Virtual

 

Por Joan Antoni Fernández

Llegaron por la noche, como era de esperar.

Gregorio se despertó con sobresalto y abrió los ojos dominado por un extraño presentimiento. La luz de la luna entraba furtiva por el amplio ventanal, desparramándose a través de las sombras del salón. Lacerado por una creciente inquietud, el hombre escuchó a través del pesado silencio, la sangre martilleándole furiosa en los oídos. Entonces captó el sonido distante y amortiguado de unos pasos deslizándose sobre la piedra. ¡Estaban subiendo por la escalera! Sintiendo un escalofrío de terror, clavó la mirada en el dorado reloj de sobremesa. ¡Las once y veintisiete solamente! Hacía una hora que se había quedado adormilado en el sillón, vencido por el agotamiento pero incapaz de conciliar un sueño profundo. Él les había estado esperando, sabía que inevitablemente acudirían a exigir lo acordado. Pero… ¿tan pronto?

El timbre repiqueteó breve, pero con firmeza, agitándole de nuevo. ¡Dios mío, iban a despertar a Lola! Se alzó de un salto, notando el incontrolable temblor de sus rodillas. Corrió a través de la mullida moqueta hacia la puerta, asustado y confuso. Que no despertaran a Lola, a ella no, por favor.

Su mano se agitó temblorosa sobre la cerradura igual que un pájaro asustado. Lanzó una inquieta mirada hacia atrás, tratando de horadar la oscuridad del lejano dormitorio. Silencio, Lola dormía ajena a todo. Gregorio suspiró aliviado y se concentró de nuevo en el cierre. Por fin pudo descorrer el cerrojo y abrió con lentitud la recia hoja de roble.

Ante él, bajo una tenue luz amarillenta, se alzaba la imponente figura del Uno, flanqueado por dos silenciosos Otros. Gregorio tragó saliva con pesadez y, de forma involuntaria, retrocedió un paso. Los visitantes avanzaron con resolución y penetraron en la vivienda. El Uno abrió sus brazos en un movimiento paternal mientas Gregorio, dominado por una fuerte emoción, caía de rodillas ante él.

—Gregorio, querido hijo mío —el Uno habló con voz bien modulada, a la vez que le sujetaba obligándole a incorporarse—, no tienes por qué inquietarte. Hemos venido a salvarte, ya lo sabes, lo que hacemos es por ti.

Los recién llegados rodearon al hombre y lo condujeron casi a rastras hacia el salón. Alguien encendió las luces y corrió las cortinas, aislándoles del resto del mundo. Gregorio, cabizbajo y abatido, se dejó llevar sin decir nada, incapaz de reaccionar ante los acontecimientos. Lo sabía, desde el principio supo que todo acabaría así. Tan solo imploraba que no despertaran a Lola.

El Uno le hizo sentarse de nuevo, clavando las frías y grises pupilas en él. Gregorio contuvo la respiración mientras espiaba cualquier signo revelador en aquel rostro que parecía tallado en granito. ¡Qué lejano parecía el día cuando sus destinos se cruzaron por primera vez! Aquel extraño ser le había prometido todo cuanto pudiera desear y había cumplido con creces. Pero, como en todo contrato, también existía la parte negativa. Lo que le habían regalado no era algo eterno, tenía fecha de caducidad. Y ahora tendría que devolverlo todo, incluso más de lo obtenido. Era como un maldito pacto con el Diablo donde al final uno pierde hasta el alma. ¡Oh, Dios, ojalá Lola no se despertara!

—Hemos alcanzado el final del proyecto. —El Uno habló con estudiada lentitud.

—¿Ya? —Gregorio encontró fuerzas para oponerse, intentando una negociación imposible—. Concédeme algo más de tiempo, te lo suplico, tan solo unos cuantos días más…

—Sabes que eso es imposible. —El Uno le contempló con paternal indulgencia—. El tiempo estaba estipulado de antemano y no puede prolongarse ni un solo minuto. Son las Reglas.

—Pero… ¡eso es inhumano!

—Lo contrario sería aún más cruel, aunque tú no lo puedas entender ahora.

—¿Cruel? —Gregorio repitió la palabra como saboreándola—. Me quitáis todo lo que tengo, me dejáis sin nada, vacío en cuerpo y alma. ¡Y me hablas de crueldad!

—Era lo acordado. —El Uno movió su cabeza con pesar—. Te dijimos que este momento llegaría y no te importó con tal de saborear todos sus placeres, aunque fuera por tan escaso tiempo.

—¡Pero yo no sabía, no podía imaginar que pudiera ser tan maravilloso!

Uno de los Otros se removió inquieto tras de ellos, haciendo que el Uno se girara levemente para tranquilizarle con la mirada.

—Lo sé —dijo este con suavidad—, es algo excitante. Pero tiene que acabar, ¿lo comprendes, hijo mío? Tiene que acabar ahora. Resulta demasiado peligroso.

—¿Y si me niego? —Gregorio alzó la mirada, sintiéndose desafiante.

—No me lo hagas más difícil. —El Uno frunció el ceño—. De una forma u otra, esto debe llegar a su fin. Podemos hacerlo tranquilamente, sin dolor, o por la fuerza.

Gregorio tragó saliva y miró hacia los silenciosos Otros. Estos parecían ágiles y fornidos; él sería incapaz de escapar a sus manos. Además, no podía abandonar a Lola. Estaba atrapado y ellos lo sabían.

El Uno sonrió como si hubiera estado leyendo su pensamiento y sacó un pequeño estuche de cuero de uno de sus bolsillos. Abrió la cremallera e inspeccionó el contenido del estuche con ojo crítico. Gregorio lanzó una mirada temblorosa hacia las frías agujas hipodérmicas que asomaban en perfecta formación, como aguardando el instante de actuar sobre él.

—¡Oh, Dios mío! —musitó con voz trémula.

—Tranquilo, no dolerá en absoluto. Un simple pinchazo y todo habrá concluido.

El par de silenciosos Otros rodeó a Gregorio, arremangándole una manga de la camisa. El corazón le golpeteaba en el pecho con furia mientras observaba cómo el Uno buscaba con recios dedos la vena de su propio brazo desnudo. Una jeringuilla repleta de un líquido viscoso aguardaba sobre la palma de la otra mano. Todo estaba perdido…

—¿Qué sucede, quiénes son estos señores?

La aguda voz femenina, casi histérica, sacudió a todos los presentes. Gregorio apartó la vista de su brazo y miró hacia el extremo del salón. En el umbral de una puerta había aparecido la espigada figura de una mujer. Era Lola.

—¿Qué significa esto? —El Uno miró hacia donde estaba la mujer y luego de nuevo a Gregorio con el rostro congestionado por un creciente enojo—. ¿Cómo te has atrevido?

El aludido sintió que una nueva y poderosa angustia iba apoderándose de su ánimo. Todo estaba saliendo mal. Lola se había despertado.

 

***

 

—El problema radica en la masificación.

Ramón Iturralde sonrió ante aquella afirmación de Pablo Santos y le contempló con escepticismo. Los dos eran jóvenes y competentes hombres de negocios, altos directivos de la FeberLight Corporation, una de las empresas más importantes en el sector del ocio multimedia. Ambos habían entrado juntos en la división de Ventas de la compañía y, si un milagro no lo remediaba, también ambos serían despedidos al unísono tras un año de catastróficos resultados comerciales. El mercado estaba por completo saturado de juegos virtuales y la competencia resultaba cada vez más feroz dentro del sector.

—Tal vez —ironizó—, pero eso no nos ayuda en absoluto.

—Al contrario —Pablo Santos sorbió su bebida con delectación y clavó los acuosos ojos en el rostro de su compañero—, esa es la clave que puede salvar nuestro futuro profesional: la masificación.

—No te entiendo —Ramón le miró con expresión confusa.

—¿Has oído hablar de Tomás Palmira, el captólogo?

—¿Y quién no? Es un tipo bastante extravagante que sustenta unas teorías algo nazis, si me permites la expresión. ¿Por qué?

—Es primo mío. No, no hace falta que te disculpes, tienes toda la razón. Es un nazi de pies a cabeza, pero listo como pocos. Se hizo célebre gracias a su controvertida tesis sobre la posible manipulación del comportamiento a través de los juegos virtuales. Como sabes, la captología es una disciplina que estudia los efectos de la tecnología proyectada sobre el comportamiento de los usuarios. Tomás quiso utilizar sus conocimientos tecnológicos para condicionar a la gente, lo cual no sentó muy bien en ciertos círculos intelectuales, así que fue expulsado de su cátedra. Pero eso no desanimó a mi pariente, siguió investigando… y ahí es donde metemos baza nosotros.

—¿Cómo? —a su pesar, Ramón se sintió interesado.

—Tomás ha diseñado un programa interactivo fascinante. El propio usuario puede recrearlo a su antojo, dotándole de la configuración que desee tan solo pensando en ella. Es el futuro, créeme, no hay nada comparable en todo el mercado. Ni siquiera necesitas conectarte a módulos, llevar casco, guantes, auriculares ni nada parecido. Es el juego virtual definitivo.

—¿Y? —Ramón miró a su amigo con desconfianza—. Si es tan perfecto, ¿para qué diablos nos necesita tu primo? Puede patentarlo y hacerse rico él solito.

—Ya te he dicho que Tomás se halla bastante mal considerado en ciertos sectores. Nosotros seríamos su tapadera, los encargados de colocar el producto en el mercado.

—Entonces solo se trata de dar la cara, haciéndonos pasar por los autores del ingenio, ¿no es eso? Pero dime, ¿realmente funciona el programa de tu primo?

—Hay un pequeño defecto —Pablo parpadeó—. Resulta tremendamente adictivo. El programa se inocula directamente al cerebro mediante nanotecnología, ya te he dicho que no precisa para su desarrollo de ningún equipo especial. Una simple inyección subcutánea y, al cabo de diez minutos, ya está todo en marcha. El cerebro comienza a percibir sensaciones irreales, interpretando los estímulos externos según las pautas del programa instalado en las mismísimas neuronas. El propio sujeto, siguiendo las instrucciones previas del producto, condiciona a su mente para percibir el mundo de una forma determinada. Puede cambiar su entorno, convirtiéndolo en un pueblo del Oeste, en un castillo de la Edad Media, en una base espacial o en cualquier cosa que se le ocurra. Durante todo ese tiempo él creerá vivir en semejante mundo ilusorio, pues el cerebro filtrará sus percepciones, interpretándolas según el modelo establecido de antemano.

—Eso suena muy peligroso —Ramón se envaró—. La gente no puede circular por ahí sin percibir la realidad de lo que les rodea. Como mínimo, el número de accidentes aumentaría de forma considerable.

—Desde luego, pero la idea de mi primo es aplicar su programa en las empresas. Imagínate una fábrica donde los operarios trabajen creyendo que están en la playa o esquiando, por no decir de los ejecutivos que podrán convertir sus despachos en saunas, discotecas, campos de golf o lo que prefieran. Las posibilidades son infinitas. Luego, antes de ir a casa, otra inyección desprogramadora y vuelta a la realidad.

—Pero ¿no dices que resulta adictivo? ¿Puede aplicarse el proceso durante mucho tiempo sin efectos secundarios?

—Ése es el problema —Pablo frunció el ceño—. No sabemos cuánto tiempo puede soportar un ser humano dicho programa sin que su mente se sienta trastornada por el entorno ficticio, volviéndose irrecuperable para el mundo real. O sea…

—O sea, que antes precisamos a un conejillo de Indias.

 

***

 

—Vamos, amigo, no lo hagas.

Gregorio se giró y observó a los tres hombres que estaban en el puente detrás de él. Fue una mirada casual, vacía, desprovista de emoción. Avanzó un paso más y quedó pendiente sobre el abismo. Bajo él las turbulentas aguas del río parecían llamarle a su seno. ¿Qué importaba de todos modos, qué podía importar ya nada en absoluto?

—Vamos, no lo hagas —repitió uno de los hombres mientras daba un nuevo paso hacia él—. Cualquiera que sea el motivo que te impulsa a semejante locura, puede arreglarse. Yo tengo el remedio a todos tus males.

—¿Acaso puedes devolverle el amor y la ilusión a mi vida? —Gregorio sonrió con amargura, despreciando el ofrecimiento.

—Puedo.

El suicida detuvo su avance y volvió a mirar a los otros con un brillo de esperanza.

—¿Crees ser Dios? —preguntó sardónico.

—No, pero te prometo que puedo concederte todo lo que desees. De todas formas, ¿qué puedes perder probando mi oferta?

Gregorio clavó sus cansados ojos en él, examinándole con mayor detenimiento. Aquel tipo había captado su atención, dejando el intento de suicidio en un segundo plano. Se trataba de un individuo alto y enjuto, de mirada febril que le hizo estremecer. No, más que Dios aquel sujeto parecía el mismísimo diablo. Sin poder evitarlo, Gregorio bajó de la balaustrada desde la que pretendía arrojarse hacia las tumultuosas aguas y se acercó al desconocido.

—¿Quién eres? —inquirió con un hilo de voz.

—Tu salvación y tu esperanza. No importa mi nombre, para ti seré el Uno, pues en mi mano tengo la solución a todas tus desdichas.

Gregorio observó la mano que el otro le tendía. Una fina aguja hipodérmica lanzó azulados destellos que parecieron atrapar su voluntad.

—¿Drogas? —su voz sonó desconfiada.

—No, algo mejor. Con esto podrás crear tu propio mundo, triunfar allí donde antes habías fracasado. Es la puerta de entrada al Paraíso, pero no a cualquier paraíso, sino al tuyo propio, aquel que deseas fervientemente en lo más profundo de tu ser.

Gregorio sonrió con escepticismo. Pero después de todo, ¿qué importaba? Tanto valía una forma de suicidio como otra. Siguiendo un extraño impulso, se acercó más al otro.

Ya nada volvería a ser igual.

 

***

 

Tras una intensa búsqueda, encontraron una vivienda en las afueras. No querían llamar la atención hacia su pequeño experimento, así que prefirieron alquilar todo el edificio. Era una antigua construcción de apartamentos en desuso. La carestía de la vida y la precariedad en el empleo habían obligado a mucha gente a emigrar hacia zonas con mayor demanda en mano de obra. Toda la zona se hallaba repleta de apartamentos vacíos y las otrora populosas aceras estaban prácticamente vacías de viandantes.

—Es necesario que comprendas ciertas cosas —el Uno aleccionó a Gregorio con machacona insistencia antes de empezar—, todo lo que vas a sentir será real para ti pero no para los demás. Puedes recrear tu mundo antes de penetrar en él, pero una vez establecidos los patrones no podrás cambiarlos hasta no ser desprogramado. Primero realizaremos una prueba corta para que te habitúes a su utilización. Nosotros estaremos cerca observando tus constantes vitales para establecer que el juego no resulta dañino a tu salud. ¿De acuerdo?

Gregorio asintió en silencio. Los otros se acercaron a él y le arremangaron la camisa. Notó la agitación de sus manos trémulas; estaban asustados, más incluso que él mismo. Después de todo, él había llegado hasta allí intentando suicidarse. Un pinchazo rápido y el líquido penetró en su cuerpo. Sintió una sensación abrasadora, como si una lengua hirviente recorriera su piel. Luego sus sienes comenzaron a palpitar con furiosa intensidad, mareándole. Tuvo que sentarse para no caer rodando por el suelo. Un violento ahogo se apoderó de sus pulmones, haciéndole boquear de forma espasmódica.

—Relájate —le ordenó el Uno—. El nanoprograma está comenzando a instalarse en tus neuronas. Ahora tienes que pensar intensamente en el tipo de mundo que quieres recrear. La sensación de ahogo que experimentas es un aviso para que sirvas los datos necesarios en la programación del nuevo mundo virtual. Como es la primera vez, te recomiendo algo sencillo, un lugar bucólico o algo así. Nosotros estaremos a tu lado, aunque puede que cambiemos de aspecto para ti. Ahora cierra los ojos y concéntrate en la recreación de tu mundo. Cuando el proceso esté acabado, notarás un leve cosquilleo en la espina dorsal. Entonces podrás abrir los ojos de nuevo y actuar con naturalidad.

Gregorio obedeció y cerró los párpados. Un destello de luces bailó a través de su retina, aturdiéndole, mientras una extraña somnolencia se apoderaba de su ánimo. Con un esfuerzo de voluntad se obligó a sí mismo a pensar en un mundo tranquilo y pacífico. Tenía que ser algo hermoso, lleno de luz y color. Un mundo como el que deseaba compartir con Lola. Una punzada de dolor le atravesó al recordar a su amada. ¡Qué estupidez! ¿Qué hacía él allí, rodeado por tres maniáticos, sometiéndose a sus estúpidos caprichos? ¡Tenía que recuperar de nuevo a Lola, demostrar que todavía merecía su amor! Entonces un cosquilleo le recorrió la espalda y abrió los ojos.

El entorno había cambiado de forma radical. Ahora el apartamento resultaba lujoso, decorado con espléndidos muebles de estilo barroco, a través de la ventana ya no se alzaban feos y grises edificios, sino luminosas viviendas destellantes de color. Las calles eran amplias y alegres, con cuidados parterres repletos de flores. El cielo resultaba límpido, con ocasionales nubes de algodón subrayando un sol refulgente, mientras los pájaros cantaban en las copas de los árboles. Todo resultaba bello y tranquilo, un remanso de auténtica armonía.

Junto a él había tres hombres, pero no eran el Uno y sus colaboradores. O al menos no lo parecían. Eran hermosos, de rostros francos y piel morena. Vestían camisetas y pantalones de gasa blanca y le sonreían con expresión benevolente.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó el más próximo con voz musical.

—Bien —contestó él sorprendido, pues su propia voz resultaba más agradable ahora.

—¿Deseas recorrer la ciudad? —Se ofreció solícito el otro.

—Sí, creo que lo haré.

Gregorio salió del lujoso apartamento y bajó a la calle. Comenzó a caminar, dándose cuenta de que también él iba vestido con aquella confortable gasa blanca. Avanzó lentamente, observando su entorno con creciente admiración. Resultaba evidente que aquella era una ciudad de gente despreocupada, pues la paz resultaba casi palpable. No se veía ningún vehículo por la calzada, así que se decidió a caminar por el centro, mirando hacia derecha e izquierda. ¡Todo resultaba tan tranquilo y relajante! Sin duda Lola desearía estar con él en semejante lugar, entonces no querría abandonarle, considerándole un fracasado.

¡Un momento, ella estaba allí! Gregorio se paró en seco mirando hacia delante. A unos veinte metros lejos de él había aparecido la inconfundible figura de su amada. ¡Había vuelto! Sin duda se sentía arrepentida por la forma en que le había tratado y deseaba reconciliarse con él. ¡Imbécil, cómo había podido pensar siquiera que ella le iba a abandonar de forma definitiva! Lanzando un grito de alegría, el hombre corrió hacia su encuentro. Pero la figura de ella giró una esquina y desapareció de su vista.

Con el corazón latiéndole furioso, Gregorio llegó hasta el cruce y buscó a Lola con mirada ansiosa. No se la veía por ninguna parte, era como si nunca hubiera estado allí. ¿Dónde se había ocultado? Corrió calle abajo, inspeccionando los portales a la búsqueda de cualquier señal. Nada, ni el menor atisbo.

—¡Lola! —gritó jadeante, deteniéndose y girando sobre sí mismo—. ¿Dónde estás?

Tras de él llegaron corriendo los tres hombres de blanco, deteniéndose a su altura.

—¿Qué sucede? —preguntó el primero.

—¡Lola está aquí, la he visto! ¡Tenéis que ayudarme a encontrarla!

—No puede ser —dijo el joven—, ella no puede estar aquí. Te lo has imaginado.

—¡Te digo que la he visto! —Gregorio se sulfuró y apartó al otro de un empellón, avanzando de nuevo mientras observaba a su alrededor—. ¡Lola, sal, soy yo! ¡Lola!

El hombre, dominado por una creciente ansiedad, recorrió la calle dando tumbos de un lado para otro, inspeccionando rincones y empujando puertas. La desesperación comenzó a adueñarse de su mente, haciéndole ignorar las palpitaciones y el punzante ardor de sus pulmones.

—¡Lola!

Varias manos le sujetaron por brazos y hombros. Él se agitó con violencia, intentando desasirse para continuar su loca carrera. Lanzando un grito de rabia, trató de golpear con el puño y cayó al suelo. Entonces se revolvió como un león herido, dando patadas y manotazos a diestro y siniestro, retorciéndose con frenesí y obligando a sus captores a emplearse a fondo. Luego, de repente, sintió un pinchazo en la espalda y algo pareció estallar en su cerebro. Una súbita agonía se apoderó de su confusa mente y las fuerzas le abandonaron con rapidez. Antes de caer en una profunda oscuridad, todavía tuvo tiempo para musitar una sola palabra repleta de desolación.

—Lola…

***

 

—Resulta demasiado peligroso, vale más dejarlo.

—No te rindas tan pronto —Tomás miró a Ramón con intensidad—, basta con tener en cuenta ciertas limitaciones. Sin duda este individuo deseaba recuperar a su infiel amada, recuerda que le salvamos cuando estaba a punto de suicidarse. Ello explica que haya querido recrear un mundo donde todavía estén juntos los dos, pero las emociones han sido tan fuertes que alteraron el proceso. Yo le convenceré para que no piense en ella la próxima vez.

—Pero ¿es que va a haber una próxima vez? —Ramón se sobresaltó—. Yo creo que con un ensayo ha habido suficiente. Ya viste cómo actuaba, igual que un sonámbulo, correteando de aquí para allá. Suerte tuvimos de estar en una zona poco frecuentada o algún vehículo le habría atropellado. No, es demasiado peligroso, tenemos que dejarlo.

—¡Pablo, dile algo al cretino de tu amigo! —Tomás se volvió hacia su primo con el rostro congestionado por la rabia—. Tenemos ante nosotros un proyecto que puede hacernos millonarios y él siente remilgos porque un tipo depresivo se imagina a su novia.

—Tomás tiene razón —Pablo habló con voz mesurada, clavando los acuosos ojos en su compañero—. Este sujeto es un poco inestable, ya has visto que posee tendencias suicidas, pero puedes comprobar que, a pesar de todo, goza de buena salud. Su pulso es normal y no ha aparecido ningún efecto secundario. Tan solo tendremos que darle instrucciones más precisas para la próxima vez. Nada de emociones fuertes que alteren el programa, solo algo suave.

—¡Pero si es un peligro! ¿Cómo vamos a vender algo que provoca semejantes alucinaciones? Es peor que las drogas.

—¡Maldita sea, gilipollas! —Tomás se encaró de nuevo con él—. No comprendes nada, estás anclado en el pasado. Yo te estoy ofreciendo un asiento hacia el futuro, la revolución del nuevo milenio, y tú no quieres enterarte. Nada de viajes espaciales ni de ingeniería genética, el verdadero progreso de la Humanidad se halla en la realidad virtual. Este siglo se diferencia de los anteriores gracias a la percepción con la que podemos ver el mundo. Porque avances en medicina, en ingeniería, nuevos métodos de propulsión, todo eso resulta una constante en el ser humano desde los tiempos de las cavernas. Pero yo te estoy hablando de algo por completo distinto, diferente, único. Por primera vez en toda su historia el hombre es capaz de cambiar a voluntad la percepción del entorno que le rodea. Puede vivir en una chabola y sentir que habita un palacio, comer los despojos más infectos creyendo que son exquisitos manjares, trabajar a pico y pala en las profundidades de una mina mientras parece estar tomando el sol en la playa. No hay límites, tan solo tu propia imaginación. Puedes recrear mundos fantásticos, formas imposibles, seres indescriptibles, todo está a tu alcance. Con el tiempo barreremos a la caduca lectura, a las tristes películas planas, al cine 3D, a los juegos virtuales más sofisticados. Porque tú serás tu propio programador, por fin tendrás las riendas controlando el producto. ¿Puedes llegar a comprender lo que eso significa?

—Creo que sí —Ramón respondió en voz baja, completamente apabullado.

—Entonces no se hable más del asunto, seguiremos adelante. En cuanto nuestro sujeto se despierte, volveremos a intentarlo. Y esta vez no habrá ningún fallo.

 

***

 

Lola los miraba a todos con expresión asustada. Gregorio, avergonzado, retiró su brazo y se bajó la manga mientras los otros tres permanecían en un estático silencio. La súbita irrupción de la mujer les había cogido por sorpresa, dejándolos desconcertados. El prisionero aprovechó la ocasión y pudo desasirse de ellos para correr junto a su amada.

—¿Cómo te has atrevido? —el Uno habló de nuevo, recuperando la calma—. Te advertí que bajo ningún concepto la trajeras a tu mundo.

—¡No pude resistirme! —Gregorio lloriqueó, acariciando el cabello de la mujer—. ¡La amo demasiado! ¿No puedes entenderlo? ¿De qué me sirve vivir aquí con todo el lujo imaginable si no puedo tenerla a ella?

—¡Las Reglas estaban muy claras! No podías traerla a ella, te lo dije y tú estuviste de acuerdo.

—¡Te engañé, os engañé a todos! —El hombre rio como un loco—. ¡A la mierda las Reglas! No quiero que me inyectéis de nuevo, deseo seguir viviendo así, con Lola a mi lado. No podéis quitármela de nuevo, por favor.

—Pero… —uno de los Otros avanzó y habló, rompiendo su mutismo— todo esto no es auténtico. ¿No comprendes que estás atrapado en medio de una ficción? ¿De veras deseas permanecer prisionero de un mundo ilusorio en lugar de enfrentarte a la realidad?

—¡La realidad! —Gregorio lanzó una nueva risotada—. ¿Qué realidad, mi suicidio en aquel puente, mi soledad, el abandono de mis seres queridos? No tenía trabajo ni dinero, me habían echado de mi apartamento, era un ser sin esperanzas. ¿Es esa tu cacareada realidad? ¡Me niego a volver a ella! Estoy mejor aquí.

—No puede ser —el Uno avanzó un paso hacia él—, sin nosotros perecerías. Has vivido de forma confortable porque hemos pagado el alquiler de esta vivienda, pero semejante situación no puede prolongarse de forma indefinida. Tarde o temprano tendrás que afrontar el hecho de que esto no es en realidad ningún palacio, que los manjares que te llevas a la boca son simples migajas, que tus vestidos son solo harapos y que esa mujer que está a tu lado solo es…

—¡No, no lo digas! —Gregorio, enfurecido, se precipitó sobre él clavando en su cuello unos dedos como garfios.

Ambos hombres rodaron por el suelo unidos en un mortal abrazo. Gregorio había perdido la razón, no quería oír ni una palabra más de aquella boca odiosa que quería arrebatarle su felicidad, destrozar el mundo perfecto que ahora habitaba. Con el impulso atravesaron varios muebles que se diluyeron como fantasmas, deshaciéndose a su paso. Todo parecía cada vez más irreal y aquello le angustiaba, crispándole todavía más, haciendo que aumentara la presión de sus dedos sobre la garganta del otro.

Por fin ambos se detuvieron y Gregorio sintió un pinchazo en la espalda. Mientras perdía el sentido, notó cómo abrían sus manos, apartándole del Uno. Los Otros estaban inclinados junto a aquel cuerpo y se miraban en silencio.

—Está muerto —dijo uno de ellos en un susurro.

Gregorio giró su mirada hacia Lola. La mujer todavía permanecía erguida en el quicio de la puerta, mirándole con expresión suplicante.

—Lola —musitó él antes de caer desmayado.

 

***

 

Despertó en un lecho. Era duro, con las sábanas rugosas y apelmazadas. Ante él se encontraba un colaborador del Uno, observándole con rostro tenso. Gregorio intentó levantarse, pero el otro alzó imperioso una mano.

—Estate tranquilo —le advirtió—, todavía estás sedado. No sé qué vamos a hacer contigo, has matado al Uno.

—¡Yo no quería hacerlo!

—Tienes razón. —El hombre le contempló con pesar—. En cierta manera, nosotros somos más responsables que tú en semejante muerte; jamás debimos realizar ese maldito experimento. Pero ahora tenemos que deshacer todo este lío.

—¡Dejadme aquí con Lola!

—Tal vez sea lo mejor. —El Otro se rascó pensativo el mentón—. Hemos eliminado parte de tu programa para que puedas percibir tu entorno físico como es en realidad. Tendrás que aprender a mantenerte por ti solo, porque nosotros no pensamos volver más por aquí. Nos llevaremos al Uno y dejaremos su cuerpo en alguna parte que no comprometa a nadie. El programa virtual ha demostrado ser un peligro, por lo que vamos a abandonarlo. En cuanto a ti…

—¿Y Lola? —Gregorio lanzó la pregunta sintiendo una opresión en el pecho.

—Estoy aquí. —La mujer surgió frente a él y se abalanzó sobre el lecho, cayendo en sus brazos—. No te abandonaré nunca.

—¡Gracias, Dios mío! —Gregorio sollozó mientras besaba con frenesí el cabello alborotado de su amada.

El Otro les observó en silencio y, sin decir palabra, salió de la estancia. Una vez fuera, se apresuró a abandonar el destartalado apartamento y bajó las escaleras con rapidez, como si se sintiera perseguido por algo horrible. Por fin alcanzó la calle y suspiró con alivio al sentir el aire fresco de la mañana sobre sus mejillas.

Pablo le aguardaba sentado al volante del vehículo. Ramón, sin decir nada, se acomodó junto a él. El primero arrancó el motor apretando con fuerza el pedal del gas.

—¿Todo en orden? —preguntó mirando al otro de reojo.

—Eso parece —Ramón suspiró—. Ese tipo se quedará ahí dentro hasta morir de inanición, pero no podemos hacer nada más por él.

—Tendremos que deshacernos del cuerpo de Tomás, suerte que no era un tipo muy popular. Ahora somos sus herederos y los únicos que conocen su fantástico programa.

—¡Ni se te ocurra! —Ramón se estremeció—. Ya has visto a dónde puede conducir semejante locura.

—Sí, pobre tipo. Mira que imaginarse que ese chucho lleno de pulgas es su novia… ¡Caray, hay que tener estómago! Oye, ¿tú crees que duermen juntos y todo?

—Ni lo sé ni me importa.

Mientras el vehículo se alejaba del lugar a gran velocidad, Ramón volvió la vista atrás y contempló el destartalado edificio en cuyo interior dejaban al enloquecido Gregorio con su perro sarnoso. ¡Qué extraño, durante un instante él mismo llegó a sentir envidia de semejante demente! Después de todo, el pobre tipo había conseguido la felicidad que tanto ansiaba, y aquello resultaba mucho más auténtico, aunque intangible, que cualquier grisácea realidad.

Sí, pensó con un suspiro, puede que los verdaderos sentimientos resulten ajenos al mundo real.

Tal vez solo sean algo virtual.

© Copyright de Joan Antoni Fernández para NGC 3660, Mayo 2019

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