Vanidad

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Por Alberto Gutiérrez

Relato Vanidad de Alberto GutiérrezPor segunda vez abrí los ojos. Descansado, entumecido después de un sueño profundo y reparador. Por segunda vez la misma escena: una chica joven de cara pálida y ligeramente pecosa. Con unos ojos grandes, mal alineados y una profundidad de mirada difícil de describir. Resaltaba la dimensión de sus mejillas, como si empujaran la boca fuera del óvalo de la cara. Una boca preciosa, con unos labios ligeramente caídos hacia los lados conformando una expresión amable.

Nuestro cerebro es capaz de almacenar toda esa información facial en un abrir y cerrar de ojos. La escena que estaba contemplando parecía una foto fija. Nada parecía haber cambiado desde la primera vez que abrí los ojos. En esos primeros compases del día que transcurren desde que abres los ojos hasta que eres consciente suceden cosas maravillosas. Retazos de sueños que no terminas de completar o distinguir de la realidad. Rutinas involuntarias para hacerte con el entorno y la situación. La enumeración de los detalles que en un segundo te devuelven la información básica del aquí y del ahora.

La cara de esa chica me era completamente ajena. Ninguno de mis intentos de ubicarla dio resultado. Estaba ligeramente elevada sobre la cama donde yo me encontraba, en una pose difícil de concretar. Si estaba sentada debía de ser muy alta. En todo el tiempo que establecimos contacto visual no cambió el gesto, no hizo ningún ademán de iniciar una conversación.

En cualquier otra situación, dos miradas desconocidas intercambian cientos de posibles intenciones antes de mover los labios. Pero esta chica no estaba por la labor, su mirada se posaba sobre mí ligera y serena. Acaso las cejas dibujaban un gesto de expectación por estar algo elevadas. Pero en los instantes posteriores comprobé que formaban parte de su expresión natural, esa chica parecía estar completamente relajada.

A medida que mi consciencia fue tomando forma mi instinto pareció advertirme de que me encontraba fuera de mi entorno delante de una desconocida. Lo más previsible habría sido el clásico respingo seguido de alguna pregunta inquisitiva. No fue así, seguí tumbado, tranquilo, escudriñando ese rostro como el que mira embobado la archiconocida lamparita de su mesilla. Me quedé en blanco observándola, impidiendo que cualquier otro pensamiento distrajera mi atención de aquella cara.

En los instantes posteriores fui ampliando la descripción física. Reparé en su pelo, que parecía estar recogido en una descuidada coleta. Detrás de sus orejas asomaban unos mechones que parecían ir por libre. Pero también esos detalles estaban condenados a ser secundarios ante esa mirada tan confortante.

No advertí que parpadeara. Desde niño adquirí la costumbre de sujetar la mirada de un adulto hasta que parpadeara antes que yo, un reto que mezclaba coraje y autocontrol. En este caso no era mi intención, acababa de despertarme y mi cabeza todavía no estaba para florituras.

Tampoco pude completar su atuendo, la única parte visible desde mi posición horizontal era una blusa blanca, lisa, de mangas muy cortas, casi tirantes. Dejaba entrever un cuello delicado, en perfecta armonía con su rostro. Si tuviera que precisar su edad diría que unos quince o dieciséis años. Pero la boca contradecía el dato, esa boca pertenecía a una mujer ya hecha.

No sé el tiempo que permanecimos mirándonos, pero aquello iba camino de varios minutos. A esas alturas ya era perfectamente consciente de no encontrarme en mi cama. Como si conversáramos en perfecto silencio ninguno de los dos se apresuró a romperlo durante ese espacio de tiempo indefinido. En otras circunstancias la tensión habría sido insostenible y alguno de los dos contrincantes habría abierto fuego. Pero llegados a ese punto la responsabilidad de ser inoportuno por ambas partes era evidente. Comencé a desentumecerme, en ese ritual de gestos pausados y placenteros que comienza por estirar las piernas y termina en una respiración profunda, casi un bostezo.

En su mirada intuí aprobación, normalidad, como si presenciar el despertar de un desconocido formara parte su cotidianidad. Por detalles como la blusa blanca o su evidente juventud descarté que se tratara de una enfermera.

Tomé la iniciativa de incorporarme con gestos pausados. Ella se echó hacia atrás discretamente dejándome espacio para salir de la cama por su lado. Hacerlo por el lado contrario habría sido desconsiderado por mi parte. Sentado en la cama pude recabar más datos: llevaba un pantalón ajustado y unas manoletinas negras. Efectivamente estaba sentada en una silla de diseño liviano y elegante. Tenía las piernas muy delgadas, los pies posados en el suelo perfectamente alineados. Los brazos cruzados sobre los muslos, con un aire contemplativo y confiado. Aun sentada se intuía su considerable altura.

Mi cabeza volvió a evadirse de la escena por un segundo y contemplé la opción de un accidente, una pérdida de memoria, un ser cercano ahora desconocido. Bajé la vista y reconocí la camiseta blanca de algodón que llevaba puesta, la que suelo usar para dormir. Al levantar la cabeza pude ver una habitación amplia, luminosa y limpia. Afortunadamente no era la de un hospital, pero tampoco era la mía. Por todo mobiliario una discreta mesilla de noche, la silla de mi acompañante y la cama en la que me encontraba sentado. Ahora sí empezaba a inquietarme esa desconocida combinación de elementos.

La chica pareció detectar mi desazón, se estiró en la silla y por primera vez me dirigió la palabra con voz dulce «¿qué tal estás?». Qué pregunta tan sencilla y tan turbadora. Contestar bien habría sido aceptar la normalidad de la situación. Permanecer en silencio me habría hecho parecer maleducado. Abrí la boca buscando las palabras más apropiadas mientras mis ojos se posaban a toda velocidad sobre los elementos de la habitación buscando algo con sentido. Acerté a pronunciar un «no entiendo nada…». «Tranquilo, es normal, cuando estés más despejado empezamos». ¿Empezamos? ¿a qué…? Pasé de la desazón al nerviosismo en una décima de segundo. De un plumazo desapareció la somnolencia y me sobrevino una sequedad de boca que me puso en estado de alerta. «Si quieres te traigo un zumo o un café». Yo ya estaba de pie, descalzo, con la camiseta de algodón colgando por debajo de los calzoncillos, las manos estiradas a los lados de la cadera y la mirada clavada en la chica, «¿q…quién eres?». Noté el frío del suelo en mis pies en contraste con la quemazón que empezaba a subirme por el cuello. Sonrió confiada, sin cambiar su postura en la silla. Una boca tan preciosa tenía una sonrisa a la altura pero mi estado de nerviosismo no estaba para apreciar encantos. «Tranquilo, ve despacio». En los dos minutos que llevaba de pie, mi cabeza había barajado posibilidades a velocidad de vértigo. Hice un frenético recuento de mínimos: estaba despierto y consciente, no me dolía ninguna parte del cuerpo, recordaba mi nombre y mis datos. Las dos preguntas que se alternaban alocadamente en mi cabeza eran ¿cómo había llegado hasta esa habitación? ¿Quién era esa chica? Traté de hacer un resumen de lo último que recordaba antes de aquello: nada extraño, nada destacable, ninguna situación que pudiera desembocar en un golpe en la cabeza o un posible accidente. Mi recuerdo más reciente era tan mundano como volver caminando a casa después de un recado en la ferretería. Y lo siguiente era esa escena en la habitación con la chica.

En medio de mi confusión caí en un detalle que hasta el momento había pasado por alto pero llegados a ese punto resultaba de vital importancia: la puerta. Giré sobre mí moviendo la cabeza obstinadamente y mi peor presentimiento se confirmó, la habitación no tenía puerta. Mi último movimiento de cabeza fue para clavar mi mirada en la de la chica esperando una explicación. Ella seguía sentada, serena, con una media sonrisa casi maternal, indulgente.

–Tranquilo, todo está bien, no te apures.

El tono en el que pronunció esa frase me sonó familiar, en cierto modo contribuyó a calmarme. Seguí unos segundos de pie, alerta, sopesando mis opciones. El entorno no parecía hostil, en gran parte propiciado por la calma y la dulzura que emanaban de la chica. Volví a sentarme en el borde de la cama para reconsiderar la situación. Antes de que en mi cabeza se formara una idea racional la chica volvió a dirigirse a mí en el mismo tono de antes, «tranquilo, estás en tu cabeza, todo está bien».

¿En mi cabeza?, descartada la opción de que aquello fuera un sueño la respuesta no podía ser más inquietante.

—Estamos en tu cabeza, en la sala de la vanidad. Estoy aquí para hacer el balance diario.

En un periodo de tiempo muy corto mi cabeza alternó entre la euforia y el abatimiento. ¿Vanidad? Todo respiraba tal aire de autenticidad que la única opción que podía considerar pasaba por una broma pesada… una cámara oculta.

—Todos los días sucede esto en tu cabeza, pero no deja rastro, no puedes recordarlo pasadas veinticuatro horas. En este ratito hacemos un balance de tus vanidades, las comentamos y sacamos conclusiones para ayudarte a ser una mejor persona.

—Perooo, yo no te conozco, no te recuerdo.

—Es normal, cada día es una chica distinta, hoy me ha tocado a mí.

En mi cabeza resonó con especial intensidad ese «una chica distinta».

—¿Una chica distinta? ¿Por qué una chica?

—Porque tenemos más capacidad que vosotros para detectar la vanidad, los hombres estáis genéticamente predispuestos a ser vanidosos y lo que mejor funciona en el análisis es el componente femenino.

Confieso que sentí cierto pudor pero no pude contener la siguiente pregunta.

—Pero eres una cría, cómo vas a…

—Claro, todavía no hemos desarrollado la capacidad de enjuiciar, solamente detectamos la vanidad, somos observadoras privilegiadas, todavía estamos sin malear.

La contundencia de sus explicaciones me hizo agachar la cabeza para contemplar mis pies desnudos y hacer una raquítica reflexión: estoy en mi cabeza, en la sala de la vanidad, delante de una chica, haciendo un balance… A mí que nunca me gustaron las historias de ciencia ficción estaba recibiendo mis tres tazas de caldo. Levanté la vista con las cejas arqueadas y pregunté entrecruzando los dedos de ambas manos «¿y ahora qué…?».

—Ahora voy a recordarte los momentos del día en los que has sido vanidoso, en los que no has sabido contar hasta diez y te has excedido.

A juzgar por la rotundidad de su voz, su aplomo y su manera de explicarme la situación me azoré esperando un buen chaparrón. Sin recurrir a ninguna lista ni modificar demasiado su postura en la silla pasó a enumerar con todo detalle las situaciones del día en las que mi vanidad había salido a relucir. Debo decir que en casi todas ellas me vi perfectamente retratado. Mea culpa, joder qué patoso, bufff, fueron algunas de mis respuestas mentales a sus certeras enumeraciones.

Hubo un momento de silencio cuando terminó de argumentar en el que seguí contemplando mis pies con la cabeza gacha. Qué podía decir después de aquella ducha de realidad.

—Vaya, lo siento, yo…

—No te disculpes, es normal, simplemente te ayudo a reflexionar, además, hoy tampoco ha sido para tanto.

En esa coletilla final volvió a esbozar su maravillosa sonrisa. Me tranquilizó, aunque de nuevo me chocó esa madurez y resolución en una cría tan joven.

—Bueno, encantada de conocerte, que te vaya bien.

—¿Volveremos a coincidir?

Por un momento temí que mi frase hiciera saltar la alarma y me volviera a recordar mi dificultad para contar hasta diez.

—Es complicado, hay millones de chicas jóvenes.

Millones, resonó en mi cabeza como un estribillo pegajoso. Al momento hice una torpe cuenta de los días que llevaba vividos y a cuántas chicas jóvenes habría conocido en mi cabeza sin ser consciente durante todos esos días.

Salí de la ferretería mirando el tique y contando las vueltas. Minutos antes me había reído con el ferretero comentando por enésima vez el chiste de «¿tienen ustedes la piececita esa que va al final del pitorrico que tengo en la sala de estar?». Me agradó que todavía hubiera tanta luz en la calle para ser las siete y media, ideal para volver caminando a casa. Al girar la esquina de mi calle pasó como una exhalación a mi lado una chica muy joven que caminaba a grandes zancadas. Era guapísima, ojos grandes y oscuros, boca preciosa y el pelo mal recogido. Llevaba una diminuta blusa blanca, un pantalón ajustado y unas manoletinas negras. En un abrir y cerrar de ojos había desaparecido mientras yo buscaba en el bolsillo derecho del pantalón las llaves de casa.

© Copyright de Alberto Gutiérrez para NGC 3660, Septiembre 2016