Más allá de la vida y la muerte

 

Por Susana García

Cuando duerme está muy hermosa. Los párpados cerrados suavemente, con las pestañas, tan negras y largas. Los labios entreabiertos y húmedos. Su pecho elevándose mansamente con cada inspiración. Y su cabello, esa mata oscura y sedosa, desparramada libremente, a veces cayendo en largas guedejas sobre el pecho, o rodeándole el rostro como un halo oscuro y brillante.

Quisiera detener el tiempo y conservar esa imagen de su rostro pacífico. Las fotos no consiguen captar la hermosura de su descanso. Tampoco el vídeo ha sido capaz de encontrar el punto exacto, el cenit de su belleza. Por eso… por eso he tomado una decisión y me preparo para llevarla a cabo sin esperar ya más. De hoy no debe pasar.

Antes de abrir la espita del gas, acaricio con el dorso de mi mano su mejilla fresca. Coloco sus manos sobre el regazo y salgo del dormitorio, sellando tras de mí la puerta. Cuando el gas se acumule en la habitación y el oxígeno le falte, dejará escapar la vida poco a poco, sin despertarse. Así, permanecerá en su rostro la expresión serena y hermosa que será, por siempre jamás, mía. Ya tengo preparado su nuevo hogar: una fría morada que conservará impecable su juventud. Así es como mueren los mitos, jóvenes y lozanos, para que su leyenda se perpetúe.

Me siento un rato junto a su puerta, mirando constantemente la hora en mi reloj de pulsera. Los minutos pasan muy lentamente y se diría que la manecilla está hoy perezosa. Quiero esperar una hora y media a lo sumo. Para entonces el dormitorio estará ya invadido por el gas y ella descansando eternamente.

Despierto bruscamente por el ruido de unos golpes en mi puerta. Me he quedado dormido. Consulto el reloj. ¡Las cinco! Han pasado ya dos horas. A pesar de lo urgentes que parecen los golpes, no les presto atención. No hasta que ella esté instalada en la refrigeradora nueva que casi encargué a medida. La puerta retumba y unos gritos que no quiero escuchar reverberan por toda la casa. Pero tendrán que esperar porque esa puerta no hay quien la tire abajo y yo no voy a abrir.

En el dormitorio, el balcón está abierto de par en par, las cortinas ondeando con la brisa. Me quito la máscara y busco con desesperación su cuerpo. Ya no descansa sobre el cobertor de flores que escogí especialmente para ella. Me siento en la orilla de la cama, pasando la mano suavemente por donde su cuerpo estuvo descansando. Me inclino para recuperar su fragancia en la tela estampada.

Un golpe brutal sacude la casa, y otro, y otro. ¿Estarán intentando romper la cerradura? Sin duda, habrán llamado a un cerrajero pero va a tener trabajo para rato.

Cierro el balcón y los postigos, quiero estar a oscuras. En la cocina tengo otra bombona. Le coloco el cabezal de la espita sin prisas. La abro y un olor dulzón comienza a llenar el cuarto. Cierro la puerta por dentro, la atranco con una silla. Me estiro sobre el cobertor arrugado, tratando de encontrar con mi cuerpo la esencia del suyo. Aspiro profundamente. ¿Cuánto tardará en llegarme la muerte? Espero que me visite antes de que ese maldito cerrajero consiga su propósito. Ya no se oyen ruidos. La puerta del dormitorio es gruesa, de esas antiguas y sólidas, pero no es por eso. Han cesado de golpear. Probablemente están hurgando en la cerradura. La compré a prueba de ganzúas.

Poco a poco me sumerjo en un plácido estado y mis ojos ya no pueden mantenerse abiertos. Entonces… está en mi bolsillo derecho. Es el momento. Saco el encendedor y busco con el pulgar la ruedecilla que me transportará más allá de la vida y la muerte: hacia la eternidad.

Se suicida tras un intento frustrado de asesinato.

J.M.S, de cincuenta y tres años, falleció ayer por la tarde como consecuencia de la explosión ocurrida en su domicilio. El hombre había intentado asesinar poco rato antes a N.B.S, de veinticuatro años, ciudadana ecuatoriana que vivía realquilada en el piso. La mujer despertó en su dormitorio, en el que la espita de una bombona de gas dejaba salir éste premeditadamente. La joven, viendo que la puerta estaba cerrada con llave, salió al balcón y fue auxiliada por una vecina que, en ese momento, había salido a regar las plantas, y que le ayudó a pasar de un balcón a otro. Avisada la policía, dos agentes se personaron en el domicilio del denunciado sin conseguir que este, voluntariamente, abriera la puerta por lo que se hizo necesaria la intervención de un cerrajero. Media hora más tarde, la explosión de gas arrancaba de cuajo la puerta hiriendo gravemente al operario. Los dos agentes salieron del incidente con contusiones y heridas de poca gravedad. El empleado de la cerrajería se encuentra en el hospital recuperándose favorablemente de sus heridas.

© Copyright de Susana García para NGC 3660, Octubre 2017

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