Un pequeño incidente


Por José Carlos Canalda

En el interior de la abigarrada cabina una alarma comenzó a sonar con estridencia: Algo marchaba mal.

—¡Vaya! Otra vez el colector —refunfuñó con fastidio uno de los dos tripulantes—. ¿A quién le toca esta vez?

—Creo que a mí —respondió sin demasiada convicción su compañero—. ¡Malditos bichos! ¿Es que no podemos hacer un viaje en paz sin tener que andar tropezándonos con ellos a cada momento?

—Sí que son una plaga —concedió el primero—. Sobre todo, cuando alguno de sus planetas se satura de población; son endiabladamente fértiles y, de no ser por lo efímero de su vida y lo frágil de su constitución física, en unas cuantas generaciones serían los suficientes como para llenar a rebosar toda la galaxia.

—Afortunadamente no es así; pero no por ello dejan de ser una molestia. Bien, saldré a limpiar el colector —concluyó al tiempo que se incorporaba del asiento.

Instantes después, la figura del astronauta se deslizaba ágilmente por el exterior de la nave en dirección al enorme colector parabólico que remataba la chata proa de la misma. Este colector servía para recoger tanto las dispersas partículas materiales como la difuminada radiación estelar, siendo utilizadas ambas como fuente energética de la poderosa astronave. Rezongando por lo molesto de la tarea a realizar, el astronauta alcanzó finalmente el borde del gran colector para, pasando al otro lado, poner pie en la cara interna del mismo. Tenía una idea aproximada del lugar en el que había ocurrido el impacto, por lo que se dirigió hacia él con la seguridad de quien está acostumbrado a deambular por el espacio.

Efectivamente, allí se encontraba, aplastado contra el bruñido y duro material que formaba el espejo colector. Siempre se había preguntado cómo estas criaturas podían ser tan estúpidas; la nave generaba un débil campo gravitatorio que bastaba para desviar de su camino a todas las pequeñas partículas que se cruzaban en su camino dirigiéndolas hacia el túnel axial que conducía al convertidor de materia. Estos animales, como seres vivos que eran, deberían poder eludir sin dificultad esta débil trampa, pero la gran velocidad a la que se desplazaban hacía que se estrellaran no contra el túnel, como habría ocurrido de haber sido atrapados por el campo gravitatorio, sino contra la superficie interna del colector, funcional exclusivamente como medio de recepción de las radiaciones cósmicas.

Esta vez se trataba de una criatura bastante grande, a juzgar por los deformados restos metálicos entre los que pudo apreciar, sintiendo una irresistible sensación de asco, varios jirones informes de repugnante materia orgánica, sin que el hecho de que esta estuviera congelada por efecto del frío exterior le ayudara demasiado a reprimir las náuseas. Tomando la espátula que había llevado consigo arrancó la informe costra formada por los restos del bicho, los cuales arrojó rápidamente a la oscura boca central. El campo gravitatorio se encargaría de conducirlos al convertidor de materia, por lo que al menos alguna utilidad podría obtenerse de ellos.

Acto seguido procedió a inspeccionar los posibles daños que hubiera podido sufrir el lugar en el que había ocurrido el impacto, comprobando con alivio que el duro recubrimiento había soportado sin problemas el choque con el mucho más blando metal del intruso. Así pues, retornó al interior de la nave. Instantes después, mientras esterilizaba minuciosamente la herramienta que había utilizado para su labor, su compañero le interrogó sobre el resultado de su trabajo.

—Era uno de ellos tal como sospechábamos —respondió escuetamente sin abandonar su tarea—. Pero era el más grande que había visto nunca, y estaba además repleto de estos repugnantes parásitos orgánicos que suelen llevar en su interior; se ve que deben de estar de nuevo en plena fase de expansión.

—Eso significa un trabajo adicional para los controladores de plagas; si cuando yo digo que deberían haberlos exterminado…

—Sí, tendrían que haberlo hecho cuando se esterilizó toda la galaxia; pero ya sabes que los ecologistas se empeñaron en exigir la conservación de su hábitat al ser este la única muestra de vida orgánica que quedó sin eliminar.

—Vida orgánica. ¡Puah! Seguro que estos estúpidos ecologistas no tienen que soportar a estos repugnantes bichejos… ¿Cómo se llaman?

—Humanos, creo —apuntó dubitativamente su compañero.

—Humanos o lo que sean; ¿qué más da? Yo los exterminaba a todos y acababa así con el problema. En fin —suspiró—; espero que no volvamos a tropezarnos con otros en lo que nos queda de camino… Ahora me toca salir a mí.

Instantes después, el inmenso carguero de varios centenares de kilómetros de longitud, se alejaba de la zona en la que había tenido lugar el encuentro con la frágil astronave terrestre, apenas un minúsculo insecto en comparación con el gran leviatán del espacio; en su interior, los dos gigantescos robots que constituían su única tripulación discutían sobre lo que habrían de hacer una vez llegados a su destino. En torno a ella, las estrellas brillaban inmutables.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Septiembre 2018

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