No me gusta Omnícron – Reed.

 

Por Josep Ruiz Hierro

Estos antros a los que los omnicronenses llaman bares, cada día dan más asco. De no ser por los robots que traen desde la cercana Zaluta, no habría quien pusiese los pies en este planeta de perezosos y de marranos.

El barman permanece inmóvil, sentado detrás de la barra de un metro de altura. En las mesas algunos clientes omnicronenses sorben los refrescos con sus apéndices nasales. ¡Qué bien les viene esa especie de trompetilla para no tener ni siquiera que levantar los brazos!  No soy racista, pero reconozco que no puedo ni ver a esta especie. ¡A ver si recibo la dichosa carta del Almirantazgo concediéndome el traslado a Stoesbida!

Allí hay un asiento libre. Voy a sentarme. Nunca pensé que añoraría aquellos estupendos y mullidos taburetes de la Tierra, a los que tenías que trepar y desde los que uno se desplomaba con gran estrépito después de una noche entera pimplando.

 

—A ver, barman. Una Xibeca —ordeno al zángano de color violeta que me mira con hastío.

—Esto es un self service, amigo.

 

No me hacen falta más explicaciones. Me levanto y me voy al superhipermegafrigorífico que contiene refrescos, alimentos, preservativos (hay quien los exige fresquitos)… Ahí están. ¡Ah, las Xibecas! Otras marcas sucumbieron a las exigencias del mercado, fueron absorbidas por empresas extraterrestres que las echaron a perder con inventos imposibles, pero la Xibeca continúa como el primer día. Un litro de auténtica cerveza de malta, eso sí, en envase tetra-brik.

¡Vaya! ¡Un omnicronense va a sentarse en MI asiento!

Corro. Bueno, no he de esforzarme mucho. Estos haraganes congestionados son tan lentos… Lo adelanto en un periquete. Me siento. Jo-Jo-Jo. ¡Qué cara ha puesto el sujeto! No se enfada, porque eso les fatiga.

 

—Uno con cuarenta omnicrones —dice con voz metálica el barman.

Le acerco la TP (tarjeta pagadora). Digo que la acerco porque no se la doy en mano. La dejo sobre la barra, para que tenga que realizar el supremo esfuerzo de llevar su docena de dedos hasta la cédula. A veces, si estoy especialmente de mal humor, la dejo caer al suelo. Con este ardid, más de una vez el barman se me ha acercado de forma confidencial para decirme que invitaba la casa.

Reconozco que obrar de esta manera no está bien, pero es que hay que pasarse veinticuatro horas al día en este planeta para saber qué se siente. Es insoportable. La tele no vale nada. Recuerdo que hubo una época en la Tierra, en la que pasaban bastante basura, pero en Omnícron la única forma de ver algo de acción es sintonizando la programación de Zaluta, en la que pasan algunas películas, pero como no están dobladas, ni subtituladas, no hay quién entienda una sola palabra.  Dicen los lingüistas que el zalutiano es una mezcla de chino, portugués y sonido de zambomba.

El único espectáculo, por el que los omnicronenses se pirran, es por el de hacer la estatua. Se alinean a lo largo de la Avenida de los Quietos y allí los turistas les hacen tridimensionalfotos. Desde hace lustros, los omnicronenses ganan todos los festivales intergalácticos de esta disciplina artística.

 

Me gustaría encontrarles más virtudes, apreciarlos e irme de juega con ellos, pero ¡Menudo muermo! No salen nunca de noche. Sólo lo hacen para acudir a su puesto de trabajo, donde a poco que pueden se echan a hacer la siesta. No los criticaría con tanta saña si no me hubiesen perjudicado, como me perjudicó hace un tiempo uno de su especie en la Misión Copérnico.

La Misión Copérnico era un encargo de poca monta. Alguien en la Tierra anunció que el cráter lunar de Copérnico podía contener restos de un antiguo meteorito que valía la pena analizar.  Me llamaron del Almirantazgo de Sabadell y me dijeron que hiciese el astropetate y que embarcase ipso facto, que había que recoger diversas muestras de la superficie del satélite.

Aquello no me hacía mucha ilusión. Primero porque aquel domingo el Sabadell jugaba en casa, segundo porque la Luna ya no entrañaba secreto alguno y tercero porque mi compañero en la nave iba a ser un omnicronense llamado Kiroga.

Por desgracia había oído hablar de él.

Conociendo la desidia de los omnicronenses, me quejé al almirante, pero no sirvió de nada. Me explicó con pocas palabras que la Ley Kafeparatodos de la Confederación obligaba a formar tripulaciones mixtas. Como la Misión Copérnico se encontraba en el nivel 1 de la escala (del 1 al 10) de peligrosidad, no debería tener ningún tipo de problemas con mi compañero.

La nave se llamaba Ciudad Real, porque su ingeniero era oriundo de Puertollano, y era lo que llamábamos un utilitario, un vehículo para distancias cortas y de bajo consumo.

Las cero horas era la hora prevista para el embarque en el Ciudad Real. Sin embargo, subimos a la nave a las tres y cinco de la madrugada. Kiroga se había dormido.

Por supuesto tuve que hacerme cargo de todo; de descolgar los trajes espaciales, de comunicarme con la torre de Asistencia, de controlar el tablero de mandos… Kiroga se limitó a sentarse en su asiento y a preguntarme si le podía abrochar el cinturón de seguridad.

Antes de despegar ya estaba negro.

Pese a su austeridad, la nave era cómoda. La cabina era algo estrecha, pero acogedora. Sobre el tablero de control un aterciopelado perrito de plástico movía la cabeza como afirmando no se sabía muy bien qué. Al lado del cronotermobarómetro, un imán con la efigie de Flash Gordon recordaba: «Astronauta, surca el Universo, pero no corras».

Nos hicimos al espacio sin ninguna dificultad. Comprobé que los parámetros que marcaban los indicadores eran correctos. Quise hacer partícipe a mi compañero de la maravilla de navegar en el espacio. Le dije que pusiera el radiocassette. Chasqueó la lengua con disgusto y frunciendo el ceño, pulsó la tecla «Loro». Sonó la música melodiosa de «Agüita salá». Luego le pedí que moviese la palanca del aire acondicionado al grado tres.  No movió un solo dedo. Le había faltado tiempo para entregarse al más profundo de los sueños.

Al cabo de unas horas. que fueron de un sopor supino —porque no había abordo más cintas que las de «Agüita salá»—, algo empezó a ir mal. La nave se tambaleó. Algo crujió en la parte de atrás. Pensé que algún cuerpo extraño había impactado en la nave. El caso es que el Ciudad Real empezó a torcer el rumbo. Accioné la PRI (palanca de rectificación de itinerario) y, como se solía hacer en esos casos, pulsé el botón de señalización de avería, el cual ponía en funcionamiento unos dispositivos llamados flapas (especie de lanza-arpones) que enviaban al espacio tres triángulos fosforescentes.

El segundo ruido que me alarmó fue un estallido parecido al de un petardo verbenero de grado seis. Localizado también en el sector de popa.

Me giré espantado. Un chorro de humo escapaba por una fisura de la pared.

Kiroga despertó y me preguntó qué pasaba.

«Estamos metidos en un buen berenjenal», dije. Él advirtió «Cuidado», pero lo dijo con tanta parsimonia que no me dio tiempo a reaccionar. El techo de la nave se me vino encima con gran estruendo. Aturdido y en el suelo me di cuenta de que me había caído encima un plafón. Claro que el plafón pesaba lo suyo. Quise levantarme, pero entonces me percaté horrorizado de que estaba herido. Una cañería de cilitrinatro me había atravesado el hombro. Milagrosamente no había rozado el hueso. La sangre empezó a manchar mi traje y a mezclarse con el agua que caía a borbotones de la parte superior.  Mi compañero no hizo la más leve intención de recomponer el desaguisado. Le pedí auxilio, pero seguía en su asiento observándome con asombro.

—Es que no sé de medicina —informó.

—¡Por el amor de Dios! ¡Ayúdame a incorporarme!

El omnicronense, contrariado, se levantó y retiró con los pies el plafón, los cables y las cañerías, las cuales examinó con curiosidad.

—¿Es cilitrinatro? Se paga bien el cilitrinatro… —dijo.

Me puse de pie, como pude, y me dirigí bastante mareado a la cabina de primeros auxilios. Recordé un macabro chiste que corría desde hacía mucho por las aulas de cadetes astronautas, que contaba que con frecuencia los primeros auxilios eran también los últimos.

Abrí el armario. Allí había de todo, pero no sabía cómo diantre podía arrancarme aquello del hombro. Me encontré muy solo y muy herido.

—¡Qué diablos estás haciendo! —grité desesperado a Kiroga.

—Estoy tratando de enderezar la nave.

Estaba seguro de que mentía. Me llené de valor, empuñé la barra ensangrentada y me la extraje con todas mis fuerzas. Efectué la operación con tal determinación que me cargué el espejo del armario. Siete años de mala suerte.

Estupendo: había topionic, gasas y tijeras.

Sudando tinta y tratando de no perder la consciencia, evoqué lo aprendido en el curso de tres meses de Medicina y procedí a practicar las pertinentes curas.

Después de adherir una tirita analgésica me desmayé.

Desperté en el Hospital de la Santa Vagancia de Terrassa, donde todo el personal era omnicronense. El servicio era lamentable, pero he de reconocer que me encantaba cómo la cariñosa enfermera KC-Rin soplaba con su trompetilla mi sopa demasiado caliente. Sólo se servía una comida al día y nadie me vino a visitar, de modo que tardé tres semanas en recobrar fuerzas. El doble de tiempo que tardaron las autoridades de Sabadell en levantar una estatua en memoria del héroe Kiroga, que había sido capaz de devolver a la Tierra el Ciudad Real y de salvar la vida de su torpe compañero.

Brrrrrrrr.

 

—¡Barman, otra Xibec… hip… Xibeca!

—Le dije que esto es un self service.

—Ah, sí.

 

Y como si de una broma del destino se tratara, aquí estoy: en Omnícron, bebiendo cerveza como un cosaco porque no tengo nada más que hacer.

Y esa carta del Almirantazgo que no llega. Hip. ¡No merecía el castigo de este destino! ¡Qué ganas tengo de que me envíen a Stoesbida!

© Copyright de Josep Ruiz Hierro para NGC 3660, Octubre 2017

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