Vicios

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Por José Mª Tamparillas

1

 

La ciudad se yergue a mi espalda: colmena de aluminio, cristal y polvo; está cubierta de una lámina de niebla verdosa. El estrato gaseoso es un organismo palpitante, a veces amenazador, que descansa paciente sobre sus habitantes. A veces uno tiene la sensación de que se estremece, de que late con una percusión de ritmo lento, latido de bestia al acecho. Por alguna razón inexplicable me detengo cada pocos pasos a contemplar el espectáculo de luz borrosa, de perfiles y aristas. Quizás es que echo de menos el hedor, el ruido, la basura, los vagabundos, los derrotados.

La casa está en la Zona Siete. En Marte, la Zona Siete es sinónimo de suerte, de dinero, es el único lugar donde aún se sostienen con relativa belleza los primeros intentos de transformación del planeta. Se yergue lejos de la ciudad, apartada de su influencia tóxica. Aquí hay plantas, hay agua, el aire es relativamente limpio; la estación de purificación tiene un mantenimiento constante. Aquí las mansiones surgen como hongos de singular esplendor, forman un conjunto deslavazado lleno de pretensión y orgullo, son monumentos a la opulencia, al mal gusto… o quizá esta sensación no sea más que una mal llevada envidia por mi parte.

La casa es una imitación perfecta de uno de esos mausoleos coloniales del siglo XIX de la Tierra; hasta es posible que sea un original trasladado piedra a piedra, madera a madera desde la Tierra. Un dineral, pienso, un jodido dineral.

Pero si vives aquí no tienes problemas de dinero. Tu único problema es que te aburres intentando encontrar maneras de gastarlo. Los nuevos ricos olvidan pronto la mugre de la que salieron. Las reglas cambian; este es un mundo duro, pero diferente del que han salido, otra clase de peligros les acechan: que el champán no esté lo suficientemente frío, que la piscina siempre aparezca impoluta, que la compañía sea agradable y complaciente y que el servicio tenga siempre, sobre todo cuando hay visitas, el uniforme planchado. En la Zona Siete los viejos depredadores se ablandan, pierden el sentido de la realidad que tan necesario es en este planeta.

Claro que, a veces, la realidad les persigue, les atrapa y les tritura. La realidad es dura en este jodido planeta. Pagas cada gramo de oxígeno que respiras, cada gramo de agua que usas; si es necesario te vendes para sobrevivir. Aunque si eres un privilegiado te olvidas de eso, de lo duro que es todo. Y el error es fatal.

Entonces me llaman.

Para eso o para otras cosas.

Yo me vendo a mi manera. También tengo que pagar el aire que respiro: respirar y otros vicios.

Me quito la mascarilla protectora de la nariz. No me he dado cuenta, aquí no hace falta; ambiente puro, puro de verdad; es la maldita costumbre. Justo a tiempo, pues la mujer me abre la puerta después de haber pulsado el timbre. Es hermosa. Aquí todas y todos como ella lo son.

Juguetes.

No dice nada. Me indica que la siga.

Es rubia, una rubia sedosa de película de gánsteres. Tiene los ojos violáceos, uñas coloreadas de sangre, largas piernas torneadas con fino esmero de catálogo de lujo. Cuando anda, parece flotar sobre esas piernas y su vestido es como una nube que se vaya a quedar atrás, colgando en el aire, tras su silueta. Lo último en genética de pago. El ideal absurdo hecho carne.

La miro. Es como una bofetada, un adelanto de lo estúpido que puede llegar a ser el tipo en cuestión. Hay una ecuación implacable: cuanto más envidiable es el juguete, más tonto es el propietario. Entro. Sigo los pasos voluptuosos de la rubia a lo largo de dos pasillos y doscientas habitaciones. Estoy a punto de pedirle un mapa, pero entonces se detiene y señala una gran sala. Cuando entro me roza en el brazo con los dedos.

—Señor Edge.

Está sentado en un gran salón, en un sillón tapizado en piel clara. Los muebles son blancos, de madera, de madera auténtica. Hay cientos de cojines esparcidos por el suelo, sobre las alfombras, los sillones y hasta sobre un piano de cola, también blanco. Sostiene en la mano con languidez un vaso de licor. Sus ojos son sibilinos, arteros. Es enorme. Apenas encaja su cuerpo en la estrechura de su sillón: una gran bola de sebo, fofa, descolorida envuelta en seda color crema y autocomplacencia.

—Hola —respondo.

—Me gusta que haya acudido tan rápido. Adoro la eficacia, la profesionalidad.

Su voz es aguda y desagradable. Tiene mal gusto hasta para las obras de arte. Estas se apelotonan en las paredes, en los aparadores y estanterías. Son chillonas y caras; únicas, seguro; a un tipo como éste solo le gusta lo exclusivo. Odio la excentricidad como pose falsamente genuina.

No se levanta, así que me acerco yo a estrechar la mano pulposa que me alarga. Busco un pañuelo de celulosa en el que secarla con disimulo. Su contacto es más desagradable de lo que pensaba.

—Necesito su ayuda, señor Edge. Mis amigos… —Acompaña la palabra con un gesto vago, como si él no los necesitara y ése fuera otro de sus caros caprichos—. Me han dicho que es único encontrando cosas.

Ha dicho cosas.

La rubia aparece a su espalda, me ofrece otro vaso. Lo cojo. Me lo llevo a la nariz. Huele a whisky del bueno, malta. En Marte se mata por el auténtico escocés, se mata y se hacen cosas peores, mucho peores.

—Adelante —respondo sorbiendo un poco de ese tesoro dorado.

La chica hace a la perfección su papel. Me mira con lascivia, luego, como intentando provocarme, le acaricia a él: le pasa los dedos por la masa amorfa y llena de repliegues de su cuello. Se estremece; cierra los ojos y resopla. Luego toma el control de nuevo y me dice:

—Seré breve y claro, señor Edge. Tengo gustos raros, muy raros. Es obvio; está a la vista. Y tengo dinero con el que pagarlos, como puede ver también —dice, respondiendo a la caricia de la chica con una palmada en su muslo, señalando los cuadros y hologramas; trata de sonreír con suficiencia—. Lo que no tengo son ganas de ir a prisión a causa de ellos…, de mis gustos —matiza—. El riesgo se lo dejo a otros.

Los mofletes bailan una danza desesperada a cada palabra. Los ojos son de un color azulado, vacuos, siniestros. El tipo es de los que no dudaría en vender a un hijo, por piezas, para sacar el máximo provecho. Sincero a medias, los peores.

—Lo entiendo. En Marte las prisiones son una mierda. Lo sé bien; he pasado alguna temporada que otra en ellas —respondo recordando los malos momentos.

—En Marte y en cualquier parte, se lo aseguro, señor Edge, se lo aseguro.

Silencio. Me está valorando. Todos los clientes lo hacen en un momento dado. Es lógico, durante un tiempo voy a tener su vida, sus más secretos anhelos, en mis manos. Un perfecto desconocido que, de repente, entra en posesión de una parte esencial de su intimidad. La desconfianza es una de las bases del oficio: el primer escoyo a apartar o saltar.

—¿Es discreto?

—Lo soy —respondo sin mirarle.

Sabe bien que lo soy: discreto y exclusivo. No me anuncio ni en la red, ni en la prensa holográfica, ni en las redes; solo uso el boca a boca de mis clientes; clientes sobradamente satisfechos, por cierto.

—Está bien. —Parece quitarse un peso de encima. Me sonríe, entrecierra los ojos, aprieta los labios: un gesto de falsa familiaridad —. Mire: me acabo de enterar de que ha llegado un cargamento de carne.

Carne. Saborea la palabra, la susurra, la saliva, la lubrica para hacerla pasar por sus labios hipertrofiados.

Aminlenaos, pienso; no cabe otra posibilidad. Refugiados de la última guerra que las corporaciones libran más allá de Rigel. Llegan en oleadas, asustados, desorientados. Son hermosos, muy hermosos.

—Aminleanos. ¿Los ha visto alguna vez, Edge? —Se relame; le brillan los ojos, un brillo porcino y cruel—. Parecen adolescentes andróginos sacados de un cuento de hadas. Tienen mucho éxito entre la gente de gustos refinados.

Me mira con fijeza. Espera mi reacción. No hago ni digo nada. De eso se trata, concluyo. La rubia no es suficiente, le aburre; quiere un juguete nuevo, fresco, diferente. Me entran ganas de vomitar. En Marte no hay niños. Así que si eres un pervertido tienes que buscar sustitutivos eficaces.

El tipo se pasa la lengua por los labios de nuevo. Las manos le tiemblan. Su sonrisa de cocodrilo me exaspera; sus ojos relucen ahora con más ansia. Me valora, valora mi reacción. En días así aborrezco mi trabajo.

—¿Cuántos? —pregunto.

—Con uno me basta. Macho, por favor. ¿Verdad, querida?

El juguete asiente, sus ojos son como dos charcos muy profundos, sin fondo.

Los aminlenaos son hermafroditas, en su planeta de origen sus creadores los diseñaron así para optimizar la reproducción; pero entiendo lo que me quiere decir el gordo. Quiere uno con rasgos duros, uno que le recuerde a un hermoso efebo.

Pienso en el precio, no el del producto, no; hablo de mi precio. ¿En cuánto valoro mi conciencia?

—Serán diez mil créditos. Y diez gramos de Tanacilol. Ya que vamos a vender el alma al diablo, hagámoslo con clase. —Escupo, sin cambiar la expresión. Estoy en números rojos, con el mono llamando a la puerta y la Compañía acosándome para que pague las facturas atrasadas por el agua y el aire.

La carcajada me sorprende. La mujer también se ríe, ella lo hace en silencio, poniendo dos dedos delante de sus labios, con una artificiosa discreción, un gesto que me desconcierta.

—Incluida la limpieza posterior. Claro —añade él—. Y serán quince gramos si el ejemplar que traiga me satisface. Usted me cae simpático.

He convivido demasiado tiempo con la canalla, con lo peor de lo peor en Puerto Marte y sus alrededores. He jugado al gato y al ratón con matones, asesinos, contrabandistas… a un lado y a otro de la línea, pero al final la palma se la llevan siempre las babosas preñadas de dinero y aburrimiento. Si quieren saber hasta dónde puede llegar el hombre, qué límites tiene la crueldad humana, acérquense a un tipo aburrido e inmensamente rico. Tengo ganas de matarle, de agarrar ese cuello porcino y apretar hasta oír crujir la columna vertebral. Pero la vida en Marte es así. Uno no se puede permitir demasiados principios morales; son más costosos que el aire, y eso es decir mucho.

Pienso. Con quince gramos de Tanacilol tengo para casi medio año marciano. Me pongo pocas veces, solo cuando me desespero por haber terminado en un pozo de inmundicia como este.

—¿Cuándo lo quiere?

—Cuanto antes. Nos me gusta esperar.

La mujer recibe la palmada en el muslo sin pestañear. La marca de los dedos tarda en desaparecer. Ella no deja de sonreír, una mueca vacía y plástica. Como respuesta pasa la lengua por la mejilla sonrosada del tipo. Al gordo eso parece extasiarle; todo su abdomen vibra de placer.

Empiezo a darle vueltas a la cabeza. Va a ser un trabajo difícil. He exigido un precio exagerado, pero el hombre es de los que no repara en gastos. Eso debería preocuparme. La gente así suele ser cicatera, regatea.

—Pago por adelantado, la mitad y diez gramos de Tanacilol. El extra y el resto cuando tenga su nuevo juguete —le digo, buco que vacile.

Si me manda al infierno respiraré tranquilo, si no… Bueno, entonces pensaré en los momentos de olvido que me proporcionará la droga.

El tipo se revuelve en el sillón. La piel cruje. Sonríe como una hiena. Aparta a la mujer que se aleja huraña, hasta una chaise longue, mirándome, acariciándose uno de sus pechos en un gesto grosero.

—Yo solo pago en efectivo. Espere un rato.

De pie es más repulsivo todavía. La grasa se agita en ondas y aluviones a cada movimiento; no anda: gravita. Medirá más de metro noventa. El kimono de seda apenas disimula su enormidad mórbida, sin embargo sus movimientos son precisos, estudiados. Se acerca a la mujer. Ella se levanta con un salto elástico, y le susurra algo al oído. Ella se sonríe; no hay vida en esa expresión, solo programación genética, solo un grupo de instrucciones y pulsiones básicas en un envoltorio perfecto. Ella se aleja. Llega cerca de una puerta y la abre. Teclea en una consola un número de seguridad. Una de las paredes se abre con un siseo imperceptible. Detrás de la puerta, pillada por sorpresa, se asoma y luego se retira la silueta de un tipo muy grande, musculoso. Durante un segundo nuestras miradas se cruzan. Quizá al gordo le gustan también otro tipo de juguetes, o es que tiene miedo.

—Pero siéntese, señor Edge, siéntese. Soy un hombre descortés. Imperdonable.

El tipo se ha vuelto a sentar. Me mira.

—¿Cuánto tiempo lleva en Marte?

Es de los que no pueden estar callados. Odio a la gente que no sabe valorar el silencio. En mi universo particular, el silencio es casi tan valioso como el oxígeno.

—Diecisiete años.

—Es mucho tiempo.

Lo sé. Pero Marte me gusta. Le he cogido cariño a esta cloaca tóxica, a este experimento fallido.

—¿Sabe cómo me llamo? —Es una pregunta con trampa, lo intuyo.

—No, ni quiero saberlo.

Se golpea el muslo con su mano.

—Me gusta, Edge, me gusta mucho. Creo que no me va a fallar.

La mujer me ha acompañado a la salida. No habla, se me hace raro, suelen ser las mujeres las que extirpan las cuerdas vocales a sus juguetes genéticos masculinos. Ella me ha dado el dinero, un fajo de créditos nuevecitos. El Tanacilol vendrá hoy mismo con un mensajero, me dice: un susurro sensual, una promesa.

El sol se pone; el sombrero de suciedad brilla con un resplandor sanguíneo. Las nubes en el horizonte presagian tormenta de polvo. Es la época.

El beso de la mujer me ha sabido amargo, su lengua es rasposa. Su caricia en la entrepierna, dulce y turbia, me ha producido escalofríos.

 

2

 

—Trescientos —digo sin mirarle. No me gusta mirar al vendedor mientras compro a otros y yo mismo me vendo. ¿Vergüenza?

—Quinientos —me responde con su voz cascada.

Estamos en las llanuras de Chryse, lejos de la ciudad. El aire sabe amargo a través de la máscara. A lo lejos se ve la silueta de una vieja estación atmosférica. Está envuelta en niebla, un fantasma en medio de esta nada rojiza.

—Cuatro cincuenta —termina por decirme.

Es algo más de lo que estoy dispuesto a pagar, pero Rolf tiene sus días malos y sus días buenos. Este es bueno. Está sobrio y sabe lo que se hace.

Rolf es un don nadie, pero un don nadie que conoce a todo el mundo. Es él quien se va a poner en contacto con una de las naves premianas que llevan el cargamento.

Los premianos son comerciantes, embaucadores y contrabandistas, por ese orden. Comercian de forma regular con varios sistemas, entre ellos el terrestre. Suelen colar a unos cientos de refugiados aminlenaos entre el cargamento legal. A veces estos van a ellos por propia voluntad, pagando en especie; y otras son vendidos por sus creadores como carne fresca, hablando claro, como esclavos. De todas formas, ambas opciones implican cometer un delito en la mitad de los sistemas. Por eso los premianos son unos seres elusivos y desconfiados que tiene un concepto elástico de la justicia. Siempre trabajan a través de intermediarios. Tienen fama de crueles y rencorosos: un rencor perenne. Así que lo mejor es no hacer ninguna tontería y pagar lo que se me pide.

—Correcto. Cuatrocientos cincuenta entonces.

Rolf es bajito, bajito y contrahecho; cojea, respira como un filtrador oxidado: es un juguete roto.

No hay niños en Marte. Pero los hubo, hubo colonos estúpidos que se trajeron hace años a sus hijos consigo. La gente se extrañó cuando comenzaron las malformaciones, los retrasos en el crecimiento, las roturas de huesos, los fallos orgánicos. Rolf es uno de esos niños, los únicos que han pisado Marte. Los niños se adaptan mal a la baja gravedad, a la radiación y al entorno bajo en oxígeno. Por el contrario, las cucarachas, que vinieron de polizones con esos mismos niños, se adaptaron en poco tiempo.

—¿Cómo te va la vida, Edge? —Me pregunta mostrando una hilera de dientes cariados.

Mientras teclea la información en una consola portátil.

—Mal —le respondo.

Él me mira con sus grandes ojos color miel. Tose, es una tos seca, honda. Tiene demasiado polvo marciano en sus atrofiados pulmones. Todos lo tenemos.

—A todos nos va mal en esta mierda de planeta.

Le doy una patada a una roca.

—¿Viviríamos en otra parte?

No sé por qué le pregunto eso. Nunca he tenido este tipo de confianza con Rolf, quizá sea porque es una pregunta que me hago a mí mismo a menudo sin encontrar una respuesta clara. Quizá porque el encargo ha pulsado una fibra especial en mi conciencia.

Él se lo piensa. Ha dejado de lado la consola unos instantes.

Cabecea.

—No, amigo. No, Edge. No me iría de este maldito sitio. Es mi sitio, el nuestro, el de tipos como tú y como yo. Aquí todavía hay libertad, aquí todavía uno puede hacer lo que quiera, es territorio virgen, no como en la Tierra, donde todo es cuadriculado, lleno de asepsia, de orden, de leyes, normas, obligaciones, buenas maneras. Aquí las leyes están para pasar por encima de ellas, no te quitan ni aplastan tu humanidad. ¿Es jodido? Sí. No te lo niego. Pero lo bueno, lo bueno de verdad, lo que nos hace felices a tipos como nosotros, no siempre es cómodo como el abrazo de una puta.

Es cierto; en buena medida tiene razón.

No sabía que Rolf fuera capaz de expresarse así; no tenía ni idea de que fuera capaz de enlazar más de dos ideas juntas, y que ninguna contuviera la palabra dinero. Pero tiene razón. Aquí uno todavía hace lo que quiere… a expensas de los demás, claro. La ley del más fuerte, del más listo, del espabilado, del sin escrúpulos, de quien conoce a quien debe.

La consola emite una señal luminosa. Rolf llama mi atención.

—Están de acuerdo —dice, señalando la sombra elusiva de Deimos en el firmamento—. ¿Llevas la pasta encima?

Le digo que sí. Alarga la mano. Se la doy. La rechaza. Es cosa mía. El cobrará luego.

—¿Tienes trasporte?

Asiento; es viejo, pero tira, y le tengo cariño.

—¿Puedes esperar dos horas dando unas vueltas?

Debería desconfiar de Rolf, debería responder que no, que me enviara un mensaje con un sitio y una hora. Pero hoy me siento un poco más solo y desesperado de lo normal. Quizá sea que no me gusta el trabajo, quizá sea que estoy de bajón porque necesito una mujer, porque la rubia me ha calentado y sé que es tan excitante como una muñeca hinchable, o solo es que voy a destrozarle la vida a un inocente, a uno de verdad. No lo sé. Si no tuviera que estar alerta, cogería una dosis de Tanacilol y viajaría lejos, muy lejos.

—Tengo algo de bebida en el deslizador —digo.

Rolf no puede resistirse a eso. Se pasa la lengua por sus labios agrietados.

—¿Buena?

—Lo suficiente…, al menos, que yo sepa, no nos carcomerá el estómago.

Rolf se ríe.

—Con eso me vale.

 

 

3

 

La ciudad.

Sucia, peligrosa; un laberinto que acoge en su seno deforme a quienes han decidido apartarse del camino recto. Acero, aluminio, grafeno, cristal, cemento, arena y polvo. El polvo lo recubre todo. Dicen que el polvo marciano termina por enloquecerte; se mete en los alveolos de tus pulmones, rellena las circunvoluciones de tu cerebro y allí erosiona tu lucidez, tu juicio.

Rolf está sentado a mi lado. El deslizador ronronea exabruptos cada vez que tropieza con un desnivel. Estamos en medio del guetto, lo llaman así porque es el barrio maldito de la ciudad. Las calles están sucias, llenas de inmundicia: basura viva, basura muerta, basura que respira y basura que solo está, que espera a que alguien la recoja para reciclarla.

Hace un par de años, un cliente, uno de los políticos que se supone rigen nuestro destino, describía la ciudad como un organismo vivo, me decía:

—Edge, mira: es un jodido ser vivo. Respira, late, se alimenta… se alimenta de las almas de los desesperados que vienen en busca de futuro y se encuentran solo abismo, un gran abismo cruel y hambriento. Pero, ¿sabes cuál es la función que me hace pensar en ella como un enorme animal, como una gigantesca bestia? —Yo ahí me callé, estaba colgado, recién salido de un buen viaje de cocaína, cocaína de verdad, no la mierda adulterada que se vende en los suburbios—. No es lo que te he dicho, no, es otra cosa. Esta ciudad se caga. Sí, caga como una campeona: defeca, expulsa mierda humana a toneladas. Si hay algo que define a un ser vivo auténtico es eso: que defeca.

Y esa mierda viene a parar al guetto.

Le he contado la historia a Rolf.

—Tiene razón —me dice entre convulsiones. Se lo ha tomado como un chiste muy bueno y se ríe.

—¿En qué?

—En lo de la mierda. —Señala con su dedo retorcido las sucias paredes de plástico y ladrillo, los ojos que nos miran a través de ventanas desencajadas.

Nos metemos en un bar de mala muerte, un tugurio donde quien más quien menos le ha rajado el cuello a un congénere al menos un par veces. Los rostros están marcados por el vacío; una nada resbaladiza, la de quien ya no tiene nada a lo que agarrarse, y que por lo tanto no tiene nada que perder. Son hombres y mujeres peligrosos, pero aquí están tranquilos, relajados, ahítos de alcohol de contrabando y cualquier inmundicia estupefaciente.

—Es una mierda de trabajo.

Me sorprenden las palabras de Rolf.

—¿Cuál?

—¿Cuál va a ser? El tuyo. Ahora traficas con carne. Has caído muy bajo, amigo.

Guardo silencio, saco del fondo del alma la ironía. El sarcasmo es una buena medicina, pero no encuentro nada qué decir. Me siento desinflado.

—Tranquilo. Hay que sobrevivir —me dice.

Ahora sí que he caído bajo. Rolf, el mismísimo Rolf se compadece de mí. En ese instante tengo ganas de sacar la navaja que llevo siempre en el bolsillo, de hundírsela en un ojo, revolver la carne con la hoja afilada, observar cómo Rolf grita desesperado, atravesado por un calambre de dolor y miedo.

¿O quizá la debo usar en mis muñecas? Dejar que la roja sangre riegue este suelo rojo, lo alimente en un sacrificio pagano.

—Tengo que ir a un sitio. Espérame dos minutos —le digo.

O salgo a respirar o me volveré loco. Rolf asiente en silencio. Cuando salgo, el sol me golpea con fuerza en los ojos; la luz se dispersa en los millones de gránulos que flotan en la atmósfera, es un resplandor incómodo, omnipresente. He olvidado conectar la máscara, así que trago una tonelada de polvo. Quizá eso me haya salvado la vida. Hay un tipo escondido en una bocacalle cercana, bajo un toldo. Es alto, musculoso y sus facciones me son familiares.

Saco un cigarrillo; el último de la remesa de contrabando que me trajeron un año atrás. Un cigarro auténtico, hecho de tabaco, con nicotina auténtica, no con esos sustitutivos inocuos con los que los elaboran ahora. Es lo bueno que tiene vivir en un puerto franco espacial. Las leyes se relajan, se comercia con cualquier cosa si tienes con qué pagar.

Me ayudo de las dos manos, con una sujeto el cigarro, con la otra me protejo la boca del polvo. Así disimulo y puedo no quitar ojo de encima del hombretón. Sé que lo conozco de algo, es exasperante el saber que la solución es sencilla pero huidiza.

Claro.

Es él. Es el hombre que vi en el cuarto al que entró la rubia en casa de mi cliente.

Vuelvo a entrar en el bar. Rolf estaba hablando con uno de los camareros. Rolf conoce a casi todo el mundo en el guetto.

—Nos vamos —le digo. Hay algo en el tono de mis palabras que hace que no me haga la pregunta que tiene en la punta de la lengua.

—¿Sucede algo? —Me pregunta ya en el deslizador.

—Creo que tengo un cliente juguetón.

Rolf me mira.

—El negocio…

Se muerde los labios: hay impaciencia y temor, se esconden tras las pupilas escleróticas de sus ojillos opacos.

—El negocio sigue en pie, puedes estar tranquilo, no vas a perder tu comisión —le susurro.

Sé que nos siguen, lo que no sé es porqué. No hay ninguna razón plausible, pero en Marte, con la gente de la Zona Siete, nunca se sabe. Los tipos con dinero suelen ser paranoicos; a veces, sin motivo aparente, cambian de opinión, de gusto, de brújula.

—¿Dónde está la carne? —Pregunto. Quiero terminar y así quitarme de encima el pálpito que me encoge las tripas.

Rolf no sabe qué decir, señala la consola que lleva en la muñeca. Está muerta. Debo tener paciencia. Pero no soy capaz de controlar el nerviosismo.

—Han pasado más de dos horas, amigo —le susurro.

—Yo no mando, Edge. Lo sabes —me responde encogiéndose de hombros, señalando al cielo.

Pongo el deslizador en marcha, necesito moverme. A los cinco minutos escuchamos el zumbido que avisa de que Rolf ha recibido el mensaje que esperábamos.

—Colinas de Isis, en una hora.

Las colinas de Isis son un antiguo complejo residencial que se fue al carajo después de la Gran Plaga. Cientos de domos familiares, los mejores materiales, las mejores infraestructuras. Un fiasco. Ahora en él solo habitan las pseudo-ratas, las cucarachas y todos los que no pueden pagarse su ración extra de agua y oxígeno. Es un barrio muerto, podrido. En el guetto hay basura, pero uno siente latir la vida, la libertad; hay prostitutas, yonkis, refugiados capaces de venderse por unas monedas. Se escuchan las risas, los quejidos, las peleas, los tratos, la música de los bares… el ir y venir de la vida y las más de las veces la muerte. Isis, por el contrario, es un cementerio. La gente te mira con ojos apagados, solo hay silencio, inercia, hosquedad y desconfianza; reservan sus energías para sobrevivir hasta el día siguiente. Los que tienen suerte trabajan en las factorías: mal pagados, mal alimentados, mal vestidos… inermes ante su pobreza humillante. Allí se hacinan los que han decido prescindir del alma en lugar de venderla al mejor postor. Hombres y mujeres que han perdido el orgullo, a los que la falta de oxígeno, la mala alimentación hace que cada día su humanidad los abandone un poco más.

«Más allá hay monstruos».

Llegamos pronto.

Rolf se agita nervioso. A él tampoco le gustan los rostros que nos contemplan desde las ventanas de los domos. Avanzo hasta las coordenadas que han transmitido hasta su terminal. Es una residencia aislada, casi en el extremo sur de la planicie. El desierto marciano lame con sus oleadas terrosas el gran muro que se ha levantado para proteger las calles de las tormentas. Huele a basura, a basura acumulada durante años.

El domo es un hongo de dos plantas. Está medio desintegrado. El material plástico de las paredes se agrieta en algunas partes. Las ventanas han perdido su protección. Un par de vehículos, meros esqueletos carbonizados y oxidados, se agazapan a la entrada, como dos guardianes demasiado cansados para proteger ya nada. Detrás está el gran deslizador de los amigos de Rolf. No veo a nadie.

Me entrega la consola.

—Tienes cuatro para elegir; aparecerán en la pantalla, escoge el que quieras.

Trago saliva. Hasta ahora todo ha sido una especie de sueño, un engaño montado con el objeto de hacerme pasar mal un día. Me revuelvo en el asiento del deslizador. Las manos me sudan.

He matado, me miro las manos; sí, con ellas, sin remordimientos, tanto en defensa propia como por encargo, pero siempre con la conciencia tranquila. Hoy, por alguna extraña razón me siento inquieto y alarmado. Quizá sea porque nunca he disfrutado haciéndolo, matando, y sé que ese puerco de la Zona Siete va a hacer sufrir al pobre aminlenao, va a gozar de cada alarido de dolor, de cada estremecimiento, de cada gota de sangre derramada. Uno puede matar aunque no se ensucie las manos.

Los veo. A los premianos; tras ellos distingo la mercancia. Camino.

Me paso la mano por la cara; el roce de la piel de mis dedos en la incipiente barba me ensordece. Son cuatro, desnudos, temerosos. Me sobrecoge el aspecto de adolescentes asustados que tienen. Tiemblan. Los aminlenaos son los más humanos de todas las razas extraterrestres que se conocen. Su coeficiente intelectual es más bien bajo. Son una raza generada genéticamente para realizar trabajos pesados y monótonos. Pero poseen una especie de belleza angelical. Sus ojos son grandes, oscuros, parece que se vayan a echar a llorar en cualquier momento. Son como grandes bebés, lampiños, desprotegidos… trato de no imaginar a mi cliente relamiéndose los labios al contemplar a estos niños, conteniendo su impulso, su sucia caricia.

Carne.

El pulso me vacila al escoger a uno de ellos. Lo he hecho al azar.

Cuando pago y regreso adonde me espera Rolf, seguido de cerca por un desdichado alienígena, Rolf chasquea la lengua y baja la mirada. Sé que es su forma de marcar un reproche tímido. Me irrita, pero apenas tengo presencia de ánimo para hablar.

 

 

4

 

Anochece.

Estoy fumando. El aminleano está en la parte de atrás de mi deslizador, aterrado y mudo. Ha visto morir a dos hombres en poco tiempo. Tiembla. Las manos me tiemblan también. Es por eso que he conducido hasta la entrada de la Zona Siete con cuidado, con lentitud, sin parar de mirar a un lado y a otro, dando rodeos, tendiendo emboscadas a otro posible cazador.

Rolf está muerto, lo mismo que el perseguidor, el amigo del gordo que nos vigilaba. Las cucarachas se los están comiendo en el fondo de un callejón, al lado de la central de distribución de oxígeno de MarsO2 Inc. Noto la fiebre. Estoy sudando, la tela sintética del traje se me adhiere al cuerpo, huelo mal. Siempre que estoy nervioso mi transpiración apesta, es una extraña reacción de la química de mi organismo. Pero no he dejado que ese miedo me paralizara. Ha sido un día largo. A la postre he tenido que meter las narices donde no debía, he preguntado, acosado, amenazado…, hasta obtener la información que quería. Eso quiere decir que ya sé quién me ha contratado, qué hizo, qué es y cómo actúa.

Se llama Cairo. El gordo.

Creo que tengo una oportunidad de salir del atolladero en el que me he metido.

Anochece.

El sol, lejano, muy lejano, apagado, mortecino, se pone en el horizonte quebrado. Monte Olimpo es una moneda al rojo desvirtuada por las nubes de polvo que comienzan a levantarse impulsadas por los vientos del sur. Es un horizonte hermoso.

La casa está a mis pies. La Zona Siete está metida en una depresión del terreno. De esa forma se optimiza el sistema de purificación de aire. La casa de Cairo está casi al borde de la depresión, en su zona noroeste; está más aislada que el resto. Su dueño no quiere testigos incómodos de sus vicios inconfesables. Veo brillar el agua de la piscina, el aire agita la superficie en suaves ondas que los focos iluminan creando formas danzantes, hipnóticas.

La chica ya hace un rato que se ha dado un baño.

Desnuda y sin artificios es igual de atractiva que vestida. Sus movimientos son acompasados, serenos, no desperdicia energía; hasta nadando exuda una sensualidad salvaje y desmedida. Es un juguete de primera, alta tecnología genética, solo la última generación para Cairo. He estado a punto de masturbarme allí mismo, viéndola; de chutarme con una dosis muy pequeña de Fenosital, solo para amplificar el placer y hacer que se expandiera desde mis testículos hasta la base del cráneo; una consideración para conmigo mismo por la tensión que ha estado a punto de hacerme estallar la cabeza. Pero la imagen de Rolf, frito, achicharrado en aquel callejón, ha hecho que la erección se aleje de golpe.

Hay varias luces encendidas. He hablado con Cairo desde aquí mismo hace quince minutos. Le he dicho que estaba en camino, que tenía su nuevo juguete, que era estupendo, un aminleano cagado de miedo con ojos de adolescente pudoroso. Se ha reído, una carcajada babosa, cargada de lascivia contenida, aunque algo forzada. Seguro que se estaba preguntando todavía por el matón que seguía mis pasos.

Después de terminar la conversación han aparecido dos tipos rondando la casa, dos gemelos del gorila al que he rajado el cuello en la ciudad. Ya sé dónde han instalado los sistemas de seguridad pasiva, dónde se esconden. Son profesionales, metódicos, previsibles, sin imaginación. Y eso es un error. En los tiempos que corren solo los virtuosos, los artistas, tienen futuro en el mundo de la seguridad.

Elvis está a mi lado. Elvis es el alienígena. Le he bautizado así porque me resulta más sencillo pensar en él sin remordimientos si le pongo un nombre ridículo. Apenas entiende lo básico de nuestro idioma. Los aminleanos no tienen cuerdas vocales. El sonido lo forman en la cavidad torácica. Cuando suplicaba, el sonido salía de donde se supone que tenemos el corazón. Yo entonces le susurraba: «Me lo dices de corazón, Elvis, ya lo sé, me lo dices de corazón». Necesitaba bromear, expulsar gas de la caldera. Él me miraba sin saber qué hacer.

Le dije que no iba a hacerle daño. No le mentía. Eso iba a hacerlo otro.

Me empeñaba en no recordarlo, pero era así. Hasta ahora no la había palmado ningún inocente. Los muertos, todos, estaban marcados por ese estigma especial de quien ha perdido la inocencia y el alma. Hasta Rolf, hasta yo mismo.

Me siento algo más muerto de lo que es normal en mí. Lo cual me deprime hasta un punto que me asquea. Asco propio, amargura, una densa amargura que asfixia como el polvo.

Doy una última calada. Le quité los cigarrillos al gorila que mató a Rolf. Los cigarros y el dinero que llevaba en la cartera. Tenía mal gusto para el tabaco. Pero la nicotina es la nicotina. Y ésta es la única droga blanda que llevo encima.

Elvis no ha querido fumar. Sus ojos vidriosos me contemplan. No tiene facciones, su rostro es liso. Dos ojos, un orificio nasal y otro que hace el papel de boca, sin párpados, sin labios. Sin embargo en él, en los músculos marcados debajo de su pellejo albino, se leen las emociones, el miedo, la confusión. De algún modo incierto hay una conexión que nos permite establecer algún tipo de lazo emocional. No se aparta de mí.

Con una señal le digo que vamos a bajar. Le tengo que insistir, amenazar y empujar; el miedo le bloquea.

No quiero llegar por la entrada principal. No me interesa que me frían sin preguntar. Llevo el arma del asesino de Rolf. También llevo mi navaja.

Recuerdo mis días como asesor de seguridad del Fiscal General de Marte. Mis años jóvenes en la policía. Hay comportamientos, acciones que no se olvidan. Que están marcados en la memoria de por vida. Acechar, estudiar, avanzar con sigilo, inutilizar una cámara infrarroja, el sensor de movimiento, partirle el cuello a un centinela descuidado.

Elvis, escondido en la sombra, no ha dicho nada. Se está acostumbrando a ver cómo mato a la gente. Por un momento me paro. Observo el cadáver de uno de los dos gorilas que había en la casa. Un hilillo de sangre le corre desde la comisura del labio hasta el suelo de cemento. No estaba alerta, no me ha visto.

Me doy asco. Solo un poco. Nada que un viaje con Tanacilol, una buena juerga con las putas del guetto y una borrachera no puedan borrar transitoriamente de mi cabeza. Me pregunto a qué vienen esos escrúpulos, ahora, justo cuando lo que hago es asegurarme de que esta noche no voy a morir más de lo que ya estoy muerto.

Veo a Cairo a través de una de las ventanas. Va vestido con una túnica celeste. Sus movimientos ya no trasmiten la seguridad que vi en él en nuestro primer encuentro. Está nervioso, más pálido de lo que es normal. Va de un lado a otro de un gran cuarto, nervioso, mordiéndose las uñas. Veo que le gusta dormir en una cama de dosel, con sábanas de raso.

Es todo un acumulador de tópicos.

He averiguado cosas de Cairo.

Es un traidor, es muy rico, es un psicópata peligroso, un cerdo, un cobarde y sobre todo que está solo, muy solo, como solo lo están los chivatos y los traidores.

Un golpe de suerte. Si hago las cosas bien puedo solucionar mi vida para siempre. Cairo es un soplón, un soplón al que la poli terrestre ha mandado a Marte con una nueva identidad y todo el dinero que amasó estafando a sus jefes mafiosos.

Quiero que Cairo se dé cuenta de que, a partir de hoy mismo, su vida, su existencia de lujo y vicios dependen de mí. Solo de mí. Que es bueno tenerme satisfecho.

El otro gorila se acerca confiado.

Le hago una señal a Elvis, le digo que salga de su escondrijo detrás de la caseta de la limpieza de la piscina. Quiero que se le vea, que se le vea bien. Estamos en una zona ciega a las cámaras.

El segundo matón se apresura a interceptar al aminleano. Lleva uno de esos másers, uno como el que llevo y con el que su amigo ha matado al pobre Rolf, lo sujeta con indolencia en la mano derecha, como si el alienígena no tuviera la categoría suficiente para causarle inquietud.

Error.

No me ve.

El agua de la piscina se tiñe de rojo.

Elvis corre a esconderse bufando algo en su idioma, tapándose el rostro con sus manos de tres dedos. Llevo las manos sucias de sangre. La sangre me fascina, me seduce durante un instante; el filo de la navaja brilla a la luz de los focos. Estoy tentado de saborearla. Entonces me doy cuenta de la enajenación que tiñe mis pensamientos. Miro a Elvis. Aparto el cuerpo de la orilla de la piscina y me lavo las manos en el agua.

—Es el último muerto que vas a ver esta noche, espero —le digo en voz baja.

Ahora ya puedo ir a la entrada principal.

 

5

 

Abre la chica. Esta vez lleva el pelo teñido de rojo.

Es hermosa. O yo la veo más bonita de lo que realmente es. Va sin maquillar, vestida con un sencillo traje de papel que le queda holgado, el pelo recogido de forma descuidada, la luz de la gran araña que ilumina el recibidor hace un juego extraño con su pelo. Es como si una aureola ígnea le rodease la cabeza. No dice nada, no sonríe, me mira a mí y luego a Elvis, que está a mi espalda. Sus ojos denotan cansancio; percibo un elusivo deje de tristeza en ellos. Es como si a esas horas su papel de chica del gánster se hubiera acabado y no fuera más que una pobre muchacha de pueblo, inadaptada, temerosa de las pesadillas que acompañan al fracaso, a la desilusión, a la noche y al sueño.

Entramos.

Cairo está apoyado en el marco de la puerta que lleva del recibidor a una inmensa biblioteca. El sí sonríe; forzado, pero sonríe. Si los tiburones pudieran hacerlo, lo harían así.

—¿Una copa? —Me pregunta.

—Luego.

Su voz vacila, una de sus manos reposa sobre la madera y tiene los nudillos blancos.

—Angélica, hazlos pasar —dice. Mira tras de mí.

La chica me hace un ademán con la barbilla. Ella y Elvis se miran durante unos interminables segundos. Un juguete mira a otro. El alienígena anda encogido, anquilosado por el miedo.

—Veo que lo ha conseguido.

Al final Cairo se ha animado a avanzar. Alarga su mano. Rechazo el saludo con desinterés.

—Señor Cairo, tenemos que hablar de negocios.

Duda. Le he tomado la delantera. Mira a un lado y a otro. Por todos los medios intenta no demostrar la confusión que reina en su cerebro. Busca a sus guardaespaldas, a sus matones prefabricados. Sonrío, ahora soy yo el que se asemeja a un tiburón. Pero hay algo que le confunde más que la ausencia de sus guardaespaldas.

—¿Cómo… cómo sabe mi nombre?

No le hago caso. Tomo a Elvis de uno de sus brazos. Tiene un tacto cálido, sedoso. Me lo llevo en dirección al gran salón. Tengo ganas de abrir el mueble bar y echarme al coleto uno de los escoceses que atesora mi cliente.

Cairo musita algo. Habla con el pequeño dispositivo que tiene adherido a la muñeca. Una vez, varias. Frunce el ceño confuso.

—No se moleste en llamarlos, no vendrá ninguno de ellos.

Cairo piensa, vacila. Mira a su alrededor. Por fin comprende. Baja el brazo, derrotado.

Elvis avanza con paso lento delante de mí; tengo que empujarlo. Angélica viene detrás. Los brazos le caen inermes sobre los costados. Así, al natural es una chica bonita, sencilla, ha perdido esa traza voluptuosa y artificial. Está confundida, con el rostro cruzado por una mueca de aflicción.

—¿De qué me habla Edge? —dice Cairo mientras se anima a venir tras de mí. Corretea, la grasa se bambolea a un lado y a otro, amenazando con reventar la túnica.

—Están muertos.

Se detiene. Traga saliva. Es un espectáculo. Cairo no tiene cuello, su cabezota es una mera prolongación de una esfera bulbosa.

—Siéntate —le digo a Elvis señalando una silla.

Angélica se ha acercado a Cairo buscando protección. El gordo apoya la barbilla sobre el hombro de ella. Mi expresión no debe ser agradable. No me he afeitado, llevo el pelo sucio y alborotado, en mi mono gris hay un reguero de gotitas ocres: sangre reseca. Mis movimientos llevan implícita la violencia a flor de piel, mi sudor huele a arrebato, a ganas de pelea.

Cairo ha recuperado el control de su organismo. Es rápido de reflejos. Piensa. Un tipo así, un superviviente, un arribista, tiene que saber pensar.

—O sea que ya lo sabe todo sobre mí.

—No sea estúpido, Cairo. Nunca se sabe todo sobre una persona. Hasta un mero juguete orgánico como ella, de inteligencia limitada —digo señalando a la mujer—, tiene secretos que yo nunca sería capaz de descubrir. Pero se puede decir que sí sé lo fundamental… Lo necesario.

Cairo se relame los labios. Me mira a mí y mira a Elvis; su expresión muestra un germen de excitación. Sabe que si está vivo todavía es por algo, es porque hay algo de él que me interesa. Sabe que no va a morir, sabe que, si le he llevado al aminleano, a su carne, es por algo.

En Marte el negocio es la ley, oferta y demanda, beneficio mutuo. Lo llevamos marcado en la sangre. Es la impronta de la arena, eso dicen algunos.

—Sé que es un jodido soplón, un chico inteligente que estafó a la mafia y luego les dio por el culo, y sé que es un cobarde con mal gusto y poco seso a la hora de escoger a quien le proteja. —Doy un trago rápido al whisky que me he preparado—. ¡Ah! Y le sobra el dinero y la extravagancia.

Cairo se relaja. Comprende. Se relame de nuevo esos labios repugnantes. Aun así es peligroso. Se sienta en un diván rococó, lleva puestas unas chinelas de color verde. No puedo dejar de mirarlas. Su color esmeralda es hipnótico. Fuera ha empezado a soplar el viento. La tempestad de arena va a entrar en su fase inicial. La casa entera se pone a zumbar. Elvis se ha asustado, yo he buscado en mi bolsillo el bulto reconfortante del arma máser. Pero son solo las persianas automáticas que blindan los cristales del embate de la arena marciana. Bajan.

Estamos aislados.

Cairo habla:

—¿Me está proponiendo algo?

Tengo ganas de vomitar. Me he pasado diez horas sin parar de pensar en qué iba a hacer con todo este maldito embrollo, diez horas de pelea con esa mierda de escrúpulos que de vez en cuando sabotean la lógica implacable de la vida. Al final he sido sensato, he decidido aprovechar la fortuna que el destino me ha puesto al alcance de la mano, y todavía se me revuelve el estómago cuando contemplo la expresión de niño angustiado de Elvis.

—Vayamos por orden.

Dejo el vaso en el suelo.

—Tenemos un negocio a medias. Primero lo inmediato. Luego lo otro: el vicio —susurro, casi escupo.

Cairo se frota las manos. Mira sin ninguna aprensión al alienígena. Sus pupilas brillan con un destello demencial. Prorrumpe en un resoplido, una carcajada apagada.

—Angélica, ve a la sala y trae el resto de la paga del señor Edge. Ha hecho un excelente trabajo —grita.

La chica duda. Mira a su amo, a su dueño. Las directrices marcadas por la sugestión se tambalean levemente. Ocurre a veces con los juguetes genéticos. Es inevitable que superen su programación neural primaria y ganen algo de independencia y libre albedrío. Lo normal es recalibrarlos si es posible, o deshacerse de ellos cuando eso se hace demasiado evidente.

— ¡Qué te he dicho, Angélica! —insiste Cairo con voz firme.

Cairo le palmea una nalga. Ella se aleja con paso presuroso.

—Ahora podemos hablar de nuestra nueva relación, Cairo.

Cruzo las piernas y doy un nuevo trago. El licor se desliza por la garganta, su aroma es espeso, fragante. Allá donde pasa deja un placentero resto de calor, una sensación de euforia contenida. Llega al estómago y estalla en un pandemónium de percepciones: madera, canela, cebada… Entiendo porqué aquí se mata por un buen cargamento.

—¿Qué me propone? —Me dice al acecho.

—Protección.

Sonríe burlón.

—Suena arcaico, señor Edge, suena a película. Suena a chantaje.

Vacilo.

—Lo último es cierto. En cierto modo es un chantaje. Pero, yo que usted, lo vería como una oportunidad, más, digamos, como una simbiosis. Los dos salimos ganando. Dos organismos que se dan apoyo mutuo. Usted consigue a alguien que sabe hacer las cosas, alguien eficaz, no como esos dos que se pudren ahí fuera…

Cairo me señala.

—¿Y usted? ¿Qué consigue usted, señor Edge?

El tiempo se detiene. Angélica trae un fajo de billetes, plástico, guita… y me los tiende, luego se acerca a Cairo y se sienta en su regazo. Se ha maquillado, vestido y peinado. Es de nuevo esa chica de sensualidad agresiva. La chica de su hombre, la chica que es capaz de enloquecer de deseo al resto.

—Seguridad —escupo.

Ahora le toca reír a Cairo. Es una sola carcajada.

—Es usted un bromista, Edge.

—Una cualidad que me abruma… otros tienen inclinación hacia la intriga o se dan al doble juego.

Cairo empalidece, solo unos segundos.

Touché —dice.

—En serio, Cairo. Es obvio que necesita a alguien que cuide de usted, de su seguridad. —Me la estoy jugando a una baza, juego con la paranoia de Cairo—. La Federación de Seguridad se ha desentendido de usted, lo ha mandado a Marte, al basurero, con una nueva identidad, pero se han limitado a eso, sin más. Lo han apartado; lo mantienen vivo por reputación, porque, si por ellos fuera, siendo como usted es, hace ya tiempo que lo habrían echado al foso de los leones. Imagínese, qué fácil ha sido para mí averiguarlo casi todo de usted.

Cairo se toca la barbilla con aire distraído. Veo un leve temblor en la punta de sus dedos, no para de relamerse sus labios grumosos; incluso con mi palabrería he logrado que deje de hacer pucheros en dirección al aminleano.

Sigo:

—Soy bueno en lo que hago, y usted es un zopenco. Ha intentado traicionarme, matarme para ahorrarse una mísera cantidad de pasta, y no lo ha logrado. —Cairo se echa atrás, se aleja unos centímetros de mí—. Tranquilo, no se lo tengo en cuenta, ese es el pan de cada día en esta cloaca. Si cobrara por cada vez que han intentado freírme… Bueno, sería casi tan rico como usted. —Cojo aire, lo necesito—. Pero sigamos: he eliminado la mierda de seguridad de la que se había rodeado. Usted no conoce a casi nadie aquí, y yo conozco a quienes hay que tener en la agenda, sé a quién hay que darle cuerda y a quién quitársela. Usted está podrido de dinero, y yo de deudas. Usted tiene vicios, yo tengo vicios… muchos vicios. —Señalo a Elvis —. A la postre, nada mejor que el vicio para sustentar una relación.

Angélica me mira con expresión absorta. Creo que entiende algo de lo que estoy diciendo. Entiende que no es la primera entre las inclinaciones de su amito.

Cairo no pestañea. Su respiración es ruidosa. El pecho le sube y le baja a intervalos irregulares.

—Simbiosis —repite.

—Eso es.

Creo que lo tengo en el bote.

Se levanta. Le cuesta hacerlo. Las piernas le vacilan. La chica lo ayuda, pero él rechaza su mano con un gesto violento. No para de sonreír.

Debería estar contento, debería sentir algo parecido a una emoción grata y satisfactoria recorriendo mi espina dorsal. Pero no hay nada de eso, solo un gusto acerbo en la boca, el sabor que deja una victoria amarga. Hay vacío, agonía. Quizá sea la manera en la que Elvis nos mira, la forma en la que su cuerpo trata de esconderse en sí mismo.

Hace años perdí a mi mujer en La Gran Plaga. Hoy, ahora me siento como aquella tarde en el crematorio, cuando sus cenizas se mezclaron con las de otros diez hombres, mujeres y niños, en la pira improvisada, cuando intentaba llorar y no podía, rodeado de otros que habían pedido presente pasado y futuro.

—¿Los negocios con usted van a ser siempre tan entretenidos? —espeta Cairo.

Agacho la cabeza.

—Depende. Suelo tener el ego subido y facilidad para hacer chistes malos. Eso se lo cobraré aparte.

La grasa se convulsiona. Ríe. Se acerca a Elvis. El pobre está hundido en un sofá enorme, alejado de Cairo, mirándome; solo me mira a mí. Fuera la tormenta arrecia, el aire rasca el metal, lo muerde, trata de socavarlo, de abrir un agujero por donde entrar y encontrarnos.

Elvis.

Moneda de cambio.

En los ritos antiguos se exigía un sacrifico de sangre, una ofrenda a los dioses para aplacar posibles exabruptos. Sé que él sabe lo que está a punto de suceder. Los amnileanos son simples, pero no tontos. Probablemente haya entendido bastante de nuestra conversación. Cairo revolotea a su alrededor como un ave rapaz; roza su piel con ademanes vacilantes. Elvis me mira, lo hace con una fijeza dolorosa. Angélica ha perdido algo de su compostura. Está ahí, de pie, con los brazos caídos, sin saber bien qué hacer. Ella también me da pena. A su manera es la más inocente de todos nosotros. Ha sido diseñada, creada, educada para una sola función: proporcionar obediencia, placer y satisfacción, nada más. Quizá comience a tener conciencia de sí misma, de unas necesidades que vayan más allá de las básicas. Esta situación la supera; sabe que es hermosa, muy hermosa; sabe que posee una sensualidad arrebatadora, una sensualidad ancestral, tanto que yo enloquecería si ahora se abalanzara sobre mí y me besara. Y sin embargo un alienígena hermafrodita, un fantoche aterrado, la va a expulsar de su posición de privilegio en el oscuro desván del deseo de su amo.

—Hola, amiguito. —Escucho.

Cairo está detrás de Elvis. Éste no sabe qué hacer. Susurra palabras incomprensibles. A veces le oigo decir «por favor, por favor», o algo así. La mano fofa de Cairo, sus dedos adiposos le rozan el hombro. Acarician con movimientos ávidos el pecho, el rostro.

Me he servido otro vaso de licor, así le doy la espalda a esa repugnante escena durante unos segundos. Pero no puedo dejar de darme la vuelta y mirar, no puedo. Ver a Elvis levantarse con dificultad, sostenido con lujuriosa delicadeza por Cairo.

—Se lo va a pasar bien, amigo.

Yo he dicho eso. Hasta he sonreído. Mis propias palabras me golpean en el pecho.

Cairo se da la vuelta, asiente satisfecho.

—Claro, claro. Me olvidaba de usted… No es justo, no es justo.

La saliva se le acumula, sus ojuelos, hundidos en ese rostro de babosa, destellan lubricidad, maldad.

Mira a Angélica. Me mira a mí.

—Angélica, querida. —La chica vacila, se acerca a él—. No a mí no. Hoy tienes un trabajo, digamos que especial, querida, muy especial.

Angélica vacila, se detiene, me mira. Sus facciones delatan confusión, dolor, rechazo. Hay un vínculo firme entre juguete y amo.

—No es necesario —digo.

— ¡Oh! No, no, nada de eso, amigo, insisto. Angélica… —Cairo manotea. La mujer asiente, viene hacia mí, rígida—. Querida, espero que el señor Edge no olvide esta noche.

 

 

6

 

La habitación es enorme. Huele a perfume. Es un aroma que lo impregna todo y amenaza con marearme. Hay poca luz. Los muebles, igual que el perfume, son recargados, barrocos, densos. La cama es enorme; un hogar a la antigua; encontrar un colchón como este ha debido ser una labor de años. Es la primera vez en mi vida que voy a acostarme en una cama con dosel. Cairo tiene, ¿cómo decirlo? un gusto adocenado, voluptuoso, enfermo.

Enorme… Un ego sobredimensionado y podrido.

Fuera la tormenta aúlla. La arena golpea con violencia las protecciones de las ventanas.

Angélica se me aparece como una mujer indefensa. Está al otro lado de la cama, de pie, estática, sin saber qué hacer.

Yo tampoco sé que hacer.

Los dos nos observamos, nos estudiamos y medimos.

Al final es ella la que da el primer paso. Sus dedos son precisos. La tela del salto de cama me roza el rostro. Es transparente; en primer plano la oscuridad excitante de sus pezones revuelve mis entrañas, hace que recuerde eso que se llama deseo. He dejado la botella en la mesilla. Llevo casi la mitad en el cuerpo. Pienso que la chica lo va a tener difícil. Los borrachos, sexualmente, somos como marionetas desangeladas.

Observo con fascinación embobada sus ojos.

No dicen nada.

Pero ella sabe hacer su labor.

Ya casi estoy desnudo, medio avergonzado porque la erección es dolorosa. Incontrolada.

La acaricio.

Ella se estremece, se aparta para luego sonreír, como pidiendo disculpas, y volver a recorrer mi piel con la punta de sus dedos. Le gustan mis cicatrices. Las acaricia una y otra vez.

—Desnúdate —le digo en un susurro que flota brevemente en el aire viciado del cuarto.

Ella se aparta. Sigue siendo una muñeca carente de energía, una muñeca hermosa.

Oigo música.

Cairo está en el cuarto de al lado, creo. Escucho una risotada siniestra, enloquecida. Si, es él. El muy capullo ha puesto un viejo disco de Frank Sinatra. Te tengo bajo mi piel, dice la canción, dice el viejo Frank.

Siento escalofríos.

Ella está desnuda, ante mí. No me he dado cuenta. Acaricia mi pene. Lo besa sumisamente.

Soy como un colegial inexperto. Gimo de placer y rezo por no correrme allí mismo, en su cara. Ella sabe manejar la situación con aplomo y precisión. Se aleja, me deja allí, ansioso, caliente. Se pasa la lengua por los labios, me reta con sus caderas.

—Ven —le digo, le grito. —Ella desobedece.

El deseo es como una bomba de presión.

Cairo se ríe, ríe como una motosierra… te tengo bajo mi piel… Elvis, escucho la voz cascada de Elvis.

Ella también. Se ha puesto momentáneamente pálida. Pero ha recuperado la compostura al instante. Se acerca, roza mi espalda; intento darme la vuelta, la busco con ardor, pero ella me elude, me exige pasividad, quiere que la deje hacer su trabajo. Me roza con sus pezones enhiestos con su cabello sedoso.

Elvis vuelve a gritar.

Trago saliva. Sabe a alcohol podrido, mi saliva tiene un paladar dulzón y la lengua es como un trapo rasposo.

Bebo. He echado mano de la botella y he abrasado mi garganta con un trago largo de licor. Regueros de líquido caen por mis mejillas, gotean por mi pecho desnudo, manchan las sábanas. Ella los toca con la punta de sus dedos y los saborea sin dejar de mirarme.

El pecho sube y baja. Respirar es para mí un ejercicio doloroso, voraz. Ella se acerca de nuevo. Roza su sexo con sus dedos en un gesto que quiere parecer descuidado, pero que contiene un fondo desmesurado y violento de pasión. Huelo su fragancia acre y animal.

Ella sabe que no voy a aguantar quieto, siguiendo su juego de gatita huidiza y provocadora durante mucho tiempo.

El grito del aminleano es pavoroso, salta por encima de la música, atraviesa la pared, congela las facciones de la chica.

—Mierda —susurro.

El grito se desvanece.

Ella tiembla, vacila, gira la cabeza en dirección a la puerta, pero prosigue. Se acerca, ha perdido parte de su inmensidad, de su energía, de su fascinación; se deja atrapar. Me envuelvo en su fragancia sensual: la manoseo, la recorro de arriba abajo con la torpeza del borracho. El mío es un movimiento desganado, inerme; el deseo se atrofia, se vuelve fláccido. Algo, algo muy dentro de mí se rompe, percibo cómo una grieta brillante recorre mi cerebro, cómo sigue un camino sinuoso, atraviesa mis recuerdos, mis deseos, mi dolor.

Siento sus cicatrices. Las cicatrices que tatúan la piel de mi juguete.

No las he visto antes porque son apenas unas líneas de distinto color al de esa piel aterciopelada. Le recorren la espalda y los muslos de arriba abajo. Las hay antiguas, ya casi imperceptibles, pero percibo otras más recientes.

Y entiendo.

Cairo grita. Ordena, insulta. Su voz retumba por toda la casa en franca competición con el rugido del vendaval. Vuelve a reírse con esa carcajada repugnante, cargada de lascivia sucia y destructiva. Elvis gime…, o es mi imaginación, quizá. El dolor tiñe la atmósfera, la carga de una electricidad irritante. No importa que esté en otro cuarto, no importa que haya un muro en medio, no importa que yo debiera estar contento por tener la oportunidad de ser exprimido por una diosa diseñada par satisfacer mis deseos más depravados.

Elvis vuelve a gritar. Esa vez sí es él.

—No —digo.

La furia entra en mis entrañas como un mazazo. Cada aullido hace que resuenen los ecos de mi existencia flotando sobre mi aturdido cerebro. Repaso los días, inflexible, los días que han pasado desde que me vengo vendiendo al mejor postor. Días sin destino, días sin sentido. Tacho esa existencia insustancial, sin alcance ni rumbo. Vivo por vivir, sin ganas, arrastrado por la corriente de un planeta enloquecido, enfermo. Marte es un lugar que se disuelve poco a poco en la mierda que se acumula en la superficie. Y yo con él, incapaz de huir, atrapado en una maraña de hilos de acero que me retienen en un universo febril, torcido y amoral. El dolor se extiende por toda la casa como un torrente de aguas turbulentas, por todo este maldito planeta, y es un sufrimiento que solo yo estoy capacitado para valorar en su justa medida.

Recuerdo a mi esposa, recuerdo los pocos momentos que merecen la pena ser recordados por la alegría. Veo la silueta de mi mujer, convirtiéndose en cenizas en el crematorio comunal, pero el rostro es el del aminleano, el de Elvis; grita, estira sus brazos envueltos en llamas hacia mí, suplica que le ayude, me llama.

La chica respira ruidosamente. Se ha apartado. Se ha dado cuenta de que he descubierto las cicatrices.

Entiendo.

Estallo.

—Nunca te ha follado.

Ella se aparta con un movimiento seco. Sus facciones se han endurecido.

—Él no hace eso. ¿No? —vuelvo a gritar.

Me levanto de la cama, desnudo. Me alejo de ella. Bebo. Bebo con ansiedad. Un trago, dos. Tragos largos.

Estoy alterado, enfurecido.

—Cairo nunca te ha hecho el amor—le espeto—, jamás te ha follado.

Le tiemblan los labios. Veo la ira contenida en sus movimientos pausados.

—Nunca se ha corrido dentro de ti; no te ha llenado. Nunca, ¿verdad?

Ella tiembla como la llama de una vela.

Me acerco a ella en dos pasos, a trompicones, tropezando con los muebles. Casi me caigo de bruces en el intento. El alcohol juega al escondite en mis arterias y venas. Lo siento trasteando con mis neuronas. Sus vapores las abrazan, las acunan, enredan y adormecen. Voy dando traspiés, con la botella en la mano y un aspecto de diablo desencadenado.

Le grito a la cara:

—No te ha follado. Eres un simple juguete, un juguete roto, un juguete que romper, al que hacer sufrir. Mera exhibición, mercadería cara que cría telarañas. —Señalo su vagina.

La crueldad es un tumor de hiel y bilis que necesito vomitar. Me pregunto por qué lo hago, ¿por qué he escogido a un alma inocente como ella? Nadie lo sabe. Ni yo mismo. Solo sé que es el momento, que necesito echarlo fuera, reventar.

—¿Sabes? El capullo de Cairo disfruta ahora, con él… disfruta más de lo que nunca ha disfrutado contigo. Desgarra su piel, su alma…

El odio no entiende de ética, el odio por la vida no tiene sentido de la moral. Es una erupción volcánica que arrasa con lo primero que encuentra delante. Ella está llorando. Se cubre el cuerpo con las sábanas.

Pudor. El juguete me muestra su pudor y deja de ser juguete. Ante mi asombro, asoma su humanidad, se ofrece pura, sin adornos, sin máscaras ni programación. Pero yo sigo a la carga. Sigo flagelándome; alimento mi odio con mis palabras y es el mismo odio el que las hace germinar: círculo vicioso intachable, sádico.

—Seguro que solo has logrado que se corra encima de ti cuando has llorado, cuando has gritado de dolor. Cuando ese cerdo te ha hecho daño de verdad.

Señalo la puerta por la que entra el sonido, la música. Ahora Sinatra canta una que no conozco, una a dúo con una chica.

Bebo, me termino la botella y la arrojo a un rincón, donde estalla en pedazos con un sonido agudo que asusta aún más a Angélica. Derrotado, me dejo caer en el suelo. Parezco una marioneta sin hilos, un pelele desmadejado. El mundo, el cuarto, da vueltas. El alcohol es una masa en ebullición en mi estómago. Lloro, lloro como ella. Pero sus lágrimas son de inocencia, las mías son de miedo, de asco, de rabia.

Elvis grita.

Respondo a su grito. Grito también. Angélica se tapa los oídos, las lágrimas caen como ríos por su hermosa cara.

—¡No te los tapes, zorra! —Grito—. Escúchalo, escúchalo. Él sí sabe cómo hacerlo, él sí sabe cómo darle placer… va a morir, pero sabe hacer su trabajo. Yo lo he traído… yo.

Las fuerzas me abandonan. Ya no aguanto ni sentado sobre la moqueta. Me desplomo. No veo. La habitación, la chica, son un juego de luces estroboscópicas, un torbellino multicolor, subproductos psicodélicos y desquiciados de un mal viaje. La conciencia me abandona, está exhausta. Mí último pensamiento es para la pistola y la navaja, ella las ha visto cuando me desnudaba. Espero que las use. Hasta es posible que sea el propio Cairo quien entre, las encuentre, me vea inconsciente y termine conmigo, con su nuevo problema.

Casi rezo para que lo haga.

7

 

Las calles están desiertas. Una niebla lechosa, huidiza y trastornada, lo cubre todo. El ojo no puede atravesarla más allá del segundo piso de algunos edificios. Huele mal, huele a matadero, a carne quemada y a otra cosa, ininteligible, un olor penetrante, picante.

Pero lo peor es el silencio: cristal helado.

Camino descalzo; no, camino desnudo. Camino en medio de La Avenida, la arteria principal de Ciudad Marte. Son diez carriles, ni los suicidas más aguerridos se atreven a atravesarlos a la ligera; el campo de gravitación negativa que sustenta a los deslizadores es casi tan refrescante para un organismo vivo como una electrocución lenta. Pero no hay nadie. Todo está desierto. Ni siquiera se escucha el siseo sordo de las lanzaderas moviéndose en las alturas. Las tiendas están desiertas, las oficinas muestran sus ventanales iluminados por un resplandor indefinido: grandes ojos, cuencas vacías, con sillas desocupadas, mesas desordenadas y terminales holográficos apagados.

Nadie. Solo yo.

El olor es peculiar, ya lo he dicho. Lo conozco, sé que lo conozco, pero no recuerdo bien de qué.

Siento angustia.

Tengo la sensación de que la ciudad se va a caer encima de mí en cualquier instante. Camino sin rumbo fijo, mirando de un lado a otro, buscando algo: una respuesta, afinidad, comprensión, la verdad; no sé el qué. Buscando, sin más.

Claro…

Antiséptico.

Huele a antiséptico. El antiséptico con el que regaron las zonas que fueron clasificadas como foco de infección durante La Gran Plaga.

«Así que ha vuelto», me digo.

Y sé que soy el último superviviente. Es lo que tiene soñar, la conciencia adquiere una lucidez afilada.

Huele a quemado porque los cadáveres se están quemando. La niebla que lo cubre todo es humo, el humo de diez millones de personas achicharrándose en los hornos, amontonados en improvisadas piras.

Marte ha vencido.

Algunos dicen que la Plaga fue la respuesta del planeta a nuestra invasión: una venganza sutil que fue cociendo, años de paciente estudio, de observación silenciosa, de medida, de asimilación. Nunca se supo qué la causó, nunca se pudo aislar el patógeno que la originaba; la ciencia fracasó como otras tantas veces lo había hecho, solo que esa vez no se pudo guardar el secreto. Aunque muchos lo sabían o creían saberlo: aquellos que todos consideraban locos, paranoicos, los outsiders: la plaga fue la respuesta de Marte a nuestra colonización agresiva, su regalo envenenado, su mecanismo de defensa y venganza ante la transformación. Un patógeno extraterrestre invisible, letal y despiadado. Vi morir a mi mujer en… ¿en cuánto? ¿En diez minutos? Prefiero, ni en sueños, acordarme de cómo lo hizo. Aquella agonía sin medida: gritos mudos mientras sus músculos se licuaban, mientras su sangre se cuajaba…

Un día la Plaga desapareció. Se marchó. Adiós, chicos; ahí os quedáis, diezmados, llenos de horror, con el vacío de la muerte helando el aire y vuestros corazones. La opinión general es que aquello que fuera la plaga en su origen, mutó en una variedad benigna o nuestro organismo se adaptó al final… Nadie lo supo, nadie lo sabe. O quizá sí y nadie nos lo ha dicho. La espada de Damocles sigue tendida sobre nuestra cabeza desde entonces. Desde entonces Marte se ha convertido en un lugar al que nadie quería ir sin una buena razón.

Una sombra.

No estoy solo; no hay soledad en mi sueño. Cubro mi desnudez con un pudor que jamás he tenido. Frío. La sombra se acerca, se hace más nítida.

Es Cairo. Intento huir. Pero no puedo; su mirada me mantiene en el lugar, bloqueado e hipnotizado. El también está desnudo, Su miembro, un miembro ridículo, cuelga a medias enhiesto debajo de su portentosa barriga. Su pellejo lampiño, lechoso, brilla aceitado. Se ríe, se frota las manos con deleite contenido. Soy su juguete.

Me he despertado dando un grito. Estoy cubierto de sudor, apesto. Me duele la cabeza. Alguien me ha tapado con una de las sábanas de la cama. No hay nadie en el cuarto. Porque sigo en casa de Cairo, en el cuarto. Me siento en la cama. Me miro de arriba abajo con expresión embotada. No sé qué es lo que quiero encontrar. Todo está en su sitio. Estoy vivo.

Vaya mierda.

De golpe recuerdo los acontecimientos. Miro mi consola de pulsera. Han pasado, calculo, unas dos horas desde que perdí el conocimiento. Me cuesta ponerme de pie. El alcohol todavía circula por mi cuerpo. Siento nauseas. Ha pasado lo peor, pero todavía estoy mareado y no controlo bien mis movimientos.

La chica no está.

Dejo pasar unos minutos, así, sentado, con los codos sobre mis rodillas, concentrado en un punto fijo: la ventana tapiada con acero. Ya no se escucha el ruido de la tormenta. Transcurrido ese tiempo hago una nueva prueba: un pie, otro, subo la pierna, me sostengo en el borde de la cama y…. bingo, soy un campeón. Ya estoy de pie.

No paro de temblar y el mundo se mueve vertiginoso a mi alrededor. Espero a que se detenga, a que se frene. Luego me visto con movimientos lentos, estudiados, como si cada paso tuviera que ser aprendido de nuevo.

La pistola máser está en uno de los bolsillos de mi mono, pero no mi navaja. Trago saliva.

Salgo del cuarto. Con cuidado, con mucho cuidado, como si hubiera esquirlas de cristal tapizando el suelo de moqueta, como si estuviera habitada por fantasmas que se agazapan escondidos tras los umbrales, en los rincones. Mi cerebro crepita como una línea de alta tensión: es la resaca, la paranoia. La casa tiene apariencia de cementerio. Los sistemas de ventilación susurran sin cesar. La luz de las lámparas es cenicienta, insuficiente. Supongo que el sistema automático no ha detectado movimientos y ha disminuido su intensidad para ahorrar energía. Voy echando la mano a las paredes, sosteniéndome en ellas. Las piernas no responden con la necesaria rapidez y temo dar un traspié en cualquier momento.

Sé a dónde tengo que ir. Huelo la sangre.

Abro la puerta del que creo es el cuarto de Cairo. Allí donde el olor a muerte es más intenso. Lo hago con mucha calma, manteniéndome apartado del marco metálico, solo por si a alguien se le ocurre hacer alguna tontería. Cuando escucho los sollozos me tranquilizo.

Si la habitación de la chica podía ser descrita como un homenaje a lo barroco, la de Cairo no lo es menos. Pero no es eso en lo que me fijo, no; eso es secundario. La extravagancia estética, el exceso formal se apaga ante la evidencia de la violencia:

Todo es rojo y azul.

El rojo viene de Cairo, de toda la sangre que ha perdido. Las salpicaduras cubren todas las paredes, los muebles, llegan hasta el techo de madera; ha tardado en morir un rato y no ha sido una muerte agradable. Está tendido en el suelo, al final de un gran rastro de sangre que ya se coagula, apoyado en una esquina cerca de un gran armario color crema. Su rostro está amalgamado en una expresión de sufrimiento atroz, de sorpresa, dolor y perplejidad. Está desnudo. Hay muchas heridas poco profundas que rocían su cuerpo: las veo en la espalda, en el pecho, en las piernas, en la entrepierna, en la cara, en los brazos y en las manos; tatuajes carmesíes producto de una devoción torcida. Se han ensañado con él, con ganas. Tiene un gran corte en la garganta que es el que ha formado el charco oscuro sobre el que está sentado.

El color azul viene de Elvis. Los aminleanos tienen la sangre de un color azul oscuro. Elvis está en el regazo de Angélica; los dos están sobre la gran cama que hay en el centro del cuarto. Ella lo acuna, sostiene su pequeño cuerpo, atravesado por infinidad de heridas, latigazos y erosiones, con dulzura maternal. Ella me mira; hay una fijeza violenta en la forma en la que lo hace. Percibo de nuevo en esos ojos un rastro de vida, de intensidad, de humanidad latente. El alienígena respira con mucha dificultad, pero está vivo.

No digo nada. Me limito a acercarme a la chica. La navaja está abierta a su lado. Ella se recoge sobre el cuerpo de Elvis, lo protege con el suyo: escorzo maternal.

—No voy a hacerte nada. Ni a ti ni a él —susurro señalando a Elvis.

Pero ella no está segura. Me observa con desconfianza.

Cojo la navaja con cuidado. Limpio las manchas rojizas que recorren el filo en una sábana. Me la guardo. Es un recuerdo de los viejos y buenos tiempos. No quiero perderla.

Elvis abre lo ojos, bueno, estos recuperan su color oscuro natural. Su mirada no transmite nada más que vacío, pérdida.

—Lo siento —le digo—. Lo siento.

Hay una dolorosa sinceridad en mi disculpa; una necesidad, una súplica.

Elvis aparta la mirada y se sumerge en el calor que le ofrece el pecho desnudo de Angélica, igual que lo haría un cachorro.

Pienso, estoy un minuto o dos en silencio, sentado al borde de la cama. Les miro y pienso.

—¿Sabrás cuidarte? —Pregunto por fin—. ¿Sabes dónde conseguir dinero para sobrevivir? ¿Sabes qué hacer para sobrevivir? ¿Te lo han enseñado?

Ella tarda en comprender, luego me responde que sí asintiendo con rápidos movimientos de cabeza.

Estoy seguro de que Cairo debe tener una buena cantidad de efectivo en la casa, y ella tiene pinta de saber dónde está. Con dinero, en Marte, haces lo que quieres y hasta la policía te deja en paz si no te sales del carril. Sobrevivirá, saldrá adelante, intuyo que lo hará, espero que Elvis también lo haga.

—Vale. Entonces me llevaré esta mierda de ahí —señalo el cuerpo de Cairo— y lo esconderé con los otros dos cuerpos que hay fuera. Nadie sabrá nada. Nadie. Pero tendrás que limpiarlo todo… aunque creo que nadie vendrá a preguntar por él o los otros. Pero por si acaso, hazlo.

Quiero irme. Tengo ganas de salir de la casa, de olvidar todo lo que he visto.

—¿Sabes dónde puedo conseguir un cigarrillo? Me muero por un cigarrillo.

Ella sonríe. Una sonrisa llena de vida, de luz.

Me indica con un gesto el cajón de una gran mesa.

Hay un par de cajetillas. El humo es como un lenitivo que aclara mis pulmones y mis pensamientos. Doy bocanadas lentas y profundas.

Cairo pesa una tonelada. Uso una alfombra para arrastrarlo.

Lo último que veo antes de salir de allí es a Angélica. Acuna de nuevo a Elvis con infinito cuidado, con algo que estoy por describir como amor, amor humano, amor genuino.

© Copyright de José Mª Tamparillas para NGC 3660, Marzo 2017

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