Almacen de oportunidad

 

Por Sergio Borao Llop

 

I

Un parque. Pinos, olmos, setos recortados. Algunos niños jugando. Perros. Carritos de bebé. Reflejos verdes. Palomas.

Entrando por el norte y bordeando la plazuela en la que está la estatua, nos adentramos en la avenida que conduce a la zona deportiva. A mitad de camino, en una vereda que se aleja hacia el lago, un banco despintado. En el banco un hombre sentado con el cuerpo medio inclinado hacia delante, como evitando apoyarse en el respaldo. Medita. No. Más bien lee. En su mano hay una carta y en su rostro una decepción.

Si fuéramos ese hombre, si viéramos lo que están viendo sus ojos, seguramente tendríamos una expresión muy parecida. Acerquémonos, situémonos tras él, justo a su espalda, ligeramente agachados, de forma que tengamos la misma perspectiva que sus ojos. Ya está. Pero no es suficiente. La proximidad física no es más que una ilusión. Debemos acercarnos un poco más, acercarnos de otro modo. Eso es. Introduzcámonos en su mundo, pongámonos en su lugar, seamos él y sólo entonces comprenderemos cuál es la causa de su desconsuelo.

 

II

¿Realmente esperaba otra cosa? No, claro que no. Es lo mismo de siempre… No es la primera vez, aunque quizá sea la última. El rechazo cansa. Y ni siquiera se molestan en escribir las cartas individualmente, en personalizar y humanizar ese rechazo. Son modelos preestablecidos. Siempre las mismas palabras, el mismo tono:

«original e interesante… estilo propio… sin embargo… los gustos del público… lamentamos… a su disposición si en el futuro…».

Así que arrugo la carta y la tiro a una papelera cercana. Haber acertado el tiro mejora un poco mi humor, pero es sólo un momento. Suspiro. Lanzo una mirada alrededor. El parque es mi único analgésico. Luego me incorporo y camino hacia la salida, hacia la otra soledad, más temible, la que me espera cada noche en el cuartucho alquilado donde dejo pasar los días en espera de… ¿en espera de qué?

Camino, camino, atravieso la ciudad mientras mi mente se libera y el cielo se va oscureciendo. Cuando llego al casco viejo ya es de noche. Me gustaría entrar en un bar, tomarme unas copas que me guiasen al olvido, pero no puedo permitírmelo. Es un lujo al que los pobres no tenemos acceso. Paso por la puerta del Creation, donde sirven todo tipo de bebidas a precios escandalosos. Miro un instante al interior. Está lleno de trajes y vestidos vistosos con escaso contenido. Ropas vacías, conversaciones vacías, palabras que sólo buscan el pretexto para convertirse en actos, en conversaciones cuerpo a cuerpo que tendrán lugar en otra parte, no ya entre las luces y el ruido del Creation, sino en habitaciones silenciosas en las que las palabras ya no serán necesarias y, por lo tanto, no serán pronunciadas.

En cualquier caso, aunque no pueda entrar en ninguno de estos locales, me gusta caminar por estas calles viejas y eso no pueden arrebatármelo (miento, me engaño, sé perfectamente que un día no muy lejano máquinas infernales derribarán todos estos edificios y construirán aquí otra cosa. Casas de lujo o centros comerciales, no importa. Lo que importa es acabar con el pasado, echar tierra sobre lo viejo para olvidarlo. La cosa es olvidar, tal vez sólo para poder edificar después un recuerdo a nuestra medida, uno que no se parezca a la realidad que fue, una impostura amable). Cuanto más angostas y oscuras son las calles, más me gusta permanecer en ellas. ¿Por qué se adaptan más a mi propia oscuridad interior? Es posible. Pero tampoco esto es importante.

En una de ellas, la más oscura y la más solitaria, veo un local abierto, una de esas tiendas que no cierran en toda la noche y en las que es posible comprar cualquier cosa. Junto a la estrecha puerta distingo un cartel torpemente rotulado a mano, con tiza.

Almacen de oportunidad

Me fijo en la ausencia de la tilde en Almacén y en esa palabra final, escrita en singular. Me encojo de hombros (probablemente la tienda pertenezca a un extranjero que no conoce bien el idioma) y entro antes de ponerme a analizar esa tilde y lo que me parece un evidente error de número. Debo luchar todo el tiempo contra mis obsesiones.

En el interior no hay mucha más luz que en la calle, pero sí la suficiente para ver los productos alineados en las múltiples estanterías. Lo que busco es más bien prosaico: Una botella de vino. La más barata que pueda encontrar. Eso bastará para esta noche. Mañana…

El propietario observa sin disimulo alguno mis movimientos desde detrás del mostrador. No hay nada de particular en ello si tenemos en cuenta que soy el único cliente en ese momento, pero me resulta molesta esa especie de vigilancia. Así que me apresuro a encontrar lo que deseo y me acerco a él, cuyos ojos escrutan mi rostro como si allí hubiese algo que descifrar.

Dejo la botella sobre el mostrador y cuento las monedas necesarias para abonar mi compra. Pero él niega enérgicamente con la cabeza y dice que ese vino «no bueno» y que tiene algo mejor. Retira la botella y en su lugar coloca una de coñac. No soy un experto, pero no parece un coñac cualquiera. Diría que esa botella queda demasiado lejos de mis posibilidades. Y así trato de explicárselo. Pero no atiende a razones. Sólo agita sus manos y repite «barato», «bueno» y «señor» varias veces. Finalmente, toma unas monedas de mi mano abierta (el mismo importe del vino que iba a llevarme) y dice «está bien». Y por primera vez desde que entré en la tienda, sonríe.

 

III

Llego a mi habitación. Dejo la botella sobre la mesa y enciendo la tele. No es algo que haga habitualmente pero hoy necesito su sonido. Me cambio de ropa y me siento en el sofá. De fondo suena la voz de una presentadora informando sobre algo que ha ocurrido en Nebraska. Voy cambiando de canal sin encontrar nada que me interese o que al menos me resulte útil. En mis actuales circunstancias, útil podría traducirse por entretenido, divertido o algún adjetivo similar. Por fin, me canso de pulsar los botones del telemando y lo arrojo sobre la mesa, donde va a chocar sin fuerza contra la botella de coñac. La miro, un tanto intrigado aún. Me gustaría tomarlo en copa, ya que sospecho que se trata de un buen licor, pero sólo hay vasos gastados por el uso. Me encojo de hombros. Agarro un vaso largo y sirvo en él una pequeña porción de líquido. Huele bien. Sorbo un poco. En efecto, es bueno, muy bueno. Eso me hace pensar en el ridículo precio que he pagado y en la extraña sonrisa del tipo de la tienda. Pero no me apetece conjeturar y trato de sumergirme en las peripecias de una joven pareja que corre a través del bosque en la pantalla.

Paladeo con placer el coñac. Pienso (la película ya empieza a aburrirme) que tal vez la vida ha querido concederme un regalo para compensar la decepción sufrida. «Un último regalo», piensa algo dentro de mí. Me sirvo otro trago y dejo la botella sobre la mesa, lo más lejos posible, previniendo (inútilmente según mi experiencia) futuras tentaciones.

Al cabo de un minuto (la tele ya es sólo un ruido de fondo que me hace algo de compañía, pero sus imágenes y sus palabras me son ajenas, lo mismo podría ser una película codificada y traducida al checo) mis ojos se fijan en un punto entre ellos y la ventana. Desde fuera entra una luz casi imperceptible, reflejo de alguna farola lejana, una que todavía no haya sido apedreada o derribada. Del cuello de la botella (pero sin duda es un juego de luces y sombras provocado por la claridad proveniente de la calle y los reflejos de la televisión) parece salir un delgado hilo de humo o vapor. Cierro los ojos. Seguramente el espíritu del licor empieza a germinar en mi interior. Además, nunca he tomado algo de tanta calidad. Desconozco el efecto que puede producirme.

Cuando los abro de nuevo (¿ha pasado un minuto, una hora?) el humo todavía sale de la botella abierta y siguiendo la dirección de su aparente huida, veo que ha ido moldeando una figura. Tiene la forma de un hombre sentado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Y está frente a mí. Mirándome con sus ojos inexistentes.

Pestañeo dos, tres veces. Me froto los ojos con el dorso de la mano. Pero la visión permanece. No es fruto de la imaginación ni un efecto óptico. Ahora la botella ya no emite más vapor y la figura parece completa. ¿Qué significa? Difícil cuestión. Me viene a la cabeza la vieja leyenda del golem y pienso que mientras yo no haga algo ese ser permanecerá ahí inmóvil (del mismo modo que en la leyenda del golem era necesario grabar los nombres de dios en su frente o en una lámina de arcilla bajo su lengua para que cobrase «vida»). Sin duda estoy algo borracho, porque esa idea (tener un ser fantasmal a mi servicio) me produce un placer extraño. Y disfruto elucubrando sobre ello. Es sólo un juego mental, una fantasía. Un juego inofensivo, me digo.

Pero entonces ocurre algo singular. Algo que está a punto de hacerme caer del sofá y que me provoca un violento escalofrío. La figura se ha movido.

 

IV

Contengo la respiración. En el interior de la figura parecen estar produciéndose algunos cambios. Eso es lo que provoca la sensación de movimiento. Que esa masa blanquecina posea algún tipo de vida, es algo que escapa a mi comprensión. De ahí el miedo.

Sin embargo, conforme van pasando los segundos, la intranquilidad se ve reemplazada por la curiosidad. ¿Quién, qué es? ¿Por qué está aquí? La escena parece paralizarse, como si todo fluyese muy, muy lentamente. Noto que el deseo de levantarme y salir huyendo, que me atacó al percibir el movimiento de ese ser imposible, ha desaparecido. Cualquier deseo, en realidad. Floto en la inconsistencia, igual que él. Alcanzo a pensar que tal vez sólo sea una parte de mí, una proyección de mi subconsciente. Pero descubro que no importa, igual que las respuestas a las preguntas que me hacía instantes u horas antes.

El enigma es otro, y desconozco cuál.

Entonces me escucho y el sonido de mi voz me sobresalta:

—Eres un genio, claro. El genio de la botella.

En realidad no espero una respuesta. Ni siquiera sé muy qué me ha hecho preguntar esa bobada. Me siento ligeramente avergonzado. La figura sigue frente a mí, inmóvil. Cuando escucho su réplica, en contra de lo que cabría esperar, no me sorprendo. Naturalmente, es una negación.

Después permanece en silencio durante mucho rato. Parece estar esperando a que le haga la pregunta correcta (o eso es lo que se me ocurre) más ignoro cuál podría ser. Y callo. Dejando que todo se ordene por sí mismo. Me sirvo un poco de coñac y la figura da su aprobación (pero no sé cómo he llegado a esa conclusión. No se ha movido, no hubo sonido alguno, nada. Y, sin embargo, estoy seguro. Así que me llevo el vaso a los labios y paladeo el sabroso licor).

 

V

En ese momento, hay como una agitación en el cuarto y la figura habla. Larga y tranquilamente, como si disertase para un auditorio invisible. Entiendo, de un modo fragmentario, algo sobre la influencia del alcohol en la creación artística, la liberación de las musas por medio de la libación de los sagrados néctares, el estado de trascendencia alcanzado por algunos poetas mientras su conciencia vagaba por las regiones vaporosas de la ebriedad… En algún momento, llevado por ese murmullo suave que resuena por todo el ámbito de la habitación, me parece estar en medio de las bacanales romanas, rodeado de gente que carece de toda consistencia —igual que mi huésped— y cuyos vestidos, al rozarme en su tránsito, provocan en mí una sensación de gozo que no sabría cómo definir.

Escucho nombres que reconozco y otros que no. Puedo entender que se trata de escritores que a lo largo del tiempo han creado sus historias bajo el poderoso influjo del licor. No es sólo una enumeración más o menos imprecisa. Complementando cada uno de esos nombres, mi visitante se explaya en detalles que posiblemente nadie conoce. En algún momento, comprendo que ni el catálogo de nombres ni las anécdotas asociadas a ellos importan, y sólo el murmullo de esa letanía parece tener sentido. Como si ésa fuese la señal esperada, la voz cambia completamente y ordena:

—Ahora, apaga la televisión y escribe.

 

VI

Ese latigazo sonoro me sobresalta. Me quedo perplejo. Después pienso en objetar, argumentos hay de sobra: Estoy algo bebido, tengo sueño, no sé sobre qué podría escribir y además necesito intimidad. Pero ¿cómo se discute con un ente cuya existencia ni siquiera se comprende? Así pues, sin saber muy bien el motivo, obedezco. Conecto el cable del ordenador portátil al enchufe, lo enciendo, espero a que esté preparado. Luego abro un archivo de texto nuevo y me dispongo a teclear.

Normalmente, ahí llega el momento crítico: Las palabras se niegan a salir o a ordenarse debidamente. Las ideas se mezclan, la confusión se extiende, parece inútil ponerse con algo que no vamos a terminar.

Sin embargo, esta vez es diferente. Apuro el vaso, lo dejo sobre la mesa lo bastante lejos para evitar un accidente, apoyo los dedos sobre el teclado y empiezo a escribir.

Las ideas acuden a mí en tropel, pero sin sobreponerse unas a otras; las palabras surgen solas, como si yo no tuviera que ver en su elección, las frases se van formando y llenando una página, otra, otra; escribo, escribo y de cuando en cuando echo un trago, como si el licor fuese un tónico que alimenta la imaginación; escribo y bebo, bebo y escribo, y las páginas se van llenando de signos mientras mis dedos se proyectan con frenesí sobre las letras, nunca antes había desarrollado una velocidad semejante. Supongo que cuando termine deberé pasar el corrector y aparecerán miles de erratas, pero en este momento lo que importa es no parar, seguir pulsando y pulsando las negras teclas cuyo sonido me recuerda el traqueteo de un tren lanzado por la llanura. En algún momento me parece estar escribiendo con mi propia sangre, tan íntimo y personal es lo que siento mientras las letras se desparraman por la pantalla dando forma a pensamientos que germinan y crecen sin que pueda explicar cómo. No sé cuánto rato llevo inmerso en esta tarea, pero el cansancio ha desaparecido y a pesar del coñac, me siento más lúcido de lo que nunca estuve. Una extraña claridad me llena y si me preguntasen, diría que lo que estoy componiendo es una obra maestra.

Y así, como si en el mundo no hubiese nada más, escribo y escribo hasta olvidar todo lo que me rodea, hasta olvidarme de mí mismo y perder definitivamente la consciencia.

 

VII

Despierto.

Estoy tirado en el sofá y la claridad diurna entra por la ventana. Me encuentro agotado y hambriento. Creo que tengo fiebre y me duele todo el cuerpo. «¿Qué hora es?» —me pregunto. Como si eso tuviese la menor importancia. Mientras mi mente se ordena un poco, paseo la vista por la habitación. Percibo que algo está cambiado, pero soy incapaz de definir qué. Mis ojos encuentran la botella, que está vacía. Y poco a poco voy recordando.

Miro entonces la pantalla del ordenador. Está negra, pero el leve zumbido me indica que no está apagado; sólo se ha activado la opción de ahorro de energía. Con lentitud, con dolor, me incorporo. Muevo el ratón y poco a poco la pantalla se ilumina. Veo un párrafo escrito y más abajo la palabra F I N. Eso me molesta un poco ya que me desagrada esa vieja costumbre. Sabemos que nada termina. La palabra fin es una falacia, acaso involuntaria.

Compruebo que es la última página. Con estupor veo que hay más de doscientas. Vuelvo a mirar alrededor, como si ese gesto fuese a aclarar cómo es posible haber escrito tanto. Me levanto y paseo despacio por la habitación. Obviamente, estoy solo. Mi huésped etéreo —si alguna vez existió— ha desaparecido. Sólo queda la botella vacía y ese archivo de más de doscientas páginas. Y el hambre.

Abro el pequeño armario que me sirve de despensa y tomo una bolsa de magdalenas. Mientras las devoro (es anormal que estén tan duras, tendré que cambiar de supermercado) voy leyendo, a saltos, lo que —al parecer— he escrito durante las últimas horas. Con sorpresa al principio, con decepción más tarde, con horror contenido, compruebo que mi «obra maestra» es una novela llena de tópicos, puramente comercial, literatura clínex, sólo apropiada para las estanterías de los hipermercados… Me viene a la cabeza el recuerdo de lo que pensé mientras febrilmente escribía en esa prolongada noche, y por seguir con el símil, asumo que es mi sangre lo que puebla esas páginas (pero una sangre contaminada, llena de virus, maldita) y que al escribir es como si la hubiese donado y ahora miles de enfermos necesitados de una transfusión fuesen a recibirla sin saber del veneno que la infecta…

Muy enfadado conmigo mismo, cierro el archivo y lo tiro a la papelera de reciclaje. Después me marcho. Necesito respirar un poco.

 

VIII

Mientras camino por el parque, el aire fresco disipa mi malhumor. Sin sorpresa, me entero de que han pasado varios días desde la noche de mi creativa borrachera. Paso la mano por mi barba y en efecto, está muy crecida. No sé cómo explicarlo ni, a decir verdad, me preocupa. Sólo me molesta un poco el tiempo perdido. Me siento en un banco y converso durante algunos minutos con un mendigo que a veces me cuenta historias de su juventud. Luego regreso a mi cuarto.

Durante un buen rato medito. Es cierto que la novela es mala y que me parece horrible haber escrito algo así, pero no ignoro que ese tipo de literatura es del gusto de un público bastante numeroso. Y no me importaría rentabilizar de algún modo el tiempo que he empleado en ella, aunque no hayan sido más que unos días. Así que finalmente, venciendo el remordimiento, rescato el archivo de la papelera y me pongo a revisarlo en busca de erratas.

Cierto que mientras leía deseé derramar toda mi sangre (la de verdad, no la metafórica) pero somos cobardes, ya lo dijo el poeta; somos cobardes y en lugar de desangrarme ritualmente, lo que hago es repasar y corregir; y más tarde, cuando ya todo está en orden, imprimir, encuadernar y enviar el libro por correo a un editor. Después me encojo de hombros. Lo peor que puede ocurrir ya ha ocurrido antes. Y si bien dije que el rechazo cansa, también diré que llegado un punto ya no duele, o duele lo bastante poco como para poder ignorarlo sin consecuencias.

 

IX

Cuatro días después recibo una llamada. Es el editor. Está muy excitado. Y contento. Dice que vaya cuanto antes a verlo, que debemos tratar el asunto del contrato y que mi libro va a ser el best-seller del próximo verano. Yo escucho y callo, intercalando de cuando en cuando breves monosílabos. Después fijamos una cita y cuelgo. Es claro que no comparto su entusiasmo ni su alegría.

No obstante, cuando anochece me acerco hasta el centro, con intención de comprar algo de beber. La tentación de lo fácil es irresistible para el débil. De más está decir que me dirijo al lugar donde me hice con el exquisito coñac de la mentada noche. De más, también, exponer que el local está cerrado y que no hay cartel alguno y que en los bares y tiendas más cercanos nadie sabe nada de dicho establecimiento. Así que me meto en un bar que huele a todos los pecados del mundo y pido un vaso de vino, pensando que a veces hay que tener la humildad de prestar atención al número gramatical.

© Copyright de Sergio Borao Llop para NGC 3660, Octubre 2017

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