Un viaje extraordinario – Reed.

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Por Pablo Martínez Burkett

«Sin embargo, como la vida fluye y no quiero morir sin entrever lo sobrenatural, concurro a lugares propicios y viajo».

“Un viaje o el mago inmortal”El lado de la sombra.

Adolfo Bioy Casares

 

Oh, Dios, ¿podré finalmente relatar lo que me ha pasado? ¿Encontraré palabras que lleguen a transmitir tan extraordinarios, tan horrorosos sucesos? ¿Cómo hallar en este limitado mundo imágenes para referir lo vivido aunque más no sea a través de símbolos? (Claro, primero tendría que desentrañar si lo viví, lo soñé o, como gustan conjeturar algunos, si fue una anticipada visión de los Infiernos). Tampoco puedo dejar de advertir que han llegado hasta mis oídos las murmuraciones de la servidumbre y los comentarios socarrones que vierten acerca del «viaje del Amito», pero juro por mi honor de caballero que en ningún momento me entregué a esa bebida oriental a la que solía ser tan aficionado. Hace rato que la he abandonado porque, como dicen los Proverbios, «Entra suavemente: mas a la postre muerde como culebra y esparce veneno como la víbora».

Como todos saben, mi biblioteca es reputada como una de las más valiosas que jamás hombre alguno haya logrado poseer. La fama de sus libros ya ha superado los límites de la comarca y acuden a consultarla de las más remotas regiones y de no menos eminentes universidades. Si hasta el reconocido bibliófilo Manuel Acevedo me ha honrado con la elaboración de un minucioso catálogo que, según me han informado, pronto dará a la imprenta.

Pero faltaría a la verdad si no remarcara que su nombradía se debe en gran parte a los libros prohibidos que contiene. Aunque me sé de memoria el anatema del Concilio de Trento («Si alguien leyese o poseyese libros de herejía o escritos de cualquier autor condenado y prohibido por razón de herejía o sospechoso de falsas enseñanzas, sufrirá inmediatamente la sentencia de excomunión»), he sido minuciosamente concienzudo a la hora de acumular casi todas las cuatro mil obras que a lo largo de los siglos engalanaron las páginas del Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum. Es claro que la censura eclesiástica nunca hizo mella en este irredento pecador. En lo que conviene a la presente relación, baste decir que acuno primeras ediciones de obras tales como De revolutionibus orbis coelestium de Copernicus; Pensées de Blaise Pascal; Ethica ordine geometrico demonstrata del sublime Spinoza; Lettres persanes de Montesquieu; Essay Towards a New Theory of Vision del buen Obispo Berkeley; An Enquiry Concerning Human Understanding de David Hume; Kritik der reinen Vernunft de Immanuel Kant; The Rationale of Punishment de Jeremy Bentham; Die Welt als Wille und Vorstellung de mi amado Schopenhauer y Die Geburt der Tragodie oder Griechentum und Pessimismus del intemporal Nietzsche.

No obstante, aunque me han brindado momentos de íntima felicidad, no son éstas las posesiones más preciadas, sino la colección de bestiarios medievales. Estos bestiarium vocabulum versan sobre todo género de animales, reales o imaginarios, exóticos, imposibles y también monstruosos, mezclando dogmas cristianos con recensiones zoológicas, mitos y leyendas. Alcanzaron su apogeo en Francia e Inglaterra cerca del siglo xii y expertos de reputada erudición coinciden en afirmar que todos abrevan en una única fuente, un volumen anónimo, vertido al griego probablemente en Alejandría y hacia el segundo o cuarto siglo de nuestra era, llamado Physiologus. Sobre esta base, los píos frailes fueron adicionando material proveniente del Libro XII de las Etymologiae, de Isidoro de Sevilla; el Liber Memorabilium de Solinus; el Hexaemeron de Ambrosio; el Megacosmus de Bernardo Silvestris o el De Proprietatibus Rerum de Bartholomeus Angelicus.

Sabido es que ninguna copia ha sobrevivido del original griego del Physiologus y aquellas que aún perduran son traducciones latinas posteriores. Sin embargo, siempre corrió un rumor sobre la existencia del llamado Smyrna Codex, magnánima labor que copistas e iluminadores habrían realizado hacia 1100 y cuyo último rastro se extravía en un incendio de 1922. Se comprenderá entonces el grado de excitación que se apoderó de mi espíritu cuando me informaron que podía hacerme del desaparecido Código de Esmirna. Mi voluntad no midió gastos ni reparó en escrúpulos. Finalmente, logré dar con el manuscrito, bajo circunstancias que no son del caso referir. Admito que mis métodos no descartan la delación, el soborno y aun la muerte, pero baste recordar a Lutero cuando enseñaba que, si vas a pecar, pecca fortiter. El hecho es que, temblando de exaltación, con tan excelso tesoro entre mis manos, me encerré en mi biblioteca, dando precisas órdenes de no ser molestado. Sin soportar un instante más de espera, con la veneración y el recogimiento de quien se encuentra frente a aquello que ha amado aun antes siquiera de conocerlo, me calcé los guantes, abrí la bolsa que guardaba la joya y, con infinita piedad, empecé a repasar los ajados folios. Con un sentimiento que prefiguraba la felicidad, sentí que ya podía desplomarse el universo y no importarme. Fue entonces cuando sucedió el primero de los horribles prodigios.

Como respondiendo a la orden de mis pensamientos, el mundo que me circundaba —la biblioteca, mi biblioteca— se desplomó y desapareció. Me encontré al levantar la vista (y sin que hubiera acertado a moverme siquiera un milímetro) en lo que parecía una cocina. Aquel lugar se prorrogaba en paredes ennegrecidas. Un agrio olor a humo y encierro me hacía picar la nariz; interminables filas de cacerolas se adivinaban esparcidas por todos lados; el borbotar de un invisible caldero atormentaba el silencio. A decir verdad, la ínfima bombilla no facilitaba la inspección de estancia tan enorme. No atinaba yo a pronunciar palabra, procurando darle una explicación racional a este repentino engaño de los sentidos, mientras seguía con la mirada las evoluciones de una de las incontables moscas que pululaban por el lugar. Reparé en una de ellas, atrapada en una telaraña. La pobre, tratando de escapar, mientras más se revolvía, más se enredaba. «Esto me recuerda a ciertos hombres», pensé para mí. Y nuevamente, en terrible respuesta a mis pensamientos, como si hubiera pronunciado la secreta fórmula de un encantamiento, quedé convertido en mosca. Guiado por ignorado designio, me eché a volar.

En vano, probé recobrar mi apariencia (ya que conservaba toda mi conciencia humana). Con menos certeza que esperanza, recité algunas fórmulas para sortear nigromancias y endriagos. Ante lo infructuoso de tales intentos, decidí investigar la vida de las moscas, con el secreto deseo —si alguna vez volvía a ser el que había sido— de agregar mi nombre en la selecta lista de autores de bestiarios: ninguna de tan célebres plumas podría igualar mi autorizado relato. Así, pronto me confundí con las demás y comencé a escuchar sus conversaciones. Aunque resulte difícil de creer, a seres tan abyectos le ha sido otorgado el comercio de la palabra. No encontrándome capacitado para participar de tanta urbanidad, salí a recorrer la cocina: vi a unas moscas madres enseñando a volar a la prole con devoción; vi a unos moscos que se entretenían haciéndole la corte a unas, que se hacían las mosquitas muertas; vi a unas moscas viejecitas que, mientras recordaban tiempos mejores, cuidaban a las larvas; vi esparcidos por el piso a una apreciable cantidad de mis semejantes, las moscas, con las alas chamuscadas.

Espoleado por el temor y la curiosidad, pregunté a un mosco que por allí pasaba si conocía la causa de tamaño infortunio. Desinformado de la existencia de socorridas reglas de cortesía, se limitó a dirigir una mirada envenenada hacia la bombilla de luz, sin siquiera detener su vuelo. Me acerqué a una distancia prudencial, en el preciso momento en el que un deslumbrado mosco cerraba su vuelo sobre el solitario artefacto. Rozar el vidrio candente fue su último acto. En morosa caída, pasó a engrosar el número de víctimas que yacían muertas en el suelo.

—¡Cómo goza ese engendro! —Me sobresaltó una vocecita a mis espaldas. Una anciana mosca, que apenas conseguía mantenerse en vuelo, empezó a lamentarse—. Es un artefacto maligno, que goza con su juego siempre mortal. Deja que nuestros mejores muchachos se le acerquen encandilados por su brillo y, cuando se empiezan a felicitar por el logro, les da su abrazo de fuego. Nunca falta el temerario que, creyéndose más fuerte, pretende llegar a su corazón de metal. ¡Y todos terminan igual! —Se fue la vieja recitando sus pesares, dejándome con melancolía por mis tiempos de hombre. Me cuidé muy bien de no pasar cerca de la luz, no fuera también a quedar atrapado en su canto de sirenas.

Cierto día, apareció un mosco de otros lares. No tenía detalle que lo diferenciara de cualquiera de nosotros y, sin embargo, pronto lo supimos distinto. Tal vez fuera su modo de volar, tal vez su modo de mirar o tal vez, simplemente, no poseyera diferencia alguna salvo para nosotros. Algunas mosquitas se entregaron presurosas a conquistar sus encantos, pero este mosco no pretendía amoríos, no al menos de ese tipo. Venía por la luz. Dispuesto a presenciar el fatal desenlace, me situé de modo que siempre pudiera dominar todo el escenario. El cortejo no tardó en entablarse, demostrando el osado que no sería presa fácil de la diabólica luz. Asistimos a largos días de increíbles coqueteos, de acercamientos casi mortales, de alejamientos planificados, de combates que, si por desiguales, no menos placenteros. La viejita se rascó la cabeza y, expresando lo que todos pensábamos, dijo con simpleza:

—¡Qué raro, lo está haciendo durar demasiado!

Aunque nadie podía dar crédito a lo que estaba pasando, con el correr de los días tuvimos que aceptar que tal afirmación era viable. Prorrogando inexplicablemente el abrazo, lo dejaba casi tocar el vidrio y nada ocurría. Un estado de algarabía se apoderó de toda la colonia. Por mi parte, creo que hasta empecé a sentirme como aquel joven que alguna vez había sido, lleno de ilusiones, lleno de fe.

Por fin llegó el ansiado día. Todos estábamos allí, mudos testigos de ese portal que iba a abrirse en lo inverosímil. La luz resplandecía con un fulgor desconocido. El mosco, con gesto sereno, pero no falto de resolución, se fue acercando. Fue precioso, fue minucioso. Detuvimos la respiración en el instante en que se tocaron. No pudimos evitar gritar con desenfreno. Allí estaban, los dos, juntos, para siempre. Era la gloria. Mientras hacíamos rondas, sucedió lo imprevisto. O tal vez… quién sabe. De repente, la luz se sacudió con pesadez y, con una descarga, atravesó de lado a lado al mosco que cayó herido de muerte. La desolación se apoderó de todos nosotros: ¿qué había fallado? ¿es que podía esa maldita luz aspirar a alguien mejor? ¿por qué lo dejó hacer si al final lo iba a matar como a los otros? ¿cómo fuimos tan crédulos? Las preguntas iban aumentando al ritmo de nuestra ira y ya algunos, aun a riesgo de dejarnos irremediablemente a oscuras, buscaban cómo deshacerse de la luz.

—Déjenla, va a estallar sola. Con éste se gastó más de la cuenta —fue la última reflexión de la vieja mosca.

Me fui para llorar de pena. El mosco yacía muerto con lo que parecía un trazo de sonrisa. Creo que supo todo el tiempo cómo acabaría y, sin embargo, siguió adelante. Nunca sabremos qué pretendió probarse. O probarnos. Y la luz… La luz seguía allí, aunque conjeturo que había un dejo de abatimiento en su brillo. Si bien era la misma, ya no era la de antes. Tuvo en sus manos la posibilidad de modificar la historia y, sin embargo, primó su macabro instinto. Podía sumar otra víctima.

Aleteando con desgano, me iba acercando al sillón que alguna vez me cobijara como hombre, mientras cavilaba sobre lo desatinado de este amor inhóspito. Comprendí que siempre había sido algo absurdo, algo imposible. Y súbitamente me sentí invadido por el recuerdo de centenares de lucecitas danzantes que volaban en alegre alboroto: —Luciérnagas ¡por Dios, luciérnagas!

—Esto me recuerda a ciertos hombres —dije.

Y para llevar mi asombro a la exasperación, me encontré otra vez sentado en mi sillón favorito, encerrado en la biblioteca, con el bestiario sobre mis piernas. Cuántas veces había pronunciado aquellas palabras y cuántos, los fracasos. ¡De cuántas maneras había intentado reconquistar mi aspecto humano y ahora, sin proponérmelo, había regresado!

Así culminó mi abominable experiencia. Por más que reveo todas las teorías que la febril mente humana alumbrara (y mi censo no ha descartado lo descabellado ni lo falazmente verosímil), no alcanzo a desentrañar el designio que me llevó a atestiguar tan extraordinarios hechos. Un permanente horror me envuelve. No me animo a esbozar algún deseo, temeroso de que, al pronunciar una palabra arbitraria, al realizar un impensado ademán, un nuevo encantamiento me pierda en la cadena de causas y efectos. Nada es como antes, mi vida ya no tiene sentido. Felizmente, comprendo que mis bestiarios, los libros de mi biblioteca, la biblioteca, todas las bibliotecas del universo, el mismo Universo, encierran solamente vagos símbolos que pretenden contener lo incontenible. Que no existe signo, palabra o gesto que encierre la verdad. Porque la verdad contradice y refuta todo lo escrito. Todo. Aun esto.

© Copyright de Pablo Martínez Burkett para NGC 3660, Mayo 2017

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