Víctimas inocentes – Reed.

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Por David Jasso

(Aparecido en la antología Fabricantes de sueños 2010-2011)

 

1

 

Creía que los gritos eran lo peor, pero estaba equivocado. Lo peor de todo es el silencio. La ausencia. El silencio es haber partido antes de tiempo, estar lejos. El silencio es soledad e incertidumbre. El miedo es el silencio.

Presto atención, me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración, conteniendo el alma. Miro hacia las escaleras que conducen a la planta alta. Ni un sonido. Quizás todo haya acabado ya. Siento una punzada de remordimiento cuando me alegro de estar herido, tumbado en el sofá sin poder moverme, de no ser yo quien esté allá arriba. Me obligo a respirar. Intento convencerme de que es una buena señal que el silencio continúe, al menos ese llanto atroz ha dejado de sonar, pero no dejo de estremecerme. El silencio no dice nada y yo necesito saber qué está pasando.

Poco después oigo el lejano sonido de las anillas de la cortina deslizándose sobre la barra y los pasos que se acercan. Precipitados, rápidos. No, no tiene por qué ser malo, me digo, es normal. Y aparece ella, desciende los escalones de dos en dos, temo que se caiga y ruede como yo hace tres días, pero se las arregla para llegar abajo sin mayor problema. Sus ojos están rojos, el llanto no ha dejado de convivir con ella en las últimas horas, ha sido un visitante no deseado que ha tomado posesión de nuestros corazones. Sus manos tiemblan, ella entera se agita casi convulsivamente, como una víctima más. Vuelvo a temer que acabe en el suelo, se acerca hasta mí con cuatro zancadas temblosas. Me encojo al pensar que pueda caerme encima, pero se arrodilla justo a tiempo y me abraza ciegamente.

Un nuevo escalofrío de dolor me recorre cuando mi cadera se ve presionada, pero el gemido muere en mi garganta cuando Luz, con algo demasiado parecido a un grito, comienza a llorar de golpe. Con una intensidad que nunca antes había visto.

Hemos pasado muchos años juntos, hemos compartido momentos alegres y también grandes decepciones, la he abrazado mientras lloraba quedamente sobre mi hombro; he acariciado sus cabellos mientras le prometía que todo pasaría, que las cosas se arreglarían; he visto cómo su rostro se iluminaba al recibir una simple sorpresa de cumpleaños; la he sentido temblar al hacer el amor, vibrar al escuchar una de sus canciones favoritas; sé por la forma en que frunce los labios cuánto le va a durar el enfado o cuándo va a gritarme… Creía que conocía todas sus expresiones, todos sus gestos de dolor o de placer, cada recodo de su cara, cada pliegue de su sonrisa, cada arruga de sus carcajadas. Pero estaba equivocado, en este momento descubro una mujer desconocida, a una mujer destrozada por el dolor, desgarrada por la pena, la viva imagen de la desolación. Me abraza mientras mi cadera quebrada me hace cerrar los ojos. Mejor cerrarlos, así no veo a esa extraña tan plena de sufrimiento que solo produce miedo.

—Perdóname, oh, perdóname —dice entre sollozos que son ráfagas de viento ardiente. Su voz suena a moco, pero lo más terrible es la completa desesperación que subyace debajo de los sonidos. Cada sílaba es un lamento. Se derrumban todos los muros y descubro a una mujer diferente a la que amo. A alguien perdido, a una niña pequeña maltratada y abandonada. El llanto de Dani era terrible, aterrador, pero el de Luz, tan extremo y doloroso, es mucho más duro, hace que mi alma se encoja y empiece a llorar también. Olvido el dolor que me asaeta, me esfuerzo por mover mi brazo y acogerla junto a mí. No es fácil.

—Perdóname. Perdóname —gime.

No puedo hablar, la cadera me está matando y los sentimientos se amontonan en mi garganta, ni siquiera puedo consolarla, no sé qué podría decirle para calmar ese llanto desesperado; en realidad no hay nada en este mundo que pueda hacerlo.

No sé qué ha pasado. No sé por qué me pide perdón.

Entonces dice la frase más aterradora que nadie puede escuchar nunca. La que ninguna madre debería pronunciar jamás, el culmen del horror:

—Perdóname, ooh… —sus sollozos estrangulan las palabras, me cuesta entender lo que dice—. No he… podido… matar a… nuestro hijo… No he podido… no he podido matarle. —Y los lamentos son auténticos gritos sofocados—. Oohh, ooh, no… he… pod… Per-dón….. ame

Y entiendo todo. Intuyo lo que ha pasado en la habitación de arriba. Lo sé casi tan bien como si hubiera estado allí

En este instante, como si hubiera estado esperando la aterradora confesión de su madre, Dani, nuestro bebé de dos meses, emite un áspero grito y comienza a llorar a voz en grito. Ha vuelto.

Y aquí quedamos los tres, envueltos en dolor y lágrimas. Separados de Dani por catorce peldaños. Unidos por el llanto y la miseria. Distanciados por toda una eternidad de soledad. Aunados en el miedo y la muerte.

Los cabellos de Luz resbalan entre mis dedos entumecidos. Ni siquiera me atrevo a decirle que me está destrozando con su abrazo, que no apriete tanto, por favor, que no apriete tanto. Me merezco el dolor, quiero sentir en mi cuerpo lo que ella, por mi culpa, siente en su alma. Dejo que el dolor me posea, me lo merezco. Y por unos instantes el dolor purifica, cauteriza, demuestra que estoy vivo, pero la sensación no dura demasiado, en seguida me recuerda que la muerte avanza, que acecha tras cada célula infectada, tras cada hueso quebrado.

Las palabras de Luz se convierten en una letanía sin sentido, en la más pura expresión del sufrimiento.

Dani aúlla allí arriba.

Hace poco que ha amanecido. Tenemos por delante todo un día, quizás la última jornada de nuestra existencia.

Dios mío, me pregunto, ¿y ahora qué? ¿Ahora qué?

 

 

2

 

Recuerdo cómo comenzó todo. No debí cometer los errores en los que incurrí. Tenía que haber seguido las recomendaciones de la resistencia. Haberles hecho caso, claro que sí. Ya lo dicen bien claro, nada de hablar con desconocidos, nada de correr riesgos inútiles. Tenía que haber dejado a Eloy fuera de casa. Que se pudriera. Pero fui tonto. Y Luz también. Luz es muy buena, en realidad si ella no hubiera insistido yo no hubiera abierto la puerta, bueno, no sé, probablemente no, no sé. Pero Luz es muy buena. No quiso dejarle ahí tirado. Luz no se merece esto. No, no se lo merece. Tengo que solucionarlo. Por ella. Y también por mí. Y por Dani, claro. Por Dani. Claro.

El hombre pasó gritando por delante de la puerta de nuestra casa. Bueno, no, en realidad todo comenzó unos cuantos meses antes, cuando se desató esta maldita guerra. Cuando esos seres oscuros y siniestros se enfrentaron abiertamente a nosotros, cuando la sangre comenzó a correr sin límite cada noche y sus huestes crecieron hasta casi dominar el mundo. Cada baja nuestra era un nuevo soldado en sus filas, una auténtica maldición. Pero esto ya es demasiado conocido, todos hemos tenido que escondernos de las sombras y enfrentarnos a temores inimaginables. Así que no voy a contar lo que todo el mundo sabe.

Faltaba muy poco para que el sol se ocultara. Luz y yo estábamos comprobando los refuerzos de las ventanas, asegurándonos de que cumplíamos todas las medidas de seguridad que desde la resistencia difundían con tanta insistencia. El generador tenía combustible, los focos funcionaban, los crucifijos estaban pintados en cada puerta, eso sí, ya no teníamos ajos, era imposible conseguir uno, los oscuros habían acabado con todas las plantaciones al igual que habían destruido las centrales eléctricas y boicoteado las vías de comunicación. Entonces oímos las voces en la calle. Alguien gritaba pidiendo ayuda. El sol todavía brillaba en el cielo. No era un enemigo.

Cometimos un error irreparable. Le acogimos. Primero le observamos por la mirilla. Era un hombre delgado y desaliñado con aspecto desnutrido y desvalido, no le habíamos visto nunca. Sabíamos que dejarle entrar entrañaba cierto riesgo, se trataba de un auténtico desconocido, pero el hombre iba caminando de un lado a otro de la calzada pidiendo refugio a gritos, necesitaba a alguien que le acogiera. La noche se acercaba y precisaba de un lugar para resguardarse. Voceaba diciendo que venía de lejos, que tenía noticias, que estaba viajando recorriendo toda la comarca y que necesitaba que alguien le permitiera entrar en algún lugar seguro antes de que la noche se le echara encima y, con ella, las hordas de oscuros que acabarían con su vida. La historia tenía cierto sentido y estoy seguro de que Luz le dejó entrar porque necesitaba una esperanza, precisaba de buenas noticias que nos permitieran creer que el mundo al que habíamos traído a nuestro hijo tenía un futuro; que, tarde o temprano, todo volvería a ser como antaño. En el fondo de nuestros corazones sabemos que hemos perdido esta guerra, que la oscuridad siempre es más poderosa que la luz y que indefectiblemente todos seremos víctimas inocentes de esta barbarie. Precisamente esta certeza de ser derrotados es lo que más nos hace necesitar la esperanza. El temor a que el mal triunfe es lo que hizo que Luz quisiera hacer el bien, es lo que nos movió a abrir la puerta y a llamar a ese desconocido, justo antes de que el sol perdiera su batalla contra la noche. Antes de entrar puse un crucifijo sobre su frente, sabíamos que no se trataba de un remedio infalible, pero el hecho de que el hombre anduviera por la calle a la luz del día y resistiera la imposición nos pareció suficiente garantía. Nos mostró su cuello sin que se lo pidiéramos, estaba libre de mordeduras. Nos agradeció que le acogiéramos y nos sonrió con calidez hasta que dejé de encañonarle con mi escopeta de caza.

—Me llamo Eloy y vengo de muy lejos. Gracias por vuestra ayuda, si hubiera tenido que improvisar un refugio allí fuera ¿quién sabe cómo hubiera acabado?

Su mirada era franca y Luz y yo nos reconfortamos cuando vimos el brillo de sus ojos. Todavía había esperanza. Ese hombre, según nos explicó él mismo, recorría el mundo en lugar de esconderse siempre en la misma vieja ratonera, como nosotros. Buscaba un lugar en el que rehacer nuestra vida, la de todos los humanos. Y tarde o temprano lo encontraría, estaba seguro.

Luz compartió algunos víveres con él, aunque Eloy llevaba una bolsa con conservas y, en realidad, nos dio más comida de la que aceptó. Fue agradable hablar con alguien diferente, siempre veíamos las mismas caras asustadas, los rostros desencajados de los pocos supervivientes de la zona. Fue como reencontrarse con un antiguo compañero de clase, como reconocer esa canción lenta que bailaste con tu primera novia, como abrir el grifo y ver surgir el agua caliente. Como en los viejos tiempos, cuando bastaba con salir a la calle para hablar con cualquier desconocido sobre temas intrascendentes. Luz no dejaba de interrogarle sobre cómo estaba la situación en otras zonas, quería saber más cosas sobre el resto del mundo. El hombre agitó la cabeza con abatimiento y dijo:

—Todo está igual. Apenas hay diferencias. Están por todas partes y cada vez son más.

Dani se encontraba despierto y el hombre le cogió en brazos, le dedicó un montón de cariñosas carantoñas, resultaba enternecedor. Luz y yo nos miramos y sonreímos con tristeza intentando transmitirnos un poco del ánimo que no sentíamos. Lamenté, más por ella que por el resto del mundo, que las palabras del forastero no fueran más esperanzadoras.

—Es por personitas como él —dijo mientras la diminuta mano de Dani sujetaba firmemente el dedo del hombre. Sonrió tirando un poco de la manita—, por las que tenemos que luchar. Los niños son el futuro, son puros e inocentes, los niños representan todo lo que ellos odian.

Tras las ventanas reforzadas la noche caía muy despacio, como un pañuelo de seda negro mecido por el viento, y los oscuros comenzaron a salir de sus escondites arrastrando su miseria. Llevábamos varias semanas intentando encontrar su nido sin éxito, no teníamos ni idea de dónde se ocultaban. Era muy difícil acostumbrarse a los alaridos y a las amenazas, pero ya habíamos aprendido a convivir con el miedo en cuanto llegaba la noche.

Eloy entregó a Dani a su madre, el hombre tuvo que sacudir el dedo para librarse de su amorosa sujeción. Se acercó despacio a una de las ventanas, me pareció que estaba muy cansado, quizás al borde de la extenuación. Tenía que ser muy duro buscar cada noche un refugio, seguir siempre adelante sin mirar atrás, vivir sin un hogar.

—Ya están aquí fuera —dijo con pesar, constatando un hecho que todos podíamos apreciar. Miró por una rendija—. Cada vez son más, ¿lo veis?

En ese momento algo golpeó la ventana desde el exterior, en ocasiones arrojaban objetos. Eloy se retiró sobresaltado.

—Son unos malditos —afirmó. Pero su voz no demostraba ira o miedo, solo una inmensa tristeza—. Y vosotros habéis sido muy buenos conmigo. Visteis que necesitaba ayuda y me la brindasteis. —Suspiró muy despacio—. Lo siento, lo siento.

No entendí lo que decía. «Lo siento». ¿Qué sentía? Su rostro se ensombreció, me recordó la expresión del doctor que hacía años, en otra vida, le había comunicado a mi hermano que tenía cáncer.

—Habéis sido muy buenos. Lo siento de verás.

Paseó por la habitación nervioso. Luz y yo nos miramos preocupados, comprendimos que algo iba mal. No necesitábamos hablar. Alarmada, se puso en pie con el niño en brazos.

—Tenéis que entenderme. Me duele hacer esto, pero no tengo otro remedio. Lo comprendéis, ¿verdad?

Tardé unos cuantos segundos en percatarme de que había cogido mi escopeta de donde yo la había dejado olvidada. Retrocedí asustado.

—¡Ve arriba, corre! —grité a mi mujer.

Luz me hizo caso y en unas décimas de segundo estaba corriendo escaleras arriba, interponía su cuerpo entre el bebé y el arma.

Eloy me apuntaba con cierta indiferencia.

—Me caéis bien, sois buena gente. Por eso tengo que hacerlo. Porque ellos os odian.

Se acercó a la puerta de la calle.

—¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué vas a hacer? Tú no eres un oscuro…

—No, tienes razón, no soy un oscuro. Pero… —no pudo evitar retirar la vista y mirar al suelo, debí aprovechar ese momento para saltar sobre él, no se me ocurrió hacerlo— pero… trabajo para ellos. Necesitan nuestro apoyo, precisan de humanos que les ayuden durante el día. Y yo he hecho un pacto con ellos. No me ha quedado otro remedio si quería sobrevivir. —Una nueva pausa meditativa, como si necesitara buscar fuerzas en lo más oscuro de su alma—. No es nada personal —concluyó—, lo siento.

Comenzó a abrir todos los cerrojos y, sin dejar de apuntarme, dio una descuidada patada al refuerzo de la puerta, la madera cayó a un lado.

—No puedes abrir —imploré, sabía lo que ocurriría si lo hacía, ambos lo sabíamos. Dani había comenzado a llorar quedamente en el piso de arriba.

Retiró el último pestillo y vi con horror cómo abría la puerta muy despacio. Lo siento, dijeron sus ojos.

Se dirigió a la noche, llegué a ver algunas sombras moviéndose en el exterior. Los gritos de los oscuros se recrudecieron.

—¡Entrad, entrad, podéis traspasar el umbral! Yo os invito a pasar.

Y los aullidos de triunfo me hicieron temblar. Dios, estábamos perdidos. Dejó de apuntarme, ya no hacía falta. Los cuerpos se lanzaron hacia la casa, habían sido invitados a entrar, la última barrera se había desmoronado.

—Odian a los niños —explicó. Y, en el paroxismo del terror, vi que portaba en su mano izquierda la pequeña cruz de plata que Dani llevaba al cuello desde que nació. Me la mostró y la hizo bailotear con desgana, deduje que se la había arrebatado cuando había tomado al niño en brazos. Comenzó a decir «Lo siento», pero no pudo acabar de pronunciar esas palabras vacías porque las bestias entraron en la casa como posesos y casi le arrollaron en su embestida.

Recuerdo muy poco de lo que pasó a continuación. Lo veo en mi mente como cuando te dejas la videocámara encendida sin darte cuenta: imágenes borrosas y sin sentido, repletas de violencia y movimiento. Sé que pude reaccionar a tiempo y evité que Eloy arrancara la cruz de la puerta. Fui empujado y arrojado al suelo.

Intenté hacerles frente pero no pude ni siquiera frenar su ímpetu. Vi cómo uno de ellos se lanzaba escaleras arriba. Eloy se sentó en una esquina del salón y se limitó a ver cómo yo me enfrentaba a los oscuros. Yo grité que esa casa era mía que les prohibía la entrada, que tenían que salir de allí en ese preciso instante, y creo que obtuve cierto resultado, dejaron de entrar.

Me golpearon, pero apenas se atrevían a acercarse, esgrimía la cruz de mi cuello para evitar que pudieran darme alcance. Retrocedí hacia las escaleras.

 

 

3

 

—¿Por qué no nos matas, Eloy? —le pregunté casi implorando. Yo seguía tumbado en el suelo. Después de la violenta caída no podía ponerme en pie, le veía en un extraño contrapicado, aparentaba ser inmenso. En realidad lo era—. ¿Por qué no nos matas?

—No hace falta, amigo —sacudió la cabeza con un gesto que ya me resultaba familiar—. Ellos no os quieren muertos, les da igual que viváis o muráis. Ellos buscan algo más, saben lo que quieren y cómo conseguirlo, por eso no os han mordido —subió los hombros en un gesto de despreocupación tan falto de sentimiento que dolió como un golpe—, solo les interesaba, vuestro hijo. Y ya tienen lo que querían —una larga pausa durante la que dio un par de pasos hacia la puerta abierta de par en par—. Lo siento de veras… estoy muy avergonzado.

Dijo sin volverse. Salió tras los oscuros y se perdió en las sombras. La puerta quedó abierta. Yo me arrastré por el suelo preso de dolor, la caída por las escaleras, después de la pelea en el piso de arriba, me había destrozado la cadera, ni siquiera podía incorporarme.

Los oscuros se habían marchado, ya habían completado su misión. El silencio se adueñó de la casa. Luz descendió muy despacio con Dani en brazos.

El cuerpo del bebé yacía exangüe contra su pecho. Me miró asustada, no entendía por qué no me levantaba y acudía a ella. Fueron unos momentos extraños, casi surrealistas. Una mujer con un niño muerto y un hombre arrastrándose por el suelo. Comencé a sentir el verdadero dolor. Vi la mordedura en el cuello de mi hijo, las gotitas de sangre seca que parecían resbalar con pereza.

—¿Por qué no nos han matado a todos? —preguntó aturdida, dejando que la lógica brotara entre su estado de shock. Dani era un muñeco desmadejado.

No supe qué contestarle. Ahora ya lo sé. Malditos sean.

Y perdí el conocimiento mientras mantenía la esperanza de no despertar nunca más.

 

 

4

 

Lo siguiente que recuerdo es la bruma. El dolor que me poseía. Fragmentos de conversaciones dislocadas. Lágrimas. El llanto de un niño muerto. El miedo. El temor a que la resistencia se enterara de nuestra situación y tomara contra nosotros alguna drástica medida. El llanto de un niño muerto.

Así pasaron tres días. Seguía sin poder moverme, pero me encontraba en el sofá, supongo que Luz logró subirme a él en alguna de mis largas pérdidas de consciencia. Lo hizo con toda su buena intención, pero en realidad los cojines solo lograban producirme más dolor. La pelvis debía de estar destrozada. No me importaba, sabía que no podría sobrevivir demasiado tiempo. Luz se había hecho cargo de todo durante esas horas, pero el tiempo jugaba en contra nuestra y la situación se hacía más desesperada por momentos.

Las horas se eternizaban con el niño llorando en la oscuridad de su habitación. Sabíamos en qué se había convertido. Ambos habíamos visto cómo un oscuro lo arrojaba displicentemente al suelo después de morderle, como quien se deshace de una cáscara vacía. No lo habíamos podido evitar.

Y no sabíamos qué hacer, nos mirábamos con el dolor en nuestras pupilas y posponíamos una y otra vez la decisión inevitable. Aunque en el fondo de nuestros corazones sí sabíamos. Era nuestro hijo, sí, pero en realidad ya no lo era.

—Tendrás que hacerlo —le dije el segundo día—. Luz, cariño, vida mía, tendrás que hacerlo. Yo no puedo moverme. Tienes que hacerlo tú. Es lo mejor para todos.

Ella negaba con la cabeza mientras ocultaba el rostro entre sus manos.

—Es muy fácil —continué—, solo deja la cuna junto a la ventana y abre las cortinas.

Me respondió con un sollozo y salió con paso rápido hacia la cocina.

«Es muy fácil», no, no había usado las palabras adecuadas. No resultaba nada fácil. Dani era nuestro hijo. Por Dios…

Luz tardó varias horas en regresar junto a mí, al hacerlo me trajo algo de beber y un poco de comida. Se sentó en silencio a mi lado.

Esa noche fue terrible. El bebé tenía hambre, llevaba tres días convertido. Luz, de vez en cuando, subía a verle. La imaginaba acercándose a la cuna y mirando a nuestro hijo con temor y pena, con el aturdimiento propio de las víctimas de un accidente de tráfico. Sin atreverse a tocarle, sin poder tomarlo en brazos. Sintiéndolo tan lejos, más allá de la vida. Pero ¿hasta dónde llega el amor de una madre? Y de nuevo Luz volvía a mí y tomaba mi mano y lloraba una vez más. Y preguntaba con el tono de la beata que reza el rosario sin entender las oraciones «¿qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a hacer?». Y yo me refugiaba en mi dolor y en mi inmovilidad.

Esa mañana, Luz había subido al cuarto de Dani. Conozco sus expresiones, mostraba una determinación asustadiza. No habíamos podido pegar ojo, el bebé no había dejado de llorar. Apenas escuché sus palabras. Fueron un susurro.

—Voy a hacerlo —recriminó, aunque sonó como un insulto contenido. Y subió con pesarosa seguridad. Vi cómo con cada peldaño perdía fuerzas, al igual que una peonza a punto de cesar de girar.

El niño dejó de llorar en cuanto ella entró en la habitación. Había reconocido a su madre. Y el silencio fue más aterrador que ninguna otra cosa. Luz se acercó a él. Carne de su carne, fruto de su vientre. Movió hacia la ventana la capaceta en la que descansaba, la luz del amanecer se anunciaba tras el humeante horizonte. Todo indicaba que sería un día gris y plomizo. El niño tendió las manitas hacia su madre. Pedía que le tomara en brazos, o quizás reclamaba comida. Luz retiró la vista. La cortina estaba abierta.

El miedo es el silencio.

El tiempo es cruel, araña nuestras almas y merma nuestras decisiones. Luz tenía que haberle dejado allí en ese momento, haber regresado abajo conmigo y dejar que el día siguiera su curso.

El primer rayo de sol mortecino se anunció tras el cristal, avanzó renuente por los campos y los restos de la ciudad.

Y Luz cometió el error de mirar de nuevo a nuestro hijo.

Y no pudo dejarlo allí expuesto. Sencillamente no pudo, sabía que era lo mejor para todos, incluso para él. Pero no pudo.

Cerró las cortinas de un manotazo y corrió hasta la planta baja donde yo temía al silencio.

 

 

5

 

Ahora no sé qué podemos hacer. Estoy tumbado en el sofá, incapaz de moverme, muerto de dolor. Con Luz sentada en el suelo a mi lado. Necesito, necesitamos, una ayuda que nadie puede prestarnos. Y Dani requiere una solución. Sabemos cuál es, sin embargo, no somos capaces de matarlo. En un momento dado, Luz me confiesa con voz queda:

—He pensado en alimentarle —a veces creo que puede leer mis pensamientos al igual que yo leo en su rostro.

Agito la cabeza, no me ve, su mirada está fija en mi mano presa entre las suyas. Es un contacto mortecino, el último rastro de humanidad.

—No, no podemos hacerlo —me esfuerzo en hablar, uno nunca se acostumbra al dolor. Ella necesitaba oírmelo decir.

—Solo un poquito —implora—, lo suficiente para que deje de llorar. No podemos dejarle morir de hambre.

Vuelvo a negar con la cabeza. Siento deseos de reprocharle su error, de decirle que poco antes ha estropeado una buena ocasión, que tenía que haber dejado que el sol le calcinara, pero me trago mis palabras y mi ira, sé que para ella ha resultado horrible, sé que salvarle ha sido más duro que verle morir porque conlleva más dolor durante más tiempo. Y aprieto débilmente su mano.

—No podemos, Luz. Tenemos que matarlo. ¿Lo entiendes?

—Sí —se rebela sin fuerzas—, sí, lo sé, lo sé. Pero, pero… yo no soy capaz. Hazlo tú.

—Solo tienes que abrir la cortina y dejar que entre el sol. Yo no puedo subir —digo con tono cansado. No quiero hacerlo, por Dios, no quiero hacerlo. Además estoy gravemente herido. Tendría que hacerlo ella, lo tiene muy fácil. Yo no quiero hacerlo. Solo tiene que abrir la cortina, joder, solo abrir la cortina.

—No, no puedo hacer eso, no puedo dejar que se abrase, que las llamas le consuman despacio. Ya has visto lo que les ocurre cuando les da el sol, tardan horas en morir. No puedo permitir que Dani muera así. Si tuvieras que sacrificar a tu perro no te dedicarías a prenderle fuego con un mechero hasta que falleciera…

—Y mientras no coma seguirá sintiendo un hambre insoportable… Unas ansias de sangre desmesuradas… Tampoco dejarías que tu perro muriera de inanición ¿no?

¿Qué mundo era ese en el que comparábamos a nuestro bebé con un perro, en el que unos padres debaten la mejor manera de acabar con su hijo?

—Hazlo tú —concluye—. Mátalo, mátalo tú. —Y me mira al rostro, como si me retara—. Si no, le alimentaré. Pero hazlo ya, acaba con esta tortura de una vez por todas.

 

 

6

 

Dani sigue aullando. Solo se calla cuando su madre llega a su lado y toma la capaceta. Siempre le ha gustado el movimiento. Incluso parece proferir uno de esos sonidos que emitía cuando estaba vivo y sonreía feliz. Luz ha puesto la casa en penumbra. Le gustaría tomar al bebé en brazos, pero no se decide a hacerlo, sabe que incluso el perro más querido puede sufrir la rabia. Desciende junto a mí y deja el capazo en el suelo a mi lado. Llego a ver cómo se agitan las ropas del interior. Ahora Dani no llora. Siempre ha sido un buen niño.

Sin embargo, Luz sí que sigue llorando, creo que no dejado de hacerlo en ningún momento.

—Por favor, que no sufra.

Su rostro es el de una vieja, los ojos hinchados y con bolsas, labios agrietados, cara dolorida y mustia; ha envejecido años en los últimos días, sin embargo sigo queriéndola igual o quizás más.

Me obligo a inclinarme un poco sobre el costado para tener mejor acceso al niño.

Me pregunto cómo voy a hacerlo. Apenas puedo moverme.

Luz se acerca como una sombra, sin hacer ruido, como si ya estuviera muerta, y me tiende un lapicero.

No entiendo.

—Creo que será suficiente —dice—, Dani es tan pequeño.

Y me horrorizo.

Tomo el lapicero con dedos temblorosos, sé que no tiemblan por el dolor que me sacude, sino de puro pavor.

—Yo no he podido matarlo antes. Perdóname —dice volviendo a su triste cantinela. Agita la cabeza como queriendo dar por terminado ese triste capítulo—. Por favor, que no sufra, que no sufra, ¿vale?

Me aprieta la mano sin fuerza, en un triste amago de afecto. Me besa en la frente a cámara lenta. Se acerca a Dani y le mira. Estoy seguro de que va a decir algunas estremecedoras palabras de despedida. Pero no es así, solo acaricia el borde del capazo con un dedo huidizo, como si el algodón de la sabanita pudiera sustituir a la piel de su hijo.

—Adiós —musita despacio. No sé si lo dice al niño o a mí. Sale de la estancia.

Miro el lapicero. Tendré que incorporarme todavía más para poder hacerlo. Dani no llora. Solo tiende sus bracitos hacia arriba, buscando que alguien le acoja.

Logro ponerme en la posición adecuada y le veo del todo por primera vez. Ha cambiado, por Dios, cómo ha cambiado, pero reconozco a mi hijo debajo de esa piel renegrida surcada de venas.

Es Dani. Es nuestro hijo.

Apoyo el lapicero sobre su pecho, donde calculo que estará su diminuto corazón. Intenta cogerlo con sus garritas para juguetear.

El silencio es completo. Dolor.

 

 

7

 

—Habéis hecho muy bien. Sí señor. Era la decisión correcta. Eh, y a ti parece que ya no te importa la cadera rota ¿no? —me dice Eloy mientras amaga un puñetazo hacia mi pelvis. No llega a golpearme. Desvía su mano con un gesto acelerado y señala la diminuta herida de mi cuello. Me dispara figuradamente con su índice y emite un alegre chasquido mientras me guiña un ojo. Sonríe—. Os habéis quitado las cruces ¿no? —agita una mano como un vendedor de baratijas enseñando su muestrario—. Estupendo. Os estábamos esperando. Muy bien, muy bien. Sed bienvenidos. Entrad libremente y por vuestra propia voluntad.

Ríe a carcajadas y se retira un poco para franquearnos el paso. Tiene su gracia, sí.

Luz lleva a Dani en brazos. El niño también sonríe, agita nervioso brazos y piernas.

Es noche cerrada. Les oigo aullar cuando nos ven entrar en su cubil.

Han conseguido lo que querían: nuestra derrota más absoluta, la más completa entrega.

Dani es el primero que se suma a su canto con su grito de bebé oscuro. Yo también lo hago. Y Luz.

Y me siento feliz.

El amor vive más allá de la muerte.

© Copyright de David Jasso para NGC 3660, Febrero 2017

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