Vidas, se venden

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Por Ronald Delgado

Se muere mejor si se sabe que a otros les pasa lo mismo.

Ray Bradbury

 

—Te pagaré el doble por tus servicios ahora –dijo Isaac Garrido con nerviosismo, extendiendo ante los ojos de la mujer un fajo de billetes–, y otra vez la misma cantidad cuando lleguemos.

La pelirroja observó los billetes con una ceja alzada. Más que sorprendida, lucía poco confiada. Quien la acompañaba, una rubia de senos desproporcionados, pareció compartir sus dudas.

—¿Quieres que vaya contigo, sola, allá al este? —dijo, pronunciando esa última palabra como si le diera asco.

Isaac le devolvió la mirada con una expresión de súplica que, quizás, no debió mostrar.

—Será apenas un rato. Estarás de vuelta enseguida —mintió.

Las mujeres, alejándose hacia el callejón, cuchichearon entre ellas unos segundos. Cuando volvieron, la rubia se abalanzó sobre Isaac y le hundió un puño en el estómago, mientras la pelirroja le arrancaba los billetes de la mano. Aturdido, Isaac cayó al suelo y se cubrió la cabeza con los brazos, protegiéndose de la lluvia de patadas que le propinaron las prostitutas. Cuando se cansaron, revisaron sus bolsillos para quitarle el resto del dinero, y luego se fueron corriendo por el callejón, llenando el lugar con el eco de sus carcajadas.

Durante un rato Isaac permaneció en el suelo hecho un ovillo, recuperándose del ataque. Sin embargo, sabía que si permanecía en aquel lugar y en esa condición estaba a merced de cualquiera que quisiera terminar, por pura diversión, lo que las mujeres comenzaron. Así que se puso de pie tan aprisa como su cuerpo adolorido se lo permitió, se limpió con la manga de la chaqueta la sangre que corría por su frente, y dejó atrás el callejón por el camino opuesto al que habían tomado las mujeres.

Buscando un lugar abierto en el que detenerse para recobrar el aliento y resguardarse por un momento, Isaac cruzó con desespero aquellas calles desconocidas hasta dar con una colina que lucía más iluminada y menos repleta de gente. Al llegar a la cima se encontró con una plaza rodeada de arbustos que brotaban entre las grietas del suelo, y que terminaba en una pendiente de tierra y escombros que daba al oeste. Alguna que otra persona pasaba por allí, al parecer sin considerar la plaza más que una vía por la cual trasladarse de un sitio a otro, así que confió en que nadie lo molestaría y se sentó en uno de los bancos, sin tener idea de qué hacer ahora.

Bajo un atardecer encarnado, y ante su mirada temerosa, la ciudad que se alzaba sobre la montaña, aquella construcción irregular que recortaba el horizonte con sus miles de precarias casas amontonadas las unas sobre las otras, parecía estar a punto de venirse abajo para engullirlo como las fauces de una bestia. Miles de luces, entre viejas lámparas de tungsteno, diodos y focos bioluminiscentes, llenaban cada corredor y cada nivel de las angostas escaleras que zigzagueaban hacia lo alto sin ningún patrón regular apreciable. Del interior de algunas casas brotaban columnas de vapor que perfumaban el ambiente con un olor un tanto agrio, mientras que entre los ladrillos y el asfalto de las edificaciones se colaban finos riachuelos que corrían cerro abajo encauzadas por la gravedad y el concreto. Sin embargo, lo que Isaac escuchaba en aquel momento no era el sonido del agua al correr, sino el zumbido de su propia sangre mientras circulaba por sus oídos y por el resto de su cuerpo, haciéndolo sudar, delatando el temor que lo embargaba.

Sólo hace falta que sea una hembra, le había dicho Leo. Consíguete una puta. Fuera una mujer, una niña o una anciana, cualquiera serviría para su propósito. Creyó, por supuesto, que el dinero sería suficiente para convencer a cualquiera. En su ignorancia sobre aquel lugar y aquellas personas, jamás pasó por su mente la posibilidad de que un sujeto «adinerado» como él fuera rechazado por una prostituta de barrio. Quizá producto de su propia angustia, tampoco pensó demasiado en cómo reaccionaría si esta, tal y como ocurrió, decidía atacarlo. Nunca imaginó que una vez se plantara allí en medio de su destino, todo el jodido plan que había trazado se vendría abajo en un instante.

Contemplando aquel lugar extraño, donde cientos de testigos podían estar ya siguiendo de cerca sus pasos, se preguntó cómo sacaría de allí a una mujer y se la llevaría consigo a casa sin levantar sospechas.

Pero no tenía más alternativa si quería recuperar la vida de su hija.

Lleno de dudas, intentando trazar una estrategia que guiara sus próximos pasos, llevó la mano hacia el tobillo derecho y tras levantar el pantalón hasta la mitad de la pantorrilla sacó de la funda aferrada a su pierna el pequeño cuchillo que, como un acto reflejo, había tomado al preparase para venir y que, por suerte, no habían encontrado las mujeres tras atacarlo. Tengo que llevarme a alguna, se dijo para sus adentros. ¡Maldita sea! Anna, así sea a la fuerza, tengo que llevarme a alguna, masculló, buscando en el recuerdo de su hija los bríos que necesitaba para lograr su cometido, pero el simple contacto con el arma bastó para que su piel se pusiera de gallina y su corazón latiera desbocado.

Sin poder contenerse más, hundió el mentón en el pecho y lloró invadido por la ira y el miedo.

—Yo lo conozco, señor —escuchó de pronto a su espalda. Isaac saltó sobre sí mismo, sorprendido, giró la cabeza a un lado para mirar por encima del hombro, y guardó con sutileza el cuchillo en la chaqueta, allí donde antes habían estado los billetes—. ¿Se encuentra bien?

Ante él, una muchacha de unos veinte años, delgada y de baja estatura, con el cabello lacio muy oscuro y de piel tostada, lo miraba con expresión de genuina preocupación. Sencilla, vestía de jeans y franela, con una cartera al hombro y en sus manos un par de bolsas llenas que parecían de abasto. Con el ceño fruncido, Isaac observó a la muchacha de arriba abajo tratando de rememorar de dónde se conocían.

No fue sino al cabo de varios segundos que recordó de quién se trataba, y cómo fue su primer encuentro.

Entrada la noche la fiesta llegaba a su fin. Al menos, para Isaac y su familia. Desde hacía una media hora su esposa Natalia había comenzado a expresar su deseo de volver a casa, mientras que Anna, su pequeña de cinco años, mostraba ya señales evidentes de cansancio, a pesar de que cada vez que su madre se lo permitía regresaba al colorido patio de juegos que había sido preparado para el disfrute de los hijos de los empleados.

Los ostentosos terrenos de una mansión de las afueras de la ciudad habían sido los escogidos para albergar la celebración del vigésimo octavo aniversario del Grupo Empresarial SiempreVida Compañía Anónima, y tratándose de la transnacional de la salud más importante e influyente del planeta, todo alrededor de la fiesta no podía haber resultado más elegante y extraordinario. Desde la decoración del lugar, la iluminación de los salones, la música, la sala de baile, la comida y la bebida, hasta el patio de juegos y las actividades que se habían preparado para los niños y los adolescentes familiares de los empleados, todo había sido planificado y ejecutado con la perfección que caracterizaba a la empresa, en esta oportunidad para dicha de quienes formaban parte y hacían posible a SiempreVida, como era comúnmente conocida.

Isaac, que tenía ya cinco provechosos años trabajando en el Departamento de Publicidad, no podía estar más satisfecho. Y es que, no se trataba sólo de saber que contaba con el honor de trabajar en tan importante compañía, sino que además él y su familia también disfrutaban de los servicios y beneficios médicos que habían convertido a SiempreVida en el gigante que eran hoy en día.

Después de todo, se trataba de la empresa que había desarrollado y patentado la vida eterna.

Y semejante privilegio, sostenía Isaac, sólo podía retribuirse con fidelidad, trabajo y entrega. Así que había disfrutado de la fiesta como disfrutaba cada día de su trabajo. Había compartido con Anna una larga hora en el patio de juegos, había bailado con Natalia gran parte de la noche, y se había deleitado de la comida y la bebida y los excesos que, en su posición, se permitía.

Cuando Natalia notó que tanto las copas que había tomado como la efusividad que demostraba su esposo hacia el resto de las personas comenzaron a sobrepasar sus niveles normales, decidió que era el momento adecuado para retirarse.

—¿Ya te quieres ir? —le preguntó Isaac a su hija, esperando que la niña se entusiasmara otra vez con el patio de juegos para poder quedarse otro rato más.

Pero Anna, en brazos de su madre, simplemente soltó un largo bostezo y asintió con la cabeza. Isaac torció la boca, se encogió de hombros y le arregló el peinado a la niña para que los cabellos que caían por su frente no le taparan el rostro.

—Está bien —dijo—. Solo déjenme ir al baño. Me estoy orinando desde hace rato.

Natalia puso los ojos en blanco.

—¿Y qué esperabas para ir entonces?

Anna soltó una risita divertida y después bostezó de nuevo.

—Espérenme acá —dijo Isaac—. Regreso en dos minutos.

—Dos minutos —repitió Natalia.

Isaac le guiñó un ojo y se dio media vuelta para buscar, entre los corredores y la multitud de invitados, el camino que conducía a los baños. En el trayecto aprovechó para despedirse de algunos de sus compañeros más cercanos, entre ellos su buen amigo Leo Moleiro, que trabajaba en Consultoría Jurídica, y a quien encontró coqueteando con dos anfitrionas de la fiesta que, a pesar de estar trabajando, se notaban bastante pasadas de tragos.

—Es todo por esta noche, amigo —le dijo Isaac a Leo luego de llamar su atención con una palmada en el hombro.

—¿Ya te vas? ¿Tan temprano? —le preguntó el sujeto, haciendo un ademán con las manos.

—Así es. La pequeña ya está cansada.

—¡Ah, el hombre de familia! —dijo Leo con una sonrisa burlona—. Supongo que tendré que acompañar a las señoritas yo solo por el resto de la noche.

—Lo siento por ti —espetó Isaac y, sin poder evitarlo, les echó un ojo a las hermosas anfitrionas, que vestían de escote y minifalda—. Desgraciado.

—Vamos, que eres un hombre casado y tienes a quien cuidar. No vemos el lunes y te cuento, ¿te parece? —acordó Leo, intercambiado una mirada cómplice entre su amigo y las anfitrionas.

—El lunes será —dijo Isaac, le estrechó la mano y, recordando lo que había ido a hacer en un principio, le preguntó–: Por cierto, ¿dónde están los malditos baños?

—Allá —respondió Leo, señalando por encima del hombro de Isaac—, al final del pasillo.

Isaac se volvió de golpe y, apurado por las ganas, caminó a paso redoblado. Faltando apenas unos cuantos pasos para llegar al baño, no reparó en una camarera que, de una de las tantas habitaciones y corredores de la mansión, cruzó de pronto frente a él llevando consigo una bandeja llena de copas de vino. Incapaz de esquivarlo, la mujer se lo llevó por delante, lanzando las copas justo contra su pecho, empapándolo, llamando la atención de todos alrededor cuando escucharon los cristales quebrarse.

—¡Pero qué coño! —exclamó Isaac, sorprendido, y se miró la camisa y la chaqueta manchadas por el oscuro líquido.

La camarera, con ojos muy abiertos, se quedó paralizada de la vergüenza.

—Lo siento mucho, señor —dijo al fin–—. No fue mi intención. Iba pasando y…

—¿Acaso no te fijas por dónde caminas? —le reclamó Isaac, alzando la voz— Maldita sea, ¿tienes idea de cuánto cuesta este traje?

La mujer, esquivando la mirada, negó con la cabeza y se agachó para recoger los vidrios que se habían regado por el suelo.

—Discúlpeme, señor. Déjeme recoger esto y, si lo desea, después puedo limpiar su ropa. Espéreme unos segundos y…

—¿Limpiarla? Olvídelo. Usted ocúpese de esos vidrios —le dijo Isaac con desprecio.

Tras hacerse a un lado procurando no pisar los trozos de cristal y los charcos de vino, entró en el baño, orinó, y después limpió a medias las manchas púrpura en su camisa y su chaqueta.

—Sirvienta de mierda —gruñó, mirándose en el espejo, y después regresó al corredor y de allí al salón, sin prestar demasiada atención a la mujer que, todavía, estaba lavando el suelo.

—¿Qué te ocurrió? —le preguntó Natalia apenas lo vio de vuelta. Anna ya estaba dormida.

—Nada. Una camarera inútil que tropezó y me echó las bebidas encima. Ahora vámonos para que pueda cambiarme.

Sin querer ahondar en detalles, Isaac dejó atrás el salón, seguido por Natalia y su hija, y esperaron en la entrada de la mansión a que el empleado del estacionamiento les trajera su auto. Una vez llegó el vehículo, Natalia acostó a la pequeña Anna, confiando en que estaba cómoda, a lo largo del asiento trasero, y luego se volvió hacia su esposo para observarlo con severidad.

—¿Quieres que maneje yo? Estás alterado. Además tomaste bastante esta noche.

Isaac agitó las manos en el aire, como si las palabras de su esposa pudieran espantarse como moscas.

—Apenas estoy molesto. Ya se me pasará —dijo, desestimando la preocupación de Natalia, y después ocupó su lugar como piloto.

La mujer arrugó la boca, tomó asiento y se ajustó el cinturón de seguridad. Isaac hizo lo propio, se acomodó al volante y luego respiró profundo antes de encender el vehículo.

Unos quince minutos después de partir, en medio de la noche y mientras recorrían la carretera que comunicaba la localidad en donde estaba la mansión con el corazón de la ciudad, Isaac perdió el control del auto cuando creyó ver un animal salvaje cruzarse en medio del camino. El chirrido de las llantas contra el suelo y la imagen de las defensas de la carretera viniéndoseles de frente fue lo último que pudo percibir antes de perder la consciencia.

—¿Está usted bien, señor? —insistió la muchacha—. Le está sangrando la nariz. Y la cabeza.

Escrutándola con la mirada y reviviendo en su mente el encuentro que tuvo con ella justo antes de retirarse de la fiesta, Isaac apenas pudo notar el hilillo de sangre que corría por su sien.

—Tenga —dijo la muchacha, se quitó la cartera, sacó de ella un pañuelo y se lo tendió con amabilidad.

Isaac agitó la cabeza y, con timidez, tomó el pañuelo para limpiarse la frente.

—Nos conocimos en aquella fiesta, ¿lo recuerda? —dijo la muchacha—. Yo fui la que le derramó las copas de vino encima.

Isaac asintió y le devolvió el pañuelo.

—Sí, lo recuerdo —dijo.

—En verdad lamento lo que ocurrió —dijo la muchacha, apenada.

Con un ademán Isaac le restó importancia al asunto.

—No se preocupe —dijo, y giró el rostro a un lado, evitando a la mujer.

—Usted no pertenece acá, señor —afirmó la muchacha entonces—. ¿Qué está haciendo acá? ¿Acaso lo atacaron?

Deseando, en un primer momento, que la mujer lo dejara en paz, Isaac suspiró, y se llevó una mano al rostro para restregarse los ojos y poner en orden sus pensamientos. Pero con la sensación del cuchillo todavía fresca en sus manos, se preguntó de pronto si la oportunidad que había estado esperando acababa de aparecer justo allí en medio de aquella plaza.

—Así es —dijo—. Unas mujeres me atacaron, me golpearon y se llevaron mi dinero.

—Venga conmigo —sugirió la muchacha sin pensarlo demasiado—. En mi casa tengo toallas y vendas y alcohol para curarlo.

Sorprendido por la amabilidad de la mujer, Isaac esbozó una sonrisa fugaz y luego se puso de pie, haciendo un gran esfuerzo en ocultar el dolor producido tanto por la golpiza de las prostitutas como por el de las heridas recientes del accidente. La muchacha, a pesar de ello, lo ayudó a incorporarse y lo acompañó por el escarpado camino sin dejar de sujetarlo ni un solo instante.

—Gracias —le dijo Isaac, sincero, pero también con un dejo de aprensión en su interior.

—Miranda. Me llamo Miranda.

Isaac se presentó y Miranda le devolvió el saludo con el mismo respeto. Luego siguió caminando a su lado en silencio, bajando por la ladera y guiándolo a través de los infinitos corredores y escaleras del cerro, envueltos entre centenares de casas apiladas, techos de zinc y manojos de cables y tuberías que surcaban sobre sus cabezas como enormes telarañas. La naturaleza que se ocultaba bajo todas esas toneladas de concreto se insinuaba de cuando en cuando en la forma de árboles que brotaban entre ladrillos y pájaros que canturreaban sobre líneas de alta tensión.

—¿Estamos muy lejos de su casa? —preguntó Isaac al cabo de un rato.

—Apenas unas calles más —dijo la muchacha y, después de otro instante de silencio, preguntó con vacilación—. Disculpe pero ¿qué estaba haciendo en ese lugar antes de que lo atacaran?

Isaac lo pensó bien antes de contestar.

—Se suponía que iba a encontrarme con alguien acá, alguien que iba a ayudarme en un asunto. Pero la persona nunca apareció. Cuando estaba de regreso me extravié, no recordaba el camino de vuelta, y entonces fui atacado por unas mujeres que estaban en un callejón.

—¿Prostitutas? —preguntó Miranda, aunque con tono de afirmación.

—Así es —dijo Isaac, apenado.

—No se preocupe. Muchas de ellas son más peligrosas que los propios delincuentes. Una vez se encuentre bien, yo misma lo acompañaré fuera del cerro.

—Gracias —dijo Isaac, encogido de hombros. Con suerte, pensó con nerviosismo, me acompañarás todo el camino de vuelta a casa.

Tras subir un último tramo de escaleras, llegaron finalmente al hogar de Miranda, una casa diminuta que formaba parte de un conjunto de una docena de viviendas idénticas emplazadas a lo alto de una colina. El interior de la casa, observó Isaac, permaneció oscuro y opaco aún cuando las luces estaban encendidas al entrar. O tal vez no era la iluminación sino la sencillez del mobiliario a su alrededor lo que la hacía lucir así. Apenas una mesa y dos sofás ocupaban lo que vendría a ser la sala, mientras que en un extremo de la habitación una neverita y una cocina a gas descansaban sobre planchas de madera en el suelo. Un pasillo del otro lado conducía a lo que, imaginó, eran el resto de las habitaciones.

—Tan sólo deme un minuto —dijo Miranda, dejando las cosas que traía sobre la mesa, y se dirigió enseguida hacia el pasillo—. Debo avisarle a mi hijo que ya he llegado.

Al escuchar aquellas palabras, Isaac no pudo evitar el sentir un fuerte estremecimiento en el pecho. Un esposo, o una hermana, tal vez no le habrían causado tanta conmoción. Pero la idea de despojar a un hijo de su madre, bien lo sabía, apenas podría soportarla. Maldiciendo para sus adentros, Isaac apretó los puños hasta poner blancos los nudillos y se preguntó, por el bien de su pequeña, si encontraría la manera de superar aquello.

Al cabo de un rato la muchacha regresó a la sala con lo que parecía un botiquín de primeros auxilios, así como con un envase pequeño de alcohol y una toalla.

—¿Todo bien? —preguntó Isaac, más por cortesía que por querer ahondar en la vida de la muchacha.

Miranda asintió, esbozando una ligera sonrisa, pero Isaac encontró el gesto un poco forzado, como si la pregunta hubiera inducido en ella una profunda aflicción.

—Puede sentarse acá —señaló uno de los sofás, y abrió el botiquín para buscar gasas y algodón—. Puede dejar la chaqueta en la mesa, si lo desea.

Después de pensarlo dos veces, Isaac se quitó la chaqueta y la colocó sobre la mesa asegurándose de que el cuchillo en su interior no hiciera ningún ruido al tocar la madera. Luego se sentó donde le había indicado Miranda y se volvió hacia ella en silencio. La muchacha, tras acercarse para revisarle la cabeza y el rostro, tomó las gasas y el envase de alcohol y los preparó para limpiar la sangre que, aunque muy despacio, todavía brotaba de las heridas.

—Le va a arder un poco —advirtió antes de colocarle las gasas, a lo que Isaac respondió apretando los labios. Después del accidente y de lo que había ocurrido con él, Natalia y, sobre todo, con su pequeña Anna, el dolor que producía el alcohol en la carne viva apenas podía causarle daño.

Con mucho cuidado pero también con bastante habilidad, Miranda colocó gasas con adhesivo y bálsamo para el dolor donde consideró era necesario, y en poco menos de diez minutos terminó el trabajo como si más que una camarera se tratara de una enfermera.

—Gracias —le dijo Isaac, sintiéndose bastante mejor, al menos en lo que al dolor físico se refería—. Pareces tener mucha experiencia curando heridas.

Miranda, con una sonrisa esta vez auténtica, le sostuvo la mirada por unos segundos con una expresión plácida, pero que fue empañada enseguida por una capa de lágrimas que impregnó sus ojos y que corrieron a lo largo de sus mejillas.

—Cuando se tiene un niño inquieto al que le encanta meterse en problemas, las caídas y los golpes ocurren muy a menudo… ¿Tiene usted hijos?

Isaac, sorprendido por el repentino llanto de la muchacha, pero sobre todo por aquella difícil pregunta, sintió latir su corazón como si quisiera saltarle del pecho, y en la boca del estómago un hoyo capaz de tragárselo por completo.

—Una hija de cinco años —dijo, incapaz de mentir sobre ella o negarla en aquel delicado momento.

Miranda sonrió, como si se tratara de algo que había estado esperando oír desde hacía mucho tiempo, y se arrodilló junto a Isaac, lo rodeó con las manos y descansó la cabeza en su regazo sumida en llanto. Isaac, confundido, no supo reaccionar más que alzando los brazos sin saber si debía o no corresponder el gesto de la muchacha.

—¡Entonces sabrá entenderme cuando le confiese que no lo traje acá solo para ayudarlo! —dijo, entre sollozos.

—¿De qué está hablando, Miranda? —preguntó Isaac, removiéndose en el asiento, examinando de vez en cuando la chaqueta sobre la mesa, sintiéndose un poco incómodo por lo que estaba ocurriendo.

—Usted trabaja en esa compañía, SiempreVida, ¿no es cierto? —preguntó la mujer mientras se incorporaba del suelo y se sentaba junto a Isaac, en el sofá, tomándolo de las manos—. La compañía de la fiesta. La fiesta que ofrecieron a sus empleados.

 Isaac, con el ceño fruncido, sopesó mentalmente la cantidad de información personal que estaba dispuesto a revelarle a la mujer. Si bien no deseaba hablar demasiado de sí mismo, estaba claro que ganar su confianza sin duda lo ayudaría en sus propias intenciones.

—Sí, así es.

—Entonces ayúdeme a salvarle la vida a mi hijo —suplicó, apretando con fuerza sus manos.

Junto con un gran nudo en su garganta, el rostro delicado de la pequeña Anna pareció materializarse ante los ojos de Isaac, para luego esfumarse con el terrible recuerdo de lo que había sucedido dos noches atrás.

—¿Qué le pasa a su hijo?

—Apenas tiene ocho años y se está muriendo —dijo, con voz trémula—. Tiene un tumor que está acabando con su cerebro, y los doctores me han dicho que no podrá vivir más que unos cuantos meses.

—Yo lo… lo siento mucho.

—Pero usted puede ayudarme, ¿no es cierto? Usted trabaja en esa compañía que hace que la gente viva por siempre, ¿verdad? Allá pueden salvar a mi hijo, curarlo y evitar que se muera.

Sintiendo una profunda pena por la mujer, Isaac cerró los ojos y, afectado por lo que ella, al igual que él, estaba viviendo, deseó estar en la capacidad de decirle que, con toda seguridad, la empresa no tendría reparos en atender a su hijo para otorgarle la vida que se merecía. Lamentablemente, la forma en la que SiempreVida trabajaba no era tan sencilla como la pobre Miranda, en su dolor, lo suponía. Y es que, ni siquiera el propio Isaac, empleado de la empresa, había sido capaz de imaginarlo.

Antes de que Isaac pudiera decir cualquier cosa, Miranda asió sus manos con mucha más fuerza y continuó hablando:

—Tal vez para usted, para las personas de su clase, la muerte no signifique más que un trámite que sortear cada vez que se presenta, pero, ¿tiene idea de cuán dolorosa es la muerte cuando se sabe que para algunos es una opción, pero para nosotros es definitiva? ¿Puede imaginar lo que significa perder la vida de un hijo simplemente porque no se tiene con qué pagarla?

Por supuesto que puedo, Miranda, pensó Isaac con ironía, conteniendo las lágrimas y el dolor y la furia represadas en su interior.

—¡Por favor, ayúdeme a salvar a mi hijo! —le suplicó la muchacha una vez más—, y solo dígalo: haré por usted lo que quiera.

Isaac, en silencio, tragó grueso y consideró los ruegos de la mujer. En efecto, había algo en lo que esta podía ayudarlo.

Gracias a los cinturones de seguridad, Isaac y su esposa salieron casi ilesos del accidente. Más allá de unos cuantos golpes, cortadas y moretones, Isaac fue quien corrió con la mayor suerte. Natalia sufrió una contusión leve en la cabeza, se fracturó un par de costillas, y las esquirlas de vidrio y metal destrozado le causaron heridas múltiples en el pecho y las piernas. Cuando el médico relató los detalles del accidente, Isaac se encontraba ya consciente, aunque bastante adolorido y postrado en la habitación de una clínica. Su esposa, que ocupaba la habitación contigua, se mantenía en observación y bajo los efectos de los sedantes, por lo que no habían tenido la oportunidad de informarle todavía de lo ocurrido.

—¿Y qué hay de mi hija, doctor? —preguntó Isaac enseguida.

Anna, explicó el doctor, que dormía en la parte trasera sin ningún tipo de protección, salió arrojada hacia adelante y se rompió el cuello antes de que el vehículo terminara de volcarse.

—Oh, mi pequeña —susurró Isaac, llevándose las manos al rostro, lamentando la terrible experiencia a la que había sometido a su familia—. Pero ya está bien, ¿cierto? Ya la regresaron a la vida.

El doctor, con la boca arrugada, movió la cabeza hacia los lados como si buscara las palabras adecuadas para lo que le tocaba decir a continuación.

—No precisamente —dijo al fin—. Verá, señor Garrido. SiempreVida no autorizó el procedimiento de resucitación a su hija. Al menos, no hasta tanto resuelva unos asuntos primero.

—¿Cómo que no autorizaron el procedimiento? —preguntó Isaac con el ceño fruncido y la boca hecha una línea— ¿De qué asuntos está hablando?

—Pues unos detalles relacionados con la cobertura de su póliza. Pero no se preocupe, ya viene un representante de nuestro departamento legal para ponerlo al tanto de lo que ocurre.

—¡Pero si yo soy empleado de SiempreVida! ¿Cómo puede haber un problema con mi cobertura?

—Lo entiendo, señor Garrido, pero yo no soy el indicado para responderle esa pregunta. Por lo pronto sepa que usted se encuentra en muy buen estado, y que a su esposa le tomará muy poco tiempo recuperarse. Mientras tanto, le recomiendo que descanse lo más posible.

Habiendo cumplido su trabajo de rutina el doctor se retiró del lugar y, apenas dándole a Isaac unos minutos para asimilar lo que estaba ocurriendo, el representante del departamento legal entró a la habitación, sosteniendo una tableta con la palma de su mano.

—Señor Isaac Garrido, ¿cierto? —dijo el sujeto, verificando la información en la tableta.

Incorporándose de la cama como pudo, Isaac se envaró y asintió con la cabeza.

—Mucho gusto, señor Garrido. Me llamo Asier Marín y soy el representante legal asignado a su caso. Creo que su doctor ya le comentó algo referente a lo que ocurre.

—Me dijo que por un problema en mi cobertura no han autorizado la resucitación de mi hija, pero, ¿cómo es posible? ¡Soy empleado de SiempreVida! —exclamó Isaac, con la voz alterada—. Trabajo en el Departamento de Publicidad. ¿Acaso necesitan revisar mis credenciales?

El abogado, en un amago de gesto conciliador, le mostró la palma de la mano libre.

—Estamos conscientes de su relación con SiempreVida, señor Garrido. De hecho, apenas el sistema de alerta de accidentes de su vehículo fue activado, nuestra clínica recibió la comunicación para ejecutar el procedimiento en caso de presentarse algún fallecido. Y, de hecho, así ocurrió y el cuerpo de su hija fue trasladado de inmediato a las instalaciones de SiempreVida. Sin embargo…

El abogado guardó silencio por unos segundos.

—¿Sin embargo qué? —preguntó Isaac, ansioso.

—Sin embargo, señor Garrido, una vez fueron realizados los exámenes preliminares del caso se determinó que usted estaba bajo la influencia del alcohol cuando se produjo el accidente.

—Pues sí, bebí un poco durante la fiesta —reconoció—, pero, ¿cuál es el problema?

—El problema, señor Garrido, es que según las condiciones de su póliza, y tal y como se expresa en las secciones ciento cuarenta a la ciento cuarenta y siete de su contrato —el sujeto volvió la mirada a la tableta para leer textualmente—: la empresa no asumirá los costos del procedimiento de resucitación para el titular o para cualquiera de los familiares amparados, si los hechos de muerte se producen bajo la influencia del alcohol, drogas, o cualquier otro tipo de sustancia que pudieran alterar las capacidades físicas y cognitivas del responsable de la muerte.

—Pero, ¿cómo es posible? ¡Ya le dije que soy empleado de SiempreVida y que disfruto de los beneficios de la empresa! ¿Cómo va a decirme que no resucitarán a mi hija, por el amor de Dios?

—¡Oh, no es que no vayamos a resucitarla, señor Garrido! —aclaró el abogado—. Lo que establece el caso es que tendrá que ser usted quien asuma los costos del procedimiento. Debido a lo que ya le he mencionado, SiempreVida se reserva el derecho de incurrir en gasto alguno respecto a su incidente. En este sentido, sólo necesitamos de su autorización, así como del pago correspondiente, para proceder con la resucitación.

Isaac, perplejo, miró fijamente al abogado con los ojos muy abiertos, apenas creyendo lo que este había dicho.

—Pero, ¿acaso está bromeando? —insistió, con voz trémula.

El abogado se encogió de hombros.

—Al respecto no tengo nada que decirle más que cuenta con un período de setenta y dos horas para realizar el pago si desea llevar a cabo el procedimiento. De lo contrario, el cuerpo de su hija perderá las condiciones físicas que se requieren para una resucitación efectiva. En cuanto esté listo para cancelar, por favor póngase en contacto con…

Confundido, Isaac dejó de prestar atención al sujeto y solo pudo escucharse a sí mismo preguntándose cómo podía estar ocurriendo todo aquello. La muerte, se suponía, no era algo de lo que ningún miembro de su familia tendría por qué preocuparse. Esa era la recompensa de quienes trabajan duro, tenían éxito y estaban comprometidos con SiempreVida. Cuando cayó en la cuenta de que su pequeña Anna estaba muerta y que, quizá, no tendría la manera de regresarla a la vida, fue azotado por el horror más grande que experimentase en su vida.

Negado a creer las palabras del abogado, Isaac concluyó que aquello debía de tratarse de un mal entendido, y que para aclararlo todo lo mejor que podía hacer era discutirlo directamente con alguien de la oficina. Alguien, pensó enseguida, como su amigo Leo. Por suerte, pudo ubicarlo a la primera llamada, y apenas escuchó lo del accidente, se trasladó de inmediato a la clínica a pesar de que se encontraba en ese momento disfrutando de la noche con las promotoras que había conocido durante la fiesta.

Cuando Leo llegó a la clínica, Isaac se encontraba acompañando a Natalia, que todavía dormía. Apenas Isaac lo vio entrar, lo llevó de vuelta al pasillo afuera y lo condujo hasta la otra habitación para que pudieran hablar en privado.

—¡Isaac! ¿Cómo te encuentras? —preguntó Leo, que no conocía aún los detalles de lo ocurrido—. ¿Cómo están Natalia y tu hija?

—Yo estoy bien. Natalia se está recuperando —dijo Isaac, apremiado por lo importante—. Anna, sin embargo, no sobrevivió, y es por ello que te llamé.

Entonces Isaac le contó todo lo que el abogado de la clínica había alegado y al finalizar le preguntó, con la voz quebrada, si lo que había dicho el sujeto sobre la póliza de SiempreVida era cierto o si se trataba de alguna clase de mal entendido por parte de la clínica. Isaac sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba cuando Leo, en vez de ofrecerle una respuesta inmediata a la pregunta, cerró los ojos y se llevó una mano a la frente como para restregar un sudor que, en realidad, no estaba allí.

—Vaya mierda, amigo —susurró.

—¿Qué carajos significa eso, Leo? —le reclamó.

—Significa que el abogado está en lo correcto —dijo Leo, arrugando el rostro como si odiara escuchar lo que recién acababa de decir–. Existen ciertas condiciones en las pólizas de la empresa que limitan la cobertura en caso de demostrarse el uso de alcohol o drogas por quienes se ven involucrados en —accidentes. Forma parte de las letras pequeñas del contrato, amigo, aunque varían mucho de cliente a cliente. Es decir, ciertos deducibles aplican, a veces… ¿Acaso no lo leíste antes de firmarlo?

—¿Deducibles? No puedes estar hablando en serio, Leo. Entiende, apenas fueron unos cuantos tragos. Todo fue culpa de un jodido animal que se atravesó en el camino.

–Pero si los niveles del alcohol superan los estipulados tu…

–¡Quiero a mi pequeña de vuelta! —le interrumpió Isaac, gritando.

—Y la tendrás, Isaac. La tendrás —dijo Leo, tratando de calmar a su compañero—. El reglamento establece que SiempreVida no asume el percance pero… —titubeó—, puedes pagarlo por tu cuenta.

Isaac, con la mirada vidriosa, se acercó a su compañero para que este pudiera observar bien la indignación que estaba plasmada en su rostro.

—¿Podrías pagarlo tú mismo, Leo? —masculló—. ¡Ni siquiera un año de nuestro jodido sueldo alcanzaría para pagarlo! ¡Lo sabes bien, maldita sea!

Leo bajó la vista, sin argumentos con los qué defenderse.

—Amigo, tiene que haber algo que pueda hacerse —dijo Isaac después de lamentarse en silencio por un minuto que pareció eterno—. Vamos, trabajas en Consultoría Jurídica, debe existir alguna alternativa, alguna consideración adicional que puedas presentarle a la empresa. Por favor, Leo, te lo suplico.

A punto de perder toda esperanza, Isaac se dejó caer en el borde de la cama y se restregó los ojos que ya comenzaban a llenarse de lágrimas. El abogado, sin apartar la mirada del suelo, alzó una mano y se rascó la cabeza como si tratara con ello de traer a la superficie pensamientos ocultos en lo profundo.

—De hecho —dijo entonces—, tal vez hay algo que pueda hacerse.

Isaac, sin mover ningún otro ápice de su cuerpo, volvió la mirada a su compañero y esperó a que este se explicara.

—Pero debes prometerme que esto quedará únicamente entre nosotros, ¿lo entiendes? —dijo Leo con seriedad.

—Lo entiendo.

—No hablarás con nadie sobre el asunto, ni siquiera con tu esposa, ¿lo comprendes?

—¡Habla ya, maldita sea! —masculló Isaac, poniéndose de pie otra vez, incitado por las palabras del abogado.

—Yo podría hacer que autorizaran la resucitación para Anna, pero como no puedes pagarlo, necesito que en lugar de dinero encuentres una persona que esté dispuesta a sacrificarse por ella.

—¿Sacrificarse? —preguntó Isaac con el ceño fruncido—. ¿De qué coño estás hablando?

Leo puso los ojos en blanco y respiró hondo.

—¿Te has preguntado alguna vez cómo lo logran en SiempreVida? ¿Cómo son capaces de regresar a las personas de la muerte y hacerlo cuantas veces sea necesario?

Isaac se encogió de hombros.

—Con ciencia —dijo—. Con la tecnología más avanzada que ninguna otra empresa de la salud posee. Así lo afirman en los vídeos institucionales, ¿no es cierto?

Los detalles, se suponía, eran secretos de la empresa.

—Pues, sí, así es —aseguró Leo—. Pero para regresar a un cliente, además de tecnología necesitan de un cuerpo vivo al cual drenarle la vida para catalizar la resucitación. Al menos, ese es el lenguaje que usan los técnicos.

—¿Drenarle la vida? ¿Quieres decir que…? —perturbado, Isaac contuvo sus palabras.

—No conozco los fundamentos teóricos del procedimiento, y creo que si los supiera igual no sería capaz de entenderlos, pero para ponerlo en términos simples, a fin de llevar a cabo cualquier resucitación es necesario que otra persona muera. Principio de Conservación de la Vida y la Muerte, es la expresión que los científicos usan en broma allá en los laboratorios.

Así que cuando Leo habló de sacrificarse, pensó Isaac, se refería a una persona que estuviera dispuesta a morir por su hija Anna.

—Yo lo haré —dijo, sin siquiera pensarlo—. No me importa cómo funcione, yo lo haré.

—Lo siento, pero no serviría. No conozco las razones pero el procedimiento sólo funciona entre personas del mismo sexo. Si quieres que Anna regrese, tiene que ser a cambio de otra mujer.

Así que ni siquiera estando dispuesto a morir por ella parecía tener la manera de ayudar a su pequeña. Desesperanzado, sus pensamientos se dirigieron, como era inevitable, hacia su esposa Natalia, pero incluso cuando Isaac sabía perfectamente que ella moriría todas las veces que fuera necesario con tal de salvar la vida de su hija, también sabía que lo peor que podía hacerle a Anna después de todo aquello era traerla de vuelta a un mundo en el que no tuviese a su madre. Anna lo amaba, por supuesto, pero si algo había aprendido Isaac en estos pocos años como padre, es que ningún afecto era más poderoso que el que sentía su hija por su madre. Y él no estaba dispuesto a ser el responsable de la pérdida de semejante vínculo.

—No puedo escoger a Natalia —le dijo Isaac a Leo, como si este le hubiera sugerido la idea—. Anna nunca me lo perdonaría.

—No tiene por qué ser ella. Sólo hace falta que sea una hembra —Leo vaciló antes de continuar, pero luego habló como si el expresar sus siguientes palabras le quitaran un gran peso de encima—. Recurre a lo que hace la empresa cada vez que requiere de un procedimiento: busca en la montaña, allá donde los pobres. Consíguete una puta, o una vieja. Alguien a quien puedas pagarle y convencerla de que venga contigo a la ciudad. O tráela a la fuerza si es necesario. Una vez se encuentre en los laboratorios, yo me encargaré del resto.

—¿Es eso lo que ocurre cada vez que resucitan a un cliente? ¿Convencen a la gente de la montaña?

—Los convencen, los obligan —dijo Leo como si no existieran diferencias entre los conceptos—. Lo que sea necesario para garantizar el servicio a quienes lo pagan. Resulta irónico, ¿no es cierto? Después de todo, son los pobres quienes, literalmente, mantienen a los ricos con vida.

Ensimismado, Isaac sopesó las palabras de su amigo, lo que estas decían sobre la realidad escondida detrás del prestigioso nombre de SiempreVida, y le resultó imposible el no sentir un fuerte escalofrío que comenzó en su espalda y se propagó luego por el resto de su cuerpo. Sin embargo, sus verdaderos temores comenzaron a emerger cuando se preguntó si sería siquiera capaz de ir hasta la montaña y traer a esa persona que, con su muerte, le devolvería la vida a su pequeña Anna.

Tal y como lo había prometido, Miranda lo acompañó en el camino de regreso hasta el lugar en donde Isaac recordaba había dejado el vehículo alquilado, cargando a su hijo ya dormido a cuestas, sin mostrar señal alguna de cansancio a pesar de lo largo del trayecto. Una vez allí, la muchacha ocupó el asiento trasero con el niño en su regazo, mientras que Isaac, al volante, dejó atrás los linderos de la montaña tan rápido como pudo, tomando la autopista que conducía directo al este, donde se alzaban los rascacielos, cada vez más altos y lujosos a medida que, como una pirámide, se adentraba en lo profundo de la ciudad.

Valiéndose del teléfono del vehículo, llamó a Leo para indicarle que iba en camino, y asegurándose de que Miranda pudiera escucharlo, le dijo que llevaba consigo a alguien que necesitaba de los servicios de SiempreVida. Con el corazón latiendo de prisa, Isaac condujo tan natural y cauteloso como pudo, esforzándose por ocultar a los ojos de su pasajera cualquier señal de nerviosismo que pudiera delatarlo. Mirándola por el retrovisor de vez en cuando, buscaba cerciorarse de que, en efecto, la garantía por la vida de su hija seguía ocupando aquel asiento trasero, pero aunque trataba de ver a la mujer sólo como un objeto útil para sus fines, en el fondo no pudo evitar el pensar en el destino que había decidido para ella. Viéndola allí, aferrada a su hijo, se preguntó si habría en su hogar un esposo que la extrañara, una familia o algunos amigos que, tarde o temprano, repararían en su ausencia. A pesar de ello, fue la imagen de su hija Anna, graciosa y sonriente corriendo a sus brazos, la que persistió sobre cualquier remordimiento, y la que le dio la fortaleza que necesitaba para terminar lo que había comenzado.

 Cuando ingresaron en el sector de la ciudad en donde estaban emplazados los edificios de SiempreVida, Miranda suspiró con la mirada puesta en el mundo luminoso que veía a través de la ventana. Leo, que ya se encontraba esperándolos cuando arribaron a la entrada del laboratorio indicado, miró a Isaac con perplejidad al notar al niño que la muchacha cargaba en sus brazos.

—Leo, esta es Miranda —dijo Isaac—. Es la persona que necesita de SiempreVida. Verás, su hijo está enfermo y, como ella me ofreció su ayuda, yo le prometí ayudarlos.

Miranda, tras limpiarse las lágrimas que habían vuelto a brotar de sus ojos, sonrió. Leo, por su parte, inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Por favor, Miranda, discúlpanos —le dijo Isaac a la muchacha, y la invitó a esperarlos junto a las puertas del edificio—. Leo y yo necesitamos un momento para conversar sobre cuál es la mejor manera de atender tu caso.

—Por supuesto, lo que sea necesario —dijo Miranda, complaciente, y caminó hacia la entrada.

Cuando estuvo seguro de que la mujer no podía escucharlos, Leo se volvió hacia su compañero y le increpó con ojos centelleantes:

—Sólo necesitas una mujer. ¡¿Qué está haciendo el niño acá?!

Después de resumirle lo que había ocurrido en la montaña, Isaac se excusó asegurándole que no había tenido mayor alternativa.

—Entiéndelo, Leo. Ni siquiera tuve que convencerla. Ella se ofreció a venir conmigo a dónde fuera si a cambio ayudaba a su hijo.

—¡Pero no podemos hacer nada por el muchacho! Tal vez SiempreVida podría curarlo, pero todo ello costaría una fortuna que ni ella ni tú tienen.

—Lo sé —dijo Isaac con voz monocorde—. Por esa razón, deberás hacerle creer, hasta el final, que todo lo que sea que hagan con ella allá adentro será para salvar al muchacho.

—Pero no vamos a salvarlo.

Isaac negó con la cabeza, mientras sentía cómo el resto de su cuerpo era lanzado al vacío, hacia un abismo.

—Considéralo un crédito. Úsalo para salvar la vida de alguien más que lo necesite. Tan solo tómalos y haz que me regresen a mi hija, por favor.

Entendiendo que no había nada más que comentar, Leo inclinó la cabeza y después palmeó a su amigo en el hombro. Al reunirse de nuevo con Miranda y su hijo, Isaac se apuró en despedirse.

—Leo se encargará de ustedes de aquí en adelante. Haz lo que diga y todo terminará pronto —le dijo, tragando grueso.

La muchacha, en un gesto de agradecimiento, lo besó en la mejilla y sonrió con el rostro encendido por la esperanza.

Antes de que Miranda y Leo se retiraran al interior del edificio, el abogado se volvió hacia su compañero y le susurró al oído:

—Vuelve a la clínica, ve con Natalia. Dile que pronto podrá reunirse con su hija.

Isaac sonrió, plasmando en su rostro una expresión que imaginó era idéntica a la que había visto en Miranda hacía apenas segundos, y después regresó al vehículo. Con la mirada ahora siempre atenta al camino, y con el recuerdo vivo y alegre de Anna en su mente, respiró profundo para recuperar la calma y para convencerse de que ya todo había pasado, y que solo era cuestión de tiempo antes de que pudiera tener a la pequeña de nuevo entre sus brazos.

Como si se tratara de una plegaria, deseó que su felicidad cuando eso ocurriera fuera tan grande y tan fuerte que le ayudara a olvidar, a hacer desaparecer, aquel agujero oscuro que parecía haberse alojado ya en el fondo de sus entrañas.

© Copyright de Ronald Delgado para NGC 3660, Julio 2016