La peste – Reed.

 

Por Josep Ruiz Hierro

Dedicado a la memoria del genial Pere Calders

 

Aunque han pasado muchos años, aún recuerdo con especial melancolía los días en los que nos alcanzó aquella enfermedad que afectó seriamente a la población del planeta. Yo aún era joven. La semana en que aparecieron los primeros casos, acababa de cumplir setenta lustrosos años.

Los informativos nos contaron con todo lujo de detalle la forma en que la peste nos iba a atacar. De buenas a primeras nos soltaron que la enfermedad procedía de Oriente, y quien más quien menos supuso que la culpa la tenían los chinos. Al cabo de cinco minutos se aclaró que la cosa tenía carácter oriental porque los primeros casos se habían localizado en la famosa Central Aerospacial Grabulosa e Hijos, sita en la ciudad de Granollers, capital del Vallés Oriental. La noticia sembró la alarma. Para atenuar el impacto de sentir el bacilo en la puerta de casa, el gobierno se apresuró a realizar una exploración a fondo de los dos trabajadores de la central aerospacial infectados y a comunicar que, aparentemente, el virus parecía leve. Uno de los trabajadores contó su experiencia: «Nos habían traído el satélite Marmaduke porque tenía un bollo en la chapa, fui a manipular la palanca de cierre de seguridad cuando noté como si un bicho me saltara a la cara y se metiera en mis ojos… Luego sonó la campana y me fui a almorzar».

En la fábrica en la que yo trabajaba hubo dos casos de apestados y como la gran mayoría de los trabajadores manipulábamos alimentos, Alta Dirección ordenó el cierre temporal de la Hipernave. Según Muñoz, de Gestión, de este modo se evitaba correr riesgos y se podría aprovechar la maniobra como propaganda por la defensa del consumidor. Fue la única vez en toda mi vida profesional que tuve fiesta. Entonces se concedía la jubilación a los 85 años y aún me quedaba un largo camino. A mis compañeros les faltó tiempo para salir zumbando a la calle y a nadie se le ocurrió preguntar si las vacaciones eran o no pagadas. El delegado, Klonapeix —un clon de generación 30— no supo desvelar el enigma y se limitó a informarme que las conversaciones con el Sindicato Total del Trabajador estaban muy verdes.

Me fui a casa dando un paseo. Disfrutaba de los verdosos rayos de sol del último día de Octubre, cuando a la altura de la Sagrada Familia —que todavía estaba en construcción— me salió al paso un perro cuya mirada era la del mismísimo Satán. Empezó a ladrar y a mostrarme sus colmillos. Comprendí que, o bien estaba infectado por la peste o había pillado la rabia. Aterrado di media vuelta y me alejé procurando que el can no oliera cómo había afectado aquel encuentro a mis calzoncillos. Cinco segundos después me giré y vi que el perro había echado a correr, afortunadamente en otra dirección, persiguiendo a una señora que arrastraba un carro de la compra. No me acuerdo cómo terminó aquella historia, pero creo recordar que aquella noche en Telenet, se refirieron al suceso como «una auténtica masacre».

El perro me había cortado el rollo. Ya no paseaba a gusto. Estuve tentado de tomar un taxi, pero en aquella época los taxis eran eléctricos, caros y tan escasos como ahora. Todo el mundo decía que los vehículos eléctricos habían sido un gran descubrimiento, pero yo sigo opinando que eran un asco porque no llegabas nunca a los sitios. Por lo menos ahora tiramos de petrosérum. Sí, es cierto que ensucia la ropa y atufa, pero por lo menos ves que aquello corre.

No había otra opción; me fui a buscar el metro. El viaje fue espantoso; fui testigo de cómo la peste se extendía entre la población. Frente a mí había un señor que leía el periódico, el pobre. Digo el pobre porque cada vez acercaba más sus gafas empañadas al papel. Éste era uno de los síntomas de la peste. Los ojos desprendían vapor de agua caliente. Me fijé en él; sus ojos eran bolas incandescentes. El segundo síntoma era el del hambre canino y… me acordé del perro. La continua pérdida de agua a través de los ojos conducía a una sed y un apetito desmedido. El hombre, harto de dejarse la vista en el periódico, hizo una pelota con él y lo arrojó al suelo. No, no creáis que era un guarro, lo que pasa es que entonces los diarios se fabricaban con papirínium, un compuesto biodegradable que permitía que el papel se transformase en polvo poco rato después de ser arrugado. Con esto se redujo considerablemente el volumen de basuras, pero había tanto polvo por todas partes que repugnaba. Al lado del señor había una señora con el vestido plateado. El hombre le dijo: «Magdalena ¿no llevarás en el bolso alguna magdalena?». La señora Magdalena dijo «No, pero llevo esto» y extrajo un estupendo bollinaticremicao al que el caballero le echó la zarpa, pero con tan poco acierto que le asestó un mamporro y el pastelillo salió despedido, sobrevoló las cabezas de los asombrados viajeros y fue a parar al otro extremo del vagón, a manos de un universitario con gafas empañadas. Lo observé comentar divertido la escena con un compañero de parecida vitola. Pude leer en sus labios «Comparte vianda, macho, que el hambre aprieta».

Llegué a la estación de Sant Antoni y salí a la calle cagando leches, escandalizado por la gran cantidad de ojos irritados. Me fui a casa y al pasar frente al hiperkiosko de Alfonso vi en el escaparate que había salido el nuevo fascículo de Animales en período de extinción. Entré en el establecimiento para comprarlo. Alfonso era un muchacho de unos sesenta años, de cutis muy fino, pero con algunos granos de acné. En ese momento estaba de espaldas a mí, colocando unos libros electrónicos en una estantería. Le dije: «Alfonso, pásame el fascículo dedicado al burro» y él se giró con los ojos sanguinolentos. «Aquí tienes. Son 50 millones de euros», respondió. Me quedé atónito, no por el importe del coleccionable, sino porque su rostro era la viva estampa del virus. Salí disparado y Alfonso se quedó helado, preguntándose qué diantre me había ocurrido.

Al llegar a casa me alegré de comprobar que mi mujer, Carmencita, gozaba de buena salud. Presentaba la misma mirada limpia y dulce de siempre, no obstante, la sometí a un exhaustivo examen. Ella me preguntó si era yo quien olía tan mal y entonces me acordé del perro. Me fui a lavar y a cambiar de ropa.

Recuerdo con alegría cómo Carmencita y yo nos conocimos, y cuán hermoso fue el día de nuestra boda, un soleado día de Abril del 2040. Entonces, ambos teníamos 54 años y hasta aquel momento habíamos vivido con nuestros padres que, dicho sea de paso, siguen disfrutando de buena salud.

Carmencita me informó que al día siguiente vendrían los Vall-llovera a celebrar la castañada. La noticia me sorprendió porque nosotros no solemos celebrar nada y eso de reunirse con otra gente era, por aquel entonces, algo que ya no se estilaba. Nadie hacía visitas, pero los Vall-llovera, anclados con tozudez en el pasado, eran la excepción.

Conocimos al matrimonio Vall-llovera hacía varios años, en un viaje organizado a la Luna, y desde entonces nos solían visitar cuatro o cinco veces al año. Nosotros no íbamos nunca a su casa porque vivían en Calaf y a mí el aire puro me sienta como un tiro.

Aquella noche los informativos pugnaron por presentar la noticia más impactante referente a la peste. Tele Whatsikei anunció que los Centerhospitales no daban abasto y que había gente que se desplazaba a Estados Unidos para recibir tratamiento y de paso propagar un poco más la enfermedad. Un científico comunicó el descubrimiento de un medicamento eficaz, pero que dejaba totalmente impotentes a los hombres. La noticia causó espanto.

Llegó el sábado y al mediodía sonó el Canon de Pachelbel, señal de que alguien había accionado el sensor de la puerta. Vi en la pantalla del circuito cerrado que se trataba de los Vall-llovera. Instintivamente fui a pulsar el abrepuertas, pero en aquel preciso instante me fijé en el rostro de Josep Vall-llovera. ¡Recontracarape! ¡Qué ojos más encarnados! Mi mujer, desde la cocina, me preguntó quién llamaba y yo le respondí que eran unos pelmazos que repartían propaganda.

Pulsé el botón WAO (We are out).

El hombre insistió pulsando otra vez el sensor y entonces se activó la selección; «No estamos en casa. Como has quedado grabado en pantalla, sabemos quién eres, de modo que te llamaremos por fononet cuando lleguemos a casa. Gracias». El matrimonio se miró perplejo. Él echó mano al móvil y empezó a marcar. Yo me apresuré a activar el contestador automático de la centralita. Tras unos segundos Josep Vall-llovera dijo a su mujer: «Tienen el contestador». Durante diez minutos estuvieron plantados en el portal de casa, mirando a un lado y al otro por si habíamos decidido salir a comprar a última hora un pollo a l’ast. Yo presenciaba la escena sentado en una silla, disfrutando de un delicioso vermut blanco. Los Vall-llovera debieron pensar que había habido un malentendido, pero se marcharon visiblemente crispados. Me supo mal que se fueran porque ella llevaba una botella de moscatel y él un envoltorio que bien pudiera contener 250 gramos de empiñonados. Me dije «¡Qué desfachatez! ¡Ir de visita estando infectado! ¡Lo tenéis merecido! ¡Ahora coged el portante y volved a Calaf!».

Como no hay mal que cien años dure, la peste pasó. Durante 45 días Carmencita y yo no salimos de casa. Encargábamos las viandas por Internet y el mozo del SuperMegaHiperMercado nos las traía a casa. Durante ese tiempo nos dedicamos a leer libros, y creedme que al principio resultó difícil porque aquello era muy lento. Pinté un cuadro, escribí poesías, hice gimnasia y Carmencita y yo hacíamos el amor varias veces al día, a pleno pulmón. Mi mujer y yo conversamos durante horas y, sorprendentemente, encontramos cosas que contarnos que no nos habíamos contado antes. En horas muertas llamábamos a familiares que no sabían quiénes éramos. En resumidas cuentas, aquello fue una experiencia enriquecedora —aunque nunca nos pagaran los días de fiesta—. De los Vall-llovera nunca más se supo. ¡Qué gentualla! ¡Tan amigos como éramos!

En el día 46 de cuarentena me llamaron de la fábrica comunicándome que tocaba ir a trabajar. Volví a ver a mis compañeros, los encontré envejecidos y confesaron que aquel aburrimiento había sido insoportable.

La peste pasó a la historia como la enfermedad más virulenta procedente del Espacio, ya que afectó a la cuarta parte del planeta. Aunque los infectados sanaban al séptimo día, generó muchas pérdidas económicas, pero afortunadamente no se contabilizó una sola defunción por su causa.

© Copyright de Josep Ruiz Hierro para NGC 3660, Enero 2018

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