El fracasado – Reed.

Por José Carlos Canalda

—No lo comprendo —repitió mi amigo por enésima vez.

—Convéncete —insistí de nuevo en un fútil intento por arrancarlo de su estado de estupor—. Por mucho que te niegues a aceptarlo, lo cierto es que tu experimento estaba condenado al fracaso ya desde el principio.

—Si tan seguros estabais de mi error, ¿por qué no me lo dijisteis a tiempo? —me espetó con rabia mal contenida—. ¿Acaso pretendíais gozar con mi ridículo?

La situación comenzaba a ponerse difícil. Conozco a mi amigo desde hace mucho tiempo, y sé bien lo terco que puede llegar a ser en algunas (por fortuna no demasiadas) ocasiones. Sin embargo, es sin lugar a dudas un buen chico, y yo le aprecio lo suficiente como para poderme permitir el lujo de soportarle sus arrebatos infantiles.

—Escúchame, y no te pongas cazurro —le reconvine con tono paternal—. Todos nosotros temíamos tu fracaso, y te puedo asegurar que lo lamentamos sinceramente. Pero, sé franco contigo mismo: ¿hubieras aceptado entonces alguna crítica, por leve que fuera ésta?

Lo peor estaba ya dicho. La erupción sería ahora suave y mansa o, por el contrario, retumbaría amenazadora; con él, uno nunca podía estar seguro del todo. Por suerte, su reacción fue tranquila y casi plácida. Al parecer, el resultado fallido de su experimento le había afectado de tal modo que había acabado con toda su agresividad latente, que no era precisamente poca.

—Perdóname —musitó al fin con un susurro—. Eres uno de mis mejores amigos, y nunca dejarás de serlo a no ser que yo te fuerce a ello… —titubeó— algo que no deseo en absoluto.

—No te preocupes —repliqué, satisfecho de haber podido recuperar las riendas—. Todos tenemos momentos malos —añadí en tono solemne—, y tú acabas de pasar por uno de ellos.

—¡Qué verdad dices! —exclamó quejumbroso—. Era algo en lo que tenía puestas todas mis esperanzas, era la labor de toda mi vida… y ahora es sólo polvo, y nada más que polvo —sollozó.

Si hay algo que me resulta especialmente embarazoso, ese algo es tener que enfrentarme con alguien en mal estado anímico; lo confieso, no tengo demasiado tacto y siempre temo ahondar sin desearlo en la herida. No obstante, al menos lo intenté; no me quedaba otro remedio.

—¡Qué se le va a hacer! —le dije con el más convincente de mis tonos—. Eso es algo que ya no tiene remedio, y lo que tienes que hacer ahora es intentarlo de nuevo.

—¡Eso no! —exclamó con vehemencia; como me temía, no se puede decir que la diplomacia fuera mi fuerte—. ¿Crees acaso que sería capaz de soportar un nuevo fracaso?

En el fondo, la situación parecía salvable; o, al menos, eso me pareció en aquel momento.

—No tienes por qué volver a fracasar —le refuté con suavidad—. Basta con que analices y corrijas tu error.

—¡Mi error! —estalló de nuevo—. ¿Qué error? Recuerda que, después del fracaso, mi proyecto fue descalificado en su totalidad por el supervisor. Nunca me permitiría modificarlo; tan sólo admitirá que lo abandone para empezar de nuevo siguiendo las pautas que a él tanto le gustan y a mí tanto me repugnan.

—Cosa que, mucho me temo, no estás dispuesto a aceptar.

—Por supuesto —remachó con aplomo—. Ya sabes que no soy partidario de las sendas trilladas. Si quieres innovar, no tienes más remedio que buscar nuevos caminos y nuevas soluciones.

—Que suelen salir mal…

—No necesariamente —se defendió con ardor—. Tan sólo tuve mala suerte.

—Me temo, mi querido amigo, que tu planteamiento era algo inviable ya desde el principio —insistí con machaconería—. No era nada difícil prever que con el enorme grado de libertad que introdujiste en tu sistema, éste estaría abocado al caos y a la destrucción; tan sólo era cuestión de tiempo.

—Bien, sabiondo, corrí un riesgo calculado —mi amigo se estaba desahogando, y esto era positivo—. Mira a tu alrededor y contempla los éxitos de nuestros colegas, disfruta del tuyo propio; Vuestros sistemas son perfectos, cuadriculados, funcionan con una precisión milimétrica… Pero son aburridos y ramplones hasta la náusea, y además todos se parecen unos a otros en su oscura mediocridad. Yo quería hacer algo nuevo, algo diferente a todo lo diseñado hasta ahora, y te aseguro que prefiero mil veces el fracaso antes que un vulgar mimetismo.

—Entonces, ¿de qué te quejas?

—De algo tan sencillo como que no me hayan salido bien las cosas. Sin embargo, sigo insistiendo en que, de volverlo a intentar corrigiendo ciertos parámetros, estoy convencido de que acabaría llegando a una solución estable y, lo que es más importante —recalcó con énfasis—, original por primera vez en mucho tiempo.

—Propónselo al supervisor —le sugerí sin demasiado entusiasmo—. Quizá puedas acabar convenciéndolo.

—¿A quién? ¿A esa bola hinchada de fatuidad? Jamás lo conseguiría. Odia todo aquello que huela a innovación o a creatividad, y sólo está dispuesto a admitir los planteamientos que él llama tradicionales pero que yo califico de reaccionarios. Ya fue bastante que me permitiera iniciar el proyecto; mi fracaso le ha dado la justificación que él necesitaba para negarse a autorizar un segundo intento bien a mí, bien a cualquier otro. En el fondo es lo que ha estado deseando desde el mismo momento en el que fue nombrado supervisor, y al fin lo ha conseguido. No —concluyó con tristeza—; nunca soltará esta presa.

—Pero es él quien tiene la sartén por el mango; te guste o no, no tienes otra posibilidad que la de aceptar sus reglas de juego si quieres que te permita volver a intentarlo.

Y viendo lo adusto de su expresión, remaché:

—Entiendo que quieras hacer las cosas a tu manera, pero yo te recomendaría que asumieras con realismo la situación y aceptaras pasar por el aro. Más adelante podrás disfrutar sin duda de una mayor libertad de movimientos, pero siendo un simple principiante como eres ahora, resultaría ingenuo pretender que se te diera un trato de favor que hasta ahora no se ha concedido a nadie.

—Pues no estoy en modo alguno dispuesto a ceder a sus pretensiones —insistió mi amigo con tozudez.

—En ese caso perderás la licencia de proyectista —le respondí con flema—, y ya sabes lo que eso significa: el fin de tu carrera como creador.

—No me importa —refunfuñó—. No hay mal que no se acabe alguna vez, y el supervisor no lo será para siempre. Entonces volveré a intentarlo de nuevo y, por supuesto, a mi manera.

Por lo que se veía, no había forma alguna de hacerle abandonar, siquiera en parte, su tremenda cerrazón; y lo peor de todo, era que yo lo conocía lo suficientemente bien como para saber de sobra que su actitud no tenía nada de fanfarronería y sí mucho —por no decir todo— de auténtico convencimiento. Sin embargo, apreciaba lo suficiente a mi amigo como para intentar disuadirlo, por muy difícil que se me presentara la empresa, de unos planteamientos que tan sólo habrían de conducirle al más absoluto de los fracasos. Por tal motivo, decidí hacer un último —de sobra sabía que sería el último— intento.

—Escúchame, cabezota —le dije, recurriendo a mis mejores dotes de persuasión—. ¿Tú qué quieres? ¿Salirte con la tuya, o echar a perder de forma irremediable tu propia obra?

—¿A qué viene ahora eso? —me preguntó suspicaz—. Lo sabes de sobra, así que no me vengas ahora haciéndotelas de nuevas.

—Bien —respondí satisfecho; las cosas comenzaban a marchar justo en la dirección que yo quería—. ¿No te das cuenta de que un poco de estrategia puede servirte para burlar la vigilancia del supervisor?

—¿Cómo? —en esta ocasión su asombro era auténtico—. ¿Acaso no me ha prohibido de forma explícita que vuelva a utilizar variables aleatorias en mis estructuras? Esa, precisamente esa —enfatizó—, era la raíz de mi experimento, y fue a ella a la que atribuyó las razones de mi fracaso. No —refunfuñó—; no veo qué es lo que se puede hacer que me permita burlar su vigilancia.

—Es más fácil de lo que supones. Inicia un sistema convencional, uno de esos que a ti tanto te disgustan —creo que aquí no se me notó demasiado la ironía— y que te niegas en redondo a abordar; luego —continué sin pausa para impedirle objetar—, cuando el sistema haya alcanzado el equilibrio y haya también recibido el visto bueno del supervisor, introduce todas las variables aleatorias que quieras. No será lo mismo que hacerlo desde el principio tal y como tú quisieras, eso es cierto, pero podrás desarrollar tus teorías sin que el supervisor te lo pueda ya impedir. Si lo consigues hacer con la suficiente habilidad nadie, ni tan siquiera el propio supervisor, podrá percatarse de lo que estás haciendo antes de que consigas llegar al final.

—No sé… —dudó—. Quizá tengas razón. Pero no es eso lo que yo quería.

—Ya lo sé; pero es mucho mejor esto que nada —el triunfo comenzaba a ser mío, pero todavía necesitaba un último empujón—. Además, ¿qué pierdes con intentarlo?

—Lo pensaré —era su manera de decir que sí o, cuanto menos, de no decir que no—. Pero ahora déjame algún tiempo solo —rogó a modo de despedida antes de alejarse rápidamente de mí.

Bien, no todo estaba perdido, me dije con satisfacción al tiempo que observaba cómo se retiraba. Yo apreciaba a mi amigo y me dolía mucho su fracaso, pero en el fondo pensaba igual que el supervisor y que el resto de nuestros compañeros. Al fin y al cabo crear un mundo era algo muy delicado, y conseguir que la inteligencia floreciera en él sin tensiones y sin que acabara autodestruyéndose lo era todavía más; no era, pues, casualidad que las normas impuestas por los supervisores fueran tan estrictas, sino que respondían al resultado de una larguísima optimización alcanzada tras un sinnúmero de fracasos.

Yo admiraba su audacia, pero también me resultaba patente que introducir factores aleatorios en los sistemas no podría conducir más que al fracaso y a la autoinmolación de unas humanidades cuyas sociedades estaban estructuradas en base a unos esquemas intrínsecamente inestables.

Él llamaba libre albedrío a lo que en realidad no era sino caos y anarquía y, como cabía esperar, sus criaturas acabaron destruyéndose a sí mismas y arruinando de forma irreversible su propio planeta, conocido por ellos con el curioso nombre de La Tierra.

Mucho tendrá que cambiar mi amigo si es que desea acabar siendo un Dios aceptable.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Junio 2017

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