Cronoatasco – Reed.


Por José Carlos Canalda

Ser patrullero temporal tiene, no cabe la menor duda de ello, una serie de innegables ventajas. Cazar triceratops en el cretácico, disfrutar de los glaciares del cuaternario en su período de máxima expansión o pasear por las calles de la Roma imperial… eso es algo que nunca se podría pagar con todo el dinero del mundo. Sin contar, claro está, con los beneficios de una tecnología mucho más avanzada que la de mi época de procedencia temporal —principios del siglo XXI— en cuestiones tan importantes como una vacuna universal, la erradicación de las enfermedades degenerativas o unos efectivos tratamientos antienvejecimiento.

Si además tienes la suerte de albergar inquietudes culturales, podrás disfrutar del placer inenarrable de asistir a acontecimientos únicos de la historia de la humanidad, conocer de primera mano a personajes claves —Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, Carlos V, Leonardo da Vinci, Napoleón…— o deleitarte contemplando en todo su esplendor las obras de arte desaparecidas a causa de los feroces embates del tiempo. Casi nada, para quien sea capaz de gozarlo.

Claro está que también tiene su cruz. Para empezar, resulta frustrante, sobre todo para los patrulleros novatos, la restricción que nos impide viajar a períodos correspondientes a nuestro propio futuro; lo cual está por otro lado bastante justificado. Imaginen a un agente procedente del Egipto faraónico —hay varios, como de cualquier otra época— intentando desenvolverse en la Europa de la Guerra Fría…

Pero lo peor de todo no es eso, sino la prohibición absoluta que tenemos, bajo pena de confinamiento perpetuo en una prisión ubicada en el remoto período ordovícico, 450 millones de años atrás, de intentar hacer algo que pudiera alterar el discurrir natural del tiempo o, dicho con otras palabras, pretender modificarlo. De hecho, nuestra misión consiste justo en evitar por todos los medios que estas alteraciones ocurran. Lo que fue, fue así y no puede ser de otra manera, éste es el mandamiento máximo de la Patrulla, y así hay que aceptarlo nos guste o no, por más que la historia esté plagada de acontecimientos infames que a cualquier persona mínimamente decente le gustaría reescribir.

No, la historia es intocable incluso en sus episodios más siniestros, lo cual a veces nos pone a prueba ya que no somos semidioses, sino humanos de carne y hueso… haciendo que en ocasiones hasta el más curtido patrullero lo llegue a pasar realmente mal.

Y para mi desgracia me tocó la china de uno de esos marrones que todos nosotros intentamos eludir cuando mi jefe me encargó precisamente una de esas misiones que tan desagradables nos resultan: proteger a Hitler.

He de advertir que, aunque la Patrulla ejerce un férreo monopolio del viaje temporal, existen varios períodos históricos —en mi futuro personal, claro está, ya que esta tecnología no se descubrió hasta más de mil años después de mi nacimiento— demasiado turbulentos como para que resulte posible ejercer un control total sobre los mismos, por lo que no se puede evitar que elementos incontrolados pretendan alterar la historia a su antojo; esto es precisamente lo que justifica la existencia de la Patrulla, ya que antes de la invención del cronomóvil, obviamente, poco es lo que se podía hacer al respecto.

Muchos de estos cronopiratas lo único que pretenden es obtener algún tipo de beneficio propio, sin importarles los perjuicios que su intervención podría llegar a provocar; aunque la tendencia general del flujo temporal es a volver a su estado inicial a causa de la existencia de una fuerte inercia cronológica que tiende a oponerse a cualquier tipo de cambio, en ocasiones pueden llegar a producirse vórtices divergentes que, creando el equivalente a un flujo turbulento, podrían llegar a provocar con su crecimiento desenfrenado toda una serie de alteraciones incontrolables de potencialmente muy graves consecuencias.

Peor todavía son los idealistas que, sin ningún móvil concreto salvo el deseo de «mejorar» la historia, pretenden corregir algún episodio de la misma que, por una u otra razón, no resulta de su agrado. A diferencia de los anteriores estos últimos son mucho más impredecibles, razón por la que hay que vigilarlos con sumo cuidado.

A esta última categoría es precisamente a la que pertenecen todos los asesinos potenciales de Hitler. Es difícil de imaginar la cantidad de gente que, a lo largo del arco temporal, han pretendido hacerlo con la excusa de acabar así con un régimen tan criminal como el nazi… sobre todo, teniendo en cuenta que, para un crononauta de un futuro remoto, un personaje como el Führer debería serle tan ajeno como para mí un caudillo hicso del siglo XVII antes de Cristo… pero, no se sabe por qué razón, Adolf Hitler seguía ejerciendo una inexplicable fascinación, negativa pero fascinación al fin y al cabo, en épocas tan alejadas de su propia existencia.

Esto obligaba a la Patrulla a enviar agentes cada dos por tres a proteger a tan repulsivo personaje, lo cual no se puede decir que agradara sobremanera a los interesados. De hecho la frase «hacerse a Hitler» se había convertido en todo un clásico dentro de los círculos de los patrulleros considerándose si no una desgracia, sí al menos una desagradable molestia, cargar con tan poco apetecible encargo.

Aunque los asesinos potenciales de Hitler solían actuar por la práctica totalidad de sus 56 años de vida, uno de sus momentos favoritos, vete a saber por qué era su infancia, en especial cuando era tan sólo un desvalido niño de pecho… quizá porque se trataba de uno de los momentos más vulnerables de su vida, aunque había que ser realmente retorcido para intentar matar a una criatura indefensa, por mucho que se tuviera la certeza de que el tiempo acabaría convirtiéndolo en un monstruo sanguinario.

Lo irónico del caso era que, según todas las extrapolaciones desarrolladas por los teóricos de la Patrulla, había un porcentaje de probabilidades muy cercano al cien por cien de que la desaparición de Hitler aun en las etapas más tempranas de su vida no lograría acabar con el nazismo, ni con su macabra estela de muerte y destrucción; simplemente éste sería sustituido por algún otro jerarca nazi que actuaría de forma similar a la suya, por lo cual las consecuencias serían en la práctica muy parecidas a causa de la ya citada inercia temporal. Pero cualquiera convencía de ello a esos ceporros.

Y no, no servía esta excusa para desentenderse del tema, puesto que la Patrulla no toleraba ni tan siquiera la más pequeña reescritura parcial de la historia… amén de que siempre existía una probabilidad, minúscula pero real, de que el bucle entrara en resonancia amplificándose hasta convertirse en un vórtice divergente, el cual en vez de recobrar el equilibrio original se alejaría de forma incontrolada de éste; un riesgo que no podíamos correr bajo ningún concepto, ya que las consecuencias podrían ser, además de imprevisibles, demoledoras.

Así pues, me tocaba impedirlo. En esta ocasión los asesinos habían elegido, según todos los indicios, uno de los escenarios más trillados de todos los posibles, matar a Hitler en su cuna, probablemente inoculándole alguna de las múltiples enfermedades mortales que diezmaban entonces a la población infantil… limpio y sencillo y nada sospechoso, ya que se trataba de algo completamente habitual en la época.

En realidad no se trataba de un encargo demasiado complicado, no al menos en comparación con algunas misiones anteriores mías… pero me desagradaba profundamente, aparte de que en la Patrulla todos estábamos ya hartos de esa dichosa tarea que semejaba tener más cabezas que la mitológica Hidra de Lerna.

Pero la disciplina era la disciplina, así que no me quedó otro remedio que el de aguantarme. Así pues preparé mi equipo, me adosé el cronomóvil —camuflado en la hebilla del cinturón— y di el salto a las coordenadas espaciotemporales que me habían proporcionado los chicos de Investigación.

Surgí en la vivienda de la familia Hitler, en la población austriaca de Braunau am Inn, en la madrugada del día 8 de agosto de 1890, con tal precisión que me habría bastado con alargar la mano para tocar al inocente bebé de poco más de un año que tan sólo unas décadas más tarde se convertiría en uno de los más sanguinarios dictadores del siglo XX. Pero ahora el pequeño Adolf dormía plácidamente ajeno por completo no sólo a su futuro, sino también a la trama que se había urdido en torno suyo.

Salvo Hitler y yo la habitación estaba vacía, algo que favorecía mis planes puesto que indicaba que había llegado antes que los cronoterroristas… esperaba que los chicos hubieran acertado, de forma que no me viera obligado a soportar una espera larga.

No hubo necesidad. Apenas llevaría agazapado unos diez minutos, cuando un débil y familiar zumbido me advirtió de la inminente llegada de un cronomóvil. Sólo podían ser ellos.

Pero no eran ellos. Quien se materializó justo a mi lado fue alguien ataviado con un uniforme similar al mío… otro patrullero del tiempo, cuyo rostro me resultaba por completo desconocido.

—¿Quién eres tú? —pregunté de forma automática al tiempo que él hacía lo propio.

Pero no necesité aguardar a su respuesta, puesto que ya lo sabía. Y un escalofrío de horror me recorrió la espalda; mucho me temía que me encontraba frente a una de las temibles bilocaciones temporales.

En la Academia nos enseñaban, entre otras muchas cosas, a distinguir entre los diferentes tipos de posibles alteraciones temporales: las paradojas, los bucles cerrados, los bucles abiertos, los tirabuzones múltiples, los vórtices convergentes, los vórtices divagantes… y las bilocaciones, con diferencia las más difíciles de corregir de todas ellas.

A diferencia del resto, que o bien tenían tendencia a volver de forma espontánea a la posición de equilibrio inicial, o bien se separaban decididamente de éste, las bilocaciones provocaban una pequeña desviación que derivaba al flujo temporal hacia una senda paralela a la original, y muy próxima, pero diferente y sin contacto ni convergencia con ella. Y, lo que era lo peor, con idéntica viabilidad. A veces las alteraciones eran mínimas, en otras su efecto era más global, pero todas ellas tenían en común la frecuente irreversibilidad espontánea de la realidad alterada, la cual se asentaba en el continuo espacio-temporal como si siempre hubiera existido desplazando a la realidad original forzándola a desaparecer. En estos casos los esfuerzos necesarios para corregir la alteración solían ser ímprobos, y eso si se lograba hacerlo.

En ocasiones no había más solución que resignarse a la irreversibilidad del cambio, en la esperanza de que éste tan sólo afectara de forma imperceptible a la delicada trama temporal; pero esto no ocurría siempre, por lo que en estos casos era de temer la aparición de efectos secundarios potencialmente perniciosos.

Y desde luego, la aparición del otro patrullero tenía muy mala pinta. Por definición la Patrulla del Tiempo debía mantenerse al margen de cualquier tipo de paradoja temporal, incluyendo a la más nimia; y puesto que no estaba previsto el envío de un segundo agente, al que además habría reconocido de inmediato, la conclusión era clara: por algún motivo desconocido, los malditos cronoterroristas habían logrado enredar de tal manera el flujo temporal que se había creado una bilocación que afectaba incluso a la propia Patrulla, desdoblada en una realidad paralela desde la que se había enviado a mi colega con idénticas pretensiones que las mías.

El problema era que ahora me tocaba lidiar no sólo con los asesinos potenciales de Hitler, sino también con el patrullero ya que sólo podría persistir una de las dos realidades… y, claro está, tenía el firme deseo de que la superviviente fuera la mía. Pero como con toda seguridad él también pretendería lo mismo, ya que su realidad alternativa era para él la verdadera, esto nos enfrentaba de forma inevitable convirtiéndonos en rivales, ya que uno de los dos estaba condenado indefectiblemente a desaparecer.

Pero ni a él ni a mí nos dio tiempo a abrir siquiera la boca, porque tan sólo un instante después un tercer patrullero se materializaba en la estancia, mirándonos a los dos con ojos asombrados.

Y un cuarto. Y un quinto. Y un sexto…

Seríamos ya alrededor de una docena, lo que convertía al dormitorio en una especie de remedo del camarote de los hermanos Marx, cuando finalmente se dignó en aparecer el maldito terrorista.

Mis instrucciones, y supongo que también las del resto de mis «colegas», eran las de dispararle por sorpresa con la pistola paralizante y llevármelo conmigo al cuartel general de la Patrulla, donde se harían cargo de él los chicos de Seguridad. El problema era que con tanta gente dispuesta a hacer lo mismo en tan reducido espacio lo más normal era que nos estorbáramos unos a otros… y así fue.

El beneficiado de todo el alboroto fue lógicamente el infanticida, que percatándose del percal se apresuró a poner tierra —y tiempo— por medio, dejándonos a todos con dos palmos de narices y con un cabreo bastante considerable.

A saber lo que hubiera ocurrido entre nosotros, probablemente una batalla campal en toda regla, de no mediar una nueva circunstancia que se interpuso entre nuestros respectivos instintos asesinos: uno de nosotros desapareció tan repentinamente como había llegado. Y luego otro, y otro, y otro más…

Un minuto más tarde volvía a estar solo. Bueno, con Adolfito Hitler, pero éste no contaba en el inventario. Y como a consecuencia de todo el fregado el condenado acabó despertándose y empezó a berrear a todo pulmón, opté por largarme discretamente de allí antes de verme obligado a tenerles que dar explicaciones, sin duda embarazosas, a sus padres.

Había fracasado. ¿O no?

En realidad nunca llegamos a saberlo del todo. Los chicos del departamento de Análisis y Prospectiva concluyeron que debía de haberse producido algún tipo de extraña resonancia temporal, la cual durante algunos instantes habría provocado la confluencia simultánea de varios entornos espacio-temporales alternativos, los cuales se habían disipado al quitarse de en medio el factor perturbador, es decir, el frustrado asesino de Hitler.

Pero eso no arreglaba todo. La bilocación se había disuelto como un azucarillo de forma espontánea, eso era cierto, pero seguía pendiente el tema del cronoterrorista, al cual ni yo ni ninguno de los otros habíamos conseguido detener. Y, ¿quién nos garantizaba que no volviera a intentarlo de nuevo?

Tras mucho discurrir, los cerebritos de la Patrulla concluyeron que debía haberse asustado lo suficiente como para renunciar a sus propósitos, ya que las prospecciones realizadas indicaban que habían dejado tranquilo al jovencito Hitler al menos durante una buena temporada; así pues, se dio carpetazo al asunto.

Bien, es evidente que la historia no ha cambiado, y quedó también bastante claro que el patrullero real era yo, puesto que todos los demás se desvanecieron en la nada; pero, ¿quién me garantiza que no existan otras realidades alternativas, tan tangibles para ellos como la mía es para mí, a cada una de las cuales pertenezca uno de esos patrulleros fantasmas? Los teóricos niegan tajantemente esta posibilidad, pero los agentes de a pie no lo tenemos tan claro y siempre hemos sospechado la existencia de fenómenos extraños que no pueden ser explicados con las teorías oficiales. Así pues, ¿no habrá algún homólogo mío, o una docena, haciéndose las mismas preguntas que me estoy haciendo yo?

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Septiembre 2017

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