Álex Vidal

Soy demasiado caótico como para mantener la disciplina necesaria para una carrera literaria mínimamente consistente. Eso, y las distracciones habituales de la vida, aparte del trabajo. Un trabajo que, por otra parte, me permite seguir en el mundo de la literatura de género, aunque sea al otro lado de la pantalla; puede que no sea tan vistoso y no aparezca en los créditos, pero os aseguro que es tan apasionante o más como crear ficciones.

Aunque lo echo de menos, de verdad. Actualmente, cuando encuentro un hueco, redacto cosas más cortitas, rimadas y con idea de musicarlas. Pero eso es otro cantar, nunca mejor dicho.

En fin, como iba diciendo, Pily me pidió que le redactase un pequeño texto biográfico para la web para acompañar un cuento. Veo que, quizá, este arranque no se ajuste demasiado con el formato habitual, así que intentaré ajustarme un poco más. Veamos…

Álex Vidal (Sabadell, Barcelona, 1972; al principio firmó con el nombre completo, pero prefiere el diminutivo; Alejandro le suena demasiado serio y solo se lo permite a su madre) siempre explica [qué raro se me hace esto de la tercera persona] que entró en esto del género fantástico de la mano de su hermano cuando lo llevó, con cinco añitos, a ver Star Wars. A partir de aquel momento, todo lo que tuviese naves espaciales, futuros distópicos (sí, los ochenta fueron una gran época distópica), robots y cualquier cosa que oliese a ciencia ficción era devorada con fruición. Recordemos que, en aquella época, la televisión pública programaba para los jóvenes clásicos como Fahrenheit 451 o El hombre con rayos X en los ojos.

Ya con diez años, su padre intentaba que leyese algo más serio que los Mortadelos y lo incitaba a leer libros «de verdad». Un día de Reyes le regalaron un libro cuya portada lo había tenido absorto días antes en la librería del centro comercial: Los límites de la Fundación. Y se convirtió en un ávido lector, tal como quería su padre. Eso sí, lo de «deja de leer cosas de marcianos y lee literatura de verdad» cayó en saco roto [momentáneamente; sí, leo de todo, pero la adolescencia estuvo consagrada a Asimov, Clarke, Tolkien, Le Guin y Herbert, básicamente].

Y como todo lo que tenía que ver con el espacio lo fascinaba, acabó estudiando Físicas en la UAB. No se especializó en astrofísica como era su idea inicial porque en tercero descubrió que la termodinámica era una disciplina extremadamente versátil y preciosa. Pero bueno, cuando uno acaba una carrera sin salida laboral (¿conocéis a muchos físicos trabajando en España?) se echa al campo a lo que le caiga. Así empezó una breve carrera de programador en Oracle, un fugaz paso por un laboratorio cosmético, un trabajo de IT crowd (sí, también estábamos en la planta inferior) en el que aprendió que administrar sistemas tiene la dimensión fascinante de establecer vínculos con los usuarios; cosa que, por lo visto, exacerba a los compañeros ambiciosos y sin escrúpulos. Así que, cuando se hartó del ambiente al más puro estilo Juego de tronos que se había organizado, salió tarifando en el momento adecuado porque, qué cosas, lo condujo de cabeza al mundo editorial, y desde el 2001 trabaja en Ediciones Gigamesh, donde está al cargo de la producción editorial.

En cuanto a lo de escribir, ya en el colegio le encantaba redactar cuentos, y le debe a los profes de lengua y literatura el amor por la lengua y el primer impulso creativo. Pero, más allá de cuatro o cinco cuentos dispersos en las antologías Artífex, Visiones, Mundos Imaginarios y algunas reseñas y artículos, se ha prodigado más bien poco. Ahora mira esos cuentos y se dice: «Por favor, ¿cómo pude hacer yo eso?» y los reescribiría o los tiraría a la papelera de reciclaje. Pero bueno, son reflejo de una época y ahí están.

 | Premio Domingo Santos (1998): Palabras de silencio | 28 págs. |