Animula Vagula


Por José Carlos Canalda

Animula vagula, blandula
hospes comesque corporis,
quae nunc abibis in loca
pallidula, rigida, nudula,
nec, ut soles, dabis iocos.

 

Pequeña alma, tierna y errante
huésped y compañera de mi cuerpo,
en qué lugar morarás ahora
pálida, rígida y desnuda,
incapaz ya de jugar como solías.

Publio Elio Adriano (76-138)

 

Se encontraba profundamente dormido cuando el estridente zumbido del despertador vino a interrumpir de forma brusca su sueño.

Bostezando, a la par que maldecía al antipático instrumento se revolvió en la cama para apagarlo lo antes posible, al tiempo que aprovechaba para encender la lámpara de la mesilla.

Tras parpadear para habituar sus ojos a la luz, miró en torno suyo. Se encontraba en un dormitorio amueblado de forma convencional sin nada de particular, constató con alivio.

Incorporándose en la cama, fijó su atención en el cuerpo que yacía a su lado… su «esposa», según todos los indicios. Era ésta una mujer de mediana edad y aspecto anodino, lo cual le tranquilizó todavía más; según su particular y subjetiva teoría de las compensaciones, un inicio de día poco apetecible solía preludiar una buena jornada… aunque no siempre. No obstante, dadas las circunstancias con eso se conformaba.

 

El espejo del cuarto de baño le permitió apreciar su aspecto de esa mañana: no era del todo malo, un hombre de mediana edad de rostro despierto y acentuada calvicie. No llevaba barba, constató con desagrado, lo cual le obligó a afeitarse con una incómoda maquinilla eléctrica a la que no estaba acostumbrado.

Su «esposa» continuaba durmiendo cuando volvió al dormitorio para vestirse; mejor así, se dijo, ya que esto le evitaba las enojosas explicaciones cotidianas que tanto le desagradaban. Como pudo comprobar no parecía haber más personas en la vivienda; mejor así, menos estorbos.

Desayunó lo que encontró en la cocina —no estaba mal del todo—, cogió las llaves del coche y bajó al garaje. Esto era algo a lo que no acababa de acostumbrarse; pese a que cada día despertaba en un lugar distinto, siempre desconocido, y dentro de un cuerpo ajeno, el cerebro de su ocasional anfitrión solía suministrarse sin problemas toda la información que necesitaba para su desenvolvimiento… aunque, evidentemente, no ocurría lo mismo con sus recuerdos ni con su personalidad, que le permanecían vedados.

El coche tampoco estaba mal del todo, lo que vino a corroborar su impresión de que el día sería bueno. La rutina, esa rutina ajena que dominaba sus pasos, le llevó a una oficina donde resultó ser uno de los máximos responsables; no era desagradable, y fue capaz de desenvolverse con relativa soltura pese a que su formación académica y laboral nada tenía que ver con el ámbito empresarial… ésta era una más de las paradojas de la nueva era.

 

Sentado en su ocasional despacho, y aprovechando la momentánea soledad que le proporcionó la pausa del café de media mañana, reflexionó amargamente sobre su vida… la misma que se repetía de forma inexorable día tras día desde hacía ya tanto tiempo que apenas sí recordaba cuando ésta se desgranaba con aburrida monotonía.

Claro está que el hecho de que la gran perturbación hubiera afectado a la totalidad de la población del planeta le ayudaba un tanto a conllevar tan insólita situación con un razonable grado de resignación.

Había ocurrido, de forma súbita y sin ningún tipo de aviso previo, varios meses atrás, cuando una mañana como otra cualquiera todo el mundo despertó de forma inesperada dentro de un cuerpo que no era el suyo… sin tener apenas tiempo para poder asimilar tan radical cambio en sus vidas, puesto que a la mañana siguiente volvieron a aparecer en otro distinto… y así día tras día, sin que hubiera el menor indicio de que tan alocados tránsitos pudieran llegar a tener fin.

En contra de las predicciones más agoreras, que se apresuraron a augurar el colapso inmediato de la civilización, éste no se produjo. Por supuesto hubo un período de desconcierto inicial, no podía ser de otra manera, pero con sorprendente rapidez la humanidad había logrado adaptarse mal que bien a su nuevo estado, demostrando poseer una flexibilidad insospechada hasta entonces, incluso para los más optimistas. Al fin y al cabo, siempre había alguien al frente de cada puesto, y tal como había comprobado personalmente, a los forzados «huéspedes» les era posible desempeñar con mayor o menor acierto sus cambiantes cometidos diarios gracias a algún tipo de «memoria residual» que persistía en los cuerpos, independientemente de quien fuera su ocupante circunstancial.

Él mismo había desempeñado todo tipo de labores no sólo dispares, sino asimismo ajenas a su experiencia previa, logrando salir siempre razonablemente airoso de ellas. Un día fue bombero, otro sacerdote, otro profesor, otro periodista de televisión —toda una experiencia—… así hasta perder el recuerdo de sus sucesivos y dispares avatares.

No obstante a lo errático y azaroso de tales «reencarnaciones» cotidianas, se había logrado apreciar ciertas pautas generales en las mismas que parecían excluir que se tratara de un fenómeno casual. Así, las transmigraciones diarias parecían estar limitadas por unos parámetros básicos que jamás rebasaban, tales como eran las culturas, el sexo y, dentro de cierto margen, la edad, de forma que un varón europeo de mediana edad, póngase por caso, jamás se «reencarnaría» en una anciana china o en un niño somalí, lo cual interpretaban algunos como una manera práctica de evitar las graves disfuncionalidades que acarrearían unos saltos tan bruscos. Sí podía ocurrir, por el contrario, verse de repente en otro país hablando con toda soltura un idioma del que no se conocían ni los rudimentos… para olvidarlo tan sólo un día más tarde.

Otro factor que no tardó en descubrirse, fue que la muerte no se había visto afectada en absoluto por el fenómeno de las transmigraciones masivas; la gente seguía falleciendo exactamente igual que antes, y quien tenía la mala suerte de aparecer en un cuerpo que moriría aquel día, simplemente desaparecía para siempre de forma irreversible… lo que convirtió a los suicidios en un problema insólito e insospechado.

En el otro extremo, y aunque por razones obvias era algo que no se podía comprobar con certeza, había fundadas razones para sospechar que los saltos de cuerpo a cuerpo tenían lugar ya desde el mismo momento del nacimiento, si no incluso desde antes cuando los neonatos permanecían todavía dentro del seno materno.

Como cabe suponer, los primeros días de los nuevos tiempos estuvieron dominados por el caos, pese a lo cual la gente comenzó a habituarse —y a resignarse— poco a poco a su nueva situación. Y aunque en un principio se cometieron excesos de todo tipo, ya que hubo quienes consideraron que ese borrón y cuenta nueva diario era una excelente manera de eludir responsabilidades por su comportamiento, independientemente de lo censurable que resultara éste, pronto las aguas volvieron a su cauce demostrando, de forma fehaciente, que quien quisiera que estuviese detrás del fenómeno, si es que existía, no estaba interesado ni en el caos ni en la anarquía, sino en el sorprendente y complejo equilibrio dinámico —siempre creándose, siempre rompiéndose— que se había implantado como forzoso modus vivendi de la desorientada humanidad.

Claro está que, en tamañas circunstancias, todo intento de establecer cualquier tipo de relaciones sociales estaba indefectiblemente condenado al fracaso. ¿Cómo mantenerlas si cada mañana, con total y absoluta puntualidad, se cambiaba de forma irreversible de pareja, de familia, de amigos…?

El regreso de sus temporales compañeros de trabajo interrumpió sus cavilaciones. Obligado por la rutina laboral conectó el «piloto automático» —una habilidad que era capaz de ejercer la práctica totalidad de la errabunda población humana— y dejó que su cuerpo circunstancial se encargara de casi todo.

El final de la jornada de trabajo le planteó el mismo problema de siempre: los hábitos del cuerpo que ocupaba podían o no coincidir con sus propios deseos. En general existía una regla tácita que recomendaba dejar el cuerpo utilizado en las mismas condiciones y en el mismo lugar en que se había encontrado, de forma que el siguiente «usuario» pudiera ocuparlo en las mejores condiciones posibles. Claro está que no todos la cumplían, de hecho todavía recordaba cuando despertó en el banco de un parque público con una resaca monumental; pero por fortuna eso no era lo habitual, y él en concreto respetaba la norma lo mejor que podía.

El problema consistía en que su cuerpo deseaba volver enseguida a casa —al parecer su «propietario» original había sido una persona hogareña—, algo que a él no le apetecía teniendo toda la tarde por delante, ya que nada le disgustaba más que tener que trabar una conversación forzada con alguien desconocido y no necesariamente afín —su «esposa» de aquel día— a quien perdería de vista, probablemente para siempre, en el breve plazo de unas pocas horas.

Así pues decidió ir al cine, un hábito que había perdido desde mucho antes de que ocurriera la Gran Transmigración. La película era obviamente de antes de que las mentes comenzaran a saltar de un cerebro a otro; ya no se rodaba ninguna, salvo algún que otro extraño e impredecible ensayo vanguardista, ya que hacerlo se había convertido en la práctica en algo imposible a causa de los continuos cambios de la totalidad de los integrantes del rodaje. Y, aunque en otras circunstancias —las de antes— la película le hubiera entretenido, ahora le pareció artificial y totalmente ajena a la realidad actual; ¿cómo podía ser de otra manera?

De vuelta a «casa» tras haber cenado pronto en un restaurante —la bien provista cartera de su anfitrión le permitió reprimir los escrúpulos al saquearla—, volvió a sumirse en sus reflexiones asombrándose de lo difícil que se había vuelto la vida para los artistas, los escritores y, en general, para los creadores de cualquier tipo, condenados todos ellos a realizar sus obras en el efímero plazo de un día… por no hablar ya de los científicos o los investigadores. Aquí la «memoria residual» no funcionaba, dado que la creatividad dependía del espíritu y éste se veía forzado a cambiar de receptáculo cada veinticuatro horas.

Por fortuna para él no era ese su problema, aunque como persona aficionada al arte y la cultura no podía dejar de lamentarse por semejante colapso… aunque, bien mirado, éste era el menor de sus problemas actuales, y eso que no era de los que más había perdido ya que, soltero y sin familia, lo que echaba realmente en falta era su buen trabajo anterior a la Gran Transmigración, que le había permitido llevar una vida razonablemente cómoda y agradable. Ahora, sin embargo… bueno, dependía de los días, por fortuna no siempre eran malos.

Su «mujer», quienquiera que fuese, no estaba en casa cuando él llegó; mejor para ambos. Puesto que había cenado en el restaurante se limitó a tomar un vaso de leche que, por un prurito de buena educación, fregó una vez terminado. Sin otra cosa que hacer —en la casa no había libros interesantes, ni un solo disco de música clásica—, optó por ponerse frente a la televisión.

Paradójicamente la programación no se había visto demasiado afectada con el cambio, lo que decía bien poco de la creatividad de los programadores justo antes de que tuviera lugar éste. La oferta se reducía a programas antiguos enlatados, películas, montones de telebasura —ésta actual—… por supuesto los informativos brillaban por su ausencia, ya que hubiera resultado inútil pretender mantenerlos. Además, a estas alturas ¿a quién le interesaban todavía las noticias?

Al rato estaba tan aburrido que, tras apagar el aparato, decidió irse a dormir a pesar de que todavía era temprano y apenas tenía sueño. Tras explorar la casa, cosa que no había hecho por la mañana, optó por hacerlo en el pequeño dormitorio de invitados, ya que no le apetecía lo más mínimo compartir el lecho con una desconocida… pese a que lo hiciera de forma involuntaria la noche anterior. Sabía que muchos aprovechaban para mantener relaciones sexuales sin posteriores compromisos que les pudieran atar, pero eso era algo que nunca había ido con él incluso cuando las circunstancias eran tan favorables.

Pese a acostarse, y tal como temía, no pudo conciliar el sueño. Mil y una ideas le rondaban por la cabeza, y muy pocas de ellas resultaban ser placenteras. Envidiaba cada vez más a aquellos, la mayoría, capaces de asumir su nueva y cambiante situación sin cuestionarla siquiera, cual corderos camino del matadero, ignorantes de su incierto futuro. Él, por el contrario, pese a verse resignado a aceptar lo inevitable, se resistía a dejar de pensar, lo cual le conducía a incómodos callejones sin salida.

¿Quién era el cruel titiritero que, desde detrás del decorado, movía impasible los hilos de la doliente humanidad? ¿Acaso un dios sádico que disfrutaba jugando con el fruto imperfecto de su creación? ¿O habrían sonado ya las trompetas del Juicio Final, siendo éste el infierno al que todos ellos habían sido condenados para toda la eternidad? Aunque quizás fuera tan sólo una pesadilla de la que despertaría cualquier día, quedándole de la misma tan sólo un desagradable y desazonador recuerdo.

Más de una vez había pensado en el suicidio, el cual, paradójicamente, casi había desaparecido por completo de la faz de la Tierra. ¿Para qué quitarse la vida si la Rueda de la Fortuna, esa acertada metáfora imaginada por los pensadores medievales, daba siempre un giro cada veinticuatro horas? El famoso aserto de que no había mal que cien años durase había cobrado una estremecedora tangibilidad; de hecho, tan sólo duraba un día.

Pero él pensaba. Sin embargo no se suicidó, nunca se suicidaría, aunque por motivos muy diferentes a los que impedían hacerlo al grueso de la gente. Nunca lo entenderían, pero tampoco pretendía que lo hicieran. Le bastaba con entenderlo él.

Después de un período de tiempo indeterminado, acabó quedándose dormido. Varias horas más tarde, el estridente zumbido del despertador vino a interrumpir de forma brusca su sueño.

© Copyright de José Carlos Canalda para NGC 3660, Enero 2018

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