Accidente de ruta

 

Por Carlos M. Federici

MENOS SIETE:

Una discreta tosecilla hizo volverse a Vaevar:

—Ah…, es usted, Tanassa. ¡Un segundo!

Sus manos, pálidas y eficientes, se movieron alrededor de los aparatos. Terminó de realizar el experimento y se quitó las antiparras de pinza, metiéndolas en el bolsillo superior del guardapolvo. Después miró al boravi inte­rrogativamente.

—Perdone —murmuró Tanassa. Su afilada lengua apareció y desapareció entre los labios escamosos—. Le traigo una copia de su tesis.

Tendió a Vaevar un manojo de pliegos pulcramente encarpetados. Ella le agradeció con una inclinación de cabeza.

«¿Por qué me habrá dicho «perdone»?», se preguntó la doctora. ¡Típico de los bora­vis! Siempre exhibiendo ese aire de disculpa perpetua… Parecían únicamente des­tinados a puestos de secretarios u ordenanzas; pero era forzoso admitir que resultaban perfectos para esas actividades. Su celo corría parejo con la discreción que los caracterizaba; su humildad, por otra parte, llegaba a irritar.

Otro carraspeo.

—Muchas gracias, Tanassa —Vaevar interrumpió el curso errático de sus ideas—. Puede retirarse… No lo necesito más por hoy.

—¿La doctora va a quedarse trabajando hasta muy tarde…?

—Un par de horas más. ¡Pero no se preocupe, Tanassa! Puedo arreglármelas sola.

—Muy bien, doctora —el boravi se inclinó, exponien­do a los ojos de Vaevar el achatado cráneo, cubierto de escamas verduscas—. Buenas noches, doctora —y se alejó sin ruido. Las colas de su levita flotaron durante un instante tras las cortas piernas y luego desaparecieron a través del hueco de la puerta; enseguida el propio hueco se esfumó, sin que se oyese golpe alguno. Los boravis jamás azotaban las puertas.

Vaevar se quedó inmóvil por corto lapso, en medio de la callada habitación llena de luz. Después… obedeció al imán.

En el centro del laboratorio, aquello tiraba de ella co­mo si estuviese provisto de tentáculos. Sus duras aristas devolvían a capricho el fulgor de las lámparas de gas, desparramándolo en haces polícromos… Los sensitivos dedos de la doctora acariciaron el disco de vidrio, la cromada manivela, las almohadillas de crin, el colector. Sus ojos, verdes y hondos como océanos gemelos, relu­cieron.

«Estaba al borde…, al borde».

Luz…, mucho más intensa y clara que la del queroseno o la del gas. Calor… ¡Energía! La poderosa energía de las tormentas. El nervio del relámpago. La posibilidad de… Respiró profundamente, mordiéndose un labio.

Se acomodó en una butaca y empezó a estudiar las carpetas que le trajera su asis­tente. Si en verdad había sabido presentar la tesis en forma debida, la Comisión de Ciencias no podría menos que interesarse. Con su res­paldo, una generosa financiación, y todo el personal ne­cesario a sus órdenes… Se abrían propuestas deslum­brantes.

Hojeó su trabajo, transcripto con toda prolijidad en la hermosa cursiva del boravi, harto más legible que los nerviosos garabatos de ella. Sí, pensó. Todo estaba ahí, paso por paso: tres años de sudar. Desde aquellas primeras experiencias con cometas de papel, desde los tí­midos ensayos a base de barritas de ámbar, hasta cul­minar en… esto.

El autogen ya era una realidad: de ve­ras funcionaba.

«Pero usted sabe bien que todo esto es un juego de niños, doctora. ¿O no ha visitado el Bolar? Allí están las verda­deras respuestas, doctora».

Palideció. No podía negar el roce del papel entre las yemas; las letras negras le golpeaban la vista. Sin em­bargo, le costaba aceptar su existencia.

Una nota entre las hojas de su tesis. ¿AcasoTanassa…? ¿Pero se habría atrevido a tanto un boravi? Pensativa, se golpeó los dientes con los anteojos de pinza. Comprendió que aquello, en rigor, no la encolerizaba. Tan solo le pro­vocaba un sabor amargo en lo profundo de la garganta y un rictus en la boca… Porque no era sino la versión por escrito de sus propios pensamientos escondidos: la fu­tilidad de todo, la necedad de todo.

El anónimo tenía razón: solamente en el Bolar (enormidad-misterio-eternidad) se encontraban las respues­tas. Las que ella, Vaevar, necesitaba.

 

MENOS SEIS:

Se había quedado dormido esperándola.

Lo contempló enternecida. Sobre el respaldar carmín del sillón, la espesa barba, que Danahem llevaba dividi­da en dos enormes trenzas brillantes, le enmarcaba el rostro como un halo de ébano. Una suave sonrisa le cur­vaba apenas los labios, y el amplio tórax asomaba, al alentar, por entre la bata semiabierta.

Cinco años ya… Un lustro de una dicha tan intensa que no alcanzaba a contenerla el corazón. La sentía de­rramándosele por todo el cuerpo, hasta las mismas plan­tas de los pies.

—Danahem —se le escapó, en un suspiro—. Danahem, mi vida…

Los párpados del hombre temblaron. Se movió entre sueños, murmurando algo que ella no llegó a entender, pero que con seguridad sería su nombre.

Se inclinó para rozarle la frente con los labios.

—Querido…

Él abrió los ojos y la miró. Lucía esa sonrisa un poco infantil con que siempre despertaba.

—Vaevar… Me quedé dormido. Quise esperarte…

Lo reprendió con cariño:

—No tenías por qué, amor. ¡Tan tarde como es!

—Tengo una esposa muy trabajadora… —sonrió el hombre, levantándose.

—Ven —dijo ella—. Vamos a dormir…, como es debi­do, ¿eh?

Lo era todo para ella, pensó cuando, pasado el brazo en torno a su talle, lo conducía a la alcoba. Por eso ella jamás completaría su bitrimonio. ¡Nadie más le hacía falta! Y por eso tampoco había querido hijos, a pesar de que el desove no habría significado ninguna molestia a su edad. No quería compartirlo.

…Sin embargo, más tarde, ardiendo en su abrazo, los ojos de la doctora se abrieron y sus pensamientos em­prendieron vuelo, para acabar hundiéndose en el acos­tumbrado tembladeral de dudas y preguntas sin respuesta.

La sensibilidad del marido captó el trastorno de inmediato: el estremecimiento sin causa, la inquietud extemporánea.

Danahem se apoyó en un codo, esforzándose por dis­cernir las formas de ella.

—¿Qué tienes, dulzura?

Ella le oprimió un hombro, sin contestarle.

—¿Qué es lo que te preocupa? —persistió él—. ¡Sé cómo te pones cuando te está preocupando algo!

En voz muy baja:

—Mi vida —repuso Vaevar, simplemente—. Me pre­ocupa mi vida, porque no le veo el objeto, ¿te das cuenta?

—¿Cómo hablas así?… —Había dolorido reproche en la voz de él.

Las respiraciones de ambos. Luego:

—Me lastimas diciendo cosas como ésa, ya lo sabes.

«Oh, perdóname», pensó ella. «No tengo derecho a esto. Tú sólo eres culpable de mi felicidad, Danahem…, mi mundo».

—A dormir… —le susurró al oído—. ¡Ya casi amane­ce!

Sintió la caricia de sus labios; escuchó el crujir de la cama bajo los movimientos de él; un suspiro y, por último, el soplo regular de su aliento dormido.

Ella permaneció de espaldas largo tiempo, escudri­ñando las sombras nocturnas.

 

MENOS CINCO:

Con un codo apoyado en el marco de la ventanilla, la doctora Vaevar miraba distraídamente el fluido paisaje, en tanto sus cavilaciones se retorcían y se anudaban unas con otras como entes malévolos. El trote acompasado de los impallos, en sordina, repiqueteaba en sus tímpa­nos.

Golpeó el cristal divisorio con el bastón.

—Cochera —ordenó—, más rápido, por favor.

Allá afuera, en su alto sitial, la mujer debió haber fustigado a los impallos, porque los cascos golpearon el camino a ritmo más acelerado y el bamboleo del carruaje aumentó.

Toc-tocotóc-tocotóc.

La doctora se arrellanó en el asiento. Sin darse cuenta, deslizó la mano dentro del bolsillo del pantalón y tocó el papel, cuya escritura parecía arder y quemarla a través de la ropa.

Tanassa, pensó. Tanassa. Si fuera posible averiguar qué es lo que persigue con esto…

Toc-tocotóc-tocotóc-tocotóc.

Tanassa. Boravis. Enigmas.

Toco-toco-toc. Toco-tocotóc. Tocotocotóc.

Un presagio. Un presagio. Un presagio. Un presagio.

Entre hileras de árboles fugitivos y áspero encaje de polvo volador, el coche seguía su carrera, con la doctora en las entrañas, y los impallos, sudorosos y espumean­tes, a proa.

Un fulgor repentino contra los ojos.

El Bolar.

—¡Cochera! —llamó Vaevar—. Deténgase aquí.

—¡Soo! —gritó desde arriba la invisible auriga—. ¡Párense, bestias!

Resoplaron los impallos, frenando en una explosión de polvo.

A través de la ventanilla, el límpido cielo mañanero de Dene. La verde plaza del Bolar, con sus caminillos de cascajo anaranjado. El sol, encadilante, en lo alto.

Y el Bolar.

Erecto como un tallo gigantesco, sólido como los siglos, bruñido como gota de mercurio. Su base circular aplastaba la hierba y las florecillas silvestres en un área de dos kilómetros cuadrados. Muy por encima de los árboles más elevados, el agudo remate de la cúspide se quebraba en un abanico de agujas relumbrantes, diez mil pequeños soles hechos trizas.

Bandadas de aves, itinerante salpullido del cielo, evo­lucionaban en torno al punto en ignición, y uno no podía sino preguntarse (con el cuello doblado hacia atrás y la mano haciendo visera a los ojos) si el vértice oro/plata no punzaría de verdad el firmamento.

La doctora Vaevar descendió del carruaje. Indicó a la cochera que la esperase, se aseguró los anteojos sobre la nariz y comenzó a caminar hacia el Bolar. La brisa ma­tutina, fresca y embalsamada, le alborotaba el corto ca­bello renegrido y hacía flotar ante sus ojos las puntas os­curas de la corbata.

A cada paso de la doctora, el Bolar crecía como un absceso titánico. Ella se sentía diluir progresivamente en la nada ante la mole que amenazaba colmar el universo hasta el último resquicio.

… ¿Por cuántos milenios había estado allí? Las cróni­cas más antiguas ya lo men­cio­naban, y baladas semienterradas en la prememoria de la raza cantaban su impo­nen­te majestad. Era… más que viejo: una excrecencia del mundo.

Se detuvo. Ante ella se abría la resplandeciente sonrisa de El-Mig.

—Saludos, El-Mig —dijo la doctora. Era frase ritual.

Se sintió encoger bajo la mirada del otro, consciente del duro roce del cuello erguido a ambos lados de la bar­billa. Inclinóse El-Mig, observándola siempre afable des­de su estatura de dos metros cincuenta. El sol cayó sobre su cabellera y se licuó en dorado chorro, desde la amplia frente al torso vigoroso. Los arcos metálicos gemelos que convergían en la espina dorsal de El-Mig, abriéndose a los lados en una delicada trama de sutilísimos filamen­tos de plata, temblaron al doblarse él, como las alas de un hiperinsecto.

—Saludos, doctora Vaevar —repuso, en su vibrante tono—. Feliz de verla otra vez por aquí. ¿Seguramente trae usted su pase…?

Exhibió ella la tarjeta azul (hecha de un extraño material virtualmente indestruc­tible, cuya naturaleza no había logrado descubrir), y El-Mig le franqueó el paso con ampuloso ademán del brazo enfundado en blanco lienzo. La doctora comenzó la ascensión de la interminable escala metálica que desembocaba en la puerta del Bolar. Según salvaba peldaño tras peldaño, la cambiante perspectiva iba descubriéndole nuevos deta­lles del escenario circundante.

El Bolar descansaba en medio de un anillo de césped esmeraldino, cruzado por treinta y seis sendas de grava que se reunían al centro a la manera de los rayos de una rueda. En la parte baja de la torre, una multitud de bolarianos hormigueaba sin reposo, eternamente afanada en misteriosas actividades.

Vaevar se detuvo, exhausta. Había alcanzado la mi­tad de la escalera. Ahora los peldaños mismos se encar­garían de todo, y ella subiría sin mover un músculo has­ta el elevado umbral. En tanto el sordo hmmm de la ma­quinaria se imponía al jadear de sus pulmones, sentía que los mil y un interrogantes de siempre se agitaban en su interior.

«¿Cómo? ¿Por qué medios? ¿Qué clase de combustible? ¿En base a cuáles principios fundamentales?».

Sus dedos estrujaron la nota que conservaba entre sus ropas.

«Pero usted sabe bien que todo esto es un juego de niños…».

Juego de niños, Bolar, juego de niños…, juego de niños…

El delgado rostro de la doctora se posó, temblando, en los azules ojos de El-Gabri, el Portero. Había llegado.

—Pase, doctora Vaevar.

Ella entró.

Y la Maravilla se le arrojó encima, se multiplicó por mil, por un millón…, hasta estru­jarle todas y cada una de sus células pensantes, para exprimirlas de razón en­tre los infinitos anillos de sus porqués y sus cómos.

Y sus síes

Si ella pudiese comprender. Si los bolarianos condes­cendiesen a explicar… Pero ellos nunca explicaban. Permitían a algunos acercarse, entrar en el Bolar, observar, tomar notas, deducir, lucubrar… Les concedían el triste derecho de sofocarse en la propia impoten­cia ante la posibilidad de tantos imposibles juntos…, materializa­dos allí, en el Bolar, ante su vista incrédula.

Pero no pasaban de eso. Sólo quedaba, entonces, el re­curso de abrir los ojos como platos, dilatar al máximo los oídos, y hasta las narices y los mismos poros, y procurar entender algo.

La luz. Brotaba de todas partes y de ninguna a la vez, blancoazulada, firme. La temperatura. Siempre esta­ble, sin importar cuál fuera la estación reinante en Dene.

Y las máquinas.

Los ojos se agrandaban y las mentes se encogían ante los semiseres multiformes y autónomos, zumbantes, si­bilantes, gimientes, chirriantes o silenciosos, que cum­plían impávidos sus sempiternas funciones, sin fallar jamás.

¿Cómo? Oh, Diosa…, ¿cómo?

…La doctora vio nuevamente los millares de cuarti­llas que había emborronado con menuda e insegura ca­ligrafía durante media vida. Las monografías, los artí­culos… Las notas, tomadas en años y años y años de golpearse el cráneo contra la roca aquella.

Toneladas de papel, ríos de tinta. Ríos inútiles, que agonizaban dolorosamente entre arenas secas, muy le­jos del mar.

 

MENOS CUATRO:

Ninguno de los dos hablaba. Evitaban mirarse. Al menos la doctora lo evitaba; pero una tácita compren­sión mutua flotaba en el aire, como pompa de jabón ur­ticante.

Ella dilataba deliberadamente el término de un expe­rimento bastante sencillo, y el boravi, inclinado sobre sus carpetas, se afanaba, al parecer, en un ringorrango final. En torno, y acompañado por el ocasional rasguido de la pluma de Tanassa, el reloj urdía una malla de sonora monotonía, más y más oprimente, más espesa…

¿Por qué es un juego de niños?

La aguda intensidad de su propia voz la alarmó. Ins­piró profundamente y se quedó inmóvil.

El tiempo aminoró su marcha hasta lo inaudito. Vio volverse hacia ella la achatada cabeza del boravi; el giro tardaba horas y horas en completarse. Y la sonrisa de la boca pringosa se formaba con la pereza de una nube deshaciéndose, y la lengua bífida onduló al brotar entre los dientes cónicos, igual que la cola de un fantástico barrile­te suspendido en un aire gelatinoso…

—Usted sabe perfectamente la razón, doctora.

—¡Explíquese!

—Hoy mismo ha estado en el Bolar. ¿Qué vio ahí, doctora, eh?

Enfrentados, tan sólo la mesa de trabajo los separaba. Los ojos amarillentos la observa­ban de soslayo. Percibió con asombro el descaro casi lúbrico que aquellos ojos conte­nían y se dio cuenta entonces de lo equivocada que había estado siempre con respecto a los boravis.

Había en Tanasssa un oscuro núcleo de malignidad, que se traslucía ahora como una araña agazapada en el interior de un frasco sucio; y, por otro lado, una precom­prensión tan obvia de todo cuanto la doctora era, o había sido, o llegaría a ser, que ella sintió que la sangre le caldeaba las mejillas y el cuello.

«Peor que estar desnuda delante de él», pensó.

Y de súbito se le hizo claro que los denenses siempre habían estado así en lo que a los boravis concernía: peor que desnudos.

Se odió por ello, pero no pudo evitar inquirir:

—¿Usted, Tanassa…, sabe algo? ¿Podría responder a alguna pregunta?

La sonrisa del boravi se ensanchó como un tajo.

—¿Permitiría que me sentase, doctora? Es un poco largo de explicar.

Ella asintió con la cabeza. Sentía los párpados conge­lados y pensó que jamás podría volver a cerrarlos.

—Ustedes han estado exprimiéndose el cerebro du­rante centurias, pretendiendo explicar el origen del Bolar —dijo Tanassa—. En tiempos antiguos no debió resultar­les difícil: las religiones cargaron con el fardo. ¡Son estómagos complacientes para el forraje mítico! Una nueva leyenda maravillosa…, y sanseacabó.

Pero ésta es la Edad de la Razón, doctora, o al menos así la llaman. Ahora disponen ustedes de una lógica, o cosa parecida, y naturalmente intentan comprenderlo todo en base a ella, y dentro de ella. El método, empero, no funciona con el Bolar, por desgracia.

El Bolar es ajeno a Dene y a su lógica, doctora…, y usted lo sabe de sobra.

Vaevar palideció. Estaba oyendo el eco de su propio subconsciente.

—Siempre tuve esa sospecha —murmuró—. Sin base racional alguna, pero siempre… —Irguió la cabeza—. ¿De dónde… vino el Bolar?

Los ojos amarillos la enfrentaron por primera vez.

—Del espacio exterior. ¡Sí, doctora! ¡La teoría de que existe vida en los cuerpos celestes es fundada! De hecho, esa vida existe…, en una variedad y en una extensión ta­les que no resulta fácil concebirlas.

El mundo de ustedes, Dene, no significó otra cosa que un… accidente de ruta. Planetizaje forzoso, lo llama­mos, si es que eso tiene algún sentido para ustedes… ¡Mejor digamos «varadura»! Lo cierto es que nuestra nave se vio imposibilitada de continuar su itinerario. Fue preciso repararla. Y en eso estamos.

La mente de la doctora se había detenido en un con­cepto anterior a la última frase del boravi.

¿Nuestra nave? —interrogó.

Llamearon las pupilas ambarinas; en sus profundi­dades bullían las sombras.

—Vinimos juntos…, ellos y nosotros. En el Bolar. Pero esto carece de importancia. El problema actual es otro: una divergencia de opiniones. Los boravis creemos que los denenses tienen derecho a saber. Ellos piensan, en cambio, que ustedes deben descubrir.

Los dedos de la doctora se engarfiaron en el borde de la mesa. Se inclinó hacia Tanassa hasta que el vaho acre de su aliento le revolvió el estómago.

—¿Hay… hay algún modo de saber?

 

MENOS TRES:

Eran aquellos segundos anhelantes, de anticipa­ción…, el umbral de la plenitud. Luego, el estremeci­miento que habría de recorrerle las entrañas como un licor ardiente, la piel erizada y el fuego final.

Sus ojos se abrieron en la oscuridad.

Entre los brazos de él, soldada a él, sintió por primera vez que no se completaba.

Se aflojó el abrazo.

—¿Qué te…?

«Que ya no estoy entera. Que tú no eres más mi otra mitad. Que, aun fundida en ti, sigo padeciendo hambre y sed».

—No es nada —le dijo a él—. Nada.

—¡Pero si te noto extraña…!

Se alejó de él, que no intentó retenerla. Vaevar adivi­nó el reproche instalado en sus rasgos.

—¿Dónde quedó tu confianza en mí? —le oyó quejarse.

Contestó con una cálida presión de sus dedos en torno a la muñeca de él. Ambos pulsos latían al unísono… Ya no podía pretender continuar ocultándoselo.

—Es que… no sé qué camino tomar —murmuró.

—Cuéntame, dulzura. Si puedo ayudarte…

—¿Qué harías tú —empezó ella, luego que hubo re­flexionado unos instantes en cuanto al mejor modo de expresarlo— si necesitaras algo con desesperación…? Me refiero a verdaderas ansias…, algo así como la necesidad que siempre hemos sentido uno del otro… ¿Qué harías si anhelases algo de ese modo, y para conseguirlo tuvieses que hacer… una cosa prohibida, algo que nadie se atrevió a hacer jamás? ¿Qué es lo que harías?

Hubo una pausa.

—Si no pudieras vivir sin eso, lo que fuera —dijo Danahem, al rato—. Si lo necesitaras tanto, tanto…

La respiración de Vaevar hendió el aire.

—Lo necesito —repuso, con voz ronca—. Más que a… casi todo.

Instantáneamente supo que lo había herido. Pero la voz del hombre no reflejó sino ansiedad por ella, al pre­guntarle:

—¿Y cuál es… esa cosa prohibida que tienes que ha­cer…, eso que parece que te aterra de sólo pensarlo?

Ella no dijo más que:

—El Bolar.

Y se produjo un nuevo bloque de silencio, pero la cua­lidad dominante en éste era la amenaza. Una nueva sombra se cernía entré las otras, por encima del lecho en que yacía la pareja. Enseguida:

—¡No! —fue apenas un susurrro, aunque tuvo la in­tensidad de un alarido—. ¡Eso no…, te lo suplico, Vae­var, dulzura, eso no!

 

MENOS DOS:

Un puño descomunal oprimía al universo.

Se aflojó el nudo de la corbata y arrojó el sombrero de copa sobre el asiento. Su mano húmeda aferró el asa del maletín. Saltó fuera del coche, detrás del boravi. Al ce­rrarse, la portezuela conmovió en tardas ondas de sonido el aire oleaginoso.

Inquietos, los impallos piafaban. Uno de ellos, de co­lor azabache, se irguió sobre las patas traseras, elevando hacia el cielo los retorcidos cuernos. Su lúgubre relincho tajeó el silencio.

—¡Ahora! —Había urgencia y fiebre en los amarillos ojos de Tanassa—. Vaya, doctora, y no se equivoque. ¡La puertecilla del pestillo rojo! Déle dos vueltas, y se abrirá.

La doctora se sintió empujada por una garra impa­ciente, y el suelo comenzó a retroceder bajo sus pasos.

Miró hacia adelante.

Ni una brizna temblaba. La sangre le golpeaba dentro de los oídos como un tronar diminuto.

Horizontales y verticales sobre fondo gris; horizonta­les y verticales sobre fondo gris: era la pauta dominante en el decurso de la Estación de las Tormentas. El Bolar se proyectaba obscenamente hacia los hinchados vientres de las nubes, allá arriba. Sólo se escuchaba el roce de las suelas de la doctora contra la grava del caminillo.

«…Sí que hay un modo, doctora. Durante la próxima Estación de las Tormentas. Ellos estarán en su período de descanso… Como un sueño profundo, sí, podría decir­se; sólo que mucho más de lo que ustedes conocen: “vida suspendida”, sería un término más aproximado».

El Bolar se agigantaba frente a Vaevar. Arriba, arri­ba, arriba.

«…Nosotros no podemos. Han colocado… defensas. Microorganismos letales. Virus, dirían ustedes…, deletéreos. No, no resultan nocivos para los denenses. Por eso es que tiene que ser uno de ustedes el que entre».

La escala. Los zapatos de la doctora dieron contra el metal, y las reverberaciones acústicas flotaron como borlas de algodón.

«¿…Cómo no pensamos antes en valernos de ustedes? ¿Antes…?». (Las pupilas amari­llas habían reflejado in­comprensión. Vaevar intentó ser más específica, pero se vio obligada a desistir. No podía esperar que existiera compatibilidad entre sus concepcio­nes y las de los boravis, era evidente, al menos en lo que al elemento tempo­ral se refería).

Los últimos ecos se extinguieron lánguidamente al detenerse Vaevar en mitad de la escala. Esperó, tensa, el tirón de la máquina.

Pero los peldaños permanecieron inmóviles en su es­pinazo metálico, como un colosal miriápodo hibernante.

«…Naturalmente que la escala mecánica va a funcio­nar, doctora. Pero accione primero el conmutador que encontrará a su derecha…, esa lengüeta blanca, sí. Per­fecto».

El ronroneo de la maquinaria se abrió paso entre la densa atmósfera. La mano invisi­ble condujo a la doctora en dirección de la boca negra y oblonga que se abría en la cima.

«Use el aparatito que le di, doctora, o no va a poder pasar. Un campo de fuerzas…, algo así como una pared… que no se ve. El artilugio lo interrumpe. No se preocupe; ya entenderá. Ya lo entenderá todo…, siempre que re­grese con eso dentro de la maleta. ¡El corazón, doctora! ¡La llave que le abrirá todas las puertas…, incluso la de las fuerzas dinámicas que mueven a los mundos en sus órbitas y desgarran los soles en pedazos…!».

El asa del maletín le mordía la palma. Cambió de ma­no la valija y extrajo de un bolsillo la diminuta pirámi­de, con su vértice fluorescente.

La sostuvo apuntando hacia la puerta por espacio de unos instantes; luego presionó la base con el pulgar.

No sucedió nada visible.

El rectángulo negro permaneció inalterado.

Durante un rato Vaevar no consiguió moverse. Sen­tía el labio superior inundado de gotitas frías, y seca la garganta. Los lentes le pellizcaban sin piedad el puente de la nariz…

…Estaba adentro. Nunca llegó a explicarse cómo ha­bía podido hacerlo.

Sus pasos sonaban a hueco en el centro del aboveda­do silencio. Todo era muy distinto a como lo viera en sus visitas «oficiales».

La ubicua luz fulgía tenue, verdeazulada. El ambien­te estaba como teñido de irreali­dad…, semejante a la escena de algún viejo sueño apenas recordado. Los ojos de Vaevar giraban inquietos tras las empañadas antiparras.

«…No permita que nada la distraiga de lo que debe ha­cer, doctora. La portezuela del picaporte rojo. La porte­zuela del picaporte rojo. La portezuela del picaporte rojo».

La portezuela del picaporte rojo.

Dio un salto. Se le había antojado que el metal iba a quemarla; pero, en cambio, lo encontró helado.

Hizo girar la manija.

La portezuela se abrió sin un rumor.

«…Dos pequeños hexaedros negros. Son envases, pero no se ocurra tratar de abrirlos. Sería muy peligroso. Sáquelos del nicho y métalos en la maleta. Eso será todo. Vuelva inmediatamente al coche. La estaré esperando, doctora».

Congelada en un semiesferoide, la mano se paralizó a medio ademán. Después, con lentitud, fue cerrándose.

No había esperado que pesaran así. Entre jadeos, las falanges a punto de descoyun­tár­sele, depositó muy cui­dadosamente uno de los hexaedros dentro de la maleta.

En rápido movimiento, se sirvió de ambas manos para levantar el otro e introducirlo también entre las mandí­bulas cromadas.

Snap, se cerraron.

Corrió.

No se detuvo a pensar en qué consistiría con exactitud la amenaza que de tal modo la angustiaba. Sus pulmo­nes gemían con ansias de aire nuevo.

«…La manija blanca superior, ahora».

Y los peldaños mágicos, esta vez despiertos, la arroja­ron hacia abajo. Con el mismo impulso continuó el des­censo, entre el golpetear de sus pies enloquecidos.

No se dio cuenta del momento en que pisó un nivel ho­rizontal. Siguió su carrera ciegamente, acezante; la gra­va húmeda gemía bajo su calzado.

Un velo ceniciento lo cubría todo… Durante un ins­tante alucinado manoteó con desesperación, a tientas en un mundo gris y mudo.

De la bruma se despegó una silueta.

—¡Pronto, doctora! ¡Por acá!

Dedos escamosos a través de la manga, apretándole un codo. Tropiezo de una arista dura contra el empeine. La blandura del cojín… La portezuela del coche besó con estrépito al marco.

Vaevar se recostó contra el respaldo. Con los ojos apretados y la boca entreabierta, intentaba abrirle paso al aliento a través del nudo que le obstruía la garganta.

—¿Lo tiene, doctora?

La chata cabeza del boravi oscureció la ventanilla, quemando a Vaevar con el fuego ámbar de sus pupilas. Ella asintió por medio de un movimiento de cabeza, sin separar los párpados. Sintió que la sonrisa del boravi se los atravesaba. Tanassa saltó ágilmente sobre sus cor­tas piernas y desapareció. Un momento después resta­llaba el látigo. Relinchos, el galope furioso de los impallos, los botes de las ruedas en cada bache del camino.

A través del cristal, Vaevar vio una herida cárdena que se abría entre lo gris. Casi sin transición, la ensor­deció un rugido.

Se descargaba la primera tempestad de la estación.

 

MENOS UNO:

Todas las furias castigaban la tierra blanda, afuera. Gemían y crujían los árboles, brutalmente sacudidos y doblados; y había silbidos feroces y fragores violentos y súbitas deflagraciones de luz violácea.

A través de las paredes del laboratorio no llegaba si­no un inmenso resollar veteado de pulsiones luminosas que se filtraban por entre las rendijas de las persianas y terminaban fundidas en el resplandor del gas.

Abierta como un vientre, la maleta negra había pari­do sobre una mesa oscura los dos hexaedros de antracita. Vaevar se inclinaba sobre ellos, los dedos estirados roza­ban ya su pulida superficie…

—No, doctora.

Se volvió. Los ojos amarillos habían cambiado mucho.

—Me los llevo yo, doctora. Póngalos de nuevo en la maleta.

Vaevar irguió la frente. Las mandíbulas le tensaban la piel del rostro. La sintió erizada, y comprendió que debía estar horriblemente pálida. Encaró a Tanassa:

—Eso no fue lo convenido.

—No discuta. ¡Haga como le dije! —El boravi no se molestaba en disimular la amenaza que hinchaba su to­no. Conservaba una mano dentro del bolsillo e hipnoti­zaba a la mujer con un par de discos duros y opacos, amarillos y fijos.

Vaevar alzó la voz hasta el falsete:

—¡Tanassa! ¡No sea insolente! ¿Qué se ha creído?

El boravi rió con grosería, agitando la lengua. Después la risa se esfumó, como el aliento desaparece de un espejo.

Su diestra dejó el bolsillo: un pequeño tubo negro apuntaba hacia la doctora.

—Meta esos hexaedros en la maleta —repitió Tanassa—.  Me los llevo.

Ella percibió el aura del peligro como el calor de una llama. No podía desconocer la cualidad mortal de aquel tubito negro.

—Está bien —dijo—. Lléveselos, si quiere.

Había ido retrocediendo de manera imperceptible. Una de sus manos, por detrás de la espalda, rozó una superficie curva y lisa.

Reconoció el frasco, y su contenido, igual que si las yemas de sus dedos hubiesen tenido ojos.

—Me estoy impacientando, doctora. —El puño ver­dusco aumentó la presión en torno del tubo—. No puedo seguir deteniéndome más en esto. De cualquier modo, la mentali­dad de ustedes todavía no es apta pa…

Un semicírculo borroso enturbió el aire, con el hom­bro derecho de la doctora como centro. Tras describir un arco fulgurante, el frasco se estrelló contra la cabeza del boravi.

Revolcándose entre las llamas de cincuenta infiernos, Tanassa aulló seis veces y por fin quedó inmóvil, estira­do sobre el piso. La doctora Vaevar ahogó un sollozo en­tre los dedos que estrujaban su cara.

Al rato se apagó el último siseo del ácido. La doctora se dobló por la cintura, como hachada, y vomitó. Luego las luces menguaron hasta desaparecer…

…Se sostuvo sobre una palma, ahogando un gemido agónico. Tenía todo el cuerpo entumecido. Consiguió incorporarse; al momento, todo se le agolpó en la mente.

¿Cuánto tiempo habría permanecido sumida en la inconsciencia? ¿Minu­tos? ¿Ho­ras?… El apagado bramar del temporal seguía oyéndose, y tan sólo la noche y las cente­llas atisbaban por entre los intersticios de las ventanas.

Avanzó algunos pasos, no sin dificultad. Sabía que con sólo volverse un poco vería aquel horror, que conti­nuaba tendido sobre el entarimado; pero evitó hacerlo.

La mesa. Los hexaedros negros.

El corazón de todo.

«…La respuesta a todos los enigmas. ¿Acaso no se ha preguntado cómo pudo ser posible mover algo tan volu­minoso como el Bolar? ¿No le ha intrigado el origen de la tremenda energía que debió necesitarse para arrancar a semejante mole de la atracción gravitatoria? ¿No se ha desvelado cavilando en cuál podría ser la Fuente Mila­grosa…?

»¿Dónde está el músculo impulsor de esa linfa increí­ble y cuasiomnipotente? ¿No lo adivina, doctora? ¡Son dos hexaedros de color negro! ¡Contienen los Nódulos! Un par de esferillas casi invisibles…, pero tan poderosas como la mano de un Dios. El corazón, doctora… ¡El núcleo de la energía viva del Universo!».

Los dedos de Vaevar no aparecían nítidos, a causa de su incontrolable temblor; pero, como si los guiara algún sexto sentido, hallaron el resorte.

Se abrió uno de los hexaedros.

Retrocedió ella con tal violencia que derribó una mesita repleta de matraces y tubos de ensayo. Hubo un estallido de cristales y un borbotear de líquidos regados por el piso.

Vaevar se enjugó la cara con el helado dorso de la ma­no. Una mancha cárdena se le demoraba en las retinas.

Por un momento se quedó inmóvil…

…Pero necesitaba saber.

Abrió el otro hexaedro.

No fue un relámpago. Fueron todos los relámpagos del mundo, y algo más.

Cegador: blanco y púrpura y escarlata y dorado.

Y se produjo un temblor ciclópeo, y hubo un titánico tirón hacia adentro.

La vida retornó a su condición primigenia.

 

CERO:

La minúscula espora flotaría a través de los espacios sin fin por los siglos de los siglos, hasta que encontrase otro ambiente favorable a su desarrollo.

Todos los ingredientes vitales precedentes estaban allí, contenidos en el submicros­có­pico átomo vital. Se aglutinaban en una ultraconcentración, destinada a expandirse oportunamente hasta colmar un mundo.

Pero iba a haber cambios.

Las especies vegetales, mezcladas, serían diferentes. La fauna, por su parte, presen­ta­ría nuevas variedades, nacidas a partir de las infinitas combinaciones re­sultantes de haberse reunido bruscamente, en un único núcleo, todas las especies que una vez coexistieran… Muchas de las que habían volado, nadarían ahora en las aguas, conservando vestigios de inútiles alas y resa­bios de vuelos abortados. Otras, que caminaran sobre miembros articulados, iban a perderlos, condenándose a un perpetuo reptar.

Y, por sobre todo, la inmortal Memoria de la Vida conservaría el recuerdo aleccionador de la catástrofe.

Y, de producirse (en el azar de la nueva evolución), el renacer de la raza humana, la mujer, causante de la re­gresión abortiva a los Comienzos, no volvería a ser ama, sino que serviría al varón; y él se enseñorearía de ella; y se multiplicarían sus dolores en sus preñeces, y daría a luz a sus hijos con dolor.

La nueva etapa comenzaría de cero.

Ahora, tal vez, se diese al macho la oportunidad de destrozarlo todo.

© Copyright de Carlos M. Federici para NGC 3660, Enero 2018

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