Hijos de Caín

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Por Juan Carlos Pereletegui

Finalista del Certamen Literario Alberto Magno

 

Al Noreste de la Península Ibérica, verano del 34.482 BP

 

El regreso de la partida de caza al campamento fue inesperado, no se les aguardaba hasta unos días más tarde. Desde que fueron avistados por los vigías, las noticias corrieron por Baiseríltur. Habían sido divisados a primeras horas de la mañana, desde el otero en el que se asentaba el campamento, pero el sol ya estaría alto para cuando lo alcanzaran, así que el Baitur ordenó que un grupo saliera a su encuentro, en previsión de que necesitaran ayuda.

Sosintíker, el padre de Soribéis, se encontraba entre los cazadores que habían partido dos días antes y desde entonces, Baisetas, su madre, se había mostrado enormemente intranquila, mucho más que en otras ocasiones similares, y había acabado por transmitir sus temores al mozo.

Soribéis se unió al grupo que, al mando de Etenbilos, salió al encuentro de la expedición. Etenbilos era un valiente cazador, conocido por su ferocidad en las escaramuzas con los abinersken.

Los encontraron junto al arroyo, en un bosquecillo de álamos blancos, en el que los cazadores se habían detenido a descansar de la pesada carga que portaban sobre sus hombros y sus corazones. El grupo de Etenbilos no tardó en cerciorarse de que sus peores temores se habían hecho realidad. Muchos de los cazadores estaban heridos y entre los álamos yacían media docena de cuerpos inánimes.

En medio de gritos y lamentos, Soribéis buscó con la mirada a su padre pero no lo encontró. Temeroso de acercarse a los cadáveres, el muchacho se quedó petrificado junto a la orilla. Tuvo que ser Etenbilos quien le arengara para buscar a Sosintíker.

—¡No te quedes aquí parado como un niño de pecho que ha perdido a su madre! Tu padre, el valiente Sosintíker, yace entre la hierba, asesinado por la sucia ralea abíner. ¡Reacciona muchacho! Ahora eres el hombre del hogar de tu madre, su sostén y el de tus hermanos y hermanas.

Movido por las duras palabras, Soribéis se abrió paso entre los que ya lloraban a los muertos y reconoció la zamarra de Sosintíker. Baisetas había curtido durante el pasado invierno la piel de un enorme oso negro, abatido por Sosintíker y que el Baitur le había permitido quedarse en reconocimiento de su valor. Ahora estaba manchada de sangre. Un lanzazo había atravesado el recio cuero, abriéndose paso hasta el vientre de Sosintíker, arrebatándole la vida.

El joven se arrodilló junto al cuerpo y tocó con reverencia el rostro que tantas veces le había hecho reír, paseó los dedos por las trencillas de la barba, hasta que un estertor recorrió su torso, rompiendo su serenidad y haciéndole estallar en sollozos.

Después de vaciar su amargura, Soribéis sintió que un brazo amigo le rodeaba los hombros y le ayudaba a ponerse en pie. Reparó entonces en Etenbilos, que discutía acaloradamente con el jefe de los cazadores. Se habían apartado del grupo principal y sus palabras no llegaban hasta él, pero los continuos ademanes de Etenbilos, salpicados de frecuentes gestos de ferocidad y lucha, denotaban su excitación, mientras su interlocutor daba explicaciones, evidentemente a la defensiva.

Al ver acercarse al joven, los dos hombres interrumpieron su discusión y le dirigieron palabras de ánimo.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó, con voz firme, dirigiéndose al jefe de la partida—. Etenbilos ha dicho que fueron los abinersken. ¿Dónde os encontrasteis con ellos?

—Nos atacaron ayer al atardecer, mientras montábamos el campamento, a una jornada de marcha. Cayeron sobre nosotros por sorpresa, sin previo aviso. No eran un grupo muy numeroso y logramos rechazarlos, pero hirieron a varios de los nuestros antes de que pudiéramos defendernos.

La voz del hombre era vacilante y Soribéis intuía que le estaba ocultando algo, pero antes de que pudiera indagar más, Etenbilos lo tomó de los hombros y regresó con él junto a los demás.

—Ha sido una gran pérdida para la tribu, tu padre era un gran cazador y un valiente guerrero, pero haremos pagar a los abinersken por esto y espero que tú ocupes el lugar de tu padre.

Aquella fue una noche de dolor en Baiseríltur, se lloró sobre el cuerpo de los muertos y luego se comió y se bebió en su honor hasta el amanecer. Con el alba se abrió una fosa común a cierta distancia del campamento. Los seis hombres fueron colocados en ella lateralmente, en posición fetal. Se cubrieron primero de una fina capa de polvo de ocre, extraído en un lejano yacimiento única y exclusivamente para este uso. Luego la fosa se rellenó con la tierra extraída y por último se cubrió de piedras, para preservar los cuerpos de los carroñeros.

Terminada la inhumación, Etenbilos estuvo mucho rato hablando con Soribéis. De vuelta a la aldea, acompañando a su madre y apoyándola en su dolor, Soribéis le explicó que Etenbilos estaba formando un grupo de guerreros para defenderse de los abinersken.

—No te dejes engañar por sus palabras llenas de odio y resentimiento —aconsejó Baisetas a su hijo.

—Pero madre, padre y los demás fueron asesinados a traición, los abíner les atacaron por sorpresa, sin ninguna provocación.

Baisetas miró a su hijo con lástima, sintiendo cómo el rencor y el ansia de venganza se apoderaban de él.

—Tu padre y los demás cruzaron el Gran Río, estaban en territorio abíner —le respondió a su hijo con voz queda, pero firme.

»¿Por qué crees que Sosintíker no te permitió acompañarle en esta cacería? —continuó Baisetas, ante la mirada de asombro de Soribéis. Sin esperar respuesta, se contestó ella misma—: Ya no hay caza en este lado del río, las últimas partidas han vuelto sin nada. Los almacenes de invierno no se llenan y el verano está más que mediado. Los cazadores se habían juramentado para cruzar el Gran Río, si era necesario. No volverían con las manos vacías. Puede ser que los abíner les tendieran una emboscada, nadie quiere hablar mucho de lo ocurrido, pero fue en su lado del río.

—Aunque así fuera, eso no los disculpa, su parte es mucho más fértil que la nuestra, los animales se ven desde este lado y ellos son muchos menos. Deben permitirnos cazar allí.

—Quizá tengas razón, pero no será fácil y no es lo pactado.

Lejos de calmarle, las palabras de Baisetas catalizaron la pena por la muerte de Sosintíker y la convirtieron en un odio profundo, en un ansia de venganza que le hizo dirigirse con ánimo anhelante a la reunión convocada por Etenbilos.

 

Atinárs era un lugar de guerra: un patio cercado por una muralla de piedra casi tan alta como un hombre adulto, en cuyo centro se alzaba una torre apoyada sobre gruesos maderos. El recuerdo de sus constructores se había perdido, pero Atinárs aparecía en las más antiguas leyendas que se contaban por la noche, en torno al fuego. Se alzaba en una pequeña elevación, junto a uno de los principales vados del Gran Río. En aquella época del año, en pleno estiaje, el Gran Río que los separaba de los abinersken era franqueable por media docena de lugares y todos ellos estaban protegidos por castillos similares; río abajo se encontraban Bekonárs y Tautinárs y más lejos, a dos jornadas, Sosinárs. En otro tiempo habían estado ocupados por destacamentos de hombres decididos cuyo cometido era impedir que los abinersken cruzaran el Gran Río. La lucha entre ambos pueblos terminó cuando el padre del padre de Soribéis era solo un muchacho. No era una paz, ni siquiera un simulacro de paz, era una guerra templada salpicada de súbitos chisporroteos. Por las noches, junto a las hogueras, se contaban historias de emboscadas y escaramuzas en los que los abíner siempre eran los agresores, pero nadie recordaba un intento organizado de los abinersken por cruzar en masa el Gran Río, así que los ars de la orilla norte acabaron por ser abandonados.

Soribéis solo había visto un abíner en una ocasión, tres veranos antes, cuando una partida trajo uno al poblado, maniatado, afirmando haberlo capturado en las proximidades de Baiseríltur, espiando sus movimientos. Soribéis experimentó una repugnancia instintiva ante aquel ser, tan diferente y a la vez tan parecido. Era más bajo y corpulento que los humanos, ligeramente cargado de espaldas y con un rostro deforme. En lugar de la alta frente y el mentón prominente que caracterizaba a los humanos, el abíner tenía el cráneo achatado y la barbilla le faltaba el mentón, pero lo que más impresionó a un joven Soribéis fueron sus ojos, pequeños y muy juntos, hundidos en el fondo de profundas cuencas, muy separadas de la frente por un marcado arco ciliar.

El abíner fue públicamente apaleado por tres hombres, Sosintíker entre ellos. En un instante dado, cuando ya estaba más muerto que vivo, sus ojos se cruzaron con los de Soribéis y el muchacho sintió dentro de él una oleada de odio, que le causó auténtico dolor físico. Afortunadamente, Sosintíker le asestó en aquel instante el golpe de gracia y el caudal de odio que llenaba el cerebro de Soribéis, amenazando con hacerlo estallar, se interrumpió bruscamente.

Etenbilos tomó la palabra, mientras dos imágenes se sucedían con rapidez en la mente de Soribéis: Sosintíker destrozando el cráneo del abíner con su hacha de pedernal y Sosintíker entre los álamos blancos, muerto, con la zamarra curtida por Baisetas llena de sangre.

—Ninguno estáis aquí por casualidad —clamó el guerrero, una vez que se hizo el silencio a su alrededor—. Os he elegido a todos vosotros, uno a uno, por vuestro valor e inteligencia y también porque aborrecéis a los abinersken. La verdad de lo ocurrido ayer, es que nuestros amigos, nuestros padres, nuestros hermanos, fueron asesinados a traición, sin darles oportunidad de defenderse. Sí, habían cruzado el Gran Río ¿y qué? El invierno se aproxima y los almacenes están vacíos. Los abíner no pueden obligarnos a morir de hambre —nadie pareció sorprenderse del reconocimiento explícito que Etenbilos acababa de hacer—. Esto, que algunos de los nuestros se empeñan en llamar paz, no es más que una lenta agonía que solo puede acabar con nuestra muerte, la de nuestros hijos e hijas y la de nuestras mujeres.

En la noche iluminada por la hoguera se alzaron voces afirmativas y exhortaciones que animaron la determinación de Etenbilos. Su voz se alzó con más fuerza.

—Ya se ha terminado el morir como conejos en emboscadas traicioneras, sin posibilidad de defendernos. Los abinersken no son más que animales rabiosos, alimañas sin corazón que tenemos la obligación de exterminar.

Soribéis sintió que las palabras de Etenbilos calentaban su corazón y se vio a sí mismo aclamándolo.

—Os he convocado en este lugar de guerra para formar una hermandad contra los abinersken, una hermandad cuya única misión en la vida sea perseguir y matar a esas malas bestias, hasta exterminarlas por completo.

La excitación recorrió a sus oyentes y la noche se llenó de amenazas y maldiciones contra los abinersken.

—Los que deseéis formar parte de esta hermandad, poneos en pie y jurad conmigo.

Sin vacilación, todos a una, los asistentes se levantaron y repitieron las palabras de Etenbilos, como un salmo.

—Juro odio eterno a los abinersken.

—Juro consagrar mi vida a su muerte.

—Juro matarlos como alimañas, allí donde tenga ocasión.

—Juro no tener piedad de las hembras ni de sus camadas.

—Juro que no habrá día que no vea la muerte de un abíner.

—Juro empeñar todo mi valor, mi inteligencia y mi fuerza en su exterminio.

—Juro no fundar familia ni tener otra ambición que la de matar abinersken.

Alguien tocó un tambor marcando el ritmo de las palabras y los hombres marcharon en torno a la hoguera, recitando la letanía de odio y pateando el suelo al unísono. Durante un buen rato, Etenbilos dejó que la hiel de sus palabras hiciera su efecto, luego volvió a arengar a sus nuevos hermanos:

—Este es un lugar de guerra, aquí, en el pasado, nuestros abuelos masacraron a los abinersken, a las hordas de abíner que trataban de recuperar esta orilla del río, de la que habían sido expulsados por los espíritus sagrados de la tierra y el agua, que los declararon infames e indignos, e inhumanos, y proclamaron que su lugar estaba con las bestias, al otro lado del río. Este es un lugar sagrado, que los nuestros regaron con la sucia sangre abíner y por eso tomaremos de él nuestro nombre: desde hoy seremos los Atinárs y no cejaremos en nuestra misión hasta que los abinersken huyan aterrorizados tan solo con escuchar ese nombre.

—Necesitamos un Baitur —chilló alguien.

—Ya lo tenemos —vociferó Soribéis, señalando a Etenbilos y gritando—: ¡Atinarsbaitur!

Al instante, todos a una, respondieron con el mismo grito.

—¡Atinarsbaitur! ¡Atinarsbaitur! ¡Atinarsbaitur! ¡Atinarsbaitur!


CONFIDENCIAL: SOLO PARA EL ATINARSBAITUR

Renovación de nuestra estructura organizativa.

 

París, 30 de enero de 1.933

 

Introducción

 

Para valorar adecuadamente la conveniencia de una transformación en profundidad de nuestra organización conviene detenernos un instante a repasar, siquiera brevemente, nuestra evolución en los últimos siglos, y fijarnos en cómo y por qué los Atinárs hemos llegado a la estructura actual.

Con el descubrimiento del Nuevo Mundo en 1.492, se hizo evidente que los abinersken habían sobrevivido en aquellas tierras. La compañía de indias que se formó entonces nos proporcionó una excelente cobertura para operar en América durante más de dos siglos, al cabo de los cuales se pudo considerar aquel continente libre de abíner. Sin embargo habíamos eliminado a demasiados pocos. Al principio sospechamos que el número de abinersken era inferior al calculado inicialmente pero, pronto, diversos indicios hicieron pensar que habían regresado a Europa en masa. Con el fin de operar en el Viejo Continente con mayor facilidad, se disolvió la compañía de indias y se formó una de las muchas sociedades secretas que surgieron a principios del siglo XIX. Estas sociedades eran muy poderosas y todas disponían de cierta fuerza militar, así que pudimos camuflarnos entre ellas tan fácilmente como un árbol en el bosque.

Esta estructura ha cubierto nuestras necesidades durante casi ciento cincuenta años, sin embargo, en la actualidad, presenta una serie de inconvenientes que aconsejan una renovación total, renovación cuyo estudio es el objeto de este informe.

 

 

Valoración de la situación actual

 

Los éxitos alcanzados desde principios del siglo XIX son discretos y debemos considerarlos, fundamentalmente, como de contención. Sabemos que hay miles, quizá decenas de miles, de abinersken, que permanecen ocultos, temerosos de nosotros y de nuestra vigilancia permanente. En el último siglo hay cerca de un centenar de contactos confirmados, el triple de casos dudosos y solo se han producido veintisiete eliminaciones. Hay indicios para suponer que nuestro disfraz no es un secreto para los abíner, lo cual dificulta notablemente nuestra labor.

Es imprescindible señalar que más de un tercio de los contactos confirmados se han producido fuera de Europa, lo que hace pensar en una expansión mundial de los abíner. Este es un escenario para el que nuestra organización, orientada básicamente hacia Europa, no es adecuada.

En la actualidad, las sociedades «secretas» se han convertido en una caricatura de lo que fueron, la mayoría se han transformado en esperpentos ridículos, somos casi los únicos que conservamos la coherencia organizativa, pero eso precisamente nos hace excesivamente visibles. Si, como hemos dicho antes, en el momento de nuestra fundación éramos un árbol en un denso bosque, en este momento el bosque ha sido talado y destacamos como un roble solitario en mitad del páramo.

Tampoco debemos olvidar la situación política de Europa. Se acercan tiempos de guerra, una guerra que, a nosotros que estamos por encima de las naciones, no nos incumbe y que solo puede suponer una traba a nuestra labor. Peor todavía, podemos sufrir una innecesaria sangría de nuestros más valiosos miembros como ya ocurrió en la Gran Guerra.

 

Exposición y discusión de alternativas

 

La estructura más adecuada para nuestros fines, en la situación actual y con la perspectiva de permanencia a largo plazo que siempre nos ha caracterizado, no es evidente a simple vista. Presentamos a continuación una lista de posibles alternativas, con una somera valoración, con el fin de que se pueda juzgar más adecuadamente la bondad de la solución propuesta y que se describe en detalle en la siguiente sección.

La transformación en un partido político presenta la ventaja de la sencillez, pues la reconversión organizativa es mínima. Pero un partido político en las democracias liberales nos proporciona una cobertura escasa para nuestra fuerza militar, solamente los partidos extremistas disponen de ellas y están en el punto de mira de las autoridades, siempre a un paso de la clandestinidad. Por otro lado, para los abíner sería bastante sencillo seguirnos la pista e identificarnos.

Podemos optar por infiltrarnos en el partido único de uno de los estados totalitarios que comienzan a abundar en toda Europa. No sería difícil conseguirlo con nuestros recursos económicos. Con esta solución, nuestra fuerza militar quedaría perfectamente disimulada dentro de sus muchas organizaciones policiales y paramilitares. Hay que valorar, sin embargo, las fuertes, y a menudo cruentas, guerras internas de estos partidos, que no harían si no distraernos de nuestro objetivo.

Tampoco podemos olvidar que ninguna de estas soluciones nos libraría de vernos arrastrados a una más que previsible guerra europea de grandes proporciones.

Para salir del ámbito europeo podemos transformarnos en una empresa colonial, cultivadora de té, café, algodón o cualquier otra materia. Fácilmente podríamos lograr el control de una amplia región en Asia o Africa, en la que realizar nuestras actividades sin ser molestados. O bien lograr, por la vía del soborno, que el gobierno de algún país nos ceda el control de una región, sin hacer preguntas. China o cualquiera de los países del cono sur americano, especialmente Argentina, son adecuados para este objetivo. Incluso sería posible, e incluso más sencillo, hacernos con el gobierno de un pequeño país centroamericano, o del Pacífico, mediante un golpe de estado.

A nadie se le pasa por alto que son soluciones problemáticas a largo plazo. Los actuales imperios coloniales tienen los años contados y los gobiernos corruptos acaban siendo derrocados por otros, no menos corruptos, pero poco comprensivos con los amigos de los depuestos. Por otro lado, aunque no tendríamos problemas para organizar nuestras fuerzas militares, no sería sencillo moverlas con facilidad, problema que también se nos presenta si nos hacemos con el control de un pequeño país centroamericano o del Pacífico. No debemos olvidar que nuestro principal campo de batalla seguirá siendo Europa, según todos los informes, pero también deberemos operar en América del Norte y del Sur y en algunas regiones de Asia.

Hemos dejado para el final la que consideramos la mejor opción: una gran corporación multinacional, especialmente una dedicada al petróleo y con base en Estados Unidos. Dedicaremos el capítulo siguiente a su análisis.

 

 

Recomendación: multinacional petrolífera

 

Una gran multinacional petrolífera, dedicada a la extracción, refino y distribución es la solución perfecta a todos los requisitos necesarios.

Podemos implantarnos sin dificultad en cualquier lugar del mundo en el que deseemos operar. Las necesidades de seguridad de las instalaciones de una empresa de este tipo, a menudo en países políticamente inestables, permite disimular sin ningún problema una fuerza militar muy considerable y gracias a sus recursos de transporte marítimo es posible moverla con gran facilidad. Apenas es necesario hacer notar que este tipo de empresas disponen de sus propias comunicaciones y que a nadie sorprende que utilicen sistemas de encriptado cuando emplean redes públicas.

Asentarnos en Estados Unidos nos permite sacar de Europa toda la estructura directiva y dejar aquí tan solo los recursos que sean adecuados en cada momento. Tanto si participa como si no, en la guerra que se prevé, el futuro de los Estados Unidos al finalizar esta debe ser el de tomar el relevo de Inglaterra y Francia como líder mundial, lo cual no puede si no favorecer nuestros intereses.

No sería difícil adquirir de forma opaca e imposible de rastrear por los abíner, una empresa petrolífera norteamericana, de tamaño pequeño o mediano. Posteriormente, con nuestros recursos económicos, la convertiríamos en la multinacional de las dimensiones que precisamos. Se han hecho algunos estudios discretos y en anexo a este informe se adjunta una lista de algo más de treinta empresas petroleras norteamericanas, que pueden ser candidatas a este proyecto.

 

 

Capítulo 1

 

Marta escuchó sin gran interés el tradicional panegírico que precedía a su conferencia. Estaba tan acostumbrada a los «joven doctora», «eminente investigadora», «referencia de las nuevas generaciones de arqueólogos» que se habían convertido en palabras leves que la atravesaban si dejar huella. Hubo un tiempo en que sí le importaban, cuando su padre aun vivía y le pateaba el culo día tras día para llegar a lo más alto, para que fuera digna hija del «maestro de arqueólogos» como uno tras otro repetían el día de su funeral. Entonces, sintiéndose libre por primera vez, estuvo a punto de renegar de todo, pero al final tuvo que admitir que su pasión era algo más que el capricho de un catedrático engreído y déspota, había nacido para ser arqueóloga y nada ni nadie importaba más que eso.

El presentador se alargaba más de lo decoroso, y la montaña de halagos amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Al fin y al cabo, en aquel vetusto casino nunca habían soñado con que pisara sus salones un científico de su reconocimiento. Más divertida que molesta miró hacia el culpable: Francisco… Paco… Paquito… el jovencísimo estudiante que había llegado a su excavación al principio del verano, esparciendo a su alrededor oleadas de feromonas. Marta no vaciló ni un minuto en llevárselo a la cama y disfrutar de un tórrido romance estival. Paquito notó la mirada de Marta sobre él y enrojeció como un tomate entre las chanzas de sus colegas. Lo que aún no sabía el joven aprendiz de arqueólogo, el audaz explorador de profundas cavernas, es que el verano se había acabado, llegaba el otoño y aquella conferencia en su pueblo, delante de su gente, era la forma en la que Marta le agradecía sus atenciones y le deseaba suerte en la vida.

Luchó contra el aburrimiento fijándose en algunos de los asistentes y fabulando la vida que había detrás de aquella barba venerable o de aquel vestido estampado. Se fijó entonces en un hombre de aspecto rudo sentado en las primeras filas. Al instante, ella misma se preguntó por qué lo había calificado de esa forma si el hombre estaba impecablemente trajeado de gris, con el pelo, una espléndida melena rubia hasta los hombros, perfectamente peinada, y pulcramente afeitado. Pero había un algo en su rostro que era innegablemente «rudo». Quizá los ojos color miel ligeramente juntos y hundidos bajo un arco ciliar fuertemente marcado, o el mentón deprimido que le daba un aire exótico y que interesó vivamente a Marta, experta degustadora del cuerpo masculino.

Escuchó, por fin, al venerable presidente de la institución, pronunciar el título de la conferencia, «Neandertales: ¿extinguidos o exterminados?». Marta se sonrió para sí olvidándose del hombre rubio. El título auténtico era «El racismo como factor clave en la desaparición del hombre de Neandertal», pero, cuando se trataba de divulgación, nunca estaba de más apelar a las emociones. Con un detalle de coquetería se atusó la corta melena rubia, que apenas le cubría la nuca, alzó ligeramente el micrófono y comenzó a hablar.

—Todos ustedes conocen a los neandertales, no necesitan que yo se los presente; han oído hablar de ellos en la televisión y en los periódicos, les han hecho reír en los anuncios publicitarios y en los sketchs cómicos, pero realmente ¿qué es lo que saben sobre ellos? Algunos de entre los asistentes, más curiosos y mejor informados, posiblemente recuerden que, aunque somos especies emparentadas, los cromañones no descendemos de los neandertales, aunque las dos especies procedemos del tronco común de los homínidos.

»El origen de los neandertales hay que buscarlo en África, donde hizo su aparición un nuevo tipo humano que se expandiría por el todo el mundo, pero fue en Europa donde estos humanos, de origen africano, sufrieron una segunda evolución que desembocó en el Homo Sapiens Neandertalensis. Desde Europa, estos hombres de Neandertal se expandieron hacia el Este, hasta alcanzar las regiones de Oriente Medio. Ahora bien, lo que debemos tener presente, seguro que a ustedes no se les ha escapado —su sonrisa iluminó a la audiencia borrando cualquier sospecha de ironía en sus palabras—, es que el predecesor de estos neandertales siguió viviendo en África durante centenares de miles de años, al cabo de los cuales sufrió una nueva evolución de la que surgió otra variedad, una más, de seres humanos: el Homo Sapiens Sapiens… que ya saben de quién se trata, ¿verdad? —Marta hizo una pausa dramática antes de continuar—: somos nosotros mismos, los hombres de Cromañón, diferentes de los hombres de Neandertal, pero nacidos de los mismos padres.  Los cromañones no tardamos mucho en mostrar nuestro espíritu inquieto y salimos de África, igual que habían hecho nuestros antepasados, pero, a diferencia de ellos que se encontraron un mundo vacío de humanos, los cromañones descubrimos que se nos habían adelantado y que Europa ya estaba ocupada. ¡Menudo chasco! —exclamó Marta con alegría—. De verdad les digo que me hubiera gustado ver la cara de aquellos cromañones lanzados a la expansión cuando se tropezaran por primera vez con unos «primos» de los que nada sabían.

Marta siguió hablando durante un buen rato, pormenorizando las diferencias y semejanzas entre las dos especies, levantando oleadas de emoción con su apasionada exposición de los argumentos a favor de reconocer a los neandertales el más alto grado de «humanidad». La audiencia estaba encandilada y apenas se atrevían a respirar por temor a perderse una palabra de la arqueóloga, que poco a poco llegaba al culmen de la conferencia. Marta se fijó en que uno de los que mayor concentración parecían poner en sus palabras era el hombre rubio del traje gris. Sus ojos color miel la miraban con fijeza desde las profundas cuencas, bajo el arco ciliar bien marcado.

—… entonces, recapitulando, tenemos algunos hechos irrefutables, aunque, por supuesto, cada cual los puede interpretar a su manera. Primero y principal: los neandertales ya no están entre nosotros, desaparecieron de la faz de la tierra. Segundo: esta desaparición se produce gradualmente de Este a Oeste, extinguiéndose antes en las llanuras de Europa oriental y del sur de Rusia que en Francia, por ejemplo. Tercero: ese patrón de desaparición de los neandertales, de Este a Oeste repito, coincide aproximadamente con el proceso de dispersión de los hombres de Cromañón. Por supuesto, esto no es más que una simplificación, la realidad, sin ningún género de dudas, fue más complicada, una complejidad a la que los investigadores apenas hemos hecho sino asomarnos y que está plagada de contradicciones, dudas y preguntas sin respuesta, por lo cual, por ahora, nos debemos quedar con esa imagen de los cromañones expandiéndose de Este a Oeste, a medida que los neandertales se retiran…

Marta dejó en el aire la frase y miró lentamente a los asistentes, aumentando la expectación.

—La cuestión es ¿qué hace a los neandertales retirarse? ¿Es la presión de los cromañones o se debe a otros motivos y los cromañones tan solo ocupan los espacios que los neandertales abandonan? Volveremos enseguida sobre este aspecto, ahora, por terminar con los hechos conocidos, el cuarto y último es que la Península Ibérica fue el final del camino para los neandertales, esta fue la tierra donde los clanes organizaron sus cacerías, las familias celebraron sus matrimonios y los hijos enterraron a sus padres… por última vez. Aquí, en esta tierra que pisamos, acabó todo desde el punto de vista neandertal —había tanto sentimiento en las palabras de Marta que a más de uno se le hizo un nudo en la garganta—. La expansión de los cromañones en la Península Ibérica se produjo en diagonal, desde Cataluña hacia el sur de Portugal. La extinción de los neandertales, por el contrario, es más caótica, las fechas que nos vamos encontrando sugieren una fragmentación de su sociedad en grupos aislados, ofreciendo una apariencia de mosaico. Se habla mucho de la «frontera del Ebro», como un límite geográfico durante cierto tiempo entre cromañones y neandertales. Por motivos similares, quizá pudiéramos especular con otra frontera más al sur, marcada por el río Guadalquivir, pero, como digo estamos dejando el cómodo y firme terreno de los hechos probados para adentrarnos en las arenas movedizas de la interpretación, una interpretación que tiene por objetivo responder a la pregunta que antes les lanzaba: ¿los cromañones tuvimos algo que ver en la desaparición de los neandertales o tan solo actuamos de forma oportunista, ocupando el territorio según quedaba despoblado? Es la incómoda pregunta que generaciones de arqueólogos hemos intentado responder: ¿los cromañones nos limitamos al papel de espectadores pasivos o fuimos cómplices necesarios o, peor todavía, autores principales, en la extinción de nuestros primos? Esos son los tres papeles que los diferentes autores nos han repartido.

»Si la Península Ibérica fue donde se produjo el último acto de este drama, es aquí donde debemos encontrar la respuesta. Primero el río Ebro, y más tarde el Guadalquivir, probablemente fueran las últimas fronteras físicas entre neandertales y cromañones. Esos dos grandes ríos, el primero fluyendo hacia el Este y el segundo hacia el Oeste, organizaban el paisaje hace treinta mil años exactamente igual que lo hacen ahora, y sin duda se constituyeron en elementos de referencia para las dos especies, lo cual nos lleva a preguntarnos por cómo eran esas fronteras. ¿Se trataba de límites geográficos respetados tácitamente por ambas comunidades, o eran zonas «calientes», de enfrentamiento, donde menudeaban las escaramuzas?

»Como quizás algunos de ustedes sepan, el año pasado realizamos un descubrimiento que arroja algo de luz sobre este aspecto. En un yacimiento de la orilla norte del Ebro excavamos una tumba correspondiente a tres cromañones, tres varones adultos. Entre los huesos de uno de ellos, profundamente clavada en una de las vértebras lumbares, encontramos esto —en la pantalla que acompañaba a sus explicaciones apareció una imagen—: una punta de lanza musteriense, es decir, confeccionada por los neandertales. Estaba clavada en la parte interna del hueso, lo que implica que este hombre recibió un lanzazo en el vientre que le atravesó el cuerpo hasta alcanzar la columna vertebral. Se trata de una herida mortal de necesidad sufrida por un Cromañón adulto… y todos los indicios apuntan a que el brazo que manejaba esa lanza era un brazo neandertal.

»Gracias a este descubrimiento podemos afirmar que existió violencia en la relación entre las dos especies. Por supuesto desconocemos si se trataba de una violencia estructural y generalizada, o si hubo periodos de guerra separados por momentos de paz, o si este hallazgo obedece a un hecho completamente fortuito e inusual, pero en cualquiera de esos escenarios, lo que ahora sabemos es que la idea de una convivencia feliz y armoniosa entre las dos especies se desvanece y crece la intuición de que los cromañones, más hábiles en la fabricación de objetos, socialmente mejor dotados para crear redes de intercambio, con una mayor capacidad de pensamiento simbólico y abstracto y dotados de un sistema de comunicación más sofisticado, jugamos un papel determinante en el drama de la extinción de nuestros primos neandertales.

»Muchas gracias por su atención.

 

Dos días más tarde el hombre rubio del mentón huidizo se presentó en el yacimiento donde trabajaba Marta, manifestando un vivo interés en conocerlo. Para asombro de la arqueóloga, el hombre, que se presentó como doctor Tur, había sufrido una laringectomía. El característico estoma era visible en la parte baja del cuello, ocultándose cada vez que acercaba a él un pequeño aparato que amplificaba la voz erigmofánica, generada en la faringe. Ahora que lo veía de cerca, Marta pudo apreciar que se trataba de un hombre de unos treinta años, de poderosa presencia, ligeramente más bajo que ella, pero con un enorme torso que intentaba escapar de la ligera camisa de verano. Los brazos descubiertos mostraban una musculatura que sería la envidia de cualquier culturista. En conjunto Marta se sintió atraída por aquel hombre singular, que parecía un Hércules bajito y sin mentón, y que insistía en visitar el yacimiento, a lo que ella terminó por acceder.

—Como ve, estamos ya preparándolo todo para el invierno —explicó, mientras se dirigían a la zona de excavación—, oficialmente la campaña acabó hace unos días y ya solo quedan aquí algunos voluntarios que han podido alargar su estancia para las tareas de clausura.

Marta acompañó su explicación con indicaciones a los jóvenes que cubrían con lonas impermeables diferentes secciones del terreno.

—Usted me preguntaba por mi interés por su trabajo —respondió Tur—. Ante todo deseo felicitarla por su magnífica conferencia del otro día, fue muy instructiva…

Marta descendió con cuidado la empinada senda que comunicaba dos abancalamientos y vio cómo Tur la seguía con agilidad, sin dejar de hablar por el pequeño amplificador.

—En la cuestión de la capacidad lingüística de los neandertales parece que usted está a favor de las teorías más recientes que sí les reconocen esa capacidad. Actualmente me dedico al estudio de esta área y me gustaría conocer la opinión de una científica de su valía.

Marta se sorprendió del giro de la conversación y demoró la respuesta explicándole a Tur el funcionamiento de la sección de lavado, donde la tierra extraída, que ya había pasado una primera criba, se mezclaba con agua y se pasaba por unos cedazos muy finos que retenían hasta los granos de polen.

—¿Ha publicado usted algún trabajo sobre el habla neandertal, doctor Tur? No me resulta conocido su nombre en este terreno.

—Por supuesto que no doctora Viladecans —respondió Tur con énfasis—, soy tan solo un aficionado, de buen nivel si me permite la inmodestia, y apasionado, pero en absoluto un investigador.

—Ya… —Marta dudó, la sospecha de que no estaba escuchando toda la verdad flotaba en el ambiente, como un cierto olor a podrido, así que midió cuidadosamente sus palabras. En el competitivo mundo universitario no todos los rivales jugaban limpio—. Tradicionalmente, como bien sabrá, se ha considerado que los neandertales no tenían capacidad de emitir sonidos articulados. El fundamento de esta opinión reside en el cráneo de La Chapelle, remontado a partir de los fragmentos encontrados y en el que se aprecia que la configuración de la laringe no es apropiada para la emisión de sonidos complejos.

—Pero esa no parece ser su opinión —apuntó Tur, mientras esquivaba a un par de estudiantes que cargaban con voluminosos contenedores de plástico y se dejaba guiar por Marta hacia la zona de excavación propiamente dicha.

—Bueno, en los últimos años diferentes investigadores han estudiado ese cráneo y han llegado a la conclusión de que el remontaje efectuado a principios del siglo XX es incorrecto, lo cual es también mi opinión, sin embargo tengo muchas dudas en lo que se refiere a cuál debería ser el montaje adecuado. Ahí existen diversas teorías y no me inclino decididamente por ninguna de ellas —todo esto era la opinión pública y conocida de Marta al respecto y no tenía inconveniente en manifestarlo a un desconocido—. Es una lástima que prácticamente nuestra única forma de estudiar el habla neandertal sea mediante ese único cráneo. Si tuviéramos más ejemplares podríamos valorar adecuadamente la variabilidad del conjunto y extraer importantes conclusiones.

»Espera Marco, no cubras todavía esa parte —gritó la doctora.

El voluntario retiró la lona con la que había empezado a cubrir unos restos óseos.

—Como dije en la conferencia, hemos encontrado tres cuerpos de hombres de Cromañón en este enterramiento de unos treinta mil años de antigüedad. Ya hemos extraído dos, pero el tercero tendrá que esperar a la próxima campaña.

La frente alta y el bien marcado mentón de los huesos fosilizados denunciaban la ascendencia cromañona del individuo. Tur apenas le dedicó una mirada y luego fijó sus ojos color miel en los de Marta.

—Si tuviera más restos sobre los que estudiar el habla neandertal —dijo, con cierta brusquedad—, descubriría que su sistema fónico no es rudimentario sino completo y sofisticado, pero atrofiado por falta de uso, y capaz de emitir, tan solo, una limitada gama de sonidos, con una articulación mínima.

—¿Cómo puede usted asegurar eso? —preguntó Marta, sorprendida.

En ese instante su vista se nubló, dando paso a la visión de un grupo de cazadores prehistóricos acosando a un gigantesco mamut.

Marta quedó absorta con la escena, incapaz de preguntarse qué le estaba ocurriendo. Toda su atención estaba capturada por aquellos hombres, neandertales a todas luces, que se enfrentaban al enorme animal en un combate aparentemente desigual, sin embargo la destreza y coordinación de los cazadores era sobresaliente. Marta vio cómo uno de ellos se acercaba al mamut, ofreciéndose con temeridad. Cuando la bestia intentaba alcanzarlo con sus largos y afilados colmillos, el hombre se echaba atrás con rapidez, pero eso no le hubiera evitado el destripamiento si en ese instante todos sus compañeros no hubieran hundido, al unísono, sus picas de punta de piedra en el cuerpo del animal. La maniobra requería una coordinación perfecta, que los cazadores parecían conseguir sin necesidad de ninguna comunicación. Marta vio repetir el ataque múltiples veces, turnándose el hombre que se ofrecía como señuelo, y siempre con la misma precisión, haciendo coincidir el arranque de la bestia con el ataque de los cazadores. El tiempo parecía haber dejado de transcurrir para Marta, pero cuando el mamut hincó las rodillas y su enorme cabeza se derrumbó sobre la pradera, la realidad del yacimiento empezó a superponerse sobre la escena de cacería hasta sustituirla completamente.

El doctor Tur seguía a su lado y la cogía de la mano.

—¿Qué me ha pasado? ¿Qué me ha hecho usted?

—No se preocupe, tan solo se siente algo desorientada. Tenga esto.

Le puso en la mano un portamuestras, de los utilizados para las observaciones al microscopio.

—Estúdielo, quizá encuentre algunas de las respuestas que está buscando, incluida la explicación de lo que acaba de experimentar, pero hágalo con discreción, puede ser peligroso. Yo me pondré en contacto con usted dentro de un tiempo.

Muchos días después, el recuerdo de lo ocurrido todavía llenaba a Marta de perplejidad. Cuando salió de su aturdimiento, Tur ya había desaparecido y ella estaba allí, como una tonta, con la muestra de microscopio en la mano, mientras Marcos, el voluntario que cubría los restos, la miraba con preocupación.

Ella no tenía medio de estudiar una muestra de esas características, así que se lo pidió a Víctor Chamorro, un amigo que trabajaba en el laboratorio de biología de la universidad. La respuesta de Víctor acababa de llegar en un correo electrónico.

«De: chamorrov@laboratoriobiologia.unijar.edu

»Para: viladecansm@depto-antropologia.unijar.edu

»Asunto: Análisis de muestra

»¡¡Esto es muy raro!!

»Los resultados que he obtenido eran tan absurdos que he decidido repetir los análisis, sin preguntárselo a Maggiore, por supuesto, que se hubiera puesto como loco. Ya puso mala cara cuando le dije que quería analizar un encargo urgente de Antropología, y eso sin mencionarte para nada.

»El caso es que los segundos resultados no tienen nada que ver con los primeros y es lo más extraordinario que he visto nunca. ¿De dónde diablos lo has sacado? ¡No es humano! Quiero decir que sí que es humano, pero no de un humano como tú y como yo, en el ADN hay diferencias absolutamente inexplicables.

»No le he dicho nada a nadie, ¡esto puede ser la bomba! Tu cállate también hasta que hablemos.

»Te he llamado al móvil pero lo tenías desconectado, como siempre. ¿No sabes que esos chismes no muerden?

»Nos vemos en la cervecería esta tarde y te enseño los resultados.

»Un beso, Víctor».

 

Víctor Chamorro era un buen amigo…, alguna noche, de vez en cuando, más que un amigo, y no le hacía gracia que se la hubiera jugado con Maggiore por su culpa. El director del laboratorio de biología era un mal bicho, un tipo con el que no convenía correr riesgos y que se la tenía jurada a Marta desde hacía años. Maggiore formó parte del tribunal que juzgó su tesis doctoral, dedicada a las capacidades cognitivas de los neandertales, y sus comentarios a las conclusiones fueron tan groseros y ofensivos que el presidente del tribunal le exigió que se retractara.

 

Víctor estaba sentado en la terraza de la cervecería, disfrutando de la agradable tarde de final del verano. Hojeaba un grueso paquete de folios grapados. Vio a Marta acercarse y la saludó con la mano. En ese momento una moto con dos ocupantes abandonó la calzada e irrumpió entre las mesas llevándose algunas por delante y con ellas a los clientes. Frenó bruscamente juntó a Víctor. El pasajero desmontó y abrió fuego con un arma automática, sin mediar palabra. Marta vio cómo el cuerpo de su amigo se estremecía y temblaba bajo los múltiples impactos antes de derrumbarse. El asesino se acercó, le dio un tiro de gracia entre los ojos y le arrancó de las manos crispadas los folios grapados antes de volver a la moto que arrancó de allí a toda velocidad, cruzando por entre las restantes mesas. Todo había ocurrido de forma tan brusca e inesperada que nadie fue capaz de reaccionar hasta que los asesinos ya se habían perdido entre el tráfico de la tarde. Cuando los músculos de Marta obedecieron de nuevo las ordenes de su cerebro, echó a correr y se abrazó al cuerpo sin vida de Víctor, mientras oía las palabras de Tur: «Hágalo con discreción, puede ser peligroso».

 

 

Al sur de la Península Ibérica, otoño del 31.345 BP

 

El día después todo es horror y desolación.

Loas atinars se han retirado con las primeras luces del alba. Sé que esto no ha sido obra de nanarak normales, solo los atinars, como se llaman a sí mismos esas bestias que sienten por nosotros un odio extremo, son capaces de tanta maldad. Salgo del agujero en el que he estado escondido durante tres largos días. La herida del costado ya no sangra, pero el dolor es muy intenso y me obliga a andar encorvado. Lentamente, uno ahora, otro después, voy captando a los supervivientes. Son pocos, muy pocos. Todos confirman que no detectan ningún nanar en las proximidades. Les ordeno regresar al campamento.

Me entretengo cortando un garrote. Mientras lo limpio de ramas a golpes de hacha, intento pensar más en el futuro que en el pasado. Quedamos una docena, casi todos mujeres y niños. Solo tres hombres, además de mí: Sebérkar, Sesenco y Onso, los tres heridos también, ninguno abandonó la defensa mientras estuvimos en condiciones de causar algún daño a esos diablos de frente alta. ¡Larraji engulla sus carnes y pula sus huesos!

Vinieron a matar, pero también a robar. Aprovecharon el final del verano para saquear las provisiones de invierno, pacientemente acumuladas. Somos pocos, heridos y sin comida. Miro hacia el sur, hacia las altas cumbres que hacen de barrera antes de la costa. Dicen las recordadoras que para encontrar otras comparables hay que marchar hacia el norte, durante cinco días, hasta llegar al Gran Río Que Fluye Hacia Poniente, el que fuera nuestra última frontera con los nanarak. Luego hay que caminar por su territorio durante incontables jornadas, hasta alcanzar el Gran Río Que Fluye Hacia Levante. Después de cruzarlo, al menos cinco días más son necesarios para ver las montañas. Eso dicen las recordadoras, y si ellas lo recuerdan, debe ser cierto, pero ningún nal las ha visto desde hace incontables generaciones, todo el tiempo que llevamos retrocediendo bajo los golpes de los nanarak. Pero estoy desvariando, debe ser la fiebre. Miraba las montañas para comprobar el nivel de las nieves. Ha bajado mucho desde la última vez que me fijé en ellas. Dentro de poco, vientos gélidos surcarán los barrancos y por la mañana habrá que romper el hielo de los arroyos, para tomar el agua.

Debemos marcharnos, y marcharnos ya. Solo hay un destino posible, pero por el momento es preferible que ninguno lo conozca. Puede ser que no todos lo entiendan y no es momento de disensiones.

Sé que ya están todos reunidos. Camino apoyándome en el garrote y al llegar al linde del calvero aprieto los dientes y me enderezo. El dolor es terrible pero puedo disimularlo… debo disimularlo.

La pradera que se extiende ante las rocas que nos servían de refugio nocturno está plagada de crespones negros, todavía humeantes: los restos de las hogueras nanar. Junto a ellas, durante tres días, han comido nuestra comida, asesinado a nuestros hijos y violado a nuestras mujeres, hasta convertirlas en despojos sangrantes.

Atravieso el calvero apartando la vista de los escasos restos de mi gente, de mi clan. Durante la noche los nanarak se resguardaban en las rocas y dejaban el campo libre al león y al lince, al oso y a la hiena. Han sido buenas noches para ellos.

Los supervivientes ya conocen mi decisión, así que nos ponemos en camino inmediatamente, el tiempo de las lamentaciones ya llegará. Lo más inmediato es conseguir provisiones, llevamos tres días de ayuno y los alrededores del campamento están esquilmados.

En los primeros momentos de la lucha, mientras todavía aguantábamos a los nanarak, ordené que las madres jóvenes, las que no podían ser de ayuda, huyeran al bosque con sus niños. Las que han sobrevivido son las que esos demonios de atinars no lograron encontrar, tan solo cinco. Todas han perdido a los padres de la media docena de churumbeles que las acompañan, seis veranos el más mayor, que se pasea con ojos de horror, incapaz de comprender. Pero ¿quién puede comprender? El odio de los atinars, esa cofradía infame que busca nuestro exterminio con la saña del buitre, es tan antiguo que hasta las recordadoras han olvidado un tiempo sin él.

Mis hijos ya estaban crecidos y defendieron a los suyos con la inteligencia del oso y la ferocidad del león. Los vi caer a todos, uno por uno. Mi fiel compañera luchó a mi lado, codo con codo, hasta que una jabalina le atravesó el pecho.

Hacemos una parada en el arroyo del que nos abastecíamos de agua. Limpiamos nuestras heridas y saciamos nuestra sed de tres días, solo que la mía no tiene remedio. El rostro me arde, enfebrecido, y noto los labios tensos y agrietados, llenos de pupas.

Ordeno a dos mujeres, que no están heridas y pueden avanzar con ligereza, que se adelanten en busca de comida, aunque sé bien que, en la dirección que vamos a llevar, no encontraremos nada hasta el atardecer. Todos los alrededores del campamento han sido metódicamente batidos durante meses. Sebérkar, el que se encuentra mejor entre los hombres, las acompañará. Les indico que se dirijan hacia poniente, dejando el punto por donde se esconde el sol ligeramente a su derecha. Les explico que en esa dirección debe encontrarse el campamento de Aituneo, a pocas jornadas de distancia.

Después del mediodía capto a Sebérkar y guío a mi grupo hacía él. Nos aguardan en un pequeño claro del bosque, cubierto de hierba alta. Uno de los lados del claro linda con una peña rocosa de la que baja un hilo de agua. A cierta altura en la peña hay algunos abrigos de roca, que pueden ser muy útiles para pasar la noche. Sebérkar y las dos muchachas, Niska y Losae, nos reciben con una buena cantidad de fresas, zarzamoras y frambuesas. Abundan en las proximidades me informan y también algo de caza menor. Aun queda mucho día pero necesitamos alimentarnos y este es un buen sitio. Doy mi consentimiento para acampar.

Nos organizamos en varios grupos y batimos los alrededores. Al final del día tenemos una buena provisión de hayucos, tallos de hinojo, bayas de majuelo y manzanas ácidas. El diente de león abunda entre las altas hierbas del claro. Al pie del hilillo de agua hay una pequeña charca bordeada de espadañas que proporcionan un buen puñado de tallos tiernos. Recogemos frutos de algunas gayubas tardías, desenterramos nabos picantes, y trepamos a los nogales para hacer caer sus frutos. En las umbrías hay ortigas en abundancia y perales en las solanas, y encinas cargadas de bellotas. Los zarzales de moras están salpicados de rosales que nos proveen de escaramujos. Entre las encinas, medio ocultas por arbustos de rusco y torvisco, se arrastran algunas parras de las que arrancamos racimos de uvas pansas, muy dulces después de recibir el sol durante todo el verano.

Onso es un experto en trampas y con Sembe, el muchachito más mayor, y su madre, Edereta, han hecho un buen trabajo y podemos arrimar a las brasas un par de conejos y algunos topillos, además de culebras y lagartos, capturados mientras tomaban el sol sobre las rocas, adormilados.

Nos acomodamos en los abrigos, después de proveer de leña las hogueras y establecer turnos de guardia. Hacemos acopio de ulagas secas, que arden con fiereza durante breves instantes, y son muy útiles para espantar a alimañas demasiado audaces.

Niska se instala conmigo y nos abrazamos para conservar el calor y compartir el dolor que las necesidades de la pura supervivencia nos han obligado a controlar. Niska es la más joven de las madres. Me cuenta como huyó y se ocultó en un agujero frío y húmedo, muy próximo al arroyo. Los nanarak estaban muy cerca y no pudo salir en los tres días. Llevaba a su bebé recién nacido y le mantenía la boca permanentemente tapada para evitar que su lloro los descubriera. Solo se la destapaba para alimentarlo, pero el frío y la humedad, y el miedo, acabaron por vencerlo y murió en sus brazos.

Ella, que era una niña hasta el pasado verano, apenas entiende el porqué de tanta muerte, tanto odio, tanta maldad.

Por la noche soñé con los nanarak. Vinieron del norte, eso dicen nuestros ancestros. Son torpes de pensamiento pero hábiles de manos y sagaces imitadores y se reproducen como conejos. Los nalak estamos en paz con el bosque. Nos alimentamos de él, con abundancia, pero sin agotarlo. Los nanarak, por el contrario, con sus incontables camadas de críos, pronto se convirtieron en una plaga que arrasaba un valle hasta las raíces, antes de trasladarse al siguiente. Intentamos hacerles comprender que no debían tener tantos hijos, el bosque no podría alimentarlos a todos. Les ofrecimos nuestra ayuda, el conocimiento de nuestras recordadoras, pero lo rechazaron. Pronto, nuestros campamentos estuvieron rodeados de comarcas esquilmadas. Cuando tocaba levantarlos, para permitir que el bosque se recuperara, encontrábamos que no teníamos a donde ir. Esto provocó lucha y muerte con los nanarak y crueldades por los dos bandos. Por fin llegamos a un acuerdo. Les cedimos todo el territorio al norte del Gran Río Que Fluye Hacia Levante y nos trasladamos a la otra orilla. Redujimos nuestra población para adaptarnos a la menor extensión y respetamos el tratado. Durante varias generaciones hubo paz, mientras el territorio de los nanarak fue fértil, pero cuando mataron el bosque y exterminaron la caza, entonces volvieron la vista a la otra orilla, exuberante y llena de vida.

Por la mañana noto una fría opresión sobre la frente. He pasado la noche delirando y Niska me puso una compresa de hierbas que mojaba a menudo en agua fría. Con la matinada la fiebre ha remitido, pero me noto débil y con mucho dolor. Convenzo a Niska de la necesidad de ocultar todo esto a los demás. Nadie tiene conocimientos para ayudarme y de nada servirá aumentar su pena y su preocupación.

Nos ponemos en marcha sin demora, todos juntos. La comida abunda y ya no tiene sentido separarnos. En realidad la comida abunda demasiado, como no tarda en hacerme notar Sebérkar. No hay rastro de recolección, lo que sería difícil si el clan de Aituneo estuviera cerca. Las heridas de Sebérkar son leves, afortunadamente, y están curando. Él será mi sucesor al mando si yo no puedo resistir hasta el final, así que conviene que sepa la verdad. Se la permito entrever y le emplazo a la noche, para una explicación más detallada. Tal como me esperaba, su primera reacción es de negación y rechazo pero lo conozco bien y sé que mis argumentos lograrán convencerlo. Pero su respuesta espontánea me reafirma en la idea de que no debo apresurarme en anunciar nuestro auténtico destino.

Al cabo de cinco días de marcha encontramos los primeros rastros de presencia nal: terreno escarbado en busca de raíces y arbustos desprovistos de sus frutos por manos expertas, que han tomado el alimento sin dañar las plantas. No logramos establecer ningún contacto.

Ya solo puedo caminar apoyándome en Niska, que pasa las noches en vela intentando aplacar la fiebre que me devora y soportando mis delirios. La herida del costado tiene muy mal aspecto, no cicatriza y supura constantemente un pus hediondo. Ya no duraré mucho, algo que a nadie se le escapa. Hoy, en la pausa del mediodía, les he dejado entrever que es poco probable que lleguemos a encontrarnos con la tribu de Aituneo y que el fin de nuestro viaje está algo más lejos de lo que esperan.

Ha habido muchas preguntas, pero me he limitado a decirles que hay un lugar en el que estaremos a salvo de los nanarak, un lugar al que muchos nalak se están dirigiendo desde hace tiempo, pero hasta que no demos con alguno de los clanes que se ocupan de apoyar ese viaje no puedo proporcionarles más detalles.

Dos jornadas después se produce el contacto, un grupo sale a nuestro encuentro para guiarnos a un campamento donde corazones hermanos se hacen cargo de nuestro sufrimiento y nos brindan bálsamo para el dolor que hemos callado durante tantos días. El hombre de medicina me atiende inmediatamente, pero solo confirma lo irremediable. Es un milagro que haya resistido tanto tiempo y no hay nada que pueda hacer, salvo un ungüento y un bebedizo que mitigarán el dolor. Me proporciona también un saquito de polvo blanco para suavizar el final, que no puede demorarse mucho.

Junto con Sebérkar me reúno con Lubelscotio, el jefe del clan. No somos los primeros en llegar en parecidas circunstancias. En los últimos tiempos la presión de los atinars se ha incrementado mucho al sur del Gran Río Que Fluye Hacia Poniente. También son más, muchos más, los clanes que deciden emprender el Camino, sin esperar a ser atacados. Le pido que hable a mi gente y les convenza de que deben partir. Está acostumbrado y tiene más información que yo. Me advierte que yo no estoy en condiciones de Cruzar. Me confieso ante él, de jefe a jefe y ante Sebérkar que será mi sucesor. Confieso lo que he guardado en mi corazón todos estos días. He fallado a los míos, en cuanto tuve noticias del Camino debí convencerlos para partir, pero me aferré a la tierra de mis antepasados con la ilusoria esperanza de que los atinars nos respetarían. Delirios de viejo que han costado la muerte de muchos. Aunque no estuviera herido, no sería digno de Cruzar. Tan solo, antes de emprender mi propio Camino, quiero ver el embarcadero. Lubelscotio asiente mientras Sebérkar intenta consolarme: pocos me hubieran seguido, afirma, incluso ahora será difícil convencerlos a todos.

Sebérkar tenía razón, no es fácil hacerles ver que el Camino es nuestra única oportunidad de supervivencia. La idea de abandonar la tierra de sus padres y realizar un viaje largo y azaroso en una frágil almadía de troncos les aterra, pero Lubelscotio sabe ser convincente. Yo avalo sus palabras, aun así le cuesta una larga tarde de argumentación, pero, al llegar el crepúsculo, todos miran hacia el sol poniente, pensando en cómo será esa tierra de promisión en la que ya nos aguardan muchos hermanos y que Lubelscotio ha llamado Urbijotz, el corazón del agua.

Con la alborada partimos de nuevo, guiados por uno de los hijos de Lubelscotio, y a media mañana del día siguiente, al culminar un puerto, aparece ante nosotros el mar, una majestuosa bahía, cerrada por un gigantesco peñón de roca gris en el lado de poniente. Ninguno habíamos visto el mar antes y a todos nos sorprende, para nadie es como esperaba. Es un día gris y ventoso, el horizonte está lleno de nubes plomizas, imposible saber dónde acaban ellas y empieza el agua. La inmensa llanura de azul grisáceo tiembla como las praderas de altas hierbas bajo el azote del viento y por doquier estalla en grandes nubes de espuma blanquecina.

Nuestro joven guía se me acerca y señala el embarcadero, situado en medio de la bahía. Un camino de troncos que arranca en la playa y se adentra en el agua un buen trecho. Sobre él se ve gente, el muchacho me indica que hay una almadía a punto de partir. Veo cómo la desatan y queda libre sobre el agua. No puedo evitar que la angustia me atenace el corazón, pero manos diestras empuñan palas de madera y la impulsan en una determinada dirección. Imperceptiblemente la distancia al embarcadero aumenta.

El hijo de Lubelscotio me explica que si hubiéramos llegado en un día claro, desde esta altura veríamos la otra orilla. Desgraciadamente también está poblada por nanarak, pero no han sido contaminados por la pérfida influencia de los atinars, y, por ahora, consienten la presencia de nuestros campamentos a cambio de instrumentos de piedra, mucho más perfectos que los que ellos son capaces de tallar. Esta travesía es difícil, es lo que llaman Cruzar, y no todas las almadías llegan a su destino, algo que su padre ya nos explicó antes de partir. Las que lo logran empiezan una larga travesía, primero hacia poniente, tornando al sur más tarde, siempre siguiendo la línea de la costa, apoyándose en una cadena de campamentos que el abuelo del abuelo de Lubelscotio ayudó a montar. El joven guía vacila al contarme la última etapa del viaje. Desde el último campamento de la cadena hay que Cruzar de nuevo, siempre hacia Poniente. Por el día se guían gracias al sol y durante la noche intentan no perder de vista determinadas estrellas, siempre que las nubes lo permitan. Si todo va bien, al amanecer del tercer día se avista tierra, una tierra feraz y hermosa, cubierta de espléndidos bosques, habitados por multitud de animales, y suficientemente extensa como para que los nalak prosperen durante generaciones.

Me despido de los míos. Traspaso formalmente mi rango a Sebérkar y abrazo por última vez a Niska, que intenta quedarse conmigo hasta el final. Debe ser Sebérkar, con su recién estrenada autoridad, la que la obligue a bajar el puerto con todos. Espero a que desaparezcan tras unas peñas, siguiendo el intringulado camino de descenso por la ladera, muy abrupta.

Estoy cansado y dolorido, me siento y apoyo la espalda en un peñasco. Descanso por primera vez desde el ataque. La almadía ya está muy lejos del embarcadero. El hijo de Lubelscotio me ha explicado que verán la orilla opuesta antes de perder de vista esta, a pesar de las nubes. Dejo transcurrir el día. A primera hora de la tarde la almadía se pierde de vista. Sebérkar y los demás deben estar a punto de alcanzar el campamento, instalado cerca del embarcadero, fuera de la vista.

Ha llegado el momento.

Vierto en el cuenco de la mano el polvo blanco del hombre de medicina y me lo llevo a la boca. Es de sabor amargo, pero su efecto no puede ser más dulce para mi espíritu.

 

 

Capítulo 2

 

Marta perdió la noción del tiempo que estuvo aferrada al cadáver de Víctor, hasta que unas manos femeninas lucharon con sus dedos crispados y los forzaron a soltar la ropa ensangrentada. Luego la guiaron hasta el interior de la cervecería, la sentaron en una mesa y le pusieron delante una taza de algo caliente. Solo entonces volvió, lentamente, a la consciencia. Las luces azules de los coches de policía se colaban a través de los cristales, llenando el local de una presencia fantasmal, agentes de uniforme alejaban a los curiosos mientras unos enfermeros levantaban un cuerpo cubierto por una sábana que se llenaba por momentos de florones rojos. Apartó la vista, sobrecogida, y se tropezó con las dos personas sentadas ante ella en la mesa, un hombre y una mujer, que se identificaron como el sargento Ulla y su ayudante, la agente Alfonsa. El sargento era un hombre de mediana edad, de cintura generosa y gesto adusto, que contrastaba con su compañera, mucho más joven, de tez cetrina y pelo negro, pequeña y vivaracha, casi agitanada; Marta supo que sus manos inquietas eran las que la habían separado del cuerpo de Víctor y conducido hasta la mesa. Antes incluso de que le preguntaran por el posible móvil del crimen, Marta les habló de Tur y de la misteriosa muestra y de los sorprendentes y desconocidos resultados de su análisis. A los dos policías les costó captar la historia por completo, Marta balbuceaba más que hablaba y su relato era apedazado e inconexo. Cuando lograron hacerse una idea de lo que la arqueóloga les estaba contando, Alfonsa se levantó y salió, habló con algunos agentes y volvió a entrar.

—En las ropas de la víctima no se ha encontrado nada que se parezca a una muestra de microscopio como la que nos ha descrito.

—Entonces vamos a buscarla —contestó Ulla, levantándose con más energía de la que cabía suponer en su cuerpo de obeso incipiente.

La caravana de vehículos policiales irrumpió en el aparcamiento del laboratorio de biología de la universidad y Ulla atravesó con ímpetu las puertas, seguido de una pequeña tropa de agentes uniformados. Alfonsa y Marta se quedaron rezagadas, tal como habían planeado al conocer las malas relaciones de esta con el director del laboratorio. No tardaron mucho en escuchar los gritos y Marta reconoció al instante la voz, gruesa y estentórea, de Maggiore, amenazando con utilizar sus influencias para degradar a Ulla a vigilante de urinarios públicos, ante lo que Ulla no se quedó atrás, esgrimiendo la orden de registro recién expedida. Marta les había advertido que Maggiore se negaría rotundamente a que nadie se entrometiera en su laboratorio, que consideraba poco menos que un reino privado. A pesar del dolor que sentía, no pudo evitar un gesto hacia Alfonsa, recordándole sus palabras.

—No se preocupe —respondió esta—, el sargento los tiene bien puestos.

En ese momento apareció Maggiore por la puerta, con las manos esposadas a la espalda y custodiado por dos agentes, al tiempo que del edificio salía la voz de Ulla, calmada pero potente.

—Estoy seguro de que un viaje hasta comisaría le bajará los humos y le recordará la conveniencia de acatar la ley.

Maggiore pasaba en ese momento por delante de Marta y Alfonsa. Era un hombre corpulento, al que los años habían encanecido la melena y la barba, dotando su presencia amedrentadora de un toque de ferocidad. Al ver a las dos mujeres escupió a los pies de Marta.

—Advertí a Chamorro contra usted —exclamó a voces—, le previne, ¡nada bueno puede salir de esa cabeza suya y de sus ideas!, se lo dije muchas veces, y no quiso creerme, y ahora está muerto por su culpa.

El feroz ataque, lejos de amilanar a Marta, disparó la tensión que había acumulado en las últimas horas. Se abalanzó sobre el hombre, golpeándole con los puños en el pecho y en el rostro.

—¿Cómo se atreve, maldito cabrón? Han matado a Víctor y usted no es capaz de ofrecer la más mínima colaboración y encima me acusa a mí…

Alfonsa reaccionó al instante, aunque no pudo impedir que del labio inferior de Maggiore brotaran algunas gotas de sangre.

—¿Por qué doctor Maggiore? —gritó Marta mientras los policías se lo llevaban—. ¿Qué le he hecho yo? ¿A qué viene todo ese odio hacia mí? ¿Qué motivo tenía para prevenir a Víctor? ¿De qué le advirtió?

El despacho de Víctor Chamorro era un caos, alguien se les había adelantado, buscando a conciencia, sin preocuparse de que el registro pasara desapercibido. Revolvieron unos instantes entre el desorden, pero pronto se hizo evidente la inutilidad de su esfuerzo. Ni en el control de entradas ni en los partes de tareas había referencia alguna a ningún análisis realizado por Chamorro en las últimas cuarenta y ocho horas, lo cual era imposible, puesto que, según su correo, el primer análisis lo hizo con autorización de Maggiore y por tanto, siguiendo los protocolos habituales. Alguien se había encargado de recuperar la muestra y había cubierto cuidadosamente cualquier rastro que pudiera arrojar luz sobre su significado. ¿Qué es lo que Víctor había descubierto en el segundo análisis, realizado a escondidas de Maggiore?

A la mañana siguiente, en su despacho, sobre su mesa de trabajo, delante del teclado, perfectamente centrado, había otro portamuestras de microscopio. Al verlo, Marta dio un respingo, sintió que el aire le faltaba y echó a correr por los pasillos desiertos de la facultad, con el corazón atormentado y convencida de que en cualquier momento sentiría las balas atravesando su espalda. Al cruzar la puerta de entrada tropezó y cayó rodando por las escaleras de acceso hasta el césped que rodeaba el edificio, donde fue atendida por el personal de seguridad de la Universidad. Sintiéndose relativamente a salvo, pero todavía con las manos temblorosas, rebuscó en su bolso hasta encontrar la tarjeta que le había dado el sargento Ulla.

El técnico de la policía científica era un hombre de origen asiático que Ulla presentó como Liu Zhengrong. Saludó a Marta con un castellano correcto, pero de extraña nasalidad.

Miró la muestra a través del microscopio durante algunos minutos, sin hacer ningún comentario, luego consultó un libro de referencia, observó algunas fotografías y volvió al microscopio. Un par de minutos después se dirigió a su ordenador y realizó algunas búsquedas en internet, contemplando con atención varias imágenes. Dio un último vistazo al microscopio y al fin se encaró con el sargento Ulla, Alfonsa y Marta, que aguardaban expectantes:

—Es tejido cerebelar —afirmó—, de eso no cabe ninguna duda… yo diría que es humano —vaciló un tanto—… al menos lo parece, pero no es de un humano normal, debía padecer algún tipo de malformación o de enfermedad. Pero no he encontrado ninguna referencia de algo parecido. Dices que no tienes ningún tipo de dato sobre el donante.

—Ninguno —respondió Ulla—, por lo que parece es el móvil de un asesinato, pero lo ignoramos absolutamente todo…

—¿Qué tipo de anomalía es la que detecta? —preguntó Marta.

—La densidad de las células de Purkinje es extraordinariamente alta —explicó Liu—, al menos diez veces más de lo normal. Son células que se disponen en hileras, con cierta separación de una a otra, pero en esta muestra hay tantas y tan juntas que apenas puedo individualizarlas. Les aconsejo que consulten con el doctor Montes, es una eminencia internacional en neuroanatomía.

—¿El doctor Montes? —preguntó Marta, con matiz de duda—. ¿No es un poco excéntrico?

Liu la miró a través de las gafas redondas que había vuelto a ponerse.

—Tiene algunas ideas… exóticas, por llamarlas de alguna manera, pero hay muy pocos en el mundo que igualen su conocimiento del cerebro.

El Instituto de Investigación Neurocientífica era un gran edificio de aire futurista, en las afueras de la ciudad, que servía al doctor Montes tanto de residencia privada como de laboratorio, clínica y centro de congresos. El científico estaba a la cabeza de un conglomerado de instituciones que aunaban investigación de primera línea, divulgación, enseñanza, tratamiento médico y un nada disimulado instinto comercial. Merecedor sobradamente del Premio Nobel, lo hubiera ganado en más de una ocasión de no ser por ciertas controvertidas líneas de investigación, dedicadas a la telequinesis, piroquinesis, telepatía, clarividencia y otras similares, cuya sola mención ponía a sus muy ortodoxos colegas los pelos de punta. La mayoría lo disculpaban, más o menos, aludiendo a los generosos ingresos que proporcionaban esas investigaciones «O lo que fueran», solían agregar, displicentes, pero los que conocían mejor a Jesús Montes, sabían que su interés en esas materias era sincero y que, si bien la divulgación estaba concebida como una máquina de ganar dinero, la investigación de base se llevaba a cabo con el máximo rigor científico… y los verdaderos resultados eran un misterio que solo el doctor conocía.

Mientras Alfonsa, al volante, se identificaba ante el guarda de seguridad del edificio, el sargento Ulla revisaba los papeles que le habían entregado justo cuando salían de comisaría. Eran los diferentes informes forenses, de balística y de la autopsia del asesinato de Víctor Chamorro. El sargento leía mascullando entre dientes.

—Es lo que pensábamos ¿verdad? —preguntó Alfonsa mientras rodaba despacio hasta el aparcamiento—. Utilizaron una ametralladora, una Uzi o algo similar…

Ulla arrojó los papeles sobre el salpicadero.

—¡Eso parece! ¡Una ametralladora! En treinta años de policía nunca había visto algo parecido.

—Si lo miras desde un punto de vista estrictamente militar, es el arma perfecta para una operación de comando, pequeña, manejable, fácil de ocultar y mortífera a corta distancia.

—No hace falta que me des lecciones de armamento —respondió Ulla desabrido—, la cuestión es ¿qué delincuente hay en esta ciudad que tenga «un punto de vista estrictamente militar»? ¿Y de dónde la ha sacado? Esto no es Nueva York, aquí no puedes ir al supermercado de la esquina y llevarte un par de cajas de leche y una ametralladora.

Llegar hasta el doctor Montes no era tarea fácil y la interminable cadena de recepcionistas y ayudantes estuvo a punto de acabar con la paciencia del sargento, pero las impecables credenciales académicas de Marta, incluso fuera de su especialidad, lograron al fin que les franquearan la puerta de su despacho particular… vacío. Era un lugar lujoso, pensado para el protocolo y la ostentación, no para el trabajo. Todavía tuvieron que esperar un buen rato antes de que se abriera una puerta detrás de la enorme mesa de acero y vidrio y entrara un hombre pequeño, de mejillas chupadas, con un mechón de pelo ralo en la barbilla y unos ojos penetrantes que los escaneó a los tres en un segundo.

Estrechó la mano de Marta, exclusivamente, dedicando a los policías tan solo un gesto, dando a entender que solo por ella y por su prestigio había accedido a robar algunos minutos de su precioso tiempo.

Las primeras explicaciones del motivo de la visita lo impacientaron y no hizo nada por ocultarlo. Al cabo de unos minutos estalló.

—¿Y para eso me tienen que distraer de mi trabajo? Estoy seguro de que la policía tiene técnicos más que cualificados para dictaminar sobre esa muestra. —Hizo ademán de levantarse—. Señores, creo que todos estamos perdiendo el tiempo.

—Nuestro tiempo vale tanto como el suyo, señor Montes —el gesto del doctor a las palabras de Ulla demostraba claramente que no compartía esa afirmación—, y desde luego no hemos venido aquí de vacaciones.

—Los técnicos de la policía —intervino Marta—, han identificado la muestra como tejido cerebelar anómalo, pero no son capaces de explicar esa anormalidad, por lo que nos han remitido a usted para encontrar una explicación.

—Ya… ¿y estamos hablando de…? —preguntó Montes con hastío—, lanzando al aire y recogiendo el portamuestras que Alfonsa le había entregado.

—Una exagerada densidad de células de Purkinje…

—¿Cómo de exagerada? —interrumpió el doctor con brusquedad. A ninguno de los tres les pasó desapercibido el súbito brillo de interés en sus ojos.

Unos instantes después los hizo pasar por la puerta por la que él había entrado, y accedieron a un gran laboratorio en el que trabajaban un buen número de técnicos de bata blanca, la mayoría muy jóvenes. Mientras atravesaban la gran sala, Montes lo miraba todo con ojo crítico y se detuvo un par de veces para hacer recriminaciones, en tono bastante agrio. En el otro extremo entraron en una habitación de dimensiones reducidas, atiborrada de instrumental.

Se instaló ante un microscopio óptico similar al que había utilizado Liu Zhengrong.

—A ver qué tenemos aquí.

Tan pronto como ajustó el objetivo el asombro se pintó en su rostro. A diferencia de Liu, el doctor Montes no dudó ni por un momento de que lo que estaba contemplando era absolutamente inusual.

Retiró la muestra y la montó en lo que Marta reconoció como un microscopio ultravioleta. En la pantalla del ordenador conectado al aparato se formó una imagen. El doctor la observó boquiabierto unos instantes y luego realizó algunas manipulaciones con el ratón.

—La distancia media entre los abanicos dendríticos es de una décima de micra —no sabían si hablaba solo o se dirigía a ellos—, eso nos da diez mil células de Purkinje por milímetro, contra las veinte o veinticinco de un cerebelo normal.

El doctor miró fijamente a Marta.

—Doctora Viladecans, parece que está usted en el centro de algo muy fuera de lo común. Dígame, ¿tiene algún motivo para sospechar que el donante de esta muestra poseía capacidades telepáticas?

Antes de poder responder, Marta oyó resoplar a Ulla, pero el doctor Montes lo paró antes de que lanzara su diatriba.

—No se ponga nervioso antes de tiempo, sargento. La telepatía no es más que un sistema de comunicación entre dos cerebros mediante ondas electromagnéticas, en lugar de las ondas acústicas que empleamos para hablar. Por tanto necesita de un órgano capaz de generar y recibir esas ondas y resulta que ese órgano existe, es el cerebelo, mediante las células de Purkinje. Estas células se dedican al procesamiento de señales eléctricas recibidas desde el cerebro propiamente dicho, y por sus características neuroquímicas y su geometría, funcionan como diminutas antenas, capaces de emitir y captar ondas electromagnéticas, el problema es que la inmensa mayoría de los seres humanos tenemos tan pocas de estas células, que son virtualmente inservibles como transmisores de señales, pero el dueño de este cerebelo tenía cinco mil veces más células de Purkinje que cualquiera de nosotros, así que se lo pregunto de nuevo, doctora, ¿existe algún indicio de que el donante tuviera capacidad telepática?

Marta recordó la extraña visión que había sufrido mientras le enseñaba el yacimiento a Tur, pero sus primeras palabras quedaron ahogadas por una cadena de explosiones que llegaban de la planta baja.

Ulla y Alfonsa se miraron asombrados, no tenían ninguna duda de que lo que estaban escuchando eran granadas de mano. Simultáneamente echaron mano de sus teléfonos móviles para dar la alarma, pero el pánico se pintó en sus rostros:

—¡Están empleando un inhibidor de señales! —exclamó Alfonsa, intentando no dejarse llevar por la histeria.

—Creo que tenías razón —respondió Ulla, haciendo gala de una calma no exenta de sorna—, en esto anda metido alguien con un punto de vista estrictamente militar.

Sacó su automática y la montó, y luego un revolver de una pistolera en la pierna. Revisó su carga e indicó a los demás que le siguieran. La gran sala de trabajo estaba desierta, los técnicos habían huido al oírse las primeras explosiones, que ahora habían sido sustituidas por furiosos intercambios de disparos que procedían de la planta baja.

—Parece que los guardas de seguridad les están haciendo frente —aventuró Alfonsa.

—No creo que aguanten mucho, esto parece una operación a gran escala. —Miró a Montes—. ¿Se puede alcanzar la escalera de emergencia sin salir al pasillo principal?

El doctor les indicó que les siguieran y los encaminó hacia su despacho, pero cuando estaban a mitad de camino se abrió la puerta principal de la sala y entró un tropel de hombres armados que abrió fuego, sin previo aviso, en dirección a los policías, como si supieran exactamente quiénes eran y dónde los iban a encontrar. Ulla y Alfonsa reaccionaron al instante y se lanzaron al suelo disparando sus armas y haciendo blanco ambos.

—¡Al suelo! ¡Al suelo! —gritaba Alfonsa a Montes y Marta, que paralizados por el terror se habían quedado inmóviles, pero los atacantes los ignoraron y se centraron en los agentes que habían volcado varias mesas y respondían al fuego resguardados tras ellas. Al mando del grupo atacante parecía estar un joven espigado.

—¡Matad a los policías! —ordenó—, a los otros los quiero vivos.

En respuesta, las armas de Ulla y Alfonsa aparecieron desde extremos opuestos de la habitación y dos de los atacantes cayeron heridos al suelo.

—¡No tenemos tiempo para esto! ¡Utilizad las granadas!

Instantes después una explosión lanzaba por los aires el cuerpo de Alfonsa que rebotaba en el techo antes de caer al suelo, carbonizada pero viva. Ulla abandonó su refugió con una pistola en cada mano, disparando sin cesar y obligando a los atacantes a buscar protección, llegó hasta Alfonsa y la agarró de un brazo, retrocediendo sin dejar de disparar con la mano libre, hasta agotar el cargador, entonces la avalancha de balas le partió literalmente el pecho. Alfonsa, todavía viva, se arrastró hacia su jefe musitando palabras que nadie pudo entender. El joven espigado dio unos pasos hasta ella y le reventó el cráneo de un par de tiros, luego se dirigió hacia Marta y Montes, que seguían en pie en mitad de la sala, en estado de shock. Le puso la pistola en mitad de la frente al doctor Montes.

—¿Dónde está la muestra? Démela y nos marcharemos.

Incapaz de articular palabra, Montes solo pudo asentir con la cabeza e indicar que lo siguieran hacia la habitación al fondo de la sala.

—Vosotros dos venid conmigo —indicó a sus hombres—. Los demás llevaros a los heridos y preparad la evacuación, nos vamos inmediatamente.

 

 

Costa suroccidental de Urbijotz, invierno del 11.243 BP

 

Me llamo Attia y ayer me hice mayor.

Padre llegó por la mañana en el catamarán, volvía de un viaje de veinte días a las tierras que existen hacia Poniente. Los nanarak que viven allí son pocos y muy primitivos, pero no conviene perderlos de vista. Esta vez se llevó a Abisunhar, mi hermano mayor, lo que me llenó de rabia. Padre dijo que Abisunhar ya es casi un hombre, a lo que él añadió: «y tú una niña pequeña» y me sacó la lengua, lo cual demuestra que el cuerpo de mi hermano ha crecido más deprisa que su cerebro.

El viaje a las Tierras de Poniente es corto; con buen viento, en un día con su noche, se llega a donde el mar se vuelve marrón y el agua ya no es salada. Es la desembocadura de un río tan inmenso que todavía es necesario un día más para tocar tierra. Padre dice que debe tratarse de uno de los ríos más grandes del mundo, mucho más que el Nilur de las recordadoras, que está a Oriente, mucho más allá de Ederlur, la tierra hermosa, de la que tuvieron que huir nuestros antepasados.

Padre estaba eufórico. Era el primer viaje del nuevo catamarán y había respondido perfectamente, muy marinero en la travesía y ágil y manejable una vez que embocaron el gran río. Remontaron su curso durante cinco días visitando tres tribus que no había conocido en sus anteriores viajes. El cuaderno de Abisunhar estaba repleto, tengo que reconocer que mi hermano, además de un gran tonto, también es gran dibujante.

Madre se pasaba la mayor parte del tiempo en la galería que mira al mar. En cuanto avistó la vela en el horizonte, pude sentir su alegría explotando en mi cerebro. Yo seguía enfadada y dije que no pensaba bajar al muelle, pero no tardamos en recibir a padre y me aseguró que me traía un regalo excepcional, el pájaro más sorprendente que podía imaginar: un ave tan habladora como un tropel nanarak.

En realidad me alegré de tener una excusa para olvidar mi enfado.

La noticia de su llegada no tardó en difundirse entre nuestros vecinos y para cuando el catamarán inició la maniobra, una pequeña muchedumbre se había congregado en el muelle, muchos eran criados de la casa, que sentían gran devoción por padre, pero también estaba el gobernador de la provincia, el dueño de la curtiduría, el cirujano, el presidente de los criadores de zani y algunos otros que yo no conocía pero que madre me decía que eran personas importantes.

Nada más poner el pie en el muelle, padre buscó a madre y se abrazaron cariñosamente, y padre le acarició el abultado vientre, entre los aplausos de todo el mundo. Detrás, en cuanto aseguró la maroma, saltó Abisunhar, con su enorme cuaderno de dibujo en una mano y portando en el brazo libre, para sorpresa de todo el mundo, un pájaro verde, de buen tamaño, con un curioso pico ganchudo.

Sin decir nada, se acercó a mí, aproximó el pájaro a mi rostro y entonces, en el silencio, solo roto por el murmullo de las olas contra el muelle, todos pudimos escuchar:

—Aaaattia… Aaaattia….

Pasado el primer instante de sorpresa, el muelle se llenó de risas y aplausos. Abisunhar me explicó que si le hablaba con sonidos, al cabo de algunos intentos el pájaro los repetía.

Iba a probarlo cuando comenzó el fin de nuestro mundo.

¿Cómo algo tan terrible puede empezar con un simple temblor? Era una vibración que se transmitía desde el suelo, a través de las botas, y que fue, en rápida sucesión: sorprendente, divertida, inquietante, alarmante, angustiosa y aterradora. Al final de esta secuencia, el muelle oscilaba de tal forma que era difícil mantener el equilibrio. Varias personas de las que se encontraban en las laterales cayeron al agua. En la playa, los caballos se encabritaban asustados. Unas pocas personas mantuvieron la calma y ordenaron a la gente que abandonara el embarcadero de forma ordenada, al tiempo que encargaban a los criados cuidarse de los caballos. Uno de ellos fue padre, que me tomó a mí y a madre de la mano, miró atrás para asegurarse de que Abisunhar nos seguía y con paso decidido pero sin apresuramiento nos condujo a la playa. Bajo nuestros pies, los crujidos del muelle obligaban a esperar lo peor.

Parecía que ya no resistiría mucho más, pero la vibración cesó. No lentamente, tal y como había empezado, si no de forma brusca, como se cierne la oscuridad al apagar la llama de una vela.

Todos los visitantes sintieron desazón por sus familias y haciendas. La mayoría se encontraban suficientemente cerca como para contactar y pudieron tranquilizar su ánimo y el de los suyos. El temblor se había sentido en toda la costa y también en la ciudad, al interior, pero los daños eran leves y nadie tenía noticias de víctimas. A pesar de ello, madre disculpó a todos los huéspedes, entendía que deseaban regresar cuanto antes a sus hogares. Se capturaron un par de caballos desbocados y pronto la playa se llenó de despedidas. Padre reunió a algunos criados y, acompañados de Abisunhar, se pusieron manos a la obra para subir a tierra el catamarán. Padre tenía miedo de perderlo si el temblor se repetía y el muelle acababa por ceder.

Por desgracia para todos, para mi familia, para los nal…, para la misma tierra de Urbijotz que nos había acogido amorosamente durante tanto tiempo, sus temores se vieron confirmados prontamente. El terremoto se repitió con tal fuerza que nadie pudo resistir en pie. Caímos al suelo, donde fuimos zarandeados por las ondas sísmicas que parecían no acabar nunca. Con la cara llena de arena, vi los troncos del muelle, gruesos como el muslo de un hombre, saltando por los aires como mondadientes. Padre y los demás fueron sorprendidos a mitad de la tarea. El arranque del temblor fue tan brusco y la desintegración del muelle tan rápida, que se vieron de pronto en el agua, con riesgo de su vida, por los troncos que caían de lo alto y que la resaca, avivada por el temblor, zarandeaba de cualquier manera.

Capté a padre preocupándose por Abisunhar y exhortándole a ponerse a salvo en el catamarán, mientras él se preocupaba de que los criados que sabían nadar ayudaran a los restantes.

Esta segunda sacudida acabó tan bruscamente como la primera, pero después de mucho más tiempo. Madre me tomó de la mano y nos acercamos a la orilla hasta que el agua nos mojó los pies. Padre ya había desplegado la vela, e intentaba embarrancar la nave, mientras mi hermano y los criados que estaban a bordo, ayudaban a los que todavía permanecían en el agua. El viento no era favorable a los propósitos de padre, y resultaba una tarea ardua, pero entonces ocurrió un hecho singular que puso fin a sus esfuerzos. Pese a que no ser hora de la bajamar, el agua se retiró con tal rapidez que el catamarán quedo en secó, sobre el arenoso declive de la playa.

Saltaron todos a tierra y vinieron junto a nosotras, donde muy poco antes el agua nos cubría los tobillos. Padre se volvió y observó fijamente el horizonte, brazos en jarras, como una fuerza de la naturaleza exigiéndole a otra, de igual a igual, que le revelara el motivo del singular fenómeno. La interrogación duró unos instantes, luego, su orden nos llegó a todos sin excepción. Era tan perentoria que nadie dudó ni hizo preguntas, simplemente echamos a correr tras él, en particular madre y yo, puesto que nos había tomado de las manos y no nos soltaba.

La casa se encontraba sobre un pequeño promontorio, unida a la playa por un sendero empedrado que bajaba en suaves curvas. El desacostumbrado esfuerzo consumió rápidamente el resuello de madre, que necesitaba pararse a tomar aire cada pocos pasos, lo que llenaba a padre de angustia. Ordenó a los criados que no se detuvieran, me puso en la mano de Abisunhar y nos mandó en pos de ellos, mientras él azuzaba a madre, no siempre con palabras amables, a que subiera tan rápido como le fuera posible.

El sendero desembocaba en un cuidado jardín que antecedía a la casa solariega en la que yo había nacido y crecido. La casa, construida en tiempos del abuelo de padre, tenía un airoso cuerpo central, precedido de un pórtico con cuatro columnas, y dos alas laterales. La terrible fuerza del segundo temblor había desplazado el vaso de la fuente que presidía el jardín y el agua surgía en un chorro, a varios metros, por una rotura de la conducción. La mitad del pórtico se había derrumbado y la otra mitad parecía que no aguantaría mucho más. Todo el ala derecha no era más que un montón de escombros del que salían alaridos de dolor y entre los que escarbaban algunos criados, con más voluntad que eficacia. Muchos otros simplemente deambulaban, conmocionados, sin saber qué había ocurrido, ni qué iba a ocurrir y otros, muchos más, heridos, lloraban y suplicaban. Algunos intentaban mitigar sus heridas, o las del compañero, según fuera su entereza.

Ante aquel espectáculo, presentí que una parte de mi vida había terminado y que lo que allí comenzaba sería muy diferente.  Fue una visión muy clara, pero, ni por asomo, una mínima parte de la realidad que estaba por venir.

Abisunhar y yo permanecimos inmóviles ante el triste espectáculo, dando tiempo a que padre y madre nos alcanzaran. Padre seguía azuzando a todo el mundo para que no se quedaran allí. Todo el que pudiera valerse tenía que dirigirse hacia el interior, tan lejos de la costa como fuera posible. Muchos no se resignaron a abandonar a los familiares y amigos atrapados bajo las ruinas y no entendían el súbito pavor de padre, pero no hubo tiempo de explicaciones. Un extraño bramido vino de la playa y vimos levantarse una montaña de agua cuya cima teníamos que mirar con la cabeza alzada, incluso desde lo alto del promontorio.

No esperé a que padre nos aguijoneara de nuevo, eché a correr, tirando de la mano de Abisunhar, que parecía hipnotizado por el monstruo líquido que amenazaba con devorarnos. Rodeamos la casa y corrimos, cuesta arriba, por el camino que la conecta con la carretera. Padre insistía en que no miráramos atrás, pero cuando nos alcanzó el ruido del mundo al romperse como una cáscara de nuez, no puede evitar girar la cabeza. La casa, orgullo de mi familia, había desaparecido y en su lugar se alzaba un muro de agua lanzado en nuestra persecución.

Sin aliento, alcanzamos la cancela de la finca y salimos a la carretera, en el mismo instante en el que el agua se derrumbó sobre nosotros. Sentí que perdía el pie y que era llevada en volandas hacia delante, a una velocidad de vértigo. Algo me golpeó en la cabeza y creí perder el sentido, pero me recuperé y luche por mantener la cabeza a flote, pero era difícil y bastante peligroso, con la enorme cantidad de objetos flotantes. Opté por mantenerme sumergida tanto como me era posible, tomando aire de cuando en cuando.

El impulso del agua no tardó en ceder y entonces recibí a padre adivirtiéndonos que no nos dejáramos arrastrar por el reflujo. No tardé en hacer pie, pero el agua volvía hacia su hogar y generaba una corriente de tanta fuerza que me era imposible resistirla. Sin encontrar nada a lo que asirme, luché con toda mi rabia, pero, paso a paso, el agua me llevaba con ella, hasta que mis caderas rozaron algo: una piedra miliar de la carretera. Frenética, me abracé a la pesada roca, bien clavada en el suelo, sintiendo cómo pasaban junto a mí, a toda velocidad, rozándome y golpeándome, restos de todo tipo, incluyendo, para mi pavor, varios cadáveres de criados de la finca.

Al fin el agua se retiró, dejándome enterrada en el barro. Enseguida capté a padre y a Abisunhar, pero no a madre. Ellos tampoco conseguían establecer contacto, padre estaba como loco, pero no tuvimos ocasión de ponernos a buscarla porque la tierra volvió a temblar. Esta vez fue tan fuerte que el anterior pareció una broma y duró tanto que creí que nunca pararía. Al cabo de un rato, los huesos del cuello me dolían de la vibración, parecía que me iba a desnucar y varias veces me golpeé contra la piedra miliar, a la que seguía aferrada, aunque ya fuera innecesario. Vi cosas impensables. Más allá de la carretera, el terreno era boscoso y se alzaba de forma gradual pero ininterrumpida buscando las cumbres de la Cordillera Central, que se extiende de Norte a Sur, como un gran cordón, por todo el centro de Urbijotz. Vi cómo se abrían grandes grietas en las laderas de colinas y oteros, que acababan por derrumbarse en gigantescas cascadas de tierra y rocas. Vi abrirse cráteres volcánicos que escupían lava, fuego y cenizas. Vi el bosque incendiarse, allá a lo lejos. Vi los casquetes de hielo de las montañas fundirse en un segundo y resbalar por las laderas convertidos en trombas asesinas y crueles. Vi brotar las aguas subterráneas, embravecidas, arrasando cuanto encontraban en su camino al mar. Vi luchar al agua y al fuego, triunfando siempre ella, pero renaciendo el fuego, una y otra vez, avivado por las lavas que surgían por doquier. Vi la cumbre del monte Azal explotar y salir disparada hacía el cielo, empujada por una llamarada más brillante que el sol. Vi rajarse la tierra ante mí, con la misma facilidad con la que padre abría un melón en los calurosos días del verano. Ante mis ojos, una inmensa porción de terreno, donde nuestra casa se alzó por cinco generaciones, se separó del resto y cayó al mar. La costa se convirtió en un abrupto acantilado, a pocos metros de mí.

Todo esto ocurrió antes de que la tierra dejara de temblar.

Aprovechando la momentánea paz, padre y Abisunhar me recogieron y me llevaron al catamarán que el agua había arrojado hasta el bosque, donde quedó atrapado, casi intacto, por fortuna para nosotros, pues Padre se temía lo peor después de este tercer temblor.

No se equivocó. La segunda ola dejó pequeña a la anterior. Chocó contra la pared en la que se había convertido la costa, convirtiéndola en una ladera, lo cual seguramente nos salvó la vida, pues allí dejó la mayor parte de su energía. A pesar de ello, el agua subió hasta donde nos encontrábamos nosotros, bravía, reflotó el catamarán y lo arrastró, por encima de los árboles, en su regreso al mar. Un barco de una sola quilla hubiera zozobrado una docena de veces en aquel viaje alocado, pero la predilección de padre por los catamaranes nos brindó la oportunidad de sobrevivir.

Yo había perdido la noción del tiempo. Padre había arribado antes del mediodía y ahora el sol comenzaba a declinar. ¿Era posible que tan solo hubieran transcurrido unas pocas horas? Sin dejar de sondear, intentando captar a madre, su dulce y amada Errensae, padre navegó mar adentro. Suponía que, en aguas profundas, las gigantescas olas, serían apenas perceptibles. Aunque ya no sentíamos los terremotos, los intuíamos, pues de cuando en cuando, una enorme porción de costa se derrumbaba y a los pocos minutos llegaba una ola gigantesca que lo arrasaba todo. Esta secuencia de catástrofes se repitió periódicamente durante el resto de la tarde, ocurrió tantas veces que perdí la cuenta. Entre una ola y la siguiente, eran los volcanes los que acaparaban nuestra atención, cada vez más y más activos, hasta que las nubes de humo lo inundaron todo y solo fue visible, de cuando en cuando, el brillo de una erupción de fuerza inusitada, que lograba rasgar los espesos velos de humo y polvo.

La noche cayó pronto y ya no fue mucho más lo que pudimos ver. De tanto en tanto brotaba una llamarada roja, inmensa, recordándonos que nuestra tierra se moría. Abisunhar y padre se relevaron en el timón durante toda la noche, describiendo círculos en la misma zona, mientras yo caía en un duermevela inquieto, plagado de sobresaltos. Al amanecer soñé con madre, me desperté acongojada y vi a padre llorando; con una mano sujetaba el timón y con la otra se enjugaba las lágrimas. Abisunhar me tomó de los hombros y me hizo mirar hacia proa, hacia el sol naciente, donde debía encontrarse nuestro hogar. Allí no había más que una gran extensión de mar, extrañamente calmo.

Permanecimos todo el día en la zona, buscando algún superviviente…, buscando a madre, pero fue inútil. Al caer la siguiente noche, padre puso rumbo a las Tierras de Poniente, sin saber a ciencia cierta qué es lo que nos encontraríamos allí.

Me llamo Attia y ayer dejé de ser una niña.

 

 

Capítulo 3

 

Una vez que se llevaron los heridos, sobre la sala cayó un silencio negro y sepulcral que nadie parecía atreverse a romper. Marta respiraba entrecortádamente, pero tenía los ojos secos y miraba al suelo, evitando cuidadosamente dirigir la vista hacia donde estaban los cadáveres de los dos policías, mientras eran guiados de regreso a la sala en la que habían analizado la muestra apenas unos minutos antes, pero que parecía en otro tiempo.

El doctor extrajo el portamuestras, que todavía estaba montado en el microscopio ultravioleta, y se lo entregó al joven al mando. Este lo miró un momento al alto para cerciorarse de que era la que estaba buscando y a continuación, sin que se le moviera un músculo del rostro, apretó el gatillo de la pistola, que en ningún momento había dejado de apuntar a la cabeza de Montes. Una explosión de sangre, materia gris y astillas craneales roció a Marta que sufrió un ataque de histeria mientras el asesino dirigía hacia ella su arma. Su cerebro quedó cortocircuitado, el procesamiento de las señales sensoriales era prácticamente nulo, el pánico le había cortado la respiración y si el corazón le bombeaba era por el flujo inmenso de adrenalina que sus riñones vertían en la sangre. En ese estado de absoluta incapacidad para realizar ninguna acción racional y premeditada, un pensamiento estalló dentro de ella, como si la luz del primer día hubiera prendido sus neuronas: ¡AL SUELO! Sin cuestionarse nada, convertida en un trapo viejo abandonado al viento, Marta se dejó caer como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Mientras se derrumbaba vio una figura conocida aparecer en la puerta de la habitación, a la espalda de los atacantes, que, quizá por un presentimiento, quizá por algo más intenso, percibieron una presencia y comenzaron a volverse. El cerebro colapsado de Marta sabía que era el doctor Tur el que había aparecido en el vano de la puerta, con el elegante traje gris con el que asistió a su conferencia, y que no hacía juego con el arma que empuñaba. Mientras caía, su cerebro colapsado se quedó prendado del arma de Tur. Con su elegante cargador curvo parecía más grande y siniestra que todas las que había visto en aquel largo día. El ruido que hizo cuando comenzó a utilizarla tampoco se parecía a nada de lo que había oído hasta entonces. No era como el tableteo apagado que había acabado con la vida de Víctor, ni el martillazo seco de las pistolas de Ulla y Alfonsa, no, este era el trueno de una tormenta de verano, que retumba una y otra vez y destroza los oídos. Nada de lo visto hasta ese instante era comparable al espectáculo de los tres hombres acribillados a corta distancia por las potentes balas del Kalasnikhov de Tur, que atravesaban sus cuerpos como si todavía estuvieran hechos del barro primigenio, y al salir arrancaban grandes trozos de carne rezumantes de vida, trozos que caían sobre Marta, acurrucada en el suelo, en posición fetal, soportando entre grititos una nueva lluvia de sangre y vísceras. Los tres cuerpos, cadáveres, cayeron por fin al suelo con un ruido sordo que se perdió en el eco de los estampidos del arma de Tur.

Este arrancó el portamuestras de los dedos ensangrentados del jefe, luego cogió a Marta de un brazo y la levantó como si fuera una pluma, arrástrándola fuera de la habitación. «Vamos, vamos, corra por su vida», gritaba en su cerebro una voz blanca, de la que sus oídos no habían tenido conocimiento.

Tur la arrastró por la sala, entraron en el despacho de Montes y la condujo a la escalera de emergencia, al pie de la cual había un vehículo con el motor en marcha. La empujó en el asiento de atrás acuciándola para que no levantara la cabeza. Todo lo que sintió fueron los acelerones, el impacto contra algo, quizá una barrera, y un martilleo contra la carrocería del coche. En los laterales se abrieron agujeros por los que entraba la luz y notó el zumbido de las balas sobre su cabeza, a un palmo, y el ruido apagado al empotrarse contra la tapicería del lado opuesto, sin fuerza para atravesarla; a pesar de ello la velocidad del vehículo no decreció en ningún momento. Minutos después de haber arrollado la barrera de acceso, Marta sintió un brusco viraje y notó que abandonaban el asfalto. A lo lejos se oían sirenas policiales. Tur condujo por pistas de tierra hasta caer la noche y en algún momento, en la oscuridad, volvieron al piso firme en una carretera poco transitada. Marta apenas había recuperado el ánimo, y por supuesto ni se había atrevido a levantar la cabeza, cuando notó que entraban en un garaje y que el vehículo se detenía.

—Sé que no está herida… —escuchó en su cabeza. Era la misma voz blanca que le había empujado a arrojarse al suelo, para no ser alcanzada por los disparos de Tur—…  he estado conectado todo el tiempo, pero está confundida y asustada.

Marta miró a Tur, que le ayudaba a salir del vehículo. Efectivamente estaba asustada y confundida, y esa voz en su cabeza no contribuía a apaciguar su ánimo, pero por encima de esos sentimientos lo que dominaba a Marta era una ira muy intensa. Marta Viladecans amaba a la gente, gozaba viendo a las personas atareadas con sus ocupaciones, nadie le parecía despreciable, ninguna tarea era indigna y todo el que persiguiera su felicidad intentando no estorbar la de sus semejantes gozaba de su reconocimiento. Pero en ese largo día, había visto a muchas personas asesinadas, privadas de la vida que ilumina el mundo, muertas a manos de sus semejantes y, fueran cuales fueran los motivos, aquello la indignaba profundamente. Por eso, igual que había explotado cuando Maggiore la hizo responsable de la muerte de Víctor, ahora, la suave amabilidad de Tur, que de alguna forma era la causa última de aquellas muertes, la enervó.

—¡No me ponga la mano encima!, maldito asesino, usted está en el fondo de todo esto, todos han muerto por su culpa, Víctor, Alfonsa, el sargento Ulla, el doctor Montes, a todos los ha matado usted, es tan culpable como si hubiera apretado el gatillo… No se me haga ahora el amable, me ha salvado la vida, sí, pero pagándola con más muertes, así que no espere ninguna gratitud… Si usted y su maldita muestra no hubieran aparecido nunca, todos seguirían vivos, yo estaría preparando el inicio del curso y escribiendo mi libro… ¡hágame un favor!… Métase en un agujero y púdrase.

Tur retiró la mano despreciada y retrocedió un par de pasos, aguantando la furia de Marta con gesto serio, con un rictus de amargura en los labios y un brillo de sorpresa en sus ojos color miel.

—¿Dónde estamos? —gritó Marta, cada vez más fuera de sí—, no quiero quedarme con usted, lléveme a mi casa…

—Eso es imposible, la matarán en cuanto la vean aparecer, como hicieron con los demás. Puede que tenga usted algo de razón y que yo tenga mi parte de culpa en lo que ha ocurrido, pero la realidad es la que es, y no la puede usted cambiar solo con apuntarme con el dedo. Se encuentra en grave peligro, créame, hay gente que desea ardientemente matarla y le aseguro que tienen la voluntad y los medios para hacerlo, por mucha protección que busque. Tan solo conmigo está a salvo…

Aquella maldita voz blanca de nuevo. El rostro de Tur no se había inmutado, pero Marta sabía que era él quién le hablaba.

—¡Deje de hacer eso! ¡Hable como las personas!

—¿Como las personas? —estalló Tur. Se había acercado el amplificador al estoma del cuello y una voz chirriante surgía del pequeño altavoz—. ¿Como sus personas o como mis personas, doctora? ¿De qué personas estamos hablando? —arrojó el aparato con furia contra el suelo—, porque esta es la forma de hablar de «mis» personas, y si agota mi paciencia y no empieza a colaborar conmigo cumpliré su deseo y la devolveré con «su» gente, ¿y sabe qué pasará? Que la matarán tan pronto asome su bonita barbilla, sí, los suyos la matarán sin pensárselo dos veces, porque ha visto su vergüenza y su crueldad, su sadismo y su brutalidad… pero sobre todo la matarán porque ha visto su ignorancia, su debilidad y su inferioridad ante una raza de seres, de PERSONAS, doctora, a los que han negado la humanidad y a los que han perseguido y masacrado como a los animales más inferiores y despreciables, y eso es más de lo que ellos pueden soportar.

Tur rodeó a Marta sin rozarla, cerró de una patada la puerta trasera y subió al asiento del conductor.

—Es su última oportunidad, doctora. Arriba, en la casa, encontrará un teléfono —puso el vehículo en marcha—. Si está conmigo, iremos hasta el final, y haremos algo de justicia, aunque no sea más que un poco, pero si me dice que me marche, desapareceré para siempre y solo usted será responsable de su seguridad y la de sus amigos…

Tur dejó la frase en suspenso e hizo una larga pausa, antes de agregar:

Y siempre sospechará la verdad, pero nunca encontrará pruebas…

Marta lo miró a los ojos color miel y tragó saliva.

—¿Es usted un hombre de Neandertal?

—La dificultad que tiene para reconocerme como lo que soy ¿no debería ser un buen argumento de que somos tan seres humanos como ustedes?

Tur salió del coche y guió a Marta hacia una puerta que comunicaba con la casa, un discreto chalet unifamiliar en una urbanización anodina, mientras comenzaba a contarle una historia que no se parecía demasiado a la que ella explicaba en sus clases del Paleolítico Superior. Le habló de los nalak, el pueblo Nal, el pueblo silencioso, capaz de comunicarse instantáneamente, de cerebro a cerebro. Los niños adquirían esa capacidad a partir de los dos o tres años, por ello, el aparato vocal con el que nacían, completo y funcional, se atrofiaba a partir de entonces. Por eso, su nombre fónico, con el que se reconocían en su primera niñez, era extremadamente simple, siempre con estructura consonante-vocal-consonante, como Tur. El pueblo Nal pobló Europa durante las largas eras del paleolítico medio. Eran inteligentes e industriosos, pacíficos y respetuosos con el medio en el que vivían y del que se sabían dependientes, siempre atentos a no explotarlo en exceso, todo lo contrario que los nanarak que llegaron del este como una plaga de langosta. Eran torpes y crueles e increíblemente prolíficos. Esquilmaban los recursos de un lugar hasta consumirlo por entero y entonces se trasladaban un poco más allá, hacia Poniente, siempre hacia Poniente, hasta que chocaron con los nalak.

—Mis antepasados intentaron hacerles entender a los suyos que no podían tener tantos hijos, simplemente era imposible mantenerlos y morían como moscas, pero en el intento arrasaban con todas sus fuentes de subsistencia. Por desgracia las nanarak no nos hicieron caso, enseguida sintieron temor de nosotros, nuestra forma de comunicación los amedrentaba y se sentían inferiores…

Marta expresó su incredulidad ante tanto conocimiento y tan detallado del pasado, al fin y al cabo, a ambos les separaba la misma distancia temporal de aquellos hechos remotos.

—Pero ustedes no tienen a nuestras recordadoras, doctora Viladecans. Es un privilegio de nuestra especie ligado a la capacidad telepática. Algunas mujeres son capaces de comunicarse a un nivel tan profundo que resulta incomprensible incluso para nosotros. Las de más edad aleccionan a las jóvenes y cuando llega el momento les trasladan todo su conocimiento de tal forma que queda grabado y les resulta imposible olvidarlo. Así, el recuerdo de los hechos más remotos de nuestra especie se ha conservado, pasando de una recordadora a otra. Gracias a ellas sabemos que su especie, los nanarak, se comportaron brutalmente con el pueblo Nal, forzándolos a retroceder hacia el Oeste en un reflujo interminable, salpicado de constantes guerras y crueldades. Los Nal se defendían y en ocasiones causaron daño a los nanarak, pero eran inferiores en número. Su forma de vida y su genética se basaban en una descendencia limitada y cuando hombres y mujeres eran masacrados en masa, esto suponía una seria amenaza para la supervivencia de la especie. A pesar de ello, algunos nanarak consideraron ofensivo que los nalak intentaran defenderse y fundaron una cofradía de asesinos dedicados en cuerpo y alma a exterminar al pueblo Nal. Tomaron el nombre de «atinars» y han sobrevivido hasta hoy día, persiguiéndonos. Siempre han sabido que no nos habíamos extinguido del todo y siempre han permanecido en guardia, asesinándonos como a bestias cada vez que localizaban a uno de los nuestros. Ellos son los que mataron a su amigo y los culpables de la masacre de hoy.

Marta ya no hablaba, se limitaba a pensar sus preguntas y a dejar que Tur las leyera en su mente. Poco a poco, la voz del hombre perdía su neutralidad y adquiría matices y textura en su cerebro, como si este se acostumbrara a aquella nueva forma de comunicación.

—¿El motivo por el que le entregué la muestra? No fue una decisión mía, en realidad, si le digo la verdad, no la comparto, pero soy un soldado y obedezco las órdenes.

—Sí, un soldado, ¿por qué se extraña? Nosotros también tenemos nuestras instituciones y nuestro ejército, para defendernos de los atinars. La decisión de entregarles una muestra de tejido cerebelar que pusiera de relieve nuestra capacidad telepática fue tomada al más alto nivel político. No he sido el único designado para esta misión, hay otros, en diversos países y continentes, contactando con científicos de prestigio con el fin último de revelarles que los neandertales no se extinguieron, que siempre han estado conviviendo con ellos y que les tienden la mano de la paz y la reconciliación y les ofrecen en ella el secreto de la telepatía.

—¿Pueden convertirnos en telépatas? —la sorpresa hizo a Marta emplear de nuevo sus cuerdas vocales.

—Todavía no, pero con los últimos avances en tecnología genética, con el genoma del Homo Sapiens Sapiens completamente descifrado y teniendo una referencia de un cerebro casi idéntico al suyo, pero dotado de telepatía, no pasaría mucho tiempo antes de que se llegara a eso. Era, y es, la esperanza de nuestros mandatarios: interesarles lo suficiente en nuestra supervivencia como para que ustedes mismos se encargaran de acabar con los atinars de una vez para siempre.

Fue una noche larga, cada respuesta de Tur abría mil preguntas en la mente de Marta e intentaba satisfacerlas todas. De madrugada se dieron un respiro y descansaron unas horas. Fue un sueño inquieto el de Marta, lleno de terror y sobresalto, y estampidos de disparos resonando en su cabeza. Se despertó acongojada, el frenesí de los acontecimientos del día anterior y el abismo intelectual que se había abierto ante sus pies al admitir que se encontraba cara a cara ante un hombre de Neandertal, habían dejado en segundo plano un hecho fundamental: su vida había saltado por los aires, si intentaba regresar a ella, la asesinarían inmediatamente, ¿qué camino le quedaba entonces?

—Lo único que puede hacer es acompañarme y esconderse con nosotros. Mi misión ha fracasado, pero a otros probablemente les haya ido mejor, y si mi gobierno tiene razón, es posible que dentro de algún tiempo pueda usted recuperar su vida.

—¿Usted qué hará? —Marta se había acostumbrado con rapidez a tan solo pensar sus preguntas.

—Debería marcharme cuanto antes, aquí es solo cuestión de tiempo que los atinars me descubran.

Marta fue capaz de captar la duda que subyacía en la voz que sonaba en su cerebro, cada vez menos blanca.

—No parece muy convencido.

—Es evidente que usted estaba siendo vigilada por los atinars. Nosotros la elegimos porque sus conocidas teorías a favor de la igualdad intelectual de los neandertales, pero ese mismo motivo debió hacer que los atinars se fijaran en usted y la catalogaran como alguien a quien debían vigilar. Posiblemente llevan haciéndolo muchos años. Los atinars trabajan así, tienen medios económicos abundantes y una estructura política y militar poderosa. Por regla general nos descubren antes ellos a nosotros que al contrario, y cuando eso ocurre, rara vez sobrevivimos, pero esta vez han cometido un error, se han puesto al descubierto, y si no aprovechara la oportunidad, nunca me lo perdonaría.

—¿Es Maggiore, verdad? Él es uno de ellos, por eso ese odio irracional que siempre me manifestó. ¿Qué piensa hacer? ¿Matarlo?

—En realidad me interesa algo más que matarlo. Por los medios que ha puesto en juego, Maggiore debe ser alguien con peso entre los atinars, un simple esbirro no podría haber montado una operación como la del instituto del doctor Montes en menos de veinticuatro horas, lo que me lleva a pensar que Maggiore tiene conocimiento de uno de los secretos que más nos interesa. Sospechamos que desde mediados del siglo XX, la organización de los atinars se esconde tras la fachada de alguna empresa multinacional, pero no sabemos de cuál se trata y todos nuestros esfuerzos por averiguarlo han sido inútiles, pero si yo consiguiera arrancarle ese nombre, por primera vez en miles de años, estaríamos un paso por delante de los atinars. Pero para eso tengo que tenderle una trampa y la necesito a usted.

—¿A mí? ¿No puede leerle simplemente el cerebro?

—No funciona así. Es muy fácil controlar las emisiones cerebrales y abrirlas solo cuando y para quien queremos. Los atinars conocen esas técnicas y las emplean habitualmente. Solo podré leer ese nombre si consigo que piense en él en medio de un arrebato de furia que le haga perder el control de su cerebelo.

—Ayer me dijo que si me quedaba, haríamos un poco de justicia. ¿Lo matará?

—¿Usted quiere que lo mate?


En algún lugar de Castilla, primavera de 1.570 d.C.

 

—Leo en vuestras caras el temor y la incertidumbre, la excitación del que aguarda, sin saber a ciencia cierta lo que ha de venir. Habéis hecho un largo viaje, habéis dejado atrás las tierras donde nacisteis y os encontráis en un lugar extraño y todo os parece nuevo y diferente.

»Yo soy Belteson, Baxajaun de los nal y voy a explicaros por qué os hemos hecho cruzar la Mar Oceana para empezar una nueva vida en la tierra de los conquistadores. Para eso tengo que remontarme a la noche aciaga en la que el océano devoró nuestro hogar. Todos conocéis la historia por boca de vuestras propias recordadoras, así que seré breve.

»Nadie duda, de que, de las escasas decenas de supervivientes, ninguno fue tan importante como Attia. Su padre, Luntbelsar era un gran científico de aquella época, más luminosa que esta, sin duda. Navegante, geógrafo, explorador, matemático… no había saber de su tiempo que escapara a su mente curiosa e inquieta. Disponían de una embarcación, con la que alcanzaron la desembocadura del gran río que los nanarak llaman, hoy día, Marañón. Apenas repostaron la nave y realizaron reparaciones imprescindibles, partieron de nuevo, hacia el este, cruzando el océano en la dirección de la tierra que había sido de sus ancestros, encontrando siempre lo mismo: agua, agua por todas partes. Al quinto viaje, Luntbelsar se convenció de que Urbijotz había desaparecido casi por entero. Apenas si quedaban unas pocas islas, devastadas por los terremotos y arrasadas por las coladas volcánicas, desprovistas por entero de vida.

»En ninguno de los viajes encontraron supervivientes y llegaron a creer que solo ellos eran el último reducto del pueblo nal. Luntbelsar había perdido a su amorosa compañera, Errensae y con ella perdió el ánimo y las ganas de vivir. Abisunhar, el hermano de Attia, lamentaba que ya nunca podría encontrar una mujer con la que fundar una familia. En aquel momento de desánimo, surgió Attia con toda su fuerza. Obligó a los dos hombres a superar sus penas egoístas y les hizo mirar al futuro, a la conservación del pueblo Nal. Primero buscaron un buen sitio donde establecerse y lo encontraron en una islita paradisíaca, no muy lejos de donde Colón tocó tierra por primera vez. Allí, Attia convenció a los dos hombres de que debían fecundarla. Padre, hermano… Esas ya eran tan solo palabras inútiles del pasado, el escaso acervo genético que había escapado del desastre no podía perderse por unos prejuicios trasnochados.

»Puestas así las bases de la continuidad de los nalak, Attia y su familia se aplicaron a la búsqueda sistemática de supervivientes.

»Recorrieron todas las islas de aquel mar, rastreando y dejando pistas que solo los nalak pudieran reconocer y seguir. Durante mucho tiempo fue un esfuerzo infructuoso hasta que encontraron a dos jóvenes, hermano y hermana, apenas unos niños en el tiempo de la catástrofe. Una sucesión de milagros los llevó desde el jardín de su casa, donde jugaban bajo un roble centenario, a embarrancar en una playa, días después, aferrados a las ramas del gran árbol.  Fueron rescatados y acogidos por una tribu de nanarak bondadosos, que por encima de las diferencias, tan solo se fijaron en que se trataba de dos niños desvalidos.

»Como si fuera una señal, las innumerables pistas sembradas con tanto esmero empezaron a surtir efecto y los supervivientes confluyeron en la isla de Attia. Sin duda, uno de los momentos más memorables ocurrió cuando Illuna, la recordadora, embarrancó su canoa en la playa. Todo el pueblo había recibido su aviso de llegada y la aguardaban, impacientes, en la orilla. Attia, rodeada de una prole de hijos, hijas, nietos y nietas, la recibió con los brazos abiertos. Una recordadora significaba que nada de los nalak se perdería, nada de su historia, nada de su ciencia, nada de su sabiduría, todo estaba allí, en la memoria de Illuna, dispuesto para ser utilizado.

»Los sucesores de Attia hicieron un uso cuidadoso de sus conocimientos. Eran muy conscientes de su debilidad y sabían bien lo fácil que es levantar las iras de los nanarak. Se mantuvieron en grupos reducidos, evitando hacer ostentación de nada que pudiera despertar la codicia de los nanarak y procurando mantenerse lejos de los grandes imperios, ávidos siempre de nuevos súbditos. La tecnología de los nalak nunca igualó la que habían disfrutado en Urbijotz, pero al cabo de algunos milenios era muy superior a la de los nanarak que los rodeaban. Eso les permitió presentarse ante los nanarak como dioses, levantando una eficaz capa protectora.

»Así, los nalak fueron prosperando, aumentando su número muy lentamente, hasta que llegó el día que tenía que llegar y las naves de Colón aparecieron ante las costas de América. No había ningún nal en el primer contacto, pero no tardaron en enterarse. Del reencuentro con los antiguos enemigos surgió una sorpresa: los atinars, ese grupo de nanarak que siente por nosotros una especial inquina, había sobrevivido. En realidad, nunca llegó a desaparecer. Sabían que habíamos huido pero siempre estuvieron convencidos de que algún día volveríamos. Siempre se mantuvieron en guardia y se aplicaron en acabar con los supervivientes de la catástrofe. A Europa no fueron muchos los que llegaron, pero ahora sabemos que aquella noche, muchos nal lograron ponerse a salvo en África. Al fin y al cabo, la costa oriental de Urbijotz siempre fue la más poblada y la costa africana estaba mucho más próxima que la americana. Hemos organizado la búsqueda en aquellas tierras, pero todos los indicios apuntan a que hace mucho que los atinars exterminaron  a todos los supervivientes.

»Hace tiempo que los atinars fueron repudiados por la mayoría de los nanarak, por su odio y crueldad. No olvidéis esto nunca: los nanarak no son nuestros enemigos, solo los atinars los son, y solo mientras ellos quieran serlo.

»Por desgracia, ese repudio, lejos de extinguirlos, los hizo fuertes, reforzó su identidad y los compactó como grupo. A lo largo de las épocas los atinars se han camuflado de diversas maneras, fueron cofradías de guerreros en la más remota antigüedad y batallones de mercenarios después, en los tiempos de los primeros metales. La historia de los nanarak, después de que huimos a Urbijotz, os es desconocida así que no entraré en detalles. En estas tierras se formó un gran imperio, al estilo del azteca o el maya, el imperio romano. En esa época los atinars se disfrazaron como sectas religiosas, primero paganas y luego cristianas, para transformarse en órdenes de caballería, una especie de sacerdotes guerreros, en los tiempos que siguieron a la caída del impero romano. Su objetivo fue siempre el mismo: mantener una fuerza militar que pudiera operar con impunidad contra cualquier grupo de nal que fuera descubierto. En estos tiempos de rapiña se han camuflado bajo el manto de alguna de las muchas «Compañía de Indias» que han surgido por toda Europa y desde ella controlan a las hordas de asesinos que recorren el Nuevo Mundo, dándonos caza.

»Afortunadamente fuimos capaces de adelantarnos a ellos. Desde que vimos aparecer a los españoles, y descubrimos a los atinars, supimos que la codicia y la violencia de los nanarak no tardarían en derramarse por el Nuevo Mundo. Solo era cuestión de tiempo que nos descubrieran y que los atinars cayeran sobre nosotros. El plan de nuestros padres consistió en volver a casa, regresar a Ederlur, la tierra hermosa de los ancestros. Este es nuestro hogar original, del que partimos hace ya tanto tiempo. A nuestra espalda, no muy lejos, tenemos el Gran Río Que Fluye Hacia Poniente, del que tantas veces nos han hablado las recordadoras, el Guadalquivir para los españoles.

»Solo los atinars han conservado el recuerdo del pueblo Nal, los nanarak en general nos han olvidado. Mezclarnos con ellos es arriesgado, nuestra incapacidad para reproducir sus sonidos nos descubre con facilidad. Sin embargo, unos pocos audaces, hombres y mujeres, especialmente entrenados y haciendo uso de diversos trucos, lo han logrado y sabéis bien la ventaja tan poderosa que tenemos entonces sobre ellos: muchos de los secretos de sus mentes quedan abiertos a nosotros. Gracias a esa ventaja, los nalak han rendido importantes servicios a la Corona, por los que han sido recompensados con títulos y tierras. El oro nos sobra, por supuesto. En cuanto supimos el valor que tenía para los nanarak, acumulamos cantidades tan grandes que podríamos comprar media docena de veces a su Alteza, Felipe II. Los gentilhombres españoles poseen gigantescas fincas en las que es fácil construir pueblos de colonización, como este en el que nos encontramos, que no levantan sospechas, siempre que finjamos ser devotos católicos. Aquí estamos ocultos de los atinars, pues nada nos diferencia de los leales súbditos de nuestro señor. Gozamos de la protección del rey y de las leyes nanarak, pocas y crueles, pero mejor que nada.

»Todavía quedan en el Nuevo Mundo algunos millares de nalak, que vendrán en los próximos años, igual que habéis venido vosotros. Entre tanto procuramos ofrecerles toda la protección posible.

»Solo me queda una cosa por deciros: bienvenidos a casa.

 

 

Capítulo 4

 

Siempre me resulta difícil penetrar en la mente de los nanarak. Los científicos hablan y hablan de la igualdad fundamental de nuestros cerebros, pero ellos solo lo han experimentado en condiciones de laboratorio, ninguno ha salido al campo, a enfrentarse con los nanarak cara a cara, para intentar leerles cuando están bajo la presión de las pasiones humanas. La codicia y la lujuria abren en sus redes neuronales puertas y rutas que desaparecen como por encanto cuando los domina el terror o la ira. Un simple cigarrillo puede dar al traste con una larga y paciente sesión de zapa y penetración en la maraña asilvestrada de un cerebro nanar.

Marta no fue una excepción. Alcanzar la facilidad de comunicación que ahora tengo con ella me costó semanas de sondeos y acercamientos discretos. Hasta que su mapa cerebral no tuvo secretos para mí no realicé el primer tanteo que nos ha traído hasta donde estamos ahora… a un maldito desastre. Cometí un error imperdonable. Marta Viladecans era perfecta para el objetivo de la misión. Su firme defensa de la capacidad intelectual de los antiguos neandertales, a base de argumentos científicos insoslayables, le habían ganado una sólida reputación académica y una cierta presencia en los medios de divulgación, alejada de las tendencias más populistas de los reporteros de lo misterioso y lo paranormal. Era la candidata ideal para un contacto… una posibilidad que los atinars ya habían considerado y por lo cual la mantenían bajo vigilancia. El resultado es que ha muerto mucha gente, civiles en su mayor parte, lo cual es, sobre todo y más allá de las repercusiones de orden práctico, una gran desgracia. Por otro lado, por un capricho del destino, se me ha brindado una gran oportunidad. Si Maggiore es lo que yo pienso que es y logro sonsacarle la información que necesitamos, nos pondremos un paso por delante de los atinars. Por primera vez desde los tiempos del hundimiento de Urbijotz tendremos la capacidad de atacar primero, sin que esos asesinos sepan de donde les ha venido el golpe.

Ahora la trampa está tendida. Marta llamó a Maggiore y le ofreció un trato: mi cabeza a cambio de inmunidad para poder regresar a su vida. Incluso le ofreció información adicional que permitiría darnos un golpe del que nunca nos levantaríamos. Su garantía era la muestra que yo me había llevado de la Fundación Montes y que Marta aseguró haber escondido en un lugar seguro, del que saldría a la luz si a ella le ocurría algo malo. Por supuesto Maggiore no se creyó nada de todo aquello. ¿Cómo iba a realizar Marta semejante ofrecimiento sin que yo lo supiera? Evidentemente olía la trampa y tendía la suya propia con la esperanza de sorprender al cazador, algo con lo cual yo ya contaba. Fintas dentro de las fintas, dentro de las fintas, solo que yo le llevaba un paso de ventaja porque Maggiore pensaba que él era la presa, lo cual no era desacertado, pero protegería su cuerpo, mientras que yo ansío su mente, y ahí confío en sorprenderlo. La mayor incógnita, sin embargo, es la propia Marta. ¿Qué es lo que ella busca accediendo a ayudarme? En su última neurona, hundida en el resquicio más profundo de su cerebro de primate, desea intensamente la muerte de Maggiore, a poder ser una muerte sucia, indigna y llena de sufrimiento, pero la idea misma de quitar una vida la llena de repugnancia y asco. Ni yo ni ella sabemos lo que ocurrirá cuando se encuentren frente a frente. La única verdad es que me pidió una pistola y que yo le enseñé a usarla.

Marta le había exigido a Maggiore una reunión para que le prometiera, mirándole a los ojos, que respetaría su vida. Maggiore había accedido, convencido, sin duda, de que Marta trabajaba para mí y que nuestro objetivo era asesinarlo.

Ahora estoy sentado en la mesa de una cafetería, fingiendo leer con gran interés los retos deportivos del próximo fin de semana. Marta se encuentra en una mesa similar, pero en el local contiguo. Nos separa un muro que no representa un gran obstáculo para mis propósitos. Los esbirros de Maggiore, son fáciles de identificar, llevan un rato registrando el otro local, con discreción pero con intensidad, buscándome en todos los lugares desde los que podría atentar contra la vida de su jefe. Se han tomado su tiempo y ahora todas las mesas del local están ocupadas por atinars, un pequeño ejército, inquietos por si les acecho desde un escondrijo imprevisible.

Llega Maggiore, al fin. Yo no lo veo, pero Marta sí. Baja de un vehículo que se ha detenido en la misma puerta y cruza la acera rodeado de sus hombres, que se quedan en la puerta, impidiendo el acceso al público. En el interior los empleados han sido desprovistos de sus teléfonos e invitados a encerrarse en el almacén, hasta que todo acabe. Maggiore se sienta frente a Marta, accedo a su mente pero es difícil orientarse en el laberinto, siempre es difícil la primera vez con los nanarak, pero Maggiore, además, está protegido. Los atinars conocen nuestra capacidad y han aprendido a cerrarse, practican la misma técnica que nosotros utilizamos para proteger nuestra intimidad, pero en los nalak es algo innato, mientras que los atinars adquieren ese dominio de su cerebro después de un arduo entrenamiento. Si intento forzar sus defensas acabará notando mi presencia, no me queda más remedio que aguardar con paciencia y confiar en Marta. No quiero pensar en lo que le harán los atinars cuando la descubran… ella, una cromañón, de su propia especie, traicionándolos. Marta tampoco piensa en eso y sigue el guión previsto. Capto con claridad todo lo que dice, pero las respuestas de Maggiore solo las percibo a través del cerebro de la propia Marta, como si se tratara de un eco. La mente del atinar sigue cerrada para mí. Hemos llegado a la parte en que Marta lo hostiga, tiene que enfurecerlo hasta que pierda el control. Maggiore se ha presentado como un intermediario, como el enviado de una institución que ha sido perjudicada por mis acciones y que está dispuesta a recompensar espléndidamente su colaboración. Ella los acusa de ser una banda de asesinos y criminales, los responsabiliza por la muerta de Víctor y Montes, y por los policías, pero Maggiore no entra al juego y mantiene la calma. Responde con dureza, exige saber dónde estoy y dónde hay más de los míos, pero su furia es helada. Marta modifica su ataque y le hace a él personalmente responsable de las atrocidades que han ocurrido en los últimos días. Todo el peso de la furia de Marta cae sobre Maggiore, él le exige que le diga dónde ha escondido la muestra y dónde estoy yo. Marta le escupe… una vez… y otra… y otra, le grita que vaya a esconderse con sus jefes, como el sucio cobarde que es, incapaz de enfrentarse de hombre a hombre con un nal, tan solo uno. Al referirse a nosotros por nuestro propio nombre, Nal, he sentido la primera vacilación en los bloqueos de Maggiore, por fin ha demostrado un atisbo de ira. Marta sigue en la línea. Le acusa de presentarse rodeado de un ejército, como un maldito cobarde. Marta está desatada, una y otra vez le grita que vaya a buscar la protección de esa organización de cobardes que solo saben causar dolor y sufrimiento, que son la vergüenza de la especie humana, que ellos son los que deberían ser considerados como subhumanos y no los neandertales y que él, Maggiore, doctor de esto y de lo otro, sumo sacerdote o lo que sea en esa ridícula sociedad secreta, no es ni la mitad de hombre que yo. Lo ha dicho con clara ironía, dando a entender lo que no ha ocurrido. Esta vez percibo claramente el temblor en los bloqueos mentales de Maggiore. Estamos a punto de lograrlo. Marta también lo intuye. Sabe que ha encontrado la vía de penetración y ahonda con sarcasmo. Acusa a Maggiore de impotente, de pervertido, de sodomita, escupe que ha tenido que acostarse con un neandertal para saber lo que es un hombre de verdad, un hombre que ningún Cromañón puede igualar. El cerebro de Maggiore se ahoga en su propia furia mientras Marta da el golpe final: se abre la blusa de golpe, desgarrando los botones y le reta a que le demuestre cuán hombre es. Me dan ganas de aplaudir pero los bloqueos de Maggiore han caído al fin y me cuelo en su caos. Corto la conexión con Marta, ahora necesito toda mi capacidad de concentración y no puedo pararme a considerar las consecuencias del huracán de ira que ella ha desatado. ¡Por aquí, por aquí! ¡No, no! ¡Atrás! Es un callejón sin salida, ¡maldito cerebro Cromañón!, afortunadamente los bloqueos siguen bajados, percibo claramente cómo la ira está siendo sustituida progresivamente por la lujuria, pero me prohibo pensar en las consecuencias, ¡sí, sí!, ¡este es el camino!, sigue por aquí, sigue, te estás acercando, manténlo así un poco más Marta, por el bien de nuestras dos especies, sigue provocando su lujuria, ya casi lo tengo, estoy seguro, este es el sector bueno, sí, sí, aquí está, este es el nombre, y estos son los puestos clave y los departamentos que encubren la organización de los atinars. ¡Lo hemos logrado!

Abandono el local inmediatamente con la euforia de sentir en mi cerebro la información que nos puede dar la victoria definitiva sobre los atinars, pero suplicando por no tener que pagar un precio excesivamente caro por ella.

Tengo la moto preparada a pocos metros. Compruebo las armas y arranco a toda velocidad. Arrollo a los hombres de la puerta antes de que se den cuenta de lo que se les viene encima. Atravieso la puerta de cristal en un estruendo de cristales que me llega a través de los oídos de Marta. He restablecido el contacto y sé lo que está ocurriendo. La información que he obtenido es de vital importancia y de nada servirá si me matan, pero ¡al diablo con todo!, no voy a salir de aquí sin ella. Cruzo la moto mientras derrapo por la sala arrasando con el mobiliario y llevándome por delante a tres o cuatro matones. Maggiore está al fondo, de espaldas y con los pantalones bajados y las piernas de Marta sobre los hombros. Necesita la ayuda de otros dos secuaces para que la sujeten de espaldas sobre la mesa. Maggiore se ha girado hacia mí con el rostro cruzado por la sorpresa. Sus hombres comienzan un atisbo de reacción pero les llevo un segundo de ventaja. La Uzi comienza a ladrar. No tiene la potencia que me gustaría, pero se puede manejar con una sola mano y a esta distancia resulta muy efectiva. Agoto el cargador, lo que me sirve para dejar fuera de combate a algunos y obliga a agachar la cabeza a los demás. No tengo opción de recargar, así que se la arrojo a la cara a un tipo que ha asomado la cabeza por encima del mostrador y echo mano de la automática. Controlo la derrapada y me detengo junto a Maggiore. Disparo contra los dos hombres que sujetan a Marta y encañono a Maggiore mientras Marta se pone en pie. Tiene un ojo tumefacto y magullones y cardenales por todo el rostro y veo quemaduras de cigarrillo sobre sus pechos. Ahora es mi ira la que se enciende. Tenso el dedo del gatillo, pero Marta apoya una mano sobre el arma, «Quiero que pague por lo que ha hecho, pero no de esta manera». Es su veredicto, yo lo hubiera matado como a un perro y hubiera escupido sobre su tumba y la de sus padres. Libero mi frustración y mi rabia disparándole a un pie. Mientras grita de dolor Marta se encabalga y suelto el gas. Empuña las pistolas que he dejado a su alcance, una en cada mano, y dispara a todo lo que se mueve. No es muy efectiva pero obliga al enemigo a agachar la cabeza. La salida ya está bloqueada así que me dirijo hacia la escalera de caracol que lleva a la segunda planta. La moto sube sin esfuerzo por los empinados escalones. Al llegar arriba me detengo y espero a que el primer valiente nos siga. Se lleva un tiro entre los ojos, eso hará que los demás se lo piensen dos veces antes de subir. Acucio a Marta a que se acurruque detrás de mí, tomo las medidas de la habitación, acelero la moto y me lanzo a toda velocidad contra la cristalera que da a la calle. Volamos sobre la acera y aterrizamos en la calzada, entre el tráfico, provocando una colisión en cadena. No puedo evitar cruzarme al sentido contrario, un camión de distribución de bebidas pega en volantazo para no estrellarse contra nosotros y vuelca, lanzando un alud de barriles de cerveza en nuestra dirección. Desde la cafetería está saliendo un río de matones y las primeras balas silban peligrosamente cerca. Algunas impactan contra los barriles rodantes convirtiéndolos en púlsares de cerveza. Hacia atrás ya nos han cortado el paso, esquivo los primeros barriles y me dirijo hacia la barrera de vehículos colisionados, encabrito la moto y la rueda delantera se apoya sobre el capó de uno de ellos con un ruido de chapa aplastada. Doy toda la potencia, la máquina reacciona como un toro salvaje, apenas logro dominarla y estamos a punto de irnos al suelo, pero la enderezo y caemos sobre el morro del coche, ahora con las dos ruedas y todo nuestro peso, con un incrementado ruido a chapa aplastada. Entreveo a través del parabrisas el gesto, entre confuso, atemorizado y furioso del conductor, conductora en realidad, y me asalta un pensamiento sobre la universalidad de las emociones humanas, seas cromañón o neandertal, pero no es momento para reflexiones filosóficas, otro golpe de puño nos lleva de nuevo a la calzada, ahora con aire por delante, y la moto adquiere una velocidad de vértigo en unos pocos metros, haciendo inútiles los disparos que suenan a nuestra espalda, cada vez más lejanos.

Tenemos varios vehículos preparados en lugares estratégicos y después de un par de cambios podemos considerarnos a salvo y rumbo a casa… a mi casa, con mi gente. La lesión más grave de Marta es la que no se ve, la mayor humillación a la que se puede someter a una mujer, sea de la especie que sea.

—Me hubiera gustado matar a Maggiore allí mismo, por lo que te hizo, no debiste impedírmelo.

Ella me mira frunciendo el ceño y habla con palabras, probablemente con necesidad de escucharse a sí misma.

—Quitarle a la víctima el derecho a la venganza y entregárselo a la sociedad reconvertido en leyes, es la conquista más alta del espíritu humano, es el fundamento de la convivencia entre las personas, no podemos renunciar a eso, no cuando estamos a punto de reencontrarnos con un hermano al que creíamos perdido para siempre.

No sé si hay reproche o no en su voz, pero me siento obligado a justificarme.

—Soy un soldado y en el campo de batalla solo hay sitio para la furia, pero los nal reconocen el valor de la Ley…

—No te estoy reprochando nada Tur, no después de lo que hiciste —siento el calor de su mano sobre mi mano—. Tenías la información que buscabas, pero si te mataban no le serviría de nada a los tuyos. Si solo fueras un soldado me hubieras sacrificado por tu causa, pero entraste a buscarme, me libraste de lo que Maggiore me estaba haciendo y me sacaste de allí con vida.

—Estabas en esa situación por ayudarnos, ¿le sorprende que los neandertales tengamos honor y gratitud, señora antropóloga? —la miro a los ojos, no estoy en su mente, respeto sus pensamientos, pero veo que es consciente de su mano sobre mi mano—… además ¿cómo te iba a abandonar después de todo lo que habías dicho de mí?

Ella me mira y sonríe, una sonrisa tenue al principio que se va agrandando al tiempo que el sonrojo cubre sus mejillas. Ahora renuncia a las palabras.

—No te creas todo lo que una mujer dice de sus amantes… ¿o es que las mujeres neandertal son diferentes?

Me río a carcajadas, Marta se sobresalta ligeramente al oír mi risa.

—No, no lo son, en absoluto.

© Copyright de Juan Carlos Pereletegui para NGC 3660, Enero 2017