El inquilino – Reed.

 

Por Sergio Borao Llop

A estas alturas, ya nadie recuerda cuándo llegó.

De hecho, ni siquiera se le vio llegar. No hubo ningún movimiento desacostumbrado en el vecindario. No se oyó ruido de mudanza. Nadie fue capaz de percibir el menor signo que delatase el traslado. Una noche, según se dijo entonces, se presentó en casa del administrador con unos papeles que demostraban su identidad como inquilino del ático.

Eso fue todo.

Desde entonces vive ahí arriba, encerrado.

Por el día no sale. Nadie le ha visto afuera, en la calle. Tampoco hace ruido, lo que es de agradecer en una comunidad tranquila como la nuestra.

El día primero de cada mes, al anochecer, baja silenciosamente al entresuelo, donde vive el administrador, y abona los gastos correspondientes. Si se cruza con alguien en la escalera, saluda con aparente amabilidad, pero sin efusión alguna. No entabla conversaciones. No mira de frente.

Los que le han visto, aseguran que parece desaseado y hosco. Desde su llegada, se ha especulado mucho sobre él. Su identidad, su ocupación, el encierro voluntario a que se somete, son cosas que nos preocupan y de las que a menudo hemos hablado en voz baja. La falta de una mujer en la casa, la incomunicación, nos hacen sospechar que se trata de un joven amargado por algún desventurado lance amoroso.

Sin embargo, hay cuestiones que no somos capaces de explicarnos y que nos tienen desconcertados: ¿Quién limpia la casa? ¿Quién se ocupa de hacer la compra? ¿Quién cocina para él? ¿Acaso es uno de esos jóvenes modernos, autosuficientes, que son capaces de cuidar de sí mismos? Pero en ese caso, ¿por qué nadie le ha visto en el supermercado, o en la frutería? ¿Cómo es que no se ha cruzado con algún vecino en el trayecto hacia la tienda de periódicos? ¿Quizá no desea ser visto y sale con sigilo evitando las miradas indiscretas? ¿Tal vez recibe visitas que se nos escapan?

Según la versión de algunas vecinas, es joven y, en cierto modo, algo atractivo. Sin embargo, no hay constancia de que haya sido visitado por ninguna muchacha en todo este tiempo. Tampoco recibe correspondencia, a juzgar por los comentarios que se escuchan en el patio.

Lo cierto es que, a pesar de que no molesta en absoluto, su presencia resulta un tanto inquietante. No se ha integrado en la comunidad y eso no deja de resultar, cuando menos, algo irritante. Nada sabemos de su vida ni parece que esto haya de cambiar en el futuro. Con el tiempo, no obstante, hemos ido acostumbrándonos a su presencia, que ahora apenas percibimos.

 

2

 

María termina su vaso de licor, limpia sus labios con una servilleta de papel y coge la cazadora. Alegando una naciente jaqueca, se despide de algunas amigas y sale del oscuro pub.

Afuera se ha levantado una suave brisa fresca, por lo que la joven se apresura a abrigarse. La breve minifalda, sin embargo, contribuye a aumentar la sensación de frío.

Camina mecánicamente, siguiendo la ruta que tantas noches la ha conducido desde el local hasta su casa, hasta el blanco descanso de las sábanas. Primero la avenida iluminada; luego el corto trayecto junto al parque, el callejón de los gatos, que desemboca en la plaza y la entrada a la urbanización. Pura rutina. Podría hacer el camino con los ojos cerrados.

Pero hoy hay un cambio. Al entrar en el callejón le ha parecido oír ruido de pasos. Se detiene y se vuelve. Otea la oscuridad: Nadie.

Reanuda su apresurada marcha. De nuevo el rumor de pasos a su espalda. Se gira bruscamente. A pocos metros, un hombre se acerca. A pesar de la escasa iluminación, lo reconoce: Es un tipo grande, un poco calvo, cliente habitual del pub. Pertenece a un grupo de motoristas cuyo nombre no logra recordar en ese momento de intranquilidad. Lo que no se le ha olvidado es que esa misma noche, apenas un par de horas antes, se había negado a bailar con él. Ese pensamiento logra asustarla. Sabe que tienen fama de vengativos, crueles y rudos.

El tipo la había seguido, eso estaba claro. Sus intenciones no podían ser buenas. La chica se da la vuelta y echa a andar en dirección a la plaza, pero no puede llegar a la esquina iluminada. El tosco individuo, al verse descubierto, corre hasta alcanzarla. No pronuncia palabra alguna. Sólo la toma por los hombros, la hace girarse y estampa su boca contra la de ella evitando así el grito apenas insinuado. Sus manos, mientras, recorren el cuerpo de la muchacha que, desesperada, trata de zafarse del indeseado abrazo. Él la arrincona contra la pared, abre la cremallera de la cazadora, rasga la blusa y pellizca sus pechos. Ella, impotente ante los poderosos brazos que la sujetan firmemente contra el muro, llora sin control sabiendo lo que va a ocurrir, sabiendo que ocurre muchas veces cada noche y que nadie va a evitarlo. Siente la mano que hurga entre sus piernas y arranca sin contemplación alguna la última defensa. Nota el basto dedo que trata de introducirse en su interior, los dientes que muerden sus labios, la presión del pesado cuerpo que la aplasta, el fétido aliento del violador. Le falta oxígeno, advierte que la consciencia empieza a abandonarla.

Entonces, todo sucede muy deprisa. Hay como una sombra. Un leve siseo rasga el aire. María percibe, de repente, que el peso que la oprimía ha desaparecido. Frente a ella, el tipo que trataba de violarla está en el suelo, tumbado, inerte. Acuclillado sobre él, otro individuo, vestido de negro, parece estar buscando algo entre las ropas del vencido. Cuando levanta la cabeza y la mira, María siente un violento escalofrío. Intuye que esos ojos no son humanos. No quiere seguir viviendo esa pesadilla. Se abandona a las sombras de la inconsciencia.

Cuando despierta, ambos han desaparecido. Un sabor horrible llena su boca, se siente como flotando en un líquido viscoso. María querría creer que todo ha sido un mal sueño provocado por la leve borrachera, pero algo en el aire le dice que su misterioso salvador aún está cerca, y que es muy peligroso. Echa a correr hacia su casa sin dejar de llorar.

Desde la penumbra de un zaguán, alguien la contempla, la sigue con la vista hasta que penetra en la moderna urbanización. Después, el hombre vestido de negro levanta el vuelo y se posa en silencio sobre el tejado más cercano, cual milenaria gárgola vigilante. Más tarde, antes de que empiece a clarear, planeará sobre los tejados, sobrevolará el río y se introducirá por una ventana tras la que le espera el reposo.

 

3

 

En la casa no penetra la luz. Todas las persianas están bajas; las ventanas, cubiertas con gruesos cortinajes. En la cama, hay un hombre tumbado, despierto. No ha podido dormir ni un solo minuto desde que regresó. Una sólida sombra planea sobre su ánimo. La noche pasada ha vuelto a sentir la fiebre.

Sí. Al ver las bonitas piernas de la muchacha, sus labios rojos, sus ojos espantados, el pelo desordenado cayendo sobre sus hombros desnudos… Mas la fiebre es siempre peligrosa y él no desea dañar más inocentes.

No va a negar que en el pasado probó el dulce néctar de la sangre adolescente. Cierto que era delicioso verlas sometidas a su capricho, sentir las caricias previas, notar en la mirada sumisa el deseo de ser poseídas…

Pero eso sucedió hace muchos años. Tantos que al hombre que ahora yace acostado sobre la blanda superficie del raído colchón se le escapa el número.

«¿Qué importa?» piensa «Unos años más o menos ¿qué significan para quien tiene ante sí la vacuidad inmensa de la eternidad? Una noche sigue a otra noche. Una estación tras otra, yo permanezco. Generaciones enteras nacen y desaparecen de la faz de la tierra, mientras yo les veo pasar sin pena ni gloria. Contemplo su ir y venir, su lento deambular por las calles de lo cotidiano, su infeliz periplo limitado por el paso del tiempo. Pero puedo percibir, a veces, en ese desmoronado caos que constituye su pequeño mundo, un deje de esperanza, un ansia de futuros por vivir, de planetas por descubrir. Tal cosa carece de sentido para mí. Sólo existe el ciclo interminable de las noches pasadas, de las que han de venir…».

Se incorpora y consulta el reloj. Todavía falta mucho para que anochezca, para que llegue el indeseado momento de recomenzar el acecho, la caza, el vasto sentimiento de culpabilidad. Vuelve a pensar en la chica de la noche pasada y algo se alborota en su interior.

Quizá, quizá le gustaría volver a verla. Sería tan sencillo acercarse a ella, penetrarla con su aguda mirada, llevársela al oscuro ático, sorber la sangre joven hasta el final, convertirla en su compañera…

«¿Y después?». Demasiado bien lo sabía. Un tiempo de convivencia, de compartir las presas, de dormitar al amparo de la luz; y más tarde, tras las primeras lunas, el tedio, el inevitable alejamiento. Cierto que siempre podía apelar al último recurso: Al fin y al cabo, ellas eran sus esclavas. Pero no hay que engañarse a este respecto: Después de trescientos años de vuelos nocturnos, ¿a quién podría interesarle tener una esclava? Nada tan vano, nada tan insulso como el poder absoluto.

«Esas cosas» recuerda «me divertían al principio. Era tan excitante sentir cómo todo se plegaba a mis deseos. Obtener cuanto deseara, ser el amo de todo lo que me rodeaba, rendir multitudes con un simple gesto, dominar a los hombres más valerosos sin esfuerzo, seducir a las mujeres más hermosas, clavar mis colmillos en los perfumados cuellos anhelantes y sorber la cálida sangre con la avidez propia de la juventud… Hoy todo eso me resulta banal y hasta insoportable. ¡Se ha repetido tantas veces!».

Por eso, en los últimos tiempos, se abstiene de atacar jovencitas. Sus colmillos no rasgan más carne que la de los perros sin dueño y la de algún mendigo, cuya falta no será denunciada, cuya muerte es casi un consuelo. La experiencia de la noche anterior, sin embargo, le ha hecho pensar: Por una vez, ha podido ver la otra cara de la dura realidad que le circunda. No ignora que actuó sin pensar, dejándose llevar por un extraño instinto que le empujó a proteger a la muchacha que estaba siendo violada. Pero cree haber descubierto un sentimiento nuevo. Y le gustó.

 

4

 

Durante el día no abre la puerta.

A menudo suelen venir por aquí vendedores de libros, testigos de Jehová, agentes de seguros… Él nunca responde a las insistentes llamadas. Podría ser, argumentan los más prudentes, que estuviese trabajando y no deseara ser molestado.

Solamente alguna vez, ya de noche, se ha oído abrirse la puerta del ático. Es un tipo muy raro. En ocasiones nos hemos preguntado si podría tratarse de un terrorista, pero carecemos de cualquier clase de prueba que pudiera respaldar semejante afirmación. La mera sospecha resulta, si lo miramos bien, bastante inestable, ya que los terroristas, según se sabe, procuran pasar desapercibidos. Tal no es la actitud de nuestro vecino. Su mismo aislamiento, su extraño comportamiento, se convierten en señales que nadie podría dejar de percibir. Nada más llamativo que su intimidad inviolada; nada más indiscreto que el secreto que rodea su presencia.

Cuentan que nunca se ha visto ropa tendida ante sus ventanas, que, por otra parte, siempre están defendidas por las persianas, siempre bajas, como si la presencia de la luz le resultase molesta por algún motivo que no podemos siquiera imaginar.

Se ignoran sus hábitos. Por su aspecto, diríase que es bebedor. Su extremada palidez puede llevarnos a pensar que padece anemia o algún tipo de afección hepática. Algunos nos inclinamos por lo primero, ya que no se le ha visto salir por la noche, ni regresar borracho. Es un hecho probado que los ebrios no pueden evitar que su presencia sea inmediatamente detectada, a causa de los inevitables ruidos que su paso despierta en las cosas inanimadas.

No creemos que fume. Al menos, así lo afirman quienes han tenido oportunidad de acercarse a su puerta, certificando la total ausencia de olor a tabaco. En cierto modo, reconforta saberle libre de este vicio.

Hay quien le admira por su independencia. De alguna manera, creo que todos admiramos un poco esa forma suya de huir de toda convención, que envidiamos su concienzudo y voluntario aislamiento que, a veces, nos gustaría poder compartir o imitar.

 

 

5

Medio adormecido, el inquilino oye la música proveniente del piso inferior. Distingue vagamente las palabras «…envejecer, morir, eran tan solo las dimensiones del teatro… Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: Envejecer, morir, es el único argumento de la obra»[1] … No puede evitar una amarga sonrisa. Envejecer, morir… ¡quién pudiera!

El sonido cadencioso que asciende hasta él, las vagas reflexiones que suscita la canción, por fin consiguen que el cansancio le conduzca al sueño profundo de los que no d1esean despertar.

 

6

 

Durante toda la mañana, en contra de lo acostumbrado, se han estado oyendo ruidos en el ático.

Pasos, leves golpes, rumores casi inaudibles.

Como si un animal enjaulado pululase por toda la casa en busca de una salida que no existe.

Parece que ha vuelto la calma, pero, por primera vez desde que habita entre nosotros, el inquilino ha dado muestras palpables de su presencia. Se ha comportado, si lo miramos bien, del mismo modo que lo hubiera hecho cualquier otra persona sometida a ese encierro, que ahora ya no parece tan voluntario.

 

7

 

Por fin anochece. El inquilino del ático se despereza. Intermitente, el sueño ha dejado en él una sensación de cansancio que le agarrota los miembros.

Se asoma a la ventana y contempla los tejados cercanos. Algunos gatos deambulan por ellos, sin prisa. Abajo, la calle resuena. Automóviles, risas, murmullo de voces, música en alguna parte.

Echa de menos el tiempo en que aún podía participar de todo ello. Se pregunta, por enésima vez, qué hace ahí, qué está esperando, a qué viene ese merodear nocturno que no le proporciona el menor placer.

Imprecisamente, sospecha que su espera puede tener algún propósito que le está vedado conocer. Pero es ya demasiado tiempo y está cansado. Acaso desearía que llegase el fin…

Recuerda las palabras de la gitana, en otra época, en otro lugar: «Ha de llegar el día» había dicho «en que halles tu camino». Aun ahora no se veía capaz de discernir el significado de esa frase.

«Porque no tienes sombra» había seguido la gitana «los hombres te temen. Pero ese día que te espera en el futuro, cuando conozcas el sabor de la redención, habrá uno que no tendrá miedo, puesto que sabrá. Entonces, todas esas dudas que ahora te atormentan, cesarán. Tu espíritu conocerá la paz y vislumbrarás la luz del mañana sin amargura, sin angustia, sereno».

Recuerda también que eso fue hace mucho. Si a su edad aún fuese posible distinguir el bien y el mal, tal vez se abriera paso en su pecho un atisbo de remordimiento, pero sólo acierta a evocar la resignada entrega de la muchacha y el sabor, levemente amargo, de su sangre.

Cuando las calles empiezan a vaciarse, cuando los ruidos amainan, se eleva sobre la ciudad y otea la inmensidad oscura ansiando que ocurra algo, cualquier cosa que le permita, por unos minutos, ser otro, escapar a su espantosa realidad.

En su vuelo, sigue el curso del río que divide en dos la ciudad. No lo hace de forma consciente. Sólo es un mecanismo reflejo, que le permite abstraerse de todo, liberar su mente para no sentir el acuciante deseo, la sed que le empuja hacia las estrechas calles del casco antiguo, donde no sería difícil encontrar una víctima que no opusiera resistencia.

El cansancio le obliga a detenerse junto al oscuro ventanal de una fábrica abandonada. Ese cansancio inexplicable que, de un tiempo a esta parte, ha ido penetrando en sus miembros, asentándose en su cuerpo como un virus maligno dispuesto a destruirle con lentitud. Desde su atalaya, recostado en el sucio cristal, puede controlar una zona bastante amplia. Su esperanza es que aparezca pronto algún animal abandonado con el que aplacar su apetito y poder regresar a las sombras de su encierro.

Mas los acontecimientos disponen otra cosa: No muy lejos, oye gritos y risas. Los gritos los emite una voz femenina, aterrorizada. Las risas son de hombre. Guiándose por el sonido, se acerca al lugar de donde proviene. Abajo, en el rincón septentrional de un solar habitado por ratas y cascotes, hay cuatro personas. La escena no tiene el menor misterio: Tres sujetos, posiblemente delincuentes a juzgar por su aspecto, tratan de violar a una joven, de cuyo atuendo cabe deducir que tiene por oficio ése que los hombres llaman despectivamente «el más viejo del mundo».

¡Cuántas prostitutas se entregaron a sus abrazos y sus colmillos! Pero eso forma parte del pasado. Ahora está sucediendo algo que debe evitar. Un sordo impulso le lanza en picado contra el más corpulento, que es el que la está penetrando. Antes de que los tres maleantes se hagan cargo de la situación, están tumbados cara al cielo, sin vida. Una sombra, acuclillada sobre uno de ellos, sorbe ansiosa el néctar de sus venas. Luego, cae en la cuenta de la presencia de la chica. Percibe su inmovilidad, el silencio que la rodea. Se agacha a su lado y toma su muñeca con suavidad, comprobando con alivio que su pulso es normal.

Es entonces cuando ella recupera bruscamente la consciencia y da un manotazo al aire. Él lo esquiva con facilidad, se aleja un paso y se queda mirándola sin palabras.

—¿Quién eres? ¿Qué ha pasado?

No hay respuesta. En su lugar, el hombre vestido de negro esboza otra pregunta:

—¿Te encuentras bien?

La joven se incorpora con dificultad, recordando lo sucedido. Intenta cubrir con las manos su cuerpo semidesnudo. Sus ropas están desgarradas. Mira alrededor hasta que se percata de la presencia inmóvil de los tres individuos que la invitaron a subir al auto y después pusieron las navajas en su cuello. Luego, sus ojos se vuelven a fijar en el desconocido.

—¿Están…?

—No te preocupes por ellos.

—¿Quién eres tú? —vuelve a preguntar, temerosa.

—Nadie —esa palabra hiere, porque es cierta.

—¿Y… ellos?

—No importan. ¿Estás bien?

—Sí… Creo.

—Deberías ir a un hospital.

—¡Claro! ¿Y de dónde saco el dinero?

El desconocido se agacha entonces junto a los tres hombres y rebusca entre sus ropas. Junta el dinero y se lo ofrece a la muchacha, que le contempla horrorizada.

—Pero… —balbucea.

—Lo que ellos se proponían hacer contigo es mucho peor. ¡Tómalo!

Ella toma el dinero con algo de temor y busca su bolso, para guardarlo en él. Cuando levanta la vista, su misterioso salvador ha desaparecido. Recompone su aspecto lo mejor que puede y caminando entre las ruinas abandona el solar y se dirige al hospital más cercano, ignorante de la negra forma que planea sobre ella, como una improvisada escolta que se disimula entre las sombras de los edificios.

 

8

 

Daniel leyó la noticia en el diario, mientras tomaba su acostumbrado café en el bar de siempre. Los tres tipos violentamente asesinados en un solar, uno de ellos medio desangrado; la inverosímil historia narrada por Mara, la prostituta a la que, según su propia declaración, estaban tratando de violar cuando ocurrieron los hechos; el detalle, ampliamente resaltado por el cronista, de los dos agujeritos en el cuello de uno de los interfectos…

Que un solo hombre hubiese acabado con tres peligrosos delincuentes ya era bastante increíble. Su brusca desaparición, la búsqueda del anonimato, la imposibilidad de reconocerlo, delataban el trasfondo falso que se escondía detrás de la declaración de la chica. Escuetamente, se aludía a la posibilidad de un ajuste de cuentas entre bandas, única tesis probable, según el periódico.

Sólo unas semanas antes, Daniel hubiera sonreído con suficiencia, hubiera pasado la página para concentrarse en la sección deportiva, pero ahora, después de sus últimas experiencias, ya no descreía de nada. Repasó un par de veces el artículo. Algo, no podía saber qué, despertaba su curiosidad. Pensó que tal vez pudiese averiguar más datos si localizaba a un amigo policía, pero no se hizo demasiadas ilusiones. Era consciente de la discreción con que debía llevarse un asunto semejante.

 

9

 

Las calles están tranquilas esta mañana. Hay como un olor a cosa nueva en el ambiente. Un tenue clamor de primaveras por llegar. En el piso de arriba, sin embargo, rumores de deslizamientos, roces, ahogados golpes, agua fluyendo, delatan la inusual conducta del inquilino. Diríase que algo le tiene inquieto. Este detalle bien podría significar que por fin ha decidido salir de su aislamiento y comenzar a comportarse como cualquiera de nosotros, sus vecinos. En ese sentido, debería resultar tranquilizador, pero no podemos evitar la sensación de desconfianza. Por experiencia sabemos que tales cambios en la rutina de una comunidad no suelen acarrear nada bueno. Si bien, por una parte, nos alegra esa manifestación vital, no dejamos de pensar que puede esconder algo que, a la larga, pueda ocasionar algún tipo de problema. Así, permanecemos expectantes.

 

10

 

Fue hacia la mitad de la mañana, mientras rellenaba un informe rutinario, cuando Daniel percibió que no había dejado de pensar ni un instante en la extraña historia leída un par de horas antes. Normalmente no hacía mucho caso de lo que contaban los diarios. Demasiado bien sabía, por propia experiencia, lo mucho que las crónicas periodísticas difieren de la realidad. No era el relato de lo acontecido, sin embargo, lo que mantenía ocupados sus pensamientos, sino algún pequeño detalle cuya naturaleza se le escapaba. Intuía que ese suceso estaba oscuramente relacionado con él, con las cosas que le habían venido sucediendo en las últimas semanas, con ciertos encuentros insólitos y algunas frases oídas en sueños.

Consiguió que un compañero se aviniese a terminar su trabajo, buscó en su agenda algunos números de teléfono y alegó ante sus superiores alguna excusa no del todo creíble. Visitó a una amiga, que sólo pudo proporcionarle algunos números de teléfono, pero que nada sabía de la mujer protagonista del extraño suceso narrado en la prensa. Por medio de uno de esos contactos, sin embargo, Daniel pudo averiguar (en la medida en que podía creer en el testimonio de desconocidos) que Mara, la prostituta implicada en los hechos, pasaba por ser persona de fiar.

No obtuvo mayor información de su amigo policía, quien se extrañó de su curiosidad y le hizo, a su vez, acaso por mera costumbre, un sinfín de preguntas que no supo o no quiso contestar.

Al caer la noche, se encontraba fatigado y tenso. Por impulso, sin meditar lo que hacía, caminó incoherentemente hacia ninguna parte. Sus pasos erráticos le llevaron a una oscura taberna en la que jamás había estado. Creyó reconocer uno o dos rostros, pero tampoco prestó demasiada atención. Se acercó a la barra y pidió cerveza. Una sensación que conocía se iba abriendo paso en su interior.

 

11

 

Después de trescientos años de sobrevolar tejados y alamedas, ríos y solares abandonados, uno pierde la consciencia de la realidad. Se desdibuja el significado de nociones como el bien y el mal.

Cuando uno ha sufrido la traición de la mujer amada; cuando uno ha visto morir a sus seres queridos, cuando ha comprobado impotente cómo el poder se impone siempre por encima de la razón y la justicia, cuando se ha sido testigo de injustificables masacres, cuando se ha visto de cerca la miseria y se ha constatado la indiferencia de quienes no la sufren, cuando se puede percibir la crueldad de las almas ruines y la cobardía de quienes se encogen de hombros… Cuando uno habita durante tanto tiempo un mundo como éste, no queda más que la ruina de lo que alguna vez fue.

Por eso, no es de extrañar que el silencioso inquilino, que en noches pasadas fuera el inesperado salvador de jovencitas atacadas, se haya convertido, en el lapso de unas horas, en encarnizado esclavo de sus instintos más primarios: aquellos que le reclaman el sabor de la sangre caliente, de la sangre recién derramada que ahora empapa sus ropas mientras los ojos de la chica cuya vida se apaga le miran con un gesto de infinita sorpresa y una pregunta, y también con el horror de quien sabe que esa pregunta no va a tener respuesta, de quien comprende con impotencia que va a morir sin saber…

 

12

 

Es medianoche y Daniel se siente borracho, pero apenas ha bebido. Su excitación no nace del licor, sino de sus propios pensamientos. No va a negar que después de tantos años había olvidado el encuentro con la gitana. Pero las señales de las últimas semanas, y sobre todo la noticia del diario, han venido a convencerle de la veracidad de las palabras de la muchacha que le vendió su cuerpo por unas pocas monedas y leyó la palma de su mano con el terror reflejado en sus ojos verdes.

Recuerda confusamente las palabras: «…venido desde las brumas del remoto pasado con un único objetivo: Detener la mano ejecutora del hombre sin sombra, el que se alimenta de sangre, el que no conoce la paz y vuela cada noche en busca de presas fáciles que le permitan saciar su sed momentáneamente. No puede morir, porque ya está muerto. Sólo tu mano podrá concederle el descanso». Se rio, claro. Pensó que la gitana le tomaba el pelo, que era una forma de encarecer sus servicios. Sólo cuando ella se marchó corriendo, sin haber llegado a coger el dinero, comprendió el miedo que la embargaba y la verdad que destilaba su voz: «Pero debes tener mucho cuidado: Si él vence, si llega a clavarte sus colmillos, tú serás él; su victoria supondría su descanso, pero no serviría de nada si otro toma su lugar. Has de ser cuidadoso, elegir el momento oportuno, decir las palabras exactas, golpear en el momento preciso. Debes prepararte para ese día».

Y ahora, el día había llegado. Daniel sabía cuándo, incluso dónde, pero ignoraba los motivos. ¿Por qué él y no otro? Como una violenta ráfaga de viento, entre trago y trago de cerveza, su intuición le trajo la respuesta: Salvando unas pocas circunstancias, eran iguales. Nadie podría decir si era el alcohol o la fiebre del descubrimiento quien enrojeció su rostro. Podía ver con claridad la existencia gris del otro: El vacío de su alma, la soledad de su vuelo, la imposibilidad de acercamiento a sus semejantes, tal vez por la propia ambigüedad de tal concepto; todo le fue revelado en esas horas de delirio. De antemano, se supo derrotado: No sabría qué hacer cuando estuviesen frente a frente. No era un luchador, ni se había preparado. Pensó con amargura en escapar, en olvidarlo todo y cambiar de ciudad, pero supo que tal proceder sería indigno e inútil.

Resignado, pagó las consumiciones y salió del local. Una sombra se interpuso en su camino.

—¿Estás preparado? —resonó la voz. No hubo de esforzarse por reconocer a la gitana, ahora convertida en una mujer levemente envejecida. De su frente emanaba un extraño destello.

—No, no lo estoy, pero igualmente acudiré a la cita —dijo. No dejó de asombrarle su propio aplomo.

—Sabes que es una tarea imposible. ¿No es cierto?

—Sí. Pero he de ir.

La gitana, sin hablar más, abrió su mano y la extendió ante él, como una muda ofrenda. Daniel vio una moneda sin brillo. El reconocimiento de ese objeto abrió la puerta de los recuerdos que no le pertenecían. Escenas de otras ciudades y otras épocas desfilaron ante sus ojos. El semblante serio de la gitana le dijo que el momento había llegado. Algo sombrío y fétido aterrizó a pocos pasos.

 

***

 

Parece que ha vuelto la paz. Desde hace unos días, ya no se oyen ruidos en el ático. No es que en ningún momento llegasen a resultar molestos, pero la falta de costumbre nos mantuvo incómodos durante algún tiempo. Ahora, por suerte, todo ha vuelto a su antigua rutina. Hay voces que dicen que el inquilino está cambiado, que tiene mejor color y ha engordado un poco, pero no deben ser más que rumores, puesto que nadie le ha visto desde hace una o dos semanas. El retorno a la normalidad en ese asunto es de agradecer, máxime cuando otro acontecimiento nos mantiene suficientemente atareados: Se dice que ha desaparecido la hija de los que viven en el segundo. Hay quien cree que se ha ido al extranjero para ocultar un embarazo, hipótesis apoyada por el silencio de los padres, pero lo cierto es que en los últimos días se ha instalado la intranquilidad en nuestras almas y hay como un presagio en el aire…

 

 

[1]  «…envejecer, morir, eran tan sólo las dimensiones del teatro… Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: Envejecer, morir, es el único argumento de la obra». Poema de Jaime Gil de Biedma, musicado por Gabriel Sopeña y cantado por Loquillo en el álbum La vida por delante.

© Copyright de Sergio Borao Llop para NGC 3660, Julio 2017

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