Estás preciosa

 

Por Javier Quevedo Puchal

«¿Cómo está mi ratoncita?», le dijo en cuanto la vio. Sabía que ella apreciaba ese tipo de cosas, los cumplidos y los pequeños detalles que enriquecen una relación. A él le había costado llegar a entenderlo, pero lo importante es que lo hizo. No hay nada como hablar las cosas. Desde su última discusión, ambos se mostraban particularmente receptivos. Por parte de ella, las paranoias se habían reducido a cero; por parte de él, no sólo se había relajado, sino que se notaba un esfuerzo manifiesto por atender las necesidades de la otra parte. Sea como fuere, las tormentas habían escampado de forma definitiva. Él ya no se traía los problemas de la oficina a casa y ella no descargaba sus frustraciones en él. Entendimiento mutuo total.

«¿Seguro que no estás cansada?» preguntó mientras se iba desvistiendo. Ella le sonrió desde la cama. Cerró la puerta tras de sí y se colocó en el punto donde ella pudiera verlo mejor. Se abrió la camisa muy despacio, sin prisa alguna, y después se desabrochó el cinturón. Se bajó la bragueta siguiendo el mismo ritmo, casi deleitándose en el gruñido metálico del cierre, y acto seguido dejó caer los pantalones en el suelo. No necesitó frotarse el paquete, la excitación ya había conseguido una erección incipiente por debajo de los slips blancos. Aún tumbada, su mujer no dejaba de sonreír. Él le devolvió la sonrisa, a la vez que se arrodillaba a los pies de la cama.

Sacó la lengua y comenzó a recorrerle el cuerpo con ella, empezando por el dedo gordo del pie. Notó la piel un poco reseca en algunos puntos, pero prefirió no mencionar nada. Parte de los preliminares consistía en no aguar la fiesta con comentarios inapropiados, lo había aprendido bien, así que se limitó a pasar por alto esos detalles y mostrarse un poco más sensible. Cuando llegó al coño, lo observó casi con la curiosidad glotona de un adolescente. No dejaba de fascinarle aquella caverna que había ido conociendo diversas tonalidades. A veces sonrosada, a veces casi roja y hoy prácticamente de un marrón apagado. La lamió con toda parsimonia, tal y como había aprendido, pero lo cierto es que la seguía notando tremendamente seca. Obviamente, aún no estaba lo bastante estimulada, necesitaba lubricarla. Continuó su ascenso hacia los pechos y los saboreó con deleite. Le encantaba el tacto que habían adquirido últimamente, juraría que estaban algo más turgentes que antes. Es más, podría pasarse horas acariciándolos y sopesándolos con las manos… pero no, sabía que esa no era la zona erógena.

Subió hasta el cuello. Ella sonreía, se notaba que lo estaba deseando. Bajó la cabeza y comenzó a comerle aquellos pequeños lóbulos que ya nunca adornaba con pendientes. Le encantaba meterle la lengua en las orejas y, al mismo tiempo, oler los rizos de pelo que le caían a ambos lados. Era precisamente eso, su olor, lo que más conseguía excitarlo. Tomó la mano de ella y la guio hacia su pene erecto. Hizo que lo cogiera y la fue ayudando a tomar el ritmo adecuado, aunque sin soltarle la mano en ningún momento. Quería asegurarse de que fuera perfecto, de que saliera mejor que en las últimas ocasiones. Tenía que tratar de contenerse, tenía que tratar de adecuarse al ritmo de ella. Tenía que…

Soltó un gruñido al eyacular contra el vientre de su mujer. Bufó, aún hundido en sus rizos, y se derrumbó a un lado de la cama. «Perdona», consiguió articular al fin, «me tenías muy excitado, ratoncita». La acarició con ternura, alcanzó la caja de pañuelos de papel y se limpió. Cogió otro papel y frotó el vientre de ella hasta limpiar la secreción. La miró un poco avergonzado, pero ella tan sólo le dedicó una sonrisa, que a él le pareció dulce y comprensiva. No se diría que le hubiese dado demasiada importancia. «Voy a darme una ducha, ratoncita. Enseguida vuelvo, ¿ok?».

Alcanzó la puerta y la abrió. Antes de salir, se dio la vuelta una última vez. Su mujer seguía tan inmóvil como cuando había llegado. La sonrisa, imperturbable en el rostro, como todos los días. Quizás debiera arriesgarse y darle una ducha: le encantaba el olor del pelo, pero la verdad era que el cuerpo empezaba a oler mal. Pronto los vecinos comenzarían a hacer preguntas. De repente, se sintió un tanto alarmado. No estaba bien tener esos pensamientos delante de ella, era una falta de respeto. Y más ahora, que estaban empezando a llevarse tan bien. Le dedicó una mirada de lo más tierna y le guiñó el ojo.

«Estás preciosa», dijo antes de salir por la puerta.

© Copyright de Javier Quevedo Puchal para NGC 3660, Septiembre 2017

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