; pero no podía cargarla otra vez con el despojo de su vida, así que negó con la cabeza.

—No tienes que escribir.

—No puedo escribir. Es distinto.

—Pero puedes hacer muchas otras cosas — dijo ella sin convicción.

—Soy un vagabundo borracho.

—Eres un gilipollas —le corrigió—. Lárgate.

Se habría quedado si de verdad se hubiera sentido con ganas de hacer alguna de esas muchas otras cosas, como ser amo de casa, conducir un taxi, pasear perros o publicar una columna bajo seudónimo. Pero una mujer que lavaba su ropa de vez en cuando para que siguiese oliendo a suavizante no se merecía medio hombre, sino un hombre entero y Jero no estaba entero sin escribir. Así que se abrochó la cremallera del plumífero y se enrolló la bufanda al cuello. No estaba entero sin escribir y eso se lo habían quitado los Mieres. Los había desenmascarado. A ellos y a todos los que eran como ellos. Y el resultado había sido una patada en el culo con destino al vacío profesional. Le habían mutilado.

Martina había puesto dinero en uno de los bolsillos. Jero supuso, sin contarlo, que bastaría para unas noches a cubierto en una pensión modesta y se propuso buscar una. Alzó los hombros para protegerse del viento cortante y se dijo que recién duchado y vestido como una persona decente le aceptarían en cualquiera sitio. Una vez registrado podría comprar comida para pasar lo peor del temporal bajo techo. Así se mantendría a salvo de las heladas sin pasar por el infierno de San Froilán o por ningún otro infierno. Lo haría. Buscaría habitación en cuanto se tomase una copa que calmase el temblor de sus manos.

Abrió la puerta del primer bar ante el que pasó. Hacía ya meses que no bebía más que vino de cartón al abrigo de las esquinas, así que las servilletas arrugadas bajo la barra no empañaron la imagen de aquel paraíso de taburetes metálicos animado por el sonido de la tragaperras y el sonsonete del canal de deportes. No encontró desconfianza en el camarero, ni rastro de insectos voladores ni de la niebla verde. Martina había imbuido a sus ropas de la magia de su propia luz. El cuarto ron-cola le ayudó a averiguar que en realidad el truco debía de estar en el suavizante. Era el suavizante el que mantenía alejados los insectos y el humo denso del miedo. Suavizante mágico mata cucarachas y antiniebla.

—¿Hay un supermercado por aquí? —preguntó con voz pastosa. —Necesito suavizante.

—Dos calles más arriba en esta misma acera. No tiene pérdida. Lo que no sé —dijo el camarero— es si estará abierto.

No lo estaba. Jero maldijo frente a la verja bajada, le dio un par de enviones y se llevó el dedo a los labios en señal de silencio. No quería que la policía lo detuviese por escándalo y lo enviase derechito al albergue. Lo que quería era encontrar una pensión barata. Se tomaría la última sin necesidad de vaso. Para eso estaba en un barrio donde los chinos no le conocían, el aroma a mar azul aún se olía en la ropa y el dinero quemaba entre los dedos. Compró una botella de ron añejo mucho más cara de lo que en realidad valía y se dirigió a su parque.

***

Teresa no tenía mucho tiempo ni dispondría de mejores oportunidades que las que le ofreciera esa tarde. El clima mejoraría antes o después, Dios se cansaría de esperar a que cumpliera su mandato. Ya le había dado un aviso importante al enviarle a aquel policía que se quedó con su bolso. Ahora tenían su documentación, su diario y su equipo principal. Lo que llevaba en la bandolera no era más que un botiquín auxiliar.

Encontró un asiento libre en una chocolatería frente al bar donde Jero calmaba los nervios. Deseó un chocolate con tanta intensidad que pidió un té sin azúcar para castigar su gula. Lamentó muchísimo la pérdida de su diario porque su lectura le recordaba cuánto le había costado alcanzar el estado de gracia en el que se encontraba en ese momento. En sus páginas había vertido la desesperación y la tristeza que habían precedido a la calma de saber en qué consistía su labor. No sabía qué plazo le daría Jero para una última anotación; pero sentía la necesidad de aclararlo todo antes de que terminase. Anotó la fecha en una servilleta de papel y comenzó.

«A quien corresponda y al Señor, que me guía en este sendero de amor:

Mi nombre es Teresa Ruta y hoy ha llegado, por fin, el día de mi muerte. Lo he aplazado tantas veces en Su Nombre, por Su Causa, que me cuesta creerlo. Estoy cansada. La mayor parte de mi vida ha transcurrido en la oscuridad. He caminado durante años por un túnel angosto, con las manos extendidas entre las zarzas, tratando de dar un sentido a mis días, más largos que años y a mis noches, vacías como el ojo del infierno.

Busqué al Señor en los templos, pero lo hallé en las tabernas. Fue allí, entre los más pobres, entre los desahuciados, donde me habló. Antes me había quitado la cuchilla de las manos, la soga del cuello, el veneno de la garganta. Cada vez que traté de reunirme con Él, Él mismo me lo impidió sin importarle mis lágrimas, mis ruegos ni mi dolor; porque Él tenía una misión para esta sierva suya; tan ciega, tan sorda, tan embrutecida que no le comprendía.

Hasta que me mostró a Jerónimo Manglar, a quien Él ama tanto como amó a su Primer Hijo y a quien me ha pedido que sacrifique para salvarlo. Dios iluminó al señor Manglar para que diera voz a los que no tienen voz y cuerpo a los que son sólo cenizas. El Hombre habló, pero no le escucharon. Lo mismo que Nuestro Señor Jesucristo echó a los mercaderes del Templo, Jerónimo quiso erradicar a los falsos samaritanos de la faz de la tierra y lo mismo que el Hijo fue sacrificado, el Hombre fue enviado al destierro.

Hoy le libraré de ese destierro, hoy lo enviaré a la derecha del Padre y luego partiré con ambos. Ruego a Dios que me admita en Su seno y perdone mis pecados.

Soy una mujer torpe. Siempre he sido torpe. Las madres me lo decían, y las hermanas, cuando traté de profesar. Me cuesta hacer las cosas bien a la primera. Perdóname, Señor, por las vidas que arranqué antes de poder entregarte la única vida que deseabas. Impón la penitencia más dura, el castigo más cruel, pues los merezco. Sabré arrepentirme y ganar tu clemencia».

Lloraba mientras escribía. La dueña de la chocolatería le ofreció un pañuelo y comentó a una de sus empleadas que aquella mujer lloraba y reía a la vez; que tenía una expresión como ida, los labios azulados de frío, y que no había tocado el té. Cuando volvió a su mesa a preguntar si quería otro, Teresa Ruta ya se había levantado. Dejó dinero de sobra junto a la taza sin tocar y salió tras la figura de Jerónimo, que todavía no se tambaleaba, aunque ya caminaba con paso algo inseguro sin saber que lo seguían.

***

En el rincón de Richi no había nadie y eso estaba bien porque Jero no podía dormir en su propio rincón. La policía había limpiado los bajos al completo; no habían dejado ni personas ni cosas. Los colchones, los cartones, las mantas viejas y húmedas que tanto les había costado reunir habían desaparecido. Los otros debían de estar pasando la noche en los albergues o en las alcantarillas.

Se acurrucó sobre la reja de ventilación del metro, la cabeza dentro del anorak para evitar en lo posible las marcas del metal en el rostro. De allí abajo llegaba aire caliente. Hacía tanto frío que ni siquiera nevaba. Debía rodar sobre sí mismo para repartir el calor sin salirse del respiradero porque si se dormía sobre el pavimento ya no se despertaría. Encogió las rodillas tanto como pudo y se colocó en posición fetal. En un duermevela etílico soñaba que alguien le cubría con una manta seca, caliente. Sonrió.

Teresa ya no sentía las yemas de los dedos, y las piernas se le habían convertido en un puro dolor, pero se obligó a esperar a que el lapso de tiempo entre los cambios de postura de Jero fuese lo bastante largo. Cuando le pareció que debía de estar dormido esperó un rato más. No podía pasar lo mismo que con el último. Varios minutos más tarde sacó la hipodérmica y la mezcla. Debía usarla con prudencia porque, perdido el trabajo, ya no podía robar más. Se dirigió hacia el bulto del vagabundo. Rezaba.

El tufo a alcohol de Jero no la impresionó ni mucho menos la detuvo. Se arrodilló a su lado, juntó las manos con cuidado de que la jeringuilla no cayera en la oscuridad y murmuró un Padre Nuestro entre lágrimas de fervor.

El único fragmento de piel que quedaba al descubierto en el ovillo en que Jero se había convertido era la muñeca. Teresa habría preferido una vena del brazo, pero no se atrevía a remangarlo. Si lo despertaba perdería su última oportunidad de servir al Señor, la última de acabar también con su propio sufrimiento.

Suspiró y acercó la aguja a la zona franca. No la vació de aire con la esperanza de que si el combinado no cumplía con su misión una burbuja lo consiguiera.

El pinchazo despertó a Jero. Un alarido inverosímil resonó en el parque. Todavía borracho, pateó y, ayudándose con las manos, se arrastró en dirección opuesta a la de Teresa. La veía grande, ondulante. Ante sus ojos alucinados el cuerpo de la mujer parecía hecho de niebla negra espesa. Una miríada de garrapatas, moscas de la fruta y langostas zumbaba a su alrededor. Ni siquiera se dio cuenta de que lloriqueaba, moqueando como un crío que se despertase de una pesadilla.

Teresa gritó también, más asustada que el propio Jero. Consciente de la lentitud de sus movimientos, decidió perseguirlo aunque fuera de rodillas. Si el Señor la había colocado en esa posición penitente, así se quedaría. Debía alcanzar a Jero, debía dormirlo para siempre y ahorrarle todo sufrimiento de una vez.

Tras un resbalón de las manos sobre la nieve helada, Jero quedó tendido, paralizado por el miedo, la debilidad y la borrachera. La sombra lenta del ser que le perseguía se cernía sobre él. La garganta le dolía, no le llegaba el aire a los pulmones, los mocos le taponaban la nariz. Estaba hecho, allí se acababa el año de frío y humillación. Quiso dar gracias, pero el cuerpo pudo más que la mente perjudicada; tomó una bocanada de aire y gritó de nuevo. Un aullido ensordecedor reverberó en las esquinas.

—¡Calla! ¿No reconoces la Salvación? —Teresa lloraba—. Calla, por favor. Calla.

Jero no la oía, ensordecido por su propio chillido. Tampoco oyó la advertencia de los agentes, aunque sí vio cómo el demonio negro que le perseguía alzaba dos extremidades de sombra y se echaba sobre él. Un resplandor lo abatió de repente y su silueta fue sustituida por dos nuevas figuras oscurecidas alrededor de las que distinguió un halo familiar de color verde. Las dos figuras lo levantaron de la nieve. Estaba oscuro y la borrachera no se había disipado por arte de magia, pero ninguna de las dos cosas le impidió distinguir que aquellos dos eran policías.

—¿Todavía prefieres la calle, Manglar?

—No la escogí yo —balbuceó.

—Déjalo —intervino el agente que ya no jugueteaba con ninguna bufanda—. Prefiera lo que prefiera hoy va a dormir en el albergue.

—Gracias a su ex-mujer.

—¿A Martina? —masculló, incrédulo.

—Ella nos llamó, sí. Dio una descripción de tu ropa y nos indicó dónde encontrarte. Tendrías que besar el suelo por donde pisa.

Jero sonrió desde lo más hondo de su pecho. Al parecer no era su imaginación la que inventaba a Martina en lugares en los que no debía estar. Era un ángel, un ángel auténtico que tenía un ojo puesto en él y que le había salvado la vida. Entre los vapores del ron pensó, por primera vez en el último año, que quizá no estaba solo. Que a lo mejor sí había cosas que podía hacer.

***

La vigilante de seguridad de guardia no lo llevó al despacho de Catalina de Mieres en cuanto terminaron con las formalidades del registro. Le dio una taza de café muy cargado, sin nada de azúcar y esperó a que se espabilara. Jero no acababa de comprender por qué le habían quitado la ropa limpia que llevaba para cambiársela por la oficial del centro, pero decidió que no se quejaría. En aquella ocasión su estancia allí era auténtica y estaba dispuesto a que también fuese corta. Recordaba con un nudo de angustia el contenido de su propio reportaje.

La directora también lo recordaba.

—Jerónimo Manglar —pronunció su nombre con una dicción perfecta de colegio privado y generaciones de educación exquisita. Jero no contestó—. Haremos por ti todo lo que podamos.

—No será necesario.

Catalina sonrió, la barra de labios hidratante brillaba como una grieta en una isla volcánica.

—Claro que sí. Debemos hacer todo lo necesario para que repares el mal que hiciste a esta casa y a quienes trabajamos en ella.

Envalentonado por la seguridad que le daba tener a Martina en la retaguardia, Jero no se calló.

—Llevo un año pagando por decir la verdad. Creo que las cuentas están saldadas.

—No lo están —La grieta en el rostro de la directora se estrechó, sus ojos se convirtieron en rendijas heladoras. Todo en ella era una terrible y gran hendidura de cuyo interior pugnaban por salir miles de insectos. Muchos más de los que Jero había visto nunca: millares de patas esqueléticas y alas finas de muerte se agitaban tras las palabras de la señora de Mieres—. Puede que hayas pagado a mi marido, pero no me has pagado a mí. Y me debes mucho más que a él.

—Vendrán a buscarme.

—Pero si todo el mundo sabe dónde estás.

Catalina empujó uno de los periódicos que cubrían la práctica totalidad de su escritorio.

—Es la edición de mañana.

El nombre completo de Jero ocupaba un tercio de la primera plana. Debajo del titular se veían dos rostros: el de una mujer morena de aspecto ratonil que le resultaba vagamente familiar y una fotografía de Martina con ese corte de pelo nuevo que le sentaba tan bien. Lloraba con la mirada fija en el objetivo.

—¿Por qué llora? ¿Qué le has hecho?

—Quieres decir qué le has hecho tú. Lo dice ahí —clavó el dedo índice en el diario varias veces, como si quisiera traspasarlo—: has entrado en su casa, la has amenazado, has usado su cuarto de baño, has robado en sus armarios, te has llevado sus ahorros y a la pobre, con lo que te quería, no le ha quedado más remedio que avisar a la policía. Si no llega a denunciarte, habrías muerto. Así que también estás en deuda con ella.

—¡Eso es mentira!

—Mi hermana no miente.

A Jero le daba vueltas la cabeza.

—¿Qué hermana? ¿De qué me habla?

—Mi hermana Martina. La que huyó de casa en lugar de seguir mis consejos de hermana mayor. A las dos nos educaron para servir a los hombres y las dos salimos rana. Ella se fue y se casó contigo para castigar a su padre y yo me casé con quien él eligió para poder hacer lo que me viniese en gana. Sólo debía aparentar docilidad. Pero, mira por dónde, te las apañaste para darle la razón al gran señor. Las dos hemos vivido este año completo pagando tus caprichos. Y ahora te toca a ti.

—Es mentira.

—No, no lo es. —La voz de Martina le llegó por detrás como un tiro por la espalda o un yunque caído del décimo piso. Jero no supo si el frío repentino se debió a la corriente de la puerta o a la bofetada de saber que no estaba en manos de un monstruo, sino de dos.

—Puedo denunciarte formalmente o no hacerlo. Depende de ti.

Jero pensó en todos los hombres humillados que recibían sus platos de comida con la cabeza gacha y una sonrisa febril. Pasaron por su cabeza las colas en la lavandería, las sanciones aleatorias, las preguntas denigrantes durante la inscripción, los registros. Se frotó los dedos de las manos. Pronto empezarían a temblar.

«LA SENTENCIA MÁS ESPERADA

Tras más de diecisiete meses, la justicia ha dado la razón a la señora Catalina Dobarro, ex esposa del acaudalado empresario Andrés Mieres, que tendrá que indemnizarla con más de seiscientos millones de euros. Dobarro interpuso una demanda de divorcio cuando supo que su entonces marido había sido el responsable del despido de Jerónimo Manglar, periodista de investigación.

En un comunicado de prensa hecho público en la tarde de ayer, la señora de Mieres explica cómo maniobras de Dobarro habrían puesto en entredicho  su honor y reputación. “Propiciar el despido de un periodista a causa del contenido de un reportaje es tanto como dar crédito a dicho contenido. De esta manera, mi ex marido daba por ciertas las palabras del señor Manglar. Debido a su manera de proceder, propia de un antiguo monarca medieval, tanto el señor Manglar como yo hemos pasado por un calvario. Los acontecimientos de hace dos inviernos resultaron providenciales. Para aquellos que no crean que de todo lo malo puede extraerse un poso positivo, este es un ejemplo de que se equivocan. Si no hubiésemos tenido un invierno glacial como aquel, tampoco se habría dado la oportunidad de que el señor Manglar y yo nos hubiésemos conocido; las cosas no se habrían aclarado y quizá los indigentes de nuestra ciudad dispondrían de menos recursos».  

En el comunicado, un documento de varias páginas, la demandante da cuenta de cómo Andrés de Mieres utilizó fraudulentamente el nombre de nuestro compañero periodista, bajo cuya identidad publicó un reportaje falso para, a continuación despedirlo y condenarlo a una vida de privaciones. Por su parte, Jerónimo Manglar declaró estar muy orgulloso de que la justicia haya triunfado por fin. «No las tenía todas conmigo; cuando hay grandes fortunas implicadas, la ley no parece ser la misma. Pero en esta ocasión las cosas han salido como debían».

El resto de los periódicos del día daban la misma noticia, pero en ninguno de ellos con tanto detalle. Catalina los apiló en un extremo de su escritorio mientras marcaba el número de su hermana.

—¿Has empezado ya con lo de papá? —dijo en cuanto Martina descolgó el aparato.

© Copyright de Alicia Pérez Gil para NGC 3660, Abril 2017

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