Winchester

 

Por Miguel Ángel Aispuro Ramírez iconocorcheas

 

1920

Es esta mi muerte, un eterno laberinto. Decenas de habitaciones, pasillos a ninguna parte. Ventanas abiertas a otras sombras interiores. Puertas cerradas sobre muros. Corredores de alucinada distancia que convergen hasta convertirse en minúsculos cuartos. La mansión crece como un tumor sin vigor y sin inteligencia. Yo me deslizo por el polvo del cemento sin dejar rastro, apenas erizando partículas en los montones de aserrín; mi mano roza las paredes dejando la pintura fresca intacta. Para los incontables trabajadores, que se mueven por la casa como hormigas atacando una manzana, soy apenas un escalofrío y una persignación rápidamente olvidada. Ritualmente cuento los trece baños, los trece candelabros con trece velas, las trece puertas a ninguna parte. Todo trece, excepto los dos espejos y las dos mujeres enlutadas.

Sé que no me ves pero sientes mi presencia. ¿Me habrás visto oscilar acaso como una llama negra en la periferia de tus ojos? ¿Habrás presentido el raso de mi vestido al fondo de un reflejo? El que sólo haya dos espejos en ciento sesenta habitaciones parece confirmar mi presentimiento. ¿A qué le temes, Sarah, a qué le temes? ¿A quién le escondes tu rostro tras el velo?

 

1882

 

Viniste a mi morada humilde en Boston, con tu asco indisimulado. Te sentaste a la mesa con ese pañuelo interpuesto entre tus manos y la mesa grasienta aun cuando usabas guantes. Tomé entonces las cartas, Sarah. Saqué el Carro invertido. Saqué los Amantes con la carta del Diablo detrás. Hablé de la guerra, del Antebellum como un paraíso en llamas. De Abel y Caín, con uniforme gris, con uniforme azul. Vi a la gran nación sangrar y a los hermanos enfrentados.

Me miraste con horrenda piedad y la sangre se agolpó sobre tu piel blanca maquillando la culpa en tu rostro. Sonreíste como una heroína de folletín, como si tú hubieras roto mis cadenas. Será que no viste dentro de mis ojos el oscilar de mi padre, de mis hijos, colgando de cipreses como frutas extrañas.

Dejé caer la carta de la Emperatriz. Eras tú, Sarah. Mientras los hombres sangraban por la improbable dignidad de la carne oscura, tú mecías una hija muerta en tus brazos.

—Oh, Sarah… —pronuncio las tres sílabas saboreando la amarga y dura ironía de tu nombre. Y por un instante tus ojos fueron espejos del mismo dolor.

Y te reconozco, Sarah, reconozco también al padre de tu esposo. El Emperador, el Mago. Abel yace en innumerables cuerpos sobre esta bendita tierra, cadáveres vestidos de gris o de azul, no importa. Un chacal toma la piedra ensangrentada de Caín. Yo no honraré su memoria. El hombre era un chacal. Míralo, entre los despojos de la guerra, recoger el arma de Caín, el mimo con el que pule la madera, trasmuta su materia y la multiplica. ¡Comercia con ella!

Y entonces un horizonte se tiñe de sangre. Armas traspasan la piel roja, armas robadas abren surcos en la carne blanca. Y lentamente una raza entera es extirpada de la tierra como un cuero cabelludo. El Diablo sonríe desde su carta en la mesa, junto a la de los Amantes. Las tres figuras son rojas como si los hubieran escalpado por completo. Y en otro sitio, donde no llega siquiera el olor a pólvora, un chacal con las manos llenas de sangre ríe y acumula un oro que no debería ser dorado sino del ocre de la sangre, de la sangre seca. A ese hombre amarás como a un padre hasta que su propia sangre lo abandone.

Míralo de nuevo en su cama, tosiendo, pálido. Míralo morir buscando la paz del lecho que a tantos negó. Su cuerpo convulsionado de tuberculosis lleva su propia guerra, sus propias bajas, su propia masacre. Murió a las puertas del invierno. ¿Y la cría que concibió, ese joven chacal que ha aprendido ciegamente los trucos para convertirse en mercader de fuego y pólvora? Esa imitación menoscabada que rehúye tu lecho, impotente o estéril. No vio la siguiente primavera.

Enloqueciste, Sarah. Un año de luto es amor, dos años una excentricidad, tres años son locura. Y es justo lo que vi en tus ojos transidos de dolor. Vi también tu anhelo de mentiras.

¿Te hubiera gustado que mintiera? ¿Que dijera que tu pequeña Annie no es prisionera en el limbo y que le había visto las alas? ¿Qué William y su padre no yacen desollados en los infiernos, hirviendo en sangre? Pero no lo hice. Dejé caer la carta del Juicio. Mi juicio.

Te mentí de otra forma. Nunca dije que conocía tu historia. Que cuando se supo que la Belleza de New Heaven vendría no hubo lengua de tus sirvientes que no se convirtiera en delatora. Yo lo sabía todo de ti, Sarah Winchester.

El Tres de Espadas y el Loco. Tu corazón demente al borde de un abismo atravesado por tres espadas. Tus guantes ennegrecidos trataron de contener tus lágrimas. Entre tus dedos mojados una mirada enfebrecida suplicando piedad, atisbando a San Gabriel en la carta del Juicio.

Pero era mi juicio. Descarné mis labios en una sonrisa. Dos cartas, colocadas enseguida de las otras. Nueve de Espadas y la Muerte invertida. Temblaste. Las espadas que atormentan tu sueño no son espadas, son rifles, rifles Winchester. La piedra de Caín. Sé lo que querías cuando llegaste a mi casa: No hay mensaje de amor de tu esposo, no hay mensaje de paz de tu hija. Sólo el clamor como oleaje de los muertos. De todos los muertos que velan por ti, que velan contigo. Tus manos enguantadas se posaron en las mías, como palomas sobre madera muerta. Tus ojos un espectáculo patético.

—Puedes evadir la muerte —dije, al fin—. Los muertos sólo habitan el olvido, habitan las cosas muertas. Vendrán como un mar buscándote, derramándose. Tú crearás los acantilados donde rompan. Tu mansión será el último faro, la última prisión. Construirás tu casa como un laberinto, perderás su rastro. Y entonces, Sarah, ellos no te alcanzarán, como alcanzaron a Annie, a Oliver, a William…— no te alcanzarán como mereces.

Imaginé tu mansión. El Buen Libro dice que el Templo de Jerusalén se construyó en cuarenta y seis años y que no se oyó un solo ruido. Imaginé toda tu locura. Guardé una carta en mi regazo.

 

1922

 

Recorro los pasillos, lánguidamente. Me complazco en los ruidos que consigo: un vidrio arañado que se pierde en ecos; una puerta cerrada de golpe; un escalofrío con el que vibra un candelabro. Te sigo, Sarah. Yo soy, la escéptica y la farsante, el único fantasma que tu mansión posee. Me finjo Legión.

Tus ojos se abrieron inconmensurables aquel año de 1914. Leíste, en un retazo de periódico lleno de grasa con que un trabajador había envuelto su almuerzo, la noticia de aquel joven enajenado matando un príncipe. Y en periódicos arrugados arrastrados por la brisa conociste la Gran Guerra y las armas ensangrentadas. Ningún Caronte habría podido transportar todos esos muertos del viejo continente a través del mar hacia tu mansión. Y tus ojos así permanecieron, con una mirada afiebrada. Armas Winchester temblando al rojo vivo en manos también rojas. Sé que pensaste en el confederado, en el piel roja, en el vaquero escalpado, en el mexicano ensangrentado sobre un muro de piedra al sol, en el alemán traspasado con una bayoneta, en el joven americano que se suicida porque no soporta una noche más en el barro, en ese amasijo de sangre y lluvia, de su trinchera… No pudiste dejar de imaginar, aunque fuera imposible, rifles Winchester en las manos de los campesinos cuando acribillaban a la familia del Zar.

Moriste en una cama vacía, sola tras tu velo, sin paz. Pensando en la risa de miles de fantasmas, como el gruñido de una caverna infestada de murciélagos, a pesar de que en todos los rincones de la casa siempre había alguien martilleando, serrando, pintando, silbando o maldiciendo. Yo estaba ahí, Sarah: tu espejo, tu soledad, tu Juicio, tu único fantasma anticipado. Pensé sin rencor en mi propia muerte, tan distinta. Morí de viruela en 1902 en un hospicio atestado de gente, casi asfixiada por el tufo a cadáveres.

Miré por esa ventana, esa ventana extraña que daba a tus jardines, tan pequeña, recóndita. Vi callar las paredes de tu casa, vi a los sirvientes irse, sentí desaparecer la música de los martillos, las groserías de los albañiles.

Sentí la muerte de la casa… el fin del laberinto. Dejé por fin caer la carta con la que pedí ser enterrada pero que el sacerdote mandó quemar y que, sin embargo, ahí estaba: las llamas eran tan vívidas y la ira de Dios tan clara en la Torre negra. Miré las dos figuras: éramos tú y yo, Sarah. Las dos siluetas atrapadas en una perpetua caída…

© Copyright de Miguel Ángel Aispuro Ramírez para NGC 3660, Marzo 2018

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