Regalo navideño

 

Por Javier Quevedo Puchal

Sonia nunca se ha considerado una de esas personas que, de repente y sin previo aviso, odian la Navidad. Sabe que algunos, como su ex compañero de piso, lo hacen para dárselas de modernos y transgresores (aunque no entiende qué tiene eso de moderno y transgresor, cuando hoy casi cualquier hijo de vecino dice odiar los dichosos villancicos y el Cortilandia de las narices). Y, por otro lado, sabe de algunos que, como su tía Lurdes, odian esta época porque fue precisamente cerca de Navidad cuando perdieron a un ser querido (cosa que, por supuesto, tampoco entiende, ya que Lurdes perdió a su hijo en pleno agosto y bien que sigue yendo cada verano a lucir palmito en las costas de Benicassim). En cualquier caso, Sonia sigue apreciando esta época. Será porque es una de las pocas en las que puede reunirse con su familia sin miedo a tensiones de ningún tipo; y eso es algo que, a pesar de los pesares, le sigue gustando. Está bien, de acuerdo, y porque al fin y al cabo, te garantiza unos días de vacaciones, lo cual, quieras que no, siempre viene bien. Además, la de Sonia jamás se ha caracterizado por ser ni una familia extraordinariamente disfuncional ni una de esas que parecen un modelo de perfección. Aquí la normalidad se ha alcanzado con todos queriéndose y, en ocasiones, simplemente soportándose con bastante comodidad.

De manera que, cuando hace un par de semanas Sonia contó a sus padres que era lesbiana y que llevaba cinco años y medio viviendo en casa de su novia Teresa, ni hubo malas caras ni reproches: tan sólo se le vetó sacar el tema para no amargar la cena a nadie, así de simple. Y a decir verdad, pensó sinceramente que las cosas se verían bajo una nueva óptica a causa de lo que ocurrió el fin de semana pasado, cuando Teresa fue agredida por una panda de imbéciles homófobos. Bueno, en realidad, a quien atacaron fue tanto a ella como a su hermano Jaume. Al parecer, volvían con sus pancartas de una manifestación contra un juez que había dado una pena más que ligera al asesino de una pareja gay y, a la entrada del metro, cuatro o cinco idiotas les salieron al paso para dispensarles una «calurosa acogida» al grito de bollera y maricón. Afortunadamente, la cosa no fue a más porque tuvieron la suerte de que un par de guardias de seguridad salieran del metro… pero, en todo caso, eso no libró a Jaume de un par de huesos rotos y a Teresa de un trauma considerable no sólo por lo que le tocó presenciar, sino por aquella promesa de violación que, gracias a Dios, nunca fue consumada (Te vamos a quitar la tontería a pollazos, llegó a decirle uno que llevaba una especie de gamba tatuada en la nuca). Así las cosas, obviamente lo último que Sonia hubiese deseado era dejar a Teresa y Jaume solos aquella noche, máxime con la frustración que los embargaba ante las pocas esperanzas que les dieron en comisaría de que su denuncia llegara a puerto alguno. Y aunque, en efecto, ninguno de los dos mostró el menor interés en compartir la noche con la familia de Sonia, el punto de vista de la madre de esta quedó también más que claramente expuesto cuando su hija le propuso la idea: Hija, sabes que te queremos y que aquí siempre tienes tu sitio, pero no nos pidas más de lo que podemos darte.  

            Por suerte, la cena está resultando un tanto menos tensa de lo que Sonia sospechaba. Claro que sí, nada como correr un tupido velo para que las cosas salgan, si bien no al gusto de todos, sí al de la mayoría. Su hermana Lore, encantada de la vida con su nuevo novio, que vendrá a recogerla más tarde y que nos va a dejar deslumbrados a todos. Su hermano Juan, siempre tan dicharachero, con sus «divertidas» anécdotas como agente comercial. Mamá en su mundo de buenas formas y fuentes colmadas de marisco. Papá con esa sonrisa beatífica, casi derrotada, que parece querer decirle que se ha enterado de lo de Teresa y que a él no le habría molestado tenerla en la mesa. Y Sonia… bueno, Sonia piensa que ha conseguido resolver su parte bastante bien, al menos durante la primera mitad. Se ha dominado y sólo ha llamado a Teresa un par de veces, para asegurarse de que ni ella ni Jaume se encontraban mal. Claro que a la tercera va la vencida, como suelen decir. Así que no sabe si son imaginaciones suyas o realmente la voz le sonaba algo más derrotada la tercera vez, pero el hecho es que a su vuelta a la mesa, los restos en la fuente de gambas que hace un rato no le decían nada en particular, ahora no dejan de recordarle aquel tatuaje en la nuca del que le habló su novia. Te pasa algo, ¿cariño? Cuando dice que no, lo dice más por inercia que otra cosa, naturalmente. ¿Qué otra cosa puede decir, si no? El tema está vetado, su madre lo dejó bien claro, no sería justo «amargar la cena a nadie». Y si no le está permitido hablar de ello, tampoco le está permitido permitirse el lujo de ser sincera. Otra cosa es que deba fingir también su estado de ánimo, faltaría más, así que aprovechando que han comenzado a repartir los regalos y cada uno está lo bastante ensimismado con sus propios envoltorios, se deshace sin más preámbulos de su supuesto entusiasmo y permite que lo que queda de velada fluya como si de una reunión de fantasmas se tratase.

Ay, Sonia, se lamenta Lore, no sólo como si de verdad lo sintiera, sino como si de verdad se creyera su propia mentira, me olvidé tu regalo en casa… No importa, responde Sonia, graduando su condescendencia exactamente con el mismo descuido que su hermana. Al fin y al cabo, piensa largarse en cuanto acaben de abrir los regalos… si no antes. Y de pronto, como si el cielo hubiera oído sus plegarias y pretendiera ponerle las cosas fáciles, suena el telefonillo. Lore corre por el pasillo como un perrito fiel, o más bien como si le hubieran metido un petardo encendido en el culo, así que todos sospechan que debe de tratarse de su flamante novio nuevo. Lorena debería habernos dicho algo, reprocha la madre mientras adecenta un poco el comedor, Me hubiera gustado invitar a ese chico a la cena y conocerlo un poco mejor. Juan simplemente disculpa a su hermana con una mueca de resignación. Papá mira de reojo a su otra hija y casi parece disculparse en silencio. Y Sonia teme vaya a dejarse tonta la lengua de tanto mordérsela.

Cuando Lore regresa, toda ella sonrisas, la acompaña la viva personificación del yerno con el que toda madre soñaría. Se llama Pablo y trabaja como creativo para una agencia publicitaria. Guapo como un demonio, diplomático como un político y dueño de una amable simpatía que no tarda en hacer sucumbir a casi todo el mundo. Sonia, por su parte, se siente impresionada lo justo (al fin y al cabo, no deja de ser el último de una larga serie de «buenos partidos» que su hermana lleva a casa), de modo que mejor dedica toda energía a calibrar su corrección y observar las señales que le indiquen que es el momento perfecto para marcharse. Lo bueno es que no tiene por qué mostrarse especialmente afable con Pablo: de eso ya se encarga sobradamente su madre, por ella y por todos. Menuda embajadora del buen rollo. Y aún con todo, Lore parece haberse percatado del desdén apenas disfrazado de su hermana, pues de pronto parece intentar crear algún débil vínculo entre aquella y su última adquisición: A mi hermana Sonia también le gusta mucho dibujar, ¿sabes? Mira, ese cuadro al carboncillo lo dibujó ella… Y justo antes de que Sonia maldiga la mala leche de su hermana (sabe tan bien como ella que siempre se ha avergonzado de ese dibujo de dimensiones pésimamente calculadas), justo antes de que se disculpe por la escasa pericia de una adolescente que ni siquiera tuvo formación plástica en ese sentido, Pablo se da la vuelta y observa el objeto de vergüenza de Sara, eternamente expuesto para de algún modo recordarle aquello que nunca llegó a ser.

Tiene una composición interesante… concede sin dejar de inspeccionar el dibujo, como si verdaderamente valorara el esfuerzo (o tal vez como si no pudiera creerse que hubieran colgado semejante engendro en el comedor). Por supuesto, la mentira es un tanto más piadosa que la de Lore al lamentar el haber olvidado del regalo, pero Sonia ni siquiera es consciente de ello. Oh, no, claro que no. No puede perder el tiempo diseccionando los recovecos de una opinión que ya bien poco le importa. A decir verdad, estaba demasiado ocupada renovando su interés por la Navidad. Ocupada agradeciéndole a Lore desde el silencio que, justo en el último momento, le hubiera traído semejante regalo. Y sobre todo, ocupada cerciorándose de que, en efecto, lo que el nuevo novio de su hermana llevaba tatuado en la nuca era, tal y como le había parecido, una gamba.

© Copyright de Javier Quevedo Puchal para NGC 3660, Diciembre 2017 [Especial Navidad]

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