El armario de la casa de mi abuela


Por José Carlos Canalda

Dicen que una de las señales más evidentes de que estás empezando a hacerte viejo es cuando comienzas a recordar con nostalgia los tiempos ya lejanos de tu niñez, y algo de verdad debe de haber en ello dado que, a mis cincuenta y tantos —por fortuna todavía pocos— años ese síntoma ha empezado a manifestarse con una intensidad creciente. Qué se le va a hacer… como dicen también, de forma tan mordaz como cierta, tan sólo hay una cosa peor que cumplir años, y es precisamente dejar de cumplirlos.

El caso es que todavía hoy recuerdo con total nitidez la antigua casa de mi abuela, tan vinculada a mis andanzas infantiles. Ocupaba parte de la planta baja de un viejo caserón situado en pleno casco antiguo de una pequeña y somnolienta ciudad castellana, y en ella había fallecido mi abuelo mucho antes de que yo naciera, se habían criado mi madre y mis tíos e incluso había dado tiempo para que yo mismo llegara a nacer en ella. Esta casa ya no existe, puesto que el edificio fue demolido hace años siendo reemplazado por uno nuevo mucho más impersonal y, por supuesto, para mí completamente ajeno.

La casa de mi abuela era en su mayor parte interior, ya que la única parte de ella que daba a la calle estaba ocupada por la tienda y la trastienda de mi tío. Aunque las ventanas de la cocina y el pasillo se abrían al patio de la finca, las principales habitaciones, siguiendo la costumbre antigua y, al parecer, por temor a las perniciosas corrientes de aire, no recibían más luz natural que la que les entraba por sus respectivas puertas. Según los criterios actuales sería decididamente incómoda, pero allí se habían criado varias generaciones de mi familia y con su desaparición se irían para siempre buena parte de mis referencias infantiles, supervivientes tan solo en mis propios recuerdos.

Aunque yo vivía con mis padres en un edificio de nueva construcción, las visitas a la casa de mi abuela eran muy frecuentes, por lo general en compañía de ellos, aunque en ocasiones, mucho más esporádicamente de lo que yo hubiera deseado, se me autorizaba quedarme a comer allí o, todavía con menor frecuencia, incluso a dormir. La distancia entre ambas viviendas, la mía y la de mi abuela, no iba más allá de unos diez minutos andando, pero a mí me parecía viajar a otro mundo.

Sin embargo, hubo una ocasión en la que experimenté en casa de mi abuela una sensación extraña. Fue en pleno verano, allá por mediados de los años sesenta, cuando yo tenía alrededor de seis o siete años. Estaba de vacaciones, y como todavía no se había generalizado ir a la playa y toda mi familia era de la ciudad, por lo que tampoco quedaba el recurso de trasladarnos al pueblo, pasábamos los largos y calurosos meses del estío en casa. Aunque yo solía jugar con los vecinos de mi edad en el solar existente frente a mi casa era inevitable que acabara aburriéndome, por lo cual una visita a casa de mi abuela solía ser el mejor revulsivo contra la rutina. Y si además me dejaban quedarme allí, miel sobre hojuelas.

Bien, el caso es que ese día me permitieron quedarme a comer, quedando bien claro que por la tarde irían a recogerme y que bajo ningún concepto me dejarían quedarme a dormir, tal como yo hubiera deseado. Menos daba una piedra, así que acepté.

Mi abuela me dio de comer y luego me dijo que debería echarme la siesta. Eso ya me agradaba menos, pero era algo que entraba dentro de las condiciones establecidas por mi madre y, por supuesto, no quería arriesgarme a que un conato de desobediencia arruinara la posibilidad de obtener permisos futuros. Además a esas horas el sol caía a plomo en la calle, mientras la única cadena de televisión existente entonces interrumpía la emisión tras la sobremesa no volviendo a reanudarla hasta bien entrada la tarde, con lo cual las posibilidades de diversión alternativas no se podía decir que fueran tampoco demasiado interesantes.

Así pues, me acosté en la cama que solían reservarme cuando dormía allí, en la habitación que había ocupado mi tío hasta que se casó y se marchó a vivir a su nuevo domicilio. En realidad, esta era poco más que un ensanchado pasillo que enlazaba la parte de la casa donde se hacía la vida, como se decía entonces, con el lóbrego comedor que apenas se usaba y, cruzándolo a su vez, con la tienda y la trastienda de mi tío. La habitación, estrecha y de pequeñas dimensiones, apenas daba para poco más que para colocar la cama a un lado del paso y un pequeño y derrengado armario al otro.

Me dormí, pero recuerdo que mi sueño fue agitado. Desperté tras un período de tiempo indeterminado, arrullado por el silencio que se respiraba en la casa. Mi abuela probablemente dormía en la habitación principal, y no era mi intención despertarla. Pero yo no conseguía volver a conciliar el sueño, y estar en la cama me incomodaba con esa impaciencia infantil que impide a los niños estarse quietos un solo momento. No hacía más que revolverme en la cama cuando, al fijar mi vista en el armario, descubrí, en el seno de la semipenumbra que envolvía la habitación, algo que no encajaba: el armario, más estrecho que el hueco de la pared en la que se apoyaba, siempre había ocupado el rincón derecho de la misma, junto a la puerta que conducía al comedor. Pues bien, ahora se encontraba justo al lado opuesto, a la izquierda, en la parte que daba al interior de la casa.

Aunque este hecho me llamó la atención, no puedo decir que me intrigara especialmente. De hecho, mi mayor interés en ese momento se centraba en abandonar la cama, que de repente semejaba haberse convertido en un dogal, y vagabundear en busca de alguna distracción. Y así lo hice, tras vestirme y calzarme, ya que la casa era fría como todas las antiguas y mi madre siempre insistía mucho en que no anduviera descalzo para no acatarrarme.

Puesto que mi abuela dormía, o al menos eso suponía, en la parte de dentro de la casa, encaminé mis pasos hacia el otro lado, ya que no quería despertarla ni, mucho menos, que me regañara por haberme levantado antes de tiempo. Así pues, desdeñando el aburrido comedor, me interné en la tienda de mi tío, que a esa hora estaba todavía cerrada.

Mi intención no era otra que la de juguetear un poco sin tocar nada que me pudiera suponer una reprimenda, pero lo primero que hice fue echar un vistazo por los cristales de la puerta, que estaban abiertos a la calle ya que mi tío solo acostumbraba a echar los cierres por la noche.

La calle, o mejor dicho las calles, puesto que la tienda se encontraba frente a un cruce de dos de ellas, se mostraba, como cabía esperar, desierta. Aburrido recorrí con la mirada los familiares edificios cercanos; y fue entonces cuando sentí de nuevo la inquietante sensación de que algo había cambiado. Las casas eran todas las mismas, de eso no cabía la menor duda, pero presentaban un aspecto que, incluso bajo el prisma de mi limitada capacidad de discriminación, las mostraba diferentes. En esencia aparentaban ser más viejas o, por decirlo con mayor exactitud, presentaban un aspecto de abandono que las hacía parecer mucho más deterioradas de lo que yo las recordaba, sensación que se repetía con el propio pavimento.

En ese momento un peatón cruzó por la acera de enfrente, doblando la esquina para tomar la dirección que conducía a la cercana plaza. En principio nada de particular tenía esto, salvo que allá afuera debía de hacer un calor de justicia, pero me llamó la atención lo furtivo de su caminar; parecía como si huyera o, cuanto menos, como si recelara de algo, ya que mientras caminaba no dejaba de echar intranquilas miradas en torno suyo y hacia atrás.

Pero pronto me aburrí de mi escrutinio, por lo que decidí dedicarme a actividades más entretenidas. Cogí una de las hojas de periódico que usaba mi tío para envolver —los tiempos de las bolsas de plástico todavía no habían llegado— y, tras cortar lo que sobraba, me enfrasqué en la trascendental tarea de hacer con ella una pajarita tal como me había enseñado mi padre unos días antes.

Estaba terminando la pajarita, de rodillas sobre el suelo y apoyado en el asiento de una de las sillas que tenía mi tío para uso de los clientes, la cual utilizaba como improvisada mesa, cuando oí un ruido que provenía del interior de la casa. Sin duda debía de tratarse de mi abuela, que vendría a buscarme tras comprobar que no estaba en la cama.

Pero no parecía ser la abuela que yo conocía, una anciana —aunque entonces todavía no había cumplido los sesenta años— bondadosa e incapaz de la más mínima violencia ni tan siquiera verbal, sino otra persona que, pese a tener los mismos rasgos, mostraba en su encendida mirada una actitud muy distinta a la que yo conocía.

—¡Vaya, estabas aquí! —exclamó en un tono de voz que me hizo estremecer— ¿No te había dicho que no te levantaras de la cama? Además, estoy harta de decirte que no te asomes a la calle cuando estés solo, y menos a las horas en las que haya toque de queda.

De tan larga perorata yo no entendí prácticamente nada, salvo que me estaban echando un buen rapapolvo sin que alcanzara a entender las razones del mismo, puesto que no era consciente de haber hecho nada malo o que me estuviera prohibido.

Pero mi abuela, esa extraña abuela que parecía serlo pero que no lo era, no debía de pensar así, por lo que tras agarrarme del brazo me obligó a levantarme —de hecho me hizo daño— tirando de mí en dirección al interior de la casa. Arrastrado por ella troté completamente confuso, conservando en la otra mano la pajarita que acababa de terminar y de la cual me sentía tan orgulloso, doliéndome todavía más que el brazo, por el cual me seguía teniendo aferrado mi abuela, que esta no mostrara el menor interés por mi obra.

Volvimos a la habitación y mi abuela, tras liberarme de su presa, me ordenó, algo que jamás hubiera esperado de ella, que me desnudara y me volviera a acostar hasta que me permitiera levantarme. Obedecí, confuso y asustado, aunque todavía me dio tiempo a exclamar:

—¡Abuela! ¡El armario!

—¿Qué demonios le pasa al armario? —masculló al tiempo que me miraba con cara de pocos amigos. Aparentemente, se la veía asustada.

—Está cambiado de sitio… antes estaba allí —expliqué, al tiempo que señalaba al otro rincón.

—No digas tonterías… ese armario siempre ha estado en el mismo sitio. Como si yo no tuviera otra cosa que hacer que andarlo moviendo.

Pese a mi excitación, me volví a dormir. Cuando desperté de nuevo, para alivio mío, mi abuela volvía a ser la misma de siempre y, cosa curiosa, el armario volvía a estar en su sitio. Sin tener demasiado claro si todos esos recuerdos extraños no habrían sido sino un sueño, los olvidé con la prontitud con la que suelen hacerlo los niños pequeños. Eso sí, todavía conservaba la pajarita que de forma inconsciente me había llevado conmigo a la cama, la cual enseñé orgulloso a mis padres cuando estos fueron a recogerme.

Y eso fue todo durante más de cuarenta y cinco años en los que yo, como cabe suponer, acabé olvidando por completo esta extraña peripecia infantil. Pero hace tan solo unas semanas, rebuscando por las profundidades de los armarios de casa de mi madre, encontré una antigua maleta repleta de objetos que, según todos los indicios, habían sido arrinconados allí hacía mucho tiempo. Movido por la curiosidad empecé a husmear en su interior, encontrándome con toda una serie de baratijas que no tenían más valor que el puramente sentimental, puesto que todas ellas me traían a la mente recuerdos que yo creía ya olvidados.

Uno de los objetos que contenía la maleta era una de esas carpetas de cartón de color azul que se cerraban con una goma elástica encajada en las esquinas, la cual aparentemente contenía papeles en su interior. La abrí, descubriendo un conjunto dispar de papeles de todo tipo: recordatorios de comunión y de fallecimiento, una o dos amarillentas invitaciones de boda, algún recorte de periódico, fotografías antiguas de mis padres y de personas para mí desconocidas, cartas de cuarenta años atrás todavía metidas en sus sobres, el diploma de un curso por correspondencia que había seguido mi padre cuando yo era pequeño…

Y la pajarita. Era esa, no me cabía la menor duda; al parecer mis padres, y más probablemente mi padre, la habían guardado con ese cariño que suelen mostrar nuestros progenitores hacia las pequeñas manualidades que realizamos cuando somos niños, por más que estas resulten ser, vistas bajo el prisma de la objetividad, perfectamente prescindibles.

Fue entonces cuando me vino a la memoria, a modo de fogonazo, el vívido recuerdo de todo lo que sucedió aquella extraña tarde de verano en la ya desaparecida casa de mi abuela. Y siendo por vez primera consciente de que algo no acababa de encajar, procedí a desdoblar con cuidado la amarillenta hoja de periódico, a la que el tiempo había vuelto frágil y quebradiza.

Esta correspondía a un ejemplar del diario PUEBLO, que era el que se solía leer en casa, y tal y como yo sospechara estaba fechada en el verano de 1965. Las noticias recogidas en ella eran las habituales en un periódico de la época, pero hubo dos de ellas que me llamaron poderosamente la atención puesto que, según toda lógica, no deberían haber estado allí.

La primera hacía alusión a la buena cosecha que se esperaba para ese año, lo que permitiría Dios mediante aliviar el racionamiento de pan y quizá también de otros productos de primera necesidad como el aceite, las legumbres o el tabaco. Esto me desconcertó, ya que el racionamiento implantado tras la Guerra Civil se había acabado bastantes años antes de que yo naciera, mientras la España de 1965 estaba ya inmersa en un frenético desarrollismo que permitía olvidar las penurias de la posguerra.

Más inquietante era si cabe la segunda noticia, situada en la cara opuesta. En ella se afirmaba, con la grandilocuencia propia de la época, que las tropas occidentales habían obtenido una gran victoria sobre el Ejército Rojo logrando romper el cerco de la ciudad de Colonia, y que las unidades españolas adscritas al ejército aliado se habían cubierto de gloria combatiendo en primera fila en la batalla que había supuesto la derrota rusa.

¿Una guerra mundial en pleno 1965? Eso sí que no encajaba, y menos todavía que España estuviera inmersa en ella. Pero ahí estaba el periódico, de cuya autenticidad no me cabía la menor duda. Por desgracia faltaba la parte final de la noticia, que era la que yo había cortado para cuadrar el papel.

Sin decir nada a nadie, ya que no quería que me tomaran por loco, guardé la hoja y, en cuanto me fue posible, acudí a una hemeroteca, donde pude consultar el periódico correspondiente a ese día comparándolo con mi reliquia. Y mi sorpresa fue que, salvo esas dos noticias, el resto de ellas coincidían plenamente, estando sustituidas estas por sendos reportajes mucho más verosímiles, el uno sobre la inauguración de un pantano por parte de Franco, y el segundo acerca de unas maniobras de la OTAN en el Mediterráneo. Nada extraño, pues, en la versión de la hemeroteca.

Entonces, ¿qué pasaba con mi hoja de periódico? ¿Y con los extraños recuerdos de aquel mediodía de estío? Pese a que no he cesado de darle vueltas, sigo sin encontrar una explicación lógica a todo ello… a no ser, claro está, que abandonando las sendas de la razón me interne por los caminos de la especulación. Al fin y al cabo, soy aficionado a la ciencia ficción, por lo que estoy familiarizado con el tema de los universos paralelos.

¿No pudiera ser que, por alguna extraña razón, hubiera sido trasladado temporalmente a un universo ajeno al mío, un universo en el que la III Guerra Mundial llegó a estallar y España seguía sumida en las penurias, y probablemente también en la represión política, de la posguerra? Al fin y al cabo la hipótesis no es tan disparatada, tan solo tres años antes la crisis de los misiles cubanos había estado a punto de provocar el estallido de un conflicto bélico entre la URSS y los Estados Unidos, conflicto que sin duda habría arrastrado al resto de sus respectivos aliados… España incluida, tras los acuerdos que habían permitido el establecimiento de varias bases militares norteamericanas en nuestro territorio.

La crisis de los misiles se había resuelto de forma pacífica y la guerra no había llegado a estallar… en nuestro universo. ¿Habría ocurrido de forma diferente en ese otro que presuntamente habría visitado de forma involuntaria? Lo ignoro. Por un lado es la única explicación que puedo encontrar a todo ese cúmulo de piezas sin encajar: las noticias del periódico, el extraño aspecto de la calle, la actitud asustada de mi pobre abuela, el armario cambiado de sitio… pero por otro, mi mente racional se niega a admitirla, una cosa es disfrutar con una narración literaria y otra muy distinta creer que esto pueda ocurrir realmente.

En cualquier caso, y con independencia de que todo pudiera haber sido fruto exclusivo de mi imaginación —¿la hoja de periódico que todavía conservo también?—, me alegra saber que mi hipotética incursión por esa otra realidad alternativa, sin duda mucho menos acogedora que la mía propia, fuera tan solo fugaz, ya que me estremezco al pensar que hubiera podido quedar atrapado en ella para siempre.

Y como, siguiendo los razonamientos de los escritores de ciencia ficción, también cabría suponer que en esa realidad alternativa existiera un sosias mío, con el que me habría intercambiado durante ese breve lapso de tiempo antes de retornar cada uno a sus respectivos universos, no puedo evitar apenarme por la dura vida que sin duda le tocó afrontar.

Para su desgracia, le tocó el lado equivocado del armario.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Mayo 2018

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