El vino de Narbog

 

Por Raelana Dsagan

A veces echo de menos sus ojos, cálidos y expresivos, oscuros como el vino de Narbog. Ojos que me miraron con miedo y con respeto, preguntándose por qué yo continuaba en pie y él no. Tocó mi piel con sus dedos ásperos y sintió la fiebre recorriendo mi cuerpo; las marcas de la enfermedad que nos corroía no eran ronchas secas en mi piel sino pústulas vivas, tan supurantes como las suyas. Y no lo comprendió. No, no lo comprendió.

Deliraba, con ese delirio que te deja abrir los ojos aunque no puedes entender nada de lo que sucede a tu alrededor. Hablaba en susurros, comentarios incomprensibles, absurdos, me pedía que moliera el trigo para llevarlo al mercado, hablaba de cosechas imaginarias cuando en nuestra tierra hacía tiempo que no creía nada. Me decía que me cuidara y acariciaba mi vientre donde tú estabas, vivo, más vivo que nosotros aunque aún no hubieras nacido.

La comadrona vino a vernos una tarde, era una mujer enorme, oronda, con el pelo blancuzco y grasiento y la boca cubierta con un pañuelo. Me dijo que no nacerías, que si llegabas a nacer de mi vientre saldría un monstruo deforme y enfermo, pero yo sabía que no era verdad. Me lo habían prometido. Ella miró con codicia el medallón que colgaba de mi cuello. No sabía qué era. Ya nadie recordaba a los antiguos ángeles oscuros, no sabía que aún estaban ahí, escondidos, riéndose de los que tan fácilmente los habían olvidado. Yo no olvidé, nunca, recordé las historias que contaban mis abuelos hablando de su infancia, en un mundo donde les hacían promesas y todo parecía más fácil. Recordé los nombres de los ángeles que ellos habían adorado y me negué a creer que nos hubieran abandonado. Recé, sí, recé con el miedo latiendo fuerte en mi corazón. No voy a decir que pensaba en ti. Tú eras solo una molestia en mi vientre que me volvía torpe y débil. No, no pensé en ti. Pensé en mí. No quería morir.

El ángel de las alas negras acudió a mi llamaba, él se lleva el dolor y el miedo a la muerte. Te lo quita y te deja vacía. No sientes nada aunque estés ardiendo de fiebre. El ángel habló en mi mente y me conminó a alejarme de aquellas viejas paredes donde intenté crear un hogar, me habló de otros como yo, otros elegidos por él que se reagrupaban para servirlo y me esperaban.

Sabía que tenía que irme, pero no quise hacerlo mientras él tuviera los ojos abiertos y buscara mi mano, que estaba mucho más caliente que la suya. La comadrona puso a calentar unas hierbas y yo la dejé hacer, tranquila, porque sabía que pasara lo que pasara yo no iba a morir.

Me sentía fuerte, como antes de que aquella horrible enfermedad comenzara a acosarme, pero disimulé y dejé que la mujer me llevara en brazos hasta las roídas mantas que había dispuesto en el centro de la habitación. El humo de las hierbas relajaba mis sentidos y espantaba a las ratas. La comadrona dispuso pequeños cuencos con hierbas ardiendo en torno a la manta y acercó dos de ellos a mi cabeza. Aspiré el intenso aroma y miré el cuello de la mujer, oculto entre anillos de grasa. Me sorprendía que pudiera ser tan fuerte, pero ella no lucía ningún medallón en su cuello. La comadrona solo miraba codiciosamente el mío.

Llevaba semanas luchando con la fiebre y mi cuerpo se había consumido hasta parecer de cristal. Aquella mujer me cogió entre sus brazos como si yo fuera una muñeca rota y solo mi vientre hinchado pareciera escapar de la cadavérica imagen de la muerte.

—No es cierto —me dijo—, tu vientre también está muerto. No sobrevivirías al parto.

Miré hacia la cama. Él se había quedado quieto. Murmuré su nombre y volvió la cabeza, mirándome con aquellos ojos oscuros que todavía podían hacerme temblar; intentó sonreír, darme confianza, pero sus labios resecos solo consiguieron fingir la mueca. Yo sabía que estabas vivo, eres lo único vivo que sentía dentro de mí, lo único que me ataba a mi anterior existencia, lo único que me recordaba que no siempre había llevado el símbolo de la enfermedad en mi garganta.

El ángel no reclamó tu vida. Se la hubiera dado con gusto, pero no la pidió. Era otra forma de hacerme estar en deuda con él. No, pensé, pagué y pagaré por mi vida, no por la de mi hijo. Con cuidado, acerqué mi mano hasta el cuerpo de la comadrona que extendía su instrumental a mi lado.  Fue la primera vez que lo hice, mi primera vez. La rocé con uno de mis dedos y murmuré una plegaria al ángel. La fiebre me subía y me sentí poderosa y fuerte. Supe entonces que nunca me arrepentiría de mi decisión.

La comadrona calentó el cuchillo en el fuego hasta que la hoja adquirió reflejos rojizos. Se acercó a mí y rajó mi vientre de arriba abajo, de un solo corte. La sangre comenzó a salir a borbotones de la profunda incisión, pero a la mujer no pareció preocuparle. Con movimientos precisos y seguros, la comadrona introdujo sus manos en mis entrañas y te arrancó de ellas.

Eras una masa informe, rodeada de coágulos de sangre y con el cordón umbilical enroscado en torno a tu cuerpo. La comadrona lo cortó con el mismo cuchillo y te dejó en el suelo, a mi lado, para cerrar sin demora la herida abierta.

Mi cuerpo no hubiera soportado un parto, decía ella, pero quizás tampoco soportaría la brutal herida que me había infringido. Te miré con odio. Me habías destrozado, habías consumido mi cuerpo tanto como la enfermedad, te habías alimentado de él y me habías dejado seca. Incluso te habías llevado la sangre que me quedaba al salir de mí. Y, sin embargo, estabas vivo.

Tu respiración era débil, entrecortada, parecía detenerse completamente para luego continuar. ¿Cómo iba a amamantarte con mis pechos secos? Di un manotazo para espantar a las ratas, que se acercaban de nuevo al olor de la sangre, y te acerqué a mi cuerpo. Estabas frío. O tal vez era yo la que estaba ardiendo. La comadrona terminó de cerrar la herida y me miró con expresión satisfecha. Había hecho un gran trabajo. Me había salvado la vida. Tú no ibas a matarme, hijo mío, solo me mataría la enfermedad. Pero ella no podía esperar. Había trabajado bien, quería cobrar por sus servicios.

Sentí el tirón en mi cuello cuando intentó arrancarme el medallón. Sentí un dolor mucho más intenso que cuando tenía las entrañas abiertas, era un dolor que atravesaba el alma y que me hizo reaccionar. Con una fuerza que a mí misma me sorprendió agarré la mano de la mujer y la retorcí hasta romper los dedos que atrapaban el sagrado símbolo que me había salvado la vida. De un manotazo la empujé y la oronda comadrona perdió el equilibrio y cayó, haciendo temblar el viejo suelo de madera bajo su peso. Tú empezaste a llorar. Yo me levanté y la sangre que aún goteaba de la herida resbaló por mis piernas formando caminos que se extendieron al suelo.

Quemaba. La sangre quemaba y yo cogí la cabeza de la comadrona y restregué su rostro contra mi vientre hasta que las quemaduras la hicieron gritar. Empecé entonces a entonar un cántico que no sabía que conocía, mi garganta estaba tan seca que salió como un estertor, las palabras no eran mías aunque las estaba pronunciando, el medallón emitía un brillo amarillento, enfermizo. La voz del ángel habló por mí.

La solté y la dejé llorando en el suelo. Me volví a buscarte, mi pequeño hijo maldito, tan pequeño, no pesabas nada, te recogí y te llevé a la cama donde tu padre agonizaba entre sudores y pesadillas.

La comadrona intentó limpiarse el rostro con el delantal, pero las quemaduras habían creado líneas oscuras en su cara. La mujer se levantó y me miró un momento, sin comprender nada.

En su rostro, bajo la piel quemada, se veían ya las señales de la peste. En sus manos, sus brazos, en todo su cuerpo la fiebre comenzaba a estremecerla. Ella sabía lo que le estaba pasando. Llevaba demasiado tiempo combatiendo la enfermedad para no reconocer sus signos. Gritó y me llamó maldita. Pero ella no se postraría en una cama, no agonizaría durante días. Moriría en cuestión de horas entre dolores atroces, el tiempo suficiente para que sufriera, el tiempo justo para que yo pudiera verla morir.

Intentó escapar, salir por la puerta, como si al salir de la casa pudiera escaparse de las alas negras del ángel. Vi cómo se desplomaba junto al umbral, llorando, mientras su cuerpo robusto se consumía y su piel se desprendía ante sus ojos.

El ángel estaba complacido. Tu padre, cansado por la fiebre y el dolor, se sumió en un sueño tranquilo. Tú dejaste de llorar. Tu padre había cerrado los ojos y yo miré los tuyos, buscando su sombra en ellos. Pero tus ojos son dos saetas verdes, como los míos, y no vi el reflejo del calor de tu padre en ellos.

A veces echo de menos sus ojos. Podía hablar con ellos cuando la enfermedad le quitó la voz. El hogar que había intentado crear estaba en sus ojos. Los abrió, por última vez.

Me miró.

Te miró.

Te miró y yo te odié.

Salimos de la casa aquella misma noche. Te envolví en trapos y nos fuimos de allí. Te dejé en medio del camino. No me importaba saber si alguien te encontraría o no. Tu destino no era el mío. Te di la única herencia que podía darte, el roce de unas alas negras, la señal del ángel. No morirás como murió tu padre. Era lo único que podía hacer por ti.

No te pareces a él. Te pareces a mí. Eso me da miedo. No esperaba encontrarte de nuevo. En mi interior, deseaba que hubieras muerto. Despiertas recuerdos que ya estaban dormidos y, sin embargo, no puedo evitar venir a verte, aunque tú no sepas quién soy ni lo sabrás nunca.

Mis ropas andrajosas no te impiden servirme vino de Narbog cuando ves las monedas sobre la mesa de la taberna, aunque no me tocas. Te alejas rápidamente, como todos, dejándome sola con la jarra de vino. Sin embargo, a veces, te he visto mirarme a los ojos.

© Copyright de Raelana Dsagan para NGC 3660, Marzo 2019 [ Especial Féminas 2019 ]

Anuncios