Vos cantastes tangos y milongas – Reed.

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Por Carlos Romeo

Jerry Cornelius cantaba aquel tango con una fingida indiferencia. Él, el más elegante de La Boca, realmente bien trajeado, observaba a Miss Brunner advirtiendo su extrema palidez y echando de menos un trago de buen whiskey. Se sentía cansado y expectante, aunque en cierta forma vacío. Recordaba o podía adivinar otros tiempos, del burdel al cafetín, ser estribillista o compartir cartel con los grandes, conocer a Pichuco o no haberlo tratado nunca, salvar a Gardel o dejar que todo sucediera de nuevo. Un remolino de pensamientos y tiempos encontrados.

Ella tangueaba con un obeso visiblemente nervioso. Los remiendos de tinta en el sombrero negro delataban su momento económico. Ella desapareció con él hacia un reservado mientras finalizaba el tango, camino de la vieja ceremonia.

Casi como en una película de cámara lenta, filmada adrede para examinar los detalles de un ritual, los soldados chinos destrozaron la puerta e irrumpieron en el local. Saltos y gestos de cualidad felina, cuchilladas y subfusiles escupiendo balas. Estrellas y banderas rojas parecían señalar el firmamento, iluminado por las bombas incendiarias que caían una tras otra. En ese preciso instante había empezado la masacre en el arrabal.

Mientraslos soldados empezaban a tapizar las paredes con dazibaos. Jerry, recordando su hermosa villa victoriana en Shangai, buscó al oficial al mando abriéndose paso pateando los cadáveres.

Volviendo del reservado, Miss Brunner bajó tras él. Atrás, ni siquiera en el recuerdo, las ropas para siempre vacías del obeso. Recuerdos de pianistas desnudas, de algo que iba mucho más allá de un aparente vampirismo lésbico.

Jerry, removiendo sus recuerdos del antes, del ahora y del después, vio todo aquello como un cambio del color de una bandera en un mapa de campaña, del azul al rojo. Pasó, pudo ser, podría suceder, todo ello a la vez. Y pensó, esto es, pero no será.

Un amplio sedán negro esperaba con la puerta abierta, custodiado por soldados de mirada perdida, inmóviles como estatuas de terracota. Invitados ambos a entrar en el vehículo, dentro les esperaban whiskey y pastelillos de la suerte.

—Celebro encontrarles.

El coronel ofreció unos cigarrillos St. Moritz a Miss Brunner. Ella tomó uno que no encendió inmediatamente. Después de beber un buen trago, acariciando terciopelo, Jerry leyó su pastelillo: «La dulzura de carácter complace al Señor del Cielo».

El automóvil, casi imperceptiblemente, se había puesto en marcha. Alrededor,  ajeno a la conversación, el arrabal ardía. Columnas con miles de soldados confluían hacia las ruinas de la Casa Rosada mientras coros de niños entonaban cánticos revolucionarios.

—Jerry. Debo admitir que su nombre y sus iniciales siempre me han fascinado. Jerry Cornelius, JC, como el Crucificado. Si yo no tuviera una visión tan materialista de la Historia le preguntaría si acaso no es usted el Anticristo del Libro de las Revelaciones.

Encendiendo el cigarrillo intervino Miss Brunner.

—No creo que Cornelius lo sea¿verdadJerry? Pero siempre he tenido la sensación de que ambos lo esperábamos. Recuerde para quién trabajó él al principio, por largo tiempo. Según parece podría haber ascendido a los altares. Beato, quizá santo.

—Sí —Jerry tomó la palabra—, ambos estuvimos esperando al Anticristo.

—Pero debe haber algo más que permanece velado, señor Cornelius, al menos para mí —adujo el coronel—. Creo que siempre ha actuado usted de forma coherente. Favoreciendo la entropía del sistema. Si se trata de escoger entre el orden y el caos, usted ha preferido el caos.

Jerry miró al coronel con una expresión hastiada.

—Mi actuación no es siempre incondicionalmi querido coronel. Yo intento sobrevivir entre el caos y el orden, pero incluso así no sé qué hago yo aquí, en este simulacro de guerra. Sí, ya sé, la «Hegemonía del Pueblo en el Hemisferio Sur». En la Unión Sudafricana y en Rhodesia, ahora Repúblicas Populares, les acogieron como liberadores¿pero aquí en el cono sur? —Tras un instante de silencio y un trago Jerry siguió hablando— la entropía, ¿verdad? Sí, claro, sí. No sé por qué sigo hablando, me siento cansado y enfermo. Pero quiero que le quede claro algo, mi querido coronel. El hecho de que ahora estemos juntos usted, Miss Brunner y yo es algo exigido por las circunstancias, algo casual. Nuestro estatus de agentes espaciotemporales no es tan inequívoco como pudiera parecer. Además, en muchos casos hay un excesivo control…

—Entonces es preciso establecer un estado estacionario, un momentáneo equilibrio —puntualizó Miss Brunner—. A pesar de todo tenemos que tener en cuenta que el caos es el estado más probable. Sólo se puede mantener el orden —como en un ser vivo— aumentando el caos de su entorno, incrementando la entropía del sistema. La vida, incluida la vida humana, es una lucha perdida contra la entropía. El orden siempre perderá, sólo el caos es creativo, sólo el caos es real. Por eso perderán ustedes, ya que sólo pueden ofrecer orden y certeza, y eso no puede durar.

Todos quedaron en silencio en el sedán.

—Paradójicamente la inminencia o la posibilidad del caos parece debilitarleseñor Cornelius.

Jerry no contestó al coronel. Se encontraba mal por el humo del St. Moritz. No todo se había ajustado a sus propios planes. Jerry se preguntó cuántas veces iban a cambiar de color ciertas banderitas en los mapas de campaña. Del azul al rojo, del rojo al azul y vuelta a empezar.

Además, estaba la grandilocuencia formal. Sólo cambiaban las fotos de los líderes, pero los grandes movimientos de masas eran iguales en todas partes. Niños cantando con lágrimas en los ojos las alabanzas del líder, las gigantescas exhibiciones gimnásticas… Y a la vuelta de la esquina, tras la fachada triunfal, la melancolía de las ruinas de cada ciudad destruida. Siempre la misma.

Jerry observaba cómo las tropas chinas repartían raciones de arroz entre los supervivientes de los bombardeos que acababan de efectuarse hacía sólo unos minutos.

Ayer fue en Ciudad del Cabo, hoy en Buenos Aires, mañana en algún lugar de Nueva Caledonia, Australia o Nueva Zelanda. La «Hegemonía del Pueblo en el Hemisferio Sur» seguía adelante. Desde el sur al trópico y más tarde al ecuador. El objetivo expreso, la liberación de los pueblos oprimidos del sur. El objetivo implícito, las proyecciones de las nuevas repúblicas populares sobre el continente antártico y la soberanía de facto sobre éste y sus recursos.

Pero todos estos actos parecían existir con un cierto aire de irrealidad. Como situados al borde del final del mundo, donde reina el caos por definición. Todo podía ser, o haber sido, o no ser en absolutoni siquiera una posibilidad. Allí las diferentes opciones confluían y se separaban a un tiempo, donde era posible transitar por una realidad fluida y el tiempo no era un camino anisótropo.

Terminado el viaje en coche, Jerry embarcó solo en el SS Kao Ann —de bandera panameña—. Mientras tanto Miss Brunner emprendía vuelo en un helicóptero Sykorsky. El coronel quedó en tierra con sus hombres.

Sus pequeños pulgares eran oponibles.

 

***

Felt for You, Velvet for Me, de The Deep Fix, regalaba los oídos de Jerry Cornelius quien seguía el ritmo tamborileando los dedos sobre la borda del SS Kao Ann, atracado en Macao, mientras pensaba en su amada Catherine. Jerry aún recordaba fragmentos de su conversación incoherente con el coronel, pero éste no le inquietaba.

—Si se trata de escoger entre el orden y el caos, usted ha preferido el caos. (…) La «Hegemonía del Pueblo en el Hemisferio Sur». (…) La inminencia o la posibilidad del caos parece debilitarle, señor Cornelius…

Jerry sólo quería quitarse todo eso de la cabeza. La bebida ayudaba y también el rock, pero le esperaban sucesos inevitables en esta línea del espaciotiempo.

Mientras sucedían estas cavilaciones, en un punto intermedio entre la resaca y la desinhibición, la colonia portuguesa había sido invadida por cientos, tal vez miles, de soldados chinos montados en bicicletas Royal Albert. Las comunicaciones con Portugal habían quedado cortadas desde primera hora, pero en Hong Kong nadie se inquietaba demasiado. El flujo de pasajeros y mercancías entre las dos ciudades seguía como de costumbre.

Entrando y saliendo de los casinos, entre juego y juego, el gentío iba y venía del puerto observando risueño y curioso los acontecimientos. Era palpable la tensión entre las tropas aposentadas en el muelle y el SS Kao Ann. El vino de arroz y otras bebidas destiladas regaban abundantemente los lugares de juego. Los burdeles abrían sus puertas.

Las columnas de soldados tapizaban la ciudad con dazibaos, repartían libros rojos y acaparaban sin ningún disimulo los productos del mercado negro, sobre todo el tabaco rubio y las bebidas destiladas, en busca de negocio.

Jerry sabía que, de nuevo, esto era sólo un incidente más. Incluso sólo una anécdota impredecible ayer y olvidada mañana sobre un mero cambio de color en un mapa de campaña. Tampoco olvidaba la presencia del lanzallamas y su pistola de agujas, muy a mano, por si acaso. El viento se enredaba en su camisa de seda mientras saboreaba un vaso de whiskey.

Algún miembro servicial de la tripulación le acercó un telegrama. Lo leyó y escribió una pequeña respuesta en un papel. Volviéndoselo a pensar mejor, lo arrugó y tiró por la borda, y despidió al emisario. Jerry empezaba a estar realmente muy harto de todo este juego.

Cinco minutos más y el SS Kao Ann abandonaría el muelle. Luego, al soltar amarras, Jerry no pudo evitar que una leve sonrisa asomara a sus labios.

El coronel, impasible, observaba fijamente el barco mientras que a su orden las bicicletas se ponían en marcha. Los soldados pedaleaban hacia el final del muelle cayendo al mar sin remedio.

Cientos, tal vez miles de ellos se deslizaban hacia el fondo del  puerto. Muchos morían mientras el coronel, derrotado e inmutable, atravesaba la frontera dejando la colonia. Había una duda en el aire. ¿Había sido todo una ilusión colectiva? Pero más allá de lo que podría haber sido un inmenso efecto de sugestión sobre el gentío, se empezaron a recuperar cadáveres y bicicletas.

En Macao aquella noche fue festivaapareciendo por doquier farolillos, fuegos de artificio y generosas raciones de vino de arroz. No cerraron los mercados de comida, tampoco los casinos y burdeles.

En Portugal costó mucho dar unas explicaciones meramente convincentes a los responsables, ya que se tardó mucho más de lo conveniente en dragar el puerto.

¡Sangre y almas para Arioch! —musitó para sí Jerry antes de darle el último trago al vaso de whiskey, mientras el barco enfilaba su rumbo a Hong Kong. Él no quería más complicaciones, sólo volver a Londres y dejar que el futuro se presentase por sí mismo. De pronto se dio cuenta de que por la megafonía de la nave sonaba The Best is Yet to Come, cantada por Sinatra.

¡Una de las armas del enemigo! —pensó.

Entonces se dirigió al camarote correspondiente de la nave para lograr que sonara música más adecuada —la que él mismo había sugerido—como Needle Gun o, mejor aún, Silver Machine.

En Hong Kong todo seguía como de costumbre.

 

***

 

Jerry Cornelius —chaqueta de terciopelo, camisa de seda y pantalones ajustados— paseaba por Hyde Park mientras trataba de recuperarse de la depresión y el cansancio de los últimos días. Mientras tanto, jóvenes aspirantes a músicos vendían cometas artesanales en las inmediaciones del Speaker’s Corner.

Sentía la tentación de volver a coger su guitarra, su querida Stormbringer, ser el rey del blues blanco y que el nombre de The Deep Fix apareciera en la portada del Melody Maker o del New Musical Express. No era sólo la nostalgia de la buena música y de las actuaciones pasadas, también el anhelo de compartir con Hawkwind algún cartel. Tal vez.

Entonces sucedió lo inesperado.

—¡Vos cantastes tangos y milongas! —un individuo lo había agarrado del brazo y le miraba con los ojos desorbitados—¡Vos cantastes tangos y milongas! En el arrabal, ¿no recordás?

¿Pudo salvarse alguien que me recuerde? —pensó Jerry.

La situación, más que desagradable era espantosa. Esta persona podía recordar un pasado que nunca había sucedido, había sido testigo de una línea de tiempo alternativa. Además, aquel individuo tenía una grabadora. En ese momento más que en ningún otro deseó que se lo hubiera tragado la tierra. Tenía que enfrentarse a esto. Había que tomar una decisión y hacer algo rápidamente.

¿Dónde lo mato?

En el coche donde le metió con falsas promesas, camino de Canvey Island, resonaba la música de los Rolling Stones. Pero la mente de Jerry, mientras conducía de forma semiconsciente, era un torbellino de imágenes y sensaciones. Razzano, Hendrix, las orquestas típicas donde había tocado antes de convertirse en cantante, el Campeón Eterno, The Deep Fix, su soledad en cualquier burdel bonaerense, el sombrero que le compró a aquel muchacho que los vendía en Carnaby Street, la avenida Corrientes en los años cuarenta, el Multiverso, su casa en Ladbroke Grove o la pistola de agujas.

Jerry le asesinó con fingida indiferencia para después destruir la grabadora. Necesitaba urgentemente beber un vaso de whiskey, le habían estropeado la tarde.

En los medios de comunicación no había ninguna referencia a la «Hegemonía del Pueblo en el Hemisferio Sur». Nada de esto había sido, era o sería alguna vez. Jerry no había asesinado. No hubo nunca una pistola de agujas. Sólo le esperaba su guitarra. Sólo estaba el anhelo de Catherine.

 

Escrito en agosto de 1979, ampliado en 1980, revisado y reelaborado en septiembre de 2007, y retocado en mayo de 2015.

En su redacción definitiva este texto está dedicado a Richard Pinhas.

 

© Copyright de Carlos Romeo para NGC 3660, Octubre 2016

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