Ladrones del Más Allá


Por José Carlos Canalda

—Reconócelo, Luis, ¿a ti nunca te han desaparecido cosas?

—Hombre, pues claro… —reí; a veces mi amigo Juan me sorprendía con sus desconcertantes preguntas— de hecho, las estoy perdiendo constantemente, de sobra sabes que soy un despistado patológico.

—No, no me refiero a las pérdidas de objetos, sino a las desapariciones.

—Bueno, una vez me robaron la cartera en el metro…

—Tampoco es eso.

—Pues tú me dirás…

—Está claro —Lo estaría para él, porque lo que era para mí—. Hablo de desapariciones misteriosas y sin explicación alguna, que no se puedan achacar a pérdidas, olvidos, robos ni despistes, ajenos o propios.

—¿…?

—Te lo pondré más fácil —dijo reprimiendo una mueca de fastidio—. Tú dejas un objeto, el que sea y no necesariamente valioso, en un lugar, digamos, encima de un mueble; y cuando vuelves a buscarlo, ya no está. Nadie ha entrado en tu casa, todo está intacto y tú estás completamente seguro de haberlo dejado allí; pero se ha esfumado para siempre, y nunca más volverás a encontrarlo. ¿No te ha pasado nunca?

—Quizás… —respondí sin comprometerme demasiado, al tiempo que me venía a la memoria el recuerdo de una manta de viaje que había dejado en el respaldo de un sillón y de la cual nunca más se supo; o el de las gafas viejas que llevaba de repuesto en la guantera del coche y no conseguí encontrar, por más que las busqué, el día que se me rompieron las que llevaba puestas.

—Puede que te sorprenda —sonrió triunfante—, pero he investigado sobre el tema descubriendo que se trata de un fenómeno relativamente frecuente; lo que ocurre es que, al ser los objetos volatilizados normalmente de escaso valor, la gente no suele preocuparse demasiado por su pérdida. Pero desaparecen, vaya si desaparecen.

—Serán los gremlins. —apunté burlón.

—No andas muy descaminado. —fue la desconcertante respuesta— Pero no se trata de duendecillos fantásticos, sino de seres de carne y hueso tan reales como tú y como yo.

—Ahora sí que has conseguido que no entienda nada —rezongué.

—Es simple. Los ladrones, por llamarlos de alguna manera, proceden de otra dimensión. O para ser más exactos, de un universo paralelo.

—Vaya, sí que eres original —ironicé; Juan sabía que yo era aficionado a la ciencia ficción, y resultaba evidente que pretendía llevarme a su terreno, desagradablemente próximo al realismo fantástico y a toda esa retahíla de seudociencias y presuntas artes adivinatorias que yo tanto aborrecía, dorándome, eso sí, la píldora con un imposible hermanamiento entre ambos temas— El tópico de los universos paralelos es uno de los más viejos de la literatura fantástica, hay montones de relatos que lo tratan…

—Yo no estoy hablando de ciencia ficción, sino de algo real —objetó con un punto de irritación en la voz.

—Sí, tan real como los ovnis, el Triángulo de las Bermudas, los dioses astronautas de Palenque, el mapa de Piri Reis, las lluvias de ranas o las piedras de Ica… —remaché con crueldad— Juan, sabes que estoy harto de decirte que no creo en esas paparruchas; que me guste la ciencia ficción no significa que me tenga que tragar todas esas charlatanerías, por mucho que los libreros tengan la mala costumbre de poner sus panfletos en el mismo estante que las novelas futuristas.

—¡Es que no tiene nada que ver! —insistió mi amigo, dignamente ofendido por mi patente incredulidad.

Pero, inasequible al desaliento, como cualquier friki que se precie, reanudó la ofensiva.

—Esto lo he investigado yo, y por supuesto no pienso ganar el menor dinero con ello.

Vaya, como si la verosimilitud de esas chifladuras se pudiera cuantificar en relación inversa al dinero que los caraduras de sus promotores se embolsaran gracias a ellas… de todos modos, era consciente de que cuando mi amigo, digno émulo del Abuelo Cebolleta, se empeñaba en soltarme una perorata de las suyas, no me quedaba otro remedio que el de aguantar estoicamente el chaparrón, encomendándome al gran Cthulhu para que al menos el tormento fuera breve…

Así pues, me resigné.

—Está bien —suspiré—, desembucha.

—Por muy escéptico que seas —se engoló—, tendrás que acabar reconociendo que tengo razón. Por desgracia, en este campo hay mucho embaucador y mucho iluminado, en eso te doy la razón, pero esto no quiere decir que no haya también verdades ocultas negadas tozudamente por la ciencia oficial; tan solo hay que tener un criterio libre de prejuicios y saber separar el grano de la paja.

—«Eso es justo lo que decís todos vosotros» —pensé para mi coleto. Pero preferí no rebatirle, ya que habría resultado completamente inútil.

—Yo he utilizado una metodología rigurosamente científica, —continuó; ni tan siquiera en eso sabía ser original— descartando todos los casos en los que existía la menor sombra de duda. Pero, aunque tan solo quedara un uno por cien de los casos originales, hay suficientes de ellos probados como para demostrar que, efectivamente, seres de otra dimensión visitan la nuestra para sustraer objetos y llevárselos a su mundo.

—¿Con qué objeto? —pregunté, ingenuo de mí—. ¿No les resultaría más sencillo robarlos en su propio universo?

—No seas estúpido —me fulminó con la mirada—. Estos seres no pretenden robar nada… a no ser que consideres ladrones a los arqueólogos que excavan yacimientos antiguos o a los naturalistas que buscan animales desconocidos para la ciencia.

—Ah, ya comprendo —mi sorna era más que razonablemente palpable—. Lo que quieren es investigarnos, y por eso arramblan con todo lo que nos dejamos olvidado por ahí.

—Lo creas o no, acabas de decir una verdad como un templo —sentenció solemne—. Estos seres, que sin duda poseen una tecnología infinitamente más avanzada que la nuestra, han descubierto la manera de perforar las infranqueables barreras que separan a los distintos universos que conforman el metauniverso aislándolos a unos de otros, lo que les permite abrir ventanas temporales a través de las cuales pueden realizar incursiones en el nuestro en busca de objetos o seres vivos que les permitan estudiarnos y conocernos mejor.

—Vaya, como unos entomólogos cazando bichitos en la selva amazónica… Claro está que, ya puestos, ¿no les resultaría más rentable abrir un butrón, aunque fuera temporal, en las bóvedas del Banco de España y arramblar con las reservas de oro que hay almacenadas allí? ¿O ya puestos, desvalijar el Museo del Prado? ¿Por qué conformarse con unas gafas viejas o con un libro apolillado?

—Está visto que eres incorregible —me recriminó—. Menos mal que ya te conozco y no me lo tomo a mal.

—Y continuó impertérrito, con esa flema de la que solo son capaces aquellos que están convencidos de su misión catequizadora.

—Los visitantes no buscan riquezas. ¿Para qué? Las tienen de sobra, y además, en una sociedad tan perfecta como la suya no hará falta el dinero. Lo que quieren es conocimiento, y para ello tanto les da el valor material de los objetos que se llevan consigo.

—Pero supongo que serán capaces de apreciar el arte —porfié—, y, desde luego, las Meninas quedarían muy bien adornando alguno de sus museos.

—Son mucho más considerados que todo eso —bufó; al oírle hablar con tanto aplomo, diríase que se reunía en tertulia con los gremlins todas las noches—. Por eso no se llevan nada que tenga demasiado valor para nosotros, solo aquellas cosas que no echamos de menos.

—Entiendo. Por eso nunca les ha visto nadie llevarse la gorra del abuelo o el chupete del niño; total, los habrán perdido en la calle, así que se compran otros y asunto zanjado, no vaya a ser que nos dé por ir a la comisaría a denunciar que nos ha desaparecido una bufanda y los policías se rían de nosotros…

—Mófate todo lo que quieras, pero lo que he dicho es rigurosamente cierto. A un arqueólogo no le interesa el valor material de sus hallazgos, tanto le da que sea un humilde vaso de terracota como un valioso collar de oro, sino la información que le transmiten sobre la civilización que los construyó. Los arqueólogos no son expoliadores, al igual que los naturalistas no son tampoco unos cazadores.

—Vale, disculpa, tan sólo era una broma. —Le intenté aplacar—. Tu teoría, te soy sincero, me parece bastante coherente. —Eso sí, me cuidé mucho de añadir que coherencia era una cosa, y verosimilitud otra muy distinta—. Estábamos con que estos misteriosos visitantes se llevaban nuestros utensilios cotidianos con objeto de aplicarnos una especie de arqueología en vivo… ¿Me equivoco?

—Así es —sonrió ufano; en el fondo, mi amigo era un buenazo tan ingenuo como un niño de pecho, y al igual que le había dado por esta inofensiva chifladura podría haber caído en las garras de una secta religiosa o de un partido político extremista—. Veo que finalmente lo has entendido. Pero te equivocas cuando afirmas que nunca han sido descubiertos; al contrario, hay suficientes indicios, incluso pruebas fotográficas, de que existen y nos visitan con frecuencia. Una vez en…

—Un momento. —le interrumpí, en un desesperado intento de evitar el bombardeo— Estos seres, ¿también raptan personas? Ya sabes, lo de las abducciones y todo eso… Porque hay muchos casos registrados de desapariciones misteriosas, —ahora me había llegado el turno de lucirme a mí— algunas de las cuales son tan intrigantes como la de la tripulación del Mary Celeste.

Durante varios segundos Juan titubeó sin saber qué decir; era evidente que le había torpedeado bajo la línea de flotación. Abrió la boca y la volvió a cerrar, se balanceó incómodo en su asiento y a punto estuvo de derramar la copa de Cardenal Mendoza —el brandy que solo sacaba a mis amigos más íntimos—, que sostenía en la mano. Balbuceó, guiñó los ojos un par de veces y al fin logró articular una frase.

—Bueno, yo, la verdad es que… —Nueva pausa, mientras yo me relamía mentalmente; nada me daba más placer intelectual que poner en un brete a un fanático, aunque se tratara de mi amigo—. En realidad no se puede asegurar nada… todos los datos que tengo catalogados como seguros se refieren a objetos inanimados y, en ocasiones, a animales domésticos; bueno, también en una ocasión desapareció de una huerta un manzano cargado de frutos, con todas sus raíces arrancadas de cuajo. Supongo que también habrá ocurrido con animales salvajes y plantas silvestres, pero esto es mucho más difícil de comprobar.

—Ya, pero ¿y las personas? —insistí, apretándole con suavidad el dogal.

—Es… complicado… muy complicado asegurar nada. La gente desaparece por muchas razones distintas… a veces, cambian de identidad, otras son asesinadas y sus cadáveres no aparecen hasta muchos años después, si es que aparecen… otras son víctimas de accidentes imprevistos que se tragan los cuerpos… no lo sé, hay casos de desapariciones extrañas, por supuesto, pero…

El pobre lo estaba pasando bastante mal. Compadecido por sus tribulaciones y arrepentido por haber llegado tan lejos con la burla. —Al fin y al cabo, su manía no podía ser más inofensiva—. Había decidido replegar velas cuando, de forma totalmente inesperada, se desató la catástrofe.

Todavía me parece como si hubiera ocurrido hace un instante, tal es la vividez de mis recuerdos. Yo estaba sentado frente a mi desventurado amigo, que a su vez se encontraba de espaldas a la pared. Y fue en esa pared donde, de forma incomprensible, se abrió de repente un agujero circular, de aproximadamente un metro de diámetro, cuya superficie estaba formada por una especie de torbellino de luces y sombras imposible de describir con palabras.

Del agujero surgieron dos brazos que no eran humanos. No podían serlo, con su color amarillo verdoso, sus dos metros de longitud y sus extrañas articulaciones; con codos dobles, los cuales terminaban en sendas manos provistas de seis dedos tentaculares rematados en ventosas. Quien quiera que fuese el horror que se escondía tras la ventana tenía bien claras sus intenciones: asió al desprevenido Juan por los sobacos y, haciendo gala de una fuerza hercúlea —su presa pesaba cerca de cien kilos—, lo izó sin ningún esfuerzo llevándoselo consigo.

Juan gritó despavorido y yo, tras lograr vencer el estupor inicial, alcancé a agarrarlo por las piernas cuando ya su cabeza y la parte superior de su torso habían sido engullidos por el ominoso vórtice. Por desgracia a la superior fortaleza física del intruso se sumó el pataleo convulsivo de la víctima, y me habría arrastrado también a mí de no haber soltado a tiempo al desdichado Juan. Así pues, contemplé impotente cómo mi amigo desaparecía tras la imposible ventana que, instantes después, se cerraba y desaparecía como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí tan solo una blanca pared.

La situación era tan insólita que tardé algún tiempo en asimilarla. Tras buscar al desaparecido Juan por toda la casa, y presa de un nerviosismo creciente, opté por llamar a la policía. Nunca lo hubiera hecho. Los agentes me atendieron con amabilidad y registraron minuciosamente la vivienda, en especial el dormitorio al que daba el misterioso tabique… sin el menor resultado, por supuesto. Huelga decir que no creyeron una sola coma de mis entrecortadas explicaciones, amén de que en el salón no había el menor rastro del breve forcejeo, salvo una butaca tumbada —la que había ocupado Juan en el momento del ataque— y una copa de licor rota en el suelo, indicios insuficientes de su paso por mi casa.

Lo que sí resultaba evidente era que Juan se había esfumado sin dejar el menor rastro. Soltero, sin familia y casi sin amigos, vivía solo en un pequeño apartamento y apenas hacía vida social, por lo que la policía tardó bastante tiempo en incluirlo en la lista de personas desaparecidas; pero al no haber reclamaciones familiares —la mía contaba poco, si es que siquiera contaba— fue muy poco el interés que se tomaron por esclarecer el caso.

Pero estaba yo por medio. No solo se mostraron incrédulos ante mi versión de los hechos, sino que acabaron hartándose de mi reiterada insistencia, que acabó dando con mis huesos en un psiquiatra. Este determinó que yo era víctima de una grave crisis nerviosa —valiente genialidad—, prescribiéndome un tratamiento que, por supuesto, me negué en redondo a seguir. Y como no tuve la precaución de callarme sino que, por el contrario, seguí armando cada vez más bulla, un juez acabó ordenando en maldita hora mi ingreso en un manicomio.

Y en él sigo, temiendo no ya por mi amigo —a saber dónde estará ahora, o qué quedará de él— sino por mi propia vida. Porque estoy convencido de que fueron a buscarlo para evitar que divulgara su descubrimiento de que seres ignotos nos acechaban desde las sombras. No creo en su afirmación de que se trata de inofensivos investigadores interesados en conocernos mejor; yo pienso, por el contrario, que son crueles y sanguinarios o que, cuanto menos, nuestras vidas no les interesan más que a un entomólogo la de la mariposa que acaba de atravesar con un alfiler para conservarla como trofeo. Puede que por lo general sus capturas sean al azar, pero la de Juan fue deliberada porque era consciente del peligro que nos amenazaba.

Y ahora soy yo el que está amenazado, porque también comparto su secreto. He intentado decírselo a mis carceleros, pero no me prestan la menor atención y, cuando insisto, me encierran en una camisa de fuerza. Temo acercarme a las paredes, a cualquier pared, porque sé que en cualquier momento podrían surgir de ella dos largos brazos verdes, rematados en manos con ventosas, intentando arrancarme de mi mundo para llevarme a sabe Dios dónde. Por esa razón, siempre me aparto lo máximo posible de ellas y me siento en mitad de mi celda; he pedido reiteradamente al director que me traslade a otra más grande, pero no me ha hecho caso, lo que me obliga a vigilar constantemente a un lado y a otro para evitar que me puedan pillar desprevenido. Por el día es soportable aunque cansado, pero la noche se convierte en una tortura incluso colocando la cama lo más lejos posible de los muros; padezco pesadillas continuas en las que innumerables brazos de color verde —a veces, también asoman las cabezas, que imagino monstruosas y con hediondas bocas armadas de mortíferos dientes— surgen por doquier tratando de atraparme, mientras yo corro y corro frenéticamente intentando huir de sus garras.

Lo peor de todo es cuando tengo que abandonar mi refugio. En el comedor puedo sentarme lejos de las paredes aunque esto me cueste de vez en cuando una pelea con otro interno, pero me angustia enormemente tener que acudir al retrete —intenté hacerlo en la misma celda, pero me castigaron por ello— y cada vez que tengo que atravesar un pasillo estrecho temo no poder llegar al final del mismo. Mi vida es una tortura, y no sé cuánto tiempo más podré aguantar así.

Y ni siquiera estoy seguro de que estas precauciones puedan mantenerme a salvo. ¿Quién sabe si no podrán entrar también por el suelo?

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Noviembre 2018

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