Gran ganga

Por Javier Quevedo Puchal

Tal y como había planeado, esperé a que todo el mundo se hubiera ido y el único sonido que llenaba los grandes almacenes era el de las máquinas de limpieza. Solo estábamos ella y yo, así que fue relativamente fácil. Al menos, para mí. Cuando me vio aparecer, profirió un grito. Debió trastabillar contra algo, pues escuché el sonido de varios artículos cayendo al suelo. Después, soltó la mopa y salió corriendo hacia la derecha, es decir, hacia la sección de caballero. Sabía que aún lo llevaba puesto. El sombrero con que, ahora que nadie la veía, había estado tonteando a escondidas. Algo muy habitual en ella, en cualquier caso; me refiero a hacer cosas a escondidas, cuando nadie la veía. En eso, he de admitir, nos parecíamos bastante.

Al contrario de lo que pudiera creerse, me resultó relativamente fácil alcanzarla. Viéndose acorralada, optó por la decisión más absurda: esconderse en los servicios. La puerta se cerró con un golpe metálico, que rebotó por las paredes vacías. Por supuesto, no tardé en abrirla, pese a la dificultad añadida de mis dedos todavía algo rígidos. Su llanto me la prefiguró, posiblemente agazapada en uno de los urinarios, aterrorizada ante el sonido hueco de mis pasos. Empujé, con decisión, la puerta tras la que se oían los sollozos. Me saludó con un agudo chillido cuando extendí los brazos, tanteando en mi perpetua oscuridad, hasta que di con ella. Su cabeza. Me bastó con aferrarla y tirar con fuerza. Cedió, produciendo un sonido extraño. Una mezcla de crujidos, chasquidos y gorgoteos.

Con suma delicadeza, coloqué el trofeo sobre mi cuello, deleitándome en el recorrido cálido de la sangre deslizándose por mi piel esmaltada. Experimenté un intenso regocijo cuando la oscuridad comenzó a dejar paso a algunas formas poco definidas, borrosas… pero formas, al fin y al cabo. Parpadeé varias veces, hasta conseguir flexibilizar la visión que, durante tanto tiempo, se me había negado. Por primera vez en mi existencia, era capaz de ver mi hogar. Pero no sólo eso: también vi mi reflejo en el espejo. Me maravillé constatando lo bien que combinaba la piel pálida de la limpiadora con las extremidades blanquísimas de mi cuerpo. Y no pude sino esbozar una sonrisa tímida, casi aterida, al ver lo estupendo que también me quedaba aquel fabuloso sombrero en rebajas.

© Copyright de Javier Quevedo Puchal para NGC 3660, Octubre 2017

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