Coherente con la ciencia estudiada

 

Por Mª Concepción Regueiro Digón

I

 

Hay cosas que amargan desde el mismo momento en que te las comunican. Cuando avisaron a Patricia de que tenía que llevar el pedido de amoxicilina a la farmacia de don Pedro, ella sintió un chaparrón cerrado sobre su, por lo general, nublado ánimo. Aunque solo pilotaba un pequeño ciclomotor, el hecho de meterse por el casco histórico a esas horas suponía esquivar todo el tráfico de entrada a la ciudad, amortiguar en el maltrecho trasero los diversos socavones de las enésimas obras de pavimentación y, por último, dejar candada la moto en alguna de las nuevas farolas imitación de las antiguas y rogar porque en ese intervalo no pasase ningún agente de la Policía Local, ejemplos ellos de feroces guardianes del correcto cumplimiento de la normativa municipal del mantenimiento del mobiliario urbano. Pero Patricia estaba pagando autónomos, el alquiler del semi—inhabitable apartamento que únicamente se podía permitir y el pufo que le había dejado su exnovio (resaltar el prefijo «ex») con aquella idea tan genial del negocio común, posteriormente revelado como ruinoso, así que se limitó a bufar y, tras guardar las cajas del medicamento, salió disparada hacia allí.

Por supuesto, el trayecto resultó tan nefasto como imaginaba e incluso peor, pues al temor por su vida cuando un camión pasó literalmente rozándole en una de las glorietas, se unió el chaparrón, esta vez literal, que le pilló al entrar en la ciudad y que, una vez más, le hizo desear irse a cualquier paraíso tropical propio de la promoción de una agencia de viajes, anhelo que se repetía una y otra vez con la cadencia de un mantra. Para rematar, el inconveniente insoportable de dejar aparcada la moto a varias manzanas del establecimiento y tener que llevar a pie la mercancía que, si bien no pesaba, sí que venía a acumular unos gramos más de cansancio en el atesorado de los últimos días.

—Llegas bien tarde. Estábamos a punto de cerrar —dijo el dueño de la farmacia por todo saludo.

Quiso dejarle el pedido sobre el mostrador, pero un vigoroso ademán con la palma extendida la paralizó, así que se vio obligada a esperar que aquel tipo con sus dos ayudantes acabasen de atender a la clientela, unas seis personas que seguramente habían llegado, como ella, en franca lucha contra el reloj.

—Patricia, qué sorpresa —oyó a su izquierda. Giró la cabeza con desgana para toparse con quien parecía una sonriente ejecutiva y cuya cara, efectivamente, le resultaba bastante conocida.

—Hola —saludó con prevención mientras intentaba hacer memoria, pero la desconocida debía de tener más clara su conexión, pues en una zancada se plantó frente a ella y le estampó dos rápidos besos en las mejillas.

—Ay, que sigues siendo tan despistada como en la universidad, ¿a que sí? —preguntó alegremente la ejecutiva.

—Lo siento, yo… —masculló Patricia avergonzada.

—Soy Mamen, del Colegio Mayor —se identificó por fin aquella mujer, y Patricia recordó de la época mencionada a una estudiante de Derecho malencarada, perteneciente a cuanto grupo alternativo había y habitualmente ataviada con ropas y complementos punkies—. He cambiado un poco, ¿verdad? —dijo, como si le hubiese leído el pensamiento.

—Sí, un poco —reconoció Patricia—, y, ¿cómo te va?

—Estupendamente —contestó la antigua compañera, al tiempo que entregaba sus recetas al dependiente y en las cuales Patricia llegó a distinguir el nombre de un ansiolítico que ella solía repartir, lo que la hizo pensar que la respuesta no era muy sincera—. Ahora trabajo en el Departamento de Inversiones y antes de fin de año me harán directora —explicó, aunque su interlocutora desconocía por completo a qué departamento podía estar refiriéndose—. Hace dos años me casé con Paul, uno de mis colegas de la oficina matriz de Londres, y hace diez meses tuvimos a Noa, nuestra hijita. Mira —ordenó. En su sofisticado móvil aparecía la foto de un bebé del montón sin grandes atributos.

—Qué bonita —mintió Patricia, deseando con todas sus fuerzas ser atendida de una vez para poderse largar de allí.

—¿Y tú?, ¿qué fue de tu vida?

—Pues nada, tirando —contestó Patricia con completa desgana.

—Estudiabas Filosofía o algo así, ¿no?

—Paleografía. Estudiaba Paleografía —corrigió Patricia.

—Es verdad, siempre estabas con esas copias de papelotes de la Antigüedad —rememoró Mamen—. ¿Y a qué te dedicas?, ¿das clases?, ¿trabajas en alguna editorial?

—No, qué va —reconoció Patricia, humillada ante la evocación de sus tres oposiciones fallidas y las decenas de entrevistas inútiles en empresas culturales—. No hay mucho trabajo para las tituladas como yo, ya sabes. Me dedico a la distribución de medicamentos.

—Ah, vaya —masculló Mamen, ahogada por el embarazo propio de las personas afortunadas que se topan de bruces con la miseria circundante. En su inesperado socorro vino el dependiente con su pedido—. Póngame también unas tiritas, por favor —solicitó, aún con el bochorno en la voz.

—¿Me puedes atender? —pidió Patricia enfadada.

—Uy, esas cosas solo las lleva don Pedro.

—Pero si solo es…

—Ya, pero don Pedro es muy suyo con estos asuntos —porfió el empleado—. Espera a que acabe, ¿vale?

«Genial, me van a dar las uvas», pensó molesta, en pleno ejercicio de autocompasión anticipada.

De súbito, entraron cinco hombres vestidos de negro de los pies a la cabeza, los ojos ocultos tras sus respectivas gafas de sol y portando bolsas de deporte y mochilas de un tamaño similar. «¿De qué banda son estos tipos?», se preguntó Patricia para sí inocentemente. Los cinco, en un movimiento coreografiado, sacaron al mismo tiempo armas de aquellos inapropiados contenedores y encañonaron a todos.

—Que no se mueva nadie. Todos al suelo y con las manos sobre la cabeza —ordenó uno de aquellos hombres, sin gritar, aunque con una voz tan perentoria que todo el mundo obedeció de inmediato.

—Ay, Dios mío —sollozó horrorizada Mamen.

—Tranquila, pillarán la pasta y se largarán —susurró Patricia igual de aterrada—. Siempre pasa así —aseguró, pero ella había sabido desde el primer momento que aquello no tenía nada que ver con las historias escuchadas sobre golpes de yonkis a farmacias, donde los atracadores iban desastrados, desorientados y más asustados si cabía que los propios atracados y, por supuesto, para nada llevaban un armamento y equipo tan sofisticado, ni mostraban una coordinación tan precisa. Así, mientras dos seguían encañonando a la clientela, otros dos registraron la rebotica, de donde sacaron a empujones a don Pedro y a otro par de aterrorizados empleados, y el restante se dedicaba a manipular con destreza los cuadros eléctricos, consiguiendo sellar por completo todos los cierres automáticos del establecimiento en menos de dos minutos.

—Nos han encerrado a todos, ¿eso es normal? —cuchicheó Mamen con los ojos desorbitados.

—Ssssst, calla —ordenó Patricia, también en un susurro—. Solo lo hacen para asustarnos.

Sabía que había dicho una gran mentira, pero algo la impulsaba a mostrarse protectora con su antigua compañera de residencia. Vio por el rabillo del ojo cómo uno de los clientes intentaba llamar disimuladamente desde su móvil y tuvo que contener la respiración para no gritarle que ni lo intentase. Sus peores augurios se confirmaron en el acto ya que el atracador que había estado manipulando los cuadros eléctricos llegó a la altura de aquel hombre y lo derribó de una fuerte patada en la cabeza ante el murmullo aterrorizado de los rehenes. El hombre quedó tendido inmóvil en el suelo, aún aferrado a su teléfono. En un ejercicio de sadismo inimaginable, su agresor propinó un brutal pisotón sobre aquella mano desprotegida, quebrando dedos y aparato al unísono y ahogando directamente en el pánico a los demás.

—¿Está usted loco?, ¿qué ha hecho? —gritó una mujer de unos 40 años. Otro de los atracadores le incrustó el cañón de su pistola en la frente como si, más que dispararle, quisiese taladrársela a base de fuerza bruta.

—Ni una palabra más —ordenó—. Todo el mundo en silencio.

—Y tiren sus móviles al suelo —añadió el atracador sádico—. Si por casualidad vuelvo a encontrar a alguien rozando siquiera uno de esos aparatos, le volaré la cabeza directamente.

Todo el mundo obedeció sin dudar y en pocos segundos el suelo de gres estaba tapizado de móviles que los atracadores apartaron a patadas.

—En el cajón de la caja, bajo la bandeja del efectivo, hay unos 5000 euros en billetes de 100 y de 50. Cójanlos y váyanse —sugirió el dueño de la farmacia con una calma inverosímil.

—Sabes bien qué queremos —masculló con odio el asaltante que había ordenado silencio y que parecía el líder de la banda.

—El Tranxilium está en el cajón de dentro. Si quiere, se lo voy a buscar. —Se ofreció uno de los empleados, pero como recompensa a su iniciativa recibió un humillante sopapo que le hizo tambalearse.

—¿No se os ha dicho que estéis en silencio? —insistió el atracador más violento.

—Señores, por favor —rogó en un susurro la mujer que había protestado—. Este hombre está muy mal. Precisa asistencia médica inmediata.

—¿Y tú qué sabes?

—Soy técnica sanitaria de ambulancias —respondió ofendida—. Creo que tiene una conmoción cerebral, y en la mano se le han clavado trozos del móvil y sangra bastante. Hay que llevarlo cuanto antes al hospital.

—¿Sí?, ¿tú que dices, Pedrito? —preguntó el líder al farmacéutico con un ligero temblor en la voz— Ya sabes qué te toca, ¿verdad? Ya sabes qué tienes que darnos para que se lleven a este desgraciado al hospital y dejemos libre a toda esta gente.

—Cojan el dinero y las drogas y déjennos en paz —insistió don Pedro desde su calma inhumana—. No puedo darles nada más.

—Por el amor de Dios, deles lo que sea que pidan —suplicó Mamen entre sollozos—. Van a matarnos a todos.

—Sssst, calla —susurró Patricia tapándole la boca con la mano.

—Tú —dijo el líder a la sanitaria—, atiende a ese. Coge vendas o lo que sea y arregla lo que puedas.

—Yo puedo ayudarla. Conozco los medicamentos —se ofreció Patricia sin pensar, más por la necesidad de volver a estar de pie y tener las manos ocupadas que por una clara voluntad de colaborar. El atracador sádico la miró con odio y ella temió que también le diese por emprenderla a patadas con su cabeza. Como si fuese un salvoconducto incontestable, le mostró el logo de la distribuidora farmacéutica cosido a la cazadora.

—Está bien —aceptó el líder—. Poneos las dos, pero al primer movimiento raro, dispararemos, ¿entendido? —Ambas asintieron con la cabeza varias veces, quizás temerosas de que la articulación de nuevos fonemas pudiese provocar un nuevo estallido de ira en su compañero.

—Llevémoslo dentro —ordenó el líder y, ayudado por uno de los secuaces, arrastraron de malas maneras al dueño de la farmacia a la rebotica. Patricia y la sanitaria quedaron paralizadas, aguardando el sonido de una detonación que prácticamente daban por seguro, pero del interior solo llegó el rumor de las voces e inmediatamente se pusieron en acción.

—¿Cómo te llamas? —preguntó en voz baja la sanitaria.

—Patricia, ¿y tú? —contestó ella en el mismo volumen.

—Alicia. Escucha, Patricia, este hombre está mal. Apenas podemos hacer nada, salvo curarle la mano y poco más ¿Podrías traerme gasas, Betadine…? Espera, mejor te lo escribo —dijo, anotando a gran velocidad lo que necesitaba en un trozo de papel de envolver—. ¿Crees que podrás encontrar todo?

—Sí. He entrado un par de veces, creo que sé dónde guardan las cosas —aseguró y, casi de puntillas, se fue a la parte trasera, donde recordaba que estaban algunos de los medicamentos.

—¿Dónde crees que vas? —Se interpuso un atracador apuntándole directamente a la cara.

—Necesito coger algunas cosas de ese pasillo —contestó con un hilo de voz—. Puede controlarme desde donde usted está —sugirió.

—Está bien, pero si intentas algo y te mato.

—No, señor. Gracias, señor —farfulló, hipnotizada ante aquel cañón que con un solo estruendo podía arrancarle la vida. Casi se cae al girarse, pero el temor le hizo centrarse en su cometido y se puso a buscar por las estanterías que consideró apropiadas, sintiendo como un láser la mirada vigilante del atracador. Al alcanzar el inyectable se percató de que precisamente el mueble de donde lo cogía no tenía fondo y que podía espiar la escena entre los otros dos atracadores y el dueño de la farmacia. Este permanecía sentado con la misma tranquilidad glacial que había exhibido fuera.

—Dánoslo ya, ¿o es que quieres llevar sobre tu conciencia las vidas de esos desgraciados? —insistía un atracador.

—¿Es que no queréis comprenderlo? No podéis llevaros algo así, sería una completa catástrofe —insistía a su vez el farmacéutico—. Por vuestro propio bien os lo digo. —El jefe de la banda le cruzó la cara con dos rápidas y fuertes bofetadas, pero ni aun así consiguió borrarle su gesto hierático.

—No me jodas, ahora vas a decirme que te preocupas de nuestro propio bien —farfulló iracundo sacudiéndose la mano.

—Tú, vuelve con los demás. —Oyó Patricia, y el susto estrujó sus vísceras. El atracador que la vigilaba, más que enfadado, parecía aburrido.

—Ahora mismo, es que no encuentro… —Se justificó ella.

—Venga, vuelve con los demás —ordenó encañonándola, y ella obedeció a medias, en un intento inútil de seguir escuchando lo que estaba sucediendo entre aquellos tres hombres. Fue por ello que le correspondió experimentar en aquel pasillo concreto los mayores torbellinos de terror inimaginables.

—Mata a alguien. —De repente, sonó desde la rebotica la voz del líder y el compañero que ya había dejado suficiente constancia de su capacidad homicida se limitó a apuntar y disparar un par de veces a una de las personas arrodilladas que ocultaba el mostrador. Siguió el callado y espantoso sonido del cuerpo al desplomarse y los gritos ya incontrolables del resto.

—Silencio, o sigo —ordenó el asesino mientras Patricia caía de rodillas histérica al identificar quién había sido la víctima precisamente por la ausencia de unos gritos o siquiera gemidos ahogados concretos que no se habían dejado de escuchar en todo ese tiempo.

—Habéis matado a Mamen —sollozó encogida.

—Vuelve a tu sitio —farfulló iracundo su vigilante.

—Habéis matado a Mamen —repitió Patricia desde el suelo, ahogada en su llanto.

—Levántate de una vez —ordenó aquel hombre y, en una acción muy poco coherente con su indicación, le propinó una inexperta patada que le rozó las costillas y la dejó sin respiración—. Vamos, levántate —insistió, pero Patricia se revolvía en el suelo, en dura lucha con aquel dolor lacerante para hacer llegar aire a sus pulmones. Notó cómo se le mojaba la entrepierna del pantalón y en un pensamiento absurdo se avergonzó de que su cadáver se fuese a recoger meado, pues, sobre todas las cosas, estaba convencida de que aquello era el fin.

Unos fuertes gritos seguidos del ruido de disparos en la rebotica interrumpieron su razonamiento, pero ella seguía demasiado empeñada en normalizar su respiración para valorarlos. Su vigilante se desentendió de ella y fue a comprobar la causa del estrépito. Patricia pudo ver cómo salía al cabo de un par de segundos, pálido y desencajado.

—Joder, están todos muertos. Los tres están muertos —gritó a sus compañeros.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó el asesino de Mamen sin dejar de apuntar a los rehenes.

—El farmacéutico y ellos dos… Debió de cogerlos por sorpresa cuando abría la caja fuerte.

—¿Hay una caja fuerte?, ¿y está abierta? —preguntó el asesino, y su compañero asintió con la cabeza como si tuviese un muelle en el cuello, en un movimiento más propio de un tic nervioso—. Hostias, ¿y a qué esperas? Comprueba si está ahí dentro.

El agresor de Patricia entró de nuevo en aquella estancia mientras ella por fin conseguía retomar el ritmo normal de su respiración, aunque, más por prudencia que por temor, prefirió continuar tumbada en el suelo. Salió enseguida, portando lo que desde aquella posición le pareció un bote mediano de preparado de leche maternizada que también solía distribuir.

—Lo he encontrado. Vámonos —avisó.

—Venga, por el patio de luces —determinó un tercer atracador, y enfilaron el pasillo donde aún seguía tirada Patricia sin prestarle atención. Tras abrir una ventana de cristales tintados de verde que había al final del mismo, saltaron uno tras otro por ella, pero la gente seguía tan asustada que siguió humillada sin moverse. Patricia consiguió incorporarse con dificultad y, pese a que todo su deseo estaba centrado en comprobar el estado de su infortunada conocida, encaminó sus vacilantes pasos a la rebotica. Allí observó la dantesca escena de los tres cadáveres, el del farmacéutico con el pecho perforado por los disparos, el de un atracador con un profundo corte en el cuello del que aún parecía manar sangre y el de otro, al contrario que el resto, sin signos evidentes de violencia, pero con un escalofriante rictus de espanto, entre un tremendo desorden de mesas y sillas volcadas, cajas de medicamentos desparramadas y un montón de papeles alfombrando el suelo bajo la caja fuerte abierta y que en tiempos más tranquilos había estado oculta tras lo que efectivamente daba el pego de estantes sobrecargados de distintos remedios médicos. Comprendió en el acto que allí ya no podía hacer nada, pero entró con unos pasos un poco más firmes, deslumbrada.

 

II

 

El médico que le tocaba ese día tenía el aspecto y las maneras de un agente de la GESTAPO, pero Patricia se había prometido que nunca más le amedrentarían semejantes elementos del sistema, así que lo escudriñó casi desafiante.

—Vengo a por una nueva baja —solicitó sin más preámbulos. El médico hojeó su expediente.

—Aquí dice que el motivo de su baja es depresión —resumió con retintín el doctor, quizás perteneciente al grupo de los que consideraban esa dolencia como fórmula práctica de estafar a la Seguridad Social.

—Por estrés postraumático, a causa del atraco —añadió ella, y el médico cambió su gesto.

—¿Usted es una de los rehenes del atraco de la farmacia del Casco Viejo? —preguntó, con los ojos como platos.

—Así es —asintió Patricia, y el funcionario extendió sin más preguntas el documento solicitado.

—Aquí tiene, cuatro semanas más. Pero, oiga.

—Diga.

—Usted es autónoma, y me imagino que aún tendrá que esperar un tiempo por cualquier indemnización que le corresponda, ¿de verdad le vale la pena seguir con la baja? Debe de estar cobrando una miseria.

—No se preocupe, me voy apañando. Gracias. Buenos días.

Salió del Centro de Salud con la diligencia aceptable en un local de tales características. En las últimas semanas había desarrollado un importante rechazo a esos sitios y, además, llevaba prisa, pero ya en la puerta sintió que la llamaban.

—Hola —saludó tímidamente una mujer de aspecto bastante desastrado que aún tardó unos segundos en identificar.

—¿Alicia? —tanteó con prudencia, y aquella mujer asintió lánguidamente.

—¿Tú también por aquí? —preguntó la sanitaria de la farmacia al tiempo que le mostraba con cierta afectación su parte de baja.

—Sí, a lo mismo —reconoció Patricia— ¿Cómo estás? —preguntó sin ganas.

—La verdad, no muy bien —confesó su compañera de secuestro con los ojos llenos de lágrimas—. Todo se me hace tan cuesta arriba…

—Sí, bueno…

—… Y no soy capaz de pegar ojo, solo pensar que tres de esos cabrones siguen libres por ahí me causa tal pavor que no puedo dejar de llorar.

—Yo… Lo siento mucho —masculló Patricia, a falta de mejores palabras para decir—, pero ahora debo irme, tengo mucha prisa.

—Sí, claro. No te preocupes —aceptó Alicia tras secar sus lágrimas con un pañuelo de papel—. Por cierto, ¿sabes que ese pobre hombre al que intentamos ayudar falleció hace un par de días?

—No tenía ni idea —reconoció, impresionada—. La verdad es que últimamente no presto mucha atención a las noticias.

—Se llamaba Evaristo, y el pobre se había acercado a la farmacia para hacerle un recado a un compañero de trabajo, ni siquiera tenía que estar allí —explicó Alicia—. Pobre hombre, nunca salió del coma. Murió por unas complicaciones pulmonares.

—Es horrible —masculló Patricia—, pero de verdad que ahora debo marchar. Me están esperando.

—Vete, no te preocupes —concedió Alicia, de nuevo en guerra con sus lágrimas, y Patricia prefirió interpretar al pie de la letra esa invitación.

Alcanzó por fin la calle y, ya sin disimulo, corrió hasta la cafetería donde esperaba la cita. Una vez allí, oteó las mesas hasta que desde una cercana a la barra un hombre le saludó con la mano.

—Hola, Paul —saludó ella al llegar a su altura y el viudo de Mamen se incorporó educadamente para recibirla.

—Buenos días, Patricia. Te agradezco muchísimo que hayas venido. Por favor, siéntate —invitó, y fue entonces cuando ella se dio cuenta de que al lado de la mesa había una sillita con una niña pequeña que la observaba con desdén—. Es nuestra… Mi hija Noa. Hoy no tuvo guardería y he tenido que traerla conmigo. —se justificó.

—No pasa nada. Hola, bonita —canturreó Patricia a la pequeña, pero esta se revolvió y se echó a llorar enrabietada.

—Lo siento —se disculpó Paul—. Últimamente no se muestra nada sociable. Yo creo que, de alguna manera, se da cuenta de lo de su madre.

—Tranquilo, no pasa nada —concedió Patricia, y ambos quedaron callados, sin saber cómo seguir. Un camarero se acercó a preguntarle qué iba a tomar y ella pidió un café con leche, más por ser la primera bebida que se le ocurrió para esas horas que porque realmente le apeteciese.

Siguieron en un silencio cada vez más embarazoso e insuperable mientras el camarero regresaba a la barra, encargaba su pedido y lo llevaba con parsimonia a la mesa. Paul se arrancó a hablar cuando ella echaba el azúcar al café. Lo hizo de una forma tan súbita que la sobresaltó y a punto estuvo de espolvorear toda la mesa con el contenido del sobrecito.

—Te agradezco muchísimo que hayas venido —repitió Paul—. Seguro que te pareció muy extraño que, al fin y al cabo, un desconocido como yo te haya insistido tanto en quedar otro día, pero te aseguro que para mí esto es muy importante.

—Te entiendo, cálmate —lo tranquilizó Patricia, aunque lo cierto era que en su interior seguía bullendo una incómoda incertidumbre—, aunque no sé hasta qué punto puede ser bueno para ti escucharlo de nuevo.

—Estoy harto de los informes que me recitan todos esos policías aburridos —explicó Paul con ojos desquiciados—. Necesito oírselo a alguien que haya estado allí, y qué mejor que tú, que habías tratado con ella. De verdad, Patricia, en toda aquella pesadilla del entierro lo único bueno fue que tú te presentases y, cuando el otro día nos encontramos en la comisaría, pensé que tú eras la persona que necesitaba.

—Yo estaba en la parte trasera de la farmacia, apenas vi nada —recordó ella con precaución—, pero antes de que todo sucediese habíamos estado charlando y ella me contó lo feliz que era con vosotros dos —Paul sonrió desde la profunda tristeza donde estaba hundido y Patricia comprendió, primero, que había encontrado la vía a seguir con aquella difícil narración, de manera que su oyente quedase un poco más animado, y segundo, y más peliagudo, que le encantaría ver en más ocasiones esa misma sonrisa con la que era atendida. Por eso, cuando ya iban a despedirse, ella entendió como lo más natural el intercambio de números de móvil, algo que ni se le había pasado por la cabeza en su encuentro con Alicia y, en coherencia con eso, se giró un par de veces en la calle para ver cómo él se alejaba empujando la sillita. Suspiró melancólica, pero recordó el trabajo que le esperaba en su apartamento y marchó a hacer los recados pendientes. Así, recogió en la librería las obras encargadas, debiendo hacer verdaderas filigranas contables para pagarlas, pues el precio final excedía en más de 100 euros al previsto inicialmente, y después se fue a la panadería de su calle a comprar un par de agujas de carne que harían las veces de almuerzo e, incluso, de cena, pues su plan inicial de comer rápidamente el plato del día en cualquier restaurante económico de su barrio se antojaba un dispendio importante tras ese gasto imprevisto y, por otro lado, estaba deseando ponerse cuanto antes con aquellos libros recién adquiridos, por lo que llegó a su portal casi a la carrera, lo que le impidió ver en un primer momento a la mujer que allí esperaba.

—¿Patricia Bernal? —preguntó.

—¿Sí?, ¿qué quiere? —preguntó ella a su vez con prevención.

—Soy la subinspectora Almudena Terrazos —contestó la desconocida enseñando su identificación del Cuerpo de Policía—. Investigo el atraco a la farmacia del licenciado Pedro De Lourdes Sabanez. Si es tan amable, me gustaría que me contestase unas cuantas preguntas.

—¿Más preguntas? —protestó Patricia—. Prácticamente sufrí un interrogatorio en el Servicio de Urgencias ese mismo día, y aún fui un par de veces a comisaría cuando me llamaron. La verdad, estoy hasta las narices de responder preguntas y ver que ustedes no consiguen resultados —concluyó molesta, y notó cómo la policía se sonrojaba ligeramente.

—Créame que estamos haciendo todo lo posible para dar con los culpables —masculló la agente—. En esta zona nunca había sucedido un atraco de estas características, es cierto que estamos un poco sorprendidos. Por eso volvemos a importunarles a usted y a los demás testigos, porque necesitamos reunir todos los datos posibles.

—Yo ya les conté todo lo que vi. No sé qué más puedo decirles —porfió Patricia.

—De verdad que lo sabemos, pero, quizás, con el paso de los días, hay algún detalle que en su momento se le escapó y hoy lo recuerda —insistió la policía—. Si me atendiese unos minutos…

—Está bien. Suba. —Se rindió Patricia, dispuesta a recitarle de corrido su primera versión para poder despedirla cuanto antes.

—Muchas gracias, serán solo unos minutos —dijo la subinspectora—. Permítame que la ayude —Patricia iba a negarse, pero estaba algo cansada por todas las carreras de esa mañana, así que le tendió la bolsa donde llevaba el volumen de mayor tamaño.

—Qué barbaridad, qué libro más gordo. —Se quejó la policía.

—Es de consulta. Quiero ver si preparo unas oposiciones durante mi baja —contó atropelladamente Patricia, arrepintiéndose al instante de su explicación.

—Ah, qué bien —dijo sin embargo Terrazos, más preocupada en mantener una respiración acorde a todos aquellos tramos de escaleras y el importante peso transportado.

Al llegar al piso, Patricia se limitó a invitarla a entrar, pero ni se molestó en apartar la manta que había en el sofá para que se sentase ni, mucho menos, a ofrecerle un simple vaso de agua para que se pudiese refrescar por el esfuerzo reciente.

—Bueno, pues usted dirá qué quiere —animó, casi desafiante—. Como ya le expliqué en el portal, no sé qué más me queda por contar.

—Verá, nos interesa el momento de la fuga en sí, cuando escaparon los tres atracadores, llevándose lo que parecía que habían ido a buscar.

—Pero si eso ya se lo conté: saltaron por esa ventana del pasillo llevándose un bote que parecía de leche maternizada.

—Sí, todo eso consta en su declaración, efectivamente, pero ¿no hay ningún otro detalle que se le haya podido pasar por alto?

—No sé qué más les puedo contar —insistió Patricia.

La policía dejó en el suelo la bolsa que aún portaba. Sacó un pequeño bloc de su bolso y buscó en sus hojas.

—A ver, también consta que usted entró en la rebotica, ¿qué puede decirme de eso?

—¿Y qué quiere que le diga? Lo que ya le conté a todos sus compañeros —protestó Patricia, en pleno esfuerzo de disimular su incontrolable temblor en la voz—. Entré porque estaba preocupada por el pobre don Pedro, pero enseguida me quedó claro que no se podía hacer nada por él.

—Según otros testigos, aún estuvo allí un par de minutos, ¿no?

—Y yo qué sé —concluyó, alzando la voz—. Comprenderá que no me puse a contar el tiempo que pasaba allí dentro.

—Disculpe, no estoy poniendo en duda su actuación, por supuesto. Es solo saber si por casualidad usted vio u oyó cualquier cosa que nos pudiese dar una pista.

—Ya les dije que me los encontré a todos muertos. Aquello era un espanto, ni yo misma sé cómo no salí de allí corriendo —explicó, satisfecha con su justificación—. Supongo que el miedo me dejó paralizada.

—Sí, es natural —asintió la policía—, pero, compréndanos, tres delincuentes peligrosos siguen libres y necesitamos todo cuanto dato sea posible para su detención.

—O sea, que no tienen ninguna pista —resumió Patricia con maldad, y la policía volvió a sonrojarse.

—No se trata exactamente de eso —masculló—. Hemos identificado a los dos atracadores fallecidos.

—Valiente cosa —comentó irónicamente Patricia.

—No es tan fácil como pudiera parecer —protestó ofendida la agente—, con esto de la delincuencia internacional…

—¿Eran extranjeros entonces? —saltó Patricia— La verdad es que yo no les noté acento de fuera.

—Bueno, uno, efectivamente, era de una banda de albanokosovares.

—¿Y el otro?

—En fin, como ya sabe, son datos que no pueden comentarse aún —reculó la agente—. Bueno, no la molesto más. La dejo mi tarjeta. No dude en llamarme si recuerda algún detalle más, el que sea.

—De acuerdo, no se preocupe —aseguró Patricia, dispuesta a arrojar aquel rectángulo de cartulina en cualquier cajón y olvidarse de él—. Buenos días.

Tras cerrar la puerta y dar un par de profundas inspiraciones, se puso manos a la obra.

 

Había incorporado la melodía del móvil a su sueño con las formas de una pieza de baile. Solo al darse cuenta de que ninguna orquesta, por muy cutre que fuese, tocaría de una forma tan átona, consiguió recordar que se había quedado dormida sobre los libros y papeles en algún momento a partir de las cuatro de la madrugada. Le dolía la cabeza y los músculos del cuello y de los hombros chillaban doloridos por la postura sufrida en las horas anteriores. «Quién me molesta a estas horas», protestó, pese a comprobar en su reloj que pasaban unos minutos de las nueve y media y que, por tanto, no podía hablarse de irrupciones a deshora propiamente dichas. Acabó de incorporarse de un salto al leer el nombre de quien llamaba.

—¿Paul? —dijo con la voz aún velada.

Hallo, Patricia, ¿quizás llamo en mal momento?

—No, qué va —mintió—. Dime.

—Quería contarte algunas novedades, tal y como quedamos ayer.

—Estupendo, cuéntame —animó Patricia, por mucho que aquel aviso resultaba desasosegante desde sus mismas formas.

—Pero, antes de nada, quiero rogarte la máxima discreción. En realidad, esto es un asunto que no debería comentarte, pero algo me dice que puedo confiar en ti, y no suelo equivocarme en mis intuiciones.

—Por supuesto —asintió Patricia sin aliento—. Puedes contar con mi silencio. Seré una tumba.

—Quería contarte que voy a hacer, ¿cómo se dice? Una investigación paralela.

—¿Investigación paralela?

I mean, he contratado a un investigador y he hablado con una serie de contactos. Me han garantizado la mayor colaboración posible. También estaría bien que si tú recordases algo nos lo comentases.

Paul calló, quizá en espera de la correspondiente frase de apoyo o de ánimo de su interlocutora, pero esta estaba demasiado ocupada en analizar con su aún dormido razonamiento las implicaciones de tal decisión.

—Bueno… —farfulló por fin—, te llamaré si recuerdo algo nuevo. También me gustaría que me fueses contando lo que averiguases.

Of course. Si te parece, te iré llamando para contarte las novedades.

—Uy, no sabes la de problemas de cobertura que tengo últimamente. Casi mejor, quedamos en algún sitio y así me cuentas todo con más tranquilidad —propuso rápidamente, y el silencio subsiguiente del otro lado le hizo sospechar que había pecado de celeridad.

—Tienes razón —concedió sin embargo Paul—. Creo que en unos dos o tres días ya dispondré de un informe preliminar. Si te parece, te aviso y quedamos en la cafetería de ayer.

—Estupendo, gracias.

Patricia sintió un leve vértigo al colgar, sabía que en absoluto debido a su brusca incorporación para coger el teléfono. Por el contrario, aquella sensación de ausencia de suelo firme tenía más que ver con las promesas de los planes deseados, esos que aceleran el corazón. Tras consultar una vez más la hora y comprobar el olor de su ropa, determinó que se imponía una ducha rápida y un café aún más rápido. Tenía que seguir trabajando. Quizás a la hora de comer abriese alguna conserva de las extraviadas en las profundidades de la despensa.

Dos días más tarde, habían quedado inventariadas y posteriormente devoradas tres latas de sardinas, dos de atún en aceite vegetal e incluso una de un pescado extraño con sabor a jarabe que había comprado en su momento en unas olvidadas ofertas; los restos de un paquete de pan de molde, así como de otro de queso en lonchas, un cartucho de galletas tipo «María» de marca blanca, un litro de leche semidesnatada y medio paquete de café torrefacto. En resumen, había vaciado la ya habitualmente exigua despensa. A consecuencia de la llamada anhelada, hizo también el correspondiente gasto generoso de gel, champú, maquillaje, pintalabios y colonia, dejando dichos productos de higiene personal y belleza prácticamente finiquitados, pero consiguió salir de la casa tras ese par de días largos de enclaustramiento con un aspecto falsamente lozano, pues las escasas horas dormidas en dicho período habrían dejado al natural un aspecto más propio de una recién rescatada de un zulo.

De esta forma, Patricia pudo entrar en la ya conocida cafetería con la apariencia de quien acude a una reunión de postín. Paul esperaba solo en la misma mesa del primer encuentro y, al verla llegar, se incorporó cortésmente. «Menos mal, hoy no le acompaña el monstruito», pensó ella con maldad.

—Hola, Paul. Te agradezco mucho que me hayas llamado. Yo también estoy muy interesada en saber lo que realmente sucedió.

—Hola, Patricia. Es un placer —saludó él corriéndole la silla siguiendo con su cortesía exquisita. Pidieron sendos cafés con leche al camarero de la vez anterior y, una vez tuvieron sus respectivas consumiciones, Paul sacó de una carpeta lo que parecían textos escritos con una vieja impresora matricial.

—Ese hombre parece bastante eficiente —comenzó, y Patricia supuso que se estaba refiriendo a quién quiera que hubiese contratado—. Bueno, mis contactos también han ayudado bastante —añadió, y en ese punto ella no pudo dejar de estremecerse ante la intuición del poder real que podía ejercer su interlocutor—. El atraco a la farmacia debe de ser de los sucesos más extraños que han ocurrido en esta ciudad.

—Sí, bueno, no parece muy normal que entren cinco tíos a robar como hicieron estos —concedió Patricia.

—Es mucho más que eso —concedió Paul—. Rupérez ha conseguido averiguar la identidad de los dos muertos.

—Creía que eso estaba bajo secreto de sumario —saltó Patricia, pero la mirada acerada que le vino de vuelta le hizo comprender lo poco apropiado de ese camino.

—Uno de ellos era un delincuente habitual, antiguo miembro de una banda de albanokosovares, culpables de varios asaltos.

—Bueno, es como suele trabajar esa gente, ¿no?

—… Pero el otro era un antiguo profesor de la Facultad de Historia —concluyó Paul con cierta entonación y calló, esperando el comentario de Patricia.

—Hay que ver, qué cosas más raras deben de pasar por la cabeza de alguna gente —dijo esta por fin, mientras pensaba en cómo empezaban a encajar muchos datos.

—Es más que eso —objetó Paul al tiempo que buscaba un papel determinado en aquel montón—. Listen: «Gregorio Bellavilla González, profesor asociado del Departamento de Historia Medieval y doctor de la misma especialidad. Autor de diversos artículos para revistas especializadas y coautor de al menos un par de obras de consulta». —Patricia había reconocido a la primera el nombre, pero había conseguido impostar una calma de la que carecía—. Hace tres meses solicitó una excedencia, según él, para escribir su primer libro en solitario, pero cuando la Policía entró en su apartamento no encontró nada.

—¿Nada?

—Ni apuntes, ni borradores, y su ordenador estaba formateado.

—Tienes razón, es bastante extraño —aceptó Patricia—. Pobre, le debió de dar un viento bien raro.

—¿Un viento? —preguntó extrañado Paul.

—Quiero decir… —se explicó Patricia haciendo un giro del índice sobre la sien.

—Sí, eso es lo que pensé yo también —reconoció él—, pero no deja de resultar extraño, por muy trastornado que esté, que acabe con un delincuente como ese, ¿cómo solía decir Mamen?: «Simplemente no cuadra». —Su semblante se oscureció súbitamente ante la rememoración de la esposa fallecida. Patricia comprendió que, por un lado, era buen momento para acabar con aquella conversación y que, por otro, seguía deseando estar en compañía de ese hombre el mayor tiempo posible, pese a todo el trabajo aún pendiente en su apartamento—. Todo un profesor de universidad atracando una farmacia con un delincuente habitual —continuó Paul sin aliento—. Además, atracar esa farmacia en concreto, ¿por qué? Hay otros establecimientos en la ciudad con mayor volumen de negocio y mejores condiciones de huída, según parece.

—Bueno, se llevaron ese bote. Quizás don Pedro estaba traficando con drogas y ellos fueron a robárselas —contestó Patricia.

—Sí, esa es una buena hipótesis, de hecho, es la que maneja Rupérez, pero…

—Pero ¿qué?

Well, todavía es pronto, pero dice que tampoco entiende muchas cosas sobre ese don Pedro. Quedó en pasarme un nuevo informe, pero cree que le va a tomar su tiempo, porque la investigación de personas concretas es un asunto muy delicado.

—Bueno, tengo que irme —saltó de repente Patricia—. Perdona, es que acabo de recordar una gestión muy urgente.

—Claro, no te entretengo más —aceptó Paul—. Te agradezco mucho tu atención.

—Sí, adiós —masculló Patricia mientras se alejaba, aún aturdida por el brote de inquietud surgido con la última parte de la explicación de aquel hombre. Sin embargo, paró en seco y volvió sobre sus pasos—. Paul, ¿puedo llamarte otro día? —preguntó mirándolo intensamente a los ojos.

—Por supuesto, cuando gustes —contestó él sin apartar la mirada.

Ella regresó a su casa conteniendo a duras penas el galope que sus pies pugnaban por mantener. En el suelo esperaba su principal manual de consulta de aquellos días, abierto precisamente por el capítulo escrito por el doctor Bellavilla González y lo leyó una vez más con fruición. Las persianas mentales que escondían el paisaje del descubrimiento intelectual se abrieron por fin y solo un par de días de nuevas tareas y ayunos después, únicamente interrumpidos con unas necesarias compras en la ferretería y el bazar chino de la calle, Patricia podía concluir que definitivamente había acabado su trabajo. Decidió entonces que se imponía una celebración acorde al momento. Buscó un número en la lista del móvil y llamó.

—¿Paul?, ¿has comido ya? Verás, me preguntaba si te apetecería acompañarme y así te contaba algún detalle más que he recordado estos días.

 

III

 

Habían hecho el amor en la habitación de invitados de la casa de Paul. En un primer momento, ella no le dio importancia al hecho y lo justificó con las prisas de buscar un rápido acomodo en esos instantes de pasión, pues era el cuarto más cercano a la entrada, pero, una vez despierta del correspondiente sueño posterior al sexo, comprendió que esa elección debió de obedecer a otros motivos para ella mucho más hirientes.

Patricia se había levantado para ir al servicio mientras él aún dormía, encogido en su esquina, y el frío húmedo de una habitación donde no funcionaba habitualmente la calefacción había golpeado su desnudez. Al intentar salir sin encender la luz se había tropezado con la tabla de planchar que permanecía abierta cerca de la puerta y que denotaba la utilidad habitual de esa estancia. Buscando a tientas el cuarto de baño, fue a dar al dormitorio de matrimonio y este se había revelado como un altar doméstico a la esposa fallecida, lleno de fotos de ella, sola, en pareja o en familia, en marcos de diversos tipos y tamaños e incluso simplemente enganchadas en el borde del espejo que colgaba de una pared. «Joder», masculló horrorizada, como si hubiese encontrado el propio cuarto de Barba Azul, y sintió deseos de vestirse y salir a la carrera de aquella casa, pero, en su lugar, regresó de puntillas donde solo unas pocas horas antes se había retorcido de placer como ya no esperaba que le sucediese nunca más. Allí esperaba despierto Paul, su rostro iluminado a medias por la lamparilla de la mesilla. Se apartó un poco más al extremo del colchón para que ella se pudiese acostar y ni siquiera hubo el amago de acogerla en sus brazos. Por el contrario, él se mantuvo encogido en su esquina, tirando de las mantas hasta su cuello con los dedos crispados, como si la situación le causase una profunda vergüenza y Patricia contuvo unas desoladoras ganas de llorar.

—Tienes una casa muy bonita —dijo sin embargo con una voz entrecortada que había intentado sonar animosa.

—Sí. Mamen y yo estuvimos un año entero recorriendo inmobiliarias hasta que dimos con esta —explicó él, también con un hilo de voz—. Fue ella quien se encargó de toda la decoración. Tenía un gusto exquisito.

—Desde luego que sí —concedió Patricia, llena de incomodidad.

—Pero, en fin, tal y como ha ido todo, quizás sea mejor que me deshaga de ella.

—¿Deshacerte?, ¿por qué?

Well, esta casa la compramos Mamen y yo, contando con los dos sueldos, sobre todo el de Mamen, ella ganaba mucho más que yo. No puedo hacer frente a la hipoteca yo solo y el abogado me ha dicho que pueden pasar años hasta que cobremos una indemnización por… Además, Rupérez es muy caro, así que quizás sea mejor buscar un apartamento más económico para la niña y para mí.

Patricia comprendió la escasa o nula cabida que todavía tenía en la vida de aquel hombre y sus ganas de llorar se multiplicaron por diez, pero en su anterior fracaso amoroso se había prometido que nunca más volvería a perder las formas ante un amante, así que sus siguientes palabras sonaron perfectamente serenas, aunque con cierto deje metálico:

—¿Sabes? Tengo algo de dinero de una herencia —explicó—. Si lo necesitas, te lo puedo prestar.

—Oh, eres muy generosa —dijo él asombrado—, pero no será necesario. Muchísimas gracias.

Él continuó rígido en su esquina y Patricia decidió que por esa noche no iba a ahondar más en esa herida recién abierta. Salió de la cama de un salto y comenzó a vestirse velozmente.

—Va a ser mejor que me vaya. Mañana viene a primera hora el camión de la mudanza —explicó, intentando mostrar una despreocupación que ni por asomo tenía.

—¿Mudanza?

—Sí, ya te lo conté ayer —contestó ella un poco molesta—. Me mudo a un piso de esa nueva urbanización del barrio de las Mimosas.

—Ah, qué bien —masculló Paul por decir algo. Patricia ató los cordones de los zapatos y, tras ponerse el abrigo de cualquier manera, se dispuso a salir de allí. Él pareció reaccionar y se interpuso en su camino en un rápido movimiento.

—¿Ocurre algo? —preguntó Patricia con su corazón galopando.

—Yo… —tartamudeó él—. Lo de hoy ha sido fantástico, de verdad.

—¿Sí?

—Pero yo… Yo aún estoy muy confundido, no sé qué hacer.

—No te preocupes, de verdad —lo tranquilizó ella desde una evidente hipocresía—. Mantenme informada de lo que averigües, ¿de acuerdo?

—Claro, en unos días quedamos en el sitio habitual y te enseñaré todo lo nuevo que me haya hecho llegar Rupérez, right?

—No será necesario ya. Bastará con que me lo cuentes por teléfono. Adiós.

Se había obligado a sí misma a no mendigar un beso de despedida, así que su salida de la casa fue abrupta. Corrió por la calle para que las lágrimas no le quedasen prendidas a la cara y cuando un vendedor de periódicos le puso uno, «recién salido de la imprenta», ante las narices, ella prefirió comprárselo a rechazarlo como habría sido su intención, pues esa simple frase negativa habría desbordado toda la congoja que había conseguido mantener a raya. Solo en el taxi que le llevaba de vuelta recordó su reciente adquisición y se puso a hojearlo. Pasó con desinterés el conjunto de noticias sobre crisis, atentados, nombramientos oficiales y ni aún el suceso local del hallazgo fortuito de un cadáver mutilado en el vertedero municipal le hizo fijar los ojos en la información. Tan solo el anuncio de la contraportada anunciando a toda página las grandes ofertas de una cadena de tiendas de electrodomésticos le hizo resolver que se acercaría hasta alguna de ellas para comprar una cafetera en cuanto acabase de colocar todo en su nueva vivienda. Quería centrarse en los asuntos más prosaicos posibles y, así, las siguientes horas se redujeron al embalado y apilado de los escasos objetos personales que aún quedaban por preparar para la mudanza. Por tanto, a eso de las nueva y media, una hora antes de que llegasen los de la empresa de transportes, tenía ya todo listo y solo le quedaba esperar esos sesenta minutos descansando en el viejo sofá, ahora, ya vacío de cuanto forro y manta le había colocado, con su peor aspecto de mueble de baja calidad y excesivo uso. Dormitó en él un poco, pero el timbre del portero automático la hizo espabilar de golpe.

—¿Sí? —contestó.

—Buenos días, soy la subinspectora Terrazos, ¿me abre, por favor?

Pese a que su deseo era buscar cualquier excusa para no cumplir con esa petición, su índice de la mano derecha actuó por su cuenta y riesgo y pulsó con resolución la tecla del portal. Tenía por tanto dos o tres minutos para serenarse y adoptar la postura más tranquila posible, pero sabía que, dadas las circunstancias recientes, sería un intento condenado al fracaso. A los tres minutos doce segundos pudo ver el rostro congestionado de la policía por la mirilla y abrió la puerta rogando por dentro que aquello acabase pronto.

—Buenos días, hay que ver cuánto hay que subir aquí, ¿verdad? —resolló la subinspectora.

—Buenos días —saludó Patricia secamente—. Dentro de un momento viene el camión de la mudanza, así que no dispongo de mucho tiempo, ¿qué desea?

—Caramba, ¿se muda usted? —preguntó Terrazos, y Patricia pensó con temor que quizás no habría sido necesario dar esa información.

—Sí, a un apartamento en mejores condiciones. Como puede ver, este no tiene muchas comodidades. Bueno, ¿en qué puedo ayudarla?

—Verá, quería enseñarle esta foto. —Sacó de un bolsillo exterior del bolso un papel doblado y lo abrió—. ¿Lo reconoce usted? —Mostró lo que parecía una imagen generada por ordenador de la cara de un hombre con los ojos cerrados. Pese a la sensación de inverosimilitud que a ella le creaban ese tipo de representaciones, no dudó ni un segundo en identificarlo:

—Es él. ese es el cabrón que me vigilaba mientras yo buscaba las medicinas y que después me pateó.

—¿Está usted segura?

—Completamente. Creo que es una cara que no podré olvidar, aunque viva mil años, por mucho que llevase aquellas gafas de sol.

—¿Lo conocía de antes?

—Nunca lo había visto en mi vida, ya se lo dije a sus compañeros —insistió ofendida—, ¿quién es y qué le ha dicho ese desgraciado?

—Créame, en el estado en que lo encontramos no podía decir mucho —contestó sin el menor deje de ironía la policía—. Supongo que ya sabe la noticia del hallazgo en el vertedero de un cadáver mutilado.

—Sí, la leí en el periódico.

—Pues se corresponde con su viejo conocido. Mejor dicho, lo que quedaba de él. Le faltaba un brazo, dos dedos del otro, las dos piernas, gran parte del tórax y de la cara. De hecho, tuvimos que completarla en la foto mediante un programa informático para podérsela enseñar a los testigos. Suerte que pudimos sacarle las huellas. ¿De verdad que no le suena de nada?

—Oiga, ¿qué está insinuando?

—Se trata de Dalmacio Adrover, químico de profesión y, hasta la última reestructuración de personal, técnico de calidad de la fábrica de abonos.

—Comprenderá entonces que es una persona que no tendría por qué coincidir conmigo nunca.

—¿De verdad no conocía de nada a ninguno de los atracadores? Yo creo que sí.

—¿A qué se refiere usted? —protestó Patricia, aunque ya se había dado perfecta cuenta de por dónde iban los tiros.

—¿Sabía que uno de ellos compartía profesión con usted?

—¿También repartía medicamentos? —preguntó Patricia. Supo desde el mismo instante en que se oyó a sí misma que eso había sido un error, pero ya no había posibilidad de enmienda.

—Según tengo entendido, usted es… —La policía revisó sus notas, buscando la palabra clave—… usted es paleógrafa, ¿no?

—Bueno, sí. Eso estudié, aunque nunca pude ejercer como tal —explicó—. La verdad es que a veces se me olvida que esa es mi verdadera profesión. Son ya demasiados años en trabajos basura. —Se justificó.

—Oiga, y eso, exactamente, ¿qué es? Creo que es la primera vez que escucho esa palabreja.

—Son los que estudian los documentos antiguos —resumió al máximo Patricia.

—Ah, qué interesante. No es una profesión muy habitual, ¿verdad?

—No, no creo.

—Pues ya me dirá usted cómo entonces en un mismo sitio coinciden dos personas de esa especialidad.

—Oiga, ¿qué está usted insinuando? —repitió Patricia, consiguiendo en esta ocasión un mejor forro de ofensa en sus palabras.

—Por cierto, ¿adónde va usted a mudarse?

—A otro apartamento —contestó de mala gana.

—¿Dónde?

—En los edificios nuevos del Barrio de las Mimosas.

—Ah, ya sé. Son unos edificios muy bonitos.

—Por lo menos, no se caerá a trozos como este.

—¿Se va de alquiler o comprado?

—De alquiler.

—¿Y es amueblado o sin muebles? Cuando me mudé, hace un par de años, tardé varios meses en encontrar uno completamente vacío —explicó la policía—. Los propietarios se dedicaban a meter muebles viejos en los pisos y luego no querían retirarlos. «A lo mejor les hacen falta más adelante», nos decían.

—Este es sin muebles, solo tiene los electrodomésticos de la cocina —respondió Patricia demasiado rápidamente. La policía la observó como si fuese un pez que acabase de picar el cebo.

—Ah, caramba. O sea que usted lleva los muebles.

—Así es.

—¿Y sigue usted de baja?

—De momento, sí. No entiendo dónde quiere usted llegar —masculló Patricia.

—Disculpe, es que no entiendo cómo una persona en su situación puede cambiarse a uno de los edificios más caros de la ciudad.

—Oiga, está usted faltándome.

—Debo pedirle que mañana se presente en comisaría a primera hora.

—Pero ¿esto qué es?, ¿ahora me van a detener?

—No, por Dios, pero encontramos algunas contradicciones en sus declaraciones y queremos que nos las aclare. Es solo una cuestión de puntualizaciones. Aunque no será necesario, puede acudir acompañada de un abogado.

—¿Y si no voy? —saltó Patricia, pero la mirada de odio de la habitualmente pacífica oficial le hizo desistir de seguir por ese camino—. Está bien, allí estaré —se rindió—. Pero ¿no podría ir en otro momento? —improvisó—. Mañana tenía previsto viajar a mi pueblo para visitar a mi madre, es mayor y está muy delicada, y, por lo menos, necesitaría un par de días para ir y volver.

—Escuche, Patricia —saltó con dureza la policía—, esto no es como una cita en la peluquería que se anula y santas pascuas.

—Si lo sé perfectamente, pero, si como usted dice, se trata solo de puntualizar esos detalles, creo que podrían darme ese par de días, solo le pido eso. Mi madre no está muy bien, y hace tiempo que le prometí esta visita. No quiero defraudarla. Y, la verdad, me siento un poco amenazada. Quizás sí que llame a un abogado que me llevó unos papeles, para ir más tranquila, pero tiene despacho fuera de aquí y quizás no pueda acercarse mañana.

Sabía que su excusa iba a resultar imposible de colar, pero, para su gran sorpresa, Terrazos aceptó, limitándose a ordenarle que le escribiese su nueva dirección y a insistirle en su obligación de acudir a la comisaría en cuarenta y ocho horas, según ella, una prórroga contra las normas y que ella le concedía por la solidaridad de unas circunstancias familiares similares y Patricia, durante unos infelices minutos, mientras despedía a aquella visita en la puerta con nuevas promesas de su presencia puntual en comisaría, llegó a pensar que había conseguido liberarse de la amenaza.

Solo que, al observar discretamente desde detrás de los apolillados visillos, llegó a distinguir cómo la subinspectora se paraba a hablar con alguien que parecía estar leyendo un periódico y después seguía su camino. «Esos cabrones piensan seguirme», dedujo espantada, enterrando su esperanza de solo unos segundos antes. Pensó en las decenas de posibilidades que podía ensayar ante un hecho semejante, para acabar concluyendo en que lo mejor era no cambiar en absoluto sus planes. Por tanto, una vez llegaron los hombres de la empresa de transportes, les mandó bajar las diferentes cajas y maletas sin ninguna indicación especial, a excepción de una carpeta y una bolsa de nylon de gran tamaño que iba a llevar ella personalmente en el taxi que le acercaría hasta su nuevo hogar, para su disgusto, de uso completamente individual y sin grandes posibilidades, por lo que había quedado demostrado, de poder compartir con la persona que unas horas antes, ya podía reconocerlo, le había provocado quizás la más amarga decepción de su vida adulta, superior incluso a la perpetrada por el cabeza hueca de su ex, pues con este siempre había tenido claras las evidentes limitaciones de su personalidad.

Más por ese resquemor que por la inquietud en sí de saberse objeto de vigilancia, su entrada en su nuevo apartamento no resultó lo ilusionante que solo unos meses antes hubiera supuesto. Por el contrario, el sentimiento que se impuso sobre los demás fue el de agobio por todo lo que debería colocar en las siguientes horas y días y, sobre todo, el de un inesperado negativismo que le hacía encontrar mil y un defectos en la vivienda antes no vistos. «No me va a caber todo», pensó con hastío al contemplar el mobiliario a estrenar y los muchos bultos que esperaban en la entrada. Como basta que asome una idea retorcida para que seguidamente se le unan más, recordó también las dimensiones de la plaza de garaje y el tamaño de su nuevo coche, todavía pendiente de entrega por el concesionario, y consideró que no casaban especialmente bien. «Menuda mierda, voy a quedar a medias», resumió. «Como siempre», añadió, con una amargura que le quemó la lengua. Lo que pensaba que iba a ser una nueva fase de su vida, por fin sin deudas y plagada de propuestas infinitas, se asemejaba demasiado a la anterior, con el agravante de que las mejoras añadidas que ahora se antojaban ridículas parecía que iban a traerle unos problemas idénticos a los ya deducidos en sus planes más exagerados. Había hecho gala de una prudencia absurda que ahora se mostraba tan equivocada como las ideas descabelladas del primer momento de las huidas a paraísos tropicales y mansiones en paradisíacas playas vírgenes. En un par de días tocaba presentarse en comisaría y sabía con seguridad que allí su serenidad acabaría quebrando en uno u otro momento. También sabía con certeza que nunca podrían juzgarla con la misma dureza que a los verdaderos culpables y que, en el peor de los casos, lo suyo sería el equivalente a un tirón de orejas oficial un poco más fuerte, pero eso no le servía en absoluto de consuelo, sobre todo, imaginando el simple gesto de reprobación de Paul, era eso lo que quizás peor podría llevar, aunque supiese a ciencia cierta que no tenía la menor esperanza con él. «Tengo que marcharme de aquí. Todo lo lejos que pueda», determinó, y esa conclusión tan desoladora, sin embargo, le hizo sentirse mejor por cuanto tenía de plan realizable en sus distintas fases. Llevó el bolsón a la cocina y allí extendió su contenido.

 

IV

 

Paul sintió una molesta oleada de culpa al comprobar que quien llamaba era la antigua compañera de universidad de su fallecida esposa. Sin embargo, contestó con su habitual tono cortés.

—¿Patricia? Qué coincidencia, estaba a punto de llamarte para contarte los nuevos hallazgos de Rupérez.

—Hola, Paul —saludó ella con un hilo de voz.

—¿Deseabas algo? —preguntó él, inquieto ante el silencio subsiguiente.

—¿Sabes, Paul? Nunca he sido muy buena haciendo proyectos. Me embarqué en aquel negocio con el idiota de mi ex porque yo también pensé, como él, que aquello iba a ser un pelotazo, y casi voy a la cárcel por todas las deudas que después me reclamaron a mí exclusivamente, porque el otro cabrón consiguió salirse de rositas. Creí que tú caerías rendido a mis pies, que solo era cuestión de saber esperar el momento adecuado cerca de ti, para darme cuenta finalmente de que tengo que luchar por tu amor con una muerta. Hay que joderse, con una pobre chica que ya lleva meses muerta, y yo no tengo nada que hacer.

—Patricia, ¿te encuentras bien? —preguntó preocupado Paul.

—Sí, más o menos. A ver, ¿qué me querías contar?

—¿De verdad estás bien? —insistió Paul—. Te noto muy rara, incluso tu voz parece distinta.

—Supongo que cogí un resfriado por andar por la calle en medio de la noche. Venga, cuéntame.

—Pues, Rupérez ha conseguido acceder al informe de la autopsia de ese atracador que apareció mutilado en el vertedero. ¿A que no adivinas qué restos han encontrado en el cuerpo? —preguntó, casi con una entonación infantil.

—Oro, han encontrado restos de oro.

My God, ¿cómo lo has sabido?

—Créeme, tengo elementos suficientes para hacer una deducción así —aseguró Patricia—, ¿ese tal Rupérez averiguó algo más?

—Pues… pues sí —confirmó Paul, aún anonadado por la respuesta—. Finalmente, ha conseguido averiguar que el farmacéutico….

—… No era quien decía ser.

El silencio al otro lado de la línea le hizo imaginar que Paul había quedado sin palabras ante esa nueva muestra de clarividencia.

—Efectivamente —consiguió articular por fin—. Toda la documentación personal y de la farmacia era falsificada, conseguida no se sabe por qué medios ilegales, ¿quién te ha dado esa información?

—Oh, no sabes la de cosas de las que me he enterado por mi cuenta y riesgo en los últimos días —explicó Patricia con una voz muy cansada—. Al final, de algo terminaron valiendo mis estudios.

—Patricia, ¿de verdad que estás bien?

—Sí, de verdad —contestó ella con una voz que ya parecía de ultratumba.

—¿Puedo hacer algo por ti?

—Podías, pero en este momento ya no —concretó Patricia—. Cuídate mucho, Paul. Te deseo de corazón que todo te vaya bien, de verdad.

—Pero, Patricia…

—Tengo que colgar, debo hacer una llamada.

Apretó el botón de desconexión antes de que él pudiese formular nuevas preguntas angustiadas que a ella la hiciesen ya derrumbarse definitivamente y con toda la rapidez que su pulgar pudo desarrollar marcó el número de la tarjeta de visita.

—¿Sí?

—¿Almudena Terrazos?

—Sí, soy yo. Patricia, ¿es usted? ¿Patricia? —insistió, tras los extraños segundos de silencio que siguieron a su pregunta—. Llevamos esperándola una hora.

—Creo que no va a ser posible que me acerque hasta allí, lo siento.

—Patricia, debo recordarle que está usted obligada…

—De verdad que lo haría, pero me resulta imposible salir de casa y, si usted les pregunta a los compañeros que puso a seguirme, la podrán decir que no me he movido de ella desde que me instalé.

—Patricia, ¿está usted bien? —preguntó la policía, sinceramente preocupada—. Puedo enviarle una ambulancia en unos minutos, si la necesita.

—No se moleste. No hará falta. Escuche.

—¿Sí?

—El gran error es siempre la ambición desmedida, ya lo decían los viejos sabios. Eso es lo que le costó la vida al atracador del vertedero.

—No entiendo, ¿qué quiere usted decir?

—Petrus Curator, él lo sabía perfectamente, por eso era el más sabio y por eso supo aguantar ochocientos años.

—¿Petrus Curator?

—Usted lo conoció como don Pedro.

Ahora el silencio provino de la policía.

—Escuche —dijo al cabo de unos segundos con voz dubitativa—, no sé si su estado le está provocando decir estas incoherencias o es un truco…

—Era uno de los más importantes alquimistas, y, seguramente, el más sabio. Se creía que había desaparecido en el asedio a Constantinopla durante la Cuarta Cruzada, pero fue el más listo y se la jugó a todo el mundo.

—….

—Encontró el elixir de la vida y la piedra filosofal, él fue capaz de hallar las dos cosas, pero, sobre todo, fue capaz de hallar el equilibrio en su uso.

—¿Quiere hacerme creer que el dueño de esa farmacia era en realidad un alquimista de la Edad Media? Patricia, si usted tiene alguna responsabilidad en lo del atraco, le advierto que simular enajenación mental no le va a servir de mucho.

—Le aseguro que en estos momentos no hay nada que me sirva —rebatió ella—. Piénselo, por Dios, ¿por qué atracan una farmacia un experto en Historia Medieval y un químico? Una farmacia que, además, es de un hombre del que descubren que no es quien dice ser.

—¿Cómo sabe usted…?

—Esos tipos querían que don Pedro les diese nada menos que la piedra filosofal, ¿sabe usted lo que es eso?

—Claro que sí, es esa piedra que transformaba los metales en oro, ¿no?

—Sí, aunque en realidad no era una piedra sino una especie de polvos de color rojizo, perfectamente transportables en una lata de leche maternizada.

—Oiga, Patricia, esto empieza a parecerse peligrosamente a una broma de mal gusto.

—Creo que usted empieza a atar algunos cabos, no me venga con un aviso tan poco inteligente. Atiéndame, por favor, no tengo mucho tiempo: ¿verdad que la causa de la muerte del otro atracador de la farmacia que no murió por las heridas fue la asfixia provocada por alguna sustancia de origen desconocido?

—¿Cómo sabe usted…?

—¿Y que en los muñones del cuerpo que encontraron en el vertedero había una cantidad insólita de oro? En realidad, a los tres les mató la ambición, pero con este último se cumplió la maldición de la piedra.

—¿De qué maldición me está usted hablando?

—Quien la usa con frecuencia se convierte en oro. Se ve que ese químico era el que la manipulaba y por eso tuvo esa muerte. Seguramente, sus otros dos compañeros decidieron aprovechar las partes de su cuerpo que se habían transformado antes de deshacerse de él.

—No puedo creerla —insistió la policía, aunque en su entonación dejaba claro que empezaba a valorar la historia.

—Creo que he contestado a bastantes interrogantes del caso. Debería bastarle como prueba.

—¿Qué pinta usted en todo esto? —preguntó Terrazos, más como público curioso que como policía en un procedimiento de investigación.

—En la caja fuerte, aparte del bote que se llevaron, había unos pergaminos antiquísimos que enseguida identifiqué, para eso era paleógrafa, así que los cogí y me los llevé escondidos en la cazadora. Se lo juro, Almudena, yo nunca antes había robado nada, ni siquiera un caramelo, pero aquello fue para mí demasiada tentación y ahora no sabe cómo me arrepiento.

—¿Se los llevó? —preguntó incrédula la policía.

—Sí, y conseguí descifrarlos, maldita sea, y todo fue muy bien hasta que pudo mi viejo sueño de escapar de aquí e irme a un puto paraíso tropical, pero para eso me hacía falta más dinero, y para eso necesitaba producir más oro, así que me puse a ello día y noche. Quería huir, no aguantaba más en esta ciudad, y necesitaba mucho dinero, y mucho dinero significaba mayores cantidades de oro, no las oncitas con las que me había ido apañando y, por supuesto, ni me acordé ni una sola vez de la jodida maldición, bastante ocupada estaba en poner los medios para pagar mi estúpida quimera. Mierda, no sé cómo pude hacer semejante gilipollez. Yo… lo siento tanto.

La subteniente pudo oír cómo la hasta unos minutos antes sospechosa de complicidad en el atraco a la farmacia lloraba ahogadamente, e interpretó que aquella persona sí que necesitaba una ayuda médica inmediata.

—Escuche —ordenó, acalorada—. Voy hasta allí ahora mismo con una ambulancia. Ahora mismo se la llamo, no se mueva de ahí.

«Tranquila, le aseguró que no me moveré de aquí», farfulló Patricia al sonido de la desconexión. Los dedos quedaron definitivamente rígidos por la finalización del proceso de conversión de los huesos y tendones en un brillante y aterrador oro macizo y el móvil se deslizó libre de ellos, cayendo con un sorprendente estrépito por la escasa altura. Patricia observó la escena con desinterés, recostada entre el suelo y la pared donde finalmente su falta de equilibrio por la inutilidad de sus nuevos tobillos del metal precioso la habían depositado. Sabía que una garganta y una faringe de ese elemento no iban a tener grandes posibilidades de cumplir con sus funciones respiratorias, así que iba a limitarse a esperar la asfixia. Recordaba también de los textos antiguos la dignidad del arte de morir y, en esta ocasión, quería ser coherente con la ciencia estudiada.

© Copyright de Mª Concepción Regueiro Digón para NGC 3660, Marzo 2019
[Especial Féminas 2019]

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