Palabras de silencio

 

Por Álex Vidal

El recio viento helado soplaba del nordeste, en la dirección del sol naciente, cuya inminente irrupción era anunciada por los azules y turquesas que manchaban el horizonte. La claridad formaba una banda creciente que perfilaba la costa abrupta y engullía rápidamente las estrellas; sólo las más brillantes resistían aún, tozudas, colgando en el tapiz del cielo.

Bajo ellas permanecía de pie el hombre, tan cerca de la orilla que el mar le lamía, al morir, sus sandalias.

Un joven enjuto y barbilampiño atravesó con premura el umbral del convento, batiendo las manos contra los costados para espantarse el frío. Caminó hacia él, dejando tras de sí la impronta de sus pasos en la nieve endurecida por la noche.

—Maestro —dijo al llegar a su lado, sustituyendo el título de eeron por éste, mucho más humilde—, os he estado buscando en el convento.

Hizo una pausa, esperando en vano un gesto que le ayudase a calmar su evidente agitación, exhalada al tiempo con su jadeo.

—Quisiera saber qué os apetece para el desayuno.

Como respuesta obtuvo un dedo cruzando los labios apenas visibles bajo la frondosa barba blanca. Enfrentado al embate del viento, la atención del hombre parecía perdida en algún punto indefinido por encima del océano al este del cabo de Niesteia, donde la cadena del Brazo de Hierro hundía sus rocosos dedos en las profundidades del océano. El muchacho se preguntaba si el eeron Peer estaría rememoranado los días de ira y tempestad, velados por un pasado amargo, en que tantas naves habían rasgado allí sus cascos y hallado sepulcro bajo una mortaja de azul infinito.

—Hijo —declaró Peer con voz grave y profunda, con la calma propia de la sabiduría que concede una larga vida—, el mismo almuerzo de estos últimos meses. El invierno aquí en el sur es crudo y los campos son pobres, cuando no yermos; poco hay entre lo que elegir. Así que dime, Jeroen —volvió al joven su cálida mirada—, ¿qué es lo que tanto te preocupa como para andar buscándome a horas tan tempranas?

Jeroen se mordió el labio inferior, mezcla de indecisión e inquietud, antes de hablar.

—Sufro por vos, maestro. Vuestras sospechas acerca de posibles infiltrados de los Auténticos en la congregación parecen ser fundadas y me hacen temer incluso por vuestra vida.

El vaho que exhalaba junto a sus palabras difuminaba los rasgos puntiagudos de Jeroen, resumidos en un rostro estrecho aún marcado por su recién abandonada adolescencia.

—Esta mañana, antes del canto del gallo, me he despertado alarmado, no sé bien por qué. Tenía la impresión de que algo había sucedido en el almacén, así que me he vestido rápidamente y me he dirigido hacia allá. Al llegar he observado, con estupor, que había sido saqueado. Lo que no han conseguido llevarse estaba aplastado contra el suelo, y todas las alacenas han sido destrozadas.

»Pero, lo que más me inquieta —continuó, tras acomodarse el abrigo sobre su cuerpo esquelético—, es el hecho de que la puerta no ha sido forzada. Y Taooni, el encargado de cerrar las dependencias durante la noche, ha desaparecido del convento. No creo que haya ido a la aldea del valle, así que, presumiblemente, ha partido al norte, de vuelta a Oorania. Y, ¿por qué allí, donde estamos cuanto menos condenados a muerte? Parece claro que ha sido algo planificado y ejecutado por ellos.

«Ellos», por los Auténticos.

—Los cocineros están intranquilos, pues han estado haciendo inventario de las provisiones que restan y estiman que tendremos para apenas semana y media —tras una pequeña pausa, Jeroen añadió—. Siempre y cuando establezcamos un racionamiento.

El eeron asintió, con la misma expresión calma con que Jeroen lo había conocido, quince años atrás, cuando apenas contaba cuatro años. De aquella época sólo conservaba imágenes confusas, una aldea ardiendo y el inicio de un largo camino compartido entre los hombros de su padre y, cuando éste murió, los brazos de Peer.

—¿Ha sido quizá una voz en el viento la que te ha despertado? —preguntó el anciano, con su vista aún fija hacia levante, donde el fulgor del sol empezaba a quemar las olas en el mar. Jeroen negó con la cabeza:

—Maestro, aún soy sordo para entender lo que las naomitas dicen de este mundo.

El eeron Peer sonrió con dulzura.

—Y lo serás aún por un tiempo, hijo mío. Aprehender esa habilidad oscura e innata que vaga en el interior de cada uno requiere mucho tiempo y voluntad. Y paciencia.

»De hecho, tras tantos años de aprendizaje y de incontables sacrificios, todavía soy incapaz de comprender todo lo que ellas nos dicen.

El viento desbarató la última frase e impuso su propia voz, imperativa en su furia. La preocupación se instaló en el rostro de Peer, tan evidente ahora que su discípulo se inquietó.

—¿Qué es lo que oís, maestro?

—Sólo palabras confusas, hijo mío, y la certeza de que algo terrible sucederá. Ahora calla…

Se mantuvieron en silencio unos minutos, en los que el eeron Peer permaneció inmóvil, como una estatua, mientras que su alumno iba camino de convertirse en una auténtica figura de hielo.

Cuando el rugido del aire disminuyó el anciano se ajustó el gorro sobre sus orejas y comenzó a caminar decididamente hacia el patio del convento.

—Jeroen —anunció con gravedad—, están en peligro. De hecho, me acaban de anunciar su muerte a manos de un extranjero, de un extraño —miró al chico, que parecía aturdido ante lo que decía—. Llevan tiempo gritándolo al mundo, pero sólo yo, y sólo ahora, he comprendido su llamada de socorro.

El anciano atravesó el umbral con paso decidido, dejando atrás a un Jeroen paralizado, como si su alma hubiese sido arrebatada por sus palabras.

—¿Queréis decir que… van… a morir todas? —susurró, más para él mismo que para su maestro, que ya abordaba la entrada al atrio. El viento seguía soplando, incansable, repitiendo la misma nueva una y otra vez, indiferente al joven discípulo varado bajo el arco de entrada del convento de los Verdaderos. El nuevo día acababa de nacer.

Cuenta la leyenda que, en el albor de los tiempos, vivió un hombre llamado Naom que amaba desmesuradamente las aves. Disfrutaba cada mañana de sus cantos hilvanados en el aire fresco de las montañas; y cuando alzaba la vista de su trabajo en el campo, podía pasar horas contemplando sus alegres vuelos sobre las llanuras de Oorania, que se extendían desde allí hasta romper al sur en el Brazo de Hierro.

Para Naom la vida era aún sencilla. Al igual que sus vecinos de los valles, sus principales ocupaciones eran la labranza y la ramadería. Con lo que obtenía del trabajo tenía suficiente para subsistir y realizar pequeños intercambios, desconocedor, como el resto de la gente, de un dinero aún sin inventar y de un concepto de pobreza que, sin aquél, era inexistente.

La armonía que por aquel entonces existía entre aves y humanos había llevado a las primeras a anidar cerca de las aldeas, con el fin de alertar de la presencia de cualquier peligro para el hombre a cambio de alimento —granos que sobraban de la cosecha, trozos de pan y a veces pescado—. Por fortuna, el ser humano aún no se había aficionado a la caza como diversión, mostrándose agradecido y generoso.

Tras largos años de convivencia llegó el día en que Naom decidió que había llegado la hora de hablar con ellas y entender lo que las aves le decían en su idioma, en esas palabras que el viento, en cuyo seno viven, convierte en murmullo que llega hasta el rincón más alejado del mundo.

Justo al amanecer Naom se plantaba de pie en medio del prado que circundaba su cabaña y alzaba los brazos para entender aquel idioma tal como hacen los árboles con sus ramas y hojas; árboles por entonces verdes y sanos, pues su savia aún no estaba inundada de la rabia que paulatinamente los tornaría oscuros. Rabia por el llanto que aún vibra en el aire, llanto por la muerte de tantas especies que el hombre condenaría.

Cuando Naom se hizo viejo y monedas y billetes habían empezado a circular por manos ávidas, llegó a sus oídos, a través de los pájaros más pequeños y rápidos, el rumor de la construcción de una ciudad en la falda del monte en el que vivía, ciudad que posteriormente se conocería por el nombre de Nooranburgo. Le contaron sobre las discusiones de los hombres en el bosque por algo llamado «parcelas», y cómo pintaban líneas en el suelo y clavaban estacas y tendían cintas por doquier. Ante su preocupación Naom les pidió calma y les aseguró que averiguaría todo lo posible cuando bajase a las aldeas para intercambiar su cosecha por utensilios de cocina y algunos enseres para su caballo.

Durante los días en que estuvo ausente no consiguió trocar sus productos por aquellos que necesitaba: los aldeanos le exigían monedas de oro o plata en vez de lana o de las tortas de trigo que cocinaba expresamente para el mercado. Cuando le explicaron el concepto de «dinero», éste rehuyó de su comprensión como el agua de las manos. Pero aún más descorazonadoras fueron las explicaciones que le ofrecieron sobre la ciudad de la que le habían hablado sus amigos: sólo obtuvo palabras baldías como «progreso» o «riqueza», y una sorna, una risa despectiva que le espetaban en la cara, mientras los comerciantes lo señalaban acusándole de inculto, de inadaptado. «Tú no eres de los nuestros» —dijeron.

Cuando regresó, con las manos vacías y sin respuestas con las que saciar la curiosidad de sus amigos alados, el alma se le vino a los pies en apenas unos instantes: una gran parte del bosque que bañaba las laderas del monte había sido talada y despejada, dejando al descubierto la tierra áspera y la roca desnuda. Multitud de troncos estaban apelotonados en las riberas desnudas del río, y ladrillos y maquinaria completamente extraña salpicaban la desierta planicie.

En los alrededores de su cabaña multitud de pájaros esperaban aterrados, algunos heridos por las ramas que les llovieron del cielo como granizo en una tempestad. Desfallecidos, pues no tenían ahora qué comer en muchos kilómetros a la redonda, le narraron cómo los hombres, «obreros» se hacían llamar, se habían entregado a una persecución cruel, abatiendo a todo animal que se habían rezagado en la huida que siguió al estrépito de los árboles derribados. Le contaron incluso cómo la magnífica águila imperial, que enfurecida había arrancado un ojo y clavado sus garras en el corazón del hombre conocido como «capataz», acabó con la cabeza destrozada por una bala; y cómo su reputación fue mancillada por insultos que, una vez muerta a traición, la tildaban de rapiñera y cobarde.

Naom lloró desesperadamente. Maldijo el montón de palabras nuevas con que los hombres habían liberado sus zafios propósitos sobre la tierra ahora desollada. Los supervivientes le preguntaron dónde se cobijarían, dónde hallarían en aquel mundo súbitamente hostil su sustento. Les contestó que se quedasen con él, que no quería dejar de oír sus cantos en las mañanas y que deseaba no pertenecer a la humanidad. Diciendo esto alzó los brazos, sintiendo cómo, poco a poco, se tornaron ramas de hojas delgadas y puntiagudas. Su cuerpo se volvió tronco talludo y nudoso, sus pies se hundieron en la tierra convirtiéndose en raíces profundas y recias, y su voz se escuchó, en el idioma del viento, susurrando entre las hojas y las ramas, llamando a las aves para que anidasen en él. Sus lágrimas se convirtieron en frutas que darían vida a otros árboles como él: las naomitas, cuya palabras volcadas en el aire hablan sobre el mundo, sobre su pasado y su futuro, sobre la condición humana que tan bien conocen y que todo aquel que quiera puede escuchar, allí donde sople el viento.

Al poco de llegar a Puerto Peregrino, embozada su figura en una harapienta capa de navegante, el eeron adquirió en el mercado un potrenco famélico, apenas un triste reflejo de su propia sombra, por unas pocas piezas de plata. Con él reemprendió el camino retomando la carretera de Nooramburgo que la noche anterior cruzase clandestinamente, desde los angostos desfiladeros del Brazo de Hierro. Por fortuna no se había topado con ninguna patrulla de frontera, lo cual le había permitido pasar la primera noche en Oorania con tranquilidad, aunque tuviera que pernoctar unas breves horas al raso.

A pesar de su discreta vestimenta de seglar y de las décadas transcurridas desde la guerra y el éxodo al sur, dudaba que su nombre e incluso su rostro ahora más viejo hubiesen sido olvidados en su propio país, el país que tanto le odiaba. Sabía que pisar ese suelo acarrearía graves consecuencias sobre su cabeza. Pero no podía retroceder, estaba obligado a correr el riesgo, lo esencial era salvar, si aún restaba tiempo, a las naomitas de su aniquilación a manos de un extraño, un extranjero; las palabras que escuchaba en la brisa no eran más precisas que eso.

En la urgencia de su partida, ni tan siquiera se había despedido de su humilde comunidad, sospechosa de albergar algún infiltrado de los Auténticos. Sus únicas palabras de adiós se las había dicho al siempre fiel Jeroen.

—Miente, Jeroen —le había dicho aquella misma noche, tras oír la voz del viento—, invéntate cualquier cosa: que me he perdido por la costa, o que me he partido la crisma en los acantilados de las Ballenas; que no les haga ni tan siquiera imaginar el peregrinaje que emprendo. Cualquier sospecha puede alertar a los Auténticos y abortar mi misión. Y tú eres la única persona en la que puedo confiar; sé que mantendrás los labios sellados.

—Maestro —contestó afectuosamente su adepto— tened cuenta por vos y por vuestra salud, que yo me encargaré de todo en el convento. Tomad —le tendió una bolsa cuyo tintineo delataba la presencia de monedas en una cantidad que raras veces se daba en aquella tierra baldía—, estos ahorros los he mantenido ocultos durante mucho tiempo. Ni siquiera Taibán ni Faomín, de los cuales tengo mis dudas, han sabido nunca de su existencia. Los reservaba por si surgía algún contratiempo —le puso el saquito en la palma y cerró su puño alrededor—. Creo que cumplirán su cometido en vuestras manos.

—Pero están las despensas casi vacías…

—No os preocupéis, maestro. Trabajaremos duro, o nos dispersaremos y nos asentaremos en algún sitio más acogedor que este trozo de infierno helado. Pero ese monedero no nos prestará el servicio que vos podréis necesitar solo, en tierra hostil.

Peer agradeció el gesto en una muda sonrisa que iluminó fugazmente su rostro antes de que la preocupación se reinstalase en él.

—Si tenéis que cruzar la frontera del norte, id como lo hago yo ahora —advirtió Peer—. Evitad los caminos, éstos están siempre vigilados. Escalad las rocas a través del Brazo de Hierro, descalzos si es preciso para no dejar huellas ni en las piedras. Quemad vuestras ropas y disfrazaos de ooranianos comunes. Haced todo lo posible para que no os reconozcan los Auténticos; no quiero tener que cargar con más mártires en mi conciencia.

—No temáis, maestro, así lo haremos. Sobre todo, cuidaos.

Al amparo de la noche, maestro y discípulo, amigos entrañables, estrecharon sus manos, uno con el mayor de las admiraciones, el otro rogando en su interior volver con sus fieles, con aquellos que voluntariamente habían seguido sus pasos al frío del ostracismo en pos de la Verdad que, en la llamada civilización, se les negaba.

En la noche de la segunda jornada de su viaje hizo alto en una fonda, justo a medio camino de su destino, donde se ofrecía una frugal cena y un lecho por un módico precio. Pagó por adelantado con las últimas monedas de su ya exigua bolsa y seguidamente se dirigió al comedor para saciar el apetito que le asaltó con los estertores del atardecer.

Se sentó frente a un hombre de constitución fuerte, de piel cetrina y expresión huraña. Peer le sonrió como signo de cortesía, mas no halló en él otra respuesta que un ronco rumor de desaprobación y su indiferencia.

Mientras esperaba a ser atendido por el servicio, a su mesa se acercó un joven de unos treinta años, alto, delgado, de ojos claros y ligeramente saltones. Su forma de hablar, solícita y sin los modismos propios del sudeste de Oorania —tal como pronto pudo comprobar—, unida a su tez pálida, le delataban como extranjero.

Solicitó permiso antes de sentarse junto a él. Al cabo, tanto Peer como el recién llegado, tras ser atendidos por una camarera de figura generosa, se presentaron y entablaron una inocua conversación que, partiendo de la bondad de la climatología, se centró en diversos aspectos de la literatura de las islas y su relación con las expresiones artísticas de las potencias de ambas riberas del océano.

La impresión que Itarjaen, el joven huésped, transmitía era la de una persona muy activa, incluso demasiado. Una vez roto el hielo, su aparente timidez dejó paso a una verborrea desmesurada, acompañada de una gesticulación convulsa que era sorprendente contemplarla en un cuerpo a simple vista tan frágil. Su cordialidad contrastaba con la hermeticidad de su compañero de mesa, que no había mostrado intención alguna de unírseles, aunque el eeron lo sorprendiese un par de veces con su mirada, oscura y turbadora, anclada en él.

Tras una breve pausa, remojada con un largo trago de cerveza ooraniana —tan añorada desde su huida—, la lógica del encuentro casual se materializó en boca del joven:

—¿Puedo preguntarle a dónde se dirige?

—Al Santuario Árbol, en Nooranburgo —contestó el anciano, con sus ojos fijos en la jarra.

—Ah, el templo sagrado de la religión auténtica —una breve sonrisa, como de reconocimiento, se resumió en sus finos labios— ¿Está usted, pues, de peregrinaje?

Un leve movimiento de cabeza sirvió de afirmación.

—¿De dónde viene usted?

No por estar esperándola, esta pregunta le cogió prevenido. Tratando de no mostrarse dubitativo, consiguió encerrar una mentira en apenas dos frases. ¡Cuán difícil se le hacía mentir, a pesar de lo que aconsejase a Jeroen unos días antes!

—Soy de la isla de Encanta. Desembarqué hace dos días en Puerto Peregrino.

—¡Vaya, qué coincidencia! —exclamó Itarjaen—. Yo procedo de la isla de Hague, a unas doscientas millas al este. Entonces ambos tuvimos que llegar a Oorania en la misma nave, en la Estrella Luminosa, ¿verdad? Creo que era la única que, esta semana, hacía escala en su pequeño país.

Atrapado en la incertidumbre, pues desconocía completamente las rutas marítimas, se vio forzado a asentir. A través del rabillo del ojo creyó vislumbrar, muy fugazmente, al hombre moreno torciendo su gesto. Reprobándolo. La visión fue fugaz: al cabo, no parecía estar prestándoles atención.

—Quizá nos cruzamos a bordo, ¿no cree? Bueno, es posible, pero a veces mi memoria me juega malas pasadas.

Bañó su garganta con parte del contenido de su vaso antes de proseguir.

 —De quien sí me acuerdo es de haber visto a nuestro amigo aquí presente en cubierta.

Itarjaen esperó una respuesta, siquiera un ademán, a su invitación, pero todo lo que obtuvo fue la torva mirada del desconocido antes de volver a olvidarse de él.

—Yo también voy de camino a Nooramburgo. Desafortunadamente, mi propósito en un poco más pragmático. Déjeme que le invite a otra cerveza —añadió, alzando una mano de dedos desproporcionados para advertir a la camarera que trajese dos pintas más. Peer no se opuso, cuanto menos no con insistencia, pensando en las escasas monedas que aún resistían en su bolsa.

—¿Es usted creyente?

Algo en la disposición del haguense cambió, algo que tomó la semblanza de un borrón en su rostro blancuzco.

—No, no soy un hereje, si es lo que quiere saber —contestó Itarjaen con evidente malestar, muy secamente.

—Perdone, no era mi intención molestarle.

El isleño suspiró, tomando su nueva jarra, y se excusó.

—Disculpe, no tendría que tomármelo así. Después de tanto viajar, ya debería estar acostumbrado.

»En Hague debemos mucho a este país —prosiguió—. Debemos el ser libres del vasallaje a Areanalia. Debemos la recuperación de nuestras creencias. Debemos nuestra definitiva realización como nación. Su flota batió a la poderosa armada areanalesa, sus tropas barrieron al ejército herético de nuestros campos. Pero Oorania no ha librado su última batalla contra la historia: ésta quedó escrita hace quince años, cuando arrojaron a los invasores de vuelta al continente oriental, y nuestro gobierno reafirmó su lealtad a la religión auténtica. Tras, nuestra lengua y nuestra cultura maltratadas, pasando por la piedra a los intelectuales que se negaban a acatar los preceptos de la Herejía.

»Resistimos a sangre y fuego esos dos siglos de dominación —añadió, sin conceder tregua a Peer—. Perdimos a nuestra mejor gente, pasamos hambre y frío. Se nos prohibió hablar; se nos prohibió creer. Aguantamos. Y vencimos. Gracias a este país.

Apretó la punta de su índice sobre la mesa: este país es Oorania.

—Como ve, como usted debe saber, no somos enemigos de Oorania. Pero nada cambia para la gente de a pie. Aún tengo que soportar que me llamen «hereje», o incluso «verdadero», fíjese usted, cuando viajo por estas tierras. Perdón, no me refiero a usted, Peer —agitó los huesos de sus dedos, como queriendo restar importancia a sus palabras borrándolas del aire—; me ha pasado en todas las visitas que he realizado a Oorania. Entiéndalo: acaba por sobrepasar la paciencia de cualquiera.

—Siento haber herido su sensibilidad. Sólo quería conocer sus motivos para viajar a Nooranburgo y no recalar en el Santuario Árbol.

Con un aspaviento Itarjaen restó importancia al suceso. La bebida parecía haber relajado, aunque mínimamente, al joven haguense.

—Oh, la razón que me trae hasta aquí, pues en gran parte se la acabo de explicar.

Una sonrisa espontánea cruzó el rostro de Itarjaen, hasta el punto de ensanchar sus mejillas en un alarde de elasticidad facial.

—Verá, la comarca de la que procedo, Maroen, y a la que represento en calidad de concejal, está situada en el extremo sur de la isla de Hague. Desde el inicio de la ocupación se incitó a los colonos areanaleses a asentarse en nuestra tierra, la más rica e industrial del país, con el objetivo de debilitar la oposición allá donde era más fácil que surgiera: en las grandes ciudades.

»Esta táctica resultó productiva al invasor, pues diluyó nuestra identidad, y no se puso fin hasta que comenzaron las hostilidades entre los aliados de Oorania y las tierras oceánicas ocupadas por Areanalia.

»Ahora, tiempo después del fin de la guerra, el conflicto no parece resuelto: decenas de miles de personas procedentes del continente, más todos aquellos isleños que abrazaron la Herejía, forman parte de nuestra ciudadanía. Roto el contacto con la antigua metrópoli, incluso algunos se declaran ahora fieles de sus aliados, los Verdaderos, en un esfuerzo de dar un sentido a sus vidas, desorientadas sin sus líderes orientales.

Un tenue escalofrío reptó con lentitud por la columna del eeron, viendo cómo la única mención de su escuela, plena de desprecio, aún era envuelta en la gran mentira que los llevó al éxodo.

—Aun a pesar de su lealtad a la Herejía y el obvio rechazo que genera (no hemos de olvidar el perjuicio que nos ha causado durante siglos), es necesario que convivamos y trabajemos juntos si queremos rehacer el país. Eso lo comprendemos todos. En Hague.

»En Oorania es distinto.

La interrogación asomó al rostro arrugado del eeron antes aún de tener tiempo de formularla. Itarjaen, convulso orador como se demostraba, se adelantó a ella.

—El Gobierno de este país, siguiendo las directrices del Consejo del Santuario, exige la conversión de los herejes a la religión auténtica… O arriesgarse a ser deportados.

»Usando toda medida de fuerza necesaria. Quizá están pensando en darles un billete de ida al fondo del océano.

Peer meneó ligeramente, muy ligeramente, la cabeza, observando con discreción a su vecino de enfrente cuya atención, aunque bien velada, sin duda estaba puesta en ellos. Y le hacía desconfiar. Incluso tenerle respeto.

Y miedo.

—¿Desaprueba usted estas medidas?

Esperaba que sí; después de tantos esfuerzos, que se saldaron con la explosión de la guerra que había intentado desesperadamente evitar, esperaba que sus palabras aún sirviesen para la reconciliación, aunque llegase tan tarde.

El concejal maorenés meditó un breve instante, y contestó de forma evasiva.

—No las aconsejo. No en estos momentos; podrían ser perjudiciales para nuestra tierra, y en muchos sentidos. No deseo ver a mi pueblo abocado a una guerra civil. Eso nos arruinaría.

La riqueza, el dinero detrás de todo. Podía sentir el poder del Consejo del Santuario detrás de todo.

La misma mano que decretó su expulsión, y la persecución de sus fieles.

—Comprendo.

A Peer le desagradaba mantener esa posición neutra, cuando, con la mayor de las exquisiteces, estaban abofeteándole en sus principios. Ya se sentía cansado para seguir luchando, y no creía que una discusión en una cantina fuese a arreglar la situación en absoluto, más bien al contrario. Musitó una disculpa, agradeciendo al joven la invitación, y se retiró de la mesa deseando a ambos, a él y al reservado compañero de cena, un buen descanso.

Apenas se había alejado unos pasos en dirección a la barra, oyó unas palabras pronunciadas en un idioma extranjero. Girando levemente el cuello, observó cómo el hombre cetrino hablaba a Itarjaen. Su expresión era aún más huraña si cabía.

Recogió la llave de su dormitorio de manos del posadero, aprovechando para volverse hacia la mesa. La discusión parecía ser acalorada. Podía ver al concejal mucho más apocado, su piel lechosa brillando en colorado, mientras el desconocido gesticulaba con vehemencia recalcando sus palabras. Palabras que parecían rudas, exigentes.

El murmullo de aquel diálogo, para él ininteligible, murió al traspasar el portón que conducía a las habitaciones.

Se disponía a abandonar su cuerpo entre las sábanas cuando un golpe de nudillos rompió la incipiente quietud de la noche. El eeron de los Verdaderos tuvo que olvidarse de la fatiga que le lastraba el cuerpo y, tras ajustarse de nuevo la túnica, fue a atender al visitante.

Itarjaen esperaba al otro lado del umbral, jugueteando nerviosamente con las mangas de su camisa. Parecía desconfiado, atisbando de soslayo ambos extremos del corredor antes de decidirse a entrar.

Peer le acomodó un asiento en la única silla del triste mobiliario, mientras el otro murmuraba unas excusas por lo tarde que era. El eeron le quitó importancia, y cansado se dejó caer en el borde de su lecho.

El joven titubeó, mientras su atención se perdía en sus manos entrelazadas.

—No sé cómo empezar, simplemente quería hablarle… Creo que nuestra conversación abajo, en el comedor, ha sido un poco, cómo diría, reprimida por la presencia de aquel individuo…

Peer asintió.

—Les he visto conversar cuando me retiraba. ¿Es ese hombre compatriota suyo?

—Sí —contestó Itarjaen—. Bueno, en cierto sentido es hagueano como yo. Por lo visto se halla también de peregrinaje. Esperó a que usted se retirase para darme su opinión sobre el tema que habíamos discutido, y no se puede decir precisamente que fuese tan comprensivo.

»Creo que he sido imprudente al desvelar el objetivo de mi viaje. Cegado por mi susceptibilidad, me he dejado llevar por mi desmesurada locuacidad. He de reconocer que la suya es una postura poco común entre los fieles, dada la animadversión que suscita la herejía areanalesa en países tan leales como, por ejemplo, Encanta.

¿Un hálito de sospecha en sus palabras? Peer no creía haber dado pie a ninguna presunción en ese camino.

—O entre los que han sufrido una guerra, como el mío —prosiguió el isleño.

»Lo normal es encontrarse con tan fervientes detractores como nuestro amigo. Y no considero una muy buena idea que ellos se enteren.

Peer observó a su interlocutor, que se debatía inquieto en su asiento. Algo en él no le agradaba; parecía como si su nerviosismo, la excesiva compulsión con que revestía su ¿monólogo?, fuesen en realidad uno de los más completos disfraces, uno que ocultaba lo que se escondía realmente tras él: sus auténticas intenciones.

Le puso sobre aviso. Pero no fue esa sensación la única que le llamó la atención.

—Ha mencionado usted la expresión: «en cierto sentido». ¿Qué quiere decir con ella?

Itarjaen acarició, pensativo, sus labios con la yema de los dedos.

—Bien, ese hombre vive y trabaja en Hague, paga sus impuestos, es fiel a la religión auténtica… Pero se define a sí mismo como un viajero, un viajero venido desde muy lejos y desde muy antiguo para, textualmente «alcanzar el destino que mi gente ha buscado con ahínco desde la génesis del universo».

El eeron comprendió entonces: los rasgos oscuros, su reserva casi enfermiza; características propias de una leyenda viva, la de los terranos. Un pueblo que había varado su nave en las proximidades del mundo tras un viaje que les tomó varios siglos, surcando el vastísimo océano estelar. A su llegada se dispersaron por ambos continentes y por las islas, guiados por una fuerza y un tesón sobrehumanos. Formaban parte de una raza que había sacrificado su hogar y su historia para alcanzar ese destino al cual se había referido el bruno haguense, destino aún envuelto en la bruma del misterio a pesar de las dos décadas transcurridas desde su advenimiento.

—La verdad —prosiguió el maoranés— es que me siento intranquilo tras la discusión en la que nos hemos enzarzado ambos después de que usted se retirase. ¿Le importaría que le acompañase en el camino a Nooramburgo?

Peer agradeció el ofrecimiento, pero lo declinó con cortesía.

—Me encantaría, pero por desgracia el tiempo del que dispongo para alcanzar mi destino se agota con suma rapidez… Sería agradable tener compañía, sin duda, no deseo que malinterprete mis palabras.

—Ah, sí. El destino que busca todo peregrino en su romería.

La mirada otrora inquieta del joven rubio se quedó un momento clavada en los del religioso, para después recaer en el reducido equipaje (un par de túnicas, unas mudas y un par de sandalias) que yacían en un rincón de la paupérrima habitación.

—Juraría que el destino no cambia por muy deprisa que se corra… Perdone, es que tanto tiempo bajo el yugo de Areanalia nos hace incluso dudar de nuestras convicciones —su voz, de súbito sospechosamente melosa, alarmó a Peer, que creyó ver bajo el mal encubierto cinismo alguna intención oculta y malsana—. Supongo que tendrá usted que madrugar para partir temprano, así que no le importuno más. Que tenga usted una buena noche.

Saludó ya desde el umbral y cerró tras de sí.

Si el joven había descubierto su pertenencia a los Verdaderos, no estaba seguro. Escuchó sus pasos morir en la quietud de la hospedería.

Minutos después, ya cautivo del sueño, Peer ignoró la réplica a aquellos pasos que murmuraron las tablas en el extremo opuesto del corredor, un sonido sordo y furtivo a sólo unos metros de su habitación.

A pesar de su frágil aspecto, su montura estaba realizando un esfuerzo impresionante, mejorando la espontánea opinión desfavorable que la sola visión del potranco inducía. A mediodía Peer ya se encontraba atravesando los Llanos del Cangas, apenas a una jornada de marcha del Santuario. Aun así la angustia se le atascaba en la garganta y le oprimía los ojos, ante la idea de poder llegar demasiado tarde.

Se hallaba vadeando un pequeño afluente, que corría a través de los primeros riscos de la Cordillera Central, cuando le sorprendió un sonido de cascos que golpeaban con insolencia la superficie rocosa de la carretera a escasos metros tras él. No bien se hubo vuelto, de la fronda surgió de súbito un inmenso corcel negro que se abalanzó sobre ambos, jinete y rocín. Un violento tirón de riendas en el último instante evitó el atropello, obligando al animal a alzar su imponente cuerpo. Hubo un instante en que Peer temió ser coceado, viendo cómo aquellas poderosas pezuñas delanteras horadaban el aire cerca de su cabeza.

Una vez el caballo recuperó la horizontalidad, Peer pudo reconocer sobre tan impetuoso animal al terrano con el que había compartido mesa la noche anterior. Su rostro a contraluz, cuarteado por sombras intensas y profundas, transpiraba sordidez y una sensación tenebrosa que se le coló hasta el tuétano.

—Debería cabalgar con más cuidado, o podría llevarse un buen susto —le reprendió el eeron, aún sobresaltado.

—Y usted debería escoger mejor a su acompañante —contestó el otro con arrogancia—. ¿Dónde está su amigo? Dígale que salga de su escondite, que no le quiero mal.

Por un momento prevaleció el silencio entre los dos hombres; sólo el susurro del viento traía palabras que ahora nadie atendía.

—¿De qué amigo me está hablando? —preguntó Peer desconcertado.

—De ese tal Itarjaen de Hague, con quien partió usted esta mañana.

—Un momento —el anciano alzó la mano, interponiéndola entre ambos, para separar su concepto de realidad de las palabras subversivas del desconocido—, yo he salido esta mañana solo, como solo había llegado. No llevo compañía en mi viaje.

—Me asombra —dijo la figura sobre la bestia oscura—, ustedes fueron los primeros en abandonar la posada, antes que el alba despuntase.

—Ignoro si partió antes o después que yo —replicó Peer, cada vez más indignado ante el tono inquisidor del otro—, pero si usted no lo ha encontrado en el camino, es evidente que Itarjaen es más madrugador que yo, y juraría que debe llevarle una gran ventaja

»Pero me gustaría saber qué le ha conducido a deducir que cabalgábamos juntos.

El hombre pronunció una maldición en un idioma foráneo, y sin pronunciar despedida, cosa que enojó más aún al religioso, espoleó a su montura lanzándola al galope. Cuando ganó la posición del eeron, éste lanzó la mano y asió con firmeza las riendas del corcel del terrano, frenando bruscamente su carrera. La inercia hizo que el jinete saliese despedido, golpeándose con fuerza contra la cabeza del caballo, que relinchó frenéticamente de dolor a causa del tirón en el bocado. La acción no sirvió para que el viajero de las estrellas suavizase precisamente sus modales.

—¡Que el demonio le lleve, viejo! —bramó coléricamente—. ¿Se puede saber qué pretende?

—¡Es usted un maleducado, señor! No ha contestado a mi pregunta, y ni tan sólo me ha ofrecido una razón para justificar su parquedad. Insisto en obtener una respuesta. ¡Ahora!

Peer se mostró tajante, mas el ademán burlón de su oponente no le permitió aventurar nada bueno.

—¿Y qué quiere que le diga que usted ya no sepa?

—¿Que yo…? Usted me perdonará, pero le aseguro que no poseo dotes adivinatorias.

—¿Ah, no? Tenía entendido que usted posee ciertas, digamos, aptitudes para desentrañar palabras donde sólo hay… aire.

El terrano simbolizó el vacío abriendo la mano como si de una flor se tratase, a la altura de sus ojos. El eeron enmudeció por segunda vez; pero ahora no era la extrañeza, sino la sombra de la sospecha que sobre él se cernía lo que le dejó atónito.

—Sí, sé quién es usted, eeron de los verdaderos. Ha sido fácil de predecir: usted no viene de Hague o, al menos, no se contaba entre el pasaje del Estrella Luminosa; su acento es cualquier cosa menos isleño; su montura es de las más baratas que se pueden adquirir en Puerto Peregrino. Todo indica que usted no llegó por mar, sino que atravesó el Brazo de Hierro desde el país maldito del sur.

»Usted no es más que un maldito hereje y un pésimo mentiroso, como esa rata cobarde que corre hacia Nooramburgo.

Peer notaba cómo la sangre se le helaba en las venas. Una sensación angustiosa le invadió, aguijoneándole las entrañas: la certeza de saberse derrotado, de luchar contra un desenlace que súbitamente se hizo inevitable, invalidando todo su esfuerzo.

«Oh, decidme que es un sueño, una alucinación, que ese hombre no existe» pensó, con la necesidad subyacente de devolverle el sentido a una larga vida plena de fracasos.

—¡No soy un hereje! —espetó, y en este punto no mentía—. No tengo nada que ver con ese hombre.

—¿Y por qué razón se encontraron ayer en la posada?

—Debe ser usted extraordinariamente arisco, para no reconocer una charla fortuita entre dos viajeros.

—¿Y la entrevista nocturna en su habitación? Sin lugar a dudas, ustedes pueden considerarse cualquier cosa menos discretos.

Los ojos del terrano brillaban con inusitada fiereza, dándole apariencia de animal salvaje, de depredador.

Peer decidió sacudirse la perplejidad que le provocaba tan insólita conversación.

—Sigue sin contestarme, señor…

No hubo respuesta. El anciano prosiguió.

—Señor cómo-se-llame. Me estoy cansando de su interrogatorio y de su actitud prepotente. ¿Quién le otorga el derecho de perseguirnos cual policía tras unos criminales?

El hombre se inclinó sobre el cuello de su caballo, bajando su voz al nivel de un susurro, mas imprimiéndole una melodía irritante.

—Como si no lo supiera. Yo únicamente actúo como un fiel, como haría cualquiera que fuese consciente del peligro que su complot implica para nuestra religión y para el mundo entero.

Peer estalló.

—¿Usted qué sabe de salvar la religión? ¿Qué sabe de salvar vidas? ¿A qué maldito complot se refiere?

La carcajada subsecuente enervó más al monje, que notó cómo el riego volvía a sus miembros, pero con la fuerza de la rabia, mala consejera para un eeron.

—¡Ja, ja, salvar vidas! ¿Quiere que recuerde todos los muertos a su haber? ¿La guerra?

»¿Acaso pretende ahora redondearlo enviando a sus feligreses de vuelta al país que los expulsó, para aliarse con sus amigos herejes de Areanalia? Sí, hemos seguido a los apóstatas desde el otro lado del océano, no es necesario que finja no saberlo. Conocemos la intención de los orientales de infiltrarse en el Gobierno de Oorania y en el Consejo del Santuario para hundirlos desde dentro. Y sabemos que ustedes los ayudarán, como pasó durante la guerra.

»¿Es posible que aún no se haya enterado de quién venció? ¿Cuántos cadáveres más necesita para darse cuenta? ¿Lo hará cuando todos los miembros de su congregación de vuelta a Oorania, donde fueron condenados hace más de quince años, sean ejecutados? ¿Cuando arrasemos Areanalia y pasemos por la piedra a todo infiel?

—¡Usted desvaría! ¡Sus palabras no son más que las divagaciones de un loco! —gritó, pero sus labios rezumaban desesperación, recordando que los miembros de su congregación, salvándose de la hambruna del invierno austral, en esos momentos se encontraban de camino a Oorania. A su perdición.

La sonrisa se ensanchó en el rostro cetrino del otro, que observaba con fruición la reacción de Peer.

—Le recomiendo que vuelva a su exilio —le espetó—. Ahora no tengo tiempo de ocuparme de usted; he de alcanzar al de Hague. Le advierto que no traspase las puertas de Nooramburgo si quiere vivir unos días más.

—¡Usted no entiende nada! —exclamó Peer, presa ya de la desesperación—. Si me detiene, acabará por destruir las naomitas y todo aquello por lo que creemos, por lo que luchamos.

Habiendo ya atravesado el riachuelo, el terrano se giró y, con la expresión mudada, mortalmente seria, dijo con voz profunda, lúgubre:

—Podrá usted acusarme de muchas cosas, pero jamás, repito, jamás —remarcó— dude del conocimiento que mi pueblo tiene de las naomitas. Les llevamos siglos de ventaja.

Acto seguido clavó sus talones en la grupa de la bestia y reemprendió la carrera, desapareciendo en apenas breves instantes.

De nuevo en la quietud del bosque, el único sonido rezaba:

—El extraño nos matará a todas.

Roto entre la certeza del final y la incertidumbre del criminal que estaba destinado a destruir el motor que hacía girar el mundo, Peer arreó al flaco animal y continuó el camino, más por no desfallecer en ese paraje ignoto que por llegar a su destino.

Se preguntó si ese extraño no sería él mismo que, una vez tras otra, había errado caminos y objetivos y había condenado a las naomitas, al igual que a millares de personas, a una muerte sin sentido; buscando una Verdad que el terrano le había revelado incompleta.

La agitación en Nooranburgo no se debía a la congregación de millares de peregrinos apiñándose en las calles del centro de la capital, ni al esplendor de sus magníficos y variados escaparates, de tiendas regentadas por charlatanes y embaucadores donde se podía adquirir absolutamente todo, desde recuerdos de oro y plata hasta placeres de alcoba o briznas ilegales de naomita. En la ciudad, cuyos tejados anchos y profusamente adornados invitaban a perder la vista hacia el cielo olvidando la miseria terrenal, la arquitectura retenía en sus travesías y callejas un ansia resbaladiza, un malestar enfermizo, un cáncer que infectaba sus barrios como órganos descompuestos de un cuerpo moribundo vestido con sus mejores galas.

Los rumores circulaban de boca en boca, mezclándose ora con leyendas de lejanos países, ora con imaginarias confabulaciones teñidas con la presencia remota, ya tan antigua, de la Herejía. Alguien hizo circular la voz de que los Verdaderos habían abandonado su retiro al sur y se habían esparcido por tierra santa. Los peregrinos, la mayoría gente pobre, incultos, desheredados, cuya única certeza en la vida era que ésta, tarde o temprano, tenía un final, incorporaron esas dos nebulosas palabras en el temor vital que formaba parte intrínseca de sus existencias.

La única esperanza que mantenía de pie a toda esa gente residía al extremo del único sendero que, partiendo del norte, reptaba a través de la pendiente hasta la meseta del Santuario Árbol: allí, alzándose con gallardía se hallaban las seis naomitas legendarias.

Bordeando la vereda, agentes de policía, de ademán no inquietante sino furioso, acechaban; ellos decían que protegían el Santuario de posibles criminales. Podían ser herejes, según ellos, provenientes de las tierras del este aún bajo la influencia de Areanalia; y así eran apresados extranjeros de acento oriental, de rasgos isleños, de piel bronceada por el sol del hemisferio norte. O podían ser fieles de los Verdaderos, siempre desde su evaluación, que sostenían la libre interpretación de las palabras de las naomitas a través del viento y acusaban a sus intermediarios, los sacerdotes Auténticos, de ser unos farsantes y unos manipuladores; de esta forma ermitaños, pobres y campesinos procedentes de las tierras del sur fueron apaleados y arrojados fuera de la ciudad. «Apestáis» —escupió uno de los guardias, el cuerpo del interfecto ya rodando por la ladera.

La muchedumbre, aunque a destiempo, ciega pero no sorda, se alborotó y estalló. Los tumultos aparecían y desaparecían con vertiginosa celeridad, y allá donde se producía uno, ya fuese en la populosa avenida central como en un callejón siempre abarrotado, segundos más tarde sólo la presencia de un par de soldados daba constancia de que la fugaz danza teñida de rojo no había sido sólo una ilusión.

Incluso se llegó a hablar de algunos muertos, cadáveres yaciendo en ignotos rincones de los arrabales que nadie había visto pero que todos conocían por narraciones de terceros que habían emergido de los enormes lodazales de la periferia.

Para Peer esos rumores se concretaban, uno a uno, en rostros desencajados por el terror que había marcado sus últimos momentos. Tuvo la mala suerte de entrar en Nooramburgo evitando las suntuosas puertas y el celo desmedido de la policía; temiendo también el más que probable aviso del enigmático terrano a las autoridades de la ciudad. Se sumergió en los barrios de chabolas, adheridas a la urbe cual garrapatas, donde antiguos campesinos, que habían abandonado el campo en pos de la fortuna o de la mera supervivencia, malvivían junto a sus familias, abocados todos a la mendicidad. Por las calles de tierra árida y polvorienta bajaban regueros encarnados que, a falta de alcantarillado, se arremolinaban y estancaban en charcos fangosos, espesándose tanto como la sensación de estar jugando a las caricias con la muerte que invadió al eeron.

Mucha sangre había visto verterse en nombre suyo, millares de vidas fervorosamente entregadas y arrebatadas; y aun así la visión le enfermó.

Salió corriendo del laberinto de callejuelas putrefactas en busca del Santuario, o de una salida de aquel pozo en el que se extendía la presencia de algo similar al infierno. En ese momento los soldados que guardaban el núcleo urbano de la intrusión de vagabundos lo interceptaron y, dado que era lícito usar la fuerza contra un sospechoso de asesinato, aprovecharon la ocasión para lavar a golpes la sangre de sus manos.

Una voz autoritaria, supuso que del oficial de la patrulla, le retuvieron, apenas por segundos, en un mundo que se le deshacía a pedazos frente a sus ojos.

—¡Chicos! Este hombre puede ser sobre el que el Consejo ha cursado orden de captura. ¡Recogedlo y lleváoslo a la penitenciaria!

Zarandeado bruscamente por tres pares de manos, la conciencia de Peer resistió lo suficiente para reconocer la vagoneta oscura y sin ventilación a la que fue arrojado. Sintió el traqueteo burlón con el que el coche partió del arrabal, y entonces se desmayó.

Tras un lapso de tiempo, no supo determinar si de horas o días, Peer despertó —o más bien recuperó los sentidos— mientras estaba siendo conducido a través de tortuosos pasillos, huérfanos de iluminación. Con su mente aún ofuscada, no se preguntó de dónde venía o a dónde le llevaban, simplemente seguía el camino que sus guardianes le marcaban a golpe de mástil de sus armas.

Cuando el mundo cesó de rotar en el interior de su cráneo, pudo entrever una sala de dimensiones colosales, presidida por una mesa oscura cubierta por varias pilas de documentos. Sendos guardias engalanados guardaban las cuatro esquinas de la estancia, así como los flancos de la puerta que daba acceso, a su derecha, a un amplio balcón asomado al claustro.

A través de ella sintió en su rostro una ligera brisa, que consiguió espabilarle un poco.

Detrás del escritorio se alzó una figura alta, cuyo perfil se le hizo más nítido a medida que recuperaba la vista tras la conmoción. Su presencia era majestuosa, envuelta en rico paño y joyería, y su pálida mirada parecía destinada a observar, como ahora, con dulzura.

—Estimado Peer, eeron de los Verdaderos, sed bienvenido a nuestro humilde Santuario.

La voz sincera, cálida y aterciopelada, pulsó uno de los recuerdos más preciados y a la vez más amargos del anciano.

—Uharan, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.

—Ciertamente, maestro —el título, tan querido por el eeron, fue pronunciado por el Sumo Pontífice de los Auténticos con cariño—. Es una lástima que las circunstancias nos hayan arrastrado a la situación actual.

Uno de los soldados que custodiaban a Peer, a un gesto de Uharan, acercó una silla y le ayudó a acomodar su maltrecho cuerpo en ella.

El mesaar Uharan, Sumo Sacerdote de los Auténticos, era un hombre de apenas cuarenta y cinco años, de rasgos suaves enmarcados en un rostro fino, ausente de vello, y rematados por una nariz aguileña que le confería un matiz infantil. Su mandibula cuadrada, finalizada en una barbilla partida, le confería un aire arrogante y ciertamente ambicioso, como Peer había comprobado tras largos años de confrontación.

—¿Estáis solo? —preguntó Peer. Obviamente, los soldados y los celadores no contaban.

—Sí, estoy solo —contestó Uharan, lacónicamente—. Los ministros del Gobierno son reacios a discutir conmigo sus resoluciones. Prefieren que les comunique mis decisiones en privado, supongo que para salvar ante sí mismos su ego de dirigente. Les falta experiencia, no cabe duda.

—Los dominas bien, ¿verdad?

Una breve sonrisa iluminó el rostro del auténtico. No era un gesto de superioridad, sino de deferencia a su antiguo mentor.

—¿Y a los demás países?

—El actual ministro del Exterior es uno de los mandatarios más competentes que he tenido el placer de guiar. Sabe ganarse amigos mediante la diplomacia, y resulta ser muy influyente en todo el planeta… Menos allí donde los apóstatas han pervertido el poder, claro está —añadió Uharan.

—Bien, ya sabéis cuál es mi opinión al respecto.

—Sí, y ambos sabemos, vemos —señaló a Peer—, hasta dónde os ha conducido. Además, creo que os advirtieron ayer que no osaseis venir a este lugar.

El tono que el mesaar utilizaba era el de un profesor regañando a un estudiante indolente, pero su mirada había perdido brillantez, oscurecida por algún pensamiento terrible que acababa de cruzarle por detrás de sus ojos azules.

—Ya conocéis la sentencia contra vos y toda vuestra congregación. Me veré obligado a ejecutarla.

Lo anunció serenamente, como si hablase de un invierno que sucede inevitablemente a un otoño.

Peer se agitó, inquieto, en su asiento. Como respuesta, imperceptiblemente, los soldados alzaron sus armas en posición de guardia, atentos a ulteriores movimientos.

Mas no era su muerte lo que le preocupaba. No, él sabía que vida no acabaría allí. El viento soplaba ahora con más fuerza, revolviéndole la maraña de cabellos enredados con sangre seca y sudor.

Pero no entendía las palabras susurradas por los árboles…

Uharan levantó la vista y la fijó sobre su invitado.

—¿Os encontráis bien, Peer?

—Os repito —dijo, retomando el hilo perdido de la conversación—, como tantas veces os he dicho antes del decreto de expulsión, que no tenéis derecho a gobernar así a los hombres. Les estáis privando de su bien más preciado, la libertad de escoger su destino.

El rostro del hombre se distendió. Agrupó unas hojas y las guardó dentro de una carpeta que llevaba inscrito el escudo de Oorania.

—Ideas de herejes.

—Los Verdaderos no somos herejes —recalcó el eeron.

—Lo sé, lo sé. Pero os será muy difícil convencer al mundo de lo contrario. Incluso en Areanalia os consideran un aliado.

—Jamás quisimos serlo —rebatió Peer—. No nos interesa la política; simplemente desvelar el engaño a que sometéis a vuestros fieles.

Uharan abandonó su asiento y se dirigió al balcón. Ya en el umbral, se giró y se enfrentó a su antiguo maestro y actual adversario.

—Quisiera que alguna vez me entendieseis, aunque os falte poco para abandonarnos.

»Nosotros aceptamos una responsabilidad: disponer del poder que otorga interpretar el pasado y el futuro. Es un poder vasto, enorme. Es un poder que vos y yo, y pocos más, poseemos.

»Y tenemos que administrarlo. Vos traducís unas palabras, que decís escuchar siempre que las naomitas hablan, y desperdiciáis vuestro poder sobre esa pobre gente —señaló hacia el claustro, donde una fila de peregrinos se apelotonaban, ansiosos por conocer su porvenir, que no sería más aciago que su pasado.

»Pero esa gente necesita ser gobernada, no los podemos abandonar a su propio destino. Un país no puede prosperar sin un control férreo, sin una planificación precisa. ¿Os imagináis lo que podría llegar a ser un país dejado a la mano de gente inculta, sin preparación, sin capacidad de liderazgo? ¿En manos de cientos de miles, de millones?

»Mentimos a los campesinos, engañamos a los burgueses, manipulamos gobiernos, con la única finalidad de conducir al mundo lejos del caos. Peer, por lo que más queráis, entendedlo: estamos haciendo lo correcto.

Una mueca amarga arrinconó las arrugas que surcaban el semblante de Peer alrededor de las comisuras de los labios.

—¿Y para ello necesitáis ser tan despiadado? ¿Dándonos a elegir entre el exilio y la muerte?

Peer se golpeó el pecho con el puño, simbolizándose a sí mismo y a todos sus seguidores. El Sumo Pontífice, de espaldas al cristal de la terraza, se pellizcó el labio inferior mientras reflexionaba con cuidado sus palabras.

—Siento ser tan tajante, pero lo cierto es que vuestra doctrina es nociva. En nuestra lucha contra la expansión anarquista areanalesa, vuestra consigna de libertad y, obviamente, vuestras acusaciones contra nuestros estamentos y su implicación en la sociedad eran inaceptables.

—Pero no discutíamos la forma, sino el fondo.

—Seguís sin entenderlo, mi querido amigo —su voz parecía tornarse cada vez más triste, como si se estuviese preparando para una despedida—. Nosotros… decimos al pueblo lo que nosotros queremos que oigan. Ellos simplemente creen. Si realmente tradujésemos las palabras de las naomitas, si les entregásemos directamente su futuro… ¿qué pensáis que harían? ¿Conducirían el mundo hacia la paz, hacia la prosperidad?

»Y, por otra parte, ¿no les estaríamos suprimiendo definitivamente su libertad?

Una punzada de peligro atravesó la expresión del eeron. Miró hacia el patio, más allá de la silueta de Uharan. Éste prosiguió, sin darse cuenta del cambio inducido en su interlocutor.

—Además, nosotros hicimos bien poco. Vuestra compañía fue la que se puso la soga en su propio cuello. Lo único que hizo el Consejo que yo presidía era recordar vuestro apoyo ideológico a la invasión oceánica por parte de Areanalia, recalcando los postulados de «democracia» de ambos colectivos. Después de ver morir a maridos, padres e hijos en aquella guerra, vuestra condena aún os salvó del linchamiento popular.

»Y os hemos mantenido guardados, allá en el sur, hasta que llegase el momento en que nos hicieseis falta. Ahora ya habéis cumplido dicha misión, y no nos queda más que eliminaros definitivamente.

En ese rostro maduro, en aquella mirada tierna no cabía la crueldad de un anuncio terrible. Por eso a Peer le costó entenderlo.

Le miró de hito en hito, con una sola pregunta luchando en su cuerpo fatigado por salir: «¿Cómo?»

—En contra de nuestros deseos, han ido apareciendo grupos contrarios a nuestra política. Son idealistas, son jóvenes… Por desgracia, también son maleables y se permanecen en la clandestinidad. Evidentemente, hay una mano muy poderosa detrás que los mantiene.

»Se han infiltrado en nuestra sociedad, en nuestro país, en nuestras ciudades. Sabemos quiénes son, pero no podemos actuar sin, probablemente, desencadenar una guerra civil en países como Hague o, incluso, en Oorania.

»Por tanto, os hostigamos para que volvieseis a Oorania y, una vez aquí, intervenimos para que contactaseis con ellos. En muchos casos, ni siquiera recordaréis de quién era el agente enemigo.

—Itarjaen —susurró Peer en un suspiro a duras penas audible, aunque el mesaar asintió al reconocer el nombre del haguense.

»De esa forma, obtenemos pruebas de vuestra implicación y, por extensión, del inmediato peligro que esto supone para la nuestra soberanía. A partir de ahora, la intervención estará justificada, y podremos limpiar el continente y las islas de disidentes sin hallar oposición.

Peer se revolvió en la silla, inquieto. Sentía a través de la piel un susurro lastimero, un presagio fatídico cuyo desenlace se estaba incubando apenas a unos metros, a unos minutos del momento actual.

—Uharan, el extraño…

El líder de los Auténticos trocó su expresión lánguida por un fruncimiento de sus cejas que delató su extrañeza.

—¿Qué os pasa, Peer?

De sus labios sólo brotaban aquellas palabras —«el extraño»—, como si de pronto una fiebre se hubiese apoderado de sus sentidos, congelando su vida en un último instante, en el que pronunciara esas sílabas.

Uharan se acercó un par de pasos al cuerpo tembloroso del anciano, intentando descifrar el mensaje.

—El extraño… ¿Acaso os referís a Teenar, el terrano? Uno de nuestros más fieles servidores, sin duda alguna, capaz de abandonar trabajo y casa por sus sacerdotes. Un pueblo muy sacrificado y muy devoto.

El chasqueo de las alabardas despertando de su descanso indicaba que el verdadero se había alzado del asiento. Más pálido que el mármol, extendió ambas manos hacia fuera, en un gesto de súplica.

—No, Uharan. El extraño, el que aniquilará las naomitas… ¡Está muy cerca!

Uharan lo miró con sorpresa, casi con asco. Su oponente parecía loco de terror. Cualquier otro hubiese pensado que había perdido los cabales. Pero él lo conocía muy bien. Manteniendo una distancia prudencial, que los soldados no permitirían en ningún caso que se acortara, el mesaar le inquirió:

—¿De quién habláis, Peer? ¿Qué sucede?

El rostro del anciano se deformó horriblemente, como si mil millones de pequeñas muertes le sobreviniesen de sopetón.

—¿No lo oís, no habíais prestado atención hasta el día de hoy? ¡El extraño matará a las naomitas!

Uharan se volvió hacia la puerta abierta, hacia la brisa que acarició su túnica morada y revolvió sus cabellos.

Un momento después, un silbido sordo hendió el aire, sustituido por el chapoteo de la carne perforada del mesaar. Cayó de espaldas sobre la mesa; luego el mismo escritorio fue astillado por múltiples impactos de proyectil, así como lámparas y vidrieras y adornos y un par de soldados que cayeron sobre sus propios charcos de sangre.

Pronto el tiroteo se trasladó al patio del claustro, para ser sustituido, al finalizar, por el coro de aullidos y lamentaciones que corona todo suceso.

Alrededor del coto donde se erguían las naomitas, decenas de peregrinos yacían, temblando de miedo, aunque algunos eran ya cadáveres. Dos o tres armas reposaban en el suelo, humeantes, sus propietarios bañados en rojo, y uno de ellos, de rostro desencajado, aún miraba fijamente, con ojos saltones, el balcón desde el fondo de su muerte.

Uharan se incorporó ayudado por su secretario, un hombre bajo y rechoncho que había irrumpido en la sala buscando al mesaar. Apoyado en él y aferrando su destrozado hombro izquierdo se asomó al patio, apenas a un par de metros de donde permanecía Peer de pie, para ver cómo la guardia retiraba los cuerpos de los terroristas; entre ellos el del malogrado Itarjaen.

Los guardias asieron a Peer por los codos, aunque poco después lo dejaron ir a una señal del Sumo Pontífice.

—Bien —le dijo, su voz ahora áspera por el dolor, volviendo su vista de la escena que presidía desde los soportales del balcón—. Ahí tenéis a vuestro extraño. Esta vez ha ido cerca; le subestimamos. A partir de ahora procederemos con mayor cautela, aunque os aseguro que no habrá una próxima vez.

Se volvió y, evitando el contacto —estaban al alcance de un abrazo— añadió:

—Para nosotros tampoco habrá una próxima vez.

Peer asintió.

—No nos volveremos a ver.

Ambos sabían que era cierto. Jamás volverían a encontrarse.

Mas la brisa que se deslizó en la sala tras la muerte de Itarjaen hablaba de una todavía larga vida en un mundo peligroso, violento, incierto, oscuro. Un mundo sin mentor ni guía. Un mundo en el que se tendría que luchar, día a día, por la supervivencia.

Un lugar no muy diferente al actual.

Y esto, le dijeron, era la Verdad.

Cuando a Teenar, el fiel agente terrano de Hague, le llegó el turno, nadie lo hubiese reconocido de entre los cientos de peregrinos que ya habían pasado por el claustro. Uharan le dedicó una mirada condescendiente, aunque turbada con cristales de dolor. A veces se apoyaba en una balaustrada que le habían improvisado, delante del púlpito, ya que se había negado a cancelar los oficios, tal como le habían recomendado sus ayudantes.

Extendió su brazo sano hacia la cabeza morena y, tal como había hecho con tantos otros aquella tarde, pronunció la frase con la que iniciaba el ritual.

—Dime, tú peregrino, cuyo sacrifico para alcanzar tierra sagrada te honra, ¿qué deseas saber de tu futuro?

Teenar alzó sus ojos sumisos, profundos y oscuros, hacia las copas que se mecían a merced del viento, aguardando su pregunta.

—Quisiera saber si mi esposa y yo mantendremos el amor que hasta ahora nos ha unido.

Uharan se volvió hacia los troncos robustos, inspiró profundamente, y tras unos breves momentos de reflexión, contestó:

—Las naomitas se acaban de pronunciar —una pausa—; dicen que vuestro futuro es hermoso y brillante, que vuestra esposa os ama con toda el alma y que siempre os será fiel, que la vida os obsequiará…

—Mentís.

No hubo asomo de ira en su voz, ni un ademán violento que rompiese el aplomo con que acusó a Uharan de embustero.

Simplemente alargó su brazo derecho y de la mano surgió un destello rubí. El haz perfiló una trayectoria limpia, cruzando el recinto del patio hasta alcanzar la corteza más cercana. La naomita ennegreció rápidamente y murió. Poco después le sucedió la siguiente, y después otra más…

Y mientras disparaba el rayo hacia el coto donde, uno a uno, iban muriendo los árboles, el terrano recordaba a su esposa, el ser más dulce que habitó en el arca que los había conducido hasta ese mundo; que nada más desembarcar supo de aquella amante de juventud, perdida en las penumbras de la nave, olvidada hacía tantos años y años luz. Deseaba saber dónde se encontraba ahora, quizá abandonada a brazos extraños, escrutando en el viento el destino que los había acogido, a ella con el desengaño, a él con la soledad.

Había decidido acabar con esas voces. Ahora ya no delatarían a nadie, ya no romperían más corazones. Tras dar muerte a la leyenda, por fin se sintió libre.

Accidentalmente el láser también atravesó el cuerpo de Uharan, que interceptó su trayectoria en un último intento de poseer un futuro que no le pertenecía.

© Copyright de Álex Vidal para NGC 3660, Junio 2017

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