Los caminos del sueño

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Por Eduardo Vaquerizo

Navegaban entre la fría luz de las estrellas, despreocupados de todo aquello que no fuera el soplo de las suaves corrientes de gravedad. Soñando con la brisa de la inercia, flotaban desnudos, expuesta la piel, gris y arrugada, a la pálida claridad del firmamento. Contaminados por el lento tictac del universo, sus corazones latían con el hálito del infinito y sus ojos, grandes superficies de negrura cristalina, se abrían como embudos que hubiese que llenar de estrellas.

 

La nave llevaba de regreso a una nutrida tripulación de hombres y mujeres. Se movían, atareados y sudorosos, en el interior de un casco de metal alienígena que latía con suaves pulsaciones de luz morada. Sus pieles parecían mapas, complejas tracerías de venillas superficiales, teñidas de azul metálico por las sustancias que habían sustituido a la sangre durante los largos milenios de hibernación. Aquella era la marca de los viajeros al espacio profundo.

Mela y Sapara se encontraron en el estrechamiento que conducía a las piscinas esféricas de los motores. Muchos meses atrás habían sido amantes bajo un cielo saturado de intenso color amarillo. Apenas dueños de sus mentes, mientras las máquinas diminutas de los Vetachianos trabajaban reconstruyéndoles, habían yacido a los pies de un mar de aguas doradas, sin todavía más lenguaje que el de sus manos y sus sexos. Pero aquel tiempo había pasado cuando las máquinas vetachianas les devolvieron la memoria. Poco a poco olvidaron el estupor inocente del despertar y regresó el pudor, las normas inflexibles.

Muy cerca de nuevo, se miraron y se hurtaron al deseo que, como una amenaza, se acumulaba en el filo de sus ojos.

—¿Cómo están los motores?

—Descansando… creo. No he conseguido mucho de ellos. Rechazan la comida, es como si hibernasen

—¿Aún creen viajar?

—No lo sé. Quizá sí.

Sarapa volvió a escudriñar en su mente. Había puertas cerradas, detrás de ellas se escondían los conocimientos, los regalos que les habían permitido regresar. Algunas puertas parecieron abrirse, la comprensión le iluminó. No había nada de qué preocuparse, era normal que los bulbosos animales —por llamarlos de algún modo— durmiesen en el interior de sus contenedores translúcidos. Estaban cansados tras generar la burbuja de distorsión en la que habían viajado hasta el sistema solar. Los miró brillar levemente, filtrar la luz de la sala. Parecían soñar girando suavemente en el opalino líquido que era su sustento. Sarapa los envidiaba, añoraba el tiempo sin palabras, la plena libertad de los cuerpos sin mente, sin normas ni vergüenza.

Salieron juntos de la sala sin mirarse ni hablarse. Se separaron en el primer cruce dibujando sobrios arabescos en la ingravidez del conducto, demorándose apenas una fracción de segundo más de lo necesario en esquivarse. Las manos, aleteando como pequeños pájaros recién salidos del nido, rozaron lentamente la suave curva de un muslo, el contorno abombado de un pecho. Los cuerpos recordaban los huecos, la humedad, los besos como pequeños moluscos que reptaban por la piel buscando escondrijo. Pero no había ya tiempo, ni espacio, ni siquiera palabras.

La hora de la cena los reunió a todos en la estancia, parecida a la aurícula de un corazón gigante, que pasaba por salón de reuniones y comedor. La tripulación se sentaba en mesas y sillas moldeadas en el mismo metal, irregular y cálido, de paredes y  suelo. Ya no les sorprendía que la comida brotase de diminutos poros en el metal y se acumulase en las concavidades que cubrían la superficie de la mesa.

Agab, el sumetro de la nave, se levantó y los miró a todos desde detrás del brillo deslumbrante de sus ojos. Las conversaciones cesaron de inmediato. Movió la cabeza de un lado a otro, como valorando a los hombres a su cargo, acumulando tensión antes de romper a hablar. Era un hombre pequeño, delgado, su amplia frente aparecía siempre perlada de sudor y el pelo, ralo y rubio, se le pegaba al cráneo.

—Estamos más allá de la nube de Oort, hemos vuelto al sistema solar después de mucho tiempo. Es el momento que tanto habíamos esperado. Y volvemos, ciertamente, cargados de bienes: los más preciados, los más difíciles de conseguir; conocimientos que nos han permitido hacer el viaje de regreso desde Canes Vetachi en menos de un mes. Abriría una botella de Loor si tuviese alguna.

Ante la mención de la bebida psicotrópica, los tripulantes sonrieron un poco, avergonzados.

—Y ahora, en agradecimiento a la sociedad que nos envió, iniciaremos una ceremonia de santificación del comunal. Beberemos a su salud este agua purísima y reciclada que nos regala la nave.

La mayoría de tripulantes sonreían alborozados, la piel ligeramente coloreada por el rubor. Algunos huecos en las mesas se llenaron de agua clara, químicamente pura. Ahuecaron las manos, se llevaron el agua a los labios y bebieron recitando mentalmente la salmodia ritual. La ceremonia común había concluido.

La comida, grumos semisólidos y pastas de delicioso sabor, fueron surgiendo desde los desconocidos sistemas internos de la nave, acumulándose en los cuencos. Comieron en silencio. Tras la comida estaba autorizada la conversación grupal. Mela se unió a los astrofísicos, su sume hereditario. En ese momento Koli se atrevía a discutir una cuestión con el sumetro del grupo, un hombre grande y blando, capaz de adaptarse como una babosa, a cualquier forma de ortodoxia.

—Pero…. quizá midiendo la velocidad de giro del pulsar NGE343 podríamos comprobar cuanto tiempo hemos estado congelados…

—No, los pulsares fueron negados por el último cónclave astrofísico, lo sabes bien…

—Pero.

—He dicho mi última palabra.

Todos inclinaron la cabeza y el sumetro les bendijo con la mano.

—Por el santo sume, el dogma de la Noava y la Universal Pureza y Armonía, quedáis bendecidos. Ya queda poco para llegar a la Tierra. No os inquietéis. La incógnita será resuelta en poco tiempo. Si esta nave prestada tuviese receptores electromagnéticos ya hubiéramos podido comunicarnos con ellos. Confió en la Noava, la UPA nos espera con amor y reconocimiento.

El sumetro desapareció caminando con un vaivén blando, sin fuerza, como si quisiera adaptarse a la gravedad artificial de la nave y no lo consiguiese del todo. Todos los demás astrofísicos le siguieron con la vista hasta que desapareció en el pasillo. Después se miraron unos a otros brevemente y se dispersaron agachando la cabeza en señal de saludo. Mela no se movió. Había algo en la escena que acababa de vivir que le incomodaba profundamente. Desde que los Vetachianos habían hurgado en su mente, el mundo parecía no ser correcto, nada funcionaba de un modo comprensible y tranquilizador. Sarapa, la nave, todo era extraño, no encajaba con sus deseos y expectativas ¿Ese era su estado mental? ¿Había sido así antes de la resurrección? Dudas, preguntas, insatisfacción.

—Ya lo he hecho.

En ese momento reparó en Koli. Había permanecido, como él, quieto en el mismo sitio donde había tenido lugar la conversación.

—¿Cómo dices?

Koli, pequeño, delgado, con la sombra de una barba cerrada que le crecía en las mejillas hundidas, miraba al suelo mientras murmuraba. Disimuló su respuesta poniéndose la mano sobre la boca.

—Ayer medí a NGE343. Cuando nos marchamos tenía un periodo de rotación de 1,456 segundos y una degradación de 2 nanosegundos/día, lo recuerdo porque era el pulsar de mi culto personal.

Koli levantó la vista del suelo. Sus ojos grandes y acuosos, estaban inundados de miedo.

—¿Sabes cuál es ahora? Más de cinco segundos. Eso supone… medio millón de años. No hay esperanzas de que quede nada en la Tierra.

Sarapa olvidó la educación y miró abiertamente a Koli. Había sospechado algo así, pero no por eso dejaba de sentir un enorme vacío abrirse justo debajo del vientre. Todos habían vivido con el temor de haber pasado demasiado tiempo congelados, sometidos durante siglos a la lenta degradación de la lluvia de partículas, dando vueltas y más vueltas a aquella estrella amarilla sin que el sistema de reanimación automática funcionase. Medio millón de años… aquello superaba las más pesimistas expectativas.

Koli comenzó a alejarse hablando para sí mismo.

—Medio millón, medio millón…

Mela elevó la vista hasta la tarima directiva. Allí el sumetro parecía disfrutar de la comida. Solo entonces se le ocurrió pensar que estaba fingiendo, simulando la confianza que no tenía, ocultándoles a todos su miedo. Si la Tierra había sucumbido ¿qué sería de ellos? Miedo, lo sentía circular por las venas. Miedo, un vacío sin futuro, sin hogar, sin nada, solo una nave extraña en mitad del vacío. Miedo, un fluido espeso que habían respirado todos los astronautas desde que la conciencia había regresado a ellos. Miedo del futuro. Miedo al pasado. Miedo a que las nanomáquinas extraterrestres hubiesen reparado correctamente sus deteriorados cerebros. Miedo de despertar tras medio millón de años de sueño y encontrar que la Tierra ha muerto.

De inmediato pensó en Sarapa. Sintió que le faltaba el aire. Deseó tenerla cerca; permanecer sumergido en la niebla amarilla de aquel mundo lejano; tenderse, libre de pensamientos, en la arena y abrazarla infinitamente. De inmediato se sintió enfermo, sucio, obsceno. ¿Qué le ocurría? Se lo preguntó luchando contra un magma de deseo que ardía a apenas unos centímetros de su conciencia.

No era mecánica, tenía la calidez y las inflexiones de una voz humana, sin embargo Agab sabía que no había surgido de una garganta, sino de un sistema automático que llevaba funcionando miles de siglos.

….DOS AQUELLOS HUMANOS QUE REGRESEN A LA TIERRA DESDE LEJANAS MISIONES. ES EL FIN. NO QUEDA VIDA EN ELLA. BUSQUEN OTRO HOGAR. A TODOS AQUE…

Con cada sílaba pronunciada sentía el dolor de la pérdida quemarle por dentro, devorar sus ilusiones, las mismas que habían sobrevivido al viaje y a miles de años orbitando una estrella lejana. Agab recordó. Tras la resurrección en aquel planeta de cielos y aguas amarillas, el primer pensamiento consciente había estallado como una intensa llama azul y blanca: una imagen de la Tierra había ardido en su memoria, los inmensos bosques agitados por el viento, el mar indómito, los glaciares, los desiertos; la Tierra, su planeta, la cuna de la civilización que los había empaquetado  y enviado a conquistar el cosmos. Todo eso había acabado, había muerto.

Volvió a activar la recepción. Antenas inverosímiles, que solo él podía manejar, se alinearon con el haz electromagnético que cruzaba el vacío del espacio.

La voz volvió a golpearle con la verdad. Apagó el sonido, no podía soportarlo mucho tiempo. En la pantalla los datos anexos —imágenes, filas de datos— mostraban un planeta muerto, la superficie calcinada, roca desnuda, sin atmósfera: un planeta de días abrasadores y noches congeladas. Tres mil  millones de años de vida no habían logrado dejar ninguna huella notable. Ellos, la tripulación de las Estella Noctis, eran la herencia de todas esas eras de verdor, de zarpa, colmillo, praderas y bosques. Se sintió vacío. La humanidad, sus sueños, sus logros, no había sido nada, una excepción, una anécdota en un tiempo inconmensurable. Trescientos seres patéticos, los últimos dueños de un planeta muerto, era todo lo que quedaba de su esplendor.

Agab se sintió herido por una rabia de dimensiones cósmicas, una rabia que cristalizaba en decisión, en hornos incandescentes que añadir a su mirada. Nadie más que él había escuchado la grabación, nadie iba a saber la verdad hasta que las naves hubiesen ardido en la playas de México. Todavía había esperanza, trescientas personas para colonizar un mundo, quizá Marte, quizá alguna luna de Júpiter. El ser humano de nuevo vivo, el ADN en lucha contra el tiempo y la entropía.

Mela caminaba por los pasillos de la nave sintiendo su conciencia dividida, llena de pensamientos y recuerdos inexplicables. Cosas extrañas buceaban desde el fondo de su mente hasta la claridad de la consciencia. Allí explotaban en ideas y sensaciones que no comprende: tubos de colores fantásticos creciendo sobre melosos campos de materia dúctil; olores que le golpean y arden como cometas en la noche; gritos ululantes, chirridos, campaneos infrasónicos de una belleza sobrehumana. Comprendió que sufría otro ataque cuando su equilibrio alterado le hizo golpearse contra la pared del pasillo. Se apoyó en el suave y cálido metal incapaz de expresarse, de pedir ayuda en palabras humanas. Supo, en relámpagos de iluminación brusca,  por qué los pasillos tenían esas formas sinuosas; por qué eran bellas las suaves armonías de colores que antes le parecían repugnantes; por qué los tonos, como de cristal, vibran en alta frecuencia y llenan la nave de su sonido chirriante. Las instrucciones, las advertencias y mensajes grabados en las paredes, antes incomprensibles, se convirtieron en esquemas diáfanos. Todo murió apenas hubo empezado a brillar, los pasillos volvieron a convertirse en repugnantes tubos que latían en suave color morado y se abrían laberinticamente en ineficaces ramales, desvíos y rutas alternas.

El ataque ha remitido. Mela se incorpora sudando, jadeando como si al aire  húmedo y cálido de la nave no fuese suficiente para aportar oxígeno a sus pulmones. Nadie habla de sus crisis, nadie las menciona, sin embargo sabe que todos las sufren. Es el precio, la consecuencia de los remiendos vetachianos en sus tejidos cerebrales. Mejor eso que continuar orbitando en el silencio, sumergidos en el olvido hasta el fin de los tiempos. De inmediato añora con intensidad enfermiza el sol y las aguas amarillas, el mar oleoso, denso de sustancias que podrían matarle en segundos, y que no lo hacen ya que su piel no es su piel, y su cuerpo solo un sustituto temporal, un traje para la mente.

Olvida, lucha por quitarse del pensamiento todo aquello no ortodoxo y continúa andando hacia la sala científica desde donde lo han reclamado.

 

Los que sueñan vuelven lentamente sus ojos oscuros como ónice. Han encontrado una nueva historia que crea, minúsculas palabras de poder que flotan en el tiempo del sueño y navegan los vientos de la gravedad. El tiempo del sueño es largo, un diamante infinito lleno de facetas que brillan con sorpresa aún para los hombres que siguen el sueño. La nueva historia es pequeña, intensa, apenas más que una breve poesía, sin embargo los llena de placer, el lento placer que otorga el girar de las esferas, el movimiento de las estrellas, el orbitar de la Galaxia, el cumplir del tiempo de los sueños.

Se mueve hacia ellos. Permanecen quietos, observando, atentos a cumplir su papel escrito en el principio de todo. Dejan que la corriente les siga arrastrando en su recorrido entre las esferas que rodean al Sol y permiten que la pequeña historia nade a contracorriente y se acerque.

 

—Mela, mira esto.

En el charco aceitoso sobre la mesa se formó una imagen, había algo flotando en medio del vacío difícil de ver contra el fondo estrellado. Sin ser muy consciente de cómo, Mela enfocó y amplificó hasta que la imagen se hizo más nítida. Parecía un asteroide, una roca más o menos aplanada, de trescientos metros de diámetro mayor, que flotaba en el vacío. Sobre ella, de pie, había una estatua con forma humana. Podría haber sido una casualidad, un capricho, sino fuera porque no estaba sola. Toda la parte plana del asteroide estaba sembrado de estatuas con los brazos en cruz. A la distancia no se apreciaban detalles, solo su color gris, sin apenas brillo ni partes remarcable, y su tamaño, el de un hombre.

—Hay que decírselo al sumetro, ya mismo. Es algo muy raro.

—¿Qué serán?

—¿Esculturas?

—¿En un asteroide a la deriva?

Agab autorizó la maniobra. Sarapa consiguió despertar a los motores lo suficiente como para impulsar el cambio de rumbo y equiparar velocidades. No fue muy difícil, seguían caminos muy parecidos un poco más allá de la órbita de Saturno, directos al interior del sistema. Reducida la distancia a unos pocos kilómetros, observaron que las esculturas tenían enormes ojos que parecían joyas, diamantes negros del tamaño de puños que los miraban fijamente.

Vistieron trajes espaciales vetachianos que parecían adaptarse a su piel, fundirse con ella, penetrar en su boca y cubrir su cabeza con una capa de suave gelatina respirable. Ya sobre la roca, Mela y otros dos compañeros del sume científico, se acercaron con precaución a las esculturas. Había algo más de dos centenares, la mayoría mirando al cielo, los brazos en cruz o colgando inermes a los costados. Las manos no tenían dedos, las piernas parecían estar fundidas con la roca y las cabezas carecían de rasgos aparte de los enormes ojos.

—La piel… ¿os habéis fijado? No parece roca. Es dura pero flexible, como si hubiese algo debajo.

—Es cierto.

Caminaron, tomaron notas, intentaron obtener muestras, pero las herramientas que llevaban no eran capaces de hacer mella en aquella sustancia.

—Nos llevaremos una a la nave.

Mientras fundían la roca a los pies de una estatua para poder transportarla, Mela caminó sin rumbo sobre la superficie del asteroide. Avanzaba a saltos, compensando con microrrepulsores la tendencia a flotar y alejarse. La rápida rotación del asteroide ocultó el Sol, las sombras se tragaron las formas y sustancias del universo,  desaparecieron como si nunca hubiesen existido, todo era oscuridad. Se detuvo asombrado: el brillo de las estrellas se reflejaba en los grandes ojos de las estatuas. Miles de puntitos luminosos le rodeaban, cosmos diminutos y deformados que se repetían a derecha e izquierda hasta marearle. Bruscamente, todo lo que parecía quedar más allá de la piel artificial de su traje ya no estaba afuera, sino dentro. Él era el universo y  abarcaba infinitos eones de espacio y tiempo. Sus manos tocaban cúmulos globulares, sus brazos abarcaban el ancho de la Vía Láctea. Cada estrella era un glóbulo de su sangre, cada parcela de espaciotiempo, una célula de su carne. No había tiempo en la eternidad, el universo dormía por siempre, infinito, bello y perfecto. El regreso del Sol desagarró la sensación con zarpazos de luz cegadora. Mela recuperó su cuerpo, volvieron la urgencia, la curiosidad, el miedo, el sufrimiento.

De vuelta a la nave con su trofeo, los científicos usaron herramientas de investigación, que solo comprendían en parte, para descubrir qué era en realidad aquella escultura antropomorfa.

Mela atendió un rato los trajines de los biólogos intentando ser objetivos y no emitir hipótesis hasta valorar todos los hechos. Sin embargo, el estupor les obligó a debatir, a intentar explicar. Pronto el laboratorio era una jaula de grillos, se cruzaban teorías e ideas que nacían y morían en segundos. Para él no había apenas sorpresas. No conseguía olvidar la sensación de plenitud, las galaxias circulando por venas construidas de gravedad y tiempo, rodeadas de carne hecha de vacío y oscuridad.

Abandonó el laboratorio y fue a la sala de los motores, como solía hacer cuando no tenía una tarea asignada. La amplia bóveda se abría en una altura de doce metros. Flotando en medio del cuarto dos esferas translucidas brillaban mientras algo se agitaba suavemente en su interior. El cuarto estaba caliente, aún más que el resto de la nave, y las paredes parecían latir, cambiar de color, temblar suavemente en desconocidas operaciones que tenían que ver con los motores y su funcionamiento y que nadie, salvo Sarapa, entendía.

Se acercó. Sarapa le había visto entrar y lo esperaba junto a un diván lleno de protuberancias de colores pulsantes. El uniforme de hibernación, de suave plástico negro, se le pegaba perfectamente a la piel menos en las articulaciones, protegidas por abultamientos acolchados. De su piel, fina, blanca y trazada de venillas azules, solo se veían las manos y el cuello. La cara —ovalada, de rasgos delicados— sobresalía como pétalos de una flor al extremo de un tallo oscuro y delgado. Le miró acercarse sin apenas cambiar de expresión, sin apenas fruncir la fina piel azulada. Mela supo que igual que él, Sarapa no podía usar las palabras para  desatar el nudo que le oprimía el pecho. Ambos sabían que su único lenguaje era la cercanía —pieles ardientes una contra otra, humedad, placer— y no podían usarlo. Una vez más se negaron el uno al otro. Una vez más Mela usó palabras comunes y vacías para evitar la vergüenza y la humillación.

—Han analizado la escultura.

Por un momento Sarapa continuó mirando a Mela, luego consiguió atender a las palabras, decodificarlas y esconderse también detrás.

—¿Qué han descubierto?

—Todavía no lo entienden muy bien. No parece una escultura. ¿Quién esculpiría también el interior? Está hecha de sílices y carbono, y la estructura recuerda mucho a granos metálicos en una matriz y a la vez, a tejidos vivos fosilizados tras alguna extraña transformación.

—¿Quieres decir que es un cadáver?

—Algo así,

—¿Y los órganos?

—Han sido difíciles de encontrar. Algunos están atrofiados, otros se han hipertrofiado, casi todos han sufrido transformaciones. Por ejemplo: no tienen oído externo, apenas unos huesos vestigiales, sin embargo, su oído interno es grande como una pelota de tenis y parece un mecanismo intrincadísimo. No respiran, los pulmones parece que se han transformado y hacen otra función. Creen que la piel, que no parece formar parte del organismo sino haber sido añadida, es una especie de máquina. Transforma directamente radiación en sustancias químicas asimilables. Según las mediciones su actividad metabólica es lentísima.

—¿Quieres decir…?

—Sí, están vivos —Sarapa se recostó en el diván, su cuerpo se acomodó entre las protuberancias. Algunas cedieron, otras no. La atmósfera dentro de la caverna cambió sutilmente, algo comenzó a vibrar tras las paredes.

—¿De dónde pueden venir?

—Por lo que parece siempre han estado ahí. Esas adaptaciones no se consiguen en poco tiempo. Hijos del vacío, quizá artificiales, quizá no.

—Pero… son bípedos, con brazos… No lo entiendo.

—Nadie lo entiende.

 

Sabemos que el tiempo del sueño fue escrito con fuego —entero y perfecto— en el corazón de la nada. Todo lo que ha sido y será está en el tiempo del sueño y la única esperanza es soñar y recorrer los caminos que están escritos y de los que nada puede escapar.

En el tiempo del sueño la pequeña historia, siguió brillando ignorante de los grandes vientos del Sol y las rutas del sueño que se enredan en los caminos de la gravedad.

No obstante las pequeñas palabras eran parte de la gran historia. Soñaron, primero una, luego diez, después cien, tal y como la flor de fuego había planeado cuando creó el tiempo del sueño.

 

Cuando Sarapa murió ya habían enterrado en el vacío a la mitad de la tripulación. Más de cincuenta veces se había abierto la compuerta para expulsar a uno o varios cuerpos de piel manchada por el extraño mal. Potentes microrrepulsores los habían empujado mas allá de la trayectoria de la nave. Todas las veces anteriores Mela se había sentido de visita dentro de su propio cuerpo, contemplando emociones que no le parecían propias: miedo, pena, desesperación. Sarapa tenía los ojos cerrados, la piel de la cara y las manos muy blanca, un lienzo en el que se dibujaba una tracería de delgadísimas venas azules. Acoplaron al cuerpo el cinturón de microrrepulsores y le colocaron en la exclusa junto a otros cuatro. Mela ya no estaba de visita. Cada pequeño detalle, cada roce de tela, cada murmullo de la maquinaria, cada gesto de los asistentes, eran facetas de una afilada realidad a la que se aferraba y que le cortaba limpiamente, líneas rojas y perfectas que le cruzaban trazando un diagrama de sufrimiento. Sarapa se iba y se llevaba con ella infinitos de tiempo, atmósferas de amarillo indolente, aguas oleosas que ascendían por su piel cuando no había palabras, ni hechos, ni futuro, ni pasado, ni yo, ni tú, solo el viento que corría, que les arrojaba a un goce sin palabras ni final.

Cuando hasta el tenue brillo de los repulsores hubo desparecido en la oscuridad del espacio, Mela aún continuó mirando. Ya no había curiosidad ni esperanza en la tripulación ni en él mismo. Las progresivas muertes se habían llevado toda la ilusión de arribar a la Tierra, de continuar investigando a los seres que vivían pegados a los asteroides, de intentar buscar un remedio a la enfermedad. En aquel mismo día, mientras Mela continuaba mecánicamente con sus tareas, descubrieron dos asteroides más cubiertos de estatuas. Parecía que todo el sistema solar estaba infestado de ellos. A nadie le importó. Atrás quedaba el tiempo de la frenética investigación. No habían dado con el mal. Las células degeneraban, el flujo sanguíneo se detenía, alguien caía dormido y ya no se despertaba. Nada se había podido hacer, todo parecía normal en los enfermos, salvo que la lenta invasión de piel petrificada iba cubriendo el cuerpo, transformando la carne en algo duro y muerto.

De Agab solo quedaba un duro esqueleto de ideas, la determinación que, como una maldición, le mantenía vivo y en movimiento más allá de toda esperanza, más allá de toda ilusión. La Tierra había muerto de nuevo, no había manera de evitar el mal, no había manera ya de repoblar un mundo. Habían perdido, esta vez para siempre, los atardeceres, las risas, las playas, los bosques, las montañas cubiertas de nieve. Habían superado medio millón de años, la resurrección en un mundo lejano, para morir atacados por una extraña enfermedad a las puertas de casa. Por un momento su mirada ardió de odio, un odio que brillaba con la potencia de mil soles intentando igualar la indiferencia y crueldad de un universo anónimo. Si no hubiesen subido a bordo aquella estatua, si no la hubieran diseccionado, quizá el mal no les habría tocado. Durante un instante pensó en destruirlas, cazarlas una a una por todo el sistema. Bruscamente, como si hubiese estado contenido en un globo de frágil corteza que al fin había sufrido una grieta, toda la energía le abandonó. Ya no había nada, ni intención, ni fuerza. Estaba, al fin, derrotado.

Mela se sentía hueco y esponjoso. Al marcharse Sarapa parecía que, con ella, había huido también la mayor parte de los recuerdos, las imágenes, las caricias, la sensación de plenitud pasada. Ahora solo había agujeros en los que vivían brillantes reflejos de galaxias y estrellas, joyas diminutas que giraban y evolucionaban en esos cosmos interiores.

Los conocimientos de cómo mantener vivos y en funcionamiento los motores, habían crecido como hongos en el fondo de su mente. Supo que los vetachianos se habían asegurado que el regalo para su raza —la nave, cómo construirla, cómo volar entre estrellas— no se perdiese. Bonita paradoja ahora que ellos, los últimos seres humanos, iban a morir antes de llegar a la Tierra. Por lo menos habían vuelto, pensó. Era más agradable ser enterrados en la órbita del Sol que les vio nacer tanto tiempo atrás.

Cuando ya se sentían insensibles, muertos, dispuestos a desaparecer lentamente, extinguirse uno a uno e ir engrosando el número de cuerpos en órbita alrededor del Sol, se produjo un suceso que les conmovió profundamente. Una de aquellas estatuas sobre la roca vestía el uniforme de la nave. No era la única. Vieron llegar a los otros. Los reconocieron, los nombraban con labios pálidos mientras flotaban en el vacío acercándose aparentemente sin control. Apenas llegaban a la roca comenzaban a rodearla siguiendo órbitas sinuosas, hasta que se paraban sobre la superficie y parecían fijarse a ella. Cuando el número aumentó hasta una docena, se decidieron a ir hasta allá.

No estaban muertos, la enfermedad solo los había cambiado. Aún conservaban rastros de boca, de pulmones, de dedos, pero estaban desapareciendo comidos por la piel gris. Los ojos tenían todavía algo de movilidad, pero el cráneo ya se ensanchaba para darles cabida y la pupila y el cristalino se reacomodaban, cambiaban de forma, se reforzaban y endurecían.

—No es una enfermedad.

—¿Qué quieres decir? —El sumetro, alto, la piel pálida y el pelo rubio y desordenado, pegado a la cabeza por el sudor, parecía el más afectado de todos.

—No lo entiendo muy bien, pero una enfermedad te hace degenerar, te produce malfunciones. Esto es otra cosa, más bien una transformación —Koli miró a su alrededor con un rápido aleteo de pestañas nerviosas, volvió a mirar al suelo, y de nuevo a la pantalla que cubría toda una pared con esquemas e imágenes anatómicos— No sé, quizá RNA recombinante, nanomáquinas, algo que entró en la nave cuando trajimos el primero. Eran técnicas incipientes cuando abandonamos el sistema solar, no podemos ni soñar cuál ha sido su desarrollo.

Sentados en los almohadillados del suelo, en la sala común, ridículamente reducidos en número —apenas cuarenta— continuaron mirando a los gráficos, como si a fuerza de grabarse aquellas imágenes en la retina pudiesen entender qué sucedía.

—¿Quizá pudiéramos comunicarnos con ellos?

—Apenas nos perciben. Su metabolismo esta tan reducido que consiguen sobrevivir en el vacío con el aporte de energía del Sol. Seguramente perciban el tiempo en una escala geológica.

La reunión terminó abruptamente, el sumetro Agab se levantó enfurecido y se perdió por los pasillos, sus pasos apagados por la consistencia carnosa de la nave. Mela y los otros apenas hablaron. No estaba el sumetro, se imponían las costumbres de una vida. Todo parecía dicho, todas las decisiones tomadas.

Los resucitados siguieron apareciendo. Todos aquellos cuerpos que habían sido arrojados lejos comenzaron a regresar siguiendo sinuosos caminos de gravedad, los atractores intrincados que solo gracias a su hiperdesarrollado sentido del equilibrio podían detectar.

Saber que a todos les esperaba igual destino hacía la situación menos mala. Comprendieron, poco a poco, que la humanidad no se había extinguido, solo había cambiado más allá de lo reconocible. Ya no les quedaba duda de que aquellos seres eran humanos.

Mela esperó, lleno de sentimientos contradictorios. Uno a uno, casi todos los miembros de la tripulación fueron sucumbiendo mientras él escudriñaba el espacio buscando siluetas que regresaban. El mal no le tocó, y ello le angustiaba y le aliviaba a la vez. Sin embargo se sentía invadido por otro tipo de transformación: el vacío no se había marchado, aún estaba ahí un pozo de agua oscura que parecía succionarle. En el fondo bullían las miradas punteadas de estrellas. Casi podía oír sus susurros, lentos, geológicos, palabras que duraban semanas, frases que se extendían por años, historias que se crecían durante lentas rotaciones de los planetas alrededor del Sol. Descubrió que, desde el mismo momento en que había estado junto a ellos en la oscuridad, había anhelado el silencio y la calma, bañarse eternamente en el vacío y la oscuridad.

No fue una sorpresa. Sarapa regresó girando, equilibrándose con sutiles movimientos apenas perceptibles. Cayó suavemente hasta la superficie de la roca. Tardó cuatro días en ponerse en pie. Desde ese momento cesó de moverse. Mela la observaba desde los diez kilómetros que separaban el asteroide de la nave. Sus suaves rasgos se habían vuelto grises, los ojos negros y enormes. El esbelto cuerpo que tanto amaba se petrificaba bajo el traje que se iba deshaciendo en jirones de tela negra. Mela sintió el vacío aumentar. Olvidó la misión, su cargo, las normas; olvidó que debía obediencia al sumetro y al Comunal; olvidó que Sarapa era su hermana y lo que esto implicaba —la vergüenza, la culpabilidad— y solo quedaron los recuerdos del tiempo en que la felicidad era un fluido amarillo que circulaba por sus venas. Volvió la intensidad dolorosa de amaneceres bajo lunas y soles amarillos; la languidez interminable de un placer que no se marchaba, exento de soledad, de complejidades. Quedó, desnuda de nuevo, la pasión devastadora que había sobrevivido a la resurrección de normas y tabúes, que había aguantado al borde del abismo. Entonces fue consciente del frío pétreo que le inundaba las piernas, el pecho. Estaba cambiando.

Agab contempló como el último de sus tripulantes caía dentro del sueño gris. Su desesperación había muerto en el mismo momento en que había visto pequeñas manchas grises nacer por toda su piel. Amortajó y envió al espacio a los hombres que encontró tirados por los pasillos, contando mentalmente hasta que comprobó que él era el último ser humano a bordo. En ese momento su mente bullía de conocimientos. Todo lo que los vetachianos les habían enseñado estaba a su alcance. Usando una extraña máquina construyó grilletes inviolables bajo la gran pantalla que mostraba el exterior. Se ató con ellos y después activó los motores e inició un curso de colisión con el Sol. Ya no sentía rabia, había muerto la furia, sin embargo la determinación aún ardía en sus venas. Él era el sumetro de la última misión de la humanidad y moriría siéndolo, junto con su nave y todas las esperanzas que yacían desvencijadas a sus pies.

No sentía apenas emoción. Iba a morir pero no era la primera vez, ya antes había caminado por el país de las sombras y el olvido.

 

Despertó suavemente. La nave vetachiana ya no estaba, gran parte de él tampoco. Ahora no podía cerrar los párpados, solo contemplar cómo las palabras brillaban en el gran tiempo. El gozo lo era todo: navegar las corrientes de la gravedad, ser de nuevo miembro de la humanidad, llenar un hueco en la gran historia. Miraba al cielo, a las estrellas, y mil pinchazos luminosos estallaban dentro de sus globos oculares. Cada uno era un pequeño éxtasis de perfección, una clara joya que ardía sobre el tapiz del vacío, ajustándose al correr del tiempo y la gravedad. Con esfuerzo infinito dejó de contemplarlas y se volvió. Los planetas giraron diez veces antes de que pudiese dar el primer paso. Avanzaba hacia Sarapa. El asteroide llegó hasta las cercanías del Sol e inició una nueva órbita, se movió hasta el frío exterior, lejos de casi todo, y volvió de nuevo al caluroso interior del sistema. En ese tiempo Mela solo consiguió avanzar cuatro metros. Olvidaba recuerdos, intenciones, el dolor, todo se desmigajaba y se disolvía lavado por la eterna lluvia de partículas. Tras mucho tiempo quedó desnudo el esqueleto de la pasión, finas estructuras que ardían en el tiempo del sueño, hasta no ser más que cenizas arrastradas por el viento solar. Aún quedaban varios pasos cuando Mela se preguntó qué hacía, por qué alteraba las palabras del sueño, por qué se movía hacia aquella figura de brazos abiertos vestida con jirones de plástico negro. Se detuvo y volvió los ojos para mirar hacia las estrellas.

© Copyright de Eduardo Vaquerizo para NGC 3660, Marzo 2017

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