A los que visiten la casa

 

Por Regino García iconocorcheas

Faltaba todavía una hora para la cena, pero como venía siendo habitual, el Señor seguramente no tendría apetito.

Llevo más de treinta años al servicio del Marqués de Santamaría, y en todo este tiempo jamás había roto su rutina. Pero desde hacía unos días, la bandeja con las viandas que le eran servidas puntualmente permanecía intacta en la mesita camarera, a la puerta de su habitación. De hecho, he de decir con gran pesar, que el señor llevaba una semana sin salir de sus aposentos. El mismo tiempo llevaba yo sin verle, ya que solo aceptaba recibir a su hijo, el Señorito Álvaro, con quien parecía haberse reconciliado a raíz de su enfermedad, después de años de llevar una vida disoluta e inapropiada que avergonzaba a su padre. Ahora pasaban todas las tardes e incluso noches enteras encerrados en ese cuarto, para mi consternación.

Con el señor postrado y rechazando mis atenciones, mi trabajo desde hacía un tiempo venía consistiendo en el cuidado y mantenimiento de la residencia, y de sus preciadas colecciones. Allí había monedas antiguas, desde sestercios del Imperio Romano hasta doblones del Siglo XVI; había diversos trofeos, cabezas de animales que el Señorito Álvaro había matado y disecado personalmente, pues era un gran amante de la caza y la taxidermia; había asimismo majestuosos navíos reproducidos a escala de forma minuciosa, e insertados en botellas de cristal, reminiscencia de la antigua pasión del Marqués por la navegación; y por último, hay que resaltar las hermosas pinturas que se hallaban en ambos salones de la residencia, algunas de ellas obras de los más afamados artistas, como correspondía a un linaje que, si bien no gozaba de la grandeza de antaño, aun podía considerarse bastante acaudalado.

Me hallaba yo ejerciendo dichas funciones cuando el Señorito Álvaro bajó las escaleras y nos reunió a todo el servicio en el gran salón. Allí nos explicó que, por fortuna, su padre había superado finalmente su postración, y que por ello había resuelto cumplir su viejo sueño de dar la vuelta al mundo en velero. Una mezcla de alegría y confusión nos invadió a todos los empleados, que solicitamos ver al señor para expresarle nuestro regocijo, pero desafortunadamente ya se había acostado, pues se hallaba extenuado, según nos confesó su hijo.

Al día siguiente me levanté más temprano de lo habitual, y fui a la habitación del Señor para desearle buen viaje, pero antes de que pudiera llamar a la puerta salió el Señorito, y me informó de que el Marqués había partido muy temprano, no hallándose ya en la casa. Fuimos hablando hasta el gran salón, y allí me sentó y comenzó a alabar mi preocupación por el Señor y mis largos años de fiel servicio que él agradecía, para concluir que, por desgracia, mis atenciones ya no iban a ser necesarias, ya que habiendo quedado él como administrador único de la extensa hacienda de su padre, su intención era vender la residencia familiar y trasladarse al extranjero, donde no necesitaría servicio alguno. Tras estas frías palabras me prometió una compensación económica por mi devoción —que yo no solicité— y se despidió bruscamente de mí, pues asuntos importantes le requerían, según dijo mientras abandonaba la estancia.

Allí quedé en silencio unos minutos, pensando en todo lo sucedido. Como guiado por mi estupor me encaminé lentamente hacia las escaleras que subían al primer piso, y luego a la habitación del Señor —perdón, a la antigua habitación del Señor—, y sin ni siquiera llamar previamente como venía siendo norma en todos estos años, entré de golpe, ansioso, esperando verle. Pero allí no había nadie, y me empecé a convencer de que mi mundo había cambiado para siempre. La habitación estaba cambiada, ya que el Señorito había comenzado los preparativos de la venta. Algunos de los navíos embotellados del Señor habían desaparecido, y en cambio había varios trofeos de caza colgados en la estancia, así como una estrafalaria estatua a tamaño natural de un indígena africano, ataviado con pieles de animales.

Consternado por los acontecimientos, me retiré de allí como una sombra silenciosa, y tras hacer mi equipaje y despedirme del resto del servicio, llamé a un coche de punto y me dirigí a la casa de mi hija. Aquella noche no conseguí dormir, pues no dejaba de pensar en la brusca partida del Señor, con quien había mantenido una relación personal trascendente al mero trabajo durante tantos años; además, había otra idea que no me abandonaba, y a cada hora que pasaba me parecía más y más inquietante. Por fin, extenuado y con gran resolución por la sospecha que me acechaba, me vestí y salí a la calle, y tras unos minutos que me parecieron eternos, llegué a la residencia en mitad de la noche.

Naturalmente, la casa se hallaba en silencio y sin luz alguna, por lo que entré con sumo cuidado, abriendo la puerta con un juego de llaves que conservaba para emergencias. Con el tictac del carillón marcando mis pasos, subí al piso superior, y llegué hasta la habitación del Señor.

Respiré y entré.

Todo estaba tal y como yo lo había avisto unas horas antes: la mesa, la alfombra, las cabezas de animales…y aquella horrible estatua.

Me acerqué a ella y la contemplé fijamente, y entonces, llevado por una intuición que rondaba mi cabeza desde hacía horas, cogí el abrecartas que había en la gran mesa y comencé a raspar la mano del indígena, descubriendo horrorizado cómo debajo de la acartonada piel de su mano se escondía otra mano de piel blanca, aún caliente, y con el anillo del marqués en su dedo anular. Estuve a punto de gritar, pero unas manos me asieron del cuello fuertemente, hasta que comencé a desvanecerme…

Al despertar, mi vida, o lo que queda de ella, había cambiado para siempre. Después de treinta años en esta casa, ahora puedo decir que verdaderamente formo parte de ella. El Señorito tuvo el detalle de colocarme junto al Marqués, y ahora acompaño al Señor en su perpetua inmovilidad, aunque sospecho que él ya se halla en completo reposo. No sé bajo que imagen externa latirá todavía mi cuerpo en sus últimos días, ya que mi tiempo se va agotando. Quizá sea un explorador colonial, u otro indígena salvaje como mi Señor. Pero eso ya no importa demasiado, ya que no puedo moverme ni hablar. A solas con mis pensamientos, les cuento esta historia a todos los que visitan la casa con la perspectiva de adquirirla. Quiero decirles que si necesitan cualquier cosa, no tienen más que pedirla.

 No voy a moverme de aquí.

© Copyright de Regino García para NGC 3660, Marzo 2018

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