Uno

Por José Cascales Vázquez

Orden mental.

—Iniciando maniobra de aproximación.


La velocidad de la nave disminuye hasta ajustarse a la de rotación del satélite.


Orden mental.

—Descenso. Nivel superficie +3.


El sobrevuelo por Encélado es un contraste visual único en el sistema solar.

Regiones lisas y pulidas, ausentes de cráteres y zonas acribilladas de impactos con boquetes deformes dejan paso a valles lineales y cinturones de surcos curvilíneos.

Mis ojos no prestan atención a las pantallas. Intento no perderme detalle mientras siento el frío extremo observando el blanco helado que lo envuelve todo.


El paisaje se transforma a medida que me acerco a mi destino, el polo sur.

Predominan las llanuras planas, quebradas por las fracturas y crestas de hielo que se abren y cierran, rematadas por pinceladas de azul cobalto como las que hubiera coloreado un Monet del siglo XXII.

Maravillas en un satélite de quinientos metros de diámetro en el tenue anillo E de Saturno.


En el horizonte asoman las «rayas de tigre», las rejillas de ventilación por las que escapan los vapores y finas partículas de hielo, que son expulsadas con furia desde las entrañas de «la bola de nieve».

Zonas equivalentes a las cordilleras centrales de los océanos terrestres, donde el material emerge; crea una nueva corteza y el expulsado por los géiseres acaba por volver a caer y taponar la fuente en un ciclo que dura milenios.


Surge una fractura unos metros más adelante, por donde aflora nuevo material.

He llegado a la puerta de acceso del averno de Encélado.


Orden mental.

—Armar y ensamblar exoesqueleto.


Unas placas se despliegan por detrás de mi cuerpo, desde el cuello hasta la cintura, de ellas surgen unos cables trenzados que se adhieren, en paralelo, a mis omóplatos, brazos y piernas. Dos de los cables forman unos aros que se ajustan alrededor de mi cuello y cintura. Dos más pequeños lo hacen en mis tobillos.

La bolsa amniótica me envuelve, vitrificándose, endureciéndose exteriormente, a la vez que el líquido transparente y protector mana hasta cubrirme como una pompa con imposible relleno.

Accedo al minisubmarino por la rampa de conexión.


Orden mental.

—Acoplado. 3… 2… 1…, lanzamiento.


El minisub desciende a la superficie. Se produce un ligero frenado intermitente. La velocidad disminuye hasta detenerse en la vertical de la fractura.


Orden mental.

—Inmersión.


Los propulsores vencen la fuerza de expulsión del material planetario sin incidencias.


Primera capa superada, a partir de aquí la realidad desconocida.

Con una rápida mirada controlo el funcionamiento del equipo de recogida y análisis de material. Los datos se están transfiriendo a la nave sin complicaciones.


La navegación se hace más cómoda. No es necesario ver los registros, la densidad del líquido interior del satélite es menor. La temperatura aumenta.


Por debajo del minisub, aparece una tenue luminiscencia en movimiento. En pocos segundos, me encuentro rodeado de partículas que recuerdan a las medusas terrestres. Aumentan en número. Bailan acompasadas en giros perfectos a mucha velocidad alrededor de la nave, como un solo ser. Parecen haber descubierto mi presencia. La danza se detiene, me siento observado durante los instantes en que tarda en reanudarse el baile hacia el minisubmarino. Lo envuelven.

Un zumbido penetra en mi cabeza mientras las medusas atraviesan las gruesas paredes, igual que los fantasmas con los muros de un castillo. Se adhieren a la bolsa amniótica que traspasan sin romperla. Recubren mi cuerpo. El zumbido aumenta y unas ligeras descargas eléctricas punzan mi nuca.


No soy capaz de articular órdenes mentales, pero estoy sereno.


Las medusas se fusionan convirtiéndose en un manto translúcido que se adapta a mi contorno, desde la cabeza hasta los pies. Una ligera presión y un ligero calor llena mis sentidos. Noto cómo mis recuerdos, mis conocimientos son absorbidos e imágenes y percepciones ajenas me invaden.


Ya somos uno.

© Copyright de José Cascales Vázquez para NGC 3660, Octubre 2017

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