Voz de Ceniza – Reed.

 

Por  Laura López Alfranca

Buenas noches tengas, viajero, llevo buscándote desde hace años. Seguramente ya sepas quién soy y qué busco, pero te lo ruego, déjame contarte mi historia. Necesito hacerlo, llevo tanto tiempo sin hablar con alguien que pueda escucharme, tanto tiempo… casi he olvidado el sonido que tiene mi propia voz. Permítele a este joven, que un día fue ingenuo y estúpido, contarte cómo ha acabado en esta terrible situación. ¿Mi nombre? Poco importa, creo incluso que ya lo olvidé… puedes decirme Voz de Ceniza, creo que es lo más adecuado.

Si mi relato tuviera un inicio, seguramente no te interesaría. Nací en un pueblo humilde, en una familia no muy mal avenida que regentaba una panadería. Cuando cumplí los quince años, mis padres murieron al contraer unas fiebres y me dejaron solo con el negocio. Apenas me daba para comer y aunque anhelase la compañía de una esposa, los padres de la comarca y las jóvenes no deseaban saber de mí a causa de mi procedencia poco pudiente.

¿Qué tiene que ver con lo que te voy a pedir? Prácticamente todo, sólo dame un poco más de tiempo para explicarme.

Bueno, tal fue mi desesperación ante una vida tan vacía y triste, plagada de soledad y noches sin calor humano, que después de una noche de insomnio me acerqué hasta el puente que pasaba al lado del antiguo cementerio, dispuesto a acabar con todo aunque supusiera el infierno para mi alma. Cuando la luz de las estrellas iluminó a duras penas el lugar y el amanecer, encontré una figura moviéndose entre las lápidas. Vi a una joven hermosa que vestía de negro, de expresión triste y un velo de viuda tapando sus ojos. De lejos pude adivinar que tenía los cabellos negros y aunque corrí para alcanzarla, en cuanto llegué al camposanto había desaparecido.

Volví a mi hogar dispuesto a descubrir la verdad de aquella triste joven que había visto vagando. Los jóvenes del pueblo hablaban de que se trataba de una joven viuda, que vagabundeaba por las lápidas buscando a su amor perdido tanto tiempo atrás. Se decía que su belleza era legendaria; su alma, pura bondad, y que anhelaba volver a dar su corazón a otro hombre que estuviera dispuesto a amarla. Pero nadie había conseguido averiguar dónde vivía.

¿Cómo no sentir curiosidad por alguien así? ¿Cómo no ver de pronto una oportunidad al fin de poder formar mi propia familia, teniendo ella seguramente tantas necesidades como yo mismo? Era una pequeña esperanza para mí, ya que, en un lugar tan pequeño como mi hogar, aquellas que permanecían viudas siendo jóvenes eran las que sus maridos no tenían hermanos que ocuparan su lugar.

Busqué por toda la región, desde las casas más pobres hasta las más ricas, incluso en las que se afirmaba que estaban abandonadas o, mucho peor, encantadas. No encontré nada, así que, durante días, me dediqué a buscar en el cementerio la tumba de un difunto joven, sabiendo que ella algún día volvería a ese lugar y podría intentar cortejarla. Incluso intenté permanecer allí por la noche, única vez que pude verla. Pero en cuanto el día empezaba a oscurecer, los guardias me echaban de allí.

Y una noche de luna llena al fin escalé con sigilo las murallas y busqué a la pobre viuda. Cuando la encontré, de espaldas a mí, corrí a su lado y sin esperar a ninguna invitación, le expliqué mi situación y le pedí su consentimiento para casarnos.

Su respuesta fue reírse cruelmente. Me levanté con el corazón roto y entonces vi su rostro. Estaba completamente dividida por una sonrisa lobuna plagada de dientes ennegrecidos y afilados. Su vestido, lejos de ser negro como pensé, había sido un traje de novia, antaño blanco y ahora, bajo la inclemente luna y oscurecido a causa de la sangre reseca y pútrida, más bien rojo. No tenía ojos, observaba todo desde el fondo de dos cuencas vacías y en sus mejillas, estaban marcadas las lágrimas que lloró con su sangre.

Grité, eso lo recuerdo. También viene a mi memoria cómo se abalanzó contra mí, arrancándome parte del cuello y mis venas, para luego aprovechar ese instante fugaz y clavar mis brazos y piernas con afiladas piedras en uno de los mausoleos antiguos que allí reposaban. Todo se volvió rojo como la sangre que manaba de mí, hasta que me arrancó los ojos y entonces, sin saber porqué, volví a ver todo aquel dantesco espectáculo que era incapaz de asimilar. Podría contarte cómo vació cada gota de fluido vital de mi cuerpo, devoró mis entrañas, desgarró mis miembros y carne y me torturó más allá de todo lo imaginable, lo que llegué a gritar suplicando misericordia y lloré de sufrimiento… pero ya has visto cómo actúan los suyos. Aunque en su caso deberé romper una lanza a favor de su crueldad, ya que dudo que los demás vampiros sean tan perversos como ella.

A la mañana siguiente, mientras el sol abrasaba mi ya maltrecho cuerpo, los sepultureros aparecieron y con un suspiro, me bajaron de la pared y me explicaron la situación. Afirmando que lo sentían, que habían hecho todo lo humanamente posible para salvarme, pero ahora debían acabar conmigo, ya que de otra forma me volvería uno de esos monstruos. Después de tanto dolor, deseaba que acabaran con mi vida y dejar de sufrir.

Pero ella era demasiado astuta, no solo se había alimentado y divertido conmigo, sino que por lo que decían los sepultureros mientras afilaban el hacha, se aprovechaba de muchachos en mi misma situación. Así los aldeanos seguían sin saber nada de tamaño problema o en su defecto, podían quedarse tranquilos en sus hogares dejando que los chicos pobres sin familias como yo, alimentaran con su insensatez a la vampiresa.

Desearía decir que todo se acabó con un tajo limpio, pero no. Mis salvadores, aunque fuertes, no tenían tanto poder como para atravesar mi cabeza de un hachazo e hicieron falta tres golpes a los que respondí con gritos llenos de dolor y desesperación. No me mataron, eso sólo era para protegerse de lo que habría hecho mi cuerpo de haber tenido aún su cabeza. A ellos poco les importaba ayudarme.

Tomándose su tiempo, mientras seguía sufriendo, prepararon una hoguera y allí me quemaron. Mi carne se consumió y tan solo quedó mi esqueleto negro y quebradizo, ardí e intenté resistirme para salir de aquel infierno, deseando de pronto una vida aunque tuviera que sufrir tanto como ahora. Al final tiraron mis restos a la tumba donde descansaba la vampiresa, la tierra se los tragó y ella ahora duerme encima de ellos, incluso los abraza y los besa, los ama y los añora como si alguna vez hubiéramos sido amantes.

Ahora estoy condenado a vagar hasta que ella muera. Me da igual si luego mi destino es el infierno, si debo sufrir de nuevo o lo que ocurra. Necesito vengarme y ser libre, escaparme del control que ella ejerce sobre mí aunque ahora mismo soy sólo unas pocas cenizas arrastradas por el viento. Te lo ruego, acaba con ella, necesito encontrarme con mi castigo o mi perdón, con lo que corresponda después de morir. Dale a esta alma un respiro, una venganza si quieres… incluso puedes pensar que ya no queda nada de ese chiquillo tonto e inocente que fui. Seguramente sea eso lo que en verdad me ocurra y únicamente me deje llevar por la maldición vampírica.

Y, aun así, sólo ansío que me des un final.

© Copyright de Laura López Alfranca para NGC 3660, Julio 2017

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