Omega


Por José Carlos Canalda

—Lamento contradecirle, pero yo sigo insistiendo en que los conceptos de cielo e infierno son completamente absurdos desde un punto de vista filosófico y solo tienen sentido como meros instrumentos represivos de la religión.

La conversación, que llevaba ya varias horas, se iba calentando paulatinamente conforme avanzaba. Hasta entonces mi interlocutor había sido para mí un perfecto desconocido, pero la accidental presentación efectuada por un amigo común había resultado fructífera, al menos desde el punto de vista dialéctico… Porque ciertamente no era nada fácil encontrar alguien dispuesto a discutir largo y tendido, al menos de una manera totalmente aséptica y desapasionada, sobre temas tan delicados para la mayor parte de la gente como eran los de índole religiosa.

—Pero si enfocamos el problema desde el punto de vista de la teología comparada… —rebatió mi interlocutor.

—No me sirve. —Interrumpí— La teología no es sino la corrupción de la filosofía al servicio de la religión. No es objetiva, no puede serlo, y por lo tanto no nos sirve como ayuda conforme a lo pactado.

Lo pactado era algo tan sencillo como la renuncia mutua y expresa a utilizar argumentos que pudieran ser considerados como subjetivos o simplemente interesados.

—Está bien. —Concedió a regañadientes— Renuncio a la teología. Pero si usted se declara ateo estaríamos en las mismas circunstancias solo que al contrario.

—Yo no soy ateo. —Puntualicé molesto— Simplemente no creyente.

—Ya, solo le falta autocalificarse de agnóstico. —Se burló.

—Si así lo prefiere… Pero pienso que este adjetivo es tan ambiguo que en realidad dice muy poco.

—Pues dígame entonces cómo podemos salir del brete.

—Es muy sencillo. —Repuse— Usted se siente inclinado a creer en la existencia de una vida ultraterrena, mientras yo pienso justo lo contrario. Pero tanto usted como yo tenemos serias dudas lo suficientemente razonables como para desear una reflexión intelectual sobre este tema. ¿Me equivoco?

—No hasta este punto. —Concedió— Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

—Precisamente esto es lo más importante; que no utilicemos ni usted ni yo cascabel alguno. Lo importante es que nos desprendamos de cualquier tipo de prejuicio a favor o en contra de cualquiera de las dos posturas.

—Perfecto. Dígame entonces sus razones para rechazar la existencia de cielo e infierno… Aceptando, claro está, que haya vida ultraterrena, ya que de no ser así nos quedaríamos sin el menor argumento en el cual apoyarnos.

—Por supuesto. —Sonreí— Siempre que no introduzcamos los conceptos del bien y del mal, porque de hacerlo estaríamos recurriendo a un baremo completamente subjetivo.

—No me dirá que considera que matar sea algo subjetivo…

—Por supuesto que no en condiciones normales, ya que resulta evidente que el asesinato es algo que va en contra de la ley natural; pero hay ocasiones en las que suprimir una vida puede resultar paradójicamente más beneficioso que respetarla. Piense, por ejemplo, en la aplicación de la eutanasia a enfermos terminales; y ya en otro orden de cosas, imagine por un momento que descubre que un terrorista va a cometer un atentado que provocaría numerosas víctimas, y que la única manera de detenerlo es matándolo. ¿Estaría justificado este homicidio?

—Poniendo las cosas así…

—Es que hay que ponerlas así. —Recalqué— Lo único que quiero decirle con ello es que los conceptos del bien y del mal nunca podrán ser considerados como algo absoluto e infalible. Y si esto ocurre con las cuestiones que constituyen la raíz misma de la ética, como matar o robar, ¿qué me dice de todas las prohibiciones inventadas por las distintas religiones a lo largo del tiempo? ¿Por qué un católico tiene vedada la utilización de cualquier método anticonceptivo, por qué un musulmán no puede beber alcohol, por qué un judío no puede comer carne de cerdo? ¿Por qué, en definitiva, los conceptos del bien y del mal varían tanto de unas religiones a otras?

—Bueno, hay que tener en cuenta que no todas las prohibiciones tienen la misma importancia… —contemporizó.

—Es igual. Si hay algo irrefutable desde el punto de vista filosófico, es que de existir una vida ultraterrena esta tendría que ser exactamente la misma para todas las personas sin distinción alguna de credos. Pero vayamos todavía más allá. —Continué, sintiéndome cada vez más exaltado— Supongamos que efectivamente existen un cielo y un infierno que, por lo dicho anteriormente, deberían ser únicos y comunes para todos. Pero ocurre que cada religión acostumbra a reservar su paraíso particular de forma exclusiva para los bienaventurados de su grey, rechazando expresamente a los de las demás religiones; yo pienso que si una persona es buena o mala debería ser premiada o castigada independientemente de cuál pudiera ser su creencia, lo que entraría en franca contradicción con lo predicado por todas las religiones.

—Me está conduciendo usted a un sofisma. —Rebatió con calor— Según sus argumentos el premio o el castigo deberían ser únicos y, como esto es algo supuestamente negado por las distintas religiones al autoexcluirse mutuamente, usted concluye de una forma un tanto gratuita que como consecuencia ni el cielo ni el infierno pueden existir… Lamento decirle que este razonamiento no resulta ser nada consistente.

—Dígame por qué.

—Porque lo uno no excluye lo otro. —Su aplomo estaba comenzando a incomodarme— Que todas las religiones estén equivocadas acerca de sus concepciones del cielo y el infierno no quiere decir que estos no puedan existir a pesar incluso de todas estas discutibles limitaciones.

—Explíquese mejor. —Mi malestar iba en aumento conforme veía cómo se me escapaba de las manos el control de la discusión— Yo no lo veo tan claro.

—Lo haré. Las iglesias cristiana, musulmana o budista podrán decir lo que quieran acerca de los requisitos para salvarse después de la muerte, pero imagínese que existe algo superior a ellas y totalmente independiente de las mismas, algo que es el único responsable de juzgar en igualdad de condiciones a la totalidad de las almas de los fallecidos.

—¿Una especie de hiperreligión? —pregunté con sorna.

—Llámelo como quiera. Pero es lógico pensar que exista una selección natural que separe los buenos de los malos sin tonterías inventadas por ningún iluminado o por sus epígonos.

—Bueno, es una posibilidad… Aunque no me acaba de convencer. Pero vamos a admitirlo como hipótesis de trabajo. —Concedí a regañadientes— Tenemos un ente que está por encima de todas las creencias y se encarga de juzgar a las almas independientemente de todo lo que puedan decir las religiones tradicionales. Este ente premia o castiga según criterios rigurosamente objetivos e irrebatibles y envía a los juzgados a un cielo o a un infierno que son únicos y comunes para todos. ¿Es esto lo que propone usted?

—Más o menos, sí. —Respondió perplejo ante mi aparente rendición— Pero continúe.

—Continuaré. —Sonreí torvamente— Tenemos un cielo y un infierno, pero ¿qué me dice del purgatorio?

—Pues… Es una etapa intermedia de preparación antes de entrar en el cielo. —Balbuceó, siendo consciente de que acababa de descubrir que el hielo crujía bajo sus pies.

—¡Y un cuerno! —Por supuesto no dije eso sino algo bastante más educado— Puedo admitir que haya un cielo para los buenos y un infierno para los malos, pero no paso porque pueda existir también un purgatorio para los regulares; si aceptamos que la opinión de iglesias como la católica no cuenta en absoluto y que los criterios de selección sean totalmente objetivos, ¿cómo se puede explicar que haya también menos buenos que tras un período más o menos largo de penitencia puedan pasar a formar parte del grupo de los elegidos?

—Nadie es perfecto. —Se batió en retirada— Y es lógico que necesite purificarse previamente.

—¿Ah, sí? —me burlé— ¿Purificarse de qué? Si alguien ha sido bueno o malo durante toda su vida, todo lo que tuviera que hacer ya lo tendrá hecho en el momento de rendir cuentas. Si ha tenido toda una vida para demostrar lo que vale y el juicio es totalmente objetivo, ¿qué necesidad hay de un purgatorio? Podríamos aceptar, desde un punto de vista aséptico, la existencia de un cielo y un infierno únicos tal como usted propone, pero lo que resulta evidente es que el purgatorio no es sino una invención teológica tan interesada como absurda.

En realidad, tampoco me tragaba lo del cielo y el infierno ya que mis propias ideas no iban precisamente por ese lado, pero eso no me importaba lo más mínimo a raíz del giro que estaba dando la conversación. A esas alturas me limitaba a mantener un pulso dialéctico con mi oponente, y mi única motivación era la de vencerlo con mis argumentos por puro placer intelectual. Me hubiera dado exactamente lo mismo que la discusión hubiera versado sobre la posibilidad de que la Tierra fuera plana o acerca de la presunta tomadura de pelo del arte moderno… Aceptando complacido incluso un cambio en nuestros respectivos papeles si ello se hubiera terciado. De igual modo que los deportistas compiten entre sí sin más interés que el de vencer al contrario, yo deseaba derrotar a mi rival con las únicas armas de mi retórica y mi capacidad de persuasión; y me lo estaba pasando bastante bien, lo confieso, a pesar de que mi contrincante estaba resultando ser un hueso muy duro de roer. Sin embargo, mi contertulio no debía de pensar así, puesto que parecía tomarse en serio todo lo que decía… Pero ese no era mi problema.

—No estoy de acuerdo con usted. —Dijo al fin con una más bien escasa convicción— No es preciso recurrir a interpretaciones extrañas para admitir la existencia de un colchón entre los dos extremos. El hombre necesita de algún tipo de período de prueba, y eso es lo que justifica la existencia del purgatorio.

—Me temo que estamos volviendo a caer de nuevo en las redes de la teología. —Objeté, cada vez más seguro de mi triunfo— Es evidente que mientras los conceptos de cielo e infierno podrían ser admitidos filosóficamente, con el purgatorio no ocurre lo mismo al tratarse de un mero invento de los teólogos cristianos. Si un recién nacido falleciera nunca se sabría lo que hubiera podido llegar a ser, y no me venga ahora con el invento del limbo; pero una persona adulta ha tenido tiempo más que de sobra para desarrollar su bondad o su maldad sin necesidad alguna de períodos de gracia. Y ya puestos a perfeccionar, le confieso que me parece infinitamente más lógica la teoría de la reencarnación de los hindúes antes que la historia extraña del purgatorio.

—¡Pero todos tenemos derecho a rectificar nuestros errores!

—Entonces sobraría el infierno, mi querido amigo. —Repuse con una suavidad fría como un cuchillo.

Mis últimas palabras fueron seguidas por un tenso silencio. Era evidente que mi interlocutor había agotado sus argumentos, lo que nos incomodaba a ambos. Bien, al parecer había ganado… Aunque no podía presumir de que estuviera demasiado orgulloso de ello.

—Esta es la manera en la que están las cosas. —Sonreí al fin conciliadoramente— ¿Acaso le parece demasiado corta una vida como para necesitar un estrambote?

Y eso fue todo; la conversación había terminado definitivamente. Así lo entendimos ambos, por lo que despidiéndonos cortésmente abandonamos la sala a la que nos habíamos retirado huyendo del bullicio de la cercana fiesta. Le perdí de vista poco después sumergido en el marasmo de gente que nos engulló, pero eso ya no me importaba; tan solo deseaba salir de allí lo antes posible.

La tarde era gris y plomiza y llovía con cierta intensidad, lo cual lejos de disgustarme sirvió para despejarme la mente. Absorto en mis pensamientos atravesé sin mirar una ancha avenida barrida por la pertinaz lluvia; cuando quise reaccionar era ya demasiado tarde.

Ocurrió de repente. Ya fuese por mi distracción o porque la cortina de lluvia ocultaba todo mi entorno, no vi el coche que con las luces apagadas se abalanzó sobre mí sin darme el menor tiempo para reaccionar.

Era tarde. Se oyeron chirriar las ruedas resbalando sobre la húmeda calzada en un inútil intento por evitar lo inevitable. Se produjo el choque y un cuerpo humano, mi propio cuerpo, salió despedido como un títere yendo a caer a varios metros de distancia sobre el reluciente asfalto; para entonces ya estaba muerto.

Pero no todo había acabado sino que, por el contrario, una nueva existencia se abría ante mí. En el mismo instante en que abandonaba el mundo de los vivos pasando a formar parte de un estado de consciencia superior, todos los secretos del universo me fueron abiertos como un ramillete de sabiduría. Y fue entonces cuando descubrí que había estado completamente equivocado: no solo existían realmente un cielo y un infierno, sino también ese purgatorio que tan tenazmente hubiera negado; un purgatorio establecido por la infinita sabiduría de Dios para calibrar a los humanos. Porque el purgatorio no era otro que la propia vida de cada persona desde el mismo instante de su nacimiento hasta el momento postrer de su muerte.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Julio 2018

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